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Full text of "Campaña del norte de 1873 á 1876"

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CAMPA!  DEL  NORTE  DE  1873  A  1876 


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RESERVADOS   LOS  DERECHOS 


Imprenta  de  L*  Hormiga  db  Oro,  calle  Nueva  de  ^:an  Francisco  17,  Barcelona. 


Biblioteca  Popalar  Cablista 


CAMPAÑA  DEL  NORTE 


de  1873  á  1876 


por 


Don  flNTONio  Bp^ea 


A-dministraciór»..— Clai-ís,  ISS,  p3?al. 
1897 


Stack 

Annex 


CAMPAÑA  DEL  NORTE  DE  1873  A  \m 


Capítulo  ppimepo 


^        De  Francia  á  Vergara  en  demanda  del  Cuartel  de  Don  Carlos 


EN  uno  de  los  primeros  días  del  mes  de  Septiembre  de  1873,  varios 
ginetes  con  uniforme  de  artilleros  llegaban  al  pueblo  de  Lecum- 
berri;  el  ruido  que  hacían  los  caballos  al  trotar  por  las  calles  no  podía 
menos  de  llamar  la  atención;  tanto  los  hombres  como  las  mujeres  y  ni- 
ños, asomábanse  todos  con  curiosidad  á  las  puertas  y  ventanas  de  las 
casas,  y  al  conocer  el  uniforme  que  vestían  los  expedicionarios  mostrá- 
banse alegres  y  satisfechos,  saludándoles  con  vítores  que  revelaban  el 
mayor  afecto,  gritando  algunos  de  ellos:  «¡Vívanlos  pasados!»  Al  oír 
-s    esta  palabra  el  que  parecía,  y  era  en  realidad,  jefe  de  aquellos  oficia- 
y    les,  detuvo  el  aire  de  su  caballo  y  contestó  enérgicamente,  aunque 
L_J;ambién  con  afecto:  ¡Pasados  no,  que  sovios  venidos  á  servir  al  Rey! 
I   ~'       Comprendiendo  ó  no  comprendiendo  los  campesinos  la  diferencia 
de  concepto  entre  j?asaí?os  y  t;eniííos,' redoblaron  sus  aclamaciones  y 
ofrecieron  sus  casas  á  los  recién  llegados,  quienes,  aceptando  la  invita- 
ción, echaron  pie  á  tierra  para  tomar  algún  alimento,  dar  pienso  á  los 
P^aballos  y  continuar  más  tarde  la  jornada. 


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—  6  — 

Veamos  ahora  quiénes  eran,  de  dónde  venían  y  á  dónde  iban  aque- 
llos jefes  y  oficiales  del  Cuerpo  de  Artillería. 

El  que  parecía  jefe  llegó  á  desempeñar  con  el  tiempo  el  Ministerio 
de  la  Guerra  del  Señor  Don  Carlos  de  Borbón;  el  que  le  seguía  en  anti- 
güedad alcanzó  el  empleo  de  Brigadier,  Jefe  de  Estado  Mayor  de 
S.  A.  R.  el  Conde  de  Casería;  el  tercero  organizó  la  fábrica  Maestran- 
za de  Azpeitia,  marchando  después  á  Cataluña  á  mejorar  el  artillado 
de  la  Seo  de  Urgel;  el  cuarto  fué  el  bravo  jefe  de  la  1.*  batería  de 
montaña  de  la  división  de  Navarra;  y  el  más  moderno,  un  sabio  ayu- 
dante de  profesor  de  la  Academia  de  Segovia,  creador  de  la  fundición 
de  cañones  de  Arteaga. 

Los  cinco  entraban  juntos  en  campaña^  habiéndoles  precedido  otros 
oficiales  del  Cuerpo  y  algunos  alumnos  y  alféreces  alumnos  de  la  cita- 
da Academia:  entre  ellos  figuró  el  desgraciado  teniente  D.  Domingo 
Nieves,  de  la  promoción  de  1871,  quien,  encargado  déla  sección  de  ar- 
tillería de  Guipúzcoa,  había  sellado  ya  con  su  vida  su  adhesión  á  la 
Causa  carlista  en  el  ataque  y  toma  del  fuerte  de  Ibero. 

Todos  procedían  del  Cuerpo  de  Artillería;  pero  como  quiera  que 
éste  fué  disuelto  al  proclamarse  la  República  en  11  de  Febrero  de  1873, 
hubieron  de  unirse  en  Madrid  á  la  numerosa  oficialidad  del  departa- 
mento de  Castilla  la  Nueva,  comisiones  de  jefes  y  oficiales  de  los  demás, 
para  convenir  en  el  mejor  medio  de  afrontar  la  situación  que  se  les 
presentaba.  Aunque  la  inmensa  mayoría  de  los  artilleros  no  eran  po" 
lítícos,  se  pensó  en  arrojar  en  el  platillo  de  la  balanza  del  país  las  es- 
padas de  los  pundonorosos  oficiales  que  habían  arrojado  por  la  ventana 
su  carrera  por  no  sufrir  imposiciones  á  las  que  no  creían  conveniente 
sucumbir.  Pero  como  el  caso  se  presentaba  con  visos  de  semejanza  al 
acontecido  con  los  brillantes  oficiales  de  la  Guardia  Real  en  la  prime- 
ra guerra  civil,  claro  es  que  alguna  entidad  política  había  de  repre- 
sentarles, y,  por  lo  tanto,  dividiéronse  las  opiniones  entre  el  eatonces 
Príncipe  Don  Alfonso  y  Don  Carlos  de  Borbón,  cuyos  organizados  ba 
tallones  mantenían  enhiesta  en  las  montañas  vasco-navarras,  catalanas 
y  del  Maestrazgo,  la  bandera  de  la  antigua  monarquía;  si  bien  la 
mayor  parte  de  los  artilleros  optaron  al  fin  por  servir  al  gobierno  cons- 
tituido en  el  caso,  casi  seguro,  de  ser  llamados  al  ejército  en  vista  de 
lo  mal  que  lo  hacían  los  improvisados  jefes  y  oficiales  que  los  sustitu- 
yeron. 

Deslindados,  pues,  los  campos,  los  jefes  y  oficiales  que  se  adhirieron 
á  Don  Carlos  hubieron  de  dirigirse  por  medio  de  un  largo  escrito,  j 
representados  por  una  comisión  de  tres  de  ellos,  á  los  demás  compa- 
ñeros del  Cuerpo,  invitándoles  á  secundarles  en  su  decisión,  contando 


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DON   CARLOS   DE   BORDÓN 


•oon  la  previa  aquiescencia  que  había  tenido  aquella  solución  entre 
algunos;  y  si  la  idea  no  prosperó,  los  artilleros  carlistas  creyeron  cum- 
plir así  con  un  deber  antes  de  ponerse  enfrente  de  sus  antiguos  com- 
pañeros. Por  estas  razones,  pues,  y  por  hallarse  todavía  disuelto  el 
Cuerpo  cuando  aquellos  artilleros  ofrecieron  sus  servicios  á  Don  Carlos 
de  Borbón,  fué  por  lo  que  se  decían  venidos  al  llegar  á  Lecumberri,  j 
no  pasados,  como  les  apellidaban  los  buenos  y  sencillos  aldeanos. 

Hé  aquí  la  carta  de  los  artilleros  carlistas  á  la  cual  nos  hemos  refe- 
rido anteriormente: 

«Queridos  compañeros:  La  revolución,  que  se  prometía  llegar  á  sus- 
»tituir  con  instituciones  nuevas  las  magníficas  creaciones  de  la  mo- 
»narquía  tradicional  de  España,  no  ha  logrado,  al  cabo  de  cuarenta 
»años  de  pruebas  dolorosas,  sino  destruirlo  todo,  y  entre  las  ruinas 


«acumuladas,  comprometer  la  suerte  de  los  intereses  social 3S,  la  dig- 
»nidad  y  la  integridad  de  la  nación. — Al  derrumbarse  tantas  cosas 
«grandes,  no  era  concebible  que  la  corporación  militar  á  que  pertene- 
»cíamos  fuese  respetada;  y  en  efecto,  desconocidos  sus  servicios,  mc- 
»nospreciadas  sus  virtudes,  sus  sacrificios  olvidados,  fué  al  fin  disuelta, 
«escupiéndose  al  rostro  de  los  que  procuramos  imitarlos,  la  sangre  de 
»los  héroes  que  sublimaron  nuestra  particular  historia. — Aunque,  pues, 
»oomo  españoles,  tengamos  que  preocuparnos  y  dolemos  ante  todo  de 
»las  desventuras  comunes^  como  antiguos  artilleros  no  podemos  olvidar 
»el  imperioso  deber  de  restablecer  el  Cuerpo  en  que  se  fundían  nuestra 
«vida  y  nuestro  honor;  de  afirmar  su  honrada  reputación  del  pasado; 
»de  procurarle  nuevos  y  más  brillantes  laureles  para  lo  porvenir. — Hé 
»aquí,  compañeros  y  amigos,  por  qué  nos  dirigimos  á  vosotros. — En 
«cumplimiento  de  lo  que  consideramos  una  obligación  sagrada,  trae- 
»mos  hoy  la  bandera  de  nuestra  corporación  ilustre  al  único  campo 
«donde  sus  tradiciones  están:  donde  rodeada  de  los  que  han  probado 
«rectitud  de  principios,  firmeza  de  carácter  y  acendrado  españolismo, 
«no  ha  de  ser  abatida  ni  humillada,  sino  enaltecida  por  ellos.  Dios,  la 
«Patria  y  el  Rey  la  bendicen;  y  al  servicio  de  causas  tan  sagradas  y 
«gloriosas  nada  hay  que  no  se  realce,  nada  que  no  se  engrandezca. — Con 
«nuestra  bandera  vienen  al  ejército  real  las  reglas,  los  hábitos,  las 
«costumbres,  todo  lo  que  constituía  la  existencia  íntima  del  noble  ins- 
«tituto  de  los  artilleros  españoles. ^ — Al  agruparnos  de  nuevo  en  torno 
«de  la  enseña  que  saludaron  respetuosos  en  Zaragoza  y  Bailen  esclare- 
«cidos  capitanes  de  huestes  extranjeras,  la  vida  de  mejores  tiempos 
«reaparece;  y  de  tal  modo,  que  ni  ofensa  ni  agravio  ha  de  haber  para 
«ninguno,  y  cada  cual  ha  de  tener  el  puesto  que  le  corresponde  en  la 
«organización  primitiva,  que  será  rigurosamente  observada. — Porque 
«partimos  de  promesas  solemnemente  hechas  por  el  egregio  Príncipe' 
«que  en  estos  momentos  acomete  la  generosa  empresa  de  abrir  con  su. 
«espada  los  caminos  de  la  regeneración  universal,  nadaba  de  cambiar- 
»se  en  el  modo  de  ser  del  Cuerpo  de  artilleros.— Por  eso  nos  permiti- 
»mos  esperar  que  cuantos  han  sido  y  seguirán  siendo  al  través  de 
«cualesquiera  vicisitudes,  más  que  compañeros,  nuestros  hermanos, 
«han  de  prestarnos  su  leal  cooperación. — Sólo  nos  desconsolaría,  en  la 
«confianza  que  abrigamos^  que  hubiese  alguno  cuya  vacilación  dema- 
«siado  prolongada  pudiera  ser,  por  la  fuerza  de  los  hechos  que  se  con- 
«sumasen,  causa  injustificada  de  pretendidos  perjuicios. — No  queremos 
«creer  que  así  suceda;  y  por  el  contrario,  conocedores  de  la  alteza  de 
admiras  y  pureza  de  sentimientos  de  aquellos  á  quienes  nuestras  pala- 
«bras  se  encaminan,  suponemos  que  desde  luego  han  de  escucharlas  y 


«atenderlas. — Los  tiempos  son  harto  duros  para  que  la  reflexión  no 
«haya  madurado  el  consejo  de  la  conciencia  propia.—  La  crisis  por  que 
»pasa  el  pueblo  español  es  decisiva. — El  remordimiento  ó  el  orgullo  del 
«deber  cumplido  se  ofrecen  perentoriamente  á  nuestra  elección,  como 
«legado  para  dejar  á  nuestros  sucesores. — Nosotros  hemos  elegido  ya. 
» — ¡Compañeros!  Expuestos  con  fraternal  franqueza  nuestro  proceder 
»y  propósito,  elegid  también  vosotros,  elevando  el  corazón  y  el  espiri- 
»tu  á  la  altura  de  vuestros  nombres. —Mientras  tanto  os  enviamos  un 
»saludo  cordial. — En  nombre  de  los  oflciales  pertenecientes  al  Ejército 
»Real^  la  Comisión  autorizada. — Elido  Berriz,  Antonio  Brea,  Julián 
y> García  Gutiérrez.» 

Explicado  ya  quiénes  eran  y  de  dónde  venian  los  artilleros  que  lla- 
maron tanto  la  atención  en  Lecumberri,  réstanos  decir  á  dónde  iban^  á, 
partir  de  dos  días  antes  de  llegar  á  dicho  pueblo. 

Reunidos  dichos  jefes  y  oficiales  en  Francia,  partimos  á  caballo  de 
San  Juan  de  Luz,  vestidos  de  paisano,  pero  llevando  en  los  maletines 
de  grupa  y  cubre-capotes  los  uniformes  militares.  La  gendarmería 
francesa  que  ocupaba  la  frontera  no  nos  detuvo  más  que  el  tiempo 
preciso  para  que  hiciéramos  en  la  aduana  la  declaración  correspon- 
diente á  la  salida  de  los  caballos,  para  el  pago  del  impuesto  al  Estado, 
al  regresar.  Dejáronnos,  pues,  pasar  tranquilamente,  y  al  entrar  en 
tierra  española  espoleamos  á  los  caballos  con  la  idea  de  llegar  cuanto 
antes  á  Vera,  primera  población  carlista^  á  la  cual  arribamos  bien  de 
mañana,  pues  no  es  mucha  la  distancia  que  la  separa  de  San  Juan 
de  Luz. 

Nuestra  primera  visita  fué  á  la  naciente  fábrica  de  proyectiles,  en 
cuya  ligera  inspección  fuimos  acompañados  por  su  estudioso  director 
el  capitán  de  artillería  D.  José  de  Lecea,  el  teniente  D.  Luis  Ibarra  y 
el  alférez  alumno  Gómez  Quintana,  quienes  constituían  todo  el  per&o- 
nal  facultativo  que  había  entonces  allí.  Visitamos,  por  tanto,  los  hor- 
nos de  fundición,  los  moldes  y  modelos  para  fundir  proyectiles,  y  por 
último  los  planos  y  libros  que  había  en  su  biblioteca,  los  cuales  ha- 
bían sido  llevados  á  Vera  desde  la  antigua  fábrica  de  proyectiles  de 
Orbaiceta,  donde  había  estado,  precisamente,  destinado  antes  de  la 
guerra  el  mencionado  Lecea. 

Las  necesidades  de  dicha  fábrica  no  eran  muchas  entonces,  pues 
sólo  tenía  á  su  cargo  la  fundición  de  granadas  de  8  centímetros  para 
piezas  niyadas,  bombas  para  morteros  de  á  12  y  li  centímetros,  del  tren 
de  sitio,  y  granadas  esféricas  para  los  obuses  de  la  batería  de  Navarra. 

Al  salir  de  la  fábrica  nos  encontramos  los  artilleros  expedicionarios 
con  varias  compañías  del  5."  batallón  de  Navarra,  dedicadas  á  su  or- 


—  10  — 

ganización  é  instrucción,  al  mando  de  nuestro  a:.tiguo  amigo  el  Mar- 
qués de  las  Hormazas,  brillante  oücial  del  ejército  de  Isabel  II,  que 
había  hecho  con  lucimiento  la  campaña  de  África  á  las  i^nmediatas  ór- 
denes de  su  tío  el  mariscal  de  campo  D.  Fausto  Elío. 

Como  nuestro  proyecto  era  llegar  cuanto  antes  al  Cuartel  de  Don 
Carlos,  y  allí  no  había  noticias  del  punto  en  que  podía  encontrarse, 
montamos  de  nuevo  á  caballo,  y  atravesando  el  río  por  los  vados  cer- 
canos al  puente  volado  por  el  general  republicano  Nouvilas,  que  era 
el  ingeniero  que  más  hizo  por  los  carlistas  (poniendo  dificultades  á  los 
liberales  al  volarles  los  puentes,  puesto  que  á  los  carlistas  les  bastaba 
con  sus  conocidos  vados)^  fuimos  á  dormir  á  Lesaca,  en  cuya  pequeña 
villa  no  había  más  que  una  ligera  señal  de  que  se  estaba  en  guerra,  y 
era  el  principio  de  un  hospital  para  cuando  las  operaciones  se  verifica- 
sen en  la  frontera. 

La  población  más  cercana  era  Leiza,  hasta  donde  pensábamos  lle- 
gar en  la  jornada  del  día  siguiente;  pero  como  no  existían  más  que  pe- 
dazos de  regular  carretera  desde  Lesaca,  y  había,  en  cambio,  que 
atravesar  una  respetable  masa  de  altísimas  montañas,  por  veredas  pe- 
dregosas é  imposibles  cuando  caían  cuatro  gotas,  hubimos  de  solicitar 
y  obtener  un  guía  para  que  nos  condujese  al  sitio  ya  designado.  Al 
amanecer  empezamos  la  ascensión,  subiendo,  ó  mejor  dicho,  escalando 
montes,  bajando  á  hondísimos  valles,  y  mediando  la  jornada  en  el  pue- 
blo de  Goizueta,  de  donde,  después  de  un  ligero  descanso^  emprendi- 
mos de  nuevo  la  marcha,  llegando  ya  de  noche  á  Leiza,  corriendo  el 
menor  peligro  que  era  el  de  extraviarnos  por  los  montes  de  Arichule- 
gui,  pues  gracias  á  los  caballos  escapamos  del  mayor,  que  lo  hubiera 
sido  el  de  despeñarnos  por  aquel  camino  en  escalera  y  en  rampas  res- 
baladizas, imposibles  de  todo  punto  pai'a  e'  que  no  las  conocía. 

En  Leiza  hubieron  de  informarnos  de  que  allí  se  encontraba  el  bri- 
gadier D.  Ramón  Argonz,  á  quien  hubimos  de  presentarnos,  cum- 
pliendo un  deber  militar  que  aquel  digno  veterano  agradeció  extra- 
ordinariamente, y  después  de  felicitarnos  por  nuestro  arribo  al  campo 
carlista,  nos  dijo  que  él  se  dirigía  también  al  Cuartel  de  Don  Carlos 
con  el  coronel  Zalduendo  y  otros  jefes. 

Siguiendo  sus  pasos  atravesamos  Lecumberri,  desde  donde  hemos 
dado  comienzo  á  este  capítulo,  yendo  á  dormir  á  Lacunza,  en  la  Ba- 
rranca. Nada  de  particular  ocurrió  en  esta  jornada;  no  así  en  la  si- 
guiente, porque  á  los  pocos  pasos  de  Lacunza  nos  encontramos  nada 
menos  que  con  los  batallones  l.^y2."  de  Navarra,  mandados  por  su 
insigne  comandante  general  D.  Nicolás  Olio.  Aquellos  batallones,  cu- 
yos respectivos  jefes  lo  eran  D.  Eusebio  Rodríguez  y  D.  Teodoro  Rada 


—  11  — 

(Radica),  venían  de  limpiar  de  enemigos  la  frontera,  y  se  dirigían  al 
proyectado  asedio  de  Tolosa. 

Dejamos  pasar  al  General,  á  quien  debíamos  presentarnos  después, 
toda  vez  que  nos  dirigíamos  á  pernoctar  en  el  mismo  punto,  que  era 
Segura,  y  nos  agregamos  á  la  piaña  mayor  del  2.''  de  Navarra,  á  cuyo 
primer  jefe,  Radica,  fuimos  presentados  por  nuestros  queridos  amigos 
el  comandante  D.  Carlos  Calderón,  el  Barón  de  la  Torre  y  D.  Diego 
Henestrosa,  hermano  del  Marqués  de  Villadarias,  quienes  en  aquella 
época  figuraban  como  agregados  á  la  citada  plana  mayor,  de  la  cual 
formaba  parte  también  un  intrépido  capellán,  el  ilustrado  y  joven  don 
Benito,  cuyo  apellido  no  podemos  recordar,  siendo  por  demás  cariñosa 
y  difícil  de  describir  la  cordial  acogida  que  nos  dispensaron  todos 
aquellos  tan  bravos  cuanto  simpáticos  y  queridos  amigos  y  compañe- 
ros de  armas^  en  cuya  alegre  compañía  cenamos  aquella  noche;  y 
después  de  la  presentación  oficial  al  Comandante  general  de  Navarra, 
nos  despedimos  de  tan  dignos  camaradas,  pues  al  otro  día  debíamos 
separarnos  en  contraria  dirección. 

En  la  siguiente  jornada,  al  atravesar  por  Zumárraga,  nos  encon- 
tramos con  tropas  vizcaínas  que,  como  las  navarras,  se  encaminaban  á 
Tolosa,  á  las  órdenes  de  su  comandante  general  D.  Gerardo  Martínez 
de  Velasco,  á  quien  nos  presentamos  cumpliendo  un  deber  de  cortesía, 
y  siguiendo  nuestro  camino  llegamos  al  anochecer  á  Vergara,  en  donde 
se  hallaba  entonces  el  Cuartel  de  Don  Carlos,  objeto  de  nuestros  afanes 
por  el  momento. 

Al  día  siguiente  tuvimos  la  alta  honra  de  saludar  al  Señor  Don 
Carlos  de  Borbón,  al  egregio  príncipe,  único  representante,  entonces, 
en  España  del  principio  monárquico  por  el  cual  íbamos  á  luchar;  y 
como  el  que  hacía  de  jefe  del  pequeño  grupo  de  oficiales,  al  cual  se 
agregó  el  alférez  alumno  D.  Carlos  León,  era  entonces  el  más  antiguo 
del  Cuerpo  de  Artillería,  aquel  mismo  día  fué  nombrado  Comandante 
general  del  mismo,  con  plenos  poderes  para  ir  destinando  jefes  y  ofi- 
ciales allí  donde  fueran  más  necesarios  sus  servicios. 

En  su  consecuencia,  el  coronel  D.  Elicio  Bérriz  nombró  á  D.  Anto- 
nio Brea  jefe  del  Cuerpo  en  el  Estado  Mayor  de  Navarra;  destinó  á 
D.  José  Dorda  para  ayudar  á  D.  Leopoldo  Ibarra  en  la  fábrica  de  Az- 
peitia;  á  D.  Alejandro  Reyero  le  dio  la  dirección  de  la  batería  de  mon- 
taña de  la  división  de  Navarra;  y  á  D.  Julián  García  Gutiérrez  y  don 
Carlos  León  les  envió  á  Vizcaya  á  fin  de  que  sirviesen  de  base  á  la  ba- 
tería de  dicha  provincia  y  fundición  de  Arteaga,  con  D.  Idilio  y  don 
Germán  García  Pimentel,  antiguos  alumnos  de  la  Academia  de  Arti- 
llería de  Segovia. 


Medalla  de  LA  CABIDAS 


Capítulo  II 


Creación  y  organización  de  los  batallones  navarros,  guipuzcoanos^ 
vizcaínos,  alaveses,  cántabros,  castellanos,  riojano,  de  aragoneses 
y  de  asturianos. — Caballería  carlista. — Hospitales,  ambulancias 
y  creación  de  La  Caridad. 

SABIDAS  de  todos  son  las  causas  que  dieron  lugar  al  levantamiento 
do  las  provincias  Vascongadas  y  Navarra  en  Diciembre  de  1872. 
El  tratado  de  Amorevieta  no  fué  más  que  una  tregua  ó  aplazamiento 
de  la  guerra  en  ellas,  máxime  cuando  había  continuado  la  campaña 
en  Cataluña,  donde  conseguían  los  carlistas  importantes  victorias.  Esto 
estaba  en  la  conciencia  de  todos  los  españoles,  ó  mejor  dicho,  de  cas 
todos.  El  Gobierno  de  Madrid,  como  siempre,  creíase  invulnerable,  ó 
poco  menos;  pero  dados  el  carácter  eminentemente  guerrero  de  los 
descendientes  de  los  antiguos  éuskaros  y  su  espíritu  religioso,  era  de 
suponer  que  no  estuviesen  los  vascos  y  navarros  muy  conformes  con- 
la  Monarquía  democrática  primero,  y  con  la  República  federal  des- 
pués, cuyas  dos  formas  de  gobierno  fueron  proclamadas  por  el  central 
de  Madrid. 

Por  eso  se  vieron  convertidos  en  batallones,  en  menos  de  un  año, 
cada  uno  de  los  veintisiete  hombres  que  salvaron  los  Pirineos  con  don 
Nicolás  Olio  en  Diciembre  de  1872,  organizándose  rápidamente^  á  fa- 
vor de  la  idea  creadora  iniciada  por  dicho  jefe  en  Navarra,  donde  go- 


—  13  — 

-zaba  de  gran  popularidad,  los  batallones  del  Rey,  Reina,  Príncipe  Don 
Jaime,  Infanta  Doña  Blanca,  Infanta  Doña  Elvira  y  Rey  Don  Juan, 
con  la  numeración  del  1  al  6.  Estos  cuerpos  fueron  organizados  y 
mandados  respectivamente,  hasta  fines  de  1873,  por  D.  Ensebio  Ro- 
dríguez, D.  Teodoro  Rada  (más  conocido  por  Radica),  D.  José  Lerga, 
Goñi,  el  Marqués  de  las  Hormazas  y  D.  Juan  Yoldi. 

El  primer  Comandante  general  de  Navarra,  D.  Nicolás  Olio,  había 
nacido  en  Ibero  en  Diciembre  de  1816;  militó  en  la  división  carlista  de 
su  provincia  durante  la  primera  guerra  civil,  siendo  herido  dos  veces, 
asistiendo  á  más  de  cuarenta  acciones  de  guerra  y  llegando  á  obtener  el 
empleo  de  alférez  de  infantería  á  los  veinte  años  de  edad.  Adherido  al 
Convenio  de  Vergara,  distinguióse  en  el  ejército  de  Isabel  II,  especial- 
mente en  la  guerra  de  África,  en  la  cual  ganó  la  cruz  de  San  Fernan- 
do, retirándose  poco  después  del  servicio  con  el  grado  de  teniente  co- 
ronel y  la  efectividad  de  comandante  desde  1860. 

Muchas  páginas  habríamos  de  necesitar  si  quisiéramos  describir  las 
especiales  condiciones  de  carácter  y  distinguidas  prendas  militares 
del  malogrado  general  carlista  D.  Nicolás  Olio.  Otros  escritores  de 
más  mérito  lo  intentarán  con  mayor  éxito.  Su  modestia,  golpe  de  vista 
rápido  y  seguro,  entendimiento  claro,  valor  á  to^a  prueba,  tan  duro 
para  sí  mismo  como  sensible  á  las  fatigas  de  sus  compañeros  é  inferió 
res:  tal  era  el  antiguo  capitán  de  infantería  en  la  guerra  de  África;  e~ 
comandante  retirado  luego,  y  el  organizador  de  aquellos  batallones 
navarros,  tan  queridos  del  caudillo  como  admirados  por  sus  enemigos. 
Nadie  habrá  olvidado,  seguramente,  las  estratégicas  marchas  que 
hubo  de  hacer  Olio  al  principio  déla  campaña,  con  un  puñado  de  hom- 
bres desarmados,  mientras  no  encontraban  enemigos  á  quienes  quitar 
sus  fusiles  y  municiones;  aquella  vida  errante,  sin  tener  tiempo  para 
descansar  y  para  racionarse,  sin  abrigo  en  invierno,  no  cruzando  las 
carreteras  sino  de  noche,  rodeados  siempre  de  tres  y  hasta  cinco  co- 
lumnas enemigas,  y  á  pesar  de  todo  organizándose  en  las  cimas  de  las 
montañas  y  haciendo  frente  al  ejercito  liberal  en  cuanto  se  encontra- 
ban con  él^  siquiera  en  la  razón  de  uno  á  ocho.  Unas  veces  mandando 
en  jefe  y  otras  acompañado,  su  nombre  figuró  siempre  en  primera  lí- 
nea entre  los  carlistas,  y  su  temprana  y  desdichada  muerte  causó 
honda  pena  entre  todos  ellos.  ¡Dios  haya  recompensado  sus  virtu- 
des, su  modestia  y  sus  indisputables  dotes  de  mando! 

D.  Ensebio  Rodríguez,  que  obtuvo  el  mando  del  primer  batallón  de 
Navarra,  casi  desde  el  principio  de  la  campaña,  haciendo  de  él  un 
modelo  de  disciplina  y  sólida  instrucción,  pudiendo  competir  ventajo- 
samente con  cualquier  cuerpo  de  Cazadores  del  ejército  liberal,  había 


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hecho  la  guerra  de  África  con  el  destAio  de  ayudante  del  batallón  de 
cazadores  de  las  Navas,  ganando  en  aquella  gloriosa  campaña  la  cruz 
de  San  Fernando,  y  era  ya  comandante  al  llegar  al  campo  carlista. 

Como  él  procedían  también  del  ejército:  el  teniente  coronel  Marqués 
de  las  Hormazas,  quien  también  había  ganado  en  África  la  cruz  de 
San  Fernando  y  que  creó  y  mandó  hasta  su  fallecimiento  el  5.*^  bata- 
llón de  Navarra,  y  D.  Juan  Yoldi,  que  había  sido  coronel  en  el  ejérci- 
to de  Isabel  II  y  que  en  el  de  Don  Carlos  mandaba  el  6.^  batallón  de 
Navarra  en  la  época  á  que  nos  referimos. 

De  buenos  y  leales  oficiales  de  la  primera  guerra  civil  procedían 
los  coroneles  Lcrga  y  Goñi,  quienes  organizaron  respectivamente  los 
batallones  3.°  y  -í.^  de  Navarra. 

El  2.°  de  la  misma  división  fué  creado  por  D.  Teodoro  Rada,  á 
quien  expresamente  hemos  dejado  el  último  entre  los  jefes  navarros, 
por  merecer  colocarse  á  su  cabeza.  Compartía  la  popularidad  con  Olio, 
y  nunca,  como  en  él,  ha  sido  un  axioma  el  conocido  proverbio  de  vox 
pojnili,  vox  Dei.  Su  popularidad  era  merecidísima;  sin  ser  una  notabi- 
lidad militar,  era  un  guerrillero  del  temple  de  los  Mina  y  de  los  Man- 
so. Modesto  por  naturaleza  y  callado,  nunca  daba  su  opinión  sino  des- 
pués de  bien  pesadas  todas  las  razones  del  caso,  y  rara  voz  dejaba  de 
acertar  en  sus  claros  juicios.  Muchas  veces  le  sorprendíamos  en  sus 
alojamientos  leyendo  la  Campaña  franco  prusiana  ola  Táctica  del 
Marqués  del  Duero.  Arrojado  y  valiente  hasta  la  temeridad,  hizo  te- 
mible á  su  batallón  en  cuantas  ocasiones  entraba  en  fuego,  conocién- 
dole sus  enemigos  casi  tanto  como  los  suyos.  ¿A  qué  se  debía,  sino,  el 
que  los  periódicos  republicanos  citasen  su  nombre  al  lado  de  los  de 
Olio,  Elío  y  Dorregaray,  siendo  así  que  estos  eran  generales  y  él  no 
dejó  de  ser  jefe  de  batallón  sino  poco  antes  de  su  muerte? 

A"  su' lado  hizo  la  campaña  D.  Carlos  Calderón,  antiguo  oficial  de 
coraceros  del  Príncipe  y  ayudante  de  campo  del  general  Duque  de 
Osuna,  embajador  de  España  en  Rusia  en  el  reinado  de  Isabel  II;  des- 
pués oficial  de  órdenes  de  Don  Carlos  hasta  la  jornada  de  Oroquieta,  y 
más  tarde,  segundo  jefe  del  batallón  de  Radica  y  su  sucesor  en  el 
mando  del  mismo,  siendo  de  admirar  la  conducta  de  Calderón,  quien 
pudiendo  hacer  su  carrera  al  lado  de  Don  Carlos  ccn  mayor  comodi- 
dad, prefirió  irse  á  un  batallón  por  creer  más  necesarios  allí  sus  servi- 
cios y  para  ganarse  en  las  filas  sus  empleos  y  condecoraciones.  Identi- 
ficado con  Radica,  participaba  de  parte  de  su  gloria,  que  nosotros  le 
envidiamos,  y  lloró  su  muerte,  como  todos  lloramos  al  saberla. 

¡Olio  y  Rada!  desdichado  proyectil  que  desde  Serantes  cortó  dos  vi- 
das tan  necesarias  al  carlismo!  juntos  entraron  á  hacer  la  guerra,  y  la 


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misma  granada  acabó  con  el  General  y  el  Brigadier,  firmísimas  colum- 
nas del  suspirado  trono  de  Don  Carlos. 

Con  el  tiempo  llegó  la  División  de  Nav^arra  á  contar  con  doce  bata- 
llones, cuyo  mando  desempeñaron,  en  el  transcurso  de  la  campaña,  ade- 
más de  los  jefes  ya  citados,  los  antiguos  oficiales  de  Infantería  del  ejér- 
cito D.  Simón  de  Montoya^  D.  Romualdo  Cesáreo  Sanz  (actual  diputado 
á  Cortes  por  Pamplona)  y  D.  Marcelino  Martínez  Junquera  (quienes 
llegaron  á  brigadieres):  D.  Fausto  Elío^  Martínez,  Vergara,  Angozto  y 
Equiazu  (quienes  murieron  al  final  de  la  guerra,  los  cuatro  primeros  de 
ellos  en  Navarra  y  el  quinto  en  Guipúzcoa):  D.  Tomás  Foronda,  don 
Leonardo  Garrido,  D.  Joaquín  Sacanell,  D.  José  Seidel,  D.  JcséOrlán- 
diz,  D.  Kamón  Inestrilla,  D.  Gabino  Sainz  Celaya,  D.  Joaquín  Monta- 
gut,  Segura,  Mendoza  y  algún  otro  que  no  recordamos. 

En  Vizcaya  adelantó  también  la  organización  de  un  modo  notable, 
debido  no  solamente  á  la  popularidad  del  anciano  brigadier  D.  Castor 
Andéchuga,  sino  también  al  celo  del  comandante  general  del  Seño- 
río, D.  Gerardo  ]\Iartínez  de  Velasco,  y  á  la  ilustración  de  su  jefe  de 
Estado  Mayor  D.  Alejandro  Arguelles. 

En  la  época  á  que  nos  referimos  había  nueve  batallones  vizcaínos. 
Se  llamaban  por  el  nombre  del  distrito  á  que  pertenecían,  correspon- 
diendo dos  á  las  Encartaciones,  otro  á  Arratia  y  uno  á  cada  villa  de 
Guernica,  Durango,  Marquina,  Munguía,  Orduña  y  Bilbao.  Sus  jefes 
eran  casi  todos  del  país,  y  pocos  de  la  ¡Drimera  guerra  civil:  D.  José 
Seco  Fontecha,  el  Barón  de  Sangarrén,  D.  Andrés  Ormaeche  y  D.  Mar- 
tín Luciano  de  Echévarri  (quienes  llegaron  á  brigadieres),  D.  León 
Iriarte,  D.  Juan  Sarasola,  D.  José  Gorordo  y  D.  José  Bernaola:  más 
tarde  mandaron  también  batallones  de  esta  División  D.  Eulogio  de  Isa- 
si,  Galván,  Orúe,  Echevarría,  Maidagan,  Rivaflecha,  Valcárcel,  Es- 
quiaga,  Iturzaeta  y  Escauriaza.  El  primer  comandante  general  de  Viz- 
caya, D.  Gerardo  Martínez  de  Velasco,  había  nacido  en  1820,  era 
veterano  de  la  primera  guerra  civil  y  fué  el  único  General  que  pudo 
mantenerse  con  1,000  hombres  en  armas,  después  del  tratado  de  Amo- 
revieta,  en  las  provincias  Vascongadas,  recorriéndolas  mientras  tuvo 
un  grupo  de  hombres  que  mandar  y  volviendo  á  entrar  en  campaña  el 
año  1873.  Tuvo  el  acierto  de  rodearse  de  hombres  de  verdadero  valer, 
procedentes  del  Ejército,  como  el  capitán  teniente  de  Ingenieros  don 
Alejandro  Arguelles  y  el  de  Infantería  D.  Carlos  Costa,  antiguo  profe- 
sor de  cadetes.  Aquel,  de  carácter  organizador  y  entendido,  contribuyó 
más  que  otro  alguno  á  que  Don  Carlos  pudiera  revistar,  á  poco  de  en- 
trar en  España,  ocho  batallones  vizcaínos  de  nutrida  fuerza  y  bien  ar- 
mados. Costa,  que  le  sucedió  en  el  cargo  de  jefe  de  Estado  Mayor  de 


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Vizcaya,  continuó  por  el  mismo  camino,  siendo  infatigable  en  el  traba- 
jo, modesto,  y  uno  de  los  más  valiosos  jefes  de  la  causa  carlista. 

El  segundo  jefe  de  la  provincia  de  Vizcaya,  D.  Castor  Andéchaga, 
era  ya  septuagenario;  habia  hecho  la  campaña  realista  de  1822  al  23, 
llegando  en  ella  á  teniente  de  Infantería;  durante  la  guerra  de  los  siete 
años  distinguióse  en  numerosas  jornadas,  mandando  primeramente  el 
batallón  7.'^  de  Vizcaya,  y  después  una  brigada  al  frente  de  la  cual 
ganó  la  Cruz  de  San  Fernando.  Adherido  al  Convenio  de  Vergara,  no 
aceptó  nunca  ningún  destino,  vivió  siempre  retirado  en  su  país,  sin  ce- 
der á  los  halagos  de  los  Gobiernos  liberales,  que  además  de  reconocerle 
su  empleo  de  brigadier  le  agraciaron  con  la  Gran  Cruz  de  Isabel  la  Ca- 
tólica; pero  cuando  se  reanudó  la  guerra  carlista,  montó  á  caballo,  á 
pesar  de  su  edad,  y  en  breve  organizó  sus  dos  batallones  de  Encarta- 
dos y  dio  gran  impulso  al  levantamiento  de  Vizcaya,  pues  era  allí  tan 
querido  y  tan  popular  como  Olio  en  Navarra.  Su  poderosa  iniciativa, 
su  arrojo  desmedido  y  su  entusiasmo  por  la  Causa,  no  reconocían  lími- 
tes. La  lucha  era  su  elemento,  y  su  nombre  y  condiciones  se  echaron 
muy  de  menos,  no  sólo  entre  los  batallones  Encartados  y  la  fundición 
de  Arteaga,  que  creó,  sino  en  el  modo  de  ser  de  la  provincia,  desde  el 
nefasto  día  que  regara  con  su  sangre  el  cerro  de  las  Muñecaz,  dispu- 
tando el  paso  de  Bilbao  al  ejército  republicano. 

D.  José  Seco  Fontecha  había  sido  comandante  de  la  Guardia  Civil; 
el  Barón  de  Sangarrén  procedía  también  del  Ejército,  en  el  que  había 
llegado  á  capitán  de  Infantería  y  ganado  la  Cruz  de  San  Fernando 
cuando  la  guerra  de  África;  y,  en  fin,  los  otros  dos  jefes  vizcaínos  que 
también  llegaron  á  brigadieres,  Echévarri  y  Ormaeche,  habían  militado 
en  las  filas  carlistas  durante  la  primera  guerra  civil,  ganando  ambos  la 
Cruz  de  San  Fernando;  y  adherido  el  segundo  al  Convenio  de  Vergara, 
habia  llegado  en  el  Ejército  á  comandante  de  Infantería. 

En  Guipúzcoa,  el  cura  Santa  Cruz  primero,  y  después  el  teniente 
coronel  que  había  sido  del  batallón  de  cazadores  de  Arapiles,  D.  Anto- 
nio Lizárraga,  habían  organizado  seis  batallones  que  se  llamaban  de 
Tolosa,  de  Azpeitia,  de  Elgoibar,  del  Carmen,  del  Triunfo  y  de  San  Ig- 
nacio. Sus  jefes  eran  guipuzcoanos  en  su  mayoría,  de  natural  influencia 
en  el  país,  como  el  veterano  de  la  primera  guerra  D.  Juan  José  de  Aiz- 
purua  (que  llegó  á  brigadier),  Iturbe  (hijo  del  brigadier  carlista  del 
mismo  apellido  que  tanto  se  distinguió  en  la  guerra  de  los  siete  años), 
Erapáran  y  otros;  pero  también  figuraron  al  frente  de  batallones  de  di- 
cha provincia  los  antiguos  jefes  y  oficiales  de  Infantería  del  Ejército 
D.  Enrique  Chacón  y  D.  José  Ferrón  (quienes  llegaron  á  brigadieres), 
Pérez  Dávila,  Hinestrilla,  López  y  Blanco  (quien  murió  en  Mendizo- 


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rrotz).  La  División  de  Guipúzcoa  llegó  á  contar  con  ocho  batallones,  de 
los  que  en  el  transcurso  de  la  campaña  fueron  jefes,  además  de  los  ya 
citados,  Fortuny,  Alday,  Vicuña,  Irazu  y  Folgaera.  Estos  batallones 
estaban  bastante  nutridos  de  fuerza  y  aguerridos,  porque  el  general 
republicano  Loma  conocía  á  palmos  el  país  y  no  les  dejaba  descansar 
al  principio,  por  su  incansable  persecución  y  actividad. 

El  primer  comandante  general  de  Guipúzcoa,  D.  Antonio  Lizárraga, 
había  nacido  en  1817  y  militado  en  las  filas  carlistas  durante  la  prime- 
ra guerra  civil,  llegando  á  teniente  de  Infantería.  Adherido  al  Conve- 
nio de  Vergara,  obtuvo  la  Cruz  de  San  Fernando  peleando  contra  los 
carlistas  en  1848;  fué  á  la  guerra  de  África  con  el  3.er  tercio  de  la  bri- 
gada vascongada,  ganó  el  empleo  de  teniente  coronel  en  la  sangrienta 
jornada  del  22  de  Junio  de  186G,  en  Madrid,  y  se  distinguió  en  el  ejér- 
cito de  Isabel  II  al  frente  del  batallón  de  cazadores  de  Arapiles.  Nom- 
brado por  Don  Carlos  para  el  mando  de  Guipúzcoa,  á  las  atrevidas 
marchas  del  cura  Santa  Cruz  se  sucedieron  la  toma  de  Azpeitia,  Elgoi- 
bar  y  otros  puntos  defendidos  por  columnas  liberales:  á  la  guerra  de 
guerrillas  se  sucedió  la  lucha  en  campo  abierto,  y  las  partidas  convir- 
tiéronse en  batallones.  Militar  de  raras  prendas  é  incansable  en  todo 
a,quello  que  creía  el  cumplimiento  de  su  deber,  D.  Antonio  Lizárraga 
babía  dado  ser  y  vida  á  los  batallones  de  guipuzcoanos,  que  por  sus 
condiciones  y  lenguaje  eran  refractarios  á  ser  mandados  por  jefes  que 
no  fueran  del  país.  Con  tino  y  paciencia  fué  modificando  Lizárraga  es- 
tas condiciones,  y  si  bien  no  les  privó  nunca  de  que  paisanos  de  verda- 
dera popularidad  en  Guipúzcoa  les  mandasen,  consiguió  que  los  distin- 
guidos oficiales  procedentes  del  Ejército  que  ya  hemos  citado,  fuesen 
venciendo  la  desconfianza  de  los  voluntarios  y  llegasen  á  ser  tan  que- 
ridos como  aquellos,  debiéndose  también  á  la  iniciativa  de  Lizárraga 
la  creación  de  la  Maestranza-fundición  de  Azpeitia  y  que  las  fábricas 
de  Eibar  y  Plasencia  dotasen  á  los  batallones  de  su  mando  de  excelen- 
tes fusiles  sistema  Remington. 

En  Álava  había  cuatro  batallones  en  1873,  y  más  adelante  organi- 
záronse otros  dos,  creados  todos  por  jefes  conocidos  del  país  y  manda- 
dos por  ellos  hasta  su  ascenso  á  empleos  superiores.  El  comandante 
general  lo  era  D.  José  Ruiz  de  Larramendi^  y  su  jefe  de  Estado  Mayor, 
el  antiguo  brigadier  del  ejército  D.  Torcuato  Mendiry.  Los  alaveses  se 
distinguían  por  su  valor  frío  y  sereno,  y  su  apacible  carácter,  tan  dife- 
rente del  bullicioso  de  los  navarros  y  de  la  imperturbabilidad  de  los 
vizcaínos  y  guipuzcoanos.  Los  batallones  de  dicha  provincia  fueron 
mandados  en  el  transcurso  de  la  campaña  por  D.  Celedonio  Iturralde  y 
D.  José  Montoya  (que  llegaron  á  brigadieres);  por  el  teniente  de  navio 


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D.  Mariano  Torres;  por  los  antiguos  oficiales  de  infantería  del  ejército, 
Alvarez  Sobrino,  D.  Felipe  de  Sabater  y  D.  Manuel  Rodríguez  Maillo; 
por  D.  Valentín  Sopelana  (que  murió  en  Somorrostro);  por  D.  Fausto 
Eguilleta  (que  murió  en  Abarzuza);  por  D  Casimiro  Urtueta;  por  Vi- 
guri,  por  Mendivil  y  por  Luzuriaga. 

El  primer  comandante  general  de  Álava,  D.  José  Ruiz  de  Larra- 
mendi,  había  nacido  en  1820  y  militado  durante  la  guerra  de  los  siete 
años  en  las  filas  carlistas:  adherido  al  convenio  de  Vergara,  formó  par- 
te de  la  memorable  expedición  española  á  Italia,  mandada  por  el  ge- 
neral segundo  Marqués  de  Mendigorría,  y  ganó  en  África  la  cruz  de 
San  Fernando  y  el  grado  de  teniente  coronel.  Tuvo  la  desgracia  de 
que  su  salud  no  corriese  parejas  con  su  ánimo  y  buen  deseo;  casi  pue- 
de asegurarse  que  mientras  estuvo  al  frente  de  la  provincia,  le  susti- 
tuía en  el  mando  activo  de  ella  su  jefe  de  Estado  Mayor  Mendiry. 

El  primero  organizaba,  y  el  segundo  tenía  la  gloria  de  conducir  al 
combate  á  los  sufridos  y  subordinados  alaveses  en  la  mayoría  de  las 
ocasiones,  aunque  con  harto  dolor  deLarramendi,  quien^  sin  embargo, 
peleó  en  numerosas  jornadas.  D.  Torcuato  Mendiry  había  nacido  en 
181.3,  y  servido  en  el  ejército  de  Don  Carlos  María  Isidro  de  Borbón, 
en  el  que  ganó  la  cruz  de  San  Fernando  y  llegó  á  obtener  el  grado  de 
coronel  y  la  efectividad  de  comandante.  Adherido,  más  tarde  al  Con- 
venio de  Vergara,  ganó  el  empleo  de  teniente  coronel,  peleando  en  las 
calles  de  Zaragoza,  en  1854:  ascendido  á  coronel  en  1862,  mandó  suce- 
sivamente los  regimientos  de  infantería  de  Murcia  y  de  Bailen,  y  des- 
empeñó, ya  de  brigadier,  la  Comandancia  General  de  Ronda. 

Larramendi  y  Mendiry,  que  eran  ambos  militares  de  merecido  re- 
nombre en  el  ejército  de  Isabel  II,  continuai'on  en  el  carlista  sus  buenas 
tradiciones,  distinguiéndose  entre  los  militares  severos  de  alta  gradua- 
ción, que  hicieron  de  partidas,  batallones,  y  de  batallones,  divisiones 
tan  organizadas  y  tan  buenas  como  las  mejores. 

La  División  de  Castilla  tenía,  en  1873,  de  comandante  general  á 
D.  Manuel  Salvador  Palacios,  veterano  de  la  primera  guerra  civil,  en 
la  que  había  ganado  dos  cruces  de  San  Fernando  y  llegado  á  briga- 
dier, primer  jefe  de  la  célebre  brigada  de  Tortosa.  Los  voluntarios 
castellanos  al  acudir  desde  su  país  á  las  provincias  vasco-navarras 
fueron  formando  compañías  sueltas,  inl  jpendientes  de  los  batallones  de 
la  provincia  á  la  que  se  incorporaban,  aunque  siempre  á  las  órdenes 
de  los  comandantes  generales  de  las  mismas,  llegando  á  organizarse 
en  Vizcaya  hasta  dos  batallones  castellanos,  el  del  Cid  y  el  de  Arlan- 
zon,  mandados  por  Bruyel  y  por  D.  Telesforo  Sánchez  Naranjo,  anti- 
guo capitán  de  carabineros.  Con  las  compañías  sueltas  de  las  otras  pro- 


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vincias,  con»  algunas  partidas  que  no  pudiendo  sostenerse  en  Castilla 
se  refugiaban  en  el  Norte,  y  con  los  muchos  voluntarios  que  acudian 
allá,  organizó  el  general  Palacios  los  batallones  de  Burgos,  Falencia  y 
Cruzados  de  Castilla,  los  cuales  se  refundieron  más  tarde  en  dos  que  uni- 
dosá  los  que  habia  en  Vizcaya  formaron  la  División  de  Castilla,  la  cual 
llegó  á  contar  con  seis  batallones,  de  los  que  fueron  jefes,  en  el  transcur- 
so de  la  campaña,  además  de  los  ya  citados  Bruyel  y  Naranjo,  D.  Maxi- 
miano  del  Pino,  el  veterano  D.  Alejandro  Atienza,  D.  José  Manuel 
G.  Solana,  los  antiguos  oficiales  de  infantería  del  ejército  D.  Rodrigo  Me- 
dina (hijo  del  Marqués  de  Esquivel)  y  D.  JoséRovira  y  Ladrón  de  Gue- 
vara, Pérez  Nájera  y  algún  otro  que  no  recordamos  en  este  momento. 

De  los  batallones  castellanos  no  diremos  que  fuesen  los  mejores  del- 
ejército  del  Norte,  porque  en  valor  y  abnegación  todos  rivalizaron; 
pero  no  se  puede  negar  que  eran  de  los  que  tenían  mayor  mérito,  toda 
vez  que  los  vascongados  y  navarros  para  incorporarse  á  las  filas  no 
tenían,  en  general,  que  correr  tantos  riesgos;  pudiéramos  decir  que 
peleaban  en  su  casa;  en  sus  heridas  y  enfermedades  podían  verse  más 
fácilmente  atendidos  por  los  suyos,  y  como  dominaban  gran  parte  del 
territorio  de  sus  provincias,  sus  Diputaciones  á  guerra  podían  disponer, 
relativamente  de  grandes  recursos.  En  cambio  los  castellanos,  sola- 
mente para  acudir  á  la  guerra,  tenían  ya  que  sufrir  mayores  penalida- 
des y  correr  mayor  peligro  al  atravesar  extenso  territorio  domina- 
do por  el  enemigo;  peleaban  y  caían  enfermos  ó  heridos  lejos  de  sus 
ca^as  y  de  sus  familias;  su  Junta  ó  Diputación  á  guerra  no  podía  aten- 
derles tanto  como  las  otras  á  los  suyos,  y  sin  embargo,  no  sólo  fueron 
siempre  tan  valientes,  tan  sufridos^  tan  leales  y  tan  disciplinados  como 
el  mejor  cuerpo  del  ejército  carlista,  sino  que  cuando  á  las  victorias  de 
Somorrostro,  Abarzuza,  Lacar  y  tantas  otras,  sucediéronse  los  días  de 
prueba  que  precedieron  al  paemorable  de  Valcarlos,  cuando  estaban 
disueltos  ya  casi  todos  los  batallones  de  otras  provincias,  aún  se  man- 
tuvieron hasta  el  último  momento  tan  decididos  y  leales,  tan  unidos  y 
disciplinados  como  en  los  más  felices  tiempos,  aquellos  inolvidables 
castellanos  con  quienes  tuvimos  el  honor  de  compartir  las  amarguras 
por  que  todos  pasamos  en  los  últimos  días  de  la  guerra. 

Los  batallones  cántabros,  riojano,  de  asturianos  y  de  aragoneses 
fueron  organizados,  respectivamente,  por  el  coronel  D.  José  Navarre- 
te,  por  los  célebres  guerrilleros  Llórente  y  Rosas,  y  por  el  brigadier 
D.  León  Martínez  Fortún,  antiguo  coronel  del  ejército  de  IsabelII,  en 
el  que  se  había  distinguido  organizando  en  Cuba  las  primeras  fuerzas 
de  voluntarios,  y  después,  como  ayudante  de  campo  del  general  Ma- 
kenna,  en  la  guerra  de  África. 


—  20  — 

Los  batallones  cántabros  no  eran  más  que  dos  y  algunas  compa- 
ñías de  Guias,  á  pesar  de  los  desvelos  de  su  digna  Junta  de  guerra:  en 
el  transcurso  de  la  campaña  fueron  sus  jefes,  además  de  Navarrete,  don 
Juan  Yoldi,  D.  Alejandro  Arguelles,  D.  Pedro  Vidal,  D.  José  Mora, 
San  ^[illán,  y  no  recordamos  si  algún  otro  más.  El  batallón  asturiano 
tuvo  también  de  jefe  á  Hurtado  de  Mendoza.  El  batallón  aragonés, 
además  de  Fortún,  tuvo  á  su  frente  al  antiguo  oficial  de  caballería  y 
ayudante  de  campo  del  general  Ortega,  D.  Francisco  Cavero,  al  co- 
mandante del  ejército  de  Cuba  D.  Carlos  González  Boet  y  á  D.  Cristo- 
bal  de  Vicente,  quien  mandándolo  murió  en  Zumelzu.  Al  final  de  la 
guerra,  este  batallón,  llamado  de  Almogávares  del  Pilar,  se  refundió 
con  el  12.°  de  Navarra. 

La  caballería  de  Navarra,  creada  al  principio  de  la  campaña  por 
el  antiguo  voluntario  de  la  de  África  D.  José  Pérula,  tuvo  por  base,  no 
sólo  la  popularidad  de  que  gozaba  este  guerrillero  en  Sesma,  Lodosa  y 
otros  puntos  de  Navarra,  sino  la  atrevida  expedición  que  muy  al  prin- 
cipio hizo  á  Castilla  la  Vieja.  En  Agosto  de  1873  hallábase  en  organi- 
zación, bajo  las  órdenes  de  dicho  señor  y  de  algunos  jefes  y  oficiales 
que  habían  servido  en  el  ejército  liberal,  como  D.  Fernando  Ordóñezy 
D,  Juan  Ortigosa. 

A  pesar  de  carecer  de  buenos  y  reglamentarios  equipos,  y  aún  de 
armas,  habíase  portado  bizarramente  la  caballería  carlista  en  Eraul 
y  Udave.  Sin  embargo  de  su  naciente  estado  desempeñaba  buenos 
servicios,  como  avanzadas  y  flanqueos,  apresaba  convoyes,  picaba  re- 
taguardias, etc.  Los  caballos  tenían  diversa  procedencia:  unos  cogidos 
al  enemigo,  otros  requisados  en  los  pueblos,  otros  donados  graciosa- 
mente por  sus  antiguos  dueños,  y  otros  propiedad  de  los  jinetes,  por 
compra  ó  pase  del  ejército  contrario.  En  la  citada  época  serían  unos 
doscientos;  algunos  carecían  en  absoluto  de  monturas,  y  otros  las  te- 
nían, pero  sin  uniformidad.  Esta  circunstancia  cesó  pronto  por  la  ini- 
ciativa del  general  carlista  Olio  y  de  su  jefe  de  caballería,  Pérula, 
quienes  establecieron  un  taller  de  monturas  en  Legaría  (Amézcoas), 
que  surtió  de  sillas  y  bridas  á  aquélla.  Los  jinetes  iban  armados  de 
sables,  y  unos  pocos  de  tercerolas  y  lanzas. 

Hemos  dicho  que  para  la  organización  de  la  caballería  de  Navarra 
influyó  mucho  la  popularidad  de  D.  José  Pérula,  y,  efectivamente,  la 
compartía  en  aquella  provincia  con  Olio  y  Radica.  Su  carácter  franco 
y  sin  vacilaciones  le  hacía  apreciable  y  querido  de  sus  compañeros  é 
inferiores.  Sus  antecedentes  anteriores  á  la  revolución  de  1868  no  fue- 
ron otros  que  el  de  haber  ido  á  la  guerra  de  África  como  voluntario, 
distinguiéndose  en  ella,  en  términos  de  haber  alcanzado  la  cruz  de 


—  21  — 

San  Fernando  y  un  destino  civil  en  recompensa  de  sus  méritos.  Así 
como  Olio  y  Rada  fueron  el  alma  de  la  infantería  navarra,  Férula  lo 
fué  de  la  caballería,  viéndosele  desde  el  primer  alzamiento  carlista 
montar  á  caballo,  recorrer  los  pueblos  de  la  ribera  del  Ebro  y  arras- 
trar con  su  presencia  á  todo  el  que  disponer  podía  de  un  caballo  ó  te- 
nía medios  de  proporcionárselo.  Guerrillero  y  jinete  infatigable,  hacía 
rápidas  y  atrevidas  marchas  en  terreno  liberal,  aceptando  la  lucha  en 
buenas  condiciones,  ó  esquivándola  caando  el  número  ó  las  circuns- 
tancias le  hacían  suponer  un  probable  vencimiento.  Hánle  achacado 
algunos  á  Férula  faltas  que  á  otros  generales  en  jefe  se  les  han  dispen- 
sado; pero,  á  nuestro  juicio,  el  que  de  soldado  asciende  á  general  en 
jefe  de  40,000  hombres,  demuestra  que  si  no  es  un  Moltke,  es  de  la 
madera  de  donde  han  salido  el  Empecinado,  Falarea  y  otros  generales 
cuyos  hechos  de  armas  honran  á  nuestra  patria,  excusando  decir  que 
al  juzgarle  de  este  modo  lo  hacemos  prescindiendo  de  su  intervención 
en  algunas  operaciones  de  la  guerra,  pues  de  este  delicado  asunto  ya 
nos  ocuparemos  á  su  debido  tiempo. 

D.  Fernando  Ordóñez  había  sido  comandante  de  caballería  del 
Ejército,  en  el  que  había  prestado  muchos  y  buenos  servicios;  en  el 
campo  carlista  fué  segundo  de  Férula  en  la  caballería  de  Navarra, 
asistiendo  con  ella  á  las  acciones  de  Alio,  Dilcastillo  y  Montejurra; 
organizó  en  Junio  de  1874  el  escuadrón  de  Guardias,  escolta  de  Don 
Carlos,  y  después  pasó  al  Ejército  del  Centro  con  el  general  Dorre- 
garay. 

También  figuró  brillantemente  en  la  organización  de  la  caballería 
de  Navarra  el  antiguo  capitán  teniente  de  Húsares  de  Pavía  D.  Juan 
Ortigosa,  hijo  del  general  del  mismo  apellido,  oficial  pundonoroso,  va- 
liente é  ilustrado,  que  demostró  cualidades  superiores  á  su  edad  en 
cuantas  empresas  hubieron  de  encomendársele  hasta  el  fin  de  la  guerra. 

En  las  demás  provincias  organizóse  la  caballería  análogamente  que 
en  Navarra;  el  escuadrón  de  Álava  lo  mandó  el  coronel  D.  Francisco 
Aguirre,  y  los  de  Vizcaya  y  Guipúzcoa  tuvieron  á  su  frente  á  los  anti- 
guos oficiales  de  caballería  del  Ejército  D.  Félix  Noriega  y  D.  Manuel 
de  la  Cruz:  con  la  famosa  partida  de  los  célebres  Hierros,  que  de  la 
provincia  de  Burgos  pasaron  al  Norte,  se  formaron  los  dos  primeros 
escuadrones  de  Castilla:  con  soldados  pasados  del  ejército  republicano 
se  constituyó  un  escuadrón  que  solía  servir  de  escolta  al  jefe  de  Estado 
Mayor,  General  Elío,  y  al  Capitán  General  de  las  Vascongadas  y  Nava- 
rra, Dorregaray:  y,  en  fin.  Cantabria,  Aragón,  Asturias  y  Rioja  tam- 
bién llegaron  á  disponer  de  escuadrones  que,  aunque  de  escasa  fuerza, 
prestaron  excelente  servicio. 


Con  la  caballería  de  Navarra  formóse  el  Regimiento  del  Rey;  con 
los  escuadrones  de  Vizcaya,  Guipúzcoa,  Álava  y  el  de  pasados,  se  or- 
ganizó el  Regimiento  de  Borbón,  y  con  la  caballería  de  Castilla  el  Re- 
gimiento de  Cruzados;  quedando  sueltos  algunos  escuadrones  como 
los  ya  citados  de  Cantabria,  Aragón  y  Asturias,  y  el  de  Húsares  de 
Arlaban. 

Entre  los  jefes  de  caballería  que  sirvieron  en  los  Cuerpos  del  arma 
recordamos,  además  de  los  ya  citados,  al  brigadier  D.  Esteban  Barrasa 
(jefe  procedente  de  la  caballería  del  ejército  de  Isabel  II  y  que  llegó  á 
ser  Comandante  general  de  la  del  ejército  carlista  del  Norte),  y  á  los 
antiguos  oficiales  de  caballería  del  ejército  liberal  D.  Mario  Villar  (que 
mandó  el  Regimiento  de  Borbón),  Planas  (que  mandó  el  del  Rey), 
Zaldívar  (que  mandó  el  de  Castilla),  Mogrovejo  (hijo  del  General 
del  mismo  apellido),  Urbina,  Doñamayor,  Escribano  y  Alvarez  del 
Manzano. 


El  servicio  sanitario  dejó  mucho  que  desear,  por  falta  de  personal  y 
de  material  á  propósito,  excepto  en  los  hospitales.  Realmente  puede  de- 
cirse que  no  le  hubo  perfecto  hasta  la  instalación  en  Navarra  del  hospi- 
tal de  Irache,  del  de  Loyola  en  Guipúzcoa,  del  de  Villaro  en  Vizcaya, 
y  de  otros  de  menor  importancia  en  diversos  puntos;  creilndose  por 
iniciativa  de  Doña  Margarita  de  Borbón  la  asociación  llamada  de  La 
Caridad,  á  cuyo  sostenimiento  contribuían  fondos  remitidos  por  par- 
ticulares de  todas  las  provincias  de  España.  Pero  de  lo  que  principal- 
mente vivía  La  Caridad  era  de  la  considerable  cantidad  de  efectos 
que  periódica  y  generosamente  remitía  de  Francia  la  Junta  que  tan 
dignamente  presidía  la  caritativa  esposa  de  D(m  Carlos  de  Borbón,  de 
cuya  augusta  señora  dice  el  escritor  liberal  D.  Antonio  Pirala  en  su 
Historia  Contemporánea  (tomo  IV,  página  91)  lo  siguiente:  «Merece 
»loa  en  primer  término  Doña  Margarita,  fundadora  de  la  asociación 
»de  La  Caridad,  que  la  ejerció  de  una  manera  digna  y  elevada  en 
»favor  de  los  enfermos  y  heridos,  sin  excluir  á  los  liberales,  que  la  de- 
»ben  muchos  la  vida  y  la  gratitud  por  las  esmeradas  atenciones  y  ex- 
»quisito  cuidado  que  la  merecieron.  Justa  fué  la  bendición  que  otorgó 
»S.  S.  Pío  IX  por  dos  veces  á  La  Caridad,  la  medalla  que  se  creó  para 
»premiar  los  grandes  servicios  que  se  prestaron  en  favor  de  los  heri- 
»dos  y  de  los  establecimientos  para  su  curación.  Doña  Margarita 
»quería  hacer  que  la  caridad,  además  de  virtud,  fuera  un  deber  y- 
»una  institución,  á  la  que  consagraba  toda  su  existencia,  debiendo 
«consagrarla  también  los  que  la  ayudasen.  Sabía,  sin  duda,  aquella 


~  23  — 


,,^<3_  "  y-jTf'^w^MXZ 


DOÑA   MARGARITA   DE   BORBÜN 


«señora  lo  que  significaba  la  Orden  de  la  Caridad  Cristiana  estable- 
5>cida  en  Francia  por  Enrique  III  para  los  soldados  estropeados  en 
«servicio  del  Estado,  y  las  demás  Ordenes  para  ejercer  la  caridad,  y 
»quería  que  en  nada  desmereciese  á  las  más  santas  la  que  ella  funda- 
»ba,  enseñando  A  todos  con  el  ejemplo.» 

Doña  Margarita,  hija  del  último  Duque  soberano  de  Parma,  era 
una  señora  de  claro  talento,  vastísima  instrucción  y,  sobre  todo,  de 
un  corazón  ansioso  siempre  de  remediar  todas  las  desgracias  que  le 
permitía  atender  el  estado  poco  lisonjero,  entonces,  de  su  fortuna.  Aún. 
antes  de  haber  entrado  en  España  había  ya  tenido  ocasión  de  ejercer 
su  inagotable  caridad  asistiendo  y  curando  por  sí  misma,  en  su  casa 
de  campo  de  Burdeos,  primero  al  coronel  Rada,  primer  jefe  del  bata- 
llón 2.°  de  Navarra;  al  coronel  de  la  caballería  Férula,  y  á  muchos 
otros  después.  Al  volver  Radica  á  entrar  en  campaña  recibió,  además. 


—  24  — 

como  obsequio  particular  de  su  Reina  un  hermoso  caballo  tordo,  que 
desde  su  muerte  en  Santurce  siguió  montando  su  cariñoso  amigo  el 
coronel  Calderón. 

No  hacía  Doña  Margarita  excursión  alguna  al  teatro  de  la  guerra 
sin  visitar  detenidamente  los  hospitales,  pasando  largas  horas  en  ello» 
y  animando  con  su  presencia,  tanto  á  los  heridos  carlistas  como  á  los 
liberales.  Un  escritor  nada  sospechoso,  por  cierto,  el  director  de  Sani- 
dad Militar  D.  Nicasio  Landa,  decía  en  Julio  de  ISli  lo  siguiente:  «Do- 
ña Margarita  se  personó  á  mirar  igualmente  por  carlistas  y  liberales 
en  el  hospital  de  Irache,»  cuya  importancia,  entonces  cobrada,  no  se 
desmintió  con  motivo  de  los  hechos  de  Lácar,  Sesma,  Treviño  y  demás 
ocurridos  hasta  la  última  acción  de  Montejurra,  desde  cuya  época  lo 
tomaron  los  liberales. 

La  esclarecida  Señora  de  quien  nos  ocupamos,  aparte  del  natural 
interés  que  le  inspiraba  la  guerra,  no  se  mezclaba  para  nada  en  política 
de  ninguna  clase;  la  educación  de  sus  hijos  y  el  buen  servicio  de  los 
hospitales  eran  su  única  ocupación.  Entre  sus  dotes  naturales  ñguraha 
su  prodigiosa  memoria,  que  la  hacía  no  olvidar  las  personas,  una  vez 
vistas,  ni  sus  hechos,  una  vez  conocidos;  pero,  como  ya  hemos  dicho, 
entre  todas  sus  excelentes  dotes  y  virtudes  sobresalía  la  de  la  caridad, 
que  hacía  no  se  apartasen 'de  ella  sin  consuelo  tantísimos  desgraciados» 

Saludemos,  pues,  con  toda  la  consideración  y  profundo  respeto  que 
merece  la  buena  memoria  de  la  egregia  Princesa  que  fué  alivio  y  con- 
suelo de  tantos  españoles,  y  que,  seguramente,  ha  recibido  ya  en  el 
cielo  el  premio  de  haber  sido  en  la  tierra  ángel  de  la  caridad,  como  la 
apellidaban,  al  bendecirla,  tantos  bravos. 

En  los  hospitales  que  esta  Señora  estableció  en  el  Norte,  ayudada 
eficacísimamente  por  el  celo,  desprendimiento  y  prodigiosa  actividad 
de  la  inolvidable  Sra.  D.''^  Josefa  Vazco,  viuda  de  Calderón  (madre  de 
D.  Carlos  Calderón),  así  como  por  el  sacerdote  D.  Manuel  Barrena  y  el 
caballero  francés  Mr.  Bourgade,  se  daba  una  esmeradísima  asistencia 
facultativa  á  los  heridos  de  ambos  campos  que  tenían  la  desgracia  de 
caer  bajo  el  plomo  enemigo.  El  vacio  que  existía  antes  de  crearse  La 
Caridad  era  grandísimo;  los  pobres  heridos,  pena  nos  da  recordarlo, 
eran  insuñcientemente  curados  y  socorridos.  Aún  recordamos  haber 
visto  poco  menos  que  hacinados  en  habitaciones  pequeñas,  las  más  de 
ellas  sin  cristales  ni  ventanas,  y  por  ende  insalubres,  en  el  hospital  que 
se  había  improvisado  en  Abárzuza,  en  la  carretera  de  Muez,  á  los  heri- 
dos procedentes  de  la  acción  de  ]\Iañcru.  El  médico  que  los  asistía  no 
tenía  residencia  fija  en  el  hospital;  las  camas  y  demás  efectos  eran  de- 
bidos al  desprendimiento  particular  de  los  vecinos  de  los  pueblos  co- 


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márcanos,  y  el  irreemplazable  instituto  de  las  Hermanas  de  San  Vicen- 
te de  Paul  era  sustituido  por  los  parientes  de  los  heridos,  por  su» 
conocidos  y  aún  por  sus  propias  madres,  si  no  carecían  de  recursos  pa- 
ra trasladarse  de  un  punto  á  otro.  Uno  de  los  espectáculos  que  más 
presente  se  nos  quedó  en  la  imaginación  fué  el  ver  á  dos  heridos  car- 
listas, padre  é  hijo,  asistidos  varonil,  pero  nada  facultativamente,  como 
es  de  suponer,  por  la  esposa  y  madre  de  ambos  desgraciados. 

Antes  de  Lcsaca  é  Irache  hubo  hospitales  en  Gollano  (Amézcoas)  y 
en  varios  establecimientos  balnearios,  creados  y  sostenidos  exclusiva- 
mente por  las  Diputacioncíi.  El  de  Irache,  sin  embargo,  vino  á  ser  la 
Providencia  de  los  heridos  que  caían  bajo  el  hierro  ó  el  plomo  en  los 
campos  de  Navarra.  Antes  de  su  instalación  se  hicieron  las  obras  más 
indispensables  para  habilitar  de  hospital  el  antiguo  convento,  que  por 
su  magnitud,  estado  de  conservación  y  sobre  todo  por  su  situación  to- 
pográfica, se  prestaba,  más  que  ningún  otro,  al  objeto  á  que  se  le  des- 
tinó. 

No  contribuyó  poco  el  entusiasta  celo  y  trabajo  del  Conde  de  Belas- 
coain  (hijo  del  general  D.  Diego  de  León)  para  la  rapidez  é  inteligente 
dirección  de  las  obras,  así  como  el  haberse  alojado  en  el  mismo  edificio 
la  ya  citada  Sra.  de  Calderón,  dos  ó  tres  médicos  y  los  Sres.  Bourgade 
y  Barrena,  estableciendo  en  él  una  botica  y  lo  más  necesario  para  la 
curación  de  los  heridos.  La  Compañía  de  zapadores  de  Navarra,  que 
mandaba  el  comandante  Argila,  fué  utilizada  convenientemente  para 
los  trabajos,  y  el  comandante  general  Olio  apoyó  y  obtuvo  se  interesa- 
se la  Junta  de  Navarra  en  la  pronta  terminación  de  las  obras.  A  favor 
de  todas  estas  circunstancias  reunidas,  se  logró  que  en  el  escaso  inter- 
valo de  un  mes  se  hallase  preparado  Irache  con  camas,  servicio  facul- 
tativo, botica  y  salas  bastantes  para  recibir,  como  recibió,  heridos  car- 
listas y  liberales,  que  lo  fueron  en  la  acción  de  Montejurra:  sentimos 
no  recordar  el  número,  pero  calculamos  acogería  el  hospital  lo  menos 
250  de  los  primeros  y  unos  10  de  los  segundos.  Los  oficiales  tenían  sa- 
las perfectamente  acondicionadas,  donde  disfrutaban  de  una  esmeradí- 
sima asistencia.  Más  adelante  se  hizo  capaz  el  hospital  para  acoger  y 
cuidar  más  de  500  heridos,  disponiendo  de  un  excelente  mobiliario,  de 
colchones,  jergones,  catres,  sábanas,  cobertores,  hilas,  mantas,  com- 
presas, vendas,  camisas,  almillas  de  franela,  coches  para  transportar 
heridos,  camillas,  estuches  completos  para  operaciones,  bolsas  de  soco- 
rro para  campaña,  medicamentos  en  abundancia,  y  en  fin  todo  cuanto 
podía  ser  más  necesario. 

Un  autor  liberal,  el  corresponsal  de  la  Cruz  Roja  D.  Saturnino  Gi- 
ménez, en  su  obra  Secretos  é  intimidades  del  campo  carlista,   algunos 


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de  cuyos  conceptos  equivocados  rectificaremos,  pero  que  se  distingue 
por  su  comedido  lenguaje,  dice  textualmente:  «Queda,  pues,  sinfunda- 
»mento  el  conocido  rumor  de  que  los  carlistas  empleaban  en  armas  y 
•pólvora  el  dinero  que  recibían  para  hilas  y  medicamentos.  Tan  escru- 
»puloso  y  delicado  andaba  en  esta  parte  el  Comité,  que  hasta  procura- 
»ba  que  el  material  remitido  no  pudiese  tener  otra  aplicación  posible 
»que  la  dispuesta  por  los  donantes.  Regaló  á  La  Caridad  soberbios  co- 
»ches  ambulancias,  pero  no  caballerías  que  los  arrastrasen.  Así,  no  hu- 
»bo  probabilidad  de  que  arrastrase  cañones  el  ganado  que  exclusiva - 
»mente  debía  transportar  heridos.» 

La  Caridad  estableció  hospitales^  no  sólo  en  Irache  y  Lesaca,  sino 
en  Aoiz,  Lacunza,  Puente  la  Reina,  Santurce,  Verástegui  y  otros  pun- 
tos. El  personal  se  componía  de  cuatro  ó  cinco  médicos  de  residencia 
fija,  un  boticario,  hospitalarios  y  Hermanas  de  la  Caridad,  con  algunos 
practicantes.  El  traje  de  ellos  consistía  en  boina  morada,  blusas  con 
cinturón  y  pantalones  del  mismo  color,  y  una  margarita  en  lugar  de 
chapa  en  la  primera. 

El  citado  autor  liberal  Sr.  Giménez,  corresponsal,  como  ya  hemos 
dicho,  de  la  Cruz  Roja,  continúa  así  más  adelante:  «La  disposición  de 
»los  lechos,  el  orden  del  servicio,  la  previsión  de  todas  las  comodida- 
»des,  no  tenían  que  envidiar  á  los  hospitales  de  primera  categoría.  La 
»fiebre  purulenta,  tan  común  en  los  hospitales  de  campaña,  nosecono- 
»ció  nunca  en  Irache,  por  grande  que  fuese  la  aglomeración  de  heri- 
»dos. — Merecían  especial  mención,  en  el  hospital  de  Irache,  el  gabinete 
»de  Química,  esplendentemente  surtido;  la  ropería,  y,  en  una  palabra, 
»todas  las  dependencias  naturales  en  esta  clase  de  establecimientos.  To- 
»das  las  salas  estaban  cruzadas  de  estufas,  que  en  invierno  hacían 
»pasar  desapercibida  la  cruda  temperatura  propia  de  aquel  país.  Dos 
«secciones  de  ambulancia  volante  se  encontraban  permanentes  en  Ira- 
»che  y  dispuestas  á  entrar  en  acción.» 

Estas  ambulancias  permanentes  desempeñaron  gran  papel  en  las 
operaciones  del  Carrascal,  Lumbier,  Pamplona  y  otros  hechos  de  ar- 
mas. Por  su  parte  las  Diputaciones  de  Vizcaya,  Guipúzcoa  y  Álava 
fundaron  y  dotaron  muy  bien  sus  hospitales  particulares  de  Loyola, 
Valmaseda,  Galdácano,  Durango,  Sata  Águeda  y  otros. 

Las  ambulancias  de  los  batallones,  escuadrones  y  baterías  consis- 
tían únicamente  en  media  docena  de  camillas,  que  se  llevaban  en  mu- 
los al  lugar  de  la  refriega,  y  una  ó  dos  bolsas  de  socorro  que  llevaba 
el  médico.  El  botiquín  más  completo  que  tenían  los  carlistas  en  1873 
era  el  de  un  regimiento  de  infantería  liberal,  cogido  en  la  acción  de 
Eraul. 


DON   JOAQUJX   ELIO 


Capítulo   III 


Organización  general  del  ejército  carlista  del  Norte.— Administración 
Militar  y  Clero  Castrense.— Comandancia  general  de  la  frontera. 
— Ingenieros. — Armamento  de  los  batallones  carlistas. — Coman- 
dantes de  armas  y  partidarios. 


EL  General  en  Jefe  carlista  lo  era  Don  Carlos  de  Borbón;  pero  tanto 
antes  como  después  de  la  creación  del  Ministerio  de  la  Guerra  (ó 
Secretaría  de  Estado  y  del  Despacho  de  la  Guerra),  el  General  Jefe  de 
Estado  Mayor  General  era  el  que  disponía  y  mandaba  las  operaciones 
en  unión  con  el  Capitán  General  de  las  provincias  Vascongadas  y  Na- 
varra, cuando  lo  había,  como  en  Septiembre  de  1873,  en  cuya  fecha 
desempeñaba  el  primer  cargo  D.  Joaquín  Ello,  y  el  segundo  D.  Anto- 
nio Dorregaray. 

El  dignO;  bravo  y  leal  entre  los  leales,  D.  Joaquín  Elío,  era  un  an-. 
ciano  de  agradable  presencia,  á  quien  nadie  podía  atribuir  los  años 
que  contaba,  tales  eran  su  robustez  nerviosa  y  su  estado  de  conserva- 
ción, no  pudiendo  decir  lo  mismo  de  su  actividad,  pues  en  muchas 


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ocasiones  entraba  el  enemigo  en  los  poblados  por  una  puerta,  cuando 
el  general  Ello  salía  por  la  opuesta,  sin  grandes  apresuramientos.  Sus 
necesidades  eran  nulas,  y  montado  á  caballo  no  echaba  de  ver  las  pro- 
longadas  marchas  á  que  se  entregaba  y  que  no  interrumpía  por  sueño, 
cansancio  ni  fatiga  alguna.  Sabida  es  la  gran  parte  que  tomó  en  la 
primera  guerra  civil,  en  la  que  acreditó  la  nobleza  de  su  estirpe  y  su 
procedencia  de  la  Guardia  Real,  ganando  todos  sus  empleos  sobre  el 
campo  de  batalla  y  emigrando  á  Francia  en  1839  con  el  empleo  de 
mariscal  de  campo.  En  1860  acompañó  á  Don  Carlos  Luis  de  Borbón 
en  su  viaje  á  España  cuando  el  levantamiento  del  general  Ortega  en 
San  Carlos  de  la  Rápita,  y  habiendo  sido  hecho  prisionero  y  debido  su 
libertad  al  perdón  que  le  otorgara  la  bondadosa  reina  D.^  Isabel  II,  no 
olvidó  el  ilustre  general  carlista  semejante  generosidad,  hasta  el  punto 
de  que  cuando  perdió  el  trono  aquella  augusta  señora,  fué  el  caballero 
Elío  de  los  pocos  españoles  que  la  acompañaron  en  su  desgracia,  lle- 
vando su  delicadeza  hasta  el  extremo  de  que  antes  de  presentarse  á 
Don  Carlos  de  Borbón  y  ofrecerle  sus  servicios,  pidió  permiso  para  ha- 
cerlo á  la  egregia  señora  que  años  antes  le  perdonara  la  vida  y  en. 
contra  de  la  cual  había  ofrecido  no  hacer  armas;  permiso  que  Isabel  II 
le  otorgó  desde  Pau,  donde  á  la  sazón  se  encontraba,  haciendo  entera 
justicia  á  la  hidalguía  del  noble  caudillo,  de  cuyos  eminentes  servicios 
en  la  última  guerra  civil  ya  tendremos  ocasión  de  ocuparnos  oportu- 
namente. 

Padre,  más  bien  que  general,  de  los  jefes  del  ejército  carlista,  las 
órdenes  de  Elío  eran  fidelísimamente  ejecutadas  y  respetadas  por  to- 
dos: su  reconocida  lealtad,  su  sereno  valor,  su  caballerosidad  nunca 
desmentida,  hacían  de  él  el  tipo  del  antiguo  monárquico,  firme,  hidalga 
y  decidido,  y  su  nombre  será  siempre  respetado  por  todos^  hasta  por 
los  mismos  liberales^  haciendo  justicia  al  caballero,  al  carlista  y  al 
general. 

D.  Antonio  Dorregaray  había  nacido  en  1823,  y  á  los  doce  años  de 
edad  fué  agraciado  con  los  cordones  de  cadete  en  el  ejército  de  Don 
Carlos  María  Isidro  de  Borbón;  ganó  el  ascenso  á  subteniente  por  las 
acciones  de  Gaevara  y  Arlaban,  y  adherido  al  Convenio  de  Vergara, 
obtuvo:  el  empleo  de  teniente,  por  antigüedad;  en  1845;  el  grado  de  ca- 
pitán, por  mérito  de  guerra,  en  1848;  la  efectividad  de  dicho  empleo  y 
el  grado  de  comandante,  cuando  los  sucesos  de  1854  y  la  acción  de  Vi- 
cálvaro;  la  cruz  de  San  Fernando,  en  las  sangrientas  jornadas  de  Julio 
de  1856;  el  empleo  de  comandante,  otra  cruz  de  San  Fernando  y  el 
grado  de  teniente  coronel,  en  la  gloriosa  campaña  de  África,  y  ascenso 
á  teniente  coronel  en  Í866,  en  el  cual  año  pasó  á  servir  en  el  ejército 


—  29  — 

de  Cuba,  mereciendo  allá  toda  la  confianza  del  Capitán  General  Ler- 
sundi. 

Destronada  D.^  Isabel  II,  ofreció  Dorregaray  su  espada  á  Don  Car- 
los de  Borbón,  quien  le  designó  para  ponerse  al  frente  del  alzamiento 
de  Valencia.  Sabido  de  todos  es  el  desastre  que  sufrieron  en  Portaceli 
los  que  se  levantaron  con  Dorregaray,  más  por  la  defección  de  algunos 
que  se  habían  juramentado  para  secundarle,  que  por  los  medios  que 
pusiéronse  en  juego  para  combatir  al  futuro  General. 

«Gran  valor  y  serenidad  á  toda  prueba  demostró  en  tal  hecho  de 
»armas  el  entonces  Brigadier  Dorregaray  (dice  un  escritor  republica- 
»no,  nada  sospechoso  por  cierto),  primero  batiéndose  á  pecho  descu- 
»bierto,  y  después  de  herido  en  una  mano,  cubriendo  con  su  cuerpo  la 
»mayor  parte  de  la  acción,  el  del  infortunado  IMartí.»  El  Gobierno 
de  Madrid  le  ofreció  entonces  otra  vez  su  empleo  de  teniente  coronel 
en  el  ejército  liberal;  pero  Dorregaray  no  aceptó. 

«Privado  de  todo  recurso  pecuniario  (continúa  el  mismo  autor  re- 
»publicano),  y  atendiendo  á  la  curación  de  su  herida  y  á  las  primeras 
«necesidades  de  la  vida,  con  la  mitad  de  la  ración  de  un  pobre  sacer- 
»dote  con  quien  vivia,  trató  de  reanudar  sus  trabajos  para  verificar 
»otro  levantamiento;  pero  tuvo  que  abandonarlo  todo  y  marchar  al 
«extranjero  á  cumplimentar  una  orden  de  Don  Carlos  de  Borbón  que 
»le  llamaba  á  su  Consejo.» 

El  viaje  lo  hizo  con  los  recursos  de  algunos  amigos,  poco  menos 
que  de  limosna;  y  conociéndose  su  valer  como  militar,  fué  nombrado 
por  Don  Carlos  Comandante  General  de  Navarra,  provincias  Vascon- 
gadas y  Rioja,  ofreciéndose  á  reanudar  la  campaña  con  Olio,  Radica, 
Férula  y  algunos  voluntarios. 

No  era,  pues,  un  advenedizo  D.  Antonio  Dorregaray  en  el  ejército 
carlista;  sus  hechos  posteriores  en  el  Norte  confirmaron  la  valía  de  su 
abolengo:  organizador,  valiente  y  de  buen  criterio,  no  puede  negár- 
sele que  mandó  con  no  poca  fortuna  en  el  ejército  del  Norte:  unas  ve- 
ces aliado  á  Olio,  otras  á  Lizárraga  ó  Velasco,  siempre  se  le  vio  el 
primero  en  el  peligro  y,  no  el  último  en  el  consejo;  y  en  fin,  en  su  tiem- 
po lleváronse  á  cabo  los  importantes  combates  de  Eraul,  Portugalete, 
Somorrostro,  Abárzuza,  Biurrun  y  Monte  San  Juan,  de  tal  modo  que 
para  su  mando  en  jefe  en  el  Norte  no  podemos  tener  más  que  alaban- 
zas, y  en  cuanto  á  su  mando  en  jefe  en  el  Centro,  no  nos  toca  discutir- 
lo, toda  vez  que  en  la  presente  obra  únicamente  nos  proponemos  ha- 
blar de  la  guerra  del  Norte. 

Al  lado  del  General  Dorregaray  figuró  siempre  como  Jefe  de  Estado 
Mayor  el  ilustrado  y  valiente  D.  Antonio  Oliver,  antiguo  oficial  del 


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Cuerpo  de  Estado  Jlayor  del  Ejército,  en  el  que  ya  se  había  distinguido: 
inteligente  y  simpático  joven  dotado  de  relevantes  prendas  militares  y 
en  quien  tenía  ciega  confianza  el  General  Dorregaray,  cuya  honra  me- 
recía ciertamente  el  Brigadier  Oliver,  pudiéndose  decir  que  á  ambos 
les  fueron  comunes  las  glorias  y  las  desgracias. 

Con  el  General  Dorregaray  hizo  también  leal  y  bravamente  la  cam- 
paña, siguiendo  su  suerte,  D.  Rafael  Alvarez  Cacho  de  Heijrera,  el 
héroe  de  San  Pedro  Abanto,  antiguo  oficial  del  Cuerpo  General  de  la 
Armada,  en  el  que  había  prestado  excelentes  servicios  y  que  no  que- 
riendo contribuir  al  pronunciamiento  de  la  Marina,  causante  en  primer 
término  de  la  Revolución  de  1868,  solicitó  y  obtuvo  su  licencia  absolu- 
ta, presentándose  entonces  á  Don  Carlos,  en  cuyo  Ejército  demostró  va- 
ler lo  mismo  en  tierra  que  en  la  mar,  como  veremos  más  adelante,  pues 
más  de  una  vez  habremos  de  tributar  á  Alvarez,  lo  mismo  que  á  Oliver, 
nuestros  justos  elogios. 

Hasta  Abril  de  1874  no  se  creó  en  el  campo  carlista  el  Ministerio  de 
la  Guerra,  confiado  en  un  principio  al  General  D.  Joaquín  Elío,  á  quien 
sucedieron:  primero  el  General  D.  Ignacio  Planas,  Mariscal  de  Campo 
que  había  sido  en  el  Ejército  de  Isabel  II  y  procedente  del  Cuerpo  de 
Artillería:  después  el  General  D.  Joaquín  Llavanera,  procedente  del  de 
Estado  Mayor,  en  cuyo  distinguido  Cuerpo  había  prestado  excelentes 
servicios,  que  era  veterano  de  la  guerra  de  África  y  que  había  llegado 
á  Brigadier  en  el  Ejército  liberal:  y,  finalmente,  el  General  D.  Elicio 
Berriz,  procedente  del  Cuerpo  de  Artillería. 

En  1873  el  General  Jefe  de  Estado  Mayor  General,  á  falta  de  Mi- 
nistro de  la  Guerra,  asumía  en  sí  ambos  cargos,  dando  colocación  á 
cuantos  jefes  y  oficiales  del  Ejército  se  iban  presentando,  ó  á  los  que  le 
eran  propuestos  por  los  comandantes  generales  de  las  provincias  y 
Cuerpos  especiales.  A  sus  órdenes  llevaba,  por  entonces,  á  los  generales 
Marqués  de  Valde-Espina,  Díaz  de  Ceballos,  Lirio  y  Belda,  al  Briga- 
dier Arel  laño,  al  Comandante  General  de  Artillería,  al  Coronel  de 
Estado  Mayor  D.  Fernando  Adelantado  (que  había  servido  en  el  Cuerpo 
de  Estado  Mayor  del  Ejército  de  Isabel  II  y  que  ya  se  había  distingui- 
do en  el  Ejército  carlista  de  Cataluña),  á  los  jefes  de  Ingenieros  Garin 
y  Villar,  á  los  antiguos  oficiales  de  Caballería  del  Ejército  Marqués  de 
Vallecerrato  y  D.  Alvaro  Maldonado,  á  los  coroneles  Recondo  y  Va- 
lluerca,  al  antiguo  Capitán  de  Fragata  D.  Santiago  Patero  y  al  antiguo 
oficial  de  Infantería  D.  José  de  Oriol.  También  figuraban  por  aquella 
época  en  el  Cuartel  General  algunos  jóvenes  tan  entusiastas,  distingui- 
dos y  valerosos  como  el  Marqués  de  Castrillo,  los  hermanos  Albalat, 
D.  Cándido   Orbe  (hijo  del  General  Marqués  de  Valde-Espina)  y  Don 


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José  de  Gogeazcoechea,  quien,  por  cierto,  cantó  misa  después  de  la 
guerra  y  se  fué  á  Filipinas  de  Vicario  General  de  nuestro  hermano  po- 
lítico Don  Fray  Mariano  Cuartero,  Obispo  de  Nueva-Segovia. 

Cada  una  de  las  cuatro  provincias  vasco-navarras  tenía,  como  ya 
hemos  dicho,  su  Comandante  General  y  su  jefe  de  Estado  Mayor:  en 
Navarra  desempeñaba  en  la  época  á  que  nos  referimos  el  cargo  de  jefe 
de  Estado  Mayor  el  Brigadier  D.  Ramón  Argonz;  en  Vizcaya  el  Coronel 
Arguelles  y  después  el  jefe  de  igual  giaduacíón  Costa,  en  Guipúzcoa 
el  Coronel  D.  José  Feliu,  y  en  Álava  el  Brigadier  Mendiry,  hallándose 
también  afectos  á  las  citadas  comandancias  generales  el  General  An- 
déchaga,  los  brigadieres  Zalduendo  é  Iturmendi  y  los  coroneles  Iza  y 
Torrecilla,  así  como  otros  jefes  que  sentimos  no  recordar,  y  en  general 
todos  aquellos  que  no  tenían  mando  determinado  en  los  batallones  y 
escuadrones  ya  organizados. 

Hasta  1875  no  se  organizó  el  Supremo  Consejo  de  la  Guerra;  pero 
hubo  uno  permanente  en  cada  provincia  desde  1873.  Estos  Consejos  se 
componían  de  un  Brigadier  ó  Coronel,  presidente,  y  seis  ú  ocho  voca- 
les de  la  clase  de  jefes,  con  sus  fiscales  y  asesores  correspondientes, 
ocupándose  en  sentenciar  las  causas  formadas  por  los  ayudantes  de  los 
cuerpos,  sentenciando  sin  apelación  el  Capitán  General  ó  el  Jefe  de 
Estado  Mayor  General. 


Al  principio  de  la  guerra  no  estaban  muy  organizados  la  Adminis- 
tración Militar  y  el  Clero  Castrense:  ambos  Cuerpos  fueron  reglamen- 
tándose bajo  la  entendida  dirección  del  antiguo  Intendente  D.  Domin- 
go Gallego  y  del  Excmo.  é  limo.  Sr.  D.  José  Caixal,  Obispo  de  Urgel. 

Desde  los  comienzos  del  levantamiento  carlista  iban  presentándose 
á  las  Diputaciones  forales  de  las  provincias,  ó  á  sus  comandantes  gene- 
rales, algunos  oficiales  de  Administración  Militar  del  Ejército  liberal, 
aunque  en  corto  número;  otros  procedentes  de  la  primera  guerra  civil, 
y  algunos  paisanos  que  habían  seguido  diferentes  carreras  literarias  ó 
que  habían  desempeñado  distintos  empleos  civiles. 

El  General  Elío  les  iba  destinando  allí  donde  las  necesidades  eran 
más  apremiantes,  ó  á  los  cuerpos  que  los  pedían.  Dispuso  asimismo  el 
anciano  General  que  cada  Batallón,  Escuadrón  ó  Batería  tuviese  de 
dotación  un  oficial  administrativo,  cuya  misión  estaba  reducida  á  en- 
tenderse con  los  alcaldes  para  la  extracción  de  raciones,  pues  la  con- 
tabilidad era  directa  entre  los  jefes  de  las  secciones  y  su  respectiva 
Diputación.  Las  cuentas,  por  lo  demás,  no  embarazaban  á  los  capitanes, 
pues  se  reducían  á  listas  de  revista  mensuales,  liquidadas,  y  á  la  distri- 


—  32  — 

bución  de  haberes  y  raciones^  lo  cual  fué  suficiente  y  no  recordamos  hu- 
biese muchos  casos  de  reclamaciones  ni  nada  parecido.  El  haber  de  los 
voluntarios  era  de  un  real  y  medio,  otro  de  plus,  y  una  ración  completa 
de  pan,  vino  y  carne,  corriendo  el  suministro  á  cargo  de  las  respectivas 
diputaciones.  Si  bien  el  numerario  solía  escasear  en  algunas  épocas, 
las  raciones  eran  excelentes  en  clase  y  en  cantidad,  no  habiendo  pro- 
ducido jamás  queja  alguna.  En  algunas  provincias  el  haber  y  las  ra- 
ciones variaron  al  principio,  pero  esto  cesó  por  completo  el  año  1874, 


EXCMO.    E   ILMO.    SR.    D.    JOSlí    CAIXAL 

OBISPO    DE    URGEL 


después  de  la  retirada  de  Bilbao.  Las  raciones  eran  dobles  para  los  je- 
fes y  oficiales,  y  las  hospitalidades  eran  poco  numerosas,  aun  en  las 
heridas  y  operaciones  anormales,  efecto  sin  duda  del  clima  duro,  pero 
sano,  del  teatro  de  la  guerra,  así  como  de  la  robusta  constitución  de  los 
vascongados  y  navarros. 

El  clero  castrense  estaba  convenientemente  representado,  y  á  su 
frente  figuró  como  Vicario  General  el  Sr.  Obispo  de  Urgel^  orador  no- 
table, escritor  insigne^  antiguo  Senador  por  Tarragona  y  uno  de  los 
prelados  que  más  gloria  habían  alcanzado  en  el  reciente  Concilio  Vati- 
cano. No  nos  detendremos  en  refutar  las  mil  y  una  vulgaridades  que 


—  ÓS  — 

se  leían  en  los  periódicos  liberales  respecto  al  clero  castrense  del 
I^ército  carlista  del  Norte:  ya  decían  que  el  Obispo  de  Urgel,  desde 
un  balcón  de  la  plaza  de  Estella,  'predicaba  guerra  y  exterminio  á 
las  ignorantes  masas  del  país,  ya  que  los  oficiales  facultativos  de  arti- 
llería habían  tenido  la  poca  dignidad  de  ponerse  á  las  órdenes  del  je- 
suíta Goiriena,  ó  que  el  Vicario  de  Orio  mandaba  una  partida,  et  sicde 
cceteris. 

Excusado  es,  repetimos,  refutar  todas  esas  frases  de  efecto,  pero  sí 
diremos  que  nunca  vimos  predicar  al  respetable  Obispo  fuera  de  la 
iglesia,  y  que  á  nuestra  llegada  al  campo  carlista  solamente  el  Cura 
de  Guernica,  D.  León  Iriarte,  tenía  mando  de  tropa,  figurando  al  fren- 
te del  Batallón  de  la  citada  villa  por  haberlo  él  creado  cuando  el  alza- 
miento. Sin  embargo,  después  del  sitio  de  Bilbao  fué  sustituido  por 
otro  jefe  de  la  primera  guerra,  y  tanto  dicho  sacerdote  como,  algunos 
otros  que  al  principio  de  la  campaña  tomaron  las  armas,  solicitaron  y 
obtuvieron  del  Sumo  Pontífice  la  devolución  de  las  licencias  que  se  les 
habían  recogido,  y  no  figuraron  ya  como  guerrilleros,  sino  exclusiva- 
mente como  ministros  del  altar. 

Por  lo  demás,  el  clero  délos  batallones,  baterías  y  escuadrones  car- 
listas podía  arrostrar  cualquier  género  de  comparaciones  con  los  me- 
jores, más  instruidos  y  más  puros  de  su  sagrado  ministerio. 


D.  ROMUALDO  MARTÍNEZ  VIÑALET 


Además  de  las  comandancias  generales  de  que  ya  hemos  hablado, 
había  otra  que,  aún  sin  disponer  de  fuerzas  armadas,  no  dejaba  de  te- 
ner gran  importancia  y  de  prestar  singulares  servicios.  Nos  referimos 


....-  34  — 

á  la  Comandancia  General  de  la  Frontera,  desempeñada  con  sumo  tac- 
to y  celo  por  el  General  D.  Romualdo  Martínez  Viñalet,  procedente  dej 
Cuerpo  General  de  la  Armada,  en  el  que  había  llegado  á  ser  Contra-Al- 
mirante. 

Este  anciano  y  animoso  General  de  Marina  habíase  ya  levantado  en 
armas  contra  el  Gobierno  de  D.  Amadeo  de  Saboya,  proclamando  á 
Don  Carlos  en  Murcia,  con  el  comandante  de  Infantería  Navarrete. 
Ambos  fueron  hechos  prisioneros  y  condenados  á  muerte,  si  bien  des- 
pués se  les  conmutó  dicha  pena  por  la  de  arresto  en  un  castillo.  De  él 
consiguieron  escaparse,  y  presentados  á  Don  Carlos  en  Francia,  fué 
destinado  el  General  Viñalet  al  mando  militar  de  la  frontera,  ayudado 
por  el  Brigadier  Alcalá  del  Olmo^  por  el  Coronel  Fortuny  y  algún  otro 
jefe.  Era  su  misión  vasta  y  espinosa,  porque  no  sólo  tenía  que  ocupar- 
se en  clasificar  y  extender  pasaportes  á  considerable  número  de  oficia- 
les que  casi  diariamente  se  le  presentaban,  sino  que  también  había  de 
dirigir  la  correspondencia  oficial  y  particular  al  teatro  de  la  guerra,  y 
tenía  que  entenderse  con  una  sub-comisión  que  se  estableció  en  Lon- 
dres, para  compra  de  armamento  y  municiones,  y  con  el  Comité  legi- 
timista  de  Bayona,  así  orno  con  los  emigrados  carlistas,  para  facilitar 
el  paso  por  ¡a  frontera  de  hombres,  caballos  y  efectos  de  guerra.  Hasta 
el  sitio  de  Bilbao  desempeñó  Viñalet  tan  delicado  destino  á  satisfacción 
de  Don  Carlos  y  de  todos  cuantos  de  él  tuvieron  que  valerse,  pasando 
después  á  encargarse  del  Ministerio  ó  Secretaría  de  Estado,  al  mismo 
tiempo  que  el  General  Elío  de  la  cartera  de  Guerra  y  el  Conde  del  Pi- 
nar de  la  del  Gobierno  Político. 


El  Cuerpo  de  Ingenieros  no  contaba,  en  1873,  más  que  con  algunas 
compañías,  mandadas  las  de  Navarra  por  el  antiguo  Mfiestro  de  obras 
Argila,  y  compuestas  de  cerrajeros,  carpinteros,  albañiles  y  volunta- 
rios de  otros  oficios.  Pero  al  año  sigaiente  organizilronse  dos  batallones, 
uno  de  ocho  compañías,  afecto  á  la  División  de  Navarra,  y  otro  de  seis^ 
dos  de  cada  una  de  las  provincias  vascongadas,  mandando  la  fuerza 
Argila,  Echevarría  y  Arrieta.  Establecióse  asimismo  una  Academia  de 
Ingenieros  de  campaña  en  Vergara,  y  se  regularon  y  perfeccionaron 
todos  los  servicios  bajo  la  inteligente  y  acertada  dirección  del  General 
D.  Francisco  de  Alemany,  Brigadier  del  Cuerpo  que  había  sido  en  el 
ejército  de  Isabel  II,  ayudado  eficazmente  por  sus  antiguos  subordina- 
dos D.  José  Garín,  D.  Amador  Villar  y  D.  Alejandro  Arguelles,  el  jefe 
de  Estado  Mayor  de  Vizcaya  de  cuyos  valiosos  servicios  nos  hemos 
ocupado  ya  en  el  anterior  capítulo. 


D.  Francisco  de  Alemany  había  terminado  su  carrera  en  1837;  ga- 
nó peleando  contra  los  carlistas,  en  la  primera  guerra,  los  grados  de 
capitán  y  comandante  y  la  cruz  de  San  Fernando;  desempeñó  después 
largos  años  la  Comandancia  de  ingenieros  de  Tortosa  y  ascendió  á 
Brigadier  del  cuerpo  en  1866;  fué  Subinspector  de  Castilla  la  Nueva, 
Director  de  la  Academia  de  Guadalajara  y  Gobernador  militar  de  Va- 
lladolid,  hasta  que  en  Mayo  de  1874  ofreció  su  espada  á  Don  Carlos  de 
Borbón,  quien  le  encargó  de  la  Comandancia  General  de  Ingenieros,  de 
la  que  fué  nombrado  Secretario  el  antiguo  oficial  de  Infantería  D.  José 
de  Alemany,  hijo  del  General  del  mismo  apellido. 

D.  José  Garín  había  sido  comandante  capitán  de  Ingenieros,  en 
cuyo  cuerpo  se  había  distinguido  como  sabio  profesor,  y  ganado  el 
grado  de  comandante  cuando  los  sangrientos  sucesos  del  22  de  Junio 
de  1866  en  Madrid.  En  el  campo  carlista  acreditó  su  gran  valía  en  to- 
das ocasiones,  tanto  como  notable  oficial  científico,  como  en  las  mu- 
chas acciones  de  guerra  en  que  tomó  parte,  según  iremos  viendo  más 
adelante,  siendo  al  terminar  la  campaña  Jefe  de  estudios  de  la  Acade- 
mia de  Vergara. 

D.  Amador  Villar,  capitán  teniente  del  Cuerpo  de  Ingenieros,  fué 
también  uno  de  los  mejores  jefes  del  ejército  carlista,  en  el -que  prestó 
muchos  y  señalados  servicios,  lo  mismo  como  oficial  facultativo,  que 
más  tarde  como  Comandante  General  de  la  Mancha,  y  finalmente  como 
Mayor  general  de  Ingenieros. 


No  solamente  había  en  armas  en  el  Norte  las  fuerzas  de  infantería, 
caballería  é  ingenieros  que  hemos  citado  hasta  aquí,  sino  que  además 
de  las  de  artillería  de  que  hablaremos  en  el  capítulo  siguiente,  existía 
en  Guipúzcoa  una  compañía  destinada  á  dar  cuenta  de  los  movimien- 
tos del  enemigo  por  medio  de  telégrafos  ópticos,  más  ó  menos  perfec- 
cionados, y  en  Álava  otra  compañía  llamada  de  verederos.  Las  Dipu- 
taciones disponían  también  de  escoltas,  aduaneros  y  guardias  forales, 
para  cuidar  de  la  administración  de  las  provincias,  recaudar  los  im^- 
puestos,  sostener  el  orden  y,  en  caso  preciso,  batirse  con  el  enemigo. 
Además  había  otras  fuerzas  que  podían  llamarse  irregulares,  constitu 
yendo  partidas  más  ó  menos  importantes  según  el  número  de  hombres 
de  que  disponían  y  el  nombre  adquirido  por  el  jefe  que  las  mandaba 
en  sus  múltiples  operaciones,  las  cuales  eran,  por  lo  regular,  indepen- 
dientes de  los  movimientos  de  las  tropas  ya  bien  organizadas. 

La  fuerza  de  los  batallones  era  muy  variable,  pues  dependía  de  la 
mayor  ó  menor  popularidad  de  que  gozaba  el  jefe  que  los  había  crea 


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do.  Sabido  es  que  al  principio  todo  aquel  que  por  sus  gestiones  y  amor 
á  la  causa  carlista  levantaba  cien  hombres,  era  y  tomaba  el  nombre 
de  su  capitán;  así  es  que  si  el  número  de  voluntarios  que  lograba  reu- 
nir llegaba  á  seiscientos,  podía  así  llegará  ser  comandante  ó  teniente 
coronel.  Esto,  por  lo  menos,  se  llevaba  á  efecto  con  religiosidad,  pues- 
to que  el  objetivo  principal  era  aumentar  el  número  de  los  voluntarios 
carlistas;  pero  á  los  pocos  meses  de  iniciado  el  alzamiento  cesó  esta 
base  de  organización,  teniendo  indistintamente  cabida  en  los  batallo- 
nes los  oficiales  procedentes  del  ejército  y  los  del  país. 

Había  batallones,  como  los  de  Castilla,  que  apenas  llegaban  á 
500  hombres,  mientras  que  algunos  de  Vizcaya  y  de  Navarra  tenían 
hasta  900.  El  armamento  era  de  diferentes  procedencias:  había  Re- 
mingtons  del  ejército,  y  construidos  en  las  fábricas  de  Eibar,  Ermúay 
Plasencia;  Berdán  de  dos  modelos;  carabinas  y  fusiles,  modelos  1857, 
rayados  y  aún  lisos;  escopetas  Ibarra  y  Lefaucheux  y  Chassepots. 

En  1873  los  cuatro  primeros  batallones  navarros  tenían  Kemingtons, 
el  5."  cambió  su  armamento  después  de  la  acción  de  Montejurra,  y 
conformo  se  iban  uniformando  las  armas  de  cada  uno  de  ellos,  pasa- 
ban las  antiguas  á  los  que  se  iban  creando  nuevamente.  Los  vizcaínos 
tenían  fusiies  Berdán  (del  segundo  modelo);  los  alaveses,  de  ambas 
clases,  y  los  guipuzcoanos  Remingtons  construidos  en  las  fábricas  de 
su  provincia. 

Fácil  es  comprender  lo  que  embarazaría  semejante  diversidad  de 
bocas  de  faego  en  el  momento  de  combatir  y  de  ser  transportados  sus 
cartuchos  de  un  punto  á  otro. 

Además  de  las  fábricas  que  hemos  citado,  existían  otras  de  pólvora, 
de  cartuchería,  de  armas  y  de  material  de  guerra,  á  cargo  de  las  Di- 
p'itaciones.  En  las  minas  de  Barambio  se  extraía  plomo.  Guipúzcoa, 
Navarra  y  Vizcaya  tenían  fábricas  de  pólvora  y  talleres  de  recarga  de 
cartuchos.  Únicamente  en  las  armas  tenía  el  Cuerpo  de  Artillería  la 
inspección  y  admisión  de  las  destinadas  á  los  batallones.  En  Amurrio 
había  un  taller  de  bastes  y  efectos;  en  Dijrango  y  Estella  se  estable- 
cieron talleres  de  recomposición  de  armamento;  en  Legaría,  de  montu- 
ras, etc  La  Artillería  no  dirigió  más  establecimientos  que  los  de  Vera, 
Azpeitia,  Arteaga,  Becáicoa  y  elparque  de  Eiitella. 

Los  cartuchos  procedían  al  principio  de  compras  en  el  extranjero  y 
de  la  recarga  de  cartuchos  metálicos,  tanto  propios  como  de  los  libera- 
les, que  se  recogían  descargados  en  el  campo  de  batalla  una  vez  ter- 
minada ésta.  Se  había  calculado  que  las  vainas  ó  envueltas  metálicas 
de  los  cartuchos  procedentes  del  ejército  liberal  admitían  seis  ó  siete 
recargas,  mientras  que  las  del  extranjero  apenas  admitían  dos  ó  tres, 


si  es  que  no  se  abrían  antes.  Verdad  es  que  se  pagaban  baratos  en 
Francia;  pero  en  transportes  y  dificultades  de  la  frontera  venían  á  sa- 
lir tan  caros  como  los  mejores.  Las  municiones,  además  de  la  dotación 
personal,  se  llevaban  en  cajones,  sobre  mulos  de  carga  que  acompaña- 
ban á  los  batallones. 


En  toda  población  de  alguna  importancia  había  comandantes  de 
armas,  todos  ellos  ó  la  mayor  parte  naturales  del  país,  y  que  no  sólo 
daban  cuenta  diariamente  á  sus  respectivos  comandantes  generales  de 
los  movimientos  y  recursos  con  que  contaba  el  enemigo,  sino  de  todo 
cuanto  podía  convenir  en  cualquier  sentido  á  la  seguridad  y  descan- 
sada organización  y  desenvolvimiento  de  las  fuerzas.  Los  comandan- 
tes de  armas  de  los  pueblos  próximos  al  enemigo,  como  los  de  Puente 
la  Reina^  Los  Arcos,  Alio,  Salvatierra,  La  Barranca  y  demás,  desem- 
peñaron siempre  una  difícil  y  arriesgada  misión,  viéndose  muy  ex- 
puestos á  caer  prisioneros  á  poco  que  el  enemigo  saliese  de  sus  canto- 
nes. Y,  sin  embargo,  la  mayor  parte  dormían  tranquilamente  á  dos 
pasos  de  las  tropas  liberales,  fiados  en  el  espíritu  carlista  del  país.  En 
plazas  como  Estella,  Durango  y  Tolosa,  los  comandantes  de  armas 
pasaban  á  ser  gobernadores  militares,  desempeñando  estos  destinos 
los  brigadieres  Senosiciin,  Landa,  Mergeliza,  Lerga,  Ontiveros,  Itur- 
mendi  é  Iturzaeta,  procedentes  todos  ellos  de  la  primera  guerra  civil. 

Mucho  tendríamos  que  hablar  de  los  partidarios,  por  lo  complejo 
de  su  cometido  y  lo  importantes  que  fueron  sus  servicios  en  toda  la 
campaña.  Estos  eran  dar  cuenta  de  los  movimientos  que  hacían  ó  in- 
tentaban las  diferentes  columnas  liberales;  apresar  é  impedir  su  racio- 
namiento; apoderarse  de  sus  comunicaciones  y  correspondencias;  coger 
los  rezagados  é  impedir  ó  retrasar  sus  proyectos,  debiendo  advertir 
que  estos  penosísimos  servicios  no  se  lograban  nunca  sin  que  mediase 
fuego  y  ocurriesen  las  consiguientes  bajas.  El  número  y  clase  de  estas 
partidas  era  muy  variable;  las  había  de  sólo  infantería  ó  caballería  y 
de  las  dos  armas,  oscilando  entre  doce  ó  veinte  hasta  ciento  el  núme- 
ro de  los  hombres  que  las  componían. 

Merecen  especial  mención  las  partidas  situadas  al  rededor  de  las 
poblaciones  bloqueadas  ó  sitiadas,  las  cuales,  especialmente  de  noche, 
velaban  tan  cerca  del  enemigo,  que  oían  hasta  sus  conversaciones, 
tenían  inteligencias  en  las  plazas  y  hasta  se  arriesgaban  á  veces  á  en- 
trar en  ellas  á  coger  raciones  y  prisioneros,  y  siempre  sabían  cuantas 
noticias  importaban. 

Entre  los  partidarios  recordamos  que  en  Navarra  figuraron  siem- 


pre  mucho  Portillo  y  Mateo,  en  los  alrededores  de  Sesma,  Leríii,  V'ia- 
na  y  Larraga;  en  Guipúzcoa,  Ochavo,  Alberdi  y  Mugarza;  en  Vizcaya, 
Caballuco  y  Vicente  Garcia;  en  la  Rioja,  Llórente;  y  por  último  el 
célebre  Canónigo  D.  Antonio  Milla,  que  desde  Asturias  condujo  á  la 
línea  de  Somorrostro  el  batallón  de  asturianos,  esquivando  diestra- 
mente tropezar  con  el  enemigo  en  su  larga  y  atrevida  expedición. 


DOX    JUAN    MARÍA    MAESTRE 


Capitulo   IV 


Formación  de  la  primera  hatería  de  montaña  en  Navarra  y  de  una 
sección  en  Guipúzcoa. — Fábrica  de  proyectiles  en  Vera,  desde  el 
principio  de  la  campaña  de  187 S  hasta  1.^  de  Octubre  del  mismo 
año. — Compra  de  cañones  en  el  extranjero. — Llegada-  de  algunos 
oficiales  de  Artillería  al  campo  carlista  y  nombramiento  de  Coman- 
dante General. — Primera  organización  de  los  servicios  fabriles  y  de 
campaña. 


HASTA  la  acción  de  Eraul  no  hubo  artillería  en  el  ejército  carlista 
del  Norte,  puesto  que  se  carecía,  no  sólo  de  bocas  de  fuego,  sino 
de  oficiales  que  las  dirigiesen.  A  mediados  del  73  sólo  existía  en  Na- 
varra un  antiguo  oficial  procedente  de  la  Academia  de  Oñate  durante 
la  primera  guerra  civil,  cuyo  oficial  fué  ayudado  por  un  teniente  déla 
escala  facultativa ,  dos  alféreces  alumnos  y  algunos  sargentos  y  cabos 
que  habían  servido  en  el  ejército  republicano. 

Este  oficial,  llamado  D.  Juan  José  de  Iza,  natural  de  Guipúzcoa, 
fué  siempre  atendido  y  considerado  por  sus  demás  compañeros^    pues 


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aun  cuando  no  procedía  de  la  Academia  de  Segovia,  sus  buenas  condi- 
ciones morales,  práctica  en  el  servicio  militar  y  avanzada  edad  le 
constituían  en  condiciones  especiales.  Ascendió  á  alférez  de  artillería 
después  de  haber  sido  aprobado  en  los  estudios  que  se  exigían  en  la 
escuela  de  Oñate,  el  año  1838:  después  de  haber  estado  emigrado  al- 
gunos años  en  Francia,  por  no  haberse  querido  acoger  al  convenio  de 
Vergara,  ingresó  el  año  1843  en  el  ejército  de  Isabel  II,  en  el  cual  y 
por  sus  servicios  obtuvo  el  empleo  de  teniente  de  infantería,  el  grado 
de  capitán  y  la  cruz  de  San  Fernando.  Presentóse  á  Don  Carlos  á  prin- 
cipios de  1873,  y  en  clase  de  comandante  fué  agregado  al  Estado  mayor 
de  Navarra  hasta  la  acción  de  Eraul,  en  que  pasó  á  artillería,  dándosele 
el  mando  de  la  sección  que  entonces  se  formó,  y  luego  el  de  la  batería 
de  la  misma  provincia. 

Los  otros  oficiales,  á  quienes  nos  hemos  referido,  eran  el  teniente 
del  Cuerpo  Fernandez  Charrier,  que  había  salido  de  la  Academia  el  año 
1872,  ocupando  en  el  escalafón  el  número  166,  y  los  subtenientes  alum- 
nos D.  Joaquín  Llorens  (hijo  del  Brigadier  del  mismo  apellido  que  fué 
segundo  Comandante  General  carlista  de  Valencia  en  la  guerra  de  los 
siete  años)  y  D.  Miguel  Ortigosa  (hijo  del  General  D.  Francisco);  Fer- 
nández Charrier,  que  á  falta  de  cañones  había  sido  Ayudante  del  ba- 
tallón de  Radica,  pasó  á  ser  segundo  de  la  batería  que  mandó  Iza,  y 
por  último  fué  destinado  á  Cataluña  ó  al  Centro  al  organizarse  inte- 
rinamente la  artillería  en  Septiembre  de  1873:  á  los  subtenientes  de 
Segovia  Llorens  y  Ortigosa  les  faltaba  muy  poco  tiempo  para  ser  de- 
clarados tenientes  facultativos  cuando  la  disolución  del  Cuerpo;  ambos 
fueron  considerados  como  tales  hasta  el  fin  de  la  campaña:  á  éstos  y  á 
los  demás  que  se  hallaban  en  igual  ó  parecido  caso  se  les  autorizó  para 
prepararse  y  examinarse  de  las  materias  que  les  faltaban  para  termi- 
nar su  carrera;  pero  las  circunstancias  por  las  que  pasaba  el  ejército 
carlista  impidieron  hiciesen  uso  de  aquella  autorización,  por  cuyo  mo- 
tivo sólo  se  les  consideraba  condicionalmente  como  tenientes,  si  bien 
tanto  Llorens  y  Ortigosa  como  todos  los  de  su  clase  prestaron  señala- 
dísimos servicios. 

La  clase  de  tropa  era  procedente  de  los  batallones  navarros,  llegan- 
do á  tener  de  dotación,  de  cincuenta  á  sesenta  hombres,  pasando  en 
ocasiones  de  ciento.  El  ganado  fué  en  parte  proporcionado  de  requi- 
sas, y  en  parte  del  cogido  ala  artillería  liberal  en  la  acción  de  Eraul 
en  la  de  Udave  y  en  otros  encuentros.  El  material  se  componía  de  dos 
piezas  cortas  y  rayadas,  de  á  8  centímetros,  cogidas  al  enemigo  en  las 
citadas  acciones  de  Eraul  y  Udave  con  sus  cureñas  y  cajas  de  muni- 
ciones, y  dos  obuses  lisos,  cortos,  de  bronce,  de  á  12  centímetros,   ad- 


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quiridos  en  la  toma  del  fuerte  del  tunel  de  Lizárraga.  Las  granadas, 
tanto  ojivales  como  esféricas,  provenían  de  las  dotaciones  que  había  en 
sus  cajas  reglamentarias,  de  las  encontradas  como  depósito  en  fuertes 
tomados  á  los  repablicanos,  especialmente  en  el  de  Estella,  y  de  las 
que  por  entonces  se  empezaron  á  fundir  en  Vera  bajo  la  dirección  de 
algunos  oficiales  del  Cuerpo.  Los  bastes  eran  de  diferentes  clases  y  for- 
mas; unos  de  los  usados  por  el  ejército  contrario;  otros,  de  los  emplea- 
dos para  la  carga  por  las  gentes  del  país,  y  por  último,  de  los  llamados 
de  ingenieros,  los  cuales  se  entregaron  á  los  artilleros  en  Estella,  á 
cuyo  sitio  y  rendición  no  concurrieron  más  cañones  que  los  de  la  bate- 
ría de  Navarra,  pues  los  de  Guipúzcoa  no  llegaron  á  tiempo.  Además 
de  los  efectos  de  dotación  de  la  batería  mixta  de  Navarra,  habíanse 
adquirido  algunos  respetos  más,  como  juegos  de  armas,  palancas,  en- 
cerados, etc.,  los  cuales  se  depositaron  en  una  cueva  no  distante  de  Es- 
tella, de  cuyo  paraje  se  iban  sacando  cuando  de  ello  había  necesidad. 
Su  situación  era  y  fué  un  secreto  por  mucho  tiempo,  por  temor  de  que 
el  enemigo  se  apoderase  del  improvisado  parque. 

La  sección  de  Guipúzcoa  se  formó  análogamente  á  la  batería  de 
Navarra  en  lo  que  respecta  á  gente  y  ganado,  aunque  algunos  mulos 
fueron  comprados  á  los  particulares  por  la  Diputación  de  la  provincia. 
Los  dos  cañones  cortos  de  bronce,  rayados,  de  que  se  componía,  fue- 
ron adquiridos  en  Francia  por  aquella  corporación  á  medias  con  la  de 
Navarra;  los  bastes  eran  de  los  usados  por  los  paisanos,  y  las  municio- 
nes procedían  de  la  fábrica  fundición  de  Vera.  Uno  de  los  cañones  fué 
mandado  mucho  tiempo  por  un  sargento  pasado  del  ejército,  apellida- 
do Tellechea^  mientras  funcionó  como  principal  partidario  el  famoso 
cura  Santa  Cruz:  luego,  en  unión  con  el  otro,  formando  sección,  por 
tenientes  del  Cuerpo  y  algún  alumno  de  la  Academia  de  Segovia. 

El  primer  oficial  facultativo  de  Artillería  que  se  puso  al  frente  de 
la  fábrica  de  Vera  fué  el  teniente  D.  Domingo  Nieves,  natural  de  Ca- 
narias, quien  había  terminado  su  carrera  en  1871,  ocupando  el  número 
129  de  los  de  su  clase,  cuando  la  disolución  del  Cuerpo.  Como  él  y  los 
hermanos  D.  Leopoldo  y  D.  Luis  Ibarra  eran  los  únicos  artilleros  que 
había  entonces  en  el  ejército  carlista,  tuvieron  que  multiplicarse  pro- 
digiosamente y  desempeñar  toda  clase  de  destinos  y  comisiones.  Tan 
pronto  se  les  veía  dirigiendo  la  fabricación  de  proyectiles  huecos  ó  só- 
lidos en  Vera,  como  acudiendo  á  las  fábricas  de  armas  de  Eibar  y  Pla- 
sencia,  como  al  frente  de  los  cañones  de  Guipúzcoa.  La  muerte  de  Nie- 
ves fué  muy  sentida  en  el  naciente  ejército,  pues  la  modestia,  valor  é 
inteligencia  de  tan  distinguido  oficial  se  hicieron  muy  de  notar  por  los 
generales  Olio  y  Lizárraga.  Al  atacar  éste  el  fuerte  de  Ibero,   donde 


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había  una  guarnición  republicana  importante,  mandó  el  general  car" 
lista  situar  convenientemente  un  cañón  para  batir  la  puerta  de  la  for- 
tificación; y  como  la  pólvora  tenia,  por  desgracia,  malísimas  condicio- 
nes de  alcance,  de  ahí  que  poco  á  poco  fuese  Nieves  adelantando  al 
descubierto  con  los  artilleros,  hasta  colocarse  á  boca  de  jarro,  como  se 
dice  vulgarmente,  para  producir  en  menos  tiempo  el  máximo  efecto. 
Aprovechado  por  el  enemigo  el  avance  de  la  artillería,  hizo  la  guarni- 
ción una  descarga  de  la  que  resultaron  muertos  el  desdichado  Nieves  y 
dos  artilleros,  y  heridos  casi  todos  los  demás  sirvientes  de  la  sección. 
Muchas  veces  el  general  carlista  Olio  se  lamentaba  del  desastre,  di- 
ciéndonos  que  seguramente  no  se  hubiera  malogrado  oficial  tan  bri- 
llante si  él  se  hubiera  hallado  presente  en  el  ataque  de  Ibero. 

El  teniente  facultativo  D.  Leopoldo  Ibarra,  natural  de  Guipúzcoa, 
que  había  salido  de  la  Academia  el  año  1872  y  ocupaba  el  número  171 
entre  los  de  su  graduación,  era  un  oficial  de  claro  talento  y  grandes 
conocimientos:  desempeñó  durante  la  campaña  diversas  comisiones 
científicas  y  militares,  entre  las  primeras  de  las  cuales  se  cuenta  la 
creación  de  la  fábrica  de  Azpeitia,  en  unión  con  D.  José  M.^  Dorda, 
y  entre  las  segundas  la  organización  de  la  cuarta  batería  montada, 
asi  como  la  adopción  de  material  para  la  misma.  D.  Luis  Ibarra  era 
hermano  del  anterior,  y  sus  servicios  no  faeron  menos  distinguidos 
que  los  de  aquél. 

Tanto  la  sección  de  Guipúzcoa  como  la  batería  de  Navarra  tomaron 
parte  en  casi  todas  las  operaciones  militares  que  se  sucedieron  desde 
Monreal  á  la  toma  de  Estella;  en  los  combates  y  encuentros  de  Gui- 
púzcoa, en  la  rendición  de  los  fuertes  y  villas  de  Viana,  Lumbier, 
Azpeitia,  Verga ra,  Valcarlos,  Orbaiceta  é  Ibero,  en  el  que,  como  ya 
hemos  dicho,  tuvo  la  desgracia  de  ser  muerto  de  un  balazo  el  ilustrado 
y  valiente  capitán  de  la  sección  gaipuzcoana  D.  Domingo  Nueves. 

No  bien  se  tuvieron  cañones,  se  comprendió  la  necesidad  de  abas- 
tecerlos convenientemente  de  municiones  y  de  pólvora.  En  cuanto  al 
segundo  de  estos  artículos  se  encargaron  las  Diputaciones  á  guerra  de 
proveer  á  tan  precisa  necesidad.  Una  de  las  fábricas  de  pólvora  se  si- 
tuó en  Vera,  otra  enRiezu  (Nava,rra)  y  otras  en  diferentes  puntos.  Pero 
su  elaboración,  de  suyo  minuciosa  y  complicada  para  obreros  no  ex- 
pertos en  esta  industria,  no  producía,  en  clase  y  cantidad,  el  buen  re- 
sultado que  hubiera  sido  de  desear.  Varias  fábricas  de  pólvora  se  es- 
tablecieron en  las  provincias  vasco-navarras,  y  algunos  talleres  para 
la  recarga  de  cartuchos  metálicos;  pero  el  mal  servicio  siguió  hasta  el 
mes  de  Septiembre  en  que  empezó  á  regularizarse  todo. 

La  fábrica  de  municiones  y  pirotecnia  de  Vera  fué  la  primera  que 


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á  cargo  de  ios  oftciales  de  Artillería  empezó  muy  pronto  á  dar  resul- 
tados, por  la  idoneidad  y  práctica  de  sus  directores.  El  hierro  era  de 
la  mejor  calidad,  pues  procedía  del  que  el  enemigo  tenía  depositado  en 
su  antigua  fábrica  de  Orbaiceta.  Con  este  hierro,  mezclado  de  lingote 
inglés  de  primera  clase,  se  fundían  proyectiles  huecos  y  sólidos  que  en 
nada  cedían  á  los  que  usaba  el  enemigo. 

La  fábrica  fundición  de  Vera,  que  tan  importante  papel  desempeñó 
en  la  centralización  y  organización  definitiva  del  Cuerpo  después  del 
sitio  de  Bilbao,  era  propiedad  de  un  francés  que,  no  hallándose  en  si- 
tuación de  utilizarla  para  su  industria  particular,  hubo  de  alquilarla  á 
la  Junta  de  Navarra,  la  cual  pensó  en  ella  para  una  maestranza,  fun- 
dición, talleres  y  demás  que  fuera  necesitándose  en  el  ejército  car- 
lista. 

Al  principio  eran  pagados  los  jornales  de  los  obreros  fundidores, 
moldeadores,  maestros,  etc.,  por  los  fondos  particulares  de  la  provin- 
cia, como  enclavada  en  ella  Pero  como  quiera  que  su  principal  desti- 
no fuese  la  fabricación  de  proyectiles,  y  éstos  tanto  servían  para  ali- 
mentar las  bocas  de  fuego  de  Xavarra  como  las  de  otras  provincias, 
cuando  se  concentró  el  Cuerpo  el  año  siguiente,  varió  su  organización 
administrativa,  por  más  que  su  dirección  facultativa  fué  siempre  pecu- 
liar de  los  oficiales  de  Artillería  Puede  decirse  que  su  director,  que  lo 
fué  D.  José  de  Lecea,  desempeñó  este  destino  todo  el  tiempo  que  duró 
la  guerra  civil,  pues  sólo  estuvo  separado  de  ella  en  dos  ó  tres  ocasio- 
nes. El  teniente  Lecea  había  salido  de  la  Academia  el  año  18G7,  y  ocu- 
paba el  número  73  de  los  de  su  clase  cuando  se  presentó  á  servir  en. el 
ejército  carlista.  Entre  los  destinos  que  desempeñara  anteriormente 
fué  uno  el  de  teniente,  jefe  de  labores  de  la  fundición  de  Orbaiceta,  cu- 
ya fábrica  conocía,  por  tanto,  perfectamente.  Esto  sirvió  para  que  des- 
de luego,  como  perito  en  la  materia,  prosiguiese  en  Vera  el  análogo 
destino  que  tuvo  en  el  ejército  liberal;  y  como  Orbaiceta  fué  ocupada 
por  los  carlistas  cuando  se  tomó  la  Aduana  de  Valcarlos,  pudo  Lecea 
fundir  proyectiles  con  los  mismos  moldes,  con  la  ayuda  de  los  mismos 
planos  y  hasta  de  los  mismos  libros  que  existían  en  su  biblioteca.  Has- 
ta el  desembarque  de  los  primeros  cañones  extranjeros  en  1874,  se 
fundían  en  Vera  granadas  de  8  centímetros  con  tetones  de  plomo,  re- 
glamentarias, ojivales  y  esféricas  para  obús  corto  de  12  centímetros, 
y  algunas  bombas  de  27,  16  y  32  centímetros.  Al  principio  se  fundieron 
también  algunas  balas  y  aún  granadas  ojivales  sólidas  paia  satisfacer 
el  capricho  del  Diputado  General  de  Ouipúzcoa  Dorronsoro  y  del  Cura 
de  Hernialde,  quienes  pretendían  que  dichos  proyectiles  servían  mejor 
que  los  huecos  para  batir  en  brecha.  No  nos  detendremos  en  seguir 


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paso  á  paso  las  d  ftcultades  que  hubo  de  vencer  Lecea  durante  su  lar- 
g-a  dirección  de  la  fábrica;  sólo  diremos  que  en  las  fundiciones  de  los 
liberales  únicamente  se  fundían  proyectiles  de  dos  clases  para  campa- 
ña: en  cambio  en  el  ejército  carlista,  como  no  eran  iguales  todos  los 
cañones,  tenían  que  hacerse  proyectiles  de  distintas  clases,  y  sin  em- 
barco llegaron  á  fundirse  cientos  diarios,  concluidos  y  hasta  pintados 
para  evitar  la  oxidación.  En  estos  trabajos  fué  auxiliado  Lecea  por  el 
teniente  D.  Luís  Ibarra,  quien  acababa  de  terminar  su  carrera  al  disol- 
verse el  Cuerpo,  así  como  por  Gómez  Quintana,  alférez  alumno  de  la 
Academia  de  Segovia,  cuyos  oficiales  estuvieron  al  lado  de  Lecea  para 
ayudarle  en  las  múltiples  y  variadas  cuestiones  industriales  que  sur- 
gían á  cada  paso  en  el  difícil  desempeño  de  su  cometido. 

La  dificultad  de  primeras  materias,  al  principio,  para  la  construc- 
ción de  espoletas  y  otros  efectos  de  guerra,  hizo  que  se  hiciesen  espo- 
letas de  madera  y  de  tiempo  para  los  proyectiles  huecos.  En  cambio  la 
fábrica  era  inmejorable  por  su  situación  (gracias  á  la  cual  se  allegaban 
con  suma  facilidad  y  baratura  recursos  y  primeras  materias  de  Fran- 
cia), por  hallarse  al  abrigo  de  un  golpe  de  mano  del  ejército  contrario, 
y,  en  fin,  por  disponer  de  una  magnífica  rueda  hidráulica  como  fuerza 
motriz,  y  de  espaciosos  talleres,  tornos,  bancos  y  cuanto  pudiera  nece- 
sitarse en  lo  sucesivo. 

Resumiendo,  pues,  cutinto  llevamos  expuesto  sobre  este  primer  pe- 
ríodo de  la  artillería  carlista,  período,  digámoslo  así,  de  transición 
diremos  que  en  15  de  Agosto  de  1873  contaba  el  Cuerpo  con  una  fábri- 
ca de  proyectiles,  dos  cañones  rayados  de  8  centímetros  en  Guipúzcoa, 
otros  dos  de  la  misma  clase  y  dos  obuses  en  Navarra,  con  buena  dota- 
ción de  gente  y  ganado,  aunque  escasa  de  buen  material  y  de  oficiales 
facultativos,  cuyo  número  llegó  poco  tiempo  después  á  veinte,  sin  con- 
tar los  alumnos  y  los  alféreces  alumnos  de  la  Academia  de  Segovia 
ni  los  cuatro  oficiales  del  Cuerpo  General  de  la  Armada  que  pres- 
taron también  servicio  de  artilleros  posteriormente  á  la  batalla  de  Abár- 
zuza. 

Los  nombres  de  estos  jefes  y  oficiales,  sin  contar  entre  ellos  los  que 
ya  hemos  citado  en  el  presente  capítulo  y  la  antigüedad  que  en  sus  res- 
pectivos empleos  tenían  en  1.*^  de  Enero  de  187.3,  eran  los  siguientes: 

D.  Juan  María  Maestre,  antiguo  teniente  coronel  de  Artillería,  re- 
tirado desde  1868  por  no  hallarse  conforme  con  la  revolución  de  Sep- 
tiembre, vino  al  ejército  carlista  presentándose  en  Vergara  en  igual 
mes  de  1873,  para  ser  el  alma  de  aquellos  pocos  oficiales  de  Artillería 
que,  como  él,  creyeron  no  había  más  salvación  para  España  que  la 
bandera  carlista.  Lleno  de  fe,  de  voluntad  y  entusiasmo  por  la  Causa 


—  45  — 

y  por  el  desempeño  de  su  misión,  era  entre  todos  los  artilleros  el  com- 
pañero y  el  jefe  á  un  mismo  tiempo;  el  moderador  de  los  impremedita- 
dos y  el  impulsador  de  los  que  se  desalentaban  con  las  diftcultades  y 
reveses.  De  entendimiento  claro  y  levantado,  tuvo  el  tacto  feliz  de  ir 
buscando  siempre  para  todos,  los  servicios  que  estuviesen  más  en  ar- 
monía con  el  modo  de  ser  de  cada  uno,  sin  violencias  ni  bruscas  tran- 
siciones. Militar  de  carácter  pensador  y  frió,  prefería  siempre  el  éxito 
tardío,  pero  seguro,  al  brillante  y  pasajero.  Acertado  en  el  consejo  y 
de  buen  sentido  práctico,  puede  asegurarse  que  su  ftgura  fué  una  de  las 
más  honrosas  y  honradas  del  ejército  carlista. 

D.  Elicio  Berriz  era  coronel  de  ejército  y  18  °  teniente  coronel  del 
Cuerpo;  habíase  distinguido  en  la  guerra  de  Santo  Domingo,  y  acaba 
ba  de  llegar  de  Puerto-Rico^  en  donde  por  algunos  años  había  desem- 
peñado con  sumo  tacto  el  mando  civil  y  militar  del  distrito  de  Ponce; 
fué  el  primer  Comandante  General  de  la  Artillería  carlista,  pero  des- 
empeñó poco  tiempo  este  importante  destino,  pasando  en  breve  á 
mandar  una  Brigada,  al  frente  de  la  cual  se  distinguió  en  Somorrostro, 
así  como  más  adelante  en  la  Comandancia  General  de  Vizcaya  y  como 
Ministro  de  la  Guerra. 


D.    LL'IS   DE   PAÜES 


1).  Luís  de  Pagés,  teniente  coronel,  5.*^  comandante  de  Artillería, 
había  sido  capitán  y  jefe  de  regimiento  de  montaña:  á  su  llegada  al 
campo  carlista  fué  nombrado  director  de  la  fundición  de  Vera,  mien- 
tras Lecea  marchó  á  Bacaícoa  para  montar  una  maestranza  y  procurar 
la  instalación  de  otra  fundición  de  proyectiles,  lo  cual  no  llegó  á  rea- 


—  40  — 

lizarse:  después  fué  Pagés  director  de  la  maestranza  de  Azpeitia  y  Ma- 
yor General  de  Artillería. 

D.  José  Pérez  de  Guzmán  era  el  comandante  número  32  de  la  Es- 
cala; había  sido  capitán  del  primer  Regimiento  montado;  desde  186'S 
se  hallaba  en  el  Ministerio  de  la  Guerra,  y  había  ganado  la  Cruz  de 
San  Fernando  en  la  campaña  de  África. 

D.  Jacobo  de  León,  comandante,  como  los  dos  anteriores,  ocupaba 
en  el  escalafón  el  número  43;  había  servido  en  la  maestranza  de  Sevilla 
y  en  el  Ejército  de  la  Isla  de  Cuba. 

D.  Antonio  Brea,  comandante,  capitán  4.°  de  la  Escala;  había  man- 
dado muchos  años  la  3.^  batería  del  4.'^  Regimiento  montado  y  se  halla- 
ba en  la  Dirección  General  del  Cuerpo  desde  1868^  habiendo  obtenido 
la  cruz  de  San  Fernando  en  la  guerra  de  África,  y  peleado  por  Doña  Isa- 
bel II  en  la  jornada  del  22  de  Junio  de  1866  y  en  la  batalla  de  Alcolea. 

D.  Manuel  Fernández  Prada  (actual  Marqués  de  las  Torres  de 
Oran),  coronel,  capitán  15."  del  escalafón;  había  mandado  una  batería 
en  el  2.'^  Regimiento  montado,  al  frente  de  la  cual  batióse  contra  los 
republicanos  de  Andalucía,  y  había  ganado  en  la  campaña  de  África  la 
cruz  de  San  Fernando. 

D.  Francisco  Javier  Rodríguez  Vera,  comandante,  capitán  del 
Cuerpo  con  el  niimero  68  del  escalafón;  habíase  distinguido  en  la  gue- 
rra de  Santo  Domingo  y  mandado  la  5.^  batería  del  4.**  Regimiento 
montado. 

D.  Amado  Claver,  comandante,  capitán  con  el  niimero  82;  había 
mandado  una  batería  en  el  tercer  Regimiento  montado  y  combatido 
contra  los  revolucionarios;  marchó  al  Centro  como  jefe  superior  de  la 
Artillería  carlista. 

D.  Rodrigo  Velez,  capitán  con  el  número  96  del  escalafón,  había 
mandado  una  batería  y  sido  Ayudante  de  profesor  en  la  Academia  de 
Segovia . 

D.  José  Juárez  de  Negrón,  capitán  de  Artillería,  retirado  desde 
hacia  muchos  años,  se  presentó  en  el  campo  carlista  poco  antes  del  si- 
tio de  Portugal ete. 

D.  Atilano  Fernández  Xegrete  (hijo  del  célebre  ministro  isabelino 
del  mismo  apellido),  habíase  presentado  á  Don  Carlos  en  el  extranjero 
en  1869,  siendo  entonces  teniente;  pero  como  por  aquella  época  no  es- 
taba aún  decidido  el  levantamiento,  marchó  á  Filipinas,  de  donde  vol- 
vió siendo  ya  capitán  y  relevando  á  Prada  en  el  mando  de  la  2."^  Bate- 
ría montada  carlista. 

D.  José  M.'^  Dorda,  capitán,  teniente  4."  del  Cuerpo  cuando  ingresó 
en  el  Ejército  carlista. 


—  47   — 

D.  Alejandro  Reyero,  era  capitán,  teniente  niimero  oO  de  la  Escala, 
y  había  sido  Ayudante  del  5.*'  Regimiento  montado. 

D.  Julián  García  Gutiérrez,  era  el  teniente  número  98  del  Escala- 
fón, y  había  sido  Ayudante  de  profesor  de  la  Academia  de  Segovia. 

Cerrada  ésta  al  mismo  tiempo  que  se  verificó  la  disolución  del  Cuer- 
po, acudieron  al  Ejército  carlista  algunos  alumnos  y  subtenientes 
alumnos  de  la  misma,  distinguiéndose  tanto  que  además  de  Llorens  y 
Ortigosa,  citados  ya  anteriormente  y  que  llegaron  á  mandar  las  bate- 
rías 4.""^  y  5.*^  de  Montaña,  obtuvieron  también  el  mando  de  la  3.*  de 
Montaña,  de  la  3.'^  Montada  y  de  la  sección  Plasencia,  respectivamen- 
te, D.  Marcelino  Ortiz  de  Zarate,  D.  Germán  García  Pimentel  y  D.  Al- 
berto Saavedra,  quieh  murió  hace  pocos  años  siendo  Ingeniero  de  Ca- 
minos, carrera  que  hizo  con  brillantez  después  de  la  campaña.  En 
los  trabajos  científicos  obtuvieron  una  reputación  D.  José  Gómez 
Quintana  y  D.  Carlos  León,  y  como  tenientes,  Luzuriaga,  Barradas  y 
otros. 

Los  oficiales  de  la  Armada  que  prestaron  servicio  en  la  Artillería 
carlista  fueron:  D.  Marcos  y  D.  José  Fernández  de  Córdova,  teniente 
y  alférez  de  Navio  respectivamente,  á  quienes  destinó  el  Comandante 
General  de  Artillería  Maestre  para  regimentar  el  tren  de  sitio,  en  unión 
de  los  tenientes  de  Navio  D.  Fernando  Carnevali  y  D.  Mariano  Torres, 
quien  ya  había  militado  en  la  División  carlista  de  Álava  al  frente  de 
un  batallón.  Pecaríamos  de  desagradecidos  si  no  consagráramos  un 
cariñoso  recuerdo  de  gratitud  á  estos  brillantes  oficiales  de  Marina, 
cuyos  excelentes  servicios  tendremos  ocasión  de  detallar  más  ade- 
lante. 

También  habían  sido  jefes  en  el  Cuerpo  de  Artillería  los  generales 
Daque  de  la  Roca  y  D.  Ignacio  Planas;  pero  ninguno  de  los  dos  llegó 
á  prestar  servicio  como  artillero  en  el  campo  carlista,  pues  el  primero 
de  ellos  desempeñó  desde  luego  la  Jefatura  del  Caarto  Militar  de  don 
Carlos,  y  el  segundo  sustituyó  al  general  Elío  en  el  Ministerio  de  la 
(íuerra. 

En  la  época  á  que  nos  estamos  refiriendo  en  este  capítulo,  hubo  de 
comprenderse  por  los  más  caracterizados  Jefes  del  Ejército  carlista  la 
imprescindible  necesidad  en  que  éste  se  encontraba  de  disponer  de 
algunos  cañones,  no  sólo  para  las  acciones  de  guerra  que  inevitable- 
mente habían  de  ocurrir,  sino  también  para  atacar  plazas  fuertes,  trin- 
cheras ó  puestos  fortificados  del  ejército  republicano.  Pero  como  quiera 
que  los  fondos  que  se  procuraban  las  Diputaciones  apenas  bastaban 
para  pagar  de  un  modo  imperfecto  los  batallones  de  infantería,  com- 
prar armas  y  adquirir  municiones,  vestuario  y  demás  efectos,  hubo  de 


—  4.S  — 

comisionarse  á  Gixrcía  Gutiérrez  para  que  fuese  á  Inglaterra,  estudiara 
los  diversos  sistemas  de  bocas  de  fuego  más  en  uso  y  que  pudieran 
adaptarse  á  la  clase  de  guerra  que  se  había  de  sostener,  ocasionando 
á  las  provincias  vasco-navarras  el  menor  gasto  posible.  Dicho  oficial 
regresó  al  poco  tiempo,  cumpliendo  pronto  y  bien  la  comisión  que  se  le 
encargara:  eligió  entre  todos  los  sistemas  el  de  cañones  de  acero 
Whitwort,  rayados,  poligonales:  se  procuró  planos,  escribió  una  Me- 
moria descriptiva  de  su  construcción  y  manejo^  dejando  elegida  una 
batería  de  cuatro  piezas  de  montaña  de  4  centímetros,  cortas,  á  car- 
gar por  la  boca  y  de  ánima  y  proyectil  exagonal,  llegando  oportuna- 
mente á  Francia  para  Armar  en  la  frontera  y  en  unión  de  Beri'iz  y  de 
Brea  la  despedida  de  los  artilleros  carlistas  á  sus  antiguos  compañeros 
en  el  ejército. 

El  sistema  de  cañones  citados  dio  en  la  práctica  tan  buenos  resul- 
tados por  su  precisión,  facilidad  de  transporte  y  de  manejo,  que  con  el 
tiempo  llegaron  á  formarse  seis  baterías  de  otros  tantos  cañones  cada 
una. 

En  los  primeros  días  de  Septiembre  se  encargó  del  mando  superior 
de  la  artillería  el  coronel  de  ejército,  teniente  coronel  del  Cuerpo,  don 
Elicio  Berriz,  como  ya  hemos  dicho  en  el  capítulo  I.**,  por  ser  el  más 
antiguo  de  los  jefes  presentados  hasta  entonces  en  Bayona  el  Contra- 
Almirante  de  la  Armada  D.  Romualdo  Martínez  Viñalet,  Comandante 
General  carlista  de  la  frontera. 

Casi  al  mismo  tiempj  que  Barriz,  presentóse  también  á  D.  Carlos  el 
antiguo  teniente  coronel  D.  Juan  María  Maestre,  comisionado  á  la  vez 
por  los  carlistas  de  Andalucía  para  allegar  recursos  á  la  Causa,  siendo 
al  efecto  portador  de  una  importante  letra  sobre  Londres,  la  cual  fué 
endosada  por  D.  Carlos  al  citado  Jefe  de  Artillería,  comisionándole  al 
propio  tiempo  para  que  marchase  á  Inglaterra  (como  así  lo  efectuó  in- 
mediatamente) á  activar  el  envío  de  la  batería  que  había  ya  gestiona- 
do García  Gutiérrez,  así  como  para  comprar  el  material  de  una  bate- 
ría montada  que  pudiese  también  servir  en  algunos  casos  para  batir 
en  brecha  pequeños  puestos  y  fortificaciones  de  poca  importancia. 

Inauguróse  el  mando  del  Comandante  General  Berriz  revistando  en 
Segura  la  batería  de  Navarra,  empezando  á  corregirse  los  pequeños 
defectos  de  que  adolecía  su  organización  y  material,  dando  la  direc- 
ción de  ella  á  D  Alejandro  Reyero,  cuyo  mando  conservó  hasta  el  fin 
de  la  campaña. 

Dispuso  asimismo  Berriz  que  los  oficiales  del  Cuerpo  Dorde  é  Ibarra 
(D.  Leopoldo)  marchasen  á  Guipúzcoa  á  las  órdenes  del  Comandante 
General  de  dicha  provincia  D.  Antonio  Lizárraga,  para  que  les  enco- 


—  49  — 

mendase  los  trabajos  fabriles  que  creyera  más  convenientes.  Púsose 
aquel  jefe  también  en  comunicación  con  el  jefe  de  la  sección  de  mon- 
taña de  Guipúzcoa,  Rodríguez  Vera,  confirmándole  en  el  mando  de 
ella  y  eiicaro;ándole  diese  cuenta  de  las  operaciones  que  se  llevasen  á 
cabo  en  la  citada  provincia.  Ofició  Berriz  al  director  de  la  fábrica  de 
proyectiles  de  Vera,  para  que  fuera  regularizando  su  producción  y 
fundiese  el  mayor  número  posible  de  aquéllos,  con  arreglo  á  la  consig- 
nación que  periódicamente  le  pasaba  la  Junta  de  Navarra.  A  causa  de 
la  dificultad  de  las  comunicaciones,  y  para  ganar  tiempo,  ordenó  el 
Comandante  General  á  Lecea  que  suministrase,  previo  recibo,  á  los  je- 
fes de  las  secciones  de  montaña  las  municiones  que  éstos  pudiesen  ne- 
cesitar, arreglándose  de  esta  manera  el  servicio  de  contabilidad  de  la 
fábrica,  la  cual  faé  poco  á  poco  adelantando  en  la  organización  y  bon- 
dad de  sus  productos,  poniéndose  muy  pronto  al  nivel  de  las  mejor 
montadas  en  el  resto  de  España,  bajo  la  acertada  dirección  facultativa 
del  citado  Lecea^  del  teniente  D.  Luis  Ibarra  y  del  alférez  alumno  don 
José  Gómez  Quintana.    • 

El  de  igual  clase  D.  Carlos  León  partió  á  Vizcaya  á  las  órdenes  del 
capitán  García  Gutiérrez  con  el  fin  de  crear  y  organizar  la  batería  de 
montaña,  cuyo  material  se  esperaba  desembarcase  de  un  momento  á 
otro.  En  dicha  provincia  se  encontraban  ya  los  dos  hermanos  D.  Ger- 
mán y  D.  Idilio  García  Pimentel,  antigaos  cadetes  de  artillería. 

Unidos,  pues,  desde  esta  fecha  á  las  respectivas  divisiones  los  seis 
cañones  existentes,  los  hechos  de  guerra  de  la  artillería  carlista  se  ha- 
llan confundidos  con  los  de  aquéllas,  por  cuya  razón  prescindiremos 
por  ahora  del  Cuerpo  y  antes  de  relatar  las  notables  acciones  de  Ma- 
ñeru  y  Montejurra  daremos  una.Jigera  idea  de  los  principales  hechos 
de  armas  ocurridos  en  1873  antes  de  nuestra  entrada  en  campaña. 


D.    ANTONIO    DORREGARAY 


Capitulo   V 


Ojeada  retrospectiva. — Acciones  de  Eraul  y  Udnve. — Entrada  de  Don 
Carlos  de  Borhén  en  España. — Segunda  embestida  y  toma  de  Este- 
lia  por  los  carlistas. — Acciones  de  Alio  y  Dicastillo. — Importancia 
de  la  posesión  de  Estella  para  liberales  y  carlistas. 


PRÓSPERAMENTE  habían  marchado  hasta  entonces  los  asuntos  de  la 
guerra  para  los  carlistas.  En  los  ocho  meses  de  campaña,  no  sola- 
mente habían  ido  organizándose  las  fuerzas  de  las  diferentes  provin- 
cias, si  no  que  habían  hecho  frente  al  ejército  liberal  rindiendo  á 
Deva,  Azpeitia  y  Elizondo,  librando  los  combates  de  Lamíndano, 
Monreal,  Oñate  y  otros  varios. 

Todo  esto  había  acontecido  antes  de  comenzar  el  mes  de  Mayo; 
pero  como  á  sus  principios  ocurrió  la  más  famosa  de  las  acciones  ga- 
nadas al  enemigo  hasta  entonces,  merece  párrafo  aparte  su  narración. 

Hallábanse  el  día  5  reunidos  en  Galdeano  el  General  Dorregaray  y 
los  brigadieres  Olio,  marqués  de  Valde-Espina  y  Lizárraga  con  los  ba- 
tallones 1.°  2."  y  3."  de  Navarra,  otros  dos  guipuzcoanos  y  unos  se- 
senta caballos;  y  convencidos  todos  de  que  era  preciso  á  todo  trance, 
para  sostener  la  moral  del  soldado,  obtener  una  importante  y  pronta 


—  51   — 

victoria  contra  cualquiera  de  las  columnas  liberales  que  les  rodeaban, 
emprendieron  la  marcha  hacia  el  puerto  de  Echévarri,  con  objeto  de 
disputar  el  paso  á  la  columna  que  mandaba  el  Coronel  Navarro,  de 
quien  se  supo  por  segura  confidencia  que  intentaba  pasar  por  el  puerto 
de  Eraul. 

Era  el  Coronel  de  ejército,  comandante  de  Estado  Mayor,  D.  Joa- 
quín Navarro,  uno  de  los  más  brillantes  jefes  de  su  Cuerpo;  había  he- 
cho con  lucimiento  la  campaña  de  África,  en  la  cual  ascendió  á  coman- 
dante y  ganó  dos  cruces  de  San  Fernando;  pasó  después  á  Cuba;  for- 
mó, más  tarde,  parte  del  Estado  Mayor  del  Capitán  General  Marqués 
de  Novaliches  en  la  batalla  de  Alcolea,  y  destinado  desde  el  principio 
de  la  guerra  civil  al  ejército  del  Norte,  el  General  en  Jefe  liberal  le  dio 
el  mando  de  una  columna  en  atención  á  concurrir  en  el  ilustrado  y 
valiente  jefe  vencido  en  Eraul  las  más  excelentes  prendas  militares. 

Ávido  de  gloria.  Navarro,  aunque  vio  tropas  carlistas  á  su  flanco 
ocupando  las  estribaciones  de  los  montes,  no  vaciló,  y  emprendió  la 
panosa  subida  de  ellos  al  frente  de  su  columna  compuesta  délos  dos  ba- 
tallones del  regimiento  de  Sevilla,  el  de  cazadores  de  Barbastro,  dos 
compañías  de  ingenieros,  una  sección  de  artillería  de  montaña  y  otra 
de  lanceros  de  Villa  viciosa. 

La  vanguardia  liberal  avanzó  impávida  y  serena,  á  pesar  del  vivo 
fuego  que  le  opusieron  los  batallones  carlistas  de  la  izquierda,  y  vien- 
do éstos  que  el  coronel  liberal  no  titubeó  en  correr  en  su  ayuda,  co- 
rriéronse con  la  idea  de  envolver  su  retaguardia,  donde  iban  Barbas- 
tro  y  la  artillería,  que  lograron  desordenar.  Empero,  como  hemos  in- 
dicado ya,  el  coronel  Navarro  era  joven,  entusiasta  y  valiente,  y  como 
tal  volvió  á  acometer  con  mayor  ímpetu,  logrando  á  su  vez  rechazar 
las  masas  carlistas.  Pero  aunque  el  campo  de  batalla  era  de  lo  más 
quebrado  que  se  pudiera  suponer,  los  ginetes  carlistas,  guiados  por  el 
arrojado  Marqués  de  Valde-Espina,  presentáronse  de  improviso,  acu- 
chillando la  artillería  y  haciendo  retroceder  á  las  tropas  liberales  en 
completo  desorden . 

El  pundonoroso  coronel  Navarro,  así  como  el  intiépido  jefe  de  inge- 
nieros Acellana,  trataron  de  contener  la  dispersión  de  sus  soldados, 
pero  ya  era  tarde:  su  derrota  había  sido  enorme,  y  ellos  mismos  y  el 
comandante  Batlle,  de  infantería,  faeron  hechos  prisioneros,  cogién- 
doseles un  cañón  montado  en  su  cureña  y  la  cureña  de  otro,  con  mu- 
niciones, fusiles  y  setenta  prisioneros,  todos  los  cuales  fueron  tan  ad- 
mirablemente tratados  por  los  carlistas,  que  tanto  el  Coronel  de  Estado 
Mayor  Navarro  como  el  Teniente  Coronel  de  Ingenieros  Acellana,  cuan- 
do fueron  puestos   en  libertad,  escribieron  al  General  carlista  Dorre- 


garay  expresándole  su  gratitud.  Las  bajas  de  los  carlistas  fueroT».  diez 
y  ocho  muertos,  entre  ellos  eJ  Coronel  Arciniega,  y  treinta  y  siete  he- 
ridos, entre  los  que  se  contaron  el  Marqués  de  Valde-Espina  y  el  Capi- 
tán Lirio:  las  de  los  liberales  fueron  aún  mayores,  y  en  recompensa 
de  tan  brillante  hecho  de  armas  fué  el  General  Dorregaray  agraciado 
más  tarde  por  Don  Carlos  con  el  título  de  Marqués  de  Eraul. 


i^^-<- 


D.    JOAQUÍN   NAVARRO 


Al  mes  siguiente,  el  26,  obtuvieron  otra  notable  victoria  los  carlis- 
tas en  Udave,  derrotando  al  Coronel  Castañon  en  sangrienta  jornada, 
en  la  que  tomaron  parte  los  generales  carlistas  Elío,  Dorregaray,  Olio 
y  Lizárraga,  con  los  batallones  1.'',  2.^  3.'^  y  4."  de  Navarra,  el  de  ca- 
zadores de  Azpeitia,  el  cañón  cogido  en  Eraul  y  una  sección  de  caba- 
llería. Los  liberales  perdieron  en  esta  acción  otra  pieza  de  artillería, 
gran  número  de  prisioneros  y  unos  ciento  cincuenta  hombres  entre 
muertos  y  heridos,  costando  todavía  mayores  bajas  el  triunfo  á  los  car- 
listas, de  quienes  murieron  el  Coronel  de  infantería  Azpiazu,  el  de  ca- 
ballería Sanjurjo  y  el  secretario  del  General  Elío,  D.  Carlos  Caro,  her- 
mano de  los  duques  de  Medina-Sidonia  y  de  los  marqueses  de  la  Ro- 
mana; entre  los  heridos  carlistas  figuraron  el  Coronel  Radica,  el  Co- 
mandante D.  Emilio  Martínez  Vallejo,  procedente  del  Ejército,  y  don 
Romualdo  Martínez  Vifialet,  hijo  del  General  de  la  Armada,  Coman- 
dante General  carlista  de  la  frontera. 

El  día  1()  de  Julio  hizo  Don  Carlos  de  Borbón  su  eotrada  en  Espa- 


ña  por  Zagarrainurdi,  en  donde  faé  recibido  por  D.  Antonio  Lizárra- 
ga  y  el  Marqués  de  Valde-Espina  al  frente  de  tres  batallones  guipuz- 
coanos,  despertando  la  llegada  de  Don  Carlos  indescriptible  entusias- 
mo, así  entre  sus  tropas  como  entre  la  gente  del  país,  carlista  en  su 
inmensa  mayoría,  y  que  de  todas  partes  acudía  á  victorearle  en  la  ex- 
pedición que  emprendió  con  los  generales  Elío,  Dorregaray  y  Olio, 
atravesando  todo  el  territorio  vasco-navarro  hasta  jurar  los  fueros  en 
Guernica. 

Dos  ataques  había  costado  á  los  carlistas  la  posesión  de  Estella,  y 
el  recuperarla  les  costó  á  los  liberales  los  reñidísimos  combates  de  Ma- 
ñera, Montejurra,  Abárzuza,  Oteiza.  Lácar  y  Santa  Bárbara,  donde 
fueron  rechazados  con  grandes  y  sensibles  pérdidas,  antes  de  apode- 
rarse del  fuerte  de  Montejurra,  en  Febrero  de  1876,  y  aún  tronaba  el 
cañón  carlista  de  Monjardin  cuando  el  ejército  liberal  entraba  en  la 
codiciada  ciudad.  ¿Clerecía  ésta  tan  considerables  sacrificios?  Discu- 
rramos, pues,  sobre  el  particular;  pero  evoquemos  antes  los  recuerdos 
de  la  entrada  de  los  carlistas  en  Estella. 

El  Brigadier  liberal  Villapadierna  mandaba  en  Agosto  de  1873  la 
columna  de  la  Ribera,  encargada,  por  entonces,  de  proteger  la  guarni- 
ción de  la  ciudad  y  su  fuerte:  este  último  lo  era  el  antiguo  convento  de 
San  Agustín,  convenientemente  aspillerado,  puesto  en  buen  estado  de 
defensa,  y  en  donde  se  encerró  la  guarnición  desde  el  momento  que 
los  batallones  carlistas  tomaron  las  formidables  posiciones  que  rodean 
á  Estella,  y  desde  donde  con  sus  certeros  y  sostenidos  fuegos  impedían 
á  los  liberales  continuar  pacíficamente  en  la  ciudad.  Reducidos,  pues, 
al  fuerte,  entraron  los  carlistas  y  se  diseminaron  por  los  alrededores 
del  mismo,  tomando  posesión  de  las  casas  más  próximas,  colocando 
sus  cañones  en  una  del  barrio  de  San  Pedro  y  detrás  de  las  tapias  del 
convento  de  San  Benito,  rompiendo  enseguida  un  vivísimo  fuego  de 
fusil  y  cañón.  Contestado  éste  al  momento  y  con  energía  por  los  sitia- 
dos, sin  cesar  sino  por  cortos  intervalos,  llegó  la  noche  del  23  de  Agosto. 

El  General  carlista  Dorregaray,  viendo  que  el  día  anterior  había 
disminuido  bastante  el  fuego  de  los  sitiados,  después  de  ciento  sesenta 
y  ocho  horas  que  lo  sostenían,  hubo  de  avisarles  que  si  no  se  rendían 
aquella  misma  noche  haría  volar  una  mina  que  días  antes  había  empe- 
zado á  preparar  el  jefe  de  los  zapadores  de  Navarra,  comandante  Ar- 
gila.  La  contestación  de  los  defensores  del  fuerte  fué  romper  el  fuego 
otra  vez  con  mayor  furor;  lo  que  visto  por  Dorregaray,  dio  la  orden  de 
que  se  volara  la  mina  al  amanecer.  Así  se  hizo;  pero  no  habiéndose  cal- 
culado bien  las  distancias,  la  explosión  sólo  se  dejó  sentir  en  una  fuente 
que  estaba  situada  á  unos  diez  metros  de  la  puerta  del  fuerte.  Los  sitia- 


—  54  — 

dos  no  pidieron  capitulación,  pero  quedaron  tan  quebrantados  moral - 
mente  que  al  anochecer  del  24  pidieron  parlamento,  cuando  de  orden 
del  citado  General  carlista  se  preparaba  otra  segunda  mina,  de  laque 
se  esperaban  resultados  más  decisivos  que  de  la  anterior. 

Seis  días  había  durado  el  ataque,  que  seriamente  no  empezó  hasta 
el  18.  Las  fuerzas  sitiadoras  se  componían  de  los  cuatro  primeros  bata- 
llones navarros,  de  las  piezas  de  montaña  y  de  la  escolta  de  Don  Car- 
los, quien  asistió  á  estas  operaciones  con  los  generales  Elío,  Dorregaray 
y  Olio.  El  fuerte  fué  defendido  por  el  teniente  coronel  republicano 
Sanz  con  tres  capitanes,  siete  subalternos  y  475  sargentos,  cabos  y  sol- 
dados. El  día  18  dispararon  éstos  28,090  cartuchos,  habiendo  izado 
bandera  negra  cuando  se  les  intimó  la  rendición  antes  de  romper  el 
fuego.  El  día  19  se  supo  que  el  Brigadier  Víllapadierna  se  acercaba  en 
socorro  de  la  ciudad:  entonces  salió  Don  Carlos  con  Olio,  seguidos  por 
la  caballería  y  dos  batallones  para  disputarle  el  paso.  Sabido  por  Vi- 
llapadierna  el  proyecto  de  los  carlistas,  desistió  del  suyo  y  se  retiró 
con  sus  fuei*zas  á  Sesma.  El  21  volvió  á  entrar  en  Alio;  rompióse  el 
fuego  por  ambas  partes,  y  después  de  amagar  un  avance  á  Dicastillo, 
el  jefe  liberal  fué  rechazado  completamente,  teniendo  en  el  ataque  más 
de  2.5  bajas:  las  de  los  carlistas  fueron  de  2  muertos  y  6  heridos. 

En  el  fuerte  de  Estella  encontraron  y  recogieron  los  carlistas  más 
de  mil  fusiles  Berdan,  cuatrocientas  granadas  de  8  centímetros,  consi- 
derable cantidad  de  pólvora,  un  parque  de  ingenieros  de  campaña,  al- 
pargatas, mantas,  camas,  tabaco,  ochenta  mil  cartuchos  metálicos  y 
gran  cantidad  de  provisiones.  Las  bajas  de  los  liberales  fueron  siete 
muertos  y  16  heridos;  las  de  los  carlistas,  2  muertos  y  15  heridos  La 
guarnición  del  fuerte  fué  acompañada  hasta  terreno  neutral  por  algu- 
nas compañías  del  batallón  o."  de  Navarra,  con  arreglo  á  la  capi- 
tulación. 

No  desistieron,  sin  embargo,  los  liberales  de  recuperar  la  ciudad  en 
los  primeros  momentos;  porque  el  día  25,  es  decir,  al  siguiente  día  de 
la  rendición  de  Estella,  volvió  Víllapadierna,  acompañado  del  General 
Santa  Pau  y  de  considerables  refuerzos.  Tenemos  á  la  vista  el  parte 
oficial  dado  por  D.  Joaquín  Elío,  Jefe  de  Estado  Mayor  General,  y  que, 
poco  más  ó  menos,  dice  así: — «A  consecuencia  de  la  derrota  de  la  co- 
lumna de  Víllapadierna  en  Alio,  se  retiró  á  Sesma  y  Lodosa:  en  estos 
pueblos  se  reforzó  con  cuatro  batallones,  y-tomando  el  mando  en  jefe  el 
General  Santa  Pau^  salió  el  25  de  Agosto  para  Dicastíllo,  en  donde  se 
hallaba  Don  Carlos  con  el  batallón  1."  de  Navarra.  A  líis  ocho  de 
la  mañana  situó  el  enemigo  sus  piezas  en  batería,  rompiendo  el  fuego 
sobre  Dicastillo;  á  las  nueve  desplegó  sus  guerrillas  en  dhx-cción  de 


—  55  — 

Alio,  y  al  mismo  tiempo  el  grueso  de  su  infantería  avanzó  por  el  porti- 
llo de  Santa  Lucía  con  intención  de  apoderarse  del  alto  de  Robledo. 
Conocido  el  punto  de  ataque  por  los  carlistas,  salió  de  Dicastillo  el 
1."  batallón  con  el  4*^,  quedando  en  Dicastillo  el  2.^*  y  tomando  po- 
siciones á  su  izquierda  el  3.";  la  caballería  y  artillería  carlista  es- 
peraron tomase  las  suyas  las  del  enemigo  para  obrar.  En  el  alto  de 
Robledo,  y  entrando  por  opuestos  puntos,  se  encontraron  los  republica- 
nos con  el  1.""  batallón;,  rompiendo  á  la  vez  el  fuego  unos  sobre 
otros.  Don  Carlos  ordenó  entonces  reforzar  al  1."  con  seis  compa- 
ñías del  2.*'  que  acababa  de  llegar  de  Estella,  sin  reposar  apenas 
de  las  duras  fatigas  del  sitio.  Auxiliado  el  primer  batallón,  suspendió 
el  fuego  y  se  lanzó  á  la  bayoneta  sobre  los  enemigos  en  unión  de  las 
compañías  del  2.".  Rechazados  entonces  los  liberales  corrieron  á 
reorganizarse  detrás  de  su  caballería  y  artillería,  haciéndoseles  antes 
veinte  prisioneros,  entre  ellos  un  teniente  coronel.  Las  pérdidas  de  los 
carlistas  fueron  cinco  muertos  y  quince  heridos;  las  del  enemigo  no  se 
pueden  precisar;  sólo  muertos  se  vieron  más  de  cuarenta  en  el  campo.  A 
las  dos  horas  de  haber  cesado  el  fuego,  pronuncióse  el  enemigo  en  re- 
tirada otra  vez  hacia  Sesma.  Las  fuerzas  republicanas  tenían  unos 
cuatro  mil  hombres  de  infantería,  seis  piezas  de  montaña  y  nove- 
cientos caballos.  La  caballería  carlista  no  cargó  por  ser  muy  despro- 
porcionado su  número  con  la  del  enemigo.  Los  generales  Olio,  Argonz 
é  Iturmendi  secundaron  admirablemente  los  deseos  de  Don  Carlos,  quien 
no  se  separó  un  momento  del  lugar  de  la  acción.»  Concluye  el  general 
Elío  recomendando  á  Don  Carlos  el  valor  de  sus  tropas  y  sus  jefes,  es- 
pecialmente al  general  Olio,  que  tomó  parte  en  el  combate  á  pesar  de 
haber  sido  herido  en  la  acción  de  Alio,  y  el  comportamiento  del  Mar- 
qués de  Valde-Espina,  que  se  puso  á  la  cabeza  de  los  batallones  que  car- 
garon á  la  bayoneta  en  dirección  de  la  Tejería.  A  las  siete  de  la  tarde 
del  mismo  día  25  entraron  en  Estella  todas  las  tropas  que  acababan  de 
vencer  en  Dicastillo,  á  las  que  se  agregaron  dos  mil  quinientos  guipuz- 
coanos  que  llegaban  de  su  provincia  mandados  por  el  General  Li- 
zárraga . 

Con  los  fusiles  cogidSs  al  enemigo,  que  ascendían  á  mil  doscientos, 
se  armaron  muchos  de  los  que  carecían  de  ellos,  pertenecientes  á  los 
batallones  6.°,  7."  y  8."  de  Navarra,  y  el  día  2(5  desfilaron  por  delante 
de  Don  Carlos  cerca  de  nueve  mil  voluntarios. 

Dada  una  breve  idea  de  la  toma  de  Estella,  volvamos  á  nuestro 
asunto.  Conocida  es  su  situación;  pero  no  nos  creemos  dispensados  de 
decir  dos  palabras  respecto  á  su  importancia,  siquiera  por  el  papel  que 
ha  desempeñado,  tanto  en  la  primera  como  en  la  última  guerra  civil. 


—  5b    — 

Estella  es  una  ciudad  de  unos  siete  mil  habitantes:  el  rio  Ega  la  baña, 
y  la  rodean  las  imponentes  sierras  de  Toloño  y  de  Andía.  Se  halla  en  co- 
municación directa  por  magníficas  carreteras  con  Vitoria,  Pamplona, 
Tafalla,  Logroño  y  Tolosa,  encajonadas  entre  formidables  alturas  y  des- 
filaderos. El  enemigo  que  quisiera  llegar  por  el  Norte  ó  por  el  Sur  á 
Estella,  tendría  que  atravesar  de  frente  las  sierras  de  Andía,  Monjar- 
din  y  Montejurra:  por  el  Este,  tendría  que  dominar  antes  San  Cristo- 
bal  y  Esquinza,  y  por  el  Oeste  las  Amézcoas  ó  el  famoso  puente  de 
Arquijas.  No  podía  esconderse  la  ventaja  de  la  posesión  de  Estella  á 
los  liderales^  como  la  facilidad  de  su  defensa  por  un  ejército  como  el 
carlista.  No  nos  esplicamos,  por  lo  tanto,  por  qué  no  se  pensó  desde  el 
principio  de  la  campaña  en  fortificar  fuertemente  á  Estella,  bien  enten- 
dido que  esto  se  conseguiría  haciéndolo  desde  las  alturas  que  la  domi- 
nan^ que  además  de  las  expresadas  hay  las  de  Apalar,  los  Castillos,  el 
Puig,Montemuro  é  infinitas  estribaciones.  Verdad  es  que  la  defensa  de 
Estella  hubiera  costado  al  Gobierno  de  Madrid  el  aumento  en  grande 
escala  del  Ejército  del  Norte.  Calculamos  que  por  la  topografía  de  Es- 
tella y  por  el  carácter  de  los  carlistas,  hubieran  necesitado  los  libera- 
les distraer  ocho  ó  diez  mil  hombres  para  asegurar  la  zona  de  Estella 
en  una  situación  medianamente  pacífica.  Esta  es  la  razón  en  que  nos 
fundamos  para  pensar  que,  por  lo  menos,  fueron  prematuros  los  ata- 
ques de  los  liberales  á  Estella,  toda  vez  que  sin  un  numeroso  ejército 
les  era  imposible  sostenerla  no  disponiendo  de  buenas  fortificaciones. 
¿Podían  distraer  fuerzas  de  otros  puntos  no  menos  importantes  para  ha- 
cer morir  de  inacción  un  par  de  brigadas  en  Estella?  Los  generales 
Loma  y  Morlones  quejábanse  de  no  disponer  de  todas  las  fuerzas  nece- 
sarias para  emprender  operaciones  de  gran  trascendencia;  el  goberna- 
dor de  Bilbao  no  podía  salir  del  recinto  de  la  plaza;  á  los  de  Vitoria  y 
Pamplona  les  sucedía  lo  mismo.  Y  si  esto  se  conocía  en  el  campo  libe- 
ral tan  bien  como  en  el  carlista,  ¿por  qué  atacaron  en  Alio  y  Dicastillo, 
Mañeru  y  Montejurra?  El  Capitán  General  Marqués  del  Duero  trató  de 
llegar  á  Estella  un  año  después  con  un  numeroso  ejército,  y  no  consi- 
guió tampoco  dicho  objeto,  y  eso  que  las  condiciones  de  las  tropas  re- 
publicanas eran  ya  entonces  bien  distintas  que  fen  1873. 

Para  los  carlistas  era  otra  cosa.  Su  importancia  para  ellos  era  infi- 
nitamente mayor,  aunque  no  estamos  de  acuerdo  tampoco  con  los  que 
sostenían  la  idea  de  defender  á  Estella  á  todo  trance.  Para  los  carlis- 
tas era  la  ciudad  más  grande  y  de  más  recursos  de  Navarra,  excep- 
ción hecha  de  aquellas  que  no  poseían,  siendo  á  la  vez  Estella  y  su  co- 
marca la  que  más  hombres  carlistas  tenía  en  armas.  Durango  y  Verga,ra, 
así  como  Tolosa  después^  eran,  digámoslo  así,  las  capitales  reconocidas 


—  ^í  — 

de  los  carlistas  de  Vizcaya  y  Cniipúzcoa;  los  navarros,  que  eran  los 
más  ricos  y  los  más  numerosos  partidarios  entre  las  cuatro  provincias, 
querían  tener  su  capital  propia,  demostrando  luego  que  sabían  y  po- 
dían conservarla.  Los  muchos  caminos  que  afluían  á  Estella  les  asegu- 
raban sus  tranquilas  comunicaciones  con  todo  el  resto  de  España,  con 
la  frontera  francesa^  con  las  Amézcoas,  verdadero  almacén  erizado  de 
defensas  naturales  y  muy  á  propósito  para  refugio  de  un  ejército  en 
un  caso  desgraciado 

Estella,  con  las  vertientes  de  Montejurra,  ó  sea  la  Solana,  y  el  cami- 
no de  Los  Arcos,  podía  abastecerles  de  víveres  fácilmente,  y  por  sus 
vías  de  comunicación  ser  socorrida  en  un  momento  dado,  haciendo  ve- 
nir fuerzas  hasta  de  los  confines  de  Vizcaya.  Tres  días  tan  sólo  tarda- 
ron los  batallones  navarros  en  trasladarse  desde  Dicastillo  al  valle  de 
Somorrostro  cuando  fueron  al  sitio  de  Bilbao.  ¿Cuántos  hubieron  tar- 
dado los  guipuzcoanos  en  acudir  desde  los  alrededores  de  Tolosa?  Uno 
tal  vez.  Unidas  estas  razones  á  las  particulares  del  reconocido  carlismo 
de  Estella,  al  carácter  tenaz  de  los  navarros  y  á  que  era  tradicional  en 
ellos  que  defendiendo  su  querida  ciudad  no  habían  sido  vencidos  nunca, 
se  comprende  el  empeño  que  los  carlistas  tuvieron  en  sostenerse  en  Este- 
lla, costase  lo  que  costase,  y  los  acontecimientos  que  se  sucedieron  más 
adelante  se  encargaron  de  darles  la  razón. 

Los  carlistas  tampoco  llegaron  á  tener  almacenes  ni  edificios  mili- 
tares en  Estella  hasta  mucho  después;  ni  siquiera  residía  en  ella  la  Jun- 
ta de  Navarra;  las  municiones  de  boca  que  se  consumían  procedían  de 
los  pueblos  comarcanos  y  de  los  riquísimos  valles  de  la  provincia;  las 
de  guerra  no  se  construían  allí.  ¿A  qué,  pues,  el  empeño  del  Gobierno 
de  Madrid  cuando  disponía,  sin  salir  del  antiguo  reino  de  Navarra,  de 
poblaciones  tan  importantes  como  Tudela,  Olite,  Tafalla  y  la  plaza 
fuerte  de  Pamplona?  Chicho  más  que  recuperar  á  Estella  les  habría  po- 
dido convenir  á  los  liberales  asegurarse  de  la  frontera,  por  donde  en- 
traban tantos  recursos  carlistas,  y  apoderarse  de  las  aduanas  de  Val- 
uarlos y  Dancharinea. 


ySDALLA  SE  MOtTIEJUSBA 


Capitulo   VI 


Pormenores  de  la  acción  de  Mañeru,  llamada  por  los  liberales  de  Puen- 
te-la-Reina,  el  6  de  Octubre  de  1873. — Batalla  de  Montejurra,  los 
días  7,  8  y  9  de  Xoviembre  del  mismo  año. — El  cañón  de  las  Améz- 
coas. — Sobre  adquisición  de  cañones  en  Inglaterra,  y  demás  sucesos 
hasta  l.^de  Diciembre  de  1873. 


EN  Septiembre  de  1873  encargóse  del  mando  en  Jefe  del  ejército 
liberal  del  Xorte  el  Teniente  General  D.  Domingo  Moriones,  mi- 
litar valiente,  activo  y  gran  conocedor  del  pais  Vasco-Xa varro,  en  el 
que  habia  hecho  la  primera  guerra  civil.  Habia  nacido  en  1823;  á  los 
trece  años  de  edad  ingresó  en  clase  de  cadete  en  un  regimiento  de 
lanceros  del  ejército  cristino,  y  al  terminar  la  guerra  de  los  siete  años 
había  alcanzado  el  empleo  de  teniente  y  ganado  la  Cruz  de.  San  Fer- 
nando. En  1849  emigró  á  consecuencia  del  alzamiento  de  Sevilla,  eco 
tardío  de  las  conmociones  revolucionarias  que  sufrieron  casi  todos 
los  países  de  Europa  desde  el  año  anterior,  y  entonces  empezó  para 
Moriones  una  agitada  vida  militar  y  política  á  un  mismo  tiempo,  figu- 
rando en  los  partidos  avanzados  y  llegando  á  distinguirse  como  inteli- 
gente y  arrojado  gaerrillero.  Al  triunfar  la  Revolución  de  1808,   el 


—  59  — 

Gobierno  provisional  le  hizo  Brigadier;  D.  Amadeo  le  ascendió  á  Ma- 
riscal de  Campo  en  1871,  y  la  fácil  victoria  de  Oroquieta  le  valió  al 
año  siguiente  el  empleo  de  Teniente  General. 

A  poco  de  ponerse  al  frente  de  las  tropas  liberales  del  Xorte,  el  ge- 
neral Moriones  dispuso  dar  un  golpe  de  mano  sobre  Estella,  aprove- 
chándose de  la  escasez  de  las  fuerzas  carlistas  que  había  entonces  en 
Navarra,  ocupadas  las  demás  en  los  bloqueos  de  Bilbao  y  Tolosa,  de 
resultas  de  cuyas  operaciones  no  tenía  el  General  Olio  disponibles  de 
momento  más  que  los  cinco  primeros  batallones  de  su  división  y  la  sec- 
ción de  artillería  que  tenía  Reyero  á  sus  inmediatas  órdenes,  pues  la 
otra  que  mandaban  Iza  y  Fernández  Charrier  se  hallaba  entonces  le- 
jos de  Estella  formando  parte  de  la  reserva  que  tenía  á  sus  órdenes  el 
Brigadier  Argonz;  y  en  cuanto  á  la  Caballería,  que  se  hallaba  en  Alio 
y  Oteiza  organizándola  el  teniente  coronel  Ordoñez  i  á  causa  de  hallar- 
se en  Francia,  curándose  una  herida,  su  primer  jefe  Férula),  no  pudo 
tomar  parte  en  la  acción  por  la  clase  de  terreno  en  que  se  operaba.  En 
cambio  el  Brigadier  3Iendiry  se  hallaba  en  Navarra  con  dos  ó  tres  ba- 
tallones alaveses,  juntándose  entre  todas  las  fuerzas  con  que  pudo 
oponerse  Olio  á  Moriones,  un  total  de  cinco  mil  hombres  y  la  Sección 
de  montaña  ya  citada;  pero  el  General  en  jefe  liberal  contabapara  la 
operación  proyectada  con  diez  mil  hombres,  diez  y  seis  cañones  y  cua- 
tro escuadrones. 

El  servicio  de  confidencias  se  hacia  entonces  con  la  mayor  puntua- 
lidad éntrelos  carlistas,  porque  la  Junta  de  Navarra  consagraba  á  él 
sumas  importantes  (á  veces  era  desempeñado  por  mujeres),  y  tanto  por 
la  razón  expuesta  como  por  la  inmensa  popularidad  de  Olio  y  por  el 
carlismo  del  país,  no  daba  un  paso  el  Comandante  general  carlista  sin 
encontrar  gente  que  le  informase  al  detalle  y  al  minuto  de  Jos  movi- 
mientos del  enemigo,  siendo  muchas  las  noches  que  no  podía  aquel 
dedicarse  al  sueño  tres  horas  seguidas,  sin  verse  interrumpido  cinco  ó 
seis  veces. 

Debido  á  esto,  supo  el  día  4  el  General  carlista  que  su  contrario  el 
General  Moriones  había  concentrado  fuerzas  respetables  en  Tafalla  y 
Puente-la-Reina,  y  que  se  decía  intentaba  dirigirse  á  Estella  y  arra- 
sarla (palabras  textuales),  como  la  principal  guarida  de  los  carlistas. 
Inmediatamente  dispuso  Olio  aprovecharse  de  las  ventajosas  posicio- 
nes que  protegen  á  Estella  por  el  Este;  en  su  consecuencia  ordenó  á  los 
batallones  1.**  y  2."  y  á  la  sección  de  montaña  que  se  adelantasen  y 
ocuparan  Mañeru,  Cirauqui  y  sobre  todo  la  elevada  ermita  de  Santa 
Bárbara,  cuya  situación,  á  la  izquierda  y  avanzada  sobre  Puente-la- 
Reina,  les  permitía  fácilmente  ver  los  movimientos  del  enemigo,  pre- 


—  60  — 

venirlos  é  impedir  su  paso,  flanqueando  su  marcha  desde  el  mismo 
instante  de  su  salida  de  Puente.  A  la  vez  previno"  al  jefe  de  los  alave- 
ses, Mendiry,  que  dejando  la  fuerza  más  indispensable  para  cubrir  La 
Solana  y  Villatuerta,  avanzara  con  el  resto  hacia  Mañeru  en  el  mo- 
mento de  oir  fue^o,  y  por  el  camino  más  corto. 

Así  las  cosas  y  hallándose  de  vanguardia  delante  de  la  ermita  el 
2."  batallón  de  Navarra,  adelantó  Morlones  sus  tropas  en  dos  co- 
lumnas, sin  previo  flanqueo  ni  exploradores.  La  una,  más  pequeña, 
emprendió  la  marcha  por  la  carretera  que  sube  unos  tres  kilómetros 
empezando  así  deádc  el  mismo  Puente-la-Reina;  la  otra,  más  conside- 
rable, al  oir  el  fuego  de  flanco  con  que  fué  saludada  la  primera,  subió 
de  frente  á  la  ermita,  procurando  envolver  toda  la  posición  carlista  de 
la  izquierda.  Visto  esto  por  Olio,  que  se  hallaba  en  el  mismo  lugar 
del  combate,  ordenó  al  I.*'  batallón  que  reforzase  á  la  carrera  al 
2.**  el  cual  á  las  once  de  la  mañana  se  hallaba  envuelto  por  todas 
partes.  El  ataque  fué  tan  rápido  y  la  defensa  tan  obstinada,  que  la 
ermita  fué  perdida  y  vuelta  á  recuperar  dos  veces  por  Radica  y  su 
aguerrido  batallón,  teniendo  apenas  tiempo  de  disparar  sus  fusiles 
en  este  combate,  verificándose,  por  consiguiente,  el  choque  al  arma 
blanca.  A  la  otra  vez  no  pudo  ya  abrirse  paso  el  2."  do  Xavarra,  á  pe- 
sar de  su  bravura,  por  el  considerable  número  de  enemigos  que  lo  ro- 
deaba; hasta  que,  animado  al  ver  llegar  al  1."  en  su  auxilio,  hizo  un 
último  esfaerzo,  y  entre  los  dos  lograron  al  fin  romper  el  círculo  ene- 
migo á  la  bayoneta.  Xo  se  consiguió  esto  sin  grandes  pérdidas  por  parte 
de  los  carlistas,  si  bien  fueron  también  muy  numerosas  las  de  los  repu- 
blicanos por  hacerse  el  fuego  á  quemarropa,  y  sobre  todo  por  el  ímpe- 
tu con  que  se  cruzaron  las  bayonetas  por  una  y  otra  parte. 

Retiróse,  pues,  por  escalones  y  ordenadamente  el  2."  batallón,  para 
rehacerse  al  abrigo  del  1."  que  llegó  de  refresco.  Este  con  el  General 
carlista  y  su  teniente  coronel  Rodríguez  á  la  cabeza,  restableció  al 
poco  tiempo  el  combate,  y  á  favor  de  otra  nueva  carga  á  la  bayoneta, 
dada  con  grande  empuje,  volvió  á  quedar  otra  vez  por  los  carlistas  la 
ermita  de  Santa  Bárbara.  El  jefe  de  los  alaveses,  Mendiry,  y  sus  fuer- 
zas contribuyeron  eficazmente  al  buen  resultado  de  la  operación,  así 
como  los  batallones  3."  4.^  y  5."  de  Navarra,  demostrando  dicho  jefe 
sus  excelentes  dotes  militares. 

El  general  Morlones,  en  vista  de  las  muchas  bajas  que  habían  ex- 
perimentado sus  tropas,  ordenó  su  retirada  para  rehacerlas,  aprove- 
chándose de  los  accidentes  del  terreno,  sin  abandonar  al  parecer  su 
idea  de  intentar  el  paso  á  Estella.  Conocido  esto  por  Olio,  ordenó  al 
Comandante  de  Artillería  Reyero  que  hiciese  faego  ganando  terreno  y 


—  61   - 

empleando  la  granada  ó  la  metralla,  según  conviniese;  hízolo  asi  con 
la  mayor  serenidad  é  inteligencia  Reyero,  teniendo  la  fortuna  de  acer- 
tar con  algunos  disparos  al  centro  de  las  fuerzas  enemigas  Unido  este 
buen  resultado  al  ataque  simultáneo  de  los  batallones  alaveses  y  na- 
varros, decidióse  Morlones  á  emprender  la  retirada  con  dirección  á 
Puente-la-Reina,  en  donde  entraron  sus  fuerzas  en  el  mayor  desorden 
seguidas  de  cerca  por  las  bayonetas  del  ejército  carlista,  no  detenién- 
dose ni  aún  á  pernoctar  en  dicho  pueblo  y  abandonando  sus  heridos 
en  los  hospitales. 


D     DOMIKGÜ    MORIONES 


Pero  al  hablar  de  esta  acción  de  Mañeru  tenemos  que  cumplir  un 
alto  deber  de  justicia  consignando  que  cuando  la  brusca  acometida  de 
los  carlistas  hizo  huir  á  la  desbandada  la  vanguardia  liberal,  el  gene- 
ral Moriones,  puesto  á  la  cabeza  del  puente,  hizo  se  rehiciesen  sus 
fuerzas  y  que  volviesen  á  hacer  cara  al  enemigo,  encargando  al  capi- 
tán de  ingenieros  Cazorla  contuviese  la  huida  de  las  tropas  con  su 
compañía:  así  lo  hizo  este  bravo  y  pundonoroso  oficial  de  ingenieros, 
pero  costóle  la  vida  su  heroísmo,  y  allí  en  el  campo  cayeron  también 
á  su  lado  hasta  treinta  y  siete  de  sus  zapadores,  siendo  muy  sentida 
su  temprana  muerte  entre  sus  compañeros  de  armas,  y  su  nombre 
citado  con  gran  elogio  por  los  mismos  jefes  y  voluntarios  carlistas  que 
tuvieron  el  honor  de  admirar  su  brillante  defensa. 

El  General  carlista  se  replegó  con  sus  fuerzas  sobre  Estella,  y  el 
liberal  á  Ta falla,  donde  tan  quebrantadas  quedaron  las  suyas,  que 
hubo  de  permanecer  inactivo  en  aquel  punto  por  espacio  de  un  mes. 
Las  pérdidas  del  ejército  liberal  fueron  treinta  y  cinco  muertos  y  tres- 
cientos sesenta  heridos:  las  del  carlista  fueron  mayores,  pues  llegaron 
á  quinientos  hombres  fuera  de  combate. 


—  62  — 

Durcante  la  acción  del  G  el  capitán  del  2.*^  de  Navarra  Alvarez  So- 
brino fué  herido  por  sus  mismos  soldados,  á  causa  de  que,  habiéndose 
caido  al  suelo  y  perdido  la  boina,  los  voluntarios  de  su  batallón  le 
creyeron  liberal,  pues  la  levita  y  pantalón  que  llevaba  eran  los  mis- 
mos que  había  usado  en  el  ejército  contrario. 

Entre  los  desaparecidos  se  contaba  otro  oficial  carlista,  procedente 
del  ejército  también,  apellidado  Más,  el  cual  era  Ayudante  del  bata- 
llón de  Radica,  y  á  quién  éste  profesaba  sing:ular  cariño.  Al  día  si- 
guiente, ignorándose  su  paradero  y  creyéndole  acaso  entre  los  heridos 
que  el  enemigo  recogió  y  llevó  á  Puente,  marcharon  á  dicho  puebla) 
Radica  y  algunos  oficiales  más  para  volverlo  á  Estella  si  era  vivo,  ó 
enterrarlo  si  era  muerto,  Por  desgracia,  le  encontraron  entre  los  ca- 
dáveres enemigos,  no  lejos  de  la  ermita  de  Santa  Bárbara,  dándosele 
después  la  debida  sepultura.  En  el  hospital  de  Puente-la-Reina  visita- 
ron Radica  y  sus  acompañantes  á  los  heridos  enemigos,  entre  quienes 
tuvieron  el  sentimiento  de  encontrar  á  nuestro  inolvidable  amigo  el 
oficial  de  Estado  Mayor  Marqués  de  Coquilla  y  á  nuestro  antiguo  com- 
pañero Moya,  oficial  de  artillería.  Tanto  los  heridos  como  el  pueblo, 
casi  en  masa,  confirmaron  todas  las  noticias  que  llevamos  expuestas 
en  este  relato. 

Por  aquellos  días  se  dijo  que  diez  y  siete  heridos  que  los  carlistas 
no  pudieron  llevarse  cuando  fueron  desalojados  de  la  ermita  por  los 
liberales  al  principio  de  la  acción,  fueron  tratados  inhumanamente 
por  los  liberales,  encontrándoseles  muertos  al  ser  recuperada  la  posi- 
ción. Como  quiera  que  esto  no  tenía  fácil  comprobación  por  unos  ni 
por  otros,  solamente  lo  consignamos  como  un  rumor.  Creemos,  sin  em- 
bargo, que  no  sería  cierto,  pues  de  haberlo  sido  es  seguro  que  en  las 
acciones  siguientes  se  hubieran  llevado  á  cabo  algunas  represalias, 
cosa  que  hubiera  dado  á  la  guerra  un  carácter  que  no  tuvo  después, 
afortunadamente  para  unos  y  otros.  Sin  embargo,  el  escritor  liberal 
D.  Antonio  Pirala  dice  textualmente:  «Los  diez  y  siete  (heridos  carlis- 
»tas)  qite  quedaron  {en  la  ermita) /"wer o n  muertos  á  bayonetazos  al  ocu- 
»par  la  ermita  las  tropas  liberales.»  (Historia  Contemporánea,  to- 
mo IV,  pág.  557). 


Llegamos  ya  á  la  célebre  batalla  de  Montejurra,  para  la  cual  se 
concentró  previamente  el  grueso  del  ejército  liberal  en  Logroño,  y  el 
carlista  en  Estella,  siendo  de  notar  que  en  esta  memorable  jornada 
que  duró  tres  días  jugaron  las  tres  armas. 

A  los  dos  días  de  la  acción  de  Mañeru  entró  en  Estella  Don  Carlos 


—  63  — 

con  los  generales  Elío,  Dorregaray,  Marqués  de  Valcle-Espina  y  Mar- 
tínez de  Velasco,  seguidos  de  cuatro  batallones  de  vizcaínos,  como 
refuerzo  por  si  el  general  Olio  no  hubiera  podido  impedir  el  paso  al 
general  Moñones.  Como  vemos,  el  refuerzo  no  llegó  á  ser  necesario; 
pero  tanto  Don  Carlos  como  sus  tropas  fueron  todos  por  el  camino  más 
corto,  es  decir,  por  las  Amézcoas,  y  contribuyeron  al  feliz  éxito  de  la 
acción  que  se  preparaba. 

El  ejército  carlista  encargado  de  la  defensa  de  Estella  se  compo- 
nía, pues,  de  los  batallones  1."^  de  Castilla,  l.'^úe  Arratia,  de  Durango, 
de  Guernica  y  de  la  Rioja,  más  cuatro  batallones  de  Álava  y  cinco 
navarros;  total,  ocho  mil  infantes,  unos  doscientos  caballos  mandados 
por  el  coronel  Péi-ula,  y  cuatro  cañones  de  montaña  de  la  batería 
Reyero. 

El  ejérdito  republicano  se  componía  próximamente  del  doble,  ó 
sean  unos  diez  y  seis  mil  hombres,  con  más  de  mil  caballos  y  veinte 
y  ocho  cañones,  entre  ellos  ocho  de  batalla  sistema  Krupp. 

En  aquel  mismo  mes  de  Octubre  llegaron  á  Estella  Don  Alfonso  de 
Borbón  y  de  Este,  el  heroico  zuavo  pontificio  defensor  déla  Puerta - 
Pía,  que  tan  brillante  campaña  acababa  de  hacer  al  frente  de  los  car- 
listas catalanes,  y  su  esposa  D.*^  María  de  las  Nieves  de  Braganza,  tan 
criticada  por  algunos  liberales  á  quienes  debía  servir  como  de  lección 
lo  que  de  tan  egregia  dama  decía  nuestro  antiguo  jefe  en  el  Cuerpo  de 
Artillería  é  inolvidable  amigo  de  siempre,  el  caballeroso  Capitán  Ge- 
neral D.  Manuel  Pavía  y  Rodríguez  de  AlburquerquC;,  quien  en  su 
obra  Ejército  del  Centro  se  expresa  así:  «Al  frente  del  carlismo  se 
«hallaba  el  bizarro  Don  Alfonso,  hermano  del  pretendiente  Don  Car- 
»los  de  Borbón.  Acompañaba  á  Don  Alfonso  su  distinguida  é  ilustrada 
» esposa  Doña  Blanca.  Es  Doña  Blanca  una  señora  bizarra,  agraciada 
Ȏ  interesante,  que  no  representa  la  fortaleza  de  su  sexo,  ni  tiene  figu- 
»ra  varonil;  todo  lo  contra i>io,  es  de  pequeña  estatura  y  tiene  un  físico 
«delicado,  sensible  y  débil.  Esta  ilustre  señora  compartía  con  Don  Al- 
»fonso  todas  las  penalidades,  sufrimientos  y  escaseces  de  las  guerras 
»de  montañas  y  de  guerrillas,  que  es  necesario  haberlas  practicado 
»para  conocer  el  alcance  que  tienen;  y  disfrutaba  también  de  todas  las 
«contrariedades,  obstáculos  y  disgustos  de  distintas  clases  que  propor- 
sciona  una  insurrección  popular  cimentada  con  elementos  anárquicos 
«y  con  rivalidades  y  escisiones  de  todos  géneros.  Doña  Blanca  obser- 
«vaba  una  conducta  ejemplar  y  no  era  un  obstáculo  por  su  sexo  para 
«los  movimientos  y  operaciones  del  carlismo.  Doña  Blanca  no  tenía  ni 
«una  persona  siquiera  en  su  servidumbre,  y  todos  los  jefes  y  oficiales 
«tendrían  el  que  menos  su  asistente  y  su  ordenanza.  Se  había  cortado 


—  G4  — 

»el  cabello,  y  ella  se  vestía  sola,  limpiaba  su  ropa,  y  nunca  molestó  en 
»las  casas  donde  se  alojaba.  El  General  en  Jefe  que  esto  escribe,  ha 
»residido  en  los  mismos  alojamientos,  y  tanto  en  éstos  como  en  los 
»pueblos  no  ha  escuchado  más  que  numerosos  elogios  á  tan  distinguida 
»é  interesante  señora. — El  Carlismo  en  el  Centro  tenía  á  su  frente, 
»además  de  una  persona  de  estirpe  regia  que  debía  influir  mucho  en 
«partido  tan  monárquico,  á  la  ilustre  é  interesante  Doña  Blanca,  que 
«debía  inspirarle  gran  consideración,  mucho  respeto  y  profunda  ad- 
»miración^  produciéndole  un  entusiasmo  indescriptible.  fiEs  posible 
»que  la  presencia  de  dicha  señora  no  extinguiera  por  completo  las  ri- 
»validades,  escisiones  y  maltiplicados  disgastos  que  existían  en  el 
«campo  enemigo?  ¿Es  creíble  que  la  vista  de  Doña  Blanca  no  tuviera 
»para  los  carlistas  gran  alcance,  y  su  mirada  no  les  excitase  la  ener- 
»gía,  inflamándoles  el  corazón,  volcanizando  sus  cabezas  hasta  la  lo- 
»cura  para  alcanzar  de  tan  virtuosa,  sufrida  y  valiente  señora  una 
«sonrisa  de  satisfacción  ó  palabras  halagüeñas,  con  el  dictado  de  bra- 
«vos,  la  mayor  recompensa  que  podían  aspirar  á  obtener?  ¿Es  verosímil 
«que  la  presencia  de  dicha  señora,  su  ejemplar  conducta,  los  peligros 
«y  penalidades  que  sufría  con  grandísima  resignación,  no  hubiesen 
«inspirado  absolutamente  nada  á  los  enemigos  de  la  libertad  en  el 
»  Centro?  « 

Con  motivo  de  haber  pensado  D.  Carlos  celebrar  el  día  de  su  Santo 
al  mismo  tiempo  que  la  llegada  de  su  augusto  hermano  D.  Alfonso  y 
de  la  princesa  D.'^  Nieves  de  Braganza,  con  corridas  de  toros  y  otras 
diversiones  propias  del  caso,  el  objetivo  del  general  Morlones  era  apo- 
derarse de  Estella  en  aquellos  días  precisamente,  calculando  que  con 
las  diversiones  que  se  preparaban  no  tendrían  muchos  deseos  de  com- 
batir los  batallones  carlistas  y  que  su  moral  se  hallaría  acaso  quebran- 
tada. 

Amaneció  el  día  .3  de  Noviembre,  y  Morlones  salió  muy  de  mañana 
de  Los  Arcos  con  los  generales  Primo  de  Rivera^  Terrero,  Ruiz  Dana  y 
otros.  La  niebla  que  cubría  el  horizonte,  lejos  de  evaporarse,  como  se 
presumió,  se  deshizo  en  menuda  lluvia  al  poco  rato,  conforme  iba 
avanzando  el  día;  y  como  no  presentaba  indicios  de  despejar,  ordenó 
Moriones  la  vuelta  á  Los  Arcos. 

Los  batallones  carlistas,  al  saber  por  sus  confldentes  el  movimiento 
de  los  republicanos  (1),  ocuparon  en  buen  orden  Arroniz,  Luquin,  Bar- 


(1)  No  erau  malas  tampoco  las  confidencias  que  tenían  los  liberales  á  pesar 
de  achacar  á  los  carlistas  que  el  país  en  masa  era  quien  desempeñaba  el  servi- 
ciode  confidencins.   No  negaremos  que,  especialmente  en  Navarra,  eran  éstas 


—  65  — 


DON   ALFONSO    DE   BORBÓN    Y   DE   ESTE  DON    CARLOS   DE   BORBON 

DOÑA   MARÍA    DE   LAS   NIEVES   DE   BRAGANZA 


Ijarín,  Urquiola  y  Villamayor,  saliendo  también  á  Arqueta  los  batallo- 
nes que  ocupaban  Villatuerta,  Abárzuza  y  demás;  pero  ni  D.  Carlos 
ni  los  generales  salieron  de  Estella,  excepción  hecha  de  Olio,  ¡jorque 


excelentes  entre  los  carlistas,  y  que  durante  el  sitio  de  Bilbao  y  durante  su 
bloqueo,  hasta  la  terminación  de  la  guerra,  gabianse  día  por  día  y  hora  por  hora 
los  pensamientos  del  Comandante  general  liberal  de  Vizcaya;  pero  no  escaseaban 
tampoco  entre  los  liberales  las  buenas  confidencias  especialmente  durante  el  man- 


—  66  — 

la  noticia  del  avance  de  Morlones  coincidió  con  la  de  su  regreso  á  Los 
Arcos., ' 

Celebráronse,  pues,  las  fiestas  con  la  mayor  alegría:  se  lidiaron  al- 
gunos becerros  y  se  racionaron  abundantemente  los  batallones,  á  cuyo 
fin  se  relevaban  éstos  durante  los  días  4,  5  y  6,  para  que  todos  disfru- 
tasen de  aquéllas,  las  cuales  se  hacían  ¿i  ciencia  y  paciencia  de  Morlo- 
nes, detenido  forzosamente  por  el  temporal,  y  que  deseaba  estorbarlas 
á  todo  trance. 

Llegó  por  fin  el  día  7,  y  á  la  misma  hora  próximamente  de  la  ma- 
ñana franqueaba  el  general  Morlones  las  gargantas  de  la  sierra  de 
Cogullo,  dando  vista  á  las  posiciones  carlistas  que  ocupaban  nuestros 
batallones  aprestados  al  combate.  Casi  al  romperse  el  fuego  de  las  gue- 
rrillas y  de  la  Artillería  liberal,  llegó  el  General  Elío  con  su  Cuartel 
general,  y  D.  Carlos,  al  mediodía.  Dividió  Morlones  sus  fuerzas  en  dos 
columnas  desiguales:  la  de  su  derecha  avanzó  protegida  por  el  fuego 
de  sus  veinte  piezas  de  Montaña,  con  intención  de  envolver  la  izquier- 
da carlista,  defendida  por  Olio  y  los  navarros.  La  otra  columna,  más 
pequeña,  adelantó  pausadamente  por  la  carretera,  con  la  Caballería  y 
Artillería  Montada,  en  la  idea,  sin  duda,  de  apoderarse  de  Villamayor 
y  Monjardín^  donde  se  apoyaba  la  derecha  carlista. 

La  Batería  de  Montaña  carlista  se  dividió  en  dos  mitades:  una,  man- 
dada por  el  comandante  Eeyero  y  el  teniente  Llorens,  operó  en  la  iz- 
quierda; la  otra,  mandada  por  el  comandante  Iza  y  el  teniente  Orti- 
gosa, en  la  derecha,  colocando  el  obús  de  á  12  liso  delante  ae  la  iglesia 
de  Villamayor,  y  el  cañón  rayado  á  la  izquierda,  en  unos  sembrados. 
A  esta  última  seceión  se  agregaron  en  la  acción  del  día  7  el  Coman- 
dante general  coronel  Berriz  y  el  teniente  coronel  Brea.  La  primera 
sección  tomó  posiciones  en  Barbarín  y  Luquín. 

Como  el  proyecto  del  general  Morlones  fué  el  envolver  ambas  alas 
carlistas  y  apoderarse  de  Montejurra  y  Monjardín,  centinelas  avanza- 
dos de  Estella,  conocida  ya  la  resistencia  de  la  izquierda  carlista  hizo 
reforzar  su  columna  derecha  de  ataque.  Como  su  número  era  bastante 
más  considerable  que  el  de  los  batallones  contrarios,  logró  á  las  doce 
de  la  mañana  correrse  por  una  de  las  estribaciones  de  Montejurra  y 
entrar  en  los  pueblos  de  Luquín  y  Barbarín,  mientras  la  segunda  co- 


do de  D  Domingo  Moriones,  pues  como  hijo  del  país  y  rodeado  de  mucha  popu- 
laridad entre  los  navarros  de  su  comunión  política,  no  dejaba  de  contar  con 
numerosos  y  seguros  confidentes.  Recordamos  haber  oido  decir  al  general  car- 
lista Olio  que  más  de  un  espía  de  Moriones  había  sido  cogido  convicto  y  confe- 
so, y  fusilado  después  por  algún  partidario. 


—  67    — 

lumna  entraba  sin  obstáculo  en  Urbiola  por  no  haber  fuerzas  en  dicho 
punto.  Muchas  y  considerables  bajas  debió  costarle  al  General  repu- 
blicano la  posesión  de  estos  pueblos  (cuyos  habitantes,  dicho  sea  de 
paso,  los  habían  abandonado  poco  antes),  cuando  en  todo  el  resto  del 
día  no  pudo  adelantar  ni  uno  más.  Que  la  resistencia  de  los  carlistas 
fué  grande  lo  prueban  las  bajas  que  sufrieron  sus  fuerzas,  especial- 
mente el  Batallón  2.°  de  Navarra  y  la  sección  de  Artillería:  ésta  reti- 
raba sus  piezas  á  brazo  por  un  extremo  del  pueblo,  cuando  los  enemi- 
gos entraban  por  el  otro,  no  dándoles  tiempo  para  cargar  aquéllas  en 
los  mulos,  hallándose  por  lo  tanto  muy  expuestas  á  caer  en  poder  de 
los  republicanos,  sosteniéndose  seis  horas  consecutivas  el  fuego  de  fu- 
sil y  de  cañón,  que  no  cesó  hasta  bien  entrada  la  noche. 

Dueño  Morlones  délos  citados  puntos,  la  Infantería  carlista  se  re- 
tiró á  una  segunda  estribación  de  Montejurra,  donde  se  sostuvo  hasta 
la  noche  sin  retroceder  ni  un  solo  paso,  y  en  cuyas  posiciones  viva- 
queó. Entonces  hizo  el  General  Morlones  que  adelantase  á  Urbiola  la 
Artillería  Montada,  rompiendo  un  vivo  fuego  contra  las  posiciones  de 
la  derecha  carlista  para  preparar  el  ataque  contra  Villamayor.  Estas 
posiciones  fueron  tenazmente  defendidas  por  los  batallones  de  Duran- 
go,  de  riojanos  y  5.°  de  Navarra  y  por  la  sección  de  Montaña,  en  tér- 
minos que  el  enemigo  se  vio  obligado  á  retroceder  dos  veces  sobre  Ur- 
biola. La  noche  puso  término  á  la  acción  del  día  7;  ambos  ejércitos 
quedaron:  los  liberales  en  las  posiciones  conquistadas,  que  hicieron  de- 
cir á  Morlones  en  un  telegrama  que  puso  al  Gobierno:  Tomado  á  Mon- 
tejurra, domino  á  Estella;  la  primera  línea  carlista  con  los  generales 
Dorregaray,  Olio  y  Marqués  de  Valde-Espina,  en  Villamayor  y  Mon- 
tejurra; la  segunda  en  Arqueta,  con  el  general  Velasco,  y  la  Caballería 
en  Ayegui,  con  el  coronel  Férula,  preparados  todos  al  combate  que 
todo  hacía  presumir  se  libraría  al  día  siguiente. 

Así  fué,  en  efecto.  El  día  8  amaneció  lluvioso,  y  el  fuego  se  rompió 
por  ambas  partes  antes  de  amanecer,  repitiéndose  el  de  cañón  bastante 
vivo  hacia  Villamayor,  desde  donde  fué  contestado  por  la  Artillería 
carlista,  concentrada  en  dicho  punto  desde  el  anochecer  del  día  ante- 
rior. Continuando  la  lluvia,  y  á  causa,  sin  duda,  de  ella,  el  enemigo 
suspendió  su  fuego  á  las  nueve  de  la  mañana.  Entre  los  heridos  car- 
listas del  segundo  día,  se  contó  el  comandante  Conde,  del  Batallón  I.*' 
de  Castilla,  herido  al  parecer  leve;  pero  que  murió  en  el  hospital  de 
Irache  dos  meses  después.  El  resto  del  día  lo  pasaron  las  tropas  libera- 
les y  carlistas  en  sus  respectivas  posiciones. 

Al  mediodía  se  despejó  la  atmósfera,  y  deseando  Don  Carlos  visi- 
tar los  puntos  avanzados,  contra  el  parecer  de  su  Cuartel  Real,  marchó. 


—  68  — 

sin  embargo,  acompañado  de  muy  pequeño  séquito,  hacia  Villamayor, 
con  el  fin  de  no  llamar  demasiado  la  atención  del  ejército  liberal,  cu- 
yas masas  cubrían  Urbiola  y  sus  alrededores,  y  que  se  hallaba  á  poco 
más  de  un  kilómetro.  Las  baterías  enemigas  habían  permanecido  ca- 
lladas hasta  las  doce;  pero  advertidas,  sin  duda,  de  la  visita  regia,  rom- 
pieron otra  vez  el  fuego  con  granada  y  shrapnells,  reventando  una  de 
ellas  á  los  pies  del  caballo  de  Don  Carlos.  Logrado  el  objeto  de  éste, 
regresó  al  cabo  de  un  rato  á  Arqueta,  trayendo  en  la  mano  el  culote  de 
dicha  granada,  y  al  ver  á  los  artilleros,  se  dirigió  al  Coronel  Berriz  y 
díjole  jovialmente: 

— Hé  aquí  un  regalo  que  me  hacen  tus  queridos  compañeros  del  otro 
lado. 

Aludia_,  tal  vez,  Don  Carlos  á  la  conversación  que  tuvo  con  Berriz, 
Brea,  Dorda,  Reyero  y  García  Gutiérrez,  cuando  dichos  oficiales  de 
Artillería  se  le  presen^-aron  en  Vergara,  á  principios  de  Septiembre, 
pues  sin  dejar  de  ser  el  recibimiento  tan  digno  de  aquella  Augusta 
Persona  como  de  los  artilleros  favorecidos,  lamentóse  Don  Carlos  de 
que  muchos  jefes  y  oficiales  de  Artillería  habían  conferenciado  con  él 
ó  sus  allegados,  indicándoles  que  primero  irían  á  ponerse  á  sus  órde- 
nes que  servir  al  Gobierno  federal  de  España,  y  á  pesar  de  esto  había 
visto  recientemente  que  el  disuelto  Cuerpo  se  disponía  á  aceptar  la  in- 
vitación de  reorganización  hecha  por  Castelar  como  Presidente  de  la 
República.  No  sólo  trataron  los  referidos  oficiales  de  disculpar  á  sus 
antiguos  amigos  y  compañeros,  haciendo  presente  á  Don  Carlos  la  si- 
tuación precaria  ó  particular  de  alganos,  sino  que  le  suplicaron  fuesen 
llamados  á  su  lado  el  día  que  como  Rey  llegase  á  Madrid,  si  Dios  lo 
permitía.  Don  Carlos  oyó  atentamente  sus  palabras,  y  les  contestó  con 
éstas  ó  parecidas  frases:  Pláceme  mucho  ver  en  vosotros  esa  generosi- 
dad y  compañerismo:  si  quiere  Dios  que  ganemos  y  llegue  yo  á  ser  un 
día  Rey  de  España,  vosotros  habréis  contribuido  á  ello  con  vuestra  cien- 
cia y  vuestro  valor; pero  yo  no  podré  perm,itir  que  sigáis  en  vuestros 
antiguos  puestos  de  la  Escala,  como  solicitáis;  sin  embargo,  haré  todo 
lo  que  queráis  por  la  gloria  del  Cuerpo  de  Artillería.  Desde  entonces  no 
olvidó  nunca  Don  Carlos  la  prueba  de  amistad  dada  en  aquella  ocasión 
por  los  oficiales  de  artillería  carlista  á  los  artilleros  liberales,  y  á  esta 
conversación  aludiría  sin  duda  Don  Carlos  cuando  en  Montejurra  en- 
señaba á  los  i^rimeros  el  culote  de  una  de  las  granadas  disparadas  por 
los  segundos. 

Pasóse  el  resto  del  día  8  sin  otra  novedad;  pero  á  la  media  noche 
llegó  á  noticia  de  los  generales  carlistas  Dorregaray  y  Marqués  de  Val- 
de-Espina,  que  habían  pernoctado  en  Villamayor,  que  se  sentía  en 


—  69  — 

Urbiola  y  demás  pueblos,  ocupados  por  el  ejército  del  General  Morlo- 
nes, un  ruido  extraño.  Enviados  exploradores  y  confidentes,  se  averi- 
guó, de  una  manera  positiva,  que  el  enemigo  abandonó  Urbiola,  Lu- 
quin  y  Barbarin  á  las  dos  de  la  madrugada,  sin  tocar  cornetas  y  en  el 
mayor  silencio,  y  que  marchaban  en  retirada  á  Los  Arcos,  tratando  de 
ganar  el  desfiladero  de  Cogullo  antes  de  rayar  el  día.  Avisado  oportu- 
namente D.  Joaquín  Elio,  ordenó  desde  luego  Dorregaray  á  las  tropas 
más  avanzadas  (que  lo  eran  el  l.*^  de  Castilla,  el  2."  de  Navarra  y  al- 
gunas compañías  vizcaínas),  que  se  preparasen  y  saliesen  enseguida 
para  cortar  el  paso  á  los  liberales.  Ordenó  también  al  ala  izquierda 
carlista  que  adelantase  por  su  parte.  Pero  como  quiera  que  los  repu- 
blicanos habían  ya  franqueado  ó  estaban  próximos  á  ganar  las  alturas 
de  Cogullo,  por  el  sigilo  con  que  habían  emprendido  la  marcha,  resul- 
tó que  únicamente  los  dos  batallones  mencionados  con  Dorregaray  y 
el  Marqués  de  Valde-Espina,  y  la  Caballería  de  Férula,  tuvieron  tiem- 
po de  hostilizar  la  marcha  de  aquellos. 

Dicho  sea  en  honor  de  la  verdad,  la  retirada  del  ejército  republica- 
no fué  muy  ordenada  y  por  escalones,  haciendo  un  fuego  vivo  y  muy 
sostenido  de  fusilería  y  cañón.  Se  veían  las  líneas  de  fuego  ir  poco  á 
poco  ganando  terreno  á  retaguardia,  hacer  alto  la  Artillería,  disparar 
unos  cuantos  cañonazos,  cesar  el  fuego,  y  repetirse  la  misma  opera- 
ción táctica  con  singular  serenidad,  como  en  un  simulacro,  protegien- 
do la  numerosa  Caballería  liberal  en  la  carretera  la  admirable  reti- 
rada de  sus  tropas.  Verdad  es  también  que  el  ejército  carlista  no  esta- 
ba en  condiciones  de  perseguirlas  de  cerca  y  activamente  por  la  clase 
de  terreno  en  que  se  operaba,  y  sobre  todo  por  lo  distantes  que  se  en- 
contraban ya  las  fuerzas  unas  de  otras. 

Di  jóse  que  la  causa  de  la  retirada  del  ejército  de  Morlones  fué  la 
falta  de  raciones.  Esto  no  es  creíble,  pues  las  dos  horas  que  mediaban 
entre  Urbiola  y  Los  Arcos  pudieron  recorrerse  fácilmente  por  su  Ca- 
ballería, cuyos  caballos  pudieron  también  convertirse  en  acémilas, 
dado  caso  que  no  hubiera  habido  otro  medio  más  rápido  de  locomoción. 
Esto  no  es  de  pensar  en  un  país  como  Navarra  donde  abundan  los  re- 
cursos de  esta  especie,  existiendo  numerosos  carros  y  animales  de  car- 
ga. Partimos  del  supuesto  de  haber  salido  de  Los  Arcos  y  Logroño  sin 
racionar  el  ejército  republicano,  lo  cual  es  muy  aventurado  de  supo- 
ner, disponiendo  de  fondos,  de  Administración  Militar  y  otros  recur- 
sos; y  esto  tampoco  hubiera  argüido  mucho  en  favor  del  General  Mo- 
rlones, que  en  muchas  ocasiones  tañía  dadas  pruebas  de  su  previsión, 
tanto  como  de  su  osadía  y  de  su  conocimiento  exacto  del  país  navarro, 
que  era  el  suyo  propio. 


—  70  — 

Sean  cuales  fueren  las  verdaderas  causas  de  la  retirada  de  los  libe- 
rales, el  ejército  carlista  ganó  en  fuerza  moral  lo  que  había  perdido  el 
enemigo,  el  cual  pudo  convencerse  con  dolor,  por  sí  mismo  y  prescin- 
diendo de  las  alharacas  de  los  periódicos,  que  ya  no  eran  partidas 
sueltas  y  muchedumbres  sin  armas,  como  en  Oroquieta,  las  que  en 
adelante  tenía  que  combatir  el  General  Morlones,  confesando  la  victo- 
ria de  los  carlistas  un  escritor  IrÍDcral  con  las  siguientes  palabras:  «Los 
carlistas  acababan  de  arrollar  á  nuestras  tropas  en  las  alturas  de  Mon- 
tejurra.» 

Las  bajas  de  los  carlistas  ascendieron  á  trescientas;  las  de  los  libera- 
les llegarían  al  doble,  atendiendo  á  que  el  primer  día  de  la  acción  tuvo 
su  Infantería  que  tomar  á  la  bayoneta  tres  pueblos,  colocados  sobre  al- 
turas respetables,  expuesta  al  cercano  y  certero  fuego  de  sus  enemigos. 

No  dejaremos^  antes  de  concluir,  de  referir  un  incidente  que  pudo 
tener  graves  consecuencias  para  unos  y  otros  adversarios.  Sabedor  el 
Coronel  Radica  del  casi  total  abandono  en  que  había  dejado  su  línea  el 
enemigo  afanoso  de  concentrar  el  mayor  número  de  combatientes  para 
la  acción  de  Montejurra,  propuso  dar  un  golpe  sobre  Tafalla^  de  donde 
era  natural,  conociendo  á  palmos  sus  avenidas.  Para  el  objeto  contaba 
Radica  con  su  aguerrido  batallón,  con  el  1."  de  Navarra,  como  de  re- 
serva, y  las  cuatro  piezas  de  Montaña  de  la  misma  División,  previo 
acuerdo  con  los  jefes  de  dichos  cuerpos  Rodríguez  Román  y  Brea:  hi- 
zo Rada  presente  su  proyecto  al  General  Olio,  quien  dio  su  asentimien- 
to, añadiéndole  que  él  y  el  resto  de  la  División  de  su  mando  apoyarían 
la  operación;  pero  que  ésta  debía  llevarse  á  cabo  antes  de  que  los  libe- 
rales pudieran  apercibirse  y  acudir  en  socorro  de  Tafalla.  Expúsose  el 
plan  al  General  Elío,  quien  no  tuvo  por  conveniente  acceder  á  lo  pro- 
puesto por  el  audaz  guerrillero:  calcúlese,  sin  embargo,  el  efecto  mo- 
ral y  material  que  en  el  ejército  contrario  hubiera  producido  la  ocu- 
pación de  Tafalla,  cortándosele  su  línea  de  operaciones  y  dejando  sin 
defensa  sus  puestos  avanzados  de  Lerin  y  Larraga.  El  éxito  no  hubiera 
sido  muy  difícil  de  conseguir,  á  nuestro  entender,  sabiéndose  por  con- 
fidencias seguras  de  aquellos  días,  que  apenas  quedarían  dos  compa- 
ñías guarneciendo  aquella  plaza,  mientras  durasen  las  operaciones  del 
General  Morlones  sobre  Logroño,  Los  Arcos  y  Montejurra. 

Tanto  el  primer  día  de  la  acción,  como  los  siguientes,  se  vio  reco- 
rrer nuestras  lineas,  para  cuidar  á  los  heridos  sobre  el  campo  de  bata- 
lla, á  Mr.  Bourgade  y  al  médico  de  Artillería  Marín,  agregado  al  hos- 
pital de  Irache,  quienes  á  caballo  y  provisto  el  segundo  de  una  mochila 
de  socorro  á  la  espalda,  atendían  á  los  heridos  con  notable  caridad, 
valor  é  intelisrencia. 


—  71  — 

Al  entrar  el  día  9  eu  Urbiola  con  su  Estado  Mayor  el  General  Dorre- 
garay,  se  encontró  con  un  Ayudante  médico,  dos  practicantes  y  siete 
soldados  de  Sanidad.  A  los  seis  días  fueron  puestos  en  libertad,  alo- 
jándoles mientras  tanto  en  Irache,  obsequiados  por  la  Sra.  viuda  de 
Calderón  y  por  Mr.  Bourgade^  quien  antes  de  despedir  al  médico  Abe- 
la, que  así  se  llamaba  el  Ayudante,  le  dio  mil  reales,  á  nombre  de 
La  Caridad,  para  los  heridos  liberales  de  Logroño.  En  cambio  al  ser 
acompañado  Abela  y  sus  sanitarios  hasta  cerca  de  Tafalla  por  volun- 
tarios carlistas  del  2.°  Batallón  de  Navarra,  faeron  despedidos  éstos  al 
avistar  el  pueblo,  por  decir  aquéllos  que  no  podían  responder  de  sus 
vidas.  Consignamos  el  hecho  y  nada  más. 


Antes  de  terminar  este  capítulo,  diremos  aún  dos  palabras  sobre  el 
estado  de  la  Artillería  carlista  hasta  fines  del  año,  pues  que  al  tratar 
de  la  acción  de  Velabieta  y  sitio  de  Portugalete  hablaremos  del  servi- 
cio particular  del  Cuerpo  en  las  secciones  y  en  las  fábricas. 

En  los  días  de  la  acción  de  Montejurra  presentóse  á  la  Junta  de  Na- 
varra un  Maestro  mayor  de  la  fundición  de  Trubia,  retirado,  que  vivía 
en  las  Amézcoas,  de  donde  era  natural,  diciendo  que  había  forjado  un 
cañón  liso  de  hierro,  que  dedicaba  á  Don  Carlos  y  á  Navarra.  Hízose 
venir  el  cañón  á  Estella;  fundiéronse  balas  de  su  calibre,  que  era  pró- 
ximamente de  siete  y  medio  centímetros;  se  le  adaptó  una  de  las  cure- 
ñas de  á  ocho  cogidas  al  enemigo,  y  por  último  se  probó  por  los  oficia- 
les de  Artillería  que  había  entonces  en  Estella,  en  los  alrededores  del 
Convento-hospital  de  Irache.  Las  pruebas  no  correspondieron  á  lo  que 
del  cañón  se  esperaba,  pues  si  bien  los  proyectiles  alcanzaron  cerca 
de  cuatro  mil  metros,  su  precisión  era  nula,  por  estar  mal  calculado  y 
centrado.  Sin  embargo,  dióse  orden  para  que  se  agregase  á  la  Batería 
de  Navarra,  teniendo  ésta  desde  entonces  una  pieza  más,  y  cuando 
llegaron  las  de  acero  Whitvort  para  Montaña,  fué  relegado  á  uno  de 
los  fuertes  de  Estella. 

El  día  20  de  Noviembre  tuvo  que  marchar  á  Francia  para  restable- 
cer su  salud,  quebrantada  por  demás  en  América,  el  Brigadier  carlista 
Berriz,  llegando  al  día  siguiente  á  Estella  el  Coronel  Maestre,  encar- 
gándose en  el  acto  de  la  Comandancia  general  de  Artillería  como  jefe 
más  antiguo  del  Cuerpo. 

Berriz  se  había  encargado  antes  del  mismo  destino  por  ser  el  jefe 
más  antiguo  del  Cuerpo,  según  la  Ordenanza  del  mismo.  A  la  vuelta 
de  la  comisión  de  Londres  de  D.  Juan  ]\rana  Maestre,  se  dudó  sobre 
quién  de  los  dos  tendría  mayor  antigüedad,  porque  si  bien  éste  último 


—  72  — 

llevaba  algunos  puestos  de  ventaja  al  primero  cuando  la  revolución 
de  1868,  desde  que  se  retiró  perdió  el  derecho  de  antigüedad,  quedan- 
do más  moderno  también  por  las  leyes  orgánicas  del  Cuerpo.  El  jefe 
de  Estado  Mayor  General  D.  Joaquín  Elío  resolvió  el  problema  dando 
á  Maestre  el  mando  superior  de  la  Artillería,  y  á  Berriz  el  mando  de 
una  Brigada  de  vanguardia,  cuyos  destinos  aceptaron  ambos  gustosos, 
por  deber  y  por  conveniencia. 

También  el  Coronel  Maestre  traía  de  Inglaterra  planos,  apuntes  y 
memorias^  como  lo  había  hecho  anteriormente  García  Gutiérrez,  para 
servir  una  Batería  Montada  de  seis  cañones  á  cargar  por  la  culata, 
sistema  Vavasseur,  cuyo  cierre  era  muy  parecido  al  del  Krupp.  Como 
se  creía  inminente  su  arribo,  nombróse  para  organizaría  á  D.  Antonio 
Brea,  que  había  mandado  en  el  Ejército  de  Isabel  II  una  Batería  de 
este  último  sistema,  y  que  escribió  un  ejercicio  para  el  manejo  de  los 
Vavasseur  por  los  voluntarios,  gestionando  con  el  General  carlista  Olio 
se  le  entregase  gente,  ganado  y  monturas,  pues  los  atalajes  habían  de 
llegar  con  las  piezas.  No  vaciló  D.  Nicolás  Olio  en  facilitar  á  Brea 
cuanto  éste  le  pidiera^  quedando  la  base  formada  en  Estella,  con  el 
citado  jefe,  el  capitán  D.  Luis  Ibarra,  los  tenientes  Llorens  y  Barradas 
y  el  alférez  Pérez,  sargento  segundo  que  había  sido  del  4.°  Regimien- 
to montado  en  el  Ejército  liberal.  La  batería  Vavasseur  no  llegó  tan 
pronto  como  se  esperaba,  haciéndolo  en  el  primer  desembarque  de 
cañones  que  se  verificó  al  año  siguiente.  Mientras  tanto  Brea  siguió 
agregado  al  Estado  Mayor  del  General  Olio,  para  seguir  las  operacio- 
nes en  la  División  de  Navarra. 

Tanto  la  batería  Whitvort  de  montaña  como  la  montada  Vavas- 
seur, compradas  en  Inglaterra,  fueron  intervenidas  por  el  Embajador 
de  España  en  Londres.  El  cómo  y  el  por  qué  de  esta  circunstancia  no 
se  supo  entonces  sino  de  una  manera  confusa  é  incompleta,  ni  de  qué 
medios  se  valió  el  Gobierno  liberal  para  impedir  su  envío  á  los  carlis- 
tas. La  opinión  pública,  sin  embargo,  acusó  entre  otros  al  General  Ca- 
brera, quien  llamándose  todavía  carlista  se  hallaba  enterado  al  por- 
menor de  todos  cuantos  pasos  daba  el  carlismo  para  la  adquisición  en 
Londres  de  armas,  proyectiles  y  cañones.  También  se  acusó  á  un  in- 
glés que,  defraudado  en  sus  esperanzas  de  lucro  por  una  junta  de  arti- 
lleros (entre  los  que  se  encontraban  Maestre,  Brea,  Velez  y  Reyero), 
había  visto  desechados  unos  cohetes  que  presentó,  y  que  dieron  mal 
resultado  en  las  pruebas,  á  más  de  ser  excesivamente  caros.  Sea  de 
todo  esto  lo  que  quiera,  los  cañones  no  llegaron  y  hubo  que  adquirir- 
los de  nuevo. 

En  el  mes  de  Noviembre  la  Junta  de  Navarra  comisionó  al  Coman- 


—  73  — 

dante  Lecea  para  que  viese  y  estudiase  el  mejor  medio  de  trasladar  á 
Bacaicoa  la  fábrica  de  Vera  á  causa  de  no  haber  sino  caminos  de  he  - 
rradura  para  transportar  los  proyectiles  construidos  al  teatro  de  ope  - 
raciones.  Trasladóse  Lecea  á  Bacaicoa,  y  hallándose  estudiando  las 
mejoras  y  obras  que  habían  de  introducirse  en  ella,  llegó  el  Coronel 
Maestre  para  inspeccionarla  á  su  vez:  tanto  este  señor  como  el  modesto 
é  inteligente  Comandante  del  Cuerpo  D.  Jacobo  León  convinieron  en 
la  marcha  futura  del  establecimiento,  á  lo  que  había  de  dedicarse  en 
definitiva  y  en  todos  los  extremos  necesarios.  Con  harto  sentimiento 
de  ellos  no  pudo  establecerse  en  Bacaicoa  la  fundición  de  proyectiles, 
por  ser  irreemplazables  muchas  de  las  máquinas  y  efectos  de  Vera, 
por  lo  cual  regresó  Lecea  á  este  punto,  á  donde  al  poco  tiempo  llegó  el 
Comandante  de  Artillería  D.  Luis  Pagés  para  encargarse  de  la  direc- 
ción en  jefe,  y  León  quedó  desde  entonces  instalado  en  Bacaicoa. 

Visitó  también  Maestre  la  fábrica  de  Azpeitia,  y  terminada  su  ilus- 
trada revista  pasó  á  Vizcaya  á  conocer  la  de  Arteaga,  allanando  difi- 
cultades y  contribuyendo  más  que  otro  alguno  al  progresivo  é  inespe- 
rado desarrollo  que  llegó  á  adquirir  el  Cuerpo  de  Artillería  carlista  en 
cuantas  dependencias  tuvo  á  su  cargo  en  el  Norte. 


D.    ANTOXIO    LIZAERAGA 


Capítulo   Vil 


Operaciones  en  Vizcaya  y  Guiínlzcoa. — Bloqueo  de  Tolosa  por  el  Ge- 
neral carlista  Lizárraga. — Acontecimientos  por  la  llegada  del  cura 
Santa  Cruz  — Acción  de  Asteasu-Velabieta,  ocurrida  el  11  de  Di- 
ciembre de  1873. 


MIENTRAS  ocurrí aij  en  Navarra  los  sucesos  que  llevamos  narrados, 
no  dejaban  de  ser  importantes,  aunque  no  de  t^inta  trascenden- 
cia, los  que  acaecían  en  Vizcaya  y  Guipúzcoa.  Como  el  grueso  del  Ejér- 
cito republicano  operaba  en  Navarra,  especialmente  desde  que  el  Gene- 
ral Morlones  se  encargó  del  mando,  hubo  necesidad  de  hacer  afluir  allí 
batallones  de  la  parte  de  Vizcaya  y  Guipúzcoa,  donde  los  liberales 
disponían  de  menos  fuerza.  En  la  primera  sólo  existía  una  pequeña 
columna  al  mando  del  Gobernador  Militar  de  Bilbao,  cuya  columna 
se  limitaba  por  entonces  á  guardar  el  recinto  y  á  mantener  expeditas 
sus  comunicaciones  con  la  ría  de  Bilbao,  cuya  línea  estaba  reforzada 
naturalmente  con  la  posesión  de  los  fuertes  del  Desierto,  Luchana  y 
Portugalete.  Para  impedir  este  objeto,  solamente  habían  quedado  en 


—  75   — 

el  Señorío  la  mitad  de  los  batallones  vizcaínos  al  mando  del  segundo 
Comandante  General  carlista  Brigadier  Andéchaga,  pues  los  restantes 
fueron  á  Estella,  tomando  parte,  como  hemos  visto,  en  la  acción  de 
Montejurra,  con  el  Comandante  General  D.  Gerardo  Martínez  de  Ve- 
lasco.  La  izquierda  carlista,  ó  sean  las  Encartaciones  y  la  provincia 
de  Santander,  estaba,  digámoslo  así,  neutral,  A  excepción  de  la  capi- 
tal, la  plaza  fuerte  de  Santoña  y  una  pequeña  columna  liberal  que  te- 
nía su  residencia,  unas  veces  en  Medina  de  Pomar,  otras  en  Castro- 
Urdiales;  pero  que  apenas  se  atrevía  á  hacer  frente  á  los  batallones 
cántabros  que  operaban  por  aquella  parte.  La  importancia  de  la  refe- 
rida columna  liberal  puede  calcularse  con  recordar  las  atrevidas  ex- 
cursiones que  hacía  en  los  pueblos  de  la  provincia  el  Coronel  carlista 
Navarrete,  quien  el  4  de  Octubre  se  permitió  entrar  en  Laredo  con 
cuatrocientos  hombres  de  Infantería  y  cuarenta  caballos,  cobrando 
tranquilamente  un  trimestre  de  contribución  y  duplicando  el  número 
de  sus  ginetes  con  la  requisa  de  ganado.  También  la  División  castella- 
na operaba  por  la  provincia  de  Santander,  corriéndose  á  veces  á  la 
de  Burgos;  ya  para  esta  época,  y  durante  el  breve  mando  del  General 
Palacios,  se  habían  organizado  tres  batallones  y  tres  secciones  de  Ca- 
ballería, reuniendo  para  ello  las  dispersas  fuerzas  de  Ortiz,  Solana, 
los  Hierros  y  otros  atrevidos  guerrilleros. 

Por  la  parte  de  Guipúzcoa  operaba  el  General  carlista  Lizárraga, 
unas  veces  por  la  línea  de  la  costa,  y  otras,  el  mayor  número,  ponien- 
do sitio  á  Tolosa,  cuya  villa  había  tomado  empeño  en  quitar  á  su  an- 
tiguo amigo  y  compañero  en  el  Ejército  de  D.'*^  Isabel  II  el  General  li- 
beral Loma,  veterano  de  la  guerra  de  África,  uno  de  los  más  infatiga- 
bles jefes  de  columna  liberal  desde  el  principio  de  la  campaña  carlista, 
y  que  á  la  sazón  disponía  de  fuerzas  próximamente  iguales  á  las  del 
citado  jefe  carlista,  por  cuya  razón  se  limitaba  á  distraer  á  éste  para 
que  Tolosa  tuviese  más  expedita  su  comunicación  con  Andoain  y  San 
Sebastián,  únicos  puntos  por  donde  podía  ser  socorrida. 

Las  acciones  ocurridas  entre  las  fuerzas  contendientes  durante  los 
meses  de  Septiembre  y  Octubre,  tuvieron  éxito  vario.  Loma,  por  su 
parte,  en  cuanto  disponía  de  algunos  batallones,  salía  de  Andoain,  y 
unas  veces  procuraba  y  otras  conseguía  introducir  convoyes  de  muni- 
ciones y  de  raciones  en  Tolosa,  levantando  el  espíritu  de  su  guarni- 
ción, ayudándola  á  aspillerar  su  recinto  y  á  defenderse  en  mejores 
condiciones,  de  la  circunvalación  carlista.  Otras  veces  se  ponía  Loma 
en  comunicación  con  el  Jefe  que  mandaba  en  la  plaza,  y  apoyaba  al- 
guna salida  de  su  guarnición.  El  14  de  Octubre  intentó  una  la  fuerza 
bloqueada,  al  mismo  tiempo  que  Loma  salía  de  San  Sebastián  con 


—  76  — 

cinco  mil  hombres;  rompióse  el  círculo  carlista,  entró  el  General  repu- 
blicano en  Tolosa,  dejó  en  dicha  villa  mucha  gente  de  refuerzo,  y  re- 
gresó á  Andoain^  no  sin  haber  experimentado  en  la  operación  las  ba- 
jas consiguientes  á  marchar  por  una  carretera  encajonada  entre  mon- 
tes, como  lo  es  aquélla,  y  dominada  en  todo  su  trayecto  por  altísimas 
montañas  de  las  que  eran  absolutos  dueños  los  carlistas.  Tolosa  fué 
efectivamente  socorrida;  pero  al  llegar  de  regreso  el  General  Loma  á, 
Villabona,  habíanse  vuelto  á  reunir  detrás  de  él  los  dos  semicírculos 
en  que  se  habían  dividido  los  batallones  carlistas  guipuzcoanos,  vol- 
viendo á  establecerse  el  bloqueo, 

Lizárraga  tenía  unas  veces  su  cuartel  general  en  Asteasu  y  otras 
en  Larraul.  Desde  allí  distribuía  convenientemente  sus  batallones,  y 
unos  días  por  un  lado,  otros  por  todos  á  la  vez,  rompía  el  fuego  sobre 
los  defensores  de  la  plaza,  mientras  ésta  sufría  también  el  de  los  ca- 
ñones de  Rodríguez  Vera;  otras  veces  la  embestía  de  noche,  hasta  que 
se  agotaban  sus  municiones,  de  manera  que  la  guarnición  de  Tolosa 
podía  decirse  que  no  tenía  un  momento  de  descanso,  ni  de  día  ni  de 
noche.  Posible  hubiera  sido  que,  A  disponer  de  más  fuerza  ó  de  algún 
cañón  de  batir  los  carlistas,  Tolosa  se  les  hubiese  entregado,  aun  de- 
lante de  su  libertador  Loma,  cuyas  tropas  apenas  le  bastaban  para 
guarnecer  Rentería^  Irun,  Astigarraga  y  Hernani. 

Queda  consignado  que  el  Capitán  de  Artillería  Dorda  había  sido 
destinado  á  las  órdenes  del  Comandante  General  Lizárraga,  para  que 
tomando  las  suyas,  se  ocupase  con  preferencia  en  organizar  el  servicio 
fabril  del  Cuerpo  en  una  provincia  donde  abundaban  las  fábricas  de 
armas  é  idóneos  operarios  como  en  ninguna  otra  de  España.  Efecto  de 
la  organización  foral  de  Guipúzcoa,  el  General  Lizárraga  hubo  de 
eontar  en  primer  término  con  el  Diputado  General  Dorronsoro,  hom- 
bre de  entendimiento  clarísimo  y  notable  por  su  gestión  financiera. 
Hízolo  así  también  Dorda_,  y  se  convino  en  que  se  crease  una  fundición 
de  cañones  y  una  Maestranza  de  Artillería,  á  cargo  del  expresado  Ca- 
pitán y  del  Teniente  del  Cuerpo  D.  Leopoldo  Ibarra,  dejando  á  las 
diputaciones  en  entera  libertad  para  la  construcción  y  adquisición  de 
armamento,  y  de  un  taller  de  recarga  de  cartuchos  metálicos  para  la 
Infantería.  ^lás  adelante,  ó  mejor  dicho,  pocos  días  después,  se  esta- 
bleció también  una  fábrica  de  pólvora  de  fusil,  cuyo  importante  ar. 
tículo  se  hacía  cada  vez  más  necesario,  por  lo  diñcil  y  casi  imposible 
que  se  hacía  su  introducción  por  la  frontera  francesa.  La  citada  fábri- 
ca se  estableció  en  Azpeitia_,  al  lado  del  camino  de  Urrestilla,  en  cuya 
instalación  tuvieron  no  pequeña  parte  Dorda  é  Ibarra,  especialísimos 
para  esta  clase  de  industria.  Andando  el  tiempo,  también  se  fabricó  en 


—  77  — 

ella  pólvora  de  cañón,  siendo  Director  facultativo  el  Sr.  Ibarra,  Ingenie- 
ro industrial  y  hermano  de  los  oficiales  de  Artillería  del  mismo  apellido. 
A  la  salida  de  la  citada  villa  de  Azpeitia,  por  el  camino  de  Cestona, 
había  una  antigua  fábrica  para  construir  efectos  de  hierro,  cañones  de 
fusil  y  otros  objetos  del  mismo  metal,  propiedad  del  Sr.  Gurruchaga, 
la  cual  fábrica  se  había  cerrado  desde  la  toma  de  Azpeitia  por  los  car- 
listas_,  en  atención  á  que  su  dueño  había  marchado  á  San  Sebastián 
por  causa  de  sus  opiniones  liberales.  Elegida  dicha  fábrica  por  los  dos 
oficiales  de  Artillería  ya  citados,  á  ambos  les  cabe  la  indisputable  glo- 
ria de  haber  puesto  los  cimientos  á  la  única  dependencia  artillera,  que 
dio  abasto,  con  el  tiempo,  para  dotar  los  cañones  carlistas  de  todo  su 
complicado  y  novísimo  material  de  guerra.  Referir  las  luchas  que  am- 
bos oficiales  sostuvieron  para  allegar  recursos  y  operarios  suficiente- 
mente instruidos,  para  innovar  y  dar  otro  destino  á  los  hombres  y  á 
las  máquinas,  sería  tarea  en  la  que  invertiríamos  muchas  páginas. 
Baste  decir  que^  tanto  Ibarra  como  Dorda,  cumplieron  como  buenos,  y 
que  su  inteligencia  toda,  puesta  al  servicio  de  la  causa  carlista,  unida 
á  la  feliz  inventiva  de  ambos,  sería  suficiente  para  hacer  la  reputación 
de  los  más  entendidos  oficiales  extranjeros.  Por  ahora  dejaremos  este 
asunto,  y  mientras  ellos  llenan  cumplidamente  su  honrosa  misión,  vol- 
vamos á  los  sucesos  militares  que  acaecieron  por  aquella  época  en  la 
provincia  de  Guipúzcoa. 


Insostenible  por  demás  iba  haciéndose  la  situación  de  los  sitiados 
en  Tolosa.  La  de  la  villa  dio  qué  pensar  al  Gobierno  de  Madrid,  y  en 
la  imposibilidad  de  aumentar  la  División  de  operaciones  de  Guipúzcoa, 
hubieron  de  pensar  los  liberales  en  que  el  General  Morlones  fuese  á 
dicha  villa  para  ver  de  mejorar  su  estado  de  defensa,  reuniendo  á  la 
División  del  General  Loma  la  que  operaba  y  había  operado  hasta  en- 
tonces en  Navarra,  siquiera  fuese  por  algún  tiempo. 

Noticioso  el  General  carlista  Olio,  por  sus  confidentes,  del  acuerdo 
de  los  generales  Loma  y  Morlones  para  el  socorro  de  Tolosa,  determinó 
ponerse  en  marcha  el  día  2  de  Diciembre,  como  así  lo  hizo,  acompaña- 
do de  los  batallones  1.",  2.^,  3."  y  5."  de  Navarra  y  la  Batería  de  Mon- 
taña, reuniendo  un  total  de  2,000  hombres.  Al  frente  de  Estella  y  de 
su  Merindad^  dejó  á  su  jefe  de  Estado  Mayor  Argonz  con  el  resto  de  los 
batallones  navarros  y  algunos  alaveses,  para  oponerse  á  cualquier  mo- 
vimiento que  sobre  Estella  ó  su  línea  intentase  la  División  enemiga  que 
operaba  y  se  apoyaba^  como  sabemos^  en  los  fuertes  y  plazas  de  La 
K  ibera. 


—  78  — 

El  referido  día  pernoctó,  pues,  en  Munarriz  y  al  segundo  se  aloj6 
con  la  Artillería  y  los  dos  primeros  batallones  en  Lecumberri,  ocupan- 
do los  restantes  los  pueblos  avanzados  sobre  Betelu  y  Leiza.  El  objeto 
de  Olio  era  impedir  por  cualquier  medio  que  se  operase  la  unión  de  las 
divisiones  Morlones  y  Loma  en  Vera  ú  Oyarzun,  y  que  después  bajasen 
á  Tolosa,  no  sin  antes  haber  destruido  la  naciente  fábrica  de  proyecti- 
les establecida  en  el  primero  de  dichos  puntos.  Al  situarse  en  Lecum- 
berri y  sus  inmediaciones,  el  General  carlista  estaba  en  situación  de 
correrse  por  Benuza  y  sus  montes  y  amenazar  el  flanco  de  Morlones;  ó 
hacerle  retroceder  á  Pamplona  por  temor  á  un  descalabro;  ó  interpo- 
nerse entre  aquel  y  Tolosa  por  Berástegui;  y  por  último,  situarse  sobre 
la  carretera  de  Pamplona  á  Tolosa,  atacando  de  frente  á  Morlones  en 
Dos  Hermanas,  de  donde  únicamente  le  separaban  dos  horas  escasas. 


D.     JOSÉ    LOMA 


Dadas  las  órdenes  oportunas  para  pernoctar,  recibió  Olio  una  confi- 
dencia de  Pamplona  y  otra  de  Estella,  de  su  Jefe  de  Estado  Mayor; 
ambos  le  decían  que  acudiese  lo  más  pronto  posible  á  esta  ciudad,  pues 
aquella  misma  mañana  habían  sabido  de  una  manera  positiva  que,  ad- 
vertido Morlones  de  la  marcha  de  Olio,  había  empezado  á  mover,  no 
sólo  sus  batallones  en  dirección  á  Tafalla  y  Los  Arcos,  sino  su  Artille- 
ría y  algunas  piezas  de  grueso  calibre,  entre  las  que  se  contaban  va- 
rios morteros:  que  estas  operaciones  tenían  sin  duda  por  objeto  aprove- 
charse del  abandono  de  fuerzas  en  que  habían  quedado  La  Solana  y 
Estella  (á  pesar  de  no  hallarse  lejos  el  Brigadier  Mendiry  con  los  ala- 


—  79  — 

veses),  para  tomar  esta  plaza  por  medio  de  un  golpe  de  mano.  Posible 
era,  en  efecto,  fnera  este  el  pensamiento  de  floriones;  sin  embargo,  al- 
gunos, y  entre  ellos  el  Coronel  Radica,  aconsejaron  á  Olio  que  desistie- 
se de  socorrer  á  Estella,  pues  si  bien  había  pocas  fuerzas  que  la  defen- 
diesen, no  era  de  suponer  que  desistiera  ^Moriones  de  su  primero  y 
principal  proyecto  de  socorrer  á  Tolosa,  y  que  acaso  fueran  engañosos 
sus  movimientos  hacia  Estella.  Perplejo  anduvo  en  esta  ocasión  el  Ge- 
neral carlista,  por  hallarse  en  disidencia  con  su  Jefe  de  Estado  Mayor; 
pero  pesando  sobre  él  la  responsabilidad  de  la  conservación  de  Estella, 
y  pudiendo  ser  cierta  tal  vez  la  suposición  de  Argonz,  ordenó  deshacer 
el  movimiento  forzando  las  marchas  y  llegando,  por  consiguiente,  con 
sus  navarros  á  Muez  y  Munarriz  al  otro  día.  No  se  hicieron  esperar  Lds 
confidentes,  que  confirmaban  por  el  camino  las  noticias  de  Argonz.  El 
General  carlista  hizo  avanzar  algunas  parejas  de  Caballería  y  esperó 
en  Salinas  de  Oro  la  contestación  de  aquél  respecto  á  los  moviroientos 
del  enemigo:  veamos  ahora  lo  que  había  ocurrido  en  realidad. 

Prevista  por  el  General  Morlones  la  marcha  emprendida  por  OllO;, 
dispuso  que  gran  parte  de  su  División  saliese  de  Pamplona  con  direc- 
ción A  Tafalla,  poniéndose  él  á  su  frente;  en  este  punto  embarcó  algu- 
nos morteros  y  cañones  en  el  ferrocarril  de  Tudela;  hizo  salir  alguna 
fuerza  de  Lerín  y  Tafalla  con  dirección  á  Logroño,  y  él  esperó  en  este 
punto  á  que  sus  confidentes  le  informasen  del  movimiento  de  los  bata- 
llones carlistas,  consecuentes  al  suyo,  como  era  de  suponer.  Aquella 
misma  noche  debió  llegar  á  su  noticia  que  su  marcha  no  era  ignorada 
en  Estella,  máxime  cuando  en  la  estación  de  Tafalla  y  á  presencia  de 
muchos  paisanos,  se  dejó  decir  que  la  Artillería  iba  destinada  á  des- 
truir Estella.  Surtióle  bien  su  estratagema  á  Morlones,  y  sin  perder 
momento,  salió  precipitadamente  para  Pamplona  con  la  mayor  parte 
de  sus  batallones,  y  á  su  llegada  mandó  cerrar  las  puertas  de  la  plaza. 
Después  de  algunas  horas  de  descanso,  de  haberse  racionado,  y  orde- 
nado al  Gobernador  que  no  dejase  salir  á  persona  alguna  hasta  la  una 
de  la  tarde  del  día  siguiente,  bajo  las  más  severas  penas,  con  el  fin  de 
que  los  paisanos  carlistas  de  Pamplona  no  pudiesen  notificarlos  nuevos 
movimientos  de  los  liberales  á  las  tropas  de  Olio  y  Argonz,  salió  Mo- 
rlones con  toda  la  fuerza  disponible  al  amanecer,  franqueó  rápidamen- 
te el  puerto  de  Veíate,  y  por  los  montes  de  Otsondo,  Echalar  y  Lesaca 
fué  á  parar  á  Arichulegui. 

No  es  posible  negar  en  esta  marcha  al  General  republicano  el  atre- 
vimiento y  osadía  que  le  eran  peculiares,  así  como  el  perfecto  conoci- 
miento del  terreno  de  Navarra,  y  sobre  todo  del  carácter  de  sus  paisa- 
nos, y  su  tenacidad  en  la  conservación  de  Estella.   Con  esta  marcha^ 


—  so- 
por todos  conceptos  admirable,  evitó  que  se  le  interpusieran  las  fuerzas 
carlistas,  ahorrando  bajas  á  su  División^  y,  quizás,  un  vencimiento  en 
malas  condiciones.  De  no  haber  obrado  como  lo  hizo,  era  más  que  pro- 
bable que  Olio  hubiera  atacado  á  Moriones  en  aquellos  interminables 
desfiladeros,  impidiéndole  acaso  regresar  á  Pamplona  sin  muchas  pér- 
didas, é  impidiendo  á  la  vez  su  unión  con  Loma. 

Lizárraga,  por  su  parte,  no  pudo  tampoco  impedir  que  Loma  se 
uniese  con  Moriones,  porque  todos  los  batallones  de  su  División  se  ha- 
llaban en  el  cerco  de  Tolosa,  para  que  su  guarnición  no  saliese,  excep- 
to cuatro  ó  seis  compañías  que  se  hallaban  en  observación  de  la  carre- 
tera de  Andoain,  con  el  río  por  medio.  También  se  susurraba  en*  su 
Cuartel  General  de  Larraul  que  Santa  Cruz,  el  famoso  cura  de  Her- 
nialde,  había  entrado  en  Guipúzcoa,  y  que  acompañado  de  sus  anti. 
guos  partidarios  del  primer  Batallón  y  algunos  oficiales  del  país,  trata- 
ba de  quitar  el  mando  de  la  provincia  á  Lizárraga.  Más  adelante 
veremos  las  funestas  consecuencias  que  produjeron  estas  disensiones  en 
Guipúzcoa,  de  las  que  oportunamente  se  aprovechó  el  enemigo  para  lo- 
grar á  menos  costa  sus  intentos. 

Noticioso  Olio,  en  Salinas  de  Oro,  de  que  Moriones  se  había  aprove- 
chado de  su  movimiento  de  retroceso  para  pasar  Veíate,  y  sin  embargo 
de  calcular  no  llegaría  ya  á  tiempo  de  impedirle  la  unión  con  Loma, 
volvió  á  emprender  la  marcha,  pernoctando  el  primer  día  en  el  valle 
de  Olio,  con  sus  batallones,  y  al  siguiente  en  Lecumberri  por  segunda 
vez.  Perdida  la  primera  partida,  quiso  Olio  disputar  en  buenas  posicio- 
nes la  segunda,  para  lo  cual  avanzó  por  Leiza  hasta  Berástegui,  alo- 
jándose en  este  punto  con  la  Batería  y  los  batallones,  excepto  el  1.*', 
que  lo  hizo  en  Elduayen,  al  pié  mismo  de  los  montes  de  Velabieta. 

En  la  plaza  de  Berástegui  hallábase  á  nuestra  llegada  el  Coronel 
Felíu,  Jefe  de  Estado  Mayor  carlista  de  Guipúzcoa,  con  algunos  oficia- 
les, para  ponerse  de  acuerdo  con  el  General  navarro,  en  nombre  de  su 
Comandante  General,  á  fin  de  ocupar  entre  ambas  divisiones  tales  po- 
siciones que  se  estorbase  el  abastecimiento  de  Tolosa,  ó  por  lo  menos 
que  el  socorro  no  llegase  sin  experimentar  los  liberales  grandes  bajas 
y  detenciones  en  el  trayecto  de  Andoain  á  la  plaza  bloqueada.  Graves 
sucesos  habían  ocurrido,  sin  embargo,  la  noche  anterior  á  la  División 
carlista  de  Guipúzcoa,  según  el  relato  que  nos  hizo  el  Coronel  Felíu. 


Desgraciadamente  para  los  carlistas,  se  habían  realizado  las  sospe- 
chas que  abrigaba  Lizárraga  sobre  el  famoso  cura  Santa  Cruz.  El  pri- 
mer Batallón  de  Guipúzcoa,  compuesto  en  su  mayor  parte  de  los  anti- 


—  81  — 

guos  partidarios  del  cura,  se  le  había  unido  para  volver,  sin  duda,  á 
hacer  la  vida  errante  de  las  montañas,  más  apetecible  para  ellos  que 
la  disciplina  militar,  arrastrando  á  algunos  otros  oficiales  y  volunta- 
rios guipuzcoanos,  unos  de  grado  y  otros  por  fuerza,  y  aprisionando  á 
bastantes  jefes  del  país,  entre  ellos  á  Iturbe,  Emparán,  Vicuña  y  otros, 
amenazándoles  con  ser  fusilados  si  no  se  unían  á  los  revoltosos.  Así  las 
cosas,  adelantaron  éstos  en  ademán  hostil  hacia  Larraul,  donde  se  en- 
contraba el  General  Lizárraga  con  sus  mermadas  fuerzas  y  la  sección 
de  Artillería. 

Sabedor  el  General  carlista,  por  algunos  voluntarios  que  se  habían 
separado  del  cura,  de  los  propósitos  de  éste^  salió  inmediatamente  de 
su  alojamiento,  montó  á  caballo,  y  acompañado  de  algunos  jefes  lea- 
les, hizo  tocar  llamada,  reunió  las  compañías  que  de  distintos  batallo- 
nes se  hallaban  en  el  pueblo,  y  les  arengó  enérgicamente,  diciéndoles 
que  él  estaba  de  Comandante  General  de  la  provincia  por  Don  Carlos, 
que  éste  había  declarado  rebelde  al  cura  Santa  Cruz,  que,  por  consi- 
guiente, contaba  con  ellos  para  mantener  la  prerrogativa  regia,  y  que 
estaba  decidido  á  desarmar  á  los  turbulentos,  á  todo  trance,  contando 
con  su  lealtad  y  sumisión  á  las  órdenes  de  Don  Carlos. 

Aclamado  por  aquellas  escasas  fuerzas  Lizárraga,  y  resuelto  á  re- 
sistir con  ellas  el  combate  que  entre  batallones  hermanos  iba  sin  duda 
á  verificarse  á  la  aproximación  del  cura,  quiso,  á  pesar  de  todo,  evitar 
el  probable  derramamiento  de  sangre,  y  comisionó  al  Teniente  Coronel 
de  Artillería  Rodríguez  Vera  para  que,  avistándose  con  aquél,  cono- 
ciera claramente  sus  intenciones  y  obrar  en  consecuencia. 

Partió  el  citado  jefe  de  Artillería;  se  encontró  á  la  fuerza  sublevada 
no  lejos  del  pueblo,  y  pidió  le  condujeran  á  la  presencia  de  Santa  Cruz. 
Este  hubo  de  recibirle  con  el  carácter  de  parlamentario,  y  le  dijo  que 
su  venida  tenía  por  objeto  levantar  el  espíritu  de  la  provincia,  pues 
que  desde  que  Lizárraga  había  tomado  el  mando,  nada  se  había  hecho 
de  notable;  que  contaba  con  bastantes  bayonetas  para  sublevar  el  resto 
de  los  que  aún  obedecían  y  respetaban  la  escasa  popularidad  de  Lizá- 
rraga, y  juntos  todos  después,  buscar  y  batir  á  Loma,  donde  quiera  se 
encontrase.  Hízole  presente  Rodríguez  Vera  la  misión  de  que  iba  en- 
cargado, le  hizo  todas  las  reflexiones  que  su  ilustración  y  conocimiento 
de  la  guerra  le  sugirieron,  apelando  á  sus  ideas  y  patriotismo  para  que 
evitase  una  colisión  entre  los  que  defendían  una  misma  bandera,  má- 
xime en  vísperas  de  una  batalla,  de  cuyo  éxito  fatal  pudiera  desde 
luego  culpársele  en  lo  porvenir.  No  dejaron  de  hacer  mella  en  el  gue- 
rrillero guipuzcoano  las  reflexiones  de  Vera;  pero  le  despidió,  amena- 
zándole con  ser  fusilado  si  insistía  en  sus  apreciaciones. 

6 


—  82  — 

Al  dar  cuenta  Rodríguez  Vera  á  Lizárraga  del  resultado  de  su  ges- 
tión, encontró  á  los  batallones  en  mejor  sentido  que  á  su  salida  de  La- 
rraul,  y  decididos  á  rechazar,  en  un  todo,  la  fuerza  con  la  fuerza. 
Unido  esto  á  la  presentación  en  grupos,  más  ó  menos  numerosos,  de  los 
insurrectos  que  se  separaban  del  cura,  cobró  más  ánimo  el  General 
carlista,  y  salió  de  sus  acantonamientos  dispuesto  á  batir  á  aquél  en 
cuanto  le  viese.  Cada  vez  iban  siendo  más  numerosos  los  grupos  que 
en  el  camino  se  le  incorporaban,  los  cuales  solicitaban  el  perdón  del 
General,  alegando  que  habían  sido  víctimas  de  un  engaño,  y  que  con- 
vencido el  cura,  por  fin,  de  que  no  lograría  secundasen  sus  inten- 
tos, había  escapado  hacia  la  frontera,  acompañado  de  algunos,  aunque 
muy  pocos,  de  sus  más  allegados.  Poco  á  poco  fué  renaciendo  la  con- 
fianza entre  unos  y  otros,  no  vertiéndose  más  sangre  que  la  de  un 
Comandante  guipuzcoano  que  fné  hecho  prisionero  y  uno  de  los  que 
entraron  en  Larraul  para  arrastrar  á  la  sedición  las  tropas  de  Lizá- 
rraga. 

Poco  tiempo  tardaron  éstas  en  reorganizarse;  pero  no  antes  de  que 
el  enemigo  se  aprovechase  de  estos  disturbios  á  los  dos  días  de  acae- 
cidos. 

Impresionado  el  General  Olio  con  el  relato  del  jefe  de  Estado  Mayor 
Felíu;  pero  dispuesto  á  contener  con  sus  faerzas  la  naciente  indisci- 
plina de  los  guipuzcoanos,  preguntó  repetidas  veces  á  Felíu  si  su  Ge- 
neral contaba  incondicionalmente  con  sus  batallones.  Aquél  le  contestó 
que  creía  que  sí,  que  él  se  quedaría  á  su  lado  al  frente  de  algunas 
compañías  de  Guipúzcoa,  como  conocedoras  del  terreno  en  que  proba- 
blemente se  habría  de  operar,  poniendo  antes  en  noticia  de  Lizárraga 
el  plan  de  Olio,  el  cual  se  reducía  simplemente  á  defender  las  posicio- 
nes de  Velabieta  y  sus  estribaciones,  desde  Villabona  á  Andoain,  sobre 
la  carretera  de  Tolosa,  mientras  Lizárraga  hacía  lo  propio  desde  An- 
doain á  Asteasu,  oponiéndose  ambos  de  flanco  á  la  marcha  combinada 
de  los  generales  republicanos,  que  no  podían  marchar  sino  por  la 
carretera,  á  causa  del  convoy  que  escoltaban.  Así  fué,  en  efecto;  con- 
centrados los  batallones  liberales  en  Andoain  y  sus  alrededores,  dispuso 
el  General  Morlones  que  el  General  Loma  forzase  las  posiciones  de 
Lizárraga,  con  su  División,  y  que  el  General  Catalán  hiciese  lo  mismo 
con  las  de  los  navarros. 


No  bien  llegó  el  General  carlista  Olio  á  Elduayen  el  día  10  de  Di- 
ciembre, subió  al  monte  de  Velabieta,  acompañado  de  los  coroneles 
Radica  y  Felíu,  de  los  jefes  de  Artillería  Brea  y  Reyero,  y  de  algunos 


—  es- 
otros, con  el  fin  de  inspeccionar  menudamente  el  terreno^  especial- 
mente por  la  parte  más  próxima  á  Villabona.  Al  llegar  á  las  cimas  más 
elevadas  echó  pié  á  tierra  y  encargó  á  los  artilleros  citados  que  eligie- 
sen los  emplazamientos  más  propios  para  las  piezas.  Partieron,  cada 
uno  de  ellos  en  distinta  dirección,  reconocieron  los  alrededores  y  vol- 
vieron á  dar  cuenta  á  su  General  del  resultado  de  sus  observaciones. 
Ambos  eligieron  el  mismo  punto,  que  lo  era  la  meseta  de  un  monte 
avanzado  sobre  uno  de  los  repliegues  de  la  carretera  de  Tolosa,  desde 
donde  se  descubría  por  la  derecha  un  extenso  campo  de  tiro  hacia 
Andoain,  destacándose  muy  cerca  el  campanario  de  la  iglesia,  y  por 
la  izquierda  se  flanqueaba,  aunque  no  tan  bien,  desde  el  puente  de 
Villabona  hasta  Irura.  Sonrióse  bondadosamente  el  General  carlista  al 
oir  el  acuerdo  unánime  de  los  jefes  comisionados,  quienes,  como  hemos 
dicho,  no  habían  hecho  el  reconocimiento  en  común  ni  se  habían  visto 
después,  y  les  dijo  que  estaba  conforme  con  sus  apreciaciones,  pero 
que  el  sitio  indicado  estaba  muy  avanzado  sobre  el  terreno  en  que  ma- 
niobraría el  enemigo,  que  para  aseguraj-  la  retirada  de  las  piezas  en  el 
caso  de  un  revés  no  podía  desmembrar  sus  dos  mil  hombres  disponi- 
bles, y  que,  por  lo  tanto,  había  resuelto  que  el  día  de  la  acción  le  si- 
guiera de  cerca  la  Artillería  para  maniobrar  á  su  vista  y  á  sus  inme- 
diatas órdenes. 

Las  posiciones  que  se  eligieron  para  la  Infantería  eran  relativa- 
mente buenas,  y  si  Lizárraga  por  su  lado  detenía  el  avance  de  los 
republicanos,  el  General  carlista  Olio,  por  su  parte,  no  se  quedaría 
atrás.  Las  compañías  guipuzcoanas  recibieron  orden  de  conservar  unas 
á  modo  de  trincheras,  ó  mejor  dicho,  atalayas,  porque  el  muro  de  me- 
dio metro  de  espesor,  de  piedras  informes,  que  formaba  los  parapetos, 
nada  defendía  en  caso  de  ataque,  teniendo  los  voluntarios  que  hacer 
fuego  de  rodillas  ó  tendidos  en  posiciones  violentas  á  media  ladera  del 
monte^  y  sólo  podían  servir  para  avisar  los  movimientos  de  los  enemi- 
gos, desde  el  momento  en  que  salieran  de  Andoain. 

Verificado  el  reconocimiento,  regresó  á  Berástegui  011o,  no  sin  an- 
tes haberse  asegurado  del  buen  espíritu  de  los  batallones  navarros,  y 
enviado  un  Ayudante  al  Jefe  de  Estado  Mayor  General  B.  Joaquín 
Elío,  quien  con  dos  batallones,  uno  navarro  y  otro  alavés,  se  aproxi- 
maba al  teatro  de  los  sucesos,  para  que  le  reforzase  con  ellos  en  caso 
de  necesidad,  puesto  que  por  sus  confidencias  particulares  y  por  las 
noticias  recibidas  de  varios  paisanos  de  Andoain  y  Lasarte  había  sa- 
bido la  concentración  de  las  divisiones  de  Loma  y  Moriones  en  el  pri- 
mero de  dichos  puntos,  reuniendo  un  total  de  diez  y  seis  mil  hombres 
con  numerosa  Artillería. 


—  b4  — 

Antes  de  amanecer  el  día  11,  salió  el  General  Olio  hacia  Elduayen, 
disponiendo  al  paso  la  reunión  de  sus  fuerzas  sobre  este  punto,  al  pie 
de  Velabieta,  seguido  de  cerca  por  sus  cuatro  cañones  y  el  Batallón 
2.*^  de  Navarra.  A  su  llegada  á  Elduayen  supo  por  algunos  voluntarios 
guipuzcoanos  que  Felíu  había  n  andado  en  su  busca,  que  los  republi- 
canos habían  salido  de  Andoain  en  dirección  de  las  posiciones  de  Li- 
zárraga  hacia  Asteasu  y  Cirurquil.  Estas  noticias  eran  exactas  y  fue- 
ron confirmadas  por  el  Teniente  Coronel  Vera,  quien  acababa  de  pasar 
por  Villabona  y  venia  á  suplicar  á  Olio  que  se  le  proporcionasen  al- 
gunas granadas  de  la  Batería  de  Navarra,  á  causa  de  haberse  agotado 
las  de  su  Sección  con  el  bloqueo  y  cañoneo  de  Tolosa.  Dicho  jefe  de 
Artillería  había  enviado  días  antes  un  oficial  á  la  fábrica  de  proyecti- 
les de  Vera  para  que  le  trajese  algunas  municiones,  pero  al  verificar 
su  regreso,  tuvo  que  arrojarlas  por  un  despeñadero  en  Arichulegui,  y 
él  y  los  artilleros  que  conducían  los  mulos  estuvieron  para  caer  en 
poder  del  enemigo,  por  en  medio  de  cuyas  columnas  pasaron,  viendo 
en  su  camino  las  espirales  de  humo  de  más  de  cuarenta  casas  de  Oyar- 
zun  quemadas  por  los  soldados  del  General  republicano  Morlones, 
bajo  pretexto  de  ser  carlistas  sus  moradores  y  no  haber  racionado  la 
numerosa  fuerza  que  le  acompañaba.  Enterado  el  General  Olio  de  que 
no  abundaban  las  municiones  en  su  Batería,  ordenó,  sin  embargo,  se 
diesen  cuatro  cajas  á  la  Artillería  de  Guipúzcoa,  las  cuales  se  encargó 
el  citado  Vera  de  dirigir  á  su  destino:  pero  no  pudieron  estas  municio- 
nes llegar  á  tiempo,  porque  en  Villabona  se  encontró  Rodríguez  Vera 
con  que  los  liberales  se  habían  posesionado  ya  del  pueblo,  y  tuvo  que 
regresar,,  pues,  á  Velabieta;,  presenciando  así  parte  de  la  acción  al 
lado  de  sus  compañeros  de  Artillería  de  Navarra. 

Al  llegar  al  alto  del  monte  los  batallones  navarros,  en  cuya  subida 
no  tardaron  menos  de  dos  horas,  ya  se  había  roto  el  fuego  en  las  po- 
siciones del  General  carlista  Lizárraga,  y  con  el  auxilio  de  los  ante- 
ojos pudimos  ver  que  sus  fuerzas  marchaban  en  retirada,  replegándose 
de  cañada  en  cañada  y  de  monte  en  monte  sobre  Asteasu,  Larraul  y 
Alquiza.  El  fuego  era  muy  débil,  á  veces,  por  parte  de  los  carlistas, 
lo  cual  nos  hizo  supon. ;r  desde  luego  cuál  pudiera  ser  la  verdadera 
causa,  que  no  era  otra  sino  la  escasez  de  cartuchos  y  la  relativa  des- 
organización en  que  habían  quedado  los  batallones  guipuzcoanos  por 
la  incalificable  conducta  del  cura  Santa  Cruz. 

Al  mismo  tiempo,  una  columna  bastante  numerosa  salía  de  An- 
doain, cubriendo  la  carretera  desde  este  punto  á  Soravilla,  y  hasta 
'inos  dos  kilómetros  del  puente  de  Villabona.  Visto  esto  por  Olio,  dis- 

o  que  á  la  carrera  se  amparasen  de  las  eminencias  más  avanzadas 


—  85  — 

los  batallones  1."  y  5."^  y  que  rompiesen  el  fuego  en  el  acto  sobre  el 
flanco  y  la  cabeza  de  la  columna,  que  después  se  supo  era  la  Brigada 
Padial,  la  cual  llevaba  en  vanguardia  al  Batallón  de  migueletes.  El 
2.®  Batallón  de  Navarra  con  la  Artillería  y  algunas  compañías  del 
3°,  formaron  la  segunda  línea,  rompiendo  el  fuego  la  Artillería  con 
dos  cañones  rayados  sobre  Andoain,  y  con  los  obuses  sobre  las  masas; 
cumpliéndose  las  órdenes  de  Olio  con  prontitud  y  decisión,  en  términos 
de  hacer  vacilar  por  un  momento  el  avance  de  los  batallones  liberales; 
y  decimos  por  un  momento  solamente,  porque  el  1°  de  Navarra  tuvo 
que  suspender  el  fuego  al  poco  rato,  por  reventarse  algunos  fusiles  y 
porque  los  cartuchos  comprados  en  el  extranjero  eran  de  tan  mala  ca- 
lidad, que  unos  se  atoraban  y  otros  no  funcionaban.  Dicho  batallón 
fué  relevado  enseguida  por  el  2."  de  Navarra;  pero  ya  el  enemigo  ha- 
bía casi  rebasado  la  posición  que  ocupaba  el  primero. 

Mientras  tanto,  los  artilleros  carlistas  habían  tinido  la  fortuna  de 
arrojar  una  granada  en  medio  de  la  plaza  de  Andoain^  según  relato 
de  un  prisionero  hecho  después,  cuya  granada  desordenó  por  algunos 
instantes  las  fuerzas  que  apiñadas  la  ocupaban.  En  cambio,  estaba  tan 
en  embrión  en  aquella  época  la  organización  de  la  Artillería  carlista, 
que  careciendo  de  alzas  las  piezas,  se  veían  obligados  los  oficiales  á 
apuntar  sirviéndose  de  los  dedos,  de  los  sables  y  de  otros  aparatos  tan 
exactos  como  éstos.  La  fabricación  de  espoletas  (de  tiempos,  por  su- 
puesto), estaba  aún  tan  atrasada,  que  la  mayoría  de  los  proyectiles 
huecos  no  reventaban.  A  pesar  de  esto,  tanto  y  en  tales  condiciones 
trabajó  la  Artillería  carlista  en  la  acción  de  Velabieta,  que  hubo  pieza 
en  la  que  sólo  quedaron  en  pie  para  servirla,  el  Jefe  que  esto  escribe 
y  el  sargento  Gorricho^  teniendo  el  General  Olio  que  ordenar  dos  ve- 
ces que  se  retirasen  los  cañones  á  retaguardia  para  evitar  más  bajas, 
y  mereciendo  los  artilleros  los  mayores  elogios  del  General  y  del  2.*^  de 
Navarra,  á  cuyo  lado  combatieron  casi  toda  la  jornada. 

Viendo  Olio  que  se  generalizaba  la  acción,  y  previendo  que  el  ene- 
migo nos  pudiera  acorralar  por  la  desigualdad  de  fuerzas,  mandó  se- 
gundo aviso  al  General  Elío,  que  se  hallaba  en  Leiza  con  dos  batallo- 
nes, para  que  si  á  bien  lo  tenía  le  auxiliase  con  ellos.  El  Jefe  de  Estado 
Mayor  General  carlista  salió,  pues,  de  Leiza,  pero  no  llegó  al  lugar  de 
la  acción  hasta  al  anochecer,  y,  por  consiguiente,  no  pudo  tomar  parte 
en  la  refriega.  Sólo  sí  alcanzó  á  ver  que  los  liberales  no  avanzaban 
de  las  posiciones  que  conquistaron,  sin  duda  por  las  considerables 
bajas  que  habían  experimentado  y  los  peligros  que  les  ofrecería  el 
aventurarse  de  noche  en  aquellos  desfiladeros. 

Flanqueado  el  5.°  Batallón  de  Navarra  por  fuerzas  superiores  y 


—  86  — 

ocupando  el  2."  una  posición  en  que  se  veía  casi  envuelto  por  el  ene- 
migo, dispuso  Olio  la  retirada  de  ambos  por  escalones,  cargando  el 
2.*^  en  dos  mitades,  con  la  mayor  bizarría,  por  dos  veces  consecutivas, 
llevando  á  la  cabeza  A  sus  dos  bravos  jefes  Radica  y  Calderón.  Las 
cargas  fueron  tan  profundas,  que  el  Batallón  apenas  fué  ya  hostigado 
en  su  retirada  por  los  migueletes,  quienes,  como  hemos  dicho,  iban  en 
vanguardia,  y  cuya  fuerza  resistió  el  empuje  con  la  mayor  serenidad. 
El  campo,  la  cañada  y  el  monte  se  vieron  instantáneamente  cubiertos 
de  cadáveres  y  de  las  boinas  encarnadas  de  los  navarros  y  migueletes. 
Allí  fué  herido  dos  veces  el  Brigadier  liberal  Padial,  y  el  2."  de  Nava- 
rra tuvo  doscientas  bajas  entre  muertos  y  heridos;  Calderón  perdió  su 
caballo  y  Radica  rompió  dos  sables.  Por  su  parte,  el  5.^  de  Navarra 
cargó  con  intrepidez  otras  dos  veces,  á  las  órdenes  del  valiente  Mar- 
qués de  las  Hormazas,  quien  salió  contuso  en  un  hombro,  retirándose 
al  fin,  pero  ordenadamente,  á  la  segunda  línea.  La  acción  por  la  dere- 
cha carlista  había  dui'ado  más  de  cinco  horas.  Los  heridos  fueron 
mandados  retirar  á  Elduayen  y  Berástegui,  en  donde  se  habían  im- 
provisado hospitales  de  sangre  durante  el  fuego  por  el  secretario  de 
Olio,  el  Coronel  Torrecilla.  Al  día  siguiente  La  Caridad  proveyó 
abundantemente  á  la  curación  de  heridos,  estableciendo  en  Leiza  una 
sucursal  ambulancia  de  Irache,  á  cargo  del  distinguido  médico  don 
Eduardo  Marín,  á  quien  ya  hemos  tenido  ocasión  de  elogiar  por  su 
conducta  en  la  batalla  de  Montejurra. 

Habiendo  tomado  el  mando  de  los  carlistas  el  General  Elío,  ordenó 
quedasen  algunas  fuerzas  en  Velabieta  y  otros  puntos  avanzados,  y 
que  las  demás  se  retirasen  á  sus  cantones.  Las  bajas  de  los  carlistas 
fueron  muy  numerosas,  aproximándose  á  quinientas;  pero  en  cambio 
las  de  los  republicanos  llegaron  á  dos  mil,  según  confesión  de  un  co- 
misionado de  la  Cruz  Roja,  que  así  se  lo  dijo  al  General  Olio.  Los  ca- 
dáveres fueron  tantos  que  se  tardó  tres  días  en  enterrarlos. 

El  General  Morlones  logró  su  objeto;  abasteció  y  socorrió  á  Tolosa, 
por  medio  de  una  atrevida  marcha  militar;  pero  no  fué  sin  muchas  y 
sensibles  pérdidas.  No  consiguió  levantar  el  bloqueo  de  Tolosa,  cuya 
villa  se  hallaba  ocho  días  después  en  las  mismas  condiciones  que  ante- 
riormente, es  decir,  incomunicada  con  Andoain  y  San  Sebastián,  por 
los  reorganizados  batallones  de  Lizárraga,  y  separada  del  Comandante 
General  de  la  provincia.  Loma;  por  último  vióse  obligado  el  General 
Morlones  á  embarcar  su  fuerza  en  San  Sebastián,  después  de  una  bre- 
ve posesión  de  la  línea  del  Oria,  por  carecer  de  otro  camino  para  re- 
gresar á  Pamplona.  Los  carlistas  no  se  durmieron  sobre»su  vencimien- 
to en  aquella  ocasión:  gracias  á  las  medidas  tomadas  por  los  generales 


—  87  — 

Elío  y  Dorregaray,  acudieron  batallones  alaveses,  navarros  y  hasta 
vizcaínos,  para  interceptar  los  caminos  á  Moriones,  en  términos  que 
su  proverbial  osadía  debió  de  faltarle  entonces,  cuando  prefirió  el  son- 
rojo de  que  el  vulgo  y  los  periódicos  le  llamasen  el  General  pasado 
por  agua,  antes  que  atravesar  las  reforzadas  líneas  de  los  carlistas  del 
Norte. 

Antes  de  concluir  este  capítulo  diremos  algo  con  motivo  de  los  in- 
cendios de  Oyarzun.  Con  un  valor  y  una  justicia  que  le  hom'an  asegu- 
ra el  Corresponsal  de  la  Cruz  Roja  D.  Saturnino  Jiménez  en  su  obra 
Secretos  é  intimidades  del  camjyo  carlista,  que  hubo  incendiarios  en- 
tre los  carlistas  y  entre  los  liberales.  Califica  y  distingue  con  recto 
criterio  los  incendios  estratégicos  de  los  que  solamente  podían  tener 
otro  objeto:  el  de  hacer  daño.  Contrayéndonos  á  los  verificados  en 
Oyarzun,  antes  de  la  acción  de  Velabieta,  diremos  que  no  encontramos 
la  razón  estratégica  de  los  incendios  llevados  á  cabo  por  los  soldados 
liberales,  y  consentidos  ó  por  lo  menos  no  castigados,  que  sepamos, 
por  los  generales  Moriones  y  Loma.  Creemos  no  seiía  fácil  demostrár- 
senos la  necesidad  de  incendiar  una  parte  de  dicho  pueblo;  porque, 
¿se  les  hizo,  acaso,  resistencia  á  las  tropas  en  las  casas?  ¿se  convirtió 
alguna  de  ellas  en  amenaza,  por  su  sólida  construcción  ú  otra  cir- 
cunstancia, para  las  ulteriores  operaciones?  ¿tomaron  parte,  tal  vez, 
los  vecinos  del  pueblo  en  la  lucha?  Verdad  es  que  el  cura  Santa  Cruz, 
con  su  partida,  llevó  á  cabo  en  Guipúzcoa  diferentes  incendios  que 
no  podían  tener  ninguna  razón  de  ser  ni  desde  el  punto  de  vista  mili- 
tar ni  por  ningún  otro  concepto;  pero  nada  tiene  de  común  el  Ejército 
carlista  con  el  citado  cura,  ni  han  de  hacerse  los  carlistas  solidarios 
de  sus  actos,  toda  vez  que  Don  Carlos  de  Borbón  dio  á  sus  Generales 
orden  para  que  se  fusilase  al  desdichado  cura  donde  quiera  que  fuese 
habido.  Y  sin  embargo,  cita  el  Sr.  Jiménez  el  incendio  de  las  casas 
fortificadas  por  los  carabineros  cerca  del  puente,  y  el  puente  mismo 
de  Endarlaza;  pero  situación  muy  especial  tenían  aquel  puente  y 
aquellas  casas  como  puntos  militares,  en  el  límite  de  Guipúzcoa  y  Na- 
varra, á  dos  pasos  de  la  fábrica  carlista  de  Vera,  á  donde  podían  tras- 
ladarse las  guarniciones  de  Behovia  é  Irún  en  dos  horas,  por  una 
buena  y  cómoda  carretera.  Sin  perjuicio  de  volver  á  tratar  cuantas 
veces  ocurra,  en  el  curso  de  estos  apuntes,  la  cuestión  de  incendios, 
diremos^  por  de  pronto,  que  con  presencia  del  mapa  y  visitando  el 
terreno  como  nosotros  lo  hemos  visitado,  es  como  apreciarse  pueden 
las  razones  estratégicas  que  aconsejan  á  veces  al  militar  las  medidas 
más  incomprensibles,  dolorosas  y  violentas. 


D.    AIírONIO    DIEZ    MOGROVEJO 


Capitulo  VIII 


La  Noche  Buena  de  campaña  en  1859  y  1873 


REALMENTE  los  viejos  sólo  vivimos  dc  recuerdos:  hoy,  pues,  nos 
proponemos  dar  de  mano  á  los  estudios  que  llevamos  hechos  so- 
bre la  campaña  carlista,  refiriendo,  en  cambio,  diversos  incidentes  que 
en  la  Natividad  del  Señor  nos  ocurrieron  en  las  fechas  arriba  citadas, 
con  catorce  años  de  intervalo  entre  ellas  y  al  través  de  los  veintitrés 
que  han  transcurrido  ya  desde  la  última. 

La  primera  fecha  me  cogió  en  África.  El  Regimiento  de  Artillería 
á  caballo  (del  cual  era  yo  entonces  teniente)  había  acampado  días  an- 
tes en  las  alturas  del  Otero,  á  la  vista  de  nuestra  formidable  plaza  de 
Ceuta,  en  unión  de  los  regimientos  2.°  y  3.°  montados,  es  decir,  tres 
baterías  de  cada  uno,  porque  en  la  Península  quedaba  en  depósito  una 
Batería  de  cada  Regimiento  para  atender  á  las  bajas  de  gente  y  gana- 
do que  hubiera  necesidad  de  reemplazar.  Yo  pertenecía  á  la  que  de  mi 
Regimiento  quedó  en  Madrid;  pero  aviniéndome  mal  con  aquella  forza- 


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da  situación  puesto  que  no  podía  formar  parte  de  un  Ejército  que  yo- 
pensaba,  y  pensaba  bien^  que  había  de  cubrirse  de  gloria,  solicité  y 
procuré  por  cuantos  medios  me  sugirió  mi  impaciente  deseo,  que  se  me 
destinase  á  alguna  de  las  baterías  que  salieron  á  campaña,  no  siendo 
pequeña  mi  fortuna  al  lograr  conseguirlo,  porque  la  verdad  es  que  to- 
dos los  militares  españoles  deseábamos  ir  á  batirnos  por  el  honor  patrio 
enfrente  de  los  eternos  enemigos  de  nuestra  Religión  y  nuestra  raza; 
así  que  al  que  no  le  tocaba  en  suerte  el  ser  destinado  al  Ejército  expe- 
dicionario, le  costaba  un  verdadero  triunfo  poder  marchar  al  fin  á 
África.  Pasé,  pues,  de  la  3.^  Batería  á  la  2.''*^,  mandada  con  singular 
acierto  por  el  hoy  veterano  Mariscal  de  Campo  D.  Agustín  Ruiz  de  Al- 
calá, uno  de  los  más  dignos  y  brillantes  generales  del  Ejército;  y  per- 
dóneseme esta  falta  de  modestia  al  recordar  que  milité  á  sus  órdenes 
en  África,  porque  me  envanezco  todavía  de  que  fuese  citada  con  enco- 
mio nuestra  Batería  por  el  insigne  escritor  D.  Pedro  Antonio  de  Alar- 
cón  en  su  Diario  de  un  testigo  de  la  guerra  de  África  (1),  así  como  por 
haber  felicitado  cordialmente  el  General  en  Jefe  D.  Leopoldo  O'donell 
á  nuestro  dignísimo  Coronel  D.  Jacobo  Gil  de  Avalle,  ilustrado  y  biza- 
rro Jefe  de  la  Brigada  de  á  Caballo,  que  había  sido  promovido  á  Te- 
niente del  Cuerpo  en  1835,  que  había  ganado  la  Cruz  de  San  Fernando 
en  la  primera  guerra  civil,  á  quien  tuve  el  honor  de  conocer  siendo  él 
profesor  y  yo  cadete  en  el  Alcázar  de  Segovia^  de  quien  fui  más  tarde 
subordinado  en  la  Brigada  de  á  Caballo,  y  admirador  (como  todos  los 
jefes  y  oficiales)  del  paternal  afecto,  exquisito  tacto  y  singulares  dotes 
de  mando  del  inolvidable  D.  Jacobo,  quien  durante  la  guerra  de  Áfri- 
ca, y  por  sus  servicios,  fué  ascendido  á  Brigadier,  teniendo  la  alta  hon- 
ra de  que  al  felicitar  al  insigne  General  en  Jefe  del  Ejército  de  África 
por  su  elevación  al  Ducado  de  Tetuán,  le  contestase  aquel  caudillo,  de 
tanta  valía  como  frialdad  de  carácter^  que  era  de  su  deber  manifestar- 
le, á  su  vez,  que  el  feliz  éxito  de  la  batalla  se  había  debido  en  gran 
parte  al  valor  y  brillante  comportamiento  de  la  Brigada  de  Artillería 
del  digno  mando  de  Gil  de  Avalle. 

«El  enemigo  que  vamos  á  combatir,  nos  había  dicho  el  ilustre  Conde 
»de  Lucena,  es  astuto  y  valiente,  y  la  campaña  que  vamos  á  empren- 
»der  será  dura  y  penosa...»  Por  consiguiente,  organizóse  el  servicio  co- 


(1)  Describiendo  Alarcón  la  batalla  de  Tetaán,  dice  así  en  la  página  166  de 
la  expresada  obra:  «..  Y  nuestra  Artillería  avanza  siempre;  corriendo  y  dispa- 
»rando,  estrechando  cada  vez  más  en  un  círculo  de  bronce  el  codiciado  campa- 
»mento  enemigo.  Las  baterías  de  á  caballo  se  baten  en  guerrilla...  Hay  una,  la^ 
»del  Capitán  Alcalá,  que  gallardea  enteramente  delante  de  los  cañones  marro- 
»quies.« 


—  90  — 

mo  si  las  baterías  hubieran  sido  unidades  independientes,  dentro  por 
supuesto  de  la  unidad  de  mando  de  nuestro  digno  Coronel.  Este  dulcifi- 
có aquel,  estableciendo  como  tesis  general  que  al  montar  á  caballo 
ocupara  cada  cual  su  puesto  reglamentario;  pero  que  en  campamento, 
ó  sea  en  el  estado  de  paz  dentro  de  la  guerra,  se  suprimieran  las  guar- 
dias á  cambio  de  una  vigilancia  rigurosísima  de  noche,  durante  la 
cual  se  dividían  las  horas  desde  la  retreta  á  la  diana  entre  los  cuatro 
oficiales  de  cada  batería,  haciéndose  fuera  del  recinto  del  campamento 
y  delante  de  la  línea  de  centinelas. 

Tuvimos  la  fortuna  de  contar  entre  los  tenientes  á  D.  Ramón  Fer- 
nández de  Córdoba  (hoy  General  de  Brigada)  que  acababa  de  llegar  de 
Crimea,  y  por  tanto  fué  nuestro  maestro  en  acampar,  buscar  manteni- 
mientos y  hacernos  más  llevadera  la  vida  en  un  país  que  carecía  de 
pueblos  y  de  acantonamientos.  Una  campaña  de  aquella  índole  nos  co- 
gía á  todos  de  nuevo,  pero  gracias,  repitO;,  á  nuestro  querido  compañe- 
ro, no  nos  faltó  nunca  el  necesario  y  confortable  descanso  y  alimento 
■de  que  no  todos  disfrutaban.  Fiados  en  su  experiencia,  le  entregamos, 
entre  todos^  los  fondos  suficientes  para  que  se  adquirieran  en  Jerez  y 
Cádiz  multitud  de  latas  de  variedad  de  couserv^as,  garbanzos,  postres 
y  otros  comestibles  por  mayor,  con  los  cuales  se  llenaron  dos  enormes 
cajas  que  á  lomo  conducía  una  acémila  de  nuestra  propiedad,  y  baste 
decir  que  no  uno,  sino  muchos  días  disfrutamos  de  gazpachos  y  ensala- 
das. Por  cierto  que  al  regresar  de  noche  después  de  haber  adquirido  en 
la  Escuadra  lo  necesario  para  esta  líltima,  se  equivocó  de  campamento 
el  conductor,  y  á  poco  cae  en  el  de  los  moros:  tan  próximos  estaban. 
Hasta  se  llegó  á  formar  un  corral  con  gallinas  y  pollos.  ¡Cuánto  se  lo 
agradecíamos  todos  al  bueno  de  Córdoba! 

Al  fondear,  digámoslo  asi,  ó  sea  al  marcársenos  el  sitio  donde  de- 
bíamos acampar,  entre  el  otro  teniente  Levenfeld  (1)  y  yo,  nos  ocupá- 
bamos en  establecer  el  campamento  siempre  en  la  forma  siguiente:  los 
cuatro  cañones  en  los  ángulos  de  un  cuadrado;  los  carros  de  municio- 
nes en  la  mitad  de  sus  lados;  de  carruaje  á  carruaje  se  tendían  prolon- 
gas á  las  que  se  sujetaba  el  ganado,  que  comía  en  los  morrales  su  pien- 
so, acompañándolo  con  heno  en  vez  de  paja.  En  el  centro,  formando 
calles  paralelas,  se  establecían  las  tiendas-abrigos  de  los  artilleros^  y 
en  medio  la  de  oficiales    que  era  de  las  llamadas  cónicas. 


(1)  Este  querido  compañero  nuestro  D.  Federico  Levenfeld  falleció  hace  bas- 
tantes años,  siendo  ya  Teniente  Coronel,  secundo  jefe  de  la  Academia  de  Sego- 
via  y  ocasionando  su  temprana  muerte  profundo  sentimiento  eu  todo  el  Cuerpo 
de  Aitillería.  ¡Descanse  en  paz! 


—  91  — 

Mientras  tanto,  el  Capitán  cuidaba  de  que  los  ordenanzas  situaran 
nuestra  casa;  hacia  bajar  las  camas  de  campaña  de  las  entrecajas  de 
municiones  donde  iban  durante  las  marchas,  y,  por  último,  Córdoba 
con  los  asistentes  se  encargaba  de  buscar  leña  y  establecer  la  cocina. 
Debido  á  este  buen  orden,  que  no  se  alteró  nunca,  al  terminar  nuestro 
cometido  los  oficiales  de  servicio,  ó  sea  próximamente  á  las  dos  horas, 
las  camas  ocupaban  ya  su  lugar,  y  la  comida,  compuesta  invariable- 
mente de  un  plato  de  carne  y  de  arroz  (de  las  raciones  que  se  nos  da- 
ban) y  otro  de  pollos,  perdices  ó  pescados  en  conserva,  postres,  entre 
los  que  siempre  había  carne  de  membrillo  por  causa  del  cólera^  regado 
todo  con  excelente  vino,  también  de  ración,  siendo  algunas  veces  de 
Jerez,  regalado  por  los  cosecheros  al  Ejército;  se  servía  después  hu- 
meante y  en  sendas  tazas  el  café,  y  dicho  se  está  que  todo  nos  parecía 
magnifico  y  que  jamás  faltaba  el  buen  humor  en  una  Batería  en  la  que 
casi  todos  éramos  menores  de  edad. 

Nuestra  vida  dependía  siempre  del  deseo-más  ó  menos  grande  que 
de  combatir  teníamos  moros  y  cristianos.  Al  montar  á  caballo,  previo 
el  abatir  tiendas  y  colocarnos  en  correcta  formación  de  ataque,  cada 
«ual  ocupaba  su  puesto  y  procurábamos  todos  cumplir  como  buenos, 
no  sólo  como  previene  la  ordenanza  y  nuestro  propio  honor  y  espíritu 
nos  aconsejaba,  sino  porque  aquella  guerra  era  sin  cuartel,  y  pobre 
del  que  caía  vivo  en  manos  de  los  enemigos. 

Los  días  en  que  no  había  fuego,  que  eran  bastante  raros,  montába- 
mos á  caballo^  y  nuestro  mayor  goce  era  recorrer  los  demás  campa- 
mentos para  ver  á  los  amigos  (allí  todos  lo  éramos  de  todos),  buscar  á 
los  cabos  carteros  que  diariamente  nos  traían  noticias  de  la  querida 
España  y  de  nuestros  padres,  parientes  y  amigos,  y  en  cada  pico  ó 
meseta  de  los  montes  sacábamos  les  jumelles  marines  de  que  íbamos 
provistos  para  ver  si  entreveíamos  algo  de  la  vida  de  los  campamentos 
ó  vivacs  de  los  moros. 

¡Dígasenos  si  esto  no  era  divertidol 

Se  me  olvidaba  quizás  lo  principal:  me  refiero  á  la  diana  en  que  al 
rayar  el  día,  y  que  duraba  á  veces  una  hora,  rompían  simultáneamen- 
te las  músicas  de  los  regimientos  de  Infantería,  las  alegres  charangas 
de  los  cazadores  y  los  severos  clarines  de  Caballería  y  Artillería  Mon- 
tada. Teníamos  nosotros  un  trompeta  que  se  llamaba  Mirafuentes,  cu- 
yos agudos  y  prolongados  puntos  de  atención  llamaban  la  de  todos  los 
-campamentos  circunvecinos.  El  despertar  temprano  siempre  se  nos 
hizo  muy  cuesta  arriba,  menos  entonces,  porque  había  una  emulación 
tal  entre  todas  las  bandas,  inventaban  tal  cúmulo  de  dianas,  á  cual 
más  sonoras  y  brillantes,  que  bien  sabe  Dios  no  nos  dolería  nada  vol- 


—  92  — 

verlas  á  escuchar  á  pesar  de   hallarnos   ya   en   el   ocaso   de   la  vida. 

Cuando  permanecíamos  más  de  un  día  en  los  campamentos,  se 
hacía  la  tienda  á  la  manera  de  los  turcos,  para  encontrar  más  como- 
didad dentro  de  ella,  bajo  la  dirección  del  Teniente  Córdoba,  quien 
como  ya  hemos  dicho  había  estado  en  la  guerra  de  Crimea.  Consistía 
esto  "en  ahondar  más  de  un  metro  toda  la  superficie  donde  estaba  si- 
tuada la  tienda,  á  excepción,  como  es  consiguiente,  del  sitio  en  que 
estaba  el  palo  central,  entrando  en  aquella  por  tres  ó  cuatro  escalones 
de  tierra,  y,  por  tanto,  ya  podíamos  estar  siempre  de  pie,  sin  tener 
que  doblar  el  cuerpo  como  en  las  tiendas  ordinarias.  ¡Eran  una  gran 
cosa  estas  tiendas!  ¡No  las  hubiéramos  cambiado  ninguno  de  nosotros 
por  los  mejores  salones  de  la  Corte! 

Lo  único  que  de  cuando  en  cuando  nublaba  nuestras  frentes  era  el 
recrudecerse  la  epidemia  colérica  y  ver  extinguirse  tanta  existencia 
querida.  Salvo,  pues,  este  ligero  paréntesis,  el  canto  de  los  soldados^ 
el  rasgueo  de  las  guitarras  y  el  buscar  ó  rechazar  al  enemigo^  eran 
goces  que  nunca  como  entonces  hemos  podido  disfrutar. 

Alguna  vez;  y  esto  precisamente  ocurrió  en  la  célebre  noche  de 
Navidad,  piísábamos  algunos  instantes  de  amargura  cuando  el  venda- 
val y  la  lluvia  echaban  por  tierra  nuestras  casas  de  lienzo;  cuando  los 
ligeros  catres  de  campaña  sobrenadaban  en  las  lagunas  en  que  se  con- 
vertía nuestro  campo,  y  cuando  nuestros  esfuerzos  resultaban  impo- 
tentes contra  el  temporal,,  se  nos  caía  el  lienzo  empapado,  y  el  agua 
corría  por  el  cuerpo  en  todas  direcciones.  Aquella  noche  la  pasamos 
así,  y  cuando  preferimos  echarnos  fuera  de  nuestra  mansión  á  buscar 
mejores  horizontes  ó  casas  más  firmes,  nos  refugiamos  en  la  única  que 
permanecía  en  pie,  próxima  á  la  nuestra,  ocupada  por  los  oficiales  de 
la  l.'"^  Batería,  entre  los  cuales  figuraba,  por  cierto,  el  Teniente  D.  Juan 
de  Mesa,  hoy  General  de  Artillería,  quien  andando  los  tiempos  (en  el 
famoso  22  de  Junio  de  1866)  se  ganó  la  Cruz  laureada  de  San  Fernan- 
do, y  á  cuya  inalterable  amistad  y  compañerismo  somos  deudores  los 
artilleros  carlistas  de  la  defensa  que  en  plena  mesa  redonda  del  hotel 
de  Vitoria  hizo  de  nosotros  más  tarde,  cuando  la  guerra  civil,  á  riesgo 
tal  vez  de  provocar  un  lance  personal  con  otros  jefes  del  Ejército  libe- 
ral que  se  permitieron  calificar  de  una  manera  inconveniente  nuestra 
decisión  por  Don  Carlos.  Y  á  fuer  de  agradecido,  consagro  al  caba- 
lleroso y  querido  compañero  el  testimonio  de  la  más  profunda  gratitud 
en  mi  nombre  y  en  el  de  todos  los  jefes  y  oficiales  del  Señor  Don  Car- 
los de  Borbón. 

Como  decíamos,  aquella  noche  del  24  de  Diciembre  de  1859,  los 
oficiales  de  la  2.*  Batería  de  á  caballo,  al  ver  por  el  suelo  nuestra 


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tienda  de  campaña,  destrozada  por  e]  temporal,  nos  refugiamos  en  la 
de  los  oílciales  de  la  1.^  Batería,  quienes  también  sostenían  porfiada 
lucha  con  el  vendaval  para  mantener  en  pie  la  suya:  unimos  nuestros 
esfuerzos  á  los  suyos,  y  por  fin  logramos  entre  todos  que  no  corriese 
igual  suerte  que  la  nuestra  y  que  las  de  la  mayor  parte  del  campa- 
mento, pasando  en  tan  divertida  tarea  toda  la  noche,  hasta  que  al  ama- 
necer cesaron  el  viento  y  la  lluvia  como  por  ensalmo. 

— ¿T  á  esto  llamarán  Noche-Buena? — decíamos,— ¡vaya  una  noche! 

En  cambio  nuestro  despertar,  ó  mejor  dicho,  la  diana  que  los  en- 
ronquecidos trompetas  y  músicos  entonaban  fué  acompañada  de  un 
fuego  general  con  que  nos  obsequiaron  los  moros.  Ya  se  ve,  pensando 
en  que  la  Natividad  del  Señor  sería  celebrada  por  nosotros  con  sen- 
das libaciones,  creyeron  sin  duda  que  no  tendríamos  ánimos  para  ha- 
cerles frente,  y  ¡qué  chasco  se  llevaron! 

Precisamente,  como  la  inundación  había  sido  general  en  todos  los 
campamentos,  nos  cogió  á  todos,  no  sólo  prevenidos,  sino  con  verda- 
dero deseo  de  exterminarlos,  así  es  que  volamos  todos  á  ocupar  nues- 
tros puestos  con  más  entusiasmo  y  con  más  rabia  que  nunca:  jugó 
bastante  la  Artillería,  dio  brillantes  cargas  á  la  bayoneta  nuestra  In- 
fantería, y  fué  en  un  todo  glorioso  para  nuestras  armas  aquel  combate, 
en  el  cual  recordamos  que  se  distinguió  el  entonces  Brigadier  D.  An- 
tonio Diez  Mogrovejo,  á  quien  quince  años  después  vimos  en  el  Norte 
de  Comandante  General  carlista  de  Castilla. 

Como  este  valiente  veterano,  fueron  también  muchos  los  jefes  y 
oficiales  que  tomaron  parte  en  la  gloriosa  campaña  de  África,  y  que 
más  tarde  fueron,  así  mismo,  nuestros  compañeros  de  armas  en  el 
Ejército  carlista:  entre  ellos  recordamos  en  este  momento  áD.  Joaquín 
Llavanera,  que  fué  á  África  de  Teniente  Coronel  de  Estado  Mayor; 
D.  Antonio  Dorregaray  y  D.  José  García  Albarrán,  que  tanto  se  dis- 
tinguieron, el  primero  de  Comandante  de  los  presidiarios  armados,  y 
el  segundo  de  Comandante  de  Cazadores  de  Madrid;  D.  León  Martínez 
Fortún,  que  era  Ayudante  de  Campo  del  General  Makenna;  D.  Nicolás 
Olio,  D.  Antonio  Lizárraga,  D.  Prudencio  Ayastuy  y  D.  José  Ruiz  de 
Larramendi,  que  fueron  á  aquella  guerra  de  capitanes  de  Infantería; 
los  entonces  tenientes  de  Artillería  D.  José  Pérez  de  Guzmán  y  D.  Ma- 
nuel Fernández  Prada;  D.  Juan  Francesch,  Teniente  de  Ingenieros 
por  aquella  época;  el  Marqués  de  las  Hormazas,  D.  Ensebio  Rodríguez, 
D.  Venancio  Eyaralar  y  D.  Telesforo  Sánchez  Naranjo,  tenientes  de 
Infantería  y  los  alféreces  de  la  misma  arma  Barón  de  Sangarrén,  don 
Marcelino  Martínez  Junquera,  D.  Ramón  Inestrilla  y  D.  Leonardo  Ga- 
rrido. 


—  94  — 

Allá  en  la  c^loriosa  campaña  de  África  tuvimos  la  satisfacción  de 
estar  con  ellos,  como  con  D.  Juan  de  Dios  Córdova,  D.  Emilio  Terrero, 
D.  José  López  Domínguez^  D.  Sabas  Marín,  D.  Clemente  Velarde,  los 
marqueses  de  Mancera  y  de  los  Castel Iones,  D.  Eduardo  Bermudez 
Reina,  D.  Miguel  y  D.  Rafael  Correa,  D.  Ramón  España,  D.  Luís  He- 
nestrosa_,  D.  Manuel  de  la  Cerda,  D.  Agustín  Ruiz  de  Alcalá,  D.  Carlos 
O'donell  (hoy  Duque  de  Tetuán),  D.  Ramón  Córdova,  D.  Fernando 
Vega  Inclán,  D.  Juan  Mesa,  D.  Juan  Sevilla,  los  condes  de  Mirasol,  de 
la  Cimera,  de  Manila  y  de  Clavijo,  D.  Jacinto  Anglada,  D.  Federico 
Levenfeld,  D.  Ramón  Pagés,  D.  José  Navarrete,  D.  Ricardo  Munaiz, 
D.  Pedro  Méndez  Tello,  D.  Francisco  Salas,  D.  Eloy  Carre,  y  tantísi- 
mos otros  que  aún  al  través  de  los  años  y  de  las  vicisitudes  políticas 
han  sido  siempre  nuestros  amigos  queridos. 

Juntos  unos  y  otros  tuvimos  la  suerte  de  pelear  y  vencer  en  Casti- 
llejos, Guad-el-Felú  y  Tetuán,  en  todas  aquellas  jornadas  de  impere- 
cedera memoria;  pero  como  no  puede  ser  hoy  nuestro  objeto  detenernos 
con  otros  episodios  de  tan  memorable  guerra,  dejamos  tan  agradable 
tarea  para  otra  ocasión,  consagramos  á  todos  los  antiguos  compañeros 
de  armas  un  cariñoso  recuerdo,  y  nos  trasladamos  con  el  pensamiento 
á  otra  Noche-Buena,  á  la  del  año  1873. 


Ya  sabemos  que  después  de  la  acción  de  Velabieta,"  el  Ejército  car- 
lista quedó  cubriendo  ó,  mejor  dicho,  cerrando  perfectamente  cual- 
quiera de  los  tres  caminos  que  el  General  Morlones  podía  elegir  para  la 
invasión  de  Guipúzcoa.  En  efecto,  tres  caminos  podía  elegir  el  citado 
General  republicano  para  llevar  á  cabo  su  proyecto:  primero,  salir  de 
Tolosa  por  la  carretera  de  Azpeitia:  segundo,  salir  de  Guetaria  y  Za- 
rauz  para  caer  sobre  Oiquina;  y  tercero,  salir  de  Crio  en  dirección  de 
Aj^a,  trasponer  sus  montes  y  arribar  á  su  objetivo. 

Tocóle  á  la  División  de  Xavarra  ocupar  la  extrema  derecha;  á  los 
alaveses  y  vizcaínos,  el  centro;  y  á  los  guipuzcoanos,  la  izquierda,  cu- 
yas fuerzas  todas,  bajo  el  mando  parcial  de  sus  respectivos  comandan- 
tes generales  Olio,  Larramendi,  Velasco  y  Lizárraga,  se  hallaban  á 
las  órdenes  del  Jefe  de  Estado  Mayor  General  Elío  y  del  Capitán  Ge- 
neral de  las  provincias  vasco-navarras  Dorregaray. 

Es  indudable  que  el  General  republicano  hubiera  encontrado  una 
seria  resistencia  por  cualquiera  de  sus  tres  caminos,,  alejándose  de  su 
base  de  operaciones,  y  como  no  pecaba  de  lerdo,  tuvo  por  mejor,  para 
salir  de  su  situación,  embarcarse  en  San  Sebastián  y  trasladar  el  campo 
de  operaciones  á  Vizcaya. 


—  95  — 

Entretanto  las  fuerzas  navarras  se  situaron  en  la  siguiente  forma: 
el  General  Olio  con  la  Artillería  y  el  primer  Batallón,  en  Alegría^  el 
segundo  Batallón  en  Lizarza,  y  el  3."  y  el  5.°  en  Alzo  de  arriba  y  Alzo 
de  abajO;,  llegando  nuestras  avanzadas  á  la  vista  de  Tolosa,  en  obser- 
vación del  enemigo. 


D.     TEODORO    RADA     (RADICA' 


En  esta  guerra  no  acontecía  lo  que  en  la  de  África.  Las  zonas  do- 
minadas por  nuestras  armas  alojaban  llenas  de  entusiasmo  á  cuantas 
fuerzas  podían^  cediendo  gustosos  los  habitantes  sus  casas  y  cuanto  en 
ellas  se  encerraba,  no  escaseando  nunca  las  raciones,  llevándolas  á 
largas  distancias,  atravesando  á  veces  casi  todo  el  país^  como  cuando 
el  sitio  de  Bilbao,  que  iban  hasta  de  los  confines  de  Navarra  á  Somo 
rrostro.  Las  mujeres  labraban  los  campos  cuando  escaseaban  los  hom- 
bres, y  lo  que  es  más,  hasta  prescindían  del  descanso  propio  en  bien 
del  que  pudiera  disfrutar  el  ejército,  constituyéndose  en  centinelas 
mientras  los  voluntarios  dormían,  cuando  se  hallaba  próximo  el  ene- 
migo, pues  son  muchos  los  casos  de  estos  que  podríamos  citar. 

Así  pudo  hacerse  aquella  campaña  con  relativa  comodidad,  y  en 
cuanto  á  uno  de  los  principales  nervios  de  la  guerra^  cual  es  el  conoci- 
miento exacto  de  la  situación  y  proyectos  de  los  contrarios,  hacíase  de 


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una  manera  admirable,  no  sólo  por  los  partidarios,  sino  hasta  por  los 
pocos  hombres  libres  que  quedaban  en  los  pueblos,  y  mils  de  una  vez 
recordamos  que  el  General  Olio  no  pudo  descansar  un  solo  momento 
durante  la  noche,  pues  de  media  en  media  hora  recibía  detalladas  no- 
ticias, no  solamente  de  la  situación  y  movimientos  de  las  tropas  libe- 
rales, sino  hasta  de  los  pensamientos  y  palabras  que  pudieran  relacio- 
narse más  ó  menos  directamente  con  los  proyectos  ó  deseos  de  los  jefes 
enemigos. 

La  vida  en  los  acantonamientos  también  era  dulcificada  grandemen- 
te por  las  gentes  del  país,  que  á  porfía  se  esmeraban  en  hacérsela  agra- 
dable á  los  que  necesariamente  habían  de  serles  molestos,  pues  que 
perturbaban  su  modo  de  ser  en  absoluto.  De  mí  sé  decir  que  no  me 
alojé  jamás  en  diferente  punto  de  una  misma  villa  ó  caserío,  y  que  mi 
primer  patrón  fué  siempre  el  último:  tales  eran  la  buena  fe  y  la  cari- 
ñosa confianza  que  depositaban  en  nosotros. 

¡Bendiga  Dios  habitantes  de  índole  tan  generosa! 

Como  quiera  que  en  estos  apuntes  no  nos  hemos  propuesto,  como 
otras  veces,  hablar  de  las  operaciones  militares,  daremos  una  idea  á 
nuestros  lectores,  de  la  vida  de  acantonamientos,  puesto  que  el  ejército 
carlista  no  tenía  precisión  de  acampar,  como  le  sucedió  al  de  África, 
del  que  ya  hemos  hablado^  ni  acampó  ó,  mejor  dicho,  vivaqueó 
sino  en  Somorrostro,  aprovechándose  para  guarecerse  de  la  intempe- 
rie, de  los  caseríos  que  se  encontraban  á  mano,  y  en  los  montes,  las 
chozas  ó  chabolas  de  los  pastores  y  leñadores. 

Circunscribiéndonos  á  Navarra,  donde  hicimos  la  mayor  parte  de 
la  campaña,  sobre  todo  al  principio^  formando  parte  del  Estado  Mayor 
del  insigne  y  malogrado  General  D.  Nicolás  Olío,  diremos  que  durante 
la  época  de  su  mando,  que  duró  desde  el  comienzo  de  la  guerra  hasta 
su  llorada  muerte  en  Sanfuentes,  emprendía  siempre  las  operaciones 
con  cuatro  ó  seis  batallones  y  las  cuatro  piezas  de  la  Batería  de  Reyero, 
i  a  cual  hasta  la  organización  definitiva  de  la  Artillería  se  componía  de 
dos  obuses  lisos  y  dos  cañones  rayados  de  8  centímetros,  y  de  la  cual 
fueron  entusiastas  y  valerosos  tenientes  Llorens,  Ortigosa  y  Saavedra, 
quienes  con  el  tiempo  mandaron  también  baterías;  el  resto  de  los  ba- 
tallones solía  quedar  completando  su  instrucción,  bien  en  la  Solana, 
al  mando  del  leal  D.  Ramón  Argonz;  bien  en  Lumbier,  Aoiz  y  otros 
puntos,  al  de  sus  respectivos  jefes,  así  como  la  Caballería,  cuyo  Cuartel 
General  solía  ser  Oteiza  ó  Alio. 

Si  el  lugar  donde  se  pernoctaba  no  se  prestaba  á  alojar  cómodamente 
á  las  fuerzas  que  iban  con  Olio,  distribuíalas  éste  convenientemente  en 
los  puntos  más  cercanos,  quedándose  él  casi  siempre  con  un  Batallón 


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y  la  artillería,  á  la  cual  mostró  constantemente  singular  afición^  de  tal 
modo  que  no  hubo  nunca  medida  alguna  á  ella  referente  que  no  fuese 
aprobada  en  el  acto. 

Si  la  índole  de  las  operaciones  no  exigía  marchar  sin  descanso, 
durante  la  permanencia  en  el  cantón,  todas  las  fuerzas,  tanto  de  in- 
fantería como  de  artillería,  dedicábanse  á  la  instrucción  [práctica,  que 
llegaron  á  poseer  nuestros  Cuerpos  tanto  como  el  mejor  de  los  del  ene- 
migo: tal  era  la  emulación  que  había  entre  ellos,  que  llegaron  á  domi- 
nar por  completo  y  en  breve  tiempo  la  táctica  del  Marqués  del  Duero, 
que  era  entonces  la  más  moderna,  incluso  la  esgrima  á  la  bayoneta, 
en  cuyo  ejercicio  lograron  descollar  como  pocas  tropas. 

Por  las  noches,  el  General  de  Navarra  recibía  en  su  alojamiento  y 
obsequiaba  con  café  y  cigarros  á  los  jefes  de  las  fuerzas  de  su  cantón, 
y,  por  mi  parte,  nunca  dejé  la  costumbre  de  aceptar  su  invitación, 
pues  el  bondadoso  General  se  complacía  en  recordármela  en  seguida 
si  por  cualquier  circunstancia  me  retrasaba  algún  día.  Cuando  le  to- 
caba al  segundo  batallón  acantonarse  donde  el  General,  asistían  á  la 
tertulia  Radica,  Calderón  y  el  valiente  caballero  D.  Diego  Henestrosa, 
hermano  del  Marqués  de  Villadarias,  que  fué  Presidente  de  la  Junta 
Central  católico-monárquica.  Diego  Villadarias  se  titulaba  agregado 
al  batallón  de  Radica,  coi.  cuyos  jefes  se  alojaba  siempre,  siendo  inse- 
parable de  ellos  lo  mismo  en  los  días  tranquilos  que  en  los  momentos 
de  mayor  peligro,  batiéndose  con  tanta  bizarría,  que  en  la  batalla  de 
Velabieta  hubo  de  colocarle  en  el  pecho  el  mismo  General  Olio  la  placa 
roja  del  Mérito  Militar  que  usaba  el  inolvidable  caudillo  navarro.  Ra- 
dica, Calderón  y  Diego  Villadarias  eran,  puede  decirse,  tres  herma- 
nos, y  la  cariñosa  amistad  con  que  los  tres  me  honraron  no  la  olvidaré 
nunca;  recuerdo  pocos  ratos  tan  agradables  como  los  que  pasé  durante 
la  campaña  en  tan  buena  compañía.  ¡Cuánto  disfrutábamos  (y  cómo  se 
emocionaba  el  buen  Villadarias)  cuando  los  voluntarios  de  Radica  al 
verle  siempre  entre  ellos^ cuidándoles  y  tomando  p  arte  en  sus  fatigas, 
le  saludaban  al  paso  con  vivas  al  general  D.  Diego,  ó  cuando  éste  ha- 
cía gala  de  su  buen  humor  tanto  en  nuestras  marchas  como  en  la  ter- 
tulia del  General!  Allí  se  hablaba  de  milicia,  del  estado  de  la  guerra, 
de  proyectos  y  planes  de  futuros  combates,  prolongándose  la  velada 
muchas  veces  hasta  las  doce,  hora  en  que  invariablemente  se  levantaba 
la  sesión  para  retirarnos  á  descansar. 

Era  el  20  de  Diciembre:  aproximábase  la  Noche-buena,  y  yo  había 
sido  invitado  á  pasarla  en  Lizarza  con  el  2.**  Batallón  de  Navarra,  un 
día  que  bajó  Calderón  á  Alegría  á  tomar  órdenes  del  General.  Se  me 
íinunció  un  opíparo  banquete  con  acompañamiento  de   malagueñas, 


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jotas  y  otros  cantos  populares  que  con  singular  gracejo  sabía  entonar 
nuestro  buen  amigo  el  Sr.  D.  Diego  (1).  Excusado  es  decir  que  acepté 
sin  vacilar,  y  sin  acordarme  de  que  para  ausentarme  del  cantón  de 
Alegría  tenía  necesidad  de  pedir  permiso  al  General.  Yo  no  dudaba 
me  lo  concedería,  pues  por  el  momento  el  enemigo  no  se  había  movido 
de  San  Sebastián  y  Tolosa,  y  no  había  indicios  de  que  se  reanudasen 
las  operaciones  en  algunos  días.  Pero  no  contaba  con  la  huéspeda,  que 
esta  vez  tomó  la  forma  de  una  queja,  por  parte  del  General  Olio  á 
quien  anuncié  mi  proyectada  ausencia: — ¿Con  que  deja  V.  solo  á  su 
General  en  semejante  noche? — Tales  fueron  sus  palabras,  y  como  éstas 
envolvían  frases  de  afecto  y  consideración,  me  decidí  firmemente  á 
prescindir  de  todo,  por  no  desagradarle.  Continué,  pues,  yendo  por 
las  noches  á  su  alojamiento  y  avisé  á  los  amigos  del  2.*'  de  Navarra 
que  no  me  esperasen.  Pero  llegó  la  víspera  de  Navidad,  y  acercándose 
bondadosamente  á  mi  el  General,  me  dijo: — ¿Está  V.  resuelto  á  acom- 
pañarme mañana?— Sí  señor,  mi  General,  le  contesté,  y  ya  he  avisado 
á  los  del  2."  que  no  me  esperen. — Pues  entonces,  me  replicó  abrazán- 
dome, su  General  de  V.,  que  se  hace  cargo  de  que  lo  pasará  V.  mejor 
con  Radica,  con  Calderón  y  con  Diego,  le  manda  á  V.  que  monte  á  ca- 
ballo y  que  vaya  á  llevarles  la  contra-orden. — 

No  tengo  para  qué  decir  que,  dándole  las  gracias,  me  aproveché 
del  permiso  y  que  pasé  realmente  una  verdadera  Noche-buena. 

¡Pobre  y  querido  General,  pobre  Radica  y  pobre  Calderón! 

De  los  que  asistimos  á  la  inolvidable  cena  sólo  existen  el  general 
Don  Diego  y  el  que  esto  escribe,  que  no  ha  podido  olvidar  á  aquellos 
tan  bravos  y  alegres  compañeros  de  armas. 

Concluiré  como  empecé:  Los  viejos  vivimos  solamente  de  recuerdos 
y  á  cada  compañero  que  deja  de  pertenecer  al  mundo  de  los  vivos, 
sólo  se  nos  ocurre  rezar  por  su  eterno  descanso  y  decirnos  á  nosotros 
mismos:  No,  ellos  no  perecen,  adquirieron  sus  nombres  y  sus  hechos 
tanta  gloria,  que  sólo  podrían  ser  olvidados  si  no  hubiese  más  que 
egoísmo  entre  los  supervivientes.  Gracias  á  Dios  la  humanidad  no  es 
así,  y  el  que  es  la  Suma  Justicia  habrá  olvidado  sus  faltas  acogiéndo- 
les en  Su  infinita  misericordia,  premiando  la  Fe  de  los  que  confesaron 
á  Cristo  á  la  faz  del  mundo. 


(IJ  También  fuimos  obsaquiados  por  Villadarias  con  Tin  famoso  banquete 
de  callos  y  caracoles  para  conmemorar  la  victoria  de  Abárzuza.  Celebróse  esta 
otra  fiesta  en  Estella,  en  Julio  de  1874,  y  asistimos  á  ella  con  el  General  Maestre, 
los  Coroneles  Calderón,  Guzmán,  Rodríguez  Vera,  el  teniente  coronel  Velez  y 
otros  varios  jefes  cuyos  nombres  sentimos  no  recordar  ahora. 


D.  CASTOR  DE  ANDECHAGA 


Capitulo   IX 

Creación  y  organización  de  una  fábrica  fundición  de  cañones  en  Artea- 
ga. —  Operaciones  en  Vizcaya. — Importancia  de  Ja  posesión  de  Bil- 
bao y  Portugaletepara  los  carlistas. — Marcha  de  fuerzas  earlistas 
desde  Guipúzcoa  á  Vizcaya,  con  Elio  y  Dorregaray. — Movimientos 
del  General  en  jefe  republicano  y  su  embarque  para  Santoña  y  La- 
redo. — Preparación  del  sitio  de  Portugalete  y  otros  sucesos  hasta 
fines  del  año  1873. 

EL  Capitán  de  Artillería  D.  Julián  García  Gutiérrez  fué  destinado 
á  Vizcaya  para  organizar  ó,  mejor  dicho,  crear  una  batería  de 
montaña,  previo  acuerdo  con  el  Comandante  General  carlista  de  la 
provincia.  Llevaba  como  Tenientes  á  los  alumnos  de  la  Academia  de 
Segovia,  D.  Carlos  León,  y  D.  Germán  y  D.  Idilio  García  Pimentel, 
quienes  ayudaron  al  primero,  tanto  en  la  parte  militar  como  en  la 
científica,  especialmente  León,  á  quien  sólo  faltaba  un  semestre  de  es- 
tudios para  terminar  su  carrera,  cuando  la  disolución  del  Cuerpo.  Ha- 


--  100  — 

liábase,  pues^  García  Gatiérrez  en  la  anteiglesia  de  Castillo  Elejabei- 
tia,  dedicado  á  la  organización  de  su  batería,  cuando  recibió  orden 
del  Comandante  General  interino  del  Señorío,  D.  Castor  Andéchaga, 
para  que  se  personase  en  Arrigorriaga,  donde  se  encontraba.  Cum- 
plió aquél  lo  ordenado,  y  el  citado  General  Andéchaga  le  encargó  la 
creación  de  una  fundición  de  cañones  y  maestranza  de  Artillería,  á 
cuyo  fin  le  invitó  á  visitar  algunas  fábricas  de  las  existentes  en  el  país, 
y  que  pudieran  adaptarse  al  objeto  por  sus  condiciones  particulares  y 
por  su  situación  al  abrigo  de  un  golpe  de  mano  del  enemigo.  Habién- 
dole manifestado  García  Gutiérrez  la  necesidad  que  tenía  de  buenas 
herramientas  y  primeras  materias,  el  referido  General  se  encargó  de 
proporcionarlas,  valido  de  su  natural  influencia  de  vizcaíno  y  de  su  au- 
toridad superior  en  la  provincia.  Partió  García  Gutiérrez,  y  entre  las 
muchas  fábricas  que  visitó,  hubo  de  fijarse  en  una,  á  dos  kilómetros  de 
Zornoza,  propiedad  del  Sr.  Jáuregui.  Esta  fábrica  cumplía  con  la  ma- 
yor parte  de  las  condiciones  que  se  deseaban,  no  sólo  por  su  situación 
topográfica,  distante  de  Bilbao  y  demás  puntos  ocupados  por  el  enemi- 
go, sino  por  disponerse  en  ella  de  un  espacioso  local,  hornos,  fraguas, 
tornos,  máquinas  de  vapor  de  30  caballos,  y  rueda  hidráulica  de  40, 
sin  contar  multitud  de  herramientas  y  efectos  útilísimos  para  la  nueva 
industria  á  que  se  la  iba  á  destinar.  Enterado  de  la  elección  el  Gene- 
ral Andéchaga,  dirigió  el  siguiente  oficio  al  Capitán  García  Gutiérrez, 
en  Arrigorriaga  á  16  de  Octubre  de  1873. — «Con  objeto  de  atender 
«cuanto  antes  á  la  rápida  fabricación  de  cañones,  y  para  que  V.  se  en- 
»cuentre  constantemente  sobre  ella,  he  dispuesto  que  pase  con  la  bate- 
aría á  Zornoza,  en  cuyo  punto  encontrará  gran  parte  de  los  elementos 
«necesarios  para  aquella  construcción,  pudiendo  empezar  desde  luego 
ȇ  procurarse  los  que  en  aquel  local  falten  y  V.  necesite.  A  fin  de  que 
»con  brevedad  se  atiendan  sus  pedidos,  remítame  la  lista  de  lo  que  es 
»más  preciso  para  empezar  d  esde  luego  á  trabajar,  para  mandárselo.» 
Antes  de  la  elección  de  la  fábrica  citada,  habíanse  cruzado  intri- 
gas, recomendaciones  y  multitud  de  exigencias  para  que  no  llegara  á 
establecerse,  cuyas  influencias  dejáronse  sentir  en  mayor  escala  cuan- 
do hubo  recaído  la  elección  definitiva.  A  tal  extremo  llegaron,  que  ni 
la  fuerza  de  carácter  del  General  ni  su  perseverancia  en  obtener  caño- 
nes rápidamente  y  á  toda  costa,  bastaron  para  impedir  quedase  sin 
efecto  la  orden  que  acabamos  de  copiar,  decidiéndose  por  último  que 
la  fundición  y  maestranza  de  Artillería  se  instalasen  en  Arteaga,  en 
una  ferrería  vieja  de  San  Antonio  de  Ugarte.  A  la  vista  tenemos  una 
Memoria,  de  la  cual  no  podemos  menos  de  transcribir  á  la  letra  algu- 
nos   párrafos,    de  cuya   autenticidad   respondemos,    por    haber    sido 


—  101  — 

testií?os  de  la  veracidad  de  su  contenido:  «Jamás  se  ha  visto  una  fá- 
»brica  en  peor  estado  para  tanto  trabajo  como  se  deseaba,  y  la  gran 
«rapidez  con  que  se  quería  ejecutar.  Años  hacía  que  estaba  parada,  y 
»así  lo  decían  sus  derruidas  paredes,  sus  enmohecidos  cilindros  lami- 
»nadores,  su  agrietado  y  casi  hundido  horno  de  reverbero,  el  encene- 
»gado  cauce  de  una  rueda  hidrálica  medio  podrida,  y  los  escombros 
»que  aquí  y  allá  impedían  el  paso.  Sólo  la  energía  y  el  entusiasmo  del 
»General  Andéchaga  daban  aliento  para  emprender  aquella  obra: 
todo  lo  facilitaba,  para  todo  proporcionaba  recursos.» 

A  pesar  de  sus  múltiples  ocupaciones,  apenas  pasaba  día  sin  que 
Andéchaga  visitase  la  fábrica,  allanando  obstáculos,  haciendo  venir 
operarios  inteligentes,  no  sólo  de  los  batallones,  sino  paisanos,  ani- 
mando á  todos,  desembarazando  primero  la  fábrica  de  lo  inútil  y  es- 
torboso, sacando  partido  de  todo  y  haciendo  que  el  Capitán  García 
Gutiérrez  pudiera  hacer  marchar  la  cuestión  científica  al  abrigo  de  su 
popular  autoridad.  De  este  modo,  en  un  mes  escaso,  se  dio  fuego  al 
horno  de  reverbero,  no  sin  antes  haberse  sacado  los  escombros  por 
peones  y  artilleit)s,  haberse  construido  un  horno  nuevo  con  las  plan- 
chas del  viejo,  haberse  preparado  los  tornos  y  demás  maquinaria, 
atendiendo  al  establecimiento  de  un  cubilote,  á  la  recomposición  de 
herramientas,  y  allegando,  por  último,  braseros,  campanas,  calderos 
y  cuantos  objetos  de  cobre  y  estaño  podían  producir  el  bronce  para  los 
cañones  y  morteros  que  se  proyectaban.  No  contribuyeron  poco  al 
lisonjero  resultado  que  llevamos  expuesto,  D.  Andrés  Pradera,  don 
Lino  Ulibarri,  el  citado  8r.  Jáuregui,  así  como  D.  Nicolás  Zulueta  y 
D.  Primitivo  Hernández,  Maestro  mayor  de  montajes  el  primero  y  Maes- 
tro forjador  el  segundo,  para  los  trabajos  de  la  Maestranza.  Así  mismo 
se  estableció  un  taller  de  nioldería  en  arena,  habiendo  preferido  este 
sistema  al  de  moldeo  en  barro,  por  la  falta  de  operarios  idóneos  y  por 
la  mayor  rapidez  que  aquél  permitía,  y  se  construyeron  también  cajas 
de  moldear. 

La  fosa  con  paredes  de  ladrillo  y  fondo  de  chapa  de  hierro  dio  muy 
buenos  resultados,  así  como  el  cubilote  y  un  magnífico  taller  de  carpin- 
tería, dotado  con  doce  bancos  y  un  torno,  así  como  el  de  forja,  con 
cinco  fraguas  y  diez  y  seis  tornillos  para  limadores,  un  departamento 
para  la  construcción  de  ruedas,  y  dos  grandes  tornos  para  barrenar  y 
tornear  morteros  y  cañones. 

Excusado  es  decir  el  ímprobo  trabajo  intelectual,  moral  y  material 
que  el  establecimiento  de  Arteaga  exigió  del  Capitán  García  Gutié- 
rrez en  breve  tiempo,  y  las  luchas  que  tuvo  que  sostener  para  la  im- 
plantación de  la  nueva  industria  que  se  estableció  en  Vizcaya.  Algo 


—  102  — 

más  nos  extenderíamos  sobre  el  particular  y  en  elogio  de  los  dignos  y 
malogrados  compañeros,  el  citado  jefe  y  el  Teniente  León,  que  con 
toda  su  fuerza  le  ayudaba;  pero  basta  hacer  constar,  en  honor  de  su 
buena  memoria,  que  tanto  las  bocas  de  fuego,  como  los  proyectiles  y 
el  material  de  guerra  que  salió  de  Arteaga,  se  construyó  todo  sin  pla- 
nos; por  lo  cual  casi  puede  asegurarse  que  fueron  inventos  hijos  tan 
sólo  de  su  inteligencia  y  de  los  imperfectos  recuerdos  que  conser- 
vaban de  sus  estudios  en  la  Academia  de  Segovia. 

Fundióse  el  día  28  de  Noviembre  de  1873  el  primer  cañón,  al  cual 
siguieron  hasta  cinco  lisos,  de  12  centímetros;  cuatro  de  montaña,  de 
rayado  poligonal,  y  cuatro  morteros.  Más  adelante^  ocho  de  esta  últi- 
ma clase  y  cuatro  piezas  largas  de  8  centímetros. 

La  Maestranza^  por  su  parte,  construyó  carruajes  para  todas  estas 
piezas,  tres  cureñas  de  plaza  y  costa,  afastes  para  los  morteros,  y  una 
cureña  de  respeto,  con  su  correspondiente  armón.  Dotó  á  todas  estas 
bocas  de  fuego  de  cuántos  juegos  de  armas  les  eran  necesarios,  como 
atacadores,  escobillones,  espeques  y  juegos  de  medidas  para  pólvora, 
chifles,  cucharas,  guarda -fuegos,  plomadas,  etc.,  dos  cabrias,  una 
cureña  con  su  armón,  modelo  18(38,  de  batalla,  y  tres  carruajes  para 
cañón  de  10  centímetros,  con  otros  varios  efectos. 

El  taller  de  fundición  se  ocupó  en  alimentar  de  proyectiles  todas 
las  citadas  bocas  de  fuego,  durante  los  sitios  de  Portugalete  y  Bilbao. 
Asimismo  se  construyeron  en  él  todos  los  herrajes  que  llevaban  los 
carruajes  referidos,  y  aun  las  piezas  grandes  y  pequeñas  que  hubo  que 
ir  reemplazando  en  la  maquinaria  de  la  fábrica. 

En  el  taller  de  máquinas  se  barrenaron  y  tornearon  los  cañones, 
tornillos  y  cuantos  herrajes  lo  necesitaron,  así  como  un  cañón  de  hie- 
rro forjado,  por  ser  empeño  de  la  Diputación  de  Vizcaya;  pero  con- 
tra el  dictamen  del  Capitán  García  Gutiérrez,  á  quien  el  tiempo  dio  la 
razón,  porque  estaba  tan  mal  calculado  el  citado  cañón^  y  sobre  todo 
su  espesor  de  metales,  que  hubo  de  reventar  en  las  pruebas  que  con 
él  se  hicieron. 

También  se  estableció  en  Arteaga  un  taller  de  pirotecnia,  en  un 
edificio  cercano  á  aquélla,  bajo  la  dirección  del  Ingeniero  industrial 
D.  Guillermo  Guillen,  el  cual  produjo  los  efectos  siguienfes:  siete  mil 
espoletas  de  bomba,  cientos  de  granadas  de  8  y  10  centímetros,  piedra 
de  fuego,  camisas  embreadas,  lanza  fuegos  y  otros  artificios. 

La  administración  de  la  fábrica  de  Arteaga  se  hallaba  á  cargo  de 
de  un  delegado  especial  de  la  Diputación  del  Señorío,  cuidando  de 
proporcionar  recursos  para  el  pago  de  los  operarios  y  primeras  mate- 
rias. Dicho  administrador  llevaba  su  libro  de  entradas  y  salidas,  lo 


—  103  — 

que  proporcionaba  más  independencia  á  la  dirección  facultativa  de 
García  Gutiérrez,  y  se  hallaba  más  en  harmonía  con  las  leyes  y  el 
modo  de  ser  de  las  provincias  vascongadas. 

No  concluiremos  este  trabajo,  escrito  á  la  vista  de  datos  auténticos 
y  oficiales,  sin  mencionar  al  diestro  dibujante  D.  Blas  Lumbreras, 
quien  pasó  después  á  la  Maestranza  de  Azpeitia  con  el  mismo  cargo, 
y  que  dibujó  acertadamente  todo  el  material  de  Artillería  que  se  cons- 
truyó en  Arteaga,  y  aún  mucha  parte  del  que  luego  se  fabricó  en 
Azpeitia  y  el  procedente  del  extranjero . 

Por  término  medio  hubo  en  Arteaga  34  carpinteros,  16  fundidores^ 
6  forjadores^  28  limadores,  4  torneros  y  algunos  peones  hasta  comple- 
tar el  número  de  ciento.  Sus  haberes  eran  de  cuatro  reales  los  volun- 
tarios, catorce  los  paisanos  y  hasta  veinte  los  maestros. 

Después  de  la  acción  de  Velabieta,  dejamos  á  las  divisiones 
republicanas  de  Loma  y  Moñones  ocupando  Tolosa,  Adnoain  y  líneas 
de  San  Sebastián  y  Oria;  á  los  batallones  carlistas  (excepto  los  de 
Estella  y  algunos  de  Vizcaya)  en  los  alrededores  de  Tolosa,  Cestona, 
Aizaruazabal,  Iturrioz  y  Aya,  ocupando  los  puntos  y  posiciones  que 
impedían  el  paso  de  sus  enemigos  á  Azcoitia,  donde  se  hallaba  Don 
Carlos,  y  á  Azpeitia,  así  como  el  que  pudieran  correrse  aquéllos  al 
interior  de  las  Provincias,  encerrando  así  á  los  liberales  en  un  semi- 
círculo sin  más  salida  que  el  mar. 

Séase  que  la  actitud  de  las  fuerzas  carlistas  en  Guipúzcoa  fuese 
el  motivo  que  impulsara  á  Morlones  á  embarcarse  en  dirección  de 
Santander,  ó  bien  las  noticias  que  recibiera  del  proyectado  sitio  de 
Portugalete,  el  hecho  fué  que  (aunque  debió  serle  sumamente  duro 
llevar  á  cabo  dicha  operación)  embarcó  el  día  28  de  Diciembre  la 
División  que  había  llevado  desde  Navarra,  en  Guetaria  y  San  Sebas- 
tián, desembarcando  en  Santoña  y  Laredo. 

Antes,  sin  embargo,  de  decidirse  á  dar  este  paso,  intentó  el  día  18 
romper  la  línea  carlista,  de  acuerdo  con  el  General  Loma,  atacándola 
por  Orio  y  Guetaria,  apoyando  á  la  vez  una  vigorosa  salida  de  la  guar- 
nición de  Tolosa.  Avanzaron,  pues,  en  el  primer  momento,  y  la  co- 
lumna que  salió  del  último  de  los  puntos  citados  llegó  á  Hernialde,  que 
saqueó  é  incendió.  El  ejército  liberal  ocupó  Zarauz  y  Orio,  pero  vióse 
detenido  en  Aizarna  por  el  batallón  5."  de  Guipúzcoa  y  algunas  otras 
fuerzas  que  allegó  el  General  Dorregaray. 

También  intentaron  los  republicanos  avanzar  por  la  carretera  de 
Berástegui,  que  defendieron  bravamente  los  navarros  mandados  por 
Olio. 


—  104  — 

Rechazados  al  fin  en  toda  la  línea  los  liberales,  la  División  de  Loma 
volvió  á  sus  anteriores  posiciones,  la  guarnición  de  Tolosa  volvió  íi  ser 
encerrada  en  la  plaza,  y  el  General  Morlones  decidió,  por  último,  su 
embarque. 

Conocido  sin  embargo  este  movimiento  por  los  carlistas,  hicieron 
un  cambio  de  frente,  dejando  sólo  al  General  Lizárraga  en  Guipúzcoa, 
y  corriéndose  los  batallones  navarros,  alaveses  y  vizcaínos,  al  valle 
de  Somorrostro,  con  los  generales  carlistas  Elío  y  Dorregaray  á  su 
cabeza.  Su  objeto  era  impedir  á  todo  trance  al  General  en  Jefe  repu- 
blicano que  pasase  á  Portugalete  y  Bilbao,  para  restablecer  esta  línea 
llevando  la  guerra  á  Vizcaya,  donde  podía  ser  fácilmente  socorrido 
por  el  ferrocarril  de  Santander.  Consiguióse  el  objeto  por  los  carlistas, 
teniendo  el  General  Olio  la  suerte  de  llegar  antes  que  sus  enemigos  á 
las  Encartaciones,  tomando  posesión  de  Salta-Caballo,  monte  que  era 
la  llave  de  las  posiciones  sobre  Castro-Urdiales,  y  acantonando  sus 
«  navarros  y  la  batería  de  su  División  en  Talledo,  Trucios  y  Otañez.  El 
General  vizcaíno  Velasco  ocupó  San  Juan  de  Somorrostro,  y  el  Jefe 
de  Estado  Mayor  General  Elío  se  estableció  en  Valmaseda  y  Sopuerta 
con  el  resto  de  los  batallones  carlistas. 


Llegados  á  este  punto,  réstanos  dar  algunos  detalles  sobre  el  estado- 
en  que  se  encontraba  el  sitio  puesto  á  Portugalete  por  D.  Castor  Andé- 
chaga.  En  ninguna  ocasión  se  conoció  tanto  lo  ventajoso  del  estudia 
de  la  primera  guerra  civil,  como  en  los  sitios  de  Portugalete  y  Bilbao. 
Cuantas  veces  se  intentó  tomar  esta  villa  en  la  primera  campaña,  tro 
pezóse  con  su  centinela  avanzado,  Portugalete.  No  nos  detendremos 
en  encarecer  lo  mucho  que  valía  la  posesión  de  Bilbao  para  los  carlis 
tas.  Tanto  su  situación  como  su  riqueza^  y  la  considerable  exportación 
del  hierro  que  encierran  en  sa  seno  las  próximas  montañas,  la  hacían 
cuestión  de  suma  importancia  para  el  naciente  ejército  carlista,  má- 
xime cuando  no  una,  sino  varias  potencias  de  Europa  habían  asegu- 
rado que  reconocerían  la  beligerancia  de  los  carlistas  en  el  momento 
que  hubieran  entrado  victoriosos  en  Bilbao.  Todos  los  jefes  del  ejército 
carlista,  habían^  sin  embargo,  desconfiado  de  tomar  Bilbao:  únicamente 
D.  Castor  Andéchaga,  con  aquella  fe  en  el  triunfo  de  la  Causa,  y  con 
aquella  pertinacia  propia  del  carácter  vizcaíno,  habíase  empeñado  en 
considerar  que  la  posesión  de  Portugalete  primero,  y  la  de  Bilbao  des- 
pués, serían  la  más  segura  y  poderosa  base  del  engrandecimiento  de 
la  Causa  que  defendía.  Escarmentado  también  con  lo  que  había  pasado 
en  la  primera  guerra  civil,  había  tomado  el  mando  de  los  batallones 


—  105  — 

encartados  y  algún  oti'o  vizcaíno,  en  la  firme  idea  de  apoderarse  de  la 
capital  de  Vizcaya,  empezando  por  rendir  Portugalete. 

Dio  principio,  pues,  D.  Castor  Andéchaga  á  sus  proyectos  incomu- 
nicando á  Bilbao  por  la  ría,  ya  que  el  ferrocarril  de  Tudela  se  hallaba 
cortado  hacía  algún  tiempo.  Luchana,  el  Desierto  y  Portugalete  eran 
los  tres  puntos  que  había  que  incomunicar  con  Bilbao.  Desatendiendo 
los  dos  primeros,  dirigióse  D.  Castor  al  último,  logrando  entrar  en  él 
en  1."  de  Agosto;  pero  viéndose  obligado  á  salir  de  dicha  villa  con  su 
fuerza,  ante  el  socorro  que  había  enviado  el  Gobernador  de  Bilbao  á 
la  guarnición.  No  habiéndose  podido  sostener  los  carlistas  en  Portuga- 
lete, entraron  en  Deusto,  Olaveaga  y  Zorroza,  con  objeto  de  acumular 
fuegos  y  dominar  con  ellos  el  paso  de  la  ría  y  la  consiguiente  comuni- 
cación de  Bilbao  con  Portugalete.  Los  vapores  que  trataban  de  impedir 
estos  intentos,  tuvieron  que  bliadarse  para  resistir  los  fuegos  con  que 
eran  hostilizados  en  sus  periódicos  viajes  para  relevar  y  abastecer  los 
destacamentos  liberales  citados,  temibles  aquéllos  por  su  número  y  por 
ser  dirigidos  desde  parapetos  bien  escogidos  y  defendidos.  El  Capitán 
de  Fragata  D.  Santiago  Patero  púsose  en  el  mes  de  Septiembre  á  las 
órdenes  de  Andéchaga,  por  mandato  de  D.  Antonio  Dorregaray,  para 
ayudarle  y  escogitar  el  mejor  medio  de  cerrar  la  ría,  dadas  las  condi- 
ciones especiales  de  su  carrera. 

Portugalete  no  tiene  más  importancia  que  la  relativa  de  ser  un 
punto  avanzado  de  Bilbao,  como  hemos  dicho,  y  según  la  autorizada 
opinión  de  un  Jefe  de  Ingenieros  del  ejército  liberal,  con  quien  nos 
encontramos  completamente  de  acuerdo,  Portugalete  pudiera  ser  un 
punto  de  partida  para  el  que  quisiese  levantar  el  bloqueo  de  Bilbao,  ó 
apoyarse  en  él  para  futuras  operaciones,  caso  de  que  su  enemigo  lo- 
grara apoderarse  de  Bilbao.  La  guarnición  de  Portugalete  se  componía 
del  batallón  Cazadores  de  Segorbe,  una  compañía  de  Ingenieros  y  una 
sección  de  Artillería  de  campaña,  dotada  de  cañones  rayados  de  8 
centímetros. 

Fijo  en  su  pensamiento  el  General  carlista,  no  descuidaba  un  mo- 
mento ni  el  bloqueo  de  Bilbao  y  Portugalete,  ni  la  construcción  de 
cañones  para  batir  dichas  plazas.  Sus  confidentes  le  informaban  mi  • 
nuciosamente  de  todas  las  defensas  que  los  republicanos  iban  estable- 
ciendo dentro  de  Portugalete.  Situada  esta  villa  en  la  orilla  izquierda 
del  Nervión,  y  próxima  á  su  desembocadura,,  hallábase  dominada  por 
las  alturas  de  San  Roque,  Campanzar,  Atalaya  y  el  Cristo.  Enfrente 
hállanse  las  Arenas  y  Algorta,  de  cuyas  posiciones  eran  dueños  los 
carlistas,  y  en  donde  habíanse  construido  baterías  bajo  la  dirección 
del  Coronel  de  Marina  Patero;  en  los  montes  y  alturas  citadas  se  habían 


—  106  — 

establecido  trincheras  por  los  carlistas,  para  defenderse  en  regulares 
condiciones,  de  los  faegos  que  los  liberales  les  hacían  desde  la  casa 
de  los  Pellos,  la  Escuela,  el  Ayuntamiento,  y  sobre  todo  desde  la  torre 
de  la  iglesia,  que  dominaba  una  gran  extensión  de  terreno. 

Los  liberales,  bajo  la  inteligente  dirección  de  oficiales  del  Cuerpo 
de  Ingenieros  del  ejército,  trabajaban  á  su  vez  fortificando  conve- 
nientemente la  torre  de  la  iglesia,  que  era  de  bóveda  y  sostenida  por 
gruesos  pilares  de  mampostería,  aspillerando  la  casa  fuerte  de  los 
Pellos,  cerrando  con  barricadas  las  avenidas  de  algunas  calles, 
aprovechando  tapias  sólidaS;,  construyendo  espaldones  y  traveses  y 
poniendo  á  Portugalete  en  buen  estado  de  defensa,  según  los  medios 
que  tenían  disponibles  y  que  les  aconsejaban  los  deberes  de  su  pro  - 
fesión. 

Mientras  tanto,  los  carlistas  no  permanecían  ociosos,  pues  retar- 
dándose en  Arteaga  la  fundición  y  conclusión  de  los  nuevos  cañones 
de  bronce,  hizo  D.  Castor  Andéchaga  desenterrar  algunos  de  los  viejos 
de  hierro  que  habían  servido  hacía  muchos  años  para  amarrar  los 
barcos,  arreglóseles  el  ánima  y  se  les  dispuso  para  el  ataque.  El  6  de 
Diciembre  se  hizo  acompañar  el  General  carlista  por  el  Capitán  de 
Artillería  García  Gutiérrez,  practicando  ambos  un  prolijo  reconoci- 
miento, del  que  resultó  cerciorarse  de  las  defensas  que  el  enemigo 
había  acumulado  en  Portugalete,  y  de  que  ya  dejamos  hecha  men- 
ción. 

Conocida  la  clase  de  Artillería  de  batir  de  que  se  disponía,  eligióse 
el  alto  de  Campanzar  para  situar  dos  piezas  de  hierro,  de  13  centíme- 
tros^ y  una  poligonal.  Su  objeto  principal  era  batir  una  pieza  que  los 
liberales  tenían  colocada  en  la  casa  de  los  Pellos.  Su  distancia  á  la 
plaza  era  de  400  metros. 

En  el  alto  de  San  Roque  se  construyó  otra  batería  de  pipas,  para 
otra  pieza  de  á  13,  con  el  fin  de  batir  varias  casas  fuertes  de  enfrente, 
y  otra  segunda  para  un  cañón  de  á  12,  de  bronce,  con  objeto  de  tirar 
á  la  torre  de  la  iglesia,  que  se  hallaba  á  menos  de  200  metros.  En  la 
falda  de  Sestao  se  levantó  otra  batería  de  dientes  de  sierra  á  800  me- 
tros, para  hacer  faego  no  sólo  al  paeblo,  sino  á  los  barcos  de  guerra 
que  le  protegían. 

Procedióse  acto  continuo  á  acopiar  y  reunir  madera  y  sacos  de 
tierra  para  revestimientos,  dirigiendo  los  trabajos  de  construcción  el 
Teniente  de  Artillería  D.  Idilio  García  Pimentel  y  el  Alférez  de 
Infantería  Rodrígaez,  haciéndose  aquellos  por  gente  del  país.  Darante 
el  mes  de  Diciembre  y  mientras  se  levantaban  parapetos  y  merlones, 
y  la  fábrica  de  Arteaga  daba  la  última  m  \no  á  los   nuevos  cañones  de 


—  107  — 

bronce,  la  misma  fábrica  fundía  balas  y  granadas,  reunía  pólvora, 
(de  caíifera,  por  cierto,  pues  no  se  pudo  disponer  de  otra  durante  el 
sitio),  y  cuantos  efectos  de  guerra  se  necesitaban;  fué  nombrado  Jefe 
superior  del  sitio  el  General  Dorregaray,  quien  encargó  de  la  orilla 
derecha  y  del  ataque  por  esta  parte  al  Coronel  Patero,  confirmando  al 
General  Andécliaga  en  la  dirección  del  ataque  por  la  izquierda,  y  en 
las  Arenas  se  colocaron  dos  piezas  poligonales,  de  montaña,  un  mortero 
de  27  centímetros  y  un  cañón  liso  de  á  12. 

Entre  la  Artillería  carlista  de  batir  que  tomó  parte  en  el  ataque, 
merecen  especial  mención  dos  cañones  de  hierro,  uno  de  14  y  otro  de 
15  centímetros,  sin  cureña  (pues  los  otros  dos  de  hierro  las  tenían  de 
las  llamadas  de  plaza)  y  sin  muñones.  Para  estos  cañones  hubo  que 
construir  un  montaje  especial,  compuesto  de  fuertes  vigas,  formando 
una  especie  de  basamento,  en  cuyo  centro  hubo  que  colocar  una 
horquilla  de  madera  é  hierro,  giratoria  y  un  poco  elevada  sobre  aquél 
para  poder  apuntar;  cuando  ésto  se  hacía,  la  culata  se  apoyaba  sobre  un 
montante  vertical,  sujeto  fuertemente,  para  evitar  que  al  retroceso  se 
saliese  la  culata  de  su  lugar.  Aparato  era  este  por  demás  ingenioso,  y 
que  fué  debido  á  la  inventiva  del  Capitán  García  Gutiérrez,  quien 
personalmente  dirigió  las  operaciones  del  sitio,  en  la  orilla  izquierda 
de  la  ría,  ayudado  del  Teniente  D,  Germán  García  Pimentel,  así  como 
en  las  Arenas  si  situaron,  con  el  Coronel  Patero,  el  Teniente  D.  Idilio 
García  Pimentel  y  D.  Nicanor  Zaldúa^  quien  había  mandado  en  la 
primera  guerra  civil  la  Artillería  carlista  que  á  las  órdenes  del  General 
D.  Miguel  Gómez  atravesó  toda  España,  desde  Asturias  á  Gibraltar; 
en  Portugalete  y  Bilbao  acreditó  el  veterano  Zaldúa  la  reputación 
adquirida,  siendo  después  nombrado  Goberaador  de  Bermeo,  de  donde 
era  natural,  y  en  donde  se  hallaba  avecindado  cuando  se  inició  la 
liltima  campaña. 

A  fines  del  año  1873  fué  nombrado  Comandante  General  de  Aragón 
D.  Antonio  Lizárraga,  sustituyéndole  en  el  mando  de  Guipúzcoa  el 
Teniente  General  carlista  D.  Hermenegildo  Diez  de  Ceballos,  quedán- 
dose en  dicha  provincia  con  cuatro  batallones.  En  Navarra  se  comple- 
taba la  organización  de  los  batallones  7.",  8.",  9."  y  10."^  á  las  órdenes 
del  General  Argonz,  pues  ya  dijimos  que  el  Comandante  General  Olio 
se  encontraba  en  Vizcaya  con  cinco  batallones,  así  como  el  Brigadier 
Mendiry  con  cuatro  alaveses.  El  batallón  aragonés  acabó  también  de 
organizarse  en  los  alrededores  de  Estella,  encargándose  de  su  mando 
el  Coronel  Boet;  y  en  fin,  el  Comandante  General  de  Vizcaya,  Velasco, 
habíase  trasladado  también  con  sus  batallones  á  Somorrostro.  En  esta 
situación  quedaron  las  tropas  carlistas  al  finalizar  el  año  1873. 


D.    JOSÉ    GARIN 


Capitulo    X 


Detalles  del  sitio  de  Portugalete. — Diarios  de  operaciones  carlistas,  de 
la  plaza  y  de  la  Marina. — Rendición  de  la  villa.  —  Toma  de  los 
fuertes  de  Luchanayel  Desierto  por  los  carlistas. — Reparto  de  ar- 
mas y  otros  efectos  de  guerra  después  del  sitio. 


PRÓSPERA  había  sido  para  los  carlistas  la  suerte  de  las  armas  en  el 
año  de  1873.  Como  ya  hemos  visto,  habíanse  librado  combates 
tan  importantes  como  los  de  Eraul,  Udave,  Alio,  Dicastillo,  Mañera  y 
Montejurra,  sin  más  revés  que  el  de  Velabieta,  cuyo  revés  vino,  sin 
embargo,  á  favorecer  la  Causa  carlista,  costando  á  sus  enemigos  la 
pérdida  de  una  gran  fuerza  moral  y  material  al  embarcarse  en  San 
Sebastián  y  Guetaria^  y  consiguiendo  los  carlistas  llevar  á  más  favo- 
rable terreno  las  operaciones.  Antes  de  terminar  el  año  citado,  por  los 
días  28  y  29  de  Diciembre,  habíanse  realizado  por  las  tropas  de  Don 
Carlos  dos  hechos  notables:  el  definitivo  cierre  de  la  ría  de  Bilbao,  y 
el  principio  del  sitio  de  Portugalete. 


—  109  — 

Desde  aquella  fecha  podíanse  considerar  aislados  del  resto  de  Es- 
paña, los  habitantes  y  las  guarniciones  de  ambas  villas.  La  ría  fué 
interceptada^  un  poco  más  arriba  de  Olaveaga,  con  cadenas  y  cala- 
brotes que  formaban  con  el  eje  de  ella  un  ángulo  de  cuarenta  y  cinco 
grados,  próximamente.  Dos  medios  intentaron  los  bilbaínos  para 
destruir  este  obstáculo  material  que  daba  al  traste  con  sus  esperanzas 
de  socorro  por  la  vía  fluvial.  El  uno  fué  la  salida  de  una  fuerte  columna 
desde  Bilbao,  que  se  retiró,  rechazada  por  los  carlistas:  el  otro  fué 
arrojar  sobre  las  amarras  una  especie  de  torpedo  cargado  con  dinamita 
que  no  dio  fuego  á  tiempo.  Pero  dejemos  por  ahora  á  los  bilbaínos  en- 
tregados á  sí  mismos^  y  volvamos  á  Portugalete,  cuyo  sitio  habíase 
emprendido  ya  con  verdadera  seriedad  por  los  carlistas,  el  28  de  Di- 
ciembre. 

Don  Antonio  Dorregaray,  encargado  por  aquellos  días  del  mando 
en  jefe,  dispuso  que  los  ataques  por  ambas  orillas  fuesen  independien- 
tes en  cierto  modo,  pero  siempre  contando  con  que  el  principal  fuese 
el  déla  izquierda.  La  retaguardia  de  los  carlistas  estaba  asegurada 
completamente  por  la  distribución  de  fuerzas  vizcaínas  y  navarras  en 
las  Encartaciones,  para  impedir  el  paso  á  la  plaza,  que  pudiera  inten- 
tar el  General  republicano  ]\Ioriones. 

Los  liberales,  por  su  parte,  habían  salido  de  Bilbao  el  28  y  desem- 
barcado el  mismo  día  en  Portugalete,  en  dos  gabarrones,  los  materia- 
les para  armar  un  blokaus  en  el  alto  de  San  Roque,  con  un  Capitán 
de  Ingenieros  y  el  resto  de  la  compañía  de  dicho  Cuerpo,  cuya  mayor 
parte  se  hallaba  ya  allí  desde  mucho  tiempo  antes,  dedicándose  desde 
luego  á  mejorar  las  defensas  existentes  y  construir  las  más  apre- 
miantes. La  iglesia  de  Santa  María  estaba  fortificada  en  el  tercer 
cuerpo  de  su  torre,  y  además  la  rodeaba  un  muro  aspillerado,  tanto 
del  lado  de  tierra  como  del  de  la  ría.  La  casa-escuela,  estaba  unida 
por  un  muro  sin  aspillerar,  á  la  iglesia,  y  al  punto  denominado  el 
Cristo,  que  era  un  conjunto  de  casas,  el  cual  se  había  cercado  con  un 
muro  aspillerado,  colocándose  una  pieza  de  montaña  en  el  desván  de 
una  de  ellas.  Por  la  parte  de  Santurce  había  una  cortina  (llamada  de 
Santa  Clara)  formada  por  otro  muro  aspillerado,  con  dos  garitones  en 
sus  extremos.  En  el  edificio  de  la  fonda  (que  tampoco  carecía  de  muro 
aspillerado)  se  colocó  otra  pieza  rayada  de  montaña.  Por  la  parte  de 
la  ría,  se  hallaba  estacionada  la  goleta  Buenaventura,  dotada  con  dos 
cañones  rayados  de  12  centímetros,  y  otro  de  16,  también  rayado, 
como  batería  flotante.  En  el  muelle  viejo  se  construyó  otro  muro  que 
ponía  en  comunicación  la  villa  con  el  dique,  y  en  el  interior  se  habían 
construido  traveses  y  espaldones  para  desenfilar  calles  y  pasos  de 
tropas. 


—  lio  — 

Los  carlistas  tenían  ya  para  entonces  en  disposición  de  funcionar 
las  baterías  de  Sestao,  San  Roque,  Campanzary  de  las  Arenas,  de  cuya 
construcción  y  artillado  nos  hemos  ya  ocupado  detalladamente  en  el 
capitulo  anterior,  disponiendo  los  carlistas  de  la  siguiente  dotación  de 
municiones:  para  cañones  de  á  12,  GOO  proyectiles;  para  los  de  á.  13, 
400;  para  uno  de  á  15,  100;  para  otro  de  á  14,  100;  y  para  los  poligonales 
160  granadas,  cuyas  espoletas  eran  de  tiempos;  los  estopines  fueron  de 
fricción  al  principio,  de  cañizo  luego,  y  últimamente  se  cebaba  con 
pólvora  de  fusil;  no  habia  zaquetes,  se  cargaba  con  cuchara;  y  en  fin, 
la  pólvora  era  de  cantera. 

Para  la  infantería  había  fuertes  y  bien  situadas  trincheras  i\  prueba 
de  la  artillería  y  á  menos  de  500  metros  del  recinto,  siguiendo  los 
accidentes  del  terreno:  los  fuegos  dirigíanse  á  aquel,  á  las  casas  y  á 
la  guarnición  y  artilleros  de  la  goleta.  Los  parapetos  cubrían  perfecta- 
mente A  los  tiradores,  habiendo  dirigido  varias  de  estas  obras  el  sabio 
Jefe  de  Ingenieros  D.  José  Garín,  quien  en  estas  operaciones  selló  con 
su  sangre  su  adhesión  á  la  Causa  de  Don  Carlos. 

El  día  29  de  Diciembre  á  las  siete  de  la  mañana  rompióse  el  fuego 
por  los  carlistas  sobre  la  goleta,  la  iglesia  y  demás  defensas  de  tierra. 
Los  días  30  y  31  se  reprodujo  el  fuego  de  doce  á  tres  de  la  tarde,  ha- 
biéndose logrado  quebrantar  bastante  la  torre  de  la  iglesia,  desde  la 
que  tiradores  escogidos  molestaban  y  hacían  muchas  bajas  en  el  campo 
carlista  por  su  dominante  situación.  El  31,  se  pudo  incendiar  una  casa- 
cuartel  de  Cazadores  de  Segorbe,  pero  el  incendio  fué  apagado  al  poco 
tiempo:  en  cambio  se  destruyó  uno  de  los  cuerpos  de  guardia  de  la 
fonda.  A  la  vez  empezóse  á  construir  por  los  carlistas  una  nueva  batería 
en  las  alturas  de  Lejona,  para  batir  en  mejores  condiciones  á  la  Bue- 
naventura. También  los  liberales  con  sus  disparos  habían  hecho  nece- 
saria la  recomposición  de"  casi  todas  las  baterías  carlistas,  distinguién- 
dose por  la  certeza  de  aquellos  la  goleta  y  el  vapor  Gaditano  que  tomó 
parte  en  el  combate  del  día  31,  excusando  decir  que  la  Infantería  no 
cesaba  de  disparar  una  contra  otra  desde  sus  atrincheramientos. 

-  El  dia  1."  de  Enero  se  pasó  sin  fuego  de  cañón,  dedicándose  ambas 
tropas  contendientes  al  arreglo  de  sus  respectivos  desperfectos,  bajóla 
febril  actividad  del  General  Andéchaga,  los  carlistas.  El  día  2,  á  las 
once  de  la  mañana,  intimóse  la  rendición  á  la  plaza  por  el  General 
carlista  Dorregaray,  siendo  rechazada  la  propuesta  por  el  Gobernador 
que  lo  era  el  hoy  General  de  División  D.  Amos  Quijada,  Teniente 
Coronel,  entonces^  del  Batallón  de  Cazadores  de  Segorbe.  En  vista  de 
esto,  rompióse  el  fuego  por  todas  las  baterías,  batiéndose  en  brecha 
la  torre  de  la  iglesia,  la  cual  al  anochecer  perdió  el  encofrado  de  ma- 


—  Hi- 
ciera de  su  techo,  viéndose  precisados  sus  defensores  á  habilitarlo  de 
nuevo  con  sacos  á  tierra.  1^2^  Buenaventura  tuvo  muchos  desperfectos, 
dedicándose  á  ella  solamente  tres  de  los  cañones  de  las  baterías  del 
Cristo  y  Sestao.  El  cañón  liberal  de  la  casa  de  los  Pellos  fué  reducido 
á  silencio.  Los  cañones  carlistas  hicieron  un  total  de  300  disparos  en  la 
forma  siguiente:  los  poligonales,  40;  los  de  á  18,  130;  el  de  á  12,  80;  y 
50  los  de  14  y  15. 

El  día  3  rompióse  el  fuego  á  las  ocho.  Un  cañón  de  montaña  quedó 
desm-ontado  y  deshecha  la  caseta  donde  se  hallaba  emplazado,,  por  lo 
que  no  volvió  á  disparar  en  todo  el  día.  El  de  á  12  liso,  afbrió  brecha 
en  la  torre  de  la  iglesia;  pero  las  piezas  de  Sestao  obtuvieron  poco 
resultado  por  su  poco  fuego,  á  causa  de  lo  pesado  y  difícil  de  su  manejo 
y  la  mala  calidad  de  la  pólvora.  El  fuego  duró  seis  horas.  El  Coman- 
dante de  la  goleta  manifestaba  á  su  Jefe  en  oficio  de  aquel  día,  los 
pocos  cartuchos  de  fusil  que  le  quedaban  á  causa  de  que  la  Infantería 
había  disparado  38,000  sólo  en  el  día  3,  para  rechazar  los  ataques  de 
los  carlistas,  confesando  á  la  vez  los  destrozos  causados  por  éstos  en  la 
población  y  sus  defensas.  Las  bajas  que  tuvo  su  tripulación  fueron  dos 
marineros  y  el  mismo  Comandante  herido,  aunque  levemente. 

Calculando  García  Gutiérrez  que  los  fuegos  de  la  batería  de  Cam- 
panzar  eran  demasiado  fijantes,  fué  autorizado  por  Andéchaga  para 
trasladarla  á  San  Roque,  aproximándose  150  metros  al  recinto.  Las 
otras  baterías  rompieron  el  fuego  el  día  4  sobre  los  mismos  puntos, 
logrando  continuar  ensanchando  la  .brecha  de  la  torre  y  destruir  su 
escalera.  En  todo  el  día  arrojaron  los  carlistas  120  proyectiles.  El 
Comandante  de  la  Buenaventura  decía  con  aquella  fecha,  que  la  torre 
se  estaba  cayendo,  y  que  había  conseguido  librar  su  barco  de  un  bru- 
lote que  le  arrojaron  los  carlistas  por  la  noche. 

El  día  5,  un  proyectil  carlista  hizo  desplomarse  con  estrépito  la 
quebrantada  linterna  de  la  torre,  acompañando  al  fuego  de  sus  anti- 
guas baterías  el  de  la  nuevamente  construida.  Para  conseguir  aquel 
resultado,  se  calcula  haber  disparado  los  carlistas  ala  torre,  de  400  á 
500  proyectiles.  La  escasez  de  éstos  hizo  que  por  orden  de  Dorregaray 
se  fundiesen  balas  á  toda  prisa  en  Alonsótegui  y  Castrejana.  El  día  5  se 
arrojaron  á  la  villa  150  proyectiles.  El  fuego  de  las  baterías  de  Sestao 
tuvo  que  suspenderse  por  haber  destruido  sus  parapetos  la  Artillería 
liberal.  Por  la  derecha  de  la  ría  adelantaron  también  lostrabajos  car- 
listas, habiéndose  terminado  una  batería  en  el  alto  de  Lejona,  á  120 
metros  de  la  plaza. 

No  pudiendo  ya  disponer  la  guarnición  de  Portugalete,  de  la  torre 
de  la  iglesia  en  buenas  condiciones,  Se  refugiaron  sus  defensores  en  la 


—   112  — 

escuela.  En  su  consecuencia ,  los  carlistas  construyeron  una  batería  á 
100  metros  de  dicho  edificio  con  objeto  de  desalojar  á  aquéllos.  La 
batería  de  Sestao  continuó  tirando  con  preferencia  á  la  Buenaventuva, 
porque  la  batería  de  las  Arenas  no  hacia  buenos  blancos,  á  causa  del 
corto  alcance  de  la  pólvora.  Los  liberales^  por  su  parte,  fortificaron  y 
aspilleraron  el  muro  ó  cortina  de  la  parte  de  Santa  Clara.  Los  tiros 
de  los  carlistas  fueron  bastante  certeros,  ocasionando  averías  de  con- 
sideración en  el  casco  y  arboladura  de  la  goleta.  Su  Comandante  se 
quejaba  de  escasez  de  municiones,  en  su  parte  oficial  del  día  6.  El 
fuego  de  la  batería  de  las  Arenas  se  hizo  más  vivo  y  preciso  á  favor 
de  una  nueva  batería  que  se  construyó  en  un  saliente  de  la  costa,  si- 
tuado próximamente  á  mitad  de  distancia  de  Lejona  y  de  la  plaza. 

Al  amanecer  del  7,  reanudóse  con  igual  tenacidad  por  ambas  partes 
el  fuego,  en  medio  del  cual  dedicáronse  los  carlistas  á  la  construcción 
de  una  batería  más  próxima  en  la  vertiente  de  Lejona  (orilla  derecha), 
consiguiendo,  por  áltimo,  hacer  completamente  inhabitable  la  torre 
de  la  iglesia  por  la  destrucción  absoluta  de  sus  defensas. 

El  día  8  continuó  el  fuego  en  las  mismas  condiciones  anteriores, 
convergiendo  el  de  las  baterías  carlistas  sobre  la  casa-escuela  y  el 
Cristo.  Una  bala  de  cañón  carlista  rompió  la  cureña  de  la  pieza  de 
montaña  situada  en  este  último  punto;  pero  recompuesta  provisional- 
mente, la  emplazaron  los  liberales  en  una  casa,  para  que  unida  á  la 
otra  dirigieran  ambas  sus  fuegos  á  San  Roque.  A  las  ocho  y  media  de 
la  mañana  entraron  en  el  puerto  los  vapores  Gaditano  y  Bilbao,  con 
municiones  de  fusil  y  cañón  para  la  guarnición  y  los  barcos;  pues  el 
Comandante  de  la  Buenaventura,  de  acuerdo  con  el  del  Gaditano, 
resolvió  que  ambos  se  quedasen  para  contribuir  á  la  mejor  defensa  de 
Portugalete.  El  primero  de  dichos  buques  empezaba  á  hacer  agua  á 
causa  de  uno  de  los  disparos  carlistas  del  día  anterior,  sobre  la  línea 
de  flotación.  Las  bajas  de  la  goleta  el  día  8,  fueron  un  marinero  muerto 
y  6  heridos,  algunos  graves;  en  la  guarnición,  un  zapador  á  quien 
hubo  que  amputarle  una  pierna. 

En  la  noche  del  8  al  9  se  hizo  un  fuego  considerable  de  fusilería 
por  parte  de  los  carlistas,  desde  las  Arenas  y  parapetos  de  la  Atalaya, 
con  objeto  de  distraer  la  atención  de  los  liberales,  y  dedicarse  á  los 
trabajos  de  aproche,  é  impedir  algún  desembarco,  si  lo  había.  La 
Marina  contestó  con  algunos  disparos  de  metralla,  y  efectivamente, 
desembarcaron  los  liberales  una  gran  cantidad  de  municiones  de 
Infantería  y  Artillería.  La  carlista  tiró  poco  durante  el  día  por  la 
escasez  de  proyectiles. 

El  día  10  consiguieron  los  carlistas  incendiar  dos  casas  del  grupo 


—  113  — 

del  Cristo  desde  una  nueva  batería  colocada  á  la  altura  de  la  cortadura 
del  molino.  La  batería  enterrada  de  las  Arenas  se  dedicó  á  tirar  á  la 
Buenaventura  y  al  Gaditano,  con  tanto  acierto,  que  la  primera  tenía 
ya  casi  destruido  su  aparejo  y  una  cuaderna  hendida  de  un  balazo. 
Al  mismo  tiempo,  su  Comandante  se  confesaba  impotente,  en  el  parte 
oficial  de  aquel  día,  para  proteger  Luchana  y  el  Desierto,  conforme 
le  ordenaba  el  Comandante  de  Marina  de  Santander.  La  citada  batería 
de  las  Arenas  se  hallaba  en  el  muelle  mismo,  á  unos  100  metros  de  los 
referidos  barcos,  y  la  mandaba  el  Capitán  D.  Nicanor  Zaldúa.  El  com- 
bate librado  durante  la  noche  del  10  al  11  merece  párrafo  aparte. 

De  suma  importancia  era  para  los  carlistas  el  deshacerse  á  toda 
costa,  y  cuanto  antes,  de  los  buques  que  defendían  Portugalete.  Cono- 
ciendo, sin  embargo^  que  no  era  fácil  reducirlos  al  silencio  ó  echarlos 
á  pique,  por  la  inferioridad  de  la  Artillería  carlista  en  número  y  cali- 
bre, sobre  todo  desde  la  orilla  izquierda,  ordenó  el  Jefe  del  sitio  Do- 
rregaray  al  Capitán  García  Gutiérrez  que  pasase  á  la  orilla  derecha, 
donde  en  vista  de  la  situación  de  las  baterías  y  de  la  menor  distancia, 
pudiera  intentarse  con  más  ventaja  destruir  los  mencionados  obstácu- 
los. Autorizado  García  Gutiérrez  por  el  General  carlista,  dispuso  que  el 
cadete  Mejía  se  colocase  detrás  de  una  de  las  casas  de  las  Arenas  con 
las  dos  piezas  poligonales  de  8  centímetros;  que  después  de  cargadas 
al  abrigo  de  ella_,  las  descubriese  sólo  en  el  momento  de  disparar,  y 
que  lo  hiciese  sólo  á  los  barcos  y  cuando  se  le  previniese,  reservando 
municiones  para  el  amanecer,  pues  el  cañón  de  á  12,  de  bronce,  sola- 
mente contaba  con  36  balas.  Este  fué  puesto  á  las  órdenes  de  Zaldúa, 
así  como  70  tiradores  escogidos,  al  mando  del  Capitán  Beitia,  quien 
colocando  su  gente  á  derecha  é  izquierda  de  la  batería,  no  tenía  más 
misión  que  hacer  fuego  cuando  los  barcos  abriesen  las  portas  para 
disparar.  Al  mismo  tiempo  se  colocó  un  mortero  de  27  centímetros  en 
otra  batería  para  que  al  amanecer  bombardease  la  villa. 

Arreglado  todo  de  esta  manera,  rompióse  un  vivísimo  fuego  de 
cañón  á  las  diez  de  la  noche,  entre  la  Artillería  de  los  barcos  y  el 
cañón  de  á  12  de  las  Arenas,  siendo  muy  certero  por  parte  de  los 
carlistas,  á  causa  de  hallarse  á  menos  de  100  metros,  como  dijimos. 
El  Capitán  Zaldúa  demostró  en  aquella  ocasión  su  inteligencia  y  valor, 
batiéndose  contra  seis  cañones  rayados  de  mayor  calibre  que  el  suyo, 
ayudado  por  los  dos  de  montaña  que  mandaba  el  bizarro  cadete  Mejía. 
Posible  hubiera  sido  que  á  tener  á  mano  los-^arlistas  mayor  número 
de  proyectiles,  no  hubieran  podido  huir  la  Buehaventura  y  el  Gadita- 
no, como  lo  hicieron  á  las  ocho  del  dia  siguiente.  A  las  doce  de  la 
noche  habíanse  agotado  los  proyectiles  del  cañón  de  á  12,  y  no  tuvieron 


—  114  — 

más  recurso  que  echarse  á  buscar  por  el  suelo,  los  artilleros  carlistas, 
los  que  se  encontrasen  procedentes  de  los  disparos  hechos  desde  la 
orilla  opuesta:  su  número  sólo  fué  de  16,  que  como  es  de  suponer  se 
arrojaron  enseíjuida  á  los  barcos. 

Para  completar  esta  ligera  descripción,  veamos  lo  que  de  oficio 
manifestaba  el  Teniente  de  Navio  D.  Joaquín  Posadillo  á  su  Jefe 
superior:  Empieza  diciendo  que  tuvo  necesidad  de  establecer  un  taller 
para  cargar  las  granadas  que  habia  recibido  el  día  antes,  así  como 
para  limar  sus  tetones,  por  atorarse  en  las  piezas,  y  otro  taller  para 
construir  tacos  de  que  carecía,  encargando  por  último,  del  mando 
(bajo  sus  órdenes)  de  las  colisas  de  popa  y  proa  al  Alférez  de  Navio 
D.  Joaquín  Barriere,  cuyo  celo,  valor  y  serenidad  durante  el  combate 
elogia  sobre  manera,  así  como  el  de  los  otros  oficiales  Morgado  y 
Molina. 

«Tomadas  estas  disposiciones  (continúa  Posadillo),  rápidamente  se 
»empezó  el  fuego^  sin  que  hubieran  transcurrido  cinco  minutos  desde 
»el  primer  disparo  del  enemigo,  que  continuó  su  fuego  con  rapidez  y 
»acierto,  bien  que  teniendo  sus  baterías  á  tan  cortísima  distancia,  que 
»podían  distinguir  los  buques  á  pesar  de  la  profunda  obscuridad  de  la 
»noche.  El  Gaditano,  amarrado  por  nuestra  proa,  hacía  también  fuego 
»con  sus  dos  colisas  y  fusilería,  pues  teniendo  sus  cañones  en  reductos, 
»no  perjudicaban  sus  fogonazos  á  sus  sirvientes.  A  la  una  y  cuarto 
»recibí  aviso  de  su  Comandante,  diciéndome  que  hacía  agua  por  un 
«balazo  que  había  recibido,  y  pidiéndome  municiones.  Ya  á  esta  hora 
»había  mi  barco  recibido  9  balazos,  y  sabía,  por  los  proyectiles  recogi- 
»dos  á  bordo  que,  además  del  cañón  de  á  24  de  la  Atalaya,  tenían  los 
«carlistas,  cuando  menos  tres  en  las  Arenas,  uno  de  á  24,  otro  de  16  y 
»uno  de  8  centímetros,  que  disparaban  granadas  espirales  en  formci 
»exagonal,  y  cargadas  de  pólvora  y  petróleo  (1).  En  su  consecuencia 
»le  mandé  25  granadas  y  la  orden  para  subir  al  amanecer  al  Desierto, 
»dejar  víveres  á  su  guarnición  y  después  abandonar  la  ría,  donde 
»creía  que  no  podría  pasar  otra  noche  sin  que  le  echaran  á  pique. 

«Continuamos  el  fuego  con  entusiasmo  y  la  rapidez  que  la  necesidad 
»de  arreglar  granadas  permitía,  sin  que  el  enemigo  disminuyese  el  suyo 
»de  cañón  y  fusil:  en  Portugalete  ardía  una  manzana  de  casas  en  el 
«muelle  nuevo,  quemada  por  los  carlistas;  en  las  Arenas  ardían  otras, 
«incendiadas  por  nuestros  proyectiles,  y  á  cada  nuevo  disparo  oíamos 


(1)  No  tomaron  parte  en  el  combate  por  parte  de  los  carlistas,  más  que  un 
cañón  liso  de  12  centímetros  y  dos  de  á  8  poligonales.  En  cuanto  al  petróleo, 
nada  decía  de  oficio  el  Capitán  García  Gutiérrez. 


o  f^ 


a  5 


—   IKi   — 

»el  ruido  de  los  escombros  que  producían  las  casas  al  desplomarse.  A 
»las  tres  recibí  segundo  aviso  del  Gaditano  pidiéndome  más  municío- 
»nes,  y  diciéndome  que  no  podía  ir  al  Desierto  por  tener  el  condensa- 
»dor  de  su  máquina  averiado  por  un  balazo. 

«El  fuego  vivo  y  certero  de  los  carlistas  me  hacía  comprender  su 
»fuerza  y  abundancia  de  municiones,  ( á  las  doce  de  la  noche  se  reco- 
»gieron  16  balas  del-  suelo),  y  la  imposibilidad  de  aguantar  otro  día  en 
»la  ría:  pues  de  400  granadas  recibidas  la  noche  anterior,  no  me  que- 
»daban  más  de  140,  con  las  que  apenas  podría  sostener  el  fuego  hasta 
»la  hora  de  la  pleamar,  teniendo  ya  el  buque  en  muy  mal  estado;  le 
»mandé,  pues,  algunas  granadas  y  la  orden  de  forzar  la  barra  tan  lue- 
»go  ^como  tuviera  luz  para  hacerlo;  pues  no  habiendo  agua  para  la 
»goleta  httsta  las  nueve  de  la  mañana,  quería,  en  el  caso  de  que  me 
«inutilizaran  la  máquina  ó  timón,  impidiéndome  salir  y  obligándome 
»á  abandonar  y  quemar  el  buque,  salvar  al  menos  el  Gaditano.  Además 
»de  que  tenía  tal  confianza  en  mi  Artillería,  que  no  dudaba  de  que  si 
«llegaba  la  amanecida  sin  que  me  hubieran  inutilizado,  inutilizaría  ó 
»liaría  retirar  la  Artillería  enemiga,  tan  luego  como  pudiera  apuntar 
»con  luz.  A  las  cinco  empezó  el  Gaditano  á  maniobrar,  y  se  nos  atrave- 
»só  por  la  proa,  impidiéndonos  el  uso  de  la  colisa  de  proa  hasta  las  seis, 
»que  pude  continuar  el  fuego  y  contribuir  á  disminuir  el  riesgo  de  la 
»salida  del  Gaditano  que  la  verificó  felizmente  á  las  siete. 

»A1  darle  la  orden  de  salida,  había  avisado  al  Gobernador  de  Por 

»tugalete,  yendo  el  cabo  de  guardia,  Juan  Dunfort,  sólo  en  un  bote, 

»en  medio  de  una  lluvia  de  balas,  á   decirle  nuestra  situación,  mi  de- 

»terminacióB  de  salir,  pedirle  oficio  para  el  General  en  Jefe  y  estopi- 

r,  »nes  para  nuestra  pieza,  pues  sólo  nos  quedaban  á  bordo  unos  40, 

3  «regresando  á  las  seis,  sin  haber  tenido  novedad.  Amaneció  todo  el 

t  »pretil  de  enfrente  aspillerado  para  fusilería,  y  continuando  el  fuego 

5  «desde  ella,  de  las  casas  y  trincheras   de  la  Atalaya.  El  cañón  de  la 

-  «Atalaya  continuaba  el  fuego;  pero  en  las  Arenas  retiraban  los  cañones 

«tras  de  las  ruinas  de  las  casas  para  cargarlos,  sacándoles  sólo  en   el 

«momento  de   hacer  fuego.  A  las  ocho  de  la  mañana  tenía  á  bordo 

«unos  30  balazos  de  cañón,  y  el  barco  muy  mal  tratado,  me  quedaban 

«muy  pocas  granadas,  y  la  convicción  de  perder  el  buque  si  no  logra- 

»ba  forzar  la  barra  en  aquella   pleamar.   En  su  consecuencia  mandé 

«avivar  los  fuegos  y  preparar  la  salida,  que  decidí  hacer,  picando  to- 

«das  las  amarras  á  un  tiempo,  pues  era  imposible  salvarlas,  ni  aún 

«sacrificando  toda  la  gente.  A  las  ocho  y  media  hubo  de  todo,  y  bajo 

«un  fuego  vivo  de  fusil  y  cañón  piqué  todas  y  me  puse  en  movimiento.» 

Concluye  su  parte  Posadillo,  recomendando  los  oficiales  y  tripula- 


_„   117  — 

ción  á  la  munificencia  del  Gobierno,  manifestando  que  su  casco  había 
sufrido  32  cañonazos  y  muchos  en  el  aparejo,  además  de  un  bote  des- 
trozado, siendo  sus  bajas  dos  oficiales  y  cuatro  marineros. 

Al  amanecer  del  día  11  cesó  el  fuego  de  los  cañones  carlistas  para 
dar  algún  descanso  á  los  artilleros,  conseguido  ya  su  objeto  de  hacer 
retirar  los  barcos  enemigos,  rompiéndose  entonces  el  fuego  de  mortero 
sobre  la  villa,  en  la  que  se  ocasionaron  los  desperfectos  consiguientes, 
variando  mucho,  naturalmente,  la  situación  de  los  de  Portugalete,  por 
la  falta  del  apoyo  moral  y  material  que  les  prestaban  los  barcos,  de- 
dicándose la  guarnición  á  mejorar  sus  fortificaciones  y  desenfilar  sus 
ya  reducidas  comunicaciones.  La  fuerza  de  Ingenieros  se  encargó  de 
la  defensa  de  la  cortina  de  Santa  Clara  y  calle  de  Coscojales,  con  la 
orden  de  retirarse  en  último  extremo  á  la  iglesia.  El  batallón  de  Se - 
gorbe  se  encargó  de  la  manzana  de  casas  de  la  fonda  y  plaza  de  la 
Constitución^  y  una  compañía  del  mismo  cuerpo^  del  dique  y  calle  de 
Santa  María,  estableciéndose,  por  último,  un  reducto  á  prueba  de 
Artillería. 

El  día  11  volvió  á  encargarse  del  ataque  de  la  Artillería  por  la  iz- 
quierda el  Capitán  García  Gutiérrez  á  las  inmediatas  órdenes  del  Co- 
ronel D.  Juan  María  Maestre,  que  había  llegado  el  mismo  día,  acom- 
pañado del  antiguo  Capitán  retirado  del  Cuerpo  D.  José  Juárez  de 
Negrón  y  del  Capitán  del  mismo  D.  Rodrigo  Vélez. 

El  día  12  sostúvose  por  ambas  partes  un  nutrido  fuego  de  fusil  y 
cañón.  El  Coronel  Maestre  dispuso  pasase  ,á  la  orilla  derecha  el  Co- 
mandante Velez  para  encargarse  del  ataque  por  las  Arenas:  Negrón 
se  encargó  del  cañón  de  á  12  para  batir  la  casa-escuela,  y  una  pieza 
de  montaña  que  había  en  la  casa-botica.  García  Gutiérrez  fué  encar- 
gado de  reponer  las  bajas  de  artilleros  con  voluntarios  de  los  batallo- 
nes vizcaínos,  para  hacer  menos  penoso  el  servicio  de  todos,  y  de 
volver  á  montar  el  aparato  para  poder  usar  el  cañón  de  á  16  contra  la 
iglesia,  desde  el  alto  de  San  Roque.  El  mismo  Maestre,  además  de 
acudir  á  todas  j)artes,  se  encargó  personalmente  de  establecer  la  ba- 
tería de  morteros,  animando  á  los  artilleros  y  dando  ejemplo  de  valor 
y  serenidad.  Es  de  creer  que  si  el  día  12  de  Enero  no  hubieran  esca- 
seado los  proyectiles  á  los  sitiadores,  hubiéranse  rendido  más  pronto 
los  sitiados;  pero  el  ataque  hubo  de  reducirse  desde  erfíonces  á  ir  des- 
truyendo poco  á  poco  las  defensas  de  los  liberales.  También  por  aque- 
llos días  se  presentó  de  nuevo  en  el  Cuartel  General  de  Dorregaray,  el 
Jefe  de  Artillería  Berriz,  ayudando  á  sus  compañeros  y  subordi- 
nados. 

En  los  días  13,  14  y  15  continuaron  el  fuego  la  Infantería  y  baterías 


—  118  — 

carlistas,  avanzando  sus  obras  paso  á  paso,  si  asi  puede  decirse.  En 
los  días  citados  fué  apoyada  la  guarnición  por  varios  vapores  que  á 
la  desembocadura  de  la  ría  rompieron  el  fuego  contra  las  posiciones 
carlistas,  especialmente  hacia  las  Arenas.  Desde  este  punto  fueron 
trasladados  los  morteros  carlistas  á  San  Roque.  Las  noches  fueron 
empleadas  por  las  tropas  liberales  y  carlistas  en  reparar  las  defensas, 
mutuamente  destruidas  durante  el  día.  Los  liberales  aumentaron  las 
de  la  iglesia  haciendo  otras  barricadas  en  las  calles.  Los  carlistas 
construyeron  una  batería  nueva  en  las  Arenas,  completamente  á  cu- 
bierto de  los  fuegos  contrarios. 

Los  días  16  y  17  se  emplearon  por  los  liberales  en  prevenirse  de  los 
trabajos  de  mina  que  por  las  alcantarillas  pudiera  verificar  el  sitiador, 
mientras  éste  hizo  volar  una  el  día  17  delante  de  la  manzana  de  casas 
del  muelle  nuevo.  Las  avanzadas  fueron  sorprendidas;  y  á  pesar  de 
haber  recibido  los  sitiados  un  refuerzo  de  30  hombres,  fueron  tomadas 
las  casas,  asaltándolas  por  la  brecha  los  carlistas  con  inusitado  empuje. 
Como  desde  una  de  ellas  se  enfilaba  la  cortina  de  Santa  Clara,  dispuso 
el  Gobernador  de  la  plaza  desalojar  íi  los  carlistas  é  incendiarla.  Así 
se  verificó  en  la  noche  del  17,  por  la  guarnición,  protegida  por  el  fuego 
de  las  dos  piezas  de  montaña  que  los  liberales  emplazaron  en  la  fonda, 
cuyo  edificio  era  batido  sin  cesar  por  las  baterías  carlistas  de  las  Are- 
nas. El  día  18  continuó  el  fuego  de  unos  y  otros  combatientes^  y  los 
carlistas  se  aprovecharon  de  los  escombros  y  materiales  de  la  casa 
quemada  el  17,  á  fin  de  aproximar  sus  fuegos  y  proteger  los  trabajos 
de  una  nueva  batería  más  cercana,  la  cual  apareció  terminada  el  día 
19^  en  la  huerta  de  Armona,  así  como  otra  nueva  también,  en  la  carre- 
tera de  Santurce . 

El  día  20  se  hallaba  ya  tan  destrozado  el  edificio  de  la  fonda,  por 
los  proyectiles  que  sin  cesar  le  lanzaban  las  baterías  de  las  Arenas, 
que  hubo  de  pensarse  por  los  liberales  en  abandonarla. 

Durante  estos  días,  el  trabajo  incesante  de  los  carlistas  se  redujo  á 
seguir  el  bombardeo  y  acercar  todo  lo  posible  sus  baterías  y  trinche- 
ras, situándose  algunas  á  tiro  de  pistola.  El  Capitán  Cuircía  Gutiérrez 
montó  nuevamente  el  cañón  de  á  15  en  dos  medias  carretillas  unidas 
con  traviesas  y  sujetas  con  alambres  Continuó,  pues,  el  fuego  contra 
la  torre,  que  á  pesar  de  todo,  no  acababa  de  caerse,  tan  sólida  era  su 
construcción.  El  Comandante  Velez  desde  las  Arenas,  tiraba  sin  inter- 
misión sobre  la  fonda^  casas  del  muelle,  de  los  PelloS;,  y  defensas  ex- 
teriores de  la  iglesia,  haciendo  estas  posiciones  imposibles  de  defensa, 
hasta  que  una  granada  arrojada  á  larga  distancia  por  un  barco  de 
guerra,  entró  en  la  batería  carlista,  hiriendo  al  Comandante  Velez  y 


—  119  — 

algunos  artilleros,  y  matando  al  Teniente  D.  Idilio  García  Pimentel, 
sobre  quien  reventó  la  granada,  y  cuya  muerte  fué  muy  sentida  en  las 
filas  carlistas  en  las  que  era  muy  apreciado  por  sus  bellas  cualidades, 
valor  y  actividad. 

Sin  embargo  de  este  duro  percance  sufrido  por  los  carlistas,  aviva- 
ron éstos  el  fuego  el  dia  21,  teniendo  la  fortuna  de  introducir  una 
bomba  dentro  de  la  iglesia,  en  ocasión  de  hallarse  mucha  parte  de  la 
guarnición  comiendo  el  rancho. 

A  las  once  de  la  mañana  reunió  consejo  el  Gobernador  de  la  plaza 
Quijada.  Oyóse  el  ilustrado  informe  del  Capitán  de  Ingenieros,  quien 
expuso,  en  resumen,  que  los  edificios  de  la  iglesia  y  escuela,  sirviendo 
de  constante  blanco  á  la  Artillería  carlista  durante  28  días,  se  hablan 
hecho  insostenibles:  que  el  edificio  de  la  fonda  se  hallaba  en  ruinas: 
que  las  casas  del  Cristo,  poco  menos,  y,  por  lo  tanto,  que  habla  de  re- 
ducirse la  defensa  á  las  viejas  y  deterioradas  casas  de  la  población.  En 
vista  de  esto,  propúsose  suspensión  de  hostilidades  al  General  carlista 
Dorregaray,  y  capitulación  al  mismo,  en  la  noche  del  referido  día  21. 

En  la  capitulación  se  estipuló  entre  otras  cosas,  que  la  guarnición 
saliese  con  armas,  entregándolas  al  pié  de  los  muros  de  la  villa,  que- 
dando prisionera  de  guerra  para  ser  cangeada  á  la  mayor  brevedad 
posible,  siendo  entretanto  conducidos  sus  jefes,  oficiales  é  individuos 
de  tropa,  á  Estella  por  el  2,°  batallón  de  Navarra  que  les  tributó  todo 
género  de  consideraciones,  agasajándoles  particularmente  los  jefes  de 
la  citada  fuerza  navarra,  Eadica  y  Calderón.  El  Teniente  Coronel 
primer  jefe  de  los  enemigos,  D.  Amos  Quijada,  fué  autorizado  por  Don 
Carlos  para  ir  á  Madrid  á  pactar  él  mismo  el  cange  de  sus  fuerzas,  las 
caales  entregaron  á  los  carlistas  más  de  mil  fusiles  Remington  y  Bor- 
dan, una  bandera,  dos  cañones  rayados  de  campaña,  de  8  centímetros, 
y  considerable  cantidad  de  víveres  y  municiones. 

Las  bajus  carlistas  fueron  muy  numerosas.  La  batería  de  montaña 
compuesta  de  vizcaínos,  en  su  mayoría,  demostró  un  valor  y  serenidad 
á  toda  prueba,  sufriendo  penalidades  sin  cuento  y  sin  poder  apenas 
relevarse  en  su  continuado  servicio,  muriendo  el  ya  citado  Teniente 
Pimentel,  el  Alférez  Rodríguez,  un  sargento,  un  cabo  y  tres  artilleros, 
y  resultando  heridos  el  Comandante  Velez,  un  sargento,  tres  cabos  y 
diez  y  seis  ai'tilleros,  número  de  bajas  excesivo,  teniendo  en  cuenta 
que  la  expresada  batería  solamente  constaba  de  noventa  hombres 
antes  de  comenzar  el  sitio.  Las  municiones  consumidas  fueron  dos  mil 
doscientas  cincuenta  en  esta  forma:  121  bombas,  198  granadas  exago- 
nales  y  1,934  balas  de  á  12,  13,  14  y  lo  centímetros. 

Los  otros  dos  fuertes  que  los  liberales  poseían  para  defensa  de  la 


—  120  — 

ría,  á  saber:  Luchana  y  el  Desierto,  se  entregaron  á  los  carlistas;  el  12 
de  Enero  el  primero  sin  hacer  una  grande  resistencia,  y  el  segundo  de- 
fendiéndose algo  más,  pero  ambos  destacamentos  eran  poco  numero- 
sos. El  Desierto  se  rindió  el  día  23  del  mismo  mes;  su  guarnición,  del 
Eegimiento  de  Zaragoza,  entregó  sus  fusiles  BerdAn,  un  cañón  de 
campaña,  de  8  centímetros,  y  gran  cantidad  de  cartuchos. 

El  armamento  de  los  cazadores  de  Segorbe,  sirvió  para  armar  con 
él  al  2.°  batallón  de  Navarra,  al  que  se  destinaron  también  los  instru- 
mentos de  la  charanga  del  citado  batallón  liberal;  el  resto  y  las  armas 
de  los  Ingenieros  y  de  las  compañías  del  Regimiento  de  Zaragoza  se 
entregaron,  con  el  armamento  antiguo  del  2.°  de  Navarra,  á  los  demás 
batallones  carlistas.  Las  municiones  se  repartieron  según  las  necesi- 
dades. Los  cañones  tomados  al  enemigo  sirvieron  para  formar  la  2.''^ 
batería  de  montaña,  reunidos  á  los  dos  que  había  en  Guipúzcoa;  y  en 
fin,  la  bandera  del  batallón  prisionero  figura  hoy  entre  los  gloriosos 
trofeos  del  Palacio  Loredán,  en  Venecia. 


D    PABLO  MORALES 


Capitulo   XI 


Síicesos  acaecidos  durante  el  sitio  de  Portugálete. — Proyecto  sobre 
Castro- Urdiales. — El  partidario  carlista  Mendizábal. — El  General 
Mariones  recupera  La  Guardia,  en  Álava. — Consecuencias  de  la 
toma  de  Portugálete,  Luchana  y  El  Desierto. — Fracasada  expedi- 
ción de  los  carlistas  á  Santander. — Preparativos  de  la  fábrica  de 
Arteaga. — Preliminares  del  sitio  de  Bilbao. 


COMO  hemos  visto,  á  consecuencia  de  la  jornada  de  Velabieta  y 
demás  sucesos  ocurridos  en  Guipúzcoa,  hubo  de  embarcarse  el 
General  Morlones  en  Guetaria  y  en  San  Sebastián,  con  su  División, 
pretendiendo  impedir  la  toma  de  Portugálete  por  los  carlistas.  Adelan- 
táronsele  éstos,  y  tomando  posiciones  Olio  y  Velasco  en  las  Encarta- 
ciones, lograron  detener  á  los  republicanos.  Ya  dijimos  que  Velasco 
ocupó  San  Juan  de  Somorrostro,  Ontón  y  sus  alrededores,  mientras  que 


Olio  había  tomado  posiciones  en  Salta-Caballo,  alojando  á  los  batallo- 
nes l.*^  y  2."  de  Navarra,  respectivamente,  en  Talledo  y  Otañez,  así 
como  los  batallones  3.*^,  5.'^y  G.*'  de  la  misma  provincia  y  la  Batería  de 
su  División,  en  Marcadillo  y  Sopuerta.  Mendiry  con  tres  batallones 
alaveses  se  acantonó  en  Traslaviña  y  otros  puntos  cercanos,  y  Don 
Carlos  se  trasladó  á  Valmaseda  con  el  General  Elío,  los  guías  y  su  es- 
colta. 

Conocidos  estos  movimientos  por  el  General  Morlones  desde  Santoña, 
Laredo  y  Castro-Urdiales,  hubo  de  retroceder  desde  este  último  punto 
al  segundo,  y  desde  allí  al  primero.  El  mismo  día  que  emprendió  su 
marcha,  destacó  Radica  un  ordenanza  á  su  General  Olio,  participándole 
que  por  confidencia  segura  sabía  que  en  Castro  no  dejaría  Morlones 
más  que  un  par  de  compañías  de  guarnición,  y  que  estaba^dispuesto  á 
echarse  sobre  Castro-Urdiales  (importante  por  su  relativa  riqueza  y 
excelente  situación  topográfica),  si  le  autorizaba  al  efecto  y  le  enviaba 
la  Batería  de  Navarra.  La  contestación  de  Olio  no  se  hizo  esperar;  en 
el  acto  dio  cuenta  de  lo  proyectado  á  Elío,  para  que  como  General  en 
Jefe  resolviera  lo  más  conveniente,  ordenando  entretanto,  y  para  ganar 
tiempo,  al  Jefe  de  Artillería  Brea  que  partiese  inmediatamente  para 
Otañez  á  fin  de  practicar,  en  unión  de  Radica,  un  detenido  reconoci- 
miento sobre  Casti'o,  á  la  vez  que  ordenaba  á  la  Batería  de  Reyero  que 
se  preparase  para  marchar  al  primer  aviso. 

Dos  horas  después  habíase  verificado  ya  el  reconocimiento  ordenado 
por  el  activo  y  experto  Comandante  General  de  Navarra  D.  Nicolás 
Olio.  A  caballo,  y  sin  más  escolta  ni  defensa  que  sus  anteojos  de  cam- 
paña, adelantáronse  Radica,  Brea  y  Calderón  (segundo  Jefe  del  bata- 
llón de  la  Reina),  inspeccionando  detenidamente  el  recinto,  á  las  pocas 
horas  de  haber  salido  el  General  Morlones  de  Castro-Urdiales.  La  puer- 
ta que  daba  á  la  carretera,  por  la  que  marchaban  los  jefes  citados^  fué 
cerrada  por  un  centinela  de  carabineros  que  en  ella  había,  al  avistar 
la  pequeña  cabalgata,  temiéndose,  acaso,  una  irrupción  parecida  á  la 
ocurrida  el  día  anterior,  en  el  que  el  ordenanza  de  Olio,  el  sargento 
de  Caballería  Rosas,  había  entrado  en  Castro  y  sacado  del  pueblo  un 
prisionero  cogido  en  la  calle,  al  atravesarla  de  una  acera  á  otra.  Eli- 
gieron, pues.  Radica,  Brea  y  Calderón,  posiciones  para  la  Artillería  y 
los  batallones,  designaron  el  punto  principal  y  los  accesorios  del  ataque, 
y  por  la  tarde  de  aquel  mismo  día  recibía  el  General  de  los  navarros 
un  oficio  dándole  cuenta  y  detalles  de  todo;  únicamente  hubo  que  aña- 
dir que  á  las  cuatro  de  la  tarde  estaban  desembarcándose  cuatro  ca- 
ñones en  el  muelle  de  Castro-Urdiales,  enviados  por  el  General  Morlo- 
nes desde  Santoña;  pero  el  General   Elío   no   tuvo  por  conveniente 


—  123  — 

acceder  á  la  propuesta  de  ataque  hecha   por  Radica,  trasladada   y 
apoyada  por  el  Comandante  General  de  Navarra  Olio. 

Convencido  el  activo  General  republicano  de  que  en  Vizcaya  le  era 
tan  difícil  romper  las  líneas  carlistas  como  en  Guipúzcoa,  varió  de 
plan  y  pensó  en  otro  que  siempre  le  había  producido  buen  resultado. 
Este  consistía  en  llamar  la  atención  de  los  carlistas  sobre  Estella.  Pen- 
sarlo y  hacerlo  fué  obra  de  muy  pocos  días.  El  día  10  hizo  una  rápida 
marcha  en  busca  del  ferro-carril  de  Santander;  embarcó  sus  batallones, 
y  ganando  horas  llegó  á  Miranda  de  Ebro  por  la  vía  férrea,  de  allí, 
después  de  un  ligero  descanso  para  racionar  sus  fuerzas  y  calzarlas, 
siguió  á  Logroño,  y  amagó  A  Estella  por  la  parte  de  Lerín  y  el  portillo 
de  San  Julián. 

No  se  escondieron  á  los  carlistas  estos  movimientos;  pero  no  pudie- 
ron oponerse  á  ellos  por  falta  de  tiempo  material^  aunque  en  el  instante 
de  saberse  por  los  generales  carlistas  la  sospechosa  marcha  de  Morlones, 
emprendieron  la  suya  á  Estella  los  navarros  y  alaveses,  pernoctando 
el  primer  día  en  el  valle  de  Llodio,  el  segundo  en  Alegría  de  Álava,  y 
el  tercero  en  la  Solana  los  navarros  y  en  Bernedo  los  alaveses. 

Al  ver  ya  en  esta  situación  á  los  carlistas,  el  General  Morlones  en 
vez  de  llevar  á  cabo  su  aparente  deseo  de  caer  sobre  Estella,  pensó 
compensar  la  pérdida  de  Portugalete  con  la  toma  de  La  Guardia,  punto 
fortificado  de  alguna  importancia  y  del  cual  se  habían  hecho  dueños 
los  carlistas  poco  después  de  la  batalla  de  Montejurra.  Al  efecto,  y  sin 
dejar  de  amagar  á  Estella,  encargó  al  General  Primo  de  Rivera  que 
con  seis  ó  siete  mil  hombres  y  poderosa  artillería,  atacase  la  citada 
plaza  guarnecida  únicamente  por  el  batallón  riojano,  de  unos  seiscien- 
tos hombres,  que  había  organizado  el  veterano  Brigadier  Llórente, 
quien  se  defendió  tres  días  con  gran  valor;  pero  al  tercero  se  agotaban 
ya  las  municiones,  empezó  á  desmoralizarse  la  gente,  acabando  por 
producirse  entre  los  sitiados  graves  desórdenes  alentados  por  las  des- 
-a venencias  surgidas  entre  el  anciano  Llórente  y  su  segundo,  y  herido 
mortalmente  el  citado  Brigadier  carlista,  capituló  el  día  l.°de  Febrero 
lagaarnición,  entregando  las  armas  y  quedando  en  libertad  al  día  si- 
guiente. 

Al  saberse  en  Navarra  el  plan  de  Morlones  sobre  La  Guardia,  ha- 
llábase el  General  Olio  en  la  Solana,  en  observación  de  la  columna 
liberal  de  la  Ribera  que  practicaba  sospechosos  movimientos  por  Lerín, 
Larraga  y  Sesma,  por  lo  que  no  pudiendo  el  caudillo  navarro  abando- 
nar la  protección  de  Estella,  ordenó  que,  en  combinación  con  los  ba- 
tallones alaveses  del  General  Mendiry,  saliese  á  ver  de  llegar  oportu- 
namente en  socorro  de  La  Guardia  el  Brigadier  Iturmendi,  al  frente  de 


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los  batallones  2/'  y  6.°  de  Navarra,  con  Radica  y  Segura  y  dos  piezas 
de  Montaña  á  las  órdenes  de  Brea  é  Ibarra,  cayas  fuerzas  llegaron  sin 
pérdida  de  tiempo  á  la  Población  y  el  Villar  (distantes  ya  muy  poco  de 
La  Ouardia'i,  precisamente  cuando  la  plaza  se  entregaba  al  grueso  del 
ejército  de  ^Morlones,  por  lo  que  tanto  los  batallones  navarros  como  los 
alaveses  que  se  habían  corrido  á  cubrir  el  puerto  de  Herrera,  retroce- 
dieron A  sus  acantonamientos  cuando  se  hubieron  convencido  de  que 
su  presencia  era  ya  completamente  inútil. 

La  atrevida  marcha  del  General  Morlones  tuvo  el  éxito  que  se  pro- 
ponía, y  fué  la  segunda  ocasión  en  que  engañó  tácticamente  á  los  car- 
listas. Estos  pudieron  convencerse  una  vez  más  de  que  el  General 
republicano  amenazaba  un  punto  para  caer  sobre  otro,  y  el  cebo  era 
siempre  el  mismo,  es  decir,  Estella.  Amenazando  á  ésta,  tenían  seguro 
los  caudillos  liberales  que  los  carlistas  dejarían  las  empresas  y  los 
planes  mejor  combinados  sin  e;iecución,  en  el  instante  que  se  llamara 
su  atención  sobre  Estella.  Esta  repetida  falta  en  los  carlistas,  produjo 
el  levantamiento  del  sitio  de  Tolosa,  la  pérdida  de  La  Guardia  dos 
veces,  y  posible  hubiera  sido  también  que  si  hubiesen  llegado  á  entrar 
en  Bilbao,  la  hubieran  abandonado  si  pensar  pudieran  en  que  se  com- 
prometía la  suerte  de  Estella.  Esta  tenacidad  carlista  corría  parejas 
con  la  de  entfar  en  Bilbao  á  todo  trance,  que  hubo  durante  la  primera 
guerra  civil.  Más  adelante  nos  convenceremos  de  que  esta  manía, 
reproducida  en  la  última  campaña,  pudo  haber  ocasionado  el  completo 
desastre  de  las  huestes  carlistas  en  I.*'  de  Mayo  de  1874. 

Por  lo  demás,  la  pérdida  de  La  Guardia  no  constituyó  un  verdadero 
fracaso  para  los  carlistas,  por  más  que  los  periódicos  liberales  dijesen 
por  aquellos  días  que  si  bien  su  ejército  había  perdido  á  Portugalete, 
había  en  cambio  recuperado  á  La  Guardia,  y  que  esta  compensación 
les  era  ventajosa  Los  militares  que  conozcan  la  situación  topográfica 
de  ambas  plazas,  podrán  hacer  los  comentarios  y  sacar  en  consecuencia 
si  eran  ó  no  comparables  uno  y  otro  punto,  estrechado  Bilbao^  como 
ye  se  encontraba  entonces,  por  las  tropas  carlistas.  La  ocupación  de 
La  Guardia  no  costó  á  éstos  más  que  el  tiempo  empleado  por  Llórente 
en  rendir  á  su  corta  guarnición,  y  no  equivalía  por  ningún  concepto  á 
la  ocupación  de  Portugalete,  no  sólo  por  las  ventajas  que  explicamos 
ya  en  otro  capítulo,  ni  por  los  planes  ulteriores  sobre  Bilbao,  ni  por  el 
material  cogido  en  ambas  plazas,  sino  por  lo  que  satisfacía  el  amor 
propio  de  los  carlistas  el  haberse  apoderado  de  un  punto  del  que  no 
habían  podido  hacerse  dueños  en  la  primera  guerra  civil,  cuya  falta 
militar  expiaron  no  pudiendo  entrar  en  la  invicta  villa  cuantas  veces 
lo  habían  intentado  anteriormente.  Crecieron,  pues,  sus  bríos  y  sus  es- 


—  125  — 

peranzas  de  un  modo  tal,  que  á  la  entrada  en  Estella  de  los  prisioneros 
de  Portugalete,  el  entusiasmo  no  reconoció  límites.  Los  batallones  viz- 
caínos, dueños  de  la  pequeña  villa,  revolviéronse  sobre  Bilbao,  acer- 
caron sus  trincheras  á  tiro  de  fasil  de  la  plaza,  estrecharon  el  bloqueo 
de  una  manera  harto  sensible  para  sus  moradores,  y  tomaron  definiti- 
vamente posesión  de  la  cordillera  de  Archanda  y  Banderas,  j\Ionte 
Abril  y  Santa  j\Iarina,  Ollargan  y  Castrejana  hasta  el  mar,  quedando 
reducido  Bilbao  al  casco  de  su  población. 

En  cuanto  á  operaciones  militares  en  Guipúzcoa  y  Navarra,  esca- 
searon las  de  importancia  por  Enero;  sin  embargo  estuvo  á  punto  de 
ser  copada  la  partida  carlista  del  valiente  Mendizílbal,  el  día  25.  Ha- 
llábase dicho  jefe  con  su  fuerza  en  el  valle  de  Echauri,  componiendo 
un  total  de  cincuenta  á  sesenta  hombres,  cuando  al  amanecer  del  día 
referí  do  se  vio  atacado  por  una  columna  republicana  que  salió  de 
Pamplona,  fuerte  de  quinientos  infantes  y  cien  caballos.  Los  piírtida- 
rios  se  defendieron  con  heroísmo  en  las  casas,  y  después  de  infructuosas 
acometidas  de  sus  enemigos,  los  rechazaron  al  caer  de  la  tarde,  hacién- 
doles un  Capiíán  muerto,  diez  heridos  y  seis  prisioneros,  sin  sufrir,  en 
cambio,  Mendizábal  más  que  tres  bajas. 

Desde  el  principio  de  la  guerra  acudieron  al  campo  carlista  nume- 
rosos paisanos  de  sígníñcación,  que  aun  sin  poder  ejercer  mandos  mi- 
litares por  haber  vivido  siempre  ajenos  á  la  profesión  de  las  armas,  ni 
sentar  plaza  de  voluntarios  por  su  edad  ó  circunstancias  especiales, 
prestaron,  sin  embargo,  señaladísimos  servicios  contribuyendo  eficaz- 
mente con  su  valer  al  más  rápido  y  brillante  desarrollo  de  las  tropas 
del  Norte,  y  á  la  admirable  organización  que  llegó  á  adquirir  el  Esta- 
do carlista. 

Entre  estos  beneméritos  partidarios  de  Don  Carlos,  hubo  dos  que, 
en  su  entusiasmo  por  la  Causa,  llegaron  hasta  á  presentar  á  la  apro- 
bación del  General  Elío  acertados  planes  militares,  en  Enero  de  187-1. 

Don  Pablo  Morales,  político  de  clara  inteligencia  y  hombre  verdade- 
ramente de  acción,  que  ya  en  su  juventud  había  sido  como  el  alma  del 
movimiento  carlista  que  fracasó  en  San  Carlos  de  la  Kápita,  desempe- 
ñando á  un  mismo  tiempo,  con  singular  acierto  y  actividad,  las 
secretarías  de  Don  Carlos  Luis  de  Borbón,  del  célebre  Consejo  de 
Regencia  de  Madrid,  y  del  Capitán  General  de  Baleares,  D.  Jaime 
Ortega,  propuso  un  plan  de  operaciones  que,  basado  en  una  fuerte  ex- 
pedición á  Castilla,  hubo  de  aplaudirse  por  el  Cuartel  General;  pero 
aplazando  su  realización  para  no  desatender  las  proyectadas  operacio- 
nes sobre  Bilbao. 


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D.  Fernando  Fernández  de  Velasco,  Diputado  á  Cortes  que  había 
sido  en  las  de  D.^  Isabel  II,  hombre  de  gran  influencia  en  la  provincia 
de  Santander,  Presidente  de  la  Junta  de  Guerra  de  Cantabria,  tan  celoso 
de  su  deber  que  aunque  el  cargo  que  ejercía  era  exclusivamente  admi- 
nistrativo, rara  vez  se  separó  de  la  División  de  Cantabria,  tomando 
con  ella  parte  activa  y  personal  en  gloriosas  funciones  de  guerra,  pro- 
puso un  bien  combinado  plan  para  tomar  á  Santander,  idea  que  vino  á- 
coincidir  con  el  propósito,  que  hacía  tiempo  ya  abrigaba  el  General 
Ello,  de  destruir  el  ferrocarril  que  unía  dicha  capital  con  otros  nota- 
bles puntos  del  teatro  de  operaciones,  siendo  como  arteria  principalísi- 


D.  FEKNANDO  FERNANDEZ  DE  VELASCO 


ma,  por  medio  de  la  cual  el  enemigo  podía  acumular  en  momentos 
dados  considerables  refuerzos  sobre  los  carlistas. 

Decidióse,  pues,  realizar  lo  propuesto  por  Fernández  de  Velasco,  y 
encargóse  de  la  operación  al  General  D.  Torcuato  Mendiry  y  al  enton- 
ces Comandante  General  de  Castilla,  D.  Santiago  Lirio,  con  siete 
batallones,  dos  cañones  de  Montaña  y  unos  trescientos  caballos,  for- 
mando dos  columnas,  una  á  las  órdenes  del  primero  de  dichos  jefes, 
compuesta  de  los  batallones  3.*^  y  5.^  de  Navarra  y  1.°  y  3."  de  Álava, 
la  Sección  de  artillería  y  el  Escuadrón  del  Príncipe,  y  la  otra  columna 
mandada  por  Lii'io,  y  formada  por  los  batallones  3.°  y  4.*^  de  Castilla, 
el  de  Cantabria^  los  guias  y  tres  escuadrones,  dos  'de  la  División  de 
Castilla  y  otro  de  la  de  Cantabria. 


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La  columna  de  Lirio  debía  cortar  la  línea  férrea  en  Reinosa,  y  la 
de  Mendiry  debía  dirigirse  rápidamente  á  Ramales  y  Santander,  y  en- 
trar en  este  punto  batiendo  á  su  escasa  guarnición,  llevando  como 
persona  influyente  en  el  país,  al  Presidente  de  la  Junta  de  Cantabria, 
Fernández  de  Velasco. 

Ambas  columnas  rompieron  la  marcha  en  cumplimiento  de  su  im- 
portante misión.  Lirio  entró  aquella  noche  en  Espinosa,  después  de  un 
reñido  combate  con  la  columna  de  Medina  de  Pomar,  á  la  que  rechazó; 
pero  en  vez  de  cortar  la  vía  por  la  parte  de  Reinosa,  lo  hizo  por  la  de 
Ontaneda  y  las  Caldas.  ]\Iendiry  pernotó  en  Ramales,  después  de  haber 
huido  la  fuerza  liberal  que  defendía  dicho  punto;  en  la  jornada 
siguiente  avanzó  hasta  tres  leguas  de  Santander,  en  una  marcha 
penosa  por  la  neblina  y  la  menu'da  lluvia  que  empezó  á  caer  por  la 
tarde;  despejóse  el  tiempo  al  otro  día,  pero  Mendiry  no  salió  hasta  las 
dos,  por  temor,  quizás,  á  los  barrizales  del  camino.  Entretanto,  el 
Gobernador  de  Santander  tuvo  tiempo  de  saber  las  instrucciones  y  la 
aproximación  de  los  carlistas,  é  hizo  que  se  armase  el  pueblo  y  que  se 
construyesen  barricadas  y  todo  género  de  defensas  posibles,  dada  la 
premura  del  tiempo  y  lo  inminente  del  peligro.  Supo  Mendiry,  á  su 
vez,  estas  circunstancias,  por  sus  confidentes,  y  reuniendo  junta  de 
jefes  para  tomar  consejo  en  vista  de  lo  ocurrido,  resolvióse  no  atacar 
por  no  considerar  ya  fácil  la  victoria,  retirándose  al  ñn  los  carlistas 
sin  ser  molestados,  pero  sin  lograr  su  objeto. 

Para  nosotros  es  indudable  que  los  carlistas  hubieran  logrado  en- 
trar en  Santander,  á  pesar  de  la  decisión  de  sus  defensores  y  de  las 
precauciones  tomadas,  pues  las  tropas  que  defendían  dicha  capital  se 
reducían  á  dos  compañías  de  Carabineros  auxiliadas  por  voluntarios  de 
la  libertad,  y  el  Gobierno  de  Madrid  no  podía  enviarles  refuerzos  en 
algunos  días,  primero  porque  carecía  de  ellos  por  el  momento,  y  se- 
gundo, porque  el  ferrocarril  no  hubiera  funcionado,  y,  por  lo  tanto,  la 
ventaja  que  la  línea  férrea  pudiera  haberles  proporcionado,  se  habría 
anulado  por  D.  Santiago  Lirio.  El  fuerte  temporal  de  agua  y  niebla 
que  se  desencadenó  desde  el  primer  día  de  marcha,  fué  la  causa 
eficiente  de  que  retrocediesen  los  expedicionarios  á  sus  acantonamien- 
tos sin  lograr  sus  intentos.  Comprendemos  que  internados  en  país,  sino 
enemigo,  tampoco  muy  entusiasta  por  la  causa  carlista,  pudieran 
haberse  visto  comprometidas  las  columnas  por  falta  de  mantenimien- 
tos en  las  montañas  y  pobres  caseríos  de  las  mismas,  y  por  la  dificultad 
de  comunicaciones  con  el  resto  del  Ejército  carlista.  Pero,  sin  embar- 
go, parécenos  que  algo  pudo  arriesgarse  el  General  Mendiry,  aún 
cuando  no  hubiera  sido  [más  que  para  entrar  y  salir  en  Santander, 


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recogiendo  al  paso  cuanto  pudiera  convenirle.  ¿Hubieran  sobrevenido 
después  las  sangrientas  batallas  de  Somorrostro,  si  los  liberales  no 
hubieran  tenido  ú  su  disposición  el  ferrocarril  de  cantábrico?  Cúlpese 
á  las  circunstancias,  cúlpese  á  quién  quiera;  pero  ni  Elío,  ni  Dorregaray 
ni  Olio  desconocieron  nunca  la  importancia  de  la  línea  férrea  de 
Santander,  ni  dejaron  de  tener  los  ojos  fijos  en  ella,  ni  el  primero  dejó 
de  dar  por  tres  veces  la  orden  ineludible  de  destruirla  á  toda  costa, 
primero  al  Coronel  Navarrete,  después  á  los  generales  Mendiry  y  Lirio, 
y  más  tarde  al  marqués  de  Valde-Espina,  impidiendo  siempre  lograr 
tan  ventajoso  objeto,  la  fatalidad  de  los  carlistas  y  buena  suerte  de 
los  liberales. 


Volvamos  al  cerco  de  Bilbao.  No  bien  hubo  desempeñado  satisfac- 
toriamente su  misión  en  Portugalete  el  Capitán  de  Artillería  García 
Gutiérrez,  volvió  á  Arteaga  para  activar  la  construcción  de  cañones, 
proyectiles  y  demás  efectos  de  guerra  que  habían  de  funcionar  en  el 
sitio  de  la  capital  de  Vizcaya.  Creemos  haber  dicho  ya  que  durante  su 
ausencia,  había  desempeñado  sus  veces  el  antiguo  Subteniente  alumno 
de  la  Academia  de  Segovia,  D.  Carlos  León,  haciendo  trabajar  á  los 
operarios  lo  que  no  es  decible;  pues,  aunque  idóneos  todos,  especial- 
mente los  maestros  Nicolás  y  Primitivo,  en  sus  respectivos  oficios  de 
carpintería  y  herrería,  había  que  marcarles  detalladamente  la  clase  de 
construcciones  que  su  nueva  industria  estaba  llamada  á  realizar  en  lo 
sucesivo. 

La  fábrica  de  Arteaga  había  marchado  por  sí  sola,  digámoslo  así, 
en  virtud  del  impulso  científico  dado  por  Garcí  Gautiérrez  y  León,  y 
por  el  directivo  de  D.  Castor  Andéchaga;  por  lo  tanto,  dedicáronse 
aquéllos  con  ahinco  y  estimulados  por  el  feliz  éxito  obtenido  ante 
Portugalete,  para  lograrlo  en  mayor  escala  ante  Bilbao.  Eecompúsose, 
pues,  todo  el  material,  montajes  y  efectos  que  tanto  habían  sufrido  en 
Portugalete;  refundiéronse  los  cañones  poligonales  que  no  habían  dado 
buenos  resultados;  dióse  mayor  amplittud  á  la  fundición  de  bombas  y 
proyectiles  sólidos,  habilitóse  para  este  fin  tnmbién  la  excelente  fábri- 
ca del  Desierto  (propiedad  de  los  Ibarras,  ricos  industriales  de  Bilbao), 
y  á  mediados  de  Febrero  hallábanse  ya  suficientemente  dotados  y  en 
disposición  de  romper  el  fuego  cinco  cañones  lisos,  de  bronce,  de  á  12 
centímetros,  y  cuatro  morteros  de  á  27.  Como  los  fondos  escaseaban, 
hubo  que  hacer  las  fundiciones  de  una  manera  especial,  para  ahorrar 
combustible,  y  que  consistía  en  calentar  el  horno  con  leña  y  carbón  el 
día  anterior  al  de  la  colada:  de  este  modo  solamente  duraba  cinco  ho- 


V 


—  129  — 

ras  la  fundición.  Para  economizar  lior.is  de  trabajo,  se  fundían  en 
hueco  los  cañones;  de  otro  modo,  la  fundición  en  sólido  y  el  barrenado 
de  las  ánimas  hubiera  ocupado  uu  espacio  de  tiempo  interminable  para 
el  activo  ó  impaciente  General  Andéchaga.  El  tallr  de  pirotecnia,  á 
cargo  del  Ingeniero  industrial  Sr.  Guillen,  produjo  siete  mil  espoletas 
de  bombas,  que  se  consumieron  en  Bilbao  y  Portugalete,  así  como  in- 
numerables estopines  de  cañizo,  juegos  de  armas  y  demás.  Empleóse 
en  el  sitio  pólvora  procedente  de  Aragón,  de  las  provincias  vasconga- 
das y  de  la  que  en  Navarra  se  hacía  en  Riezu,  bajo  la  dirección  de  un 
antiguo  oficial  de  la  primera  guerra  civil. 


D.  JUAN  X.  DE  ORBE 

MXBQUÉS    DE    VALDE-ESPINA 


Capitulo    XII 


En  marcha  contra  Bilbao. — La  opinión  de  un  General  cañista. — Sitia^ 
dores  y  defensores  de  la  plaza.  — Primer  periodo  del  asedio. — La 
vida  de  los  acantonamientos  y  la  vida  de  los  sitiados. — La  avanza- 
da de  la  Salve. — El  Ayuntamiento  de  Begoña. — Misión  de  la  Bate- 
ría de  Ollargan.  — La  pólvora  carlista. — La  cuestión  de  subsisten- 
cias. —  Temporal. — Sobre  salidas. —  Episodios. — Levantamiento  del 
sitio. 

TüDO  cuanto  aconteció  al  ejército  carlista  en  sn  empeño  sobre  Bil- 
bao, fué  previsto  por  el  General  D.  Nicolás  Olio.  Veterano  de  la 
primera  guerra  civil,  nos  recordaba  pasados  sucesos,  que  para  nos- 
otros tenían  el  encanto  de  ser  refeiidos  por  un  testigo  presencial,  y 
que  entretenían,  instruyéndonos,  nuestras  pesadas  marchas. 

Era  el  General  de  Navarra,  hombre  de  elevada  estatura,  de  mar- 
cial y  simpático  continente,  incansable  á  caballo,  rígido  ordenancista 
y  al  mismo  tiempo  tan  benévplo  con  sus  inferiores,  que  no  se  desde- 
ñaba en  oír  pacientemente  los  proyectos  más  ó  menos  razonables  ó  ilu- 


—  131  — 

sorios  de  sus  subordinados.  Tenía,  como  se  dice  vulgarmente  en  la  mi- 
licia, un  ojo  táctico  de  primer  orden,  creciéndose  en  las  dificultades  y 
peligros. 

Unas  veces  nos  refería  su  entrada  en  territorio  navarro,  seguido 
solamente  de  veinte  y  siete  hombres:  otras  veces,  la  organización  de 
su  querido  primer  Batallón  de  Navarra:  otras,  sus  marchas  y  contra- 
marchas por  las  Amézcoas,  burlando  á  veces  hasta  cinco  columnas 
enemigas:  otras,  nos  refería  las  peripecias  de  la  primera  guerra  civil, 
explicándonos  sobre  el  terreno  las  posiciones  de  cristinos  y  carlistas 
en  las  famosas  batallas  del  puente  de  Arquijas  y  Arlaban,  ó  las  diver- 
gencias habidas  entre  los  generales  Eguía  y  Villarraal,  üranga  y  Ma- 
roto^  ó  recordaba,  en  fin,  episodios  de  la  gloriosa  guerra  de  África,  en 
la  que  también  tuvimos  la  honra  de  pelear  por  el  honor  de  España,  y 
en  la  que  se  distinguió  tan  dignamente  Olio  que  en  la  Crónica  de  la 
guerra  de  África,  página  87,  al  describirse  la  acción  de  Cabo  Negro, 
ocurrida  el  14  de  Enero  de  1860,  hay  un  párrafo  que  dice  así:  «Todos 
»los  del  Regimiento  de  la  Princesa  cumplieron  con  sus  deberes,  distin- 
»guiéndose  por  su  bizarro  comportamiento  el  Comandante  Menacho,  el 
» Capí  tan  Buchón,  que  se  batió  bizarramente,  y  los  capitanes  Olio  y 
•Rodríguez  que  se  distinguieron  en  la  última  carga.»  ¡Quién  nos  ha- 
bía de  decir  al  recrearnos  con  las  animadas  narraciones  de  Olio,  que 
al  marchar  éste  con  sus  batallones  al  sitio  de  Bilbao  iba  en  busca  de 
la  muerte! 

Pero  no  divaguemos.  Era  una  mañana  fría  y  despejada  del  mes  de 
Febrero.  En  cumplimiento  de  órdenes  emanadas  del  Jefe  de  E.  M.  G. 
interino  D.  Antonio  Dorregaray,  habíamos  pernoctado  en  Santa  Cruz 
de  Campezu  y  nos  dirigíamos  á  Vizcaya  con  el  General  Olio,  los  bata- 
llones 1.",  2.",  3.^  y  G."  de  Navarra  y  la  Batería  de  Reyero.  Dijimos  al 
principio  que  el  malogrado  Comandante  General  de  Navarra  había 
previsto  casi  con  detalles  todo  cuanto  luego  nos  sucedió,  y  efectiva- 
mente, recordamos  muy  bien  que  aquel  día,  razonando  sobre  las  ope- 
raciones que  íbamos  á  emprender,  nos  decía  así: 

«Mucho  he  pensado  en  este  asunto;  quizás  desde  el  principio  de 
»esta  campaña  veía  acercarse  este  momento  con  temor,  y  como  yo  soy 
»muy  franco  y  muy  navarro,  voy  á  explanar  á  V.  mi  pensamiento. 
» Únicamente  la  lealtad  debida  á  mi  Rey  y  el  imperioso  deber  de  viejo 
«soldado,  pueden  hacer  que  contribuya  á  un  empeño  militar  de  esta 
•  índole.  Ante  la  plaza  se  han  estrellado  siempre  las  fuerzas  carlistas. 
»En  esta  guerra  era  siempre  de  temer  que  siguiéramos  las  huellas  de 
»la  primera.  ¿Cómo  no,  si  todavía  vivimos  muchos  de  aquella  época? 
»No  alcanzo  todas  las  grandes  ventajas  morales  y  materiales  que  su 


—  132  — 

«conquista  nos  pueda  proporcionar.  Aún  dado  caso  de  que  nos  apode- 
»rásemos  de  Bilbao,  cosa  bastante  problemática  careciendo  de  potente 
«Artillería,  ¿no  es  verdad  que  necesitaríamos  todos,  ó  casi  todos  los 
«batallones  hasta  hoy  organizados,  para  su  defensa?  ¿No  sería  locura 
«suponer  que  el  enemigo  nos  dejase  en  pacífica  posesión  de  la  Villa? 
«Dicen  que  nuestro  reconocimiento  por  las  potencias  europeas  como 
«beligerantes  depende  de  la  toma  de  Bilbao.  Pero  aún  suponiendo  más, 
«suponiendo  que  los  batallones  vizcaínos  bastasen  para  resistir  las  aco- 
«metidas  del  ejército  liberal  ¿cómo  es  posible  que  el  resto  de  nuestras 
«fuerzas  fuese  bastante  para  contener  á  los  contrarios,  y  avanzar  al 
«interior  de  España,  lo  cual  debe  ser  nuestro  primero  y  principal  obje- 
»tivo?  Tan  errados  vamos  nosotros  en  ésto,  como  los  liberales  en  sus 
«acometidas  contra  Estella.  Prescindiendo  del  efecto  moral  que  pudie- 
»ra  producir  la  toma  de  nuestra  capital  carlista,  ¿no  se  hallarían  los 
«contrarios  en  iguales  condiciones  para  sostenerla,  que  nosotros  para 
«conservar  Bilbao?  ¿No  podríamos  dejarles  en  su  pacífica  posesión  y 
«dedicarnos  á  completar  la  Artillería  y  Caballería  que  necesitamos 
«para  cruzar  en  buenas  condiciones  el  Ebro,  castigando  entre  tanto  al 
«enemigo  en  empresas  en  que  no  expusiéramos  tanto  y  cuyos  seguros 
«resultados  levantasen  el  espíritu  carlista  tanto  como  quebrantasen  la 
»moral  del  ejército  y  del  país  republicano,  facilitando  así  el  éxito  de 
«una  expedición  nuestra  á  Madrid?  Al  pensar  nosotros  en  el  sitio  de 
»Bilba(.\  no  olvidemos,  y  quiera  Dios  no  olviden  nuestros  jefes,  que  ha 
«de  preceder  á  todo  la  inutilización  definitiva  de  la  línea  férrea  de 
«Santander,  pues  por  ella  nos  ha  de  venir  la  muerte.  Si  no  bastan  tres 
«batallones,  todos  en  masa  debemos  acudir  á  romper,  no  temporalmen- 
»te.  sino  para  siempre  la  vía  férrea.  Y  si  esto  no  se  hace,  y  pronto,  el 
«enemigo  no  tendrá  que  discurrir  mucho  para  arrojar  sobre  nosotros 
«cincuenta  ó  sesenta  batallones,  con  dotación  sobrada  de  cañones  y 
«proyectiles  para  aniquilarnos  por  muy  buenas  que  sean  nuestras  po- 
«siciones.  Los  liberales,  no  disponiendo  ahora  de  Portugalete,  como 
«base  de  operaciones,  se  nos  entrarán  por  Algorta  ó  Somorrostro;  qui- 
»zás  nos  entretengan  por  allí  mientras  otras  columnas  avancen  por 
«Valmaseda  ó  Durango,  y  entonces,  ¿no  tendremos  que  dividirnos  y 
«que  acabar  por  levantar  el  sitio  para  evitar  que  nos  envuelvan  y  des- 
«truyan?» 

Tales  eran  las  razones  que  oponía  el  ilustre  General  Olio  al  asedio 
de  Bilbao,  y  no  hemos  querido  ocuparnos  en  éste  sin  antes  referir  el 
modo  de  pensar  que  aquel  inolvidable  caudillo  y  muchos  carlistas 
teníamos  sobre  la  operación  acordada. 

Sólo  incidentalmente  nos  ocuparemos  en  este  capítulo  de  las  bata- 


—  133  — 

lias  libradas  en  los  campos  de  Somorrostro,  dejando  su  descripción  para 
los  capítulos  siguientes,  limitándonos  en  el  presente  á  referir  como 
mejor  nos  sea  dable,  el  sitio  de  Bilbao,  cuya  ría  quedó  cortada  teniendo 
los  carlistas  gruesas  cadenas  de  orilla  á  orilla  y  sumergiendo  gabarro- 
nes  rellenos  de  grandes  piedras  y  mineral  de  hierro,  bajo  la  dirección 
del  antiguo  Capitán  de  Fragata  D.  Santiago  Patero;  obstáculos,  estos 
últimos,  que  los  barcos  de  la  Escuadra  no  supieron  ó  no  pudieron  des- 
truir, y  que  unidos  á  la  pérdida  de  Portugalete,  Luchana  y  el  Desierto, 
dieron  lugar  á  que  se  hiciese  sumamente  precaria  la  situación  de  la 
plaza  de  Bilbao. 


Los  carlistas  emprendieron  el  sitio  de  Bilbao  bajo  la  inmediata  di- 
rección del  infatigable  General  Marqués  de  Valde-Espina,  veterano  de 
la  primera  guerra  civil  en  la  que  había  ganado  ia  Cruz  de  San  Fer- 
nando y  alcanzado  el  empleo  de  Comandante;  después  había  tomado 
parte  en  el  levantamiento  carlista  de  1848  y  en  ia  conspiración  que 
fracasó  en  San  Carlos  de  la  Rápita;  había  sido  Senador  en  las  Cortes 
de  1871,  y  se  había  distinguido  notablemente  desde  principios  de  1873 
en  numerosas  acciones  de  guerra,  y  de  una  manera  muy  especial,  en 
la  memorable  victoria  de  Eraul. 

Los  batallones  que  asediaban  á  Bilbao  tenían  la  siguiente  situación: 
el  de  Bilbao,  con  Fontecha,  del  Puente  Nuevo  á  Artagan;  el  de  IMar- 
quina,  con  Sarasola,  en  Archanda  y  Santo  Domingo;  el  de  Durango, 
con  el  Barón  de  Sangarren,  en  Olaveaga  y  Deusto;  el  de  Munguía,  con 
Gorordo,  parte  en  Olaveaga  y  algunas  compañías  destacadas  en  las. 
Arenas  y  Plencia;  el  de  Guernica,  con  Iriarte,  en  San  Mames  é  Iturri- 
gorri;  yelde  Orduña,  conBernaola,  en  Larrasquitu  y  la  Peña,  suman- 
do dichos  seis  batallones  un  total  de  unos  cuatro  mil  hombres. 

Antes  de  formalizar  el  sitio  se  reconocieron  los  emplazamientos  de 
las  futuras  baterías,  por  cierto  que  en  uno  de  estos  reconocimientos  faé 
herido  el  Comandante  de  Artillería  García  Gutiérrez,  por  un  casco  de 
granada.  También  se  hicieron  trincheras  y  caminos  cubiertos  para  la 
Infantería. 

El  Gobernador  de  Bilbao  lo  era  el  Mariscal  de  Campo  D.  Ignacio 
María  del  Castillo,  procedente  del  Cuerpo  de  Ingenieros,  veterano  de  la 
primera  guerra  civil  en  la  que  peleando  contra  los  carlistas  había  ga- 
nado la  Cruz  de  San  Fernando  y  el  grado  de  Capitán,  pasando  des- 
pués á  ser  profesor  de  la  Academia  de  Ingenieros,  distinguiéndose  más 
tarde  en  la  expedición  á  Portugal  dirigida  por  el  General  D.  Manuel 
de  la  Concha,  y  en  la  célebre  jornada  del  22  de  Junio  de  186G,  en  la 


—  134  — 

que  conquistó  el  entorchado  de  Brigadier  peleando  contra  los  revolu- 
cionarios, enfrente  de  los  cuales  y  acompañando  en  1868  á  D.*  Isabel  II 
hasta  la  frontera  con  las  tropas  de  Ingenieros  de  su  mando,  había  teni- 
do el  envidiable  honor  de  ser  el  último  soldado  de  la  Monarquía. 


1 


D.  IGXAGIO  M.  DEL  CASTILLO 


Las  fuerzas  de  que  disponía  el  General  Castillo  en  Bilbao ,  eran  las 
siguientes:  el  Regimiento  de  Infantería  del  Rey,  con  1,277  hombres,  el 
Batallón  de  Cazadores  de  Alba  de  Tormes,  con  555,  el  de  Forales,  con 
648,  y  el  de  Auxiliares,  con  600,  90  artilleros  de  Montaña,  123  para  el 
servicio  de  las  piezas  de  posición,  95  caballos.  Guardia  Civil  y  Cara- 
bineros, sumando  cerca  de  cuatro  mil  hombres,  con  dos  piezas  de  Mon- 
taña y  unos  treinta  y  cinco  ó  cuarenta  cañones  de  grueso  calibre  dis- 
tribuidos en  las  bien  combinadas  defensas  de  la  plaza,  pues  además 
de  los  fuertes  del  Morro  y  de  Miravilla  que  desde  hacia  tiempo  pro- 
tegían la  Villa,  habíanse  construido  también  los  de  Mallona  y  San 
AgustÍD,  de  Solocoeche,  de  la  Cárcel,  del  Choritoque,  del  Diente  y  al- 
gún otro. 

El  Coronel  D,  Isidro  Macanaz  mandaba  la  Artillería  de  la  plaza,  y 
la  sección  de  Montaña  estaba  á  cargo  del  Capitán  Gascón.  Las  bocas 
de  fuego  estaban  distribuidas  del  modo  siguiente:  En  el  fuerte  de  Mi- 
ravilla, situado  al  Norte  de  la  población  y  á  la  izquierda  del  río,  un 
cañón  de  á  16  centímetros,  dos  de  á  12,  y  uno  de  á  8,  todos  rayados;  en 
el  fuerte  de  Mallona,  situado  al  Norte  y  derecha  del  Nervión,  cinco 
cañones  lisos  y  rayados  de  á  8  centímetros;  en  el  fuerte  del  Morro, 
que  era  el  principal  por  su  excelente  y  dominante  situación  topográ- 
fica, liabía  un  cañón  de  á  IG,  otro  de  á  12,  y  otro  de  á8,  rayados;  este 


—  135  — 

fuerte  se  hallaba  al  Sur  y  á  unos  dos  kilómetros  de  la  villa.  Además  se 
establecieron  las  baterías  del  Diente,  Chori toque,  reducto  de  San  Agus- 
tín, Estación  y  Muerte,  al  Norte,  dotadas  con  dos  cañones  de  ú  16,  cin- 
co de  á  8,  otros  tantos  de  á  12,  y  dos  de  á  4;  las  baterías  de  Albia  y 
Zabalburu,  con  cañones  de  á  12  y  de  ¿I  8,  y  en  fin,  la  de  la  Cárcel,  con 
cuatro  cañones  de  á  8,  lisos  y  rayados. 

Contaba  también  Bilbao  con  una  sección  de  Ingenieros,  debién- 
dose la  dirección  de  la  mayor  parte  de  las  defensas  al  entendido  y  es  - 
forzado  Capitán  del  Cuerpo  D.  Eduardo  Mariátegui,  á  quien,  por  la 
escasez  de  personal  militar,  ayudaron  en  los  servicios  facultativos  el 
Ingeniero  Jefe  de  Obras  Públicas  D.  Adolfo  de  Ibarreta,  los  Ayudan- 
tes del  mismo  Cuerpo  D.  Domingo  de  Almarza  y  D.  José  María  Alva- 
rez,  y  los  Arquitectos  D.  Julián  de  Zubizarreta  y  D.  Francisco  de 
Orueta,  con  una  compañía  que  organizaron  titulada  de  Zapadores  au- 
xiliares, entre  cuyos  oficiales  figuraban  varios  maestros  de  obras. 

No  había  perdido,  ciertamente,  el  tiempo  el  ilustrado  y  enérgico 
General  liberal  Castillo,  porque  los  fuertes  estaban  bien  situados  y 
construidos,  y  la  Artillería  de  la  plaza  era  muy  superior  en  número  y 
en  calibre  á  la  de  los  sitiadores,  lo  cual  resultaba  contrario  á  las  más 
elementales  reglas  de  la  guerra,  pues  sabido  es  que  para  equilibrarse 
los  ejércitos  en  el  ataque  y  defensa  de  las  plazas,  los  sitiadores  deben 
estar,  por  lo  menos,  en  la  relación  de  cinco  á  uno  con  los  sitiados. 

Los  carlistas,  en  cambio,  careciendo  de  bocas  de  fuego,  pues  los 
■dos  únicos  cañones  de  bronce,  de  á  12  centímetros  y  lisos,  los  tenía  á 
sus  órdenes  el  Brigadier  de  Marina  Patero,  en  xVlgorta,  hubieron  de 
desenterrar  algunos  de  hierro  de  á  12  y  13  centímetros,  lisos  también, 
y  que  habían  servido  en  los  muelles  para  atíiarrar  los  cables  de  los 
barcos.  En  atención  á  la  falta  de  buena  Artillería,  elemento  indispen- 
sable para  sitiar  plazas,  se  decidió  en  Consejo  de  Guerra  presidido  por 
D.  Carlos  (y  al  cual  asistieron  los  generales  Marqués  de  ValdeEspina, 
Planas  y  Benavides  y  los  brigadieres  Maestre  é  Iparraguirre),  que  los 
morteros  fuesen  el  elemento  principal  del  ataque,  tanto  por  la  consi- 
deración ya  expuesta,  como  por  la  de  creer  que  Bilbao  se  entregaría  al 
recibir  las  primeras  bombas  y  ver  interrumpido  su  tráfico  con  el  ex- 
tranjero. 

Construyéronse,  pues,  baterías  de  morteros  en  diferentes  puntos  de 
la  cordillera  de  Archanda,  á  400  metros  de  la  plaza,  en  Casamonte, 
Pichón^  Santo  Domingo  y  Quintana,  encargándose  de  su  mando  el  Co- 
mandante de  Artillería  D.  Rodrigo  Vélez. 

De  las  baterías  de  cañones,  que  eran  dos,  una  delante  de  Santa 
Mónica  y  otra  en  Artagán,  que  batían  en  brecha  á  Begoña  á  cortísima 


—  136  — 

distancia  (unos  150  metros),  se  encargó  un  Teniente,  y  aún  sin  haber 
roto  el  fuego  todavía,  comisionóse  para  el  mando  de  dichas  baterías 
al  autor  de  estos  apuntes,  á  quien  se  hizo  acudir  precipitadamente  des- 
de la  línea  de  Somorrostro,  á  causa  de  haber  sido  herido  gravemente 
aquel  oficial  al  apuntar  un  cañón  sobre  Begoña.  Después  se  constru- 
yeron otras  dos  baterías  más  en  la  Cadena  Vieja  y  en  Ollargan,  de  las 
que  hablaremos  más  adelante. 

Don  Carlos  de  Borbón  se  situó  en  las  Cruces,  desde  cuyo  punto  po- 
día acudir  con  igual  facilidad  al  cerco  de  Bilbao  y  á  la  línea  en  que  se 
había  de  disputar  el  paso  al  ejército  liberal.  El  General  Marqués  de 
Valde-Espina  estableció  su  Cuartel  General  en  Olaveaga,  y  el  Coman- 
dante General  de  Artillería  Maestre  se  situó  en]Azúa,  próximo  al  par- 
que de  campaña,  que  se  estableció  en  un  antiguo  cocheronen  el  cruce- 
ro de  Derio;  acudieron  también  allá  las  compañías  de  Ingenieros  que 
mandaba  Argila,  y  desde  el  citado  valle  de  Azúa  cuidaba  el  Brigadier 
Maestro  de  que  se  atendieran  las  necesidades  de  todas  las  baterías,  sin 
desdeñar  por  eso  el  acudir  con  frecuencia  al  Desierto,  donde  se  halla- 
ba la  fundición  de  proyectiles,  ó  á  las  baterías  de  Santa  Mónica,  Arta- 
gán  y  demás,  para  animar  á  sus  subordinados,  tomar  parte  en  sus  fa- 
tigas y  trabajos  y  proveer  por  sí  mismo  al  aprovisionamiento  y  demás 
necesidades  de  las  baterías. 

El  primer  punto  de  ataque  de  los  carlistas,  ó  sea  su  línea  más  avan- 
zada, la  formaban  los  alrededores  de  Begoña,  en  cuyo  santuario  se 
albergaba  el  Batallón  de  í'orales^  templo  aquél  fortísimo,  cuyos  hue- 
cos había  cubierto  de  blindajes  el  enemigo,  y  que  dominaba  una  gran 
parte  del  campo  sitiador.  La  elección  fué  muy  acertada,  por  parte  de 
los  liberales,  porque  desde  la  torre  de  Begoña,  en  la  que  se  situaron 
los  mejores  tiradores  del  Batallón  de  Forales,  hacían  muy  arriesgada 
el  paso  de  los  carlistas,  aún  desde  las  trínchelas  á  sus  alojamientos. 
Los  carlistas,  por  tanto,  blindaron  sus  baterías  de  Santa  Mónica  y  Ar- 
tagán,  y  aún  así,  ya  hemos  dicho  que  hallándose  haciendo  la  puntería 
el  oficial  de  Artillería  que  las  mandó  primeramente,  recibió  un  balazo, 
yendo  á  matar  el  proyectil  al  artillero  que  con  la  palanca  le  ayudaba 
á  apuntar. 

A  pesar  de  todo  su  resguardo,  la  Batería  de  Santa  Mónica  tenía  que 
desenfilarse  de  los  tiros  de  revés  del  Morro,  y  de  los  de  frente  de  ^fa- 
llona y  Mira  villa.  La  Batería  de  Artagán,  revestida  de  sacos  á  tierra, 
estaba  también  dominada  de  frente  por  los  dos  últimos  fuertes,  y  de 
flanco  por  los  de  San  Agustín  y  Mallona,  á  cortísima  distancia. 

Tal  era  el  estado  de  las  operaciones  el  19  de  Febrero. 


—  lo7  — 

Para  la  mejor  inteligencia  del  relato,  conviene  dividirlo  en  perío* 
dos,  comprensivo  el  primero,  de  los  hechos  de  armas  verificados  desde 
el  19  de  Febrero  hasta  fines  de  Marzo,  dejando  para  el  segundo  los 
ocurridos  hasta  el  levantamiento  del  sitio. 

Hemos  dicho  que  fueron  cuatro  las  baterías  de  morteros  7  tres  las 
de  cañones,  sin  contar  la  mixta  de  Ollargán. 

Nada  tenemos  que  decir  de  las  primeras,  después  de  haber  fijado 
su  situación  en  el  monte  de  Archanda.  Estas  fueron  construidas  por  los 
artilleros  de  Vizcaya,  á  las  órdenes  de  los  comandantes  Vélez  y  Gar- 
cía Gutiérrez,  resultando  éste  herido,  como  hemos  indicado,  en  uno  de 
los  reconocimientos  previos  verificados  en  dicha  cordillera.  Todas  es- 
taban dotadas  de  morteros  de  á  27  centímetros  y  sus  proyectiles  pro- 
cedían, unos  de  la  f audición  de  Arteaga  y  otros  de  la  del  Desierto. 

En  cuanto  á  las  baterías  de  cañones,  debióse  su  construcción  á  los 
voluntarios  del  Batallón  de  Bilbao,  y  su  ingeniosa  situación  al  Coronel 
del  mismo,  D.  José  Seco  Fontecha,  quien  había  sido  mucho  tiempo  Co- 
mandante de  la  Guardia  Civil  de  Vizcaya,  excusando  decir,  por  tanto, 
la  valía  de  sus  servicios  en  un  terreno  como  aquel  que  conocía  á  pal- 
mos. La  de  Artagán  se  hizo,  como  hemos  indicado,  para  batir  en  brecha 
á  Begoña  y  evitar  que  los  tiradores  de  su  torre  hicieran  imposible  ó 
muy  difícil  el  trasladarse  de  un  punto  á  otro  de  las  posiciones  carlistas, 
dada  su  dominación.  Se  aprovecharon  para  ello  las  dos  paredes  de  pie- 
dra del  foso  de  un  fuerte  que  hubo  allí  en  la  primera  guerra  civil,  y  el 
tercer  lado  se  rellenó  de  sacos  á  tierra^  cubriéndose  además  las  paredes 
de  la  cañonera,  con  maderos  y  tierra,  dándole  el  espesor  suficiente  para 
defenderse  de  los  fuertes  que  dominaban  á  su  vez  la  Batería  tanto  por 
el  número  como  por  el  calibre  de  sus  piezas.  La  de  Santa  Mónica  fué 
asimismo  levantada  por  el  ya  citado  Batallón,  que  se  albergaba  en  los 
conventos  de  las  Recogidas  y  de  Santa  Clara.  Su  construcción  era  aná- 
loga á  la  de  la  Batería  de  Artagan,  con  su  correspondiente  cumbrera 
blindada. 

Si  no  hubiera  sido  por  esas  defensas,  ¿cómo  habría  sido  posible,  no 
ya  atacar,  sino  mantenerse  siquiera  á  la  defensiva,  con  dos  cañones 
lisos  de  á  13  centímetros  contra  diez  veces  mayor  número  de  piezas 
rayadas^  y  de  los  calibres  de  12  y  16? 

Para  ofender  con  mejor  éxito  al  fuerte  de  Mallona,  cuya  proximi- 
dad á  la  Batería  de  Artagán  flanqueándola,  hacía  muy  comprometido 
su  servicio,  construyó  una  Batería  provisional  el  Teniente  Coronel 
Brea,  en  el  intervalo  comprendido  entre  las  dos,  emplazando  en  ella 
dos  cañones  lisos  de  á  12  centímetros,  fandidos  en  Arteaga,  los  cuales 
pasaron  luego  á  la  Batería  de  la  Cadena  Vieja,  la  cual  fué  dirigida  con 


—  138  — 

todas  las  reglas  de  la  fortificación  por  el  Teniente  Coronel  de  Ingenie- 
ros D.  José  Garin, 

Llegó,  pues,  Brea,  acompañado  del  Capitán  D.  Luis  Ibarra,  desde 
Somorrostro,  el  20  de  Febrero,  haciéndose  cargo  en  el  acto,  de  la  orga- 
nización y  mando  de  las  baterías  de  cañones,  con  entera  independen- 
cia de  las  de  morteros,  haciéndole  entrega  de  sus  puestos  el  Coronel 
Fontecha,  y  hecho  el  correspondiente  acopio  de  pólvora  y  proyectiles, 
de  lo  cual  se  habían  ocupado  asiduamente  el  Comandante  General 
Maestre,  García  Gutiérrez,  León  y  Ortiz  de  Zarate,  esperamos  la  orden 
de  romper  el  fuego. 

Hétenos  ya  frente  á  la  plaza  de  Bilbao,  á  la  que  no  se  puede  decir 
que  se  sitiaba,  sino  que  se  bloqueaba  y  circunvalaba^,  toda  vez  que, 
como  ya  hemos  expresado,  para  embestir  á  una  plaza,  debe  el  sitiador 
hallarse  con  el  sitiado  en  la  relación  de  cinco  á  uno,  mientras  que  nos- 
otros, solamente  en  Artillería,  estábamos  con  los  liberales  en  la  rela- 
ción de  uno  á  12. 

El  mismo  día  20  llegó  á  nuestra  línea  el  arrojado  y  caballeroso  Ge- 
neral Marqués  de  Valde-Espina,  con  el  Coronel  Fontecha,  á  quienes 
acompañamos^  recorriéndola  toda  ella  á  pie,  no  sin  ser  saludados  por 
los  fuertes  de  la  plaza  con  algunas  granadas,  pues  era  tal  la  proximi- 
dad entre  unos  y  otros  combatientes,  que  tres  hombres  reunidos  éra- 
mos ya  causa  de  que  nos  hicieran  fuego  los  artilleros  liberales.  Por 
cierto  que  al  recorrer  la  línea  nos  acaeció  el  siguiente  hecho  curioso: 
Sabido  es  que  Valde-Espina  era  completamente  sordo,  y  diciéndonos 
Fontecha  en  su  voz  natural,  lo  feliz  que  era  el  General  no  oyendo  el 
repetido  paso  de  los  proyectiles  á  nuestro  alrededor,  se  encaró  el  Mar- 
qués rápidamente  con  nosotros  y  nos  dijo:  «Están  equivocados:  lo  único 
que  oigo  bien  son  las  balas.» 

El  día  19,  y  según  los  usos  de  la  guerra,  el  General  carlista  Valde- 
Espina  anunció  el  bombardeo  con  veinte  y  cuatro  horas  de  anticipa- 
ción, que  se  prolongaron  otras  tantas,  para  que  salieran  de  la  Villa 
los  cónsules,  las  mujeres  y  cuántos  no  se  creyeran  útiles  para  la  de- 
fensa. 

El  día  20,  el  General  liberal  Castillo  distribuyó  convenientemente 
sus  fuerzas;  estableció  vigías  en  las  torres,  para  avisar  la  llegada  de 
las  bombas,  y  á  las  doce  y  medía  del  día  21  salió  de  la  Batería  de 
Pichón  la  primera  bomba  disparada  contra  la  plaza,  sobre  la  que  suce- 
sivamente rompieron  el  fuego  las  de  Casamonte  y  Quintana.  El  bom- 
bardeo continuó  sostenido  durante  toda  la  noche,  arrojándose  unas  140 
bombas.  El  mayor  número  de  ellas  se  dirigía  al  parque  de  San  Nicolás, 
dónde  se  creía  custodiaban  los  liberales  sus  municiones,  como  así  eia 


_  139  — 

<3n  efecto.  í^l  destrozo  faé  grande  en  el  caserío,  contándose  entre  otros 
la  rotura  de  un  cable  del  puente  colgante. 

Las  baterías  de  Artagán  y  Santa  Mónica  empezaron  su  trabajo  de 
demolíciónr  de  la  torre  de  manipostería  de  Begoña,  logrando,  al  cuarto 
ó  quinto  día  de  cañoneo^  romper  los  blindajes  de  los  huecos  de  las 
campanas,  con  lo  que  sí  no  se  conseguía  alejar  á  los  forales,  se  dificul- 
taba, por  lo  menos,  su  situación,  mientras  recomponían  los  desperfec- 
tos sufridos. 

Para  no  hacer  de  nuestra  narríici(3n  un  diario  de  operaciones,  nos 
limitaremos  á  referir  los  hechos  y  episodios  más  principales  acaecidos 
en  ambos  campos.  Baste  decir,  condensando  esta  reseña,  que  desde 
que  se  arrojó  la  primera  bomba  hasta  el  31  de  Marzo,  cayeron  tres 
mil  seiscientas  sobre  la  población  y  novecientas  balas  sobre  Begoña, 
logrando  ahuyentar  por  completo  á  los  defensores  del  piso  superior  de 
la  torre,  rompiéndoles  la  escalera  y  destruyendo  un  tercio  próxima- 
mente de  la  mampostería  del  primer  cuerpo.  Fueron  asimismo  tan 
insistentes  los  disparos  dirigidos  al  parque  de  municiones,  que  tuvo 
éste  que  ser  trasladado  bajo  la  bóveda  de  un  arco  en  seco  del  puente 
de  San  Antón. 

El  bombardeo  tuvo  que  ser  suspendido  muchas  veces  no  horas,  sino 
hasta  días  enteros,  por  falta  de  pólvora,  á  pesar  de  encargarla  Valde- 
Espinaá  Francia,  y  á  pesar  también  de  los  esfuerzos  que  para  conse- 
guirla hacía  el  mismo  Don  Carlos,  gracias  á  cuyas  valiosas  gestiones 
llegó  un  día  (creemos  que  á  mediados  de  Marzo)  un  carro  procedente 
de  Aragón  atravesando  las  líneas  del  enemigo,  sin  que  éste  llegara  á 
advertir  el  paso  de  tan  importantísimo  convoy. 

Los  morteros  tuvieron  que  refundirse,  y  la  escasez  de  balas  forzó 
á  los  carlistas  á  diseminar  por  el  campo  cientos  de  voluntarios  para 
buscar  las  tiradas  por  el  enemigo,  y  poder  alimentar  así  sus  bocas  de 
fuego. 

Mientras  tanto,  los  bilbaínos,  á  quienes  no  puede  negarse  en  justi- 
cia lo  heroico  de  sus  sufrimientos  y  el  estoicismo  con  que  perseveraban 
en  sus  rudas  fatigas,  tuvieron  que  prescindir  de  los  pisos  superiores  y 
trasladarse  á  los  bajos  y  los  sótanos  de  las  casas.  Ya  á  fines  de  Marzo, 
empezaban  á  no  ser  tan  fáciles  los  mantenimientos:  faltaba  la  carne, 
la  harina  escaseaba  y  aun  cuando  las  bajas  no  eran  muchas,  la  moral 
de  soldados  y  bilbaínos  empezaba  á  decaer,  si  bien  ponían  rostro  ale- 
gre á  los  reveses.  Su  valor  cívico  era  grande,  repetímos,  y  no  hemos 
de  ser  nosotros  quienes  regateemos  alabanzas  á  nuestros  enemigos  po- 
líticos. 


—  140  — 

La  vida  en  los  acantonamientos  carlistas  era  lo  más  satisfactoria; 
posible;  pero  íbanse  convenciendo  muchos,  como  nosotros  ya  lo  estába- 
mos desde  el  principio,  de  que  los  bilbaínos  no  se  rendirían  solamente 
con  el  bombardeo.  Tanto  se  llegó  á  arraigar  esta  idea,  lo  mismo  en 
una  que  en  otra  línea  carlista,  que  se  llegó  á  pensar  seriamente  en  el. 
asalto;  en  su  consecuencia,  una  noche,  previa  la  venia  del  General 
Elío,  atravesaron  la  ría  los  batall  .nes  3.^  y  G.°  de  Navarra  al  mando 
del  Brigadier  Lerga,  llegando  tres  horas  antes  del  amanecer  á  Olavea- 
ga,  dispuestos  ú  lanzarse  en  seguida  sobre  Bilbao;  pero  no  hallándose 
prevenido  el  General  Valde-Espina  de  la  llegada  de  tan  poderosa  ayu- 
da, y  temiendo  que  se  resintieran  del  caso  los  vizcaínos  que  rodeaban 
la  plaza,  hubo  de  desistirse  de  la  empresa,  regresando  los  navarros, 
mollinos  y  cabizbajos,  á  su  campo  de  Somorrostro. 

Pero  volvamos  á  la  vida  en  los  acantonamientos  carlistas.  Al  ama- 
necer rompían  la  diana  las  músicas  y  charangas  de  nuestros  batallo- 
nes, cuyos  acordes  daban  siempre  lugar  á  algunos  cañonazos  con  que 
nos  saludaban  los  fuertes  enemigos,  máxime  si  á  continuación  de  la 
diana  entonaban  los  nuestros  la  Pitita,  lo  cual  nos  recordaba  los  glo- 
riosos días  de  la  campaña  de  África,  en  la  que  también  nuestras 
dianas  causaban  igual  efecto  que  en  los  republicanos,  en  los  moros,, 
quienes  casi  siempre  contestaban  á  balazos  á  las  músicas  de  los  es- 
pañoles. 

Los  oficiales  y  los  voluntarios  desayunaban  frugalmente,  y  cada 
cual  se  iba  al  punto  que  tenía  designado  desde  la  víspera.  Los  más 
madrugadores  oían  Misa,  que  decían  los  capellanes  en  los  templos  ha- 
bilitados para  el  culto;  el  más  concurrido  lo  era  el  de  las  Recogidas, 
donde  se  alojaba  la  Artillería  y  la  fuerza  franca  de  servicio  del  Bata- 
llón de  Bilbao.  Los  que  no  tenían  misión  señalada  en  el  servicio  del 
día,  se  encaminaban  á  las  alturas  de  Monte-Abril,  Santo  Domingo  y 
Axpe,  desde  dónde  se  distinguían  claramente  los  movimientos  y  lo& 
disparos  de  ambos  ejércitos  en  Somorrostro,  ó  bien  se  iban  á  las  bate- 
rías de  morteros  á  pasar  el  tiempo  viendo  lanzar  bombas  sobre  la  plaza 
liberal.  Las  baterías  de  cañones  no  eran  tan  visitadas,  no  por  el  peligro 
que  en  ellas  podía  correrse,  y  que  no  era  escaso  en  verdad^  sino  porque 
sus  emplazamientos  no  podían  contener  muchos  curiosos.  Sin  embargo, 
casi  toda  la  oficialidad  del  buen  Batallón  de  Bilbao  desfiló  por  ellas, 
ofreciendo  su  ayuda  á  los  artilleros  y  proporcionándonos  la  satisfac- 
ción de  disfrutar  con  frecuencia  de  su  excelente  compañía,  recordando- 
entre  nuestros  más  asiduos  favorecedores  á  los  capitanes  Rovira,  Cas- 
tillo y  Llana,  al  Alférez  Marín  y  al  Médico  Moreno. 

A  las  doce  cesaba  el  fuego,  se  descansaba  bástalas  tres  de  la  tarde,. 


—  141  — 

y  al  regresar  á  sus  acantonamientos  los  carlistas,  veíanse  acompaña- 
dos siempre  por  los  multiplicados  disparos  de  los  fuertes  liberales.  La 
noche  se  pasaba  viendo  arrojar  bombas  sobre  la  capital  de  Vizcaya,  la 
cual  desde  un  principio  había  suprimido  el  alumbrado  de  casas  y  calles, 
para  no  ofrecer  tan  fácil  blanco  á  los  disparos,  relevándose  de  noche, 
también  por  análoga  razón,  el  servicio  entre  los  carlistas. 

Los  días  en  que  escaseaba  ó  no  había  pólvora,  se  empleaban  en  re- 
correr los  alrededores  de  Bilbao  y  las  posiciones  de  la  línea  de  Somo- 
rrostro. 


D.    EAMOX   DE    ALTARRIBA 

BAUÓN  DE  SAXGARUKX 


Cuando  el  General  republicano  Moñones  retrocedió  en  Febrero  ante 
los  batallones  carlistas  mandados  por  el  insigne  Olio,  el  Marqués  de 
Valdo-Espina  ofició  al  General  Castillo  comunicándole  la  nueva  é  in- 
A'itándole  á  que  enviara  algún  jefe  ii  oficial  de  su  confianza,  para  cer- 
ciorarse del  hecho;  con  este  motivo  mediaron  corteses  comunicaciones 
entre  el  noble  Marqués  y  el  ilustre  Gobernador  militar  de  la  Plaza,  por 
más  que  éste  no  aceptara  la  galante  invitación  del  General  carlista. 

La  monotonía  del  sitio  hubo  de  romperse  solamente  en  dos  ocasio- 
nes durante  el  mes  de  Marzo.  La  casa  Delmás,  refugio  de  35  carabi- 
neros de  la  avanzada  de  la  Salve,  fué  atacada  y  tomada  por  algunas 
compañías  del  Batallón  de  Durango,  á  las  órdenes  del  Barón  de  San- 


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garren,  cayendo  prisioneros  cuantos  la  defendían.  Esto  sucedió  el  día 
14  de  Marzo;  aquella  misma  noche  se  frustro  otro  ataque  de  los  carlis- 
tas contra  la  Casa-fiicrtc  del  Ayuntamiento  de  Begoña,  para  cuya  ope- 
ración habíanse  preparado  faginas  y  camisas  embreadas  y  un  carro  de 
paja  rociada  con  petróleo;  pero  por  más  que  al  mismo  tiempo  rompían 
el  fuego  sobre  la  Plaza  los  batallones  carlistas  en  Albia  y  otros  pun- 
tos, losforales  sospecharon  y  su  vigilancia  ó  su  espionaje  les  avisó  con 
tiempo  y  pudieron  estorbar  el  ataque. 

Concluímos  este  período  con  una  noticia  que  llenó  de  luto  los  cora- 
zones y  de  llanto  los  ojos  de  todos  los  militares  carlistas.  Xos  referi- 
mos á  la  muerte  del  General  Olio,  del  Brigadier  Rada  y  del  Auditor 
Escudero,  víctimas  de  una  granada  que  reventó  en  el  grupo  donde 
aquéllos  se  encontraban,  el  día  29  de  Marzo.  Sabido  es  el  prestigio  de 
que  Olio  y  Radica  gozaban  entre  sus  compañeros  y  subordinados,  el 
uno  por  su  iniciativa  é  inteligencia,  y  los  dos  por  su  temerario  valor  y 
empuje;  la  Xarración  miJitar  de  la  guerra  carlista,  escrita  por  el 
Cuerpo  de  Estado  Mayor,  al  hablar  de  este  triste  suceso  dice  del  malo- 
grado Comandante  General  de  Navarra  que:  era  un  jefe  de  gran  pres- 
tigio y  valor,  y  de  bastante  iniciativa,  y  sil  vacio  difícil  de  llenar. 


Deseando  los  sitiadores  defenderse  de  los  continuos  y  cercanos  fuegos 
de  las  Baterías  de  Mallona,  que  les  convertía,  á  su  vez,  en  sitiados,  se 
construyó  en  una  noche  otra  Batería  artillada  con  dos  cañones  lisos  de 
bronce,  de  los  fundidos  en  Arteaga.  Pocos  días  pudo  funcionar,  sin 
embargo,  porque  flanqueada  por  las  bien  servidas  baterías  del  fuerte 
del  Morro,  fué  destruida  por  éstas  á  las  pocas  horas,  y  si  bien  se  arre- 
glaban sus  averías  por  la  noche,  volvía  á  ser  arrasada  al  día  siguien- 
te. Esto  hizo  pensar  en  llamar  por  otro  lado  la  atención  del  Morro,  y 
como  la  falta  de  bocas  de  fuego  era  grande  entre  los  carlistas,  como 
hemos  dicho  ya,  el  Marqués  de  Valde-Espina  ordenó  á  un  Bata- 
llón que  se  situara  en  la  Peña,  y  el  Comandante  General  de  Artillería, 
Maestre,  dispuso  que  se  colocara  un  mortero,  bajo  la  dirección  del  Ca- 
pitán D.  Luis  Ibarra,  en  el  alto  de  Ollargán,  que  dominaba  al  Morro, 
con  la  única  misión  de  arrojar  bombas  sobre  los  emplazamientos  de  las 
piezas  de  dicho  fuerte,  al  mismo  tiempo  que  los  tiradores  del  Batal  ón 
carlista  hacían  que  los  artilleros  liberales  no  obrasen  tan  á  mansalva 
como  antes.  Ambas  fuerzas  cumplieron  las  órdenes  recibidas,  y  desde 
principios  de  Abril  el  fuerte  dejaba  en  libertad  á  las  demás  baterías 
carlistas  para  funcionar  contra  la  Plaza,  pues  varias  bombas  cayeron 
entre  los  cañones  enemigos,  destruyendo  sus  montajes  y  explanadas. 


—  143  — 

Al  mismo  tiempo  se  ordenó  por  el  Brigadier  Maestre,  que  se  fundie- 
ran en  Azpeitia  cañones  de  á  12  centímetros  y  uno  rayado  de  á  10,  para 
el  cual  se  eligió  terreno  en  Ollargán  y  se  construyó  convenientemente 
una  cañonera  para  cuando  lo  recibiéramos. 

Luchando  los  carlistas  con  la  absoluta  falta  de  elementos,  tenían 
que  limitar  su  acción  al  empleo  de  los  cañones  y  morteros  cuando  ha- 
bía pólvora^  recurriendo  muchas  veces  al  forzoso  silencio  por  dos  ó  tres 
días,  con  tal  de  arrojar  en  uno  sólo  las  economías  de  los  anteriores. 

Un  día  se  nos  avisó  que  fuéramos  á  probar  una  gran  cantidad  de  pól- 
vora que  los  voluntarios  habían  encontrado.  El  júbilo  nos  hizo  montar 
enseguida  á  caballo  y  marchar  al  Crucero,  que  era  un  edificio  situado 
en  la  confluencia  de  las  carreteras  de  Derio  y  Bilbao.  Allí  nos  esperaban 
el  Comandante  General  de  Artillería  y  los  Comandantes  Vélez  y  García 
Gutiérrez.  A  la  simple  vista  nos  pareció  á  todos  pólvora  de  mina,  y 
habiendo  extendido  un  reguero  de  ella  de  un  metro  de  longitud^  vimos 
con  desaliento  que  el  fuego  tardó  en  recorrer  tan  pequeño  trayecto, 
minuto  y  medio,  reloj  en  mano.  ¡Caál  no  fué  nuestro  desconsuelo  en- 
tonces! 

Forzoso  fué,  por  lo  tanto,  á  los  carlistas  llevar  perezosamente  el 
asedio  en  el  mes  de  Abril,  si  bien  el  11  se  alteró  la  monotonía  entre 
unos  y  otros  combatientes,  á  causa  del  terrible  temporal  de  agua,  nieve 
y  viento  que  se  desató  en  la  noche  de  dicho  día.  Los  aguaceros  se  su- 
cedían unos  á  otros,  y  en  cuanto  el  agua  cesaba^  se  convertía  en  nie- 
ve, la  que  tanto  en  los  montes  inmediatos  k  Bilbao,  como  en  los  de  So- 
morrostro,  llegó  á  tener  el  espesor  de  cinco  áseis  centímetros.  El  viento 
silbaba  violento  al  atravesar  por  los  huecos  i^ue  hicieran  las  granadas 
enemigas  y  por  las  ventanas  sin  cristales  del  Convento  de  Recogidas, 
donde  nos  albergábamos.  En  medio  de  todo,  sin  embargo,  nuestro 
pensamiento  no  se  apartaba  un  punto  de  los  compañeros  de  armas  que 
no  tenían  ni  aún  nuestras  derruidas  paredes  y  techos  para  guare- 
cerse. 

Amaneció,  y  no  tuvimos  mi\s  que  echar  una  ojeada  sobre  las  po- 
siciones enemigas,  para  que  se  convirtiera  en  júbilo  la  angustia  de  la 
pasada  noche.  Lo  que  ocasionó  nuestra  alegría  fué  el  ver  por  tierra 
un  lienzo  del  fuerte  de  Miravilla,  que  arrastró  tras  de  sí  uno  de  los 
cañones  rayados  de  á  16  centímetros  que  tanto  nos  molestaban.  Ya 
nos  creíamos  dentro  del  temido  fuerte,  é  igualado  desde  allí  el  combate 
contra  el  jMorro,  JLallona  y  Bilbao.  Los  voluntarios  pedían  á  voces  el 
inmediato  asalto^  y  el  jefe  que  esto  escribe  marchó  en  seguida  á  dar 
cuenta  de  tan  feliz  novedad  al  Comandante  General  de  Artillería. 

Llegado  que  fuimos  á  Azúa,  á  las  pocas  palabras  hicimos  partici- 


—  144  — 

par  al  Brigadier  Maestre  de  nuestro  entusiasmo,  conviniendo  en  el 
plan  de  la  operación.  Reducíase  éste  simplemente  á  hacer  converger 
desde  Albia  ó  la  Peña  á  cualquiera  de  nuestros  batallones,  y  aún  nos 
ofrecimos  á  tomar  parte  en  la  operación,  con  los  artilleros  vizcaí- 
nos, quienes  como  no  tenían  pólvora  y  por  lo  tanto  nada  que  ha- 
cer, no  encontraban  medio  mejor  i^ara  no  aburrirse,  palabras  textua- 
les de  aquellos  bravos. 

De  acuerdo,  pues.  Maestre,  en  que  contando  con  Miravilla  podía- 
mos imponernos,  no  tan  sólo  á  Bilbao,  sino  que  también  á  los  demás 
fuertes,  haciéndonos  así  dueños  de  la  Plaza,  salió  acto  seguido  en  de- 
manda del  Cuartel  General  para  proponer  lo  que  habíamos  acordado. 
jQué  largas  nos  parecieron  las  horas  que  transcurrieron  hasta  la  vuel- 
ta del  Brigadier!  Regresó  Maestre,  por  fin,  diciéndonos  que  volviéra- 
mos á  las  baterías,  porque  había  que  esperar  la  resolución  del  Gene- 
ral Elío.  Altas  razonas,  sin  duda,  debieron  oponerse  al  proyecto  contra 
Miravilla,  cuando  el  Jefe  de  Estado  Mayor  General  carlista  no  dio  la 
orden  para  el  ataque:  entretanto,  pasaron  las  hovas,  y  pasaron  dos 
días,  y  acabó  por  desaparecer  la  oportuiúdad  y  aún  la  facilidad  de  la 
operación,  pues  como  los  ingenieros  y  los  artilleros  liberales  no  se  des- 
cuidaban, al  cabo  de  aquel  tiempo  se  hallaba  ya  el  fuerte  como  antes 
del  temporal,  ó  tal  vez  en  mejor  estado  de  defensa. 

A  nuestro  juicio,  perdióse  por  completo  la  ocasión  de  hacernos  due- 
ños de  Bilbao,  y  las  esperanzas  de  conseguirlo  por  otros  medios,  pues 
probado  estaba  que  los  del  bombardeo  y  bloqueo  no  producían  resul- 
tado. 

Hemos  dicho  anteriormente  que  todos,  ó  casi  todos  los  vecinos  y 
defensores  de  Ja  invictn  Villa,  se  habían  trasladado  á  los  pisos  inferio- 
res de  sus  casas,  con  el  fin  de  evitar  ó  disminuir  los  horrores  del  bom- 
bardeo; que  allí  organizaban  su  modo  de  vivir^  se  reunían  unos  con 
otros,  cuando  los  proyectiles  dejaban  de  caer  por  algún  tiempo,  y  que 
los  mantenimientos  iban  subiendo  de  precio,  conforme  se  iban  ago- 
tando. 

Muchos  de  los  defensores  de  Bilbao  murmuraban,  aunque  emboza- 
damente^ de  su  Gobernador  militar,  porque,  disponiendo  de  tropas  en 
suficiente  número  con  relación  á  los  carlistas,  no  rompía  sus  líneas  con 
lo  que  hubiera  cesado  el  malestar  que  á  todos  acosaba.  Pero  no  tenían 
razón,  y  eso  que  el  nilsmo  General  carlista  Elío  escribía  á  Dorregaray,, 
el  10  de  Abril,  lo  que  sigue:  «Extraño  mucho  que  no  llegando  nuestra 
«fuerza  más  que  á  unos  tres  mil  hombres,  y  disponiendo  el  enemigo  de 
»siete  mil,  no  ataquen  y  fuercen  nuestras  líneas».  No  tenía  tampoco 


—  145  — 

razón  Elío:  el  General  Castillo  no  disponía  de  bastante  número  de  dis- 
paros de  fusil  para  semejante  función  de  guerra.  Éste  era  el  secreto  de 
la  aparente  calma  del  pundonoroso  Gobernador  de  la  Plaza,  secreto 
que  guardó  hasta  el  extremo  de  que  nunca  llegaron  á  sospechar,  ni 
menos  á  advertir,  los  soldados  que  tenía  A  sus  órdenes,  que  no  había 
en  los  parques  repuesto  alguno,  y  que  toda  su  reserva  la  llevaban  en 
sus  cartucheras 

Hay  circunstancias  en  la  vida,  en  las  que  es  preciso  sobreponerse 
no  solamente  á  la  queja  general,  sino  que,  también^  sufrir  en  silencio 
ataques  que  tienen  visos  de  fundamento.  Algo  de  esto  nos  pasaba  tam- 
bién á  los  carlistas:  la  principal  sinrazón  que  los  liberales  nos  echaban 
en  cara,  era  que  se  bombardeaba  la  ciudad  y  no  se  cañoneaban  los 
fuertes.  Más  que  ellos  nos  lamentábamos  nosotros  del  caso;  pero,  ¿cómo 
atacar  los  fuertes  si  carecíamos  en  absoluto  de  Artillería,  pues  no  po- 
-día  apellidarse  tal  á  las  tres  piezas  de  hierro  desenterradas  y  los  dos 
•cañones  lisos  de  á  12  centímetros?  ¿Qué  eran  estos  cañones,  en  núme- 
ro y  calibre,  comparados  con  loa  treinta  ó  cuarenta  rayados  de  que 
disponía  la  Plaza  en  fuertes  perfectamente  construidos  por  los  inge- 
nieros liberales?  Prueba  do  nuestro  aserto,  lo  es  que  en  el  momento  en 
que  pudimos  disponer  de  un  solo  cañón  rayado,  de  á  10  centímetros,  el 
27  de  Abril,  nos  trasladamos  con  dicha  pieza  á  Ollargán  y  arrojamos 
150  proyectiles  sobre  el  Morro,  sin  tener  en  cuenta  la  superioridad  no- 
toria de  su  artillado. 

En  este  segundo  período^  ó  sea  en  todo  el  mes  de  Abril,  habíamos 
lanzado  sobre  Bilbao,  1  645  bombas,  300  balas  y  150  granadas,  que 
unidas  á  las  arrojadas  anteriormente  suman  un  total  de  5.300  bombas, 
1.300  balas  y  150  granadas,  habiéndonos  contestado  los  liberales  con 
-8.000  granadas  y  2.000  balas. 

Todos  convenían  entonces,  en  que  ni  los  carlistas  ni  los  liberales 
pudieron  hacer  más,  ni  la  población  desmereció  de  los  anteriores  sitios 
de  la  primera  guerra  civil. 

Aunque  no  influyesen  en  la  marcha  de  las  operaciones,  no  hemos 
de  pasar  adelante  sin  referir  dos  hechos  que  demuestran  el  espíritu  de 
lealtad  y  abnegación  que  animaba  á  los  voluntarios  carlistas. 

Para  entrar  y  salir  de  la  Batería  de  Ollargán,  había  que  atravesar 
un  terreno  como  de  unos  cien  metros  cuadrados  que  estaba  completa- 
mente al  descubierto:  un  día  al  venir  mi  asistente  con  la  comida  para 
los  oficiales  de  la  Batería,  cayó  una  granada  de  á  IT)  centímetros,  de- 
lante y  tan  cerca  de  el,  que  al  reventar  le  perdimos  de  vista.  Al  disi- 
parse el  liumO;  que  había  hecho  el  efecto  de  una  fogata,  apareció  de 

10 


—  14G  — 

nuevo  mi  asistente  con  su  cesta  en  la  mano,  tan  tranquilo  como  si  no 
hubiese  corrido  ningún  peligro,  y  á  la  exclamación  de  alegría  que  lan- 
zamos todos  al  verle  salvo,  nos  contestó  con  la  mayor  sinceridad  y  san- 
gre fría:  «¡Ah!  no  hubiera  yo  sentido  morir,  sino  que  se  hubieran  us- 
»tedes  quedado  sin  comer.» 

El  otro  hecho  fué,  que  habiendo  experimentado  algunas  bajas  la 
Batería  de  Artagán,  subió  el  ordenanza  que  me  cuidaba  el  caballo  á 
servir  como  artillero  primero  de  la  pieza.  Púseme  á  apuntar,  y  al  ver 
que  se  ponía  delante  de  mí,  estorbándome  la  puntería,  le  hube  de  de- 
cir que  se  separara.  Al  poco  rato  volvió  á  poneroe  delante,  y  enton- 
ces, al  reprenderle  y  decirle  que  se  fuera  á  cuidar  del  caballo,  pues 
como  artillero  lo  hacía  muy  mal,  me  contestó  con  cierto  enojo  y  amar- 
gura que  no  pudieron  menos  de  emocionarme^  dicicndome:  «¡Cuando 
»trato  de  cubrirle  con  mi  cuerpo,  me  riñe!  fíCuánto  más  vale  que  yo  le 
»sirva  de  pantalla?  Así  no  le  matarán  á  usted.» 

El  asistente  era  alavés  y  se  llamaba  Gabino;  el  ordenanza  era  na- 
varro y  se  apellidaba  Erro.  ¿Puede  darse  mayor  sangre  fría  y  ab- 
negación que  la  de  aquellos  dos  tan  modestos  como  valientes  sol- 
dados? 

Llegamos  rápidamente  al  desenlace.  Por  los  confidentes  supimos- 
que  el  General  Marqués  del  Duero  había  reunido  un  cuerpo  de  ejército 
para  flanquearnos  y  que  tenía  ya  muy  adelantada  dicha  operación. 
Desde  aquel  momento  dimos  por  seguro  el  inmediato  levantamiento  del 
sitio,  pues  hubiera  sido  muy  arriesgado  esperar  que  nuestro  Ejército 
de  Somorrostro  pudiera  dividirse  para  hacer  frente  en  dos  mitades  á 
triplicado  número  d-e  enemigos. 

Nos  preparamos,  pues,  para  la  retirada,  conviniendo,  previo  conse- 
jo con  el  Comandante  General  de  Artillería,  en  salvar  el  material  de 
guerra,  compuesto  únicamente  de  los  morteros,  del  cañón  de  á  10  cen- 
tímetros y  los  dos  de  á  12,  pues  los  de  hierro  no  podían  servir  más  que 
para  volver  á  sujetar  las  amarras  de  los  barcos.  Reunióse  suficiente 
número  de  carretas  del  país,  disparóse  la  última  granada  el  día  1."  de 
Mayo,  á  las  siete  de  la  tarde,  y  lanzó  la  postrera  bomba  la  Batería  de- 
Quintana  á  las  diez  y  media  de  la  noche  del  mismo  día. 

Al  romper  el  alba  del  siguiente,  nos  hallábamos  en  Larrabezúa.  Las 
tropas  carlistas  y  las  carretas  que  salvaban  los  cañones  y  demás  efec- 
tos de  guerra  que  habían  servido  para  el  sitio,  se  hallaban  paradas  á 
lo  largo  de  la  carretera  y  en  los  alrededores  del  pueblo.  La  causa  de 
tal  detención  lo  era  el  rumor  que  corría  entre  las  filas,  de  que  la  guar- 
nición de  Bilbao  había  hecho  una  salida  y  ocupaba  la  bifarcación  de 


—  147  — 

las  dos  carreteras  que  conducían  A  Zornoza  y  Durango,  una  desde 
Bilbao  y  otra  desde  Zamudio  y  Larrabezúa.  Enterado  de  esto  el  Te- 
niente Coronel  de  Artillería  Pérez  de  Guzmán  (quien  había  salvado 
aquella  noche,  con  su  decisión  y  arrojo,  los  dos  cañones  de  á  12  centí- 
metros, lisos,  que  se  hallaban  en  las  Arenas  próximos  ya  á  caer  en  po- 
der de  los  liberales)  se  ofreció  al  General  Mendiry,  que  era  el  jefe  más 
cercano,  para  hacer  un  reconocimiento  detenido  del  campo  que  se  su- 
ponía en  poder  del  enemigo  y  salir  así  de  dudas.  El  Teniente  Coronel 
de  Artillería  Brea  y  el  siempre  voluntarioso  Capitán  del  mismo  Cuerpo 
Llorens  se  brindaron  á  acompañar  á  Pérez  de  Guzmán:  llegados  los 
tres  á  la  confluencia  de  las  expresadas  carreteras  y  reconocidos  con  la 
mayor  escrupulosidad  los  contornos,  resultó  no  ser  cierta  la  noticia  ni 
haber  motivo  alguno  para  temer  ningún  contratiempo,  sabido  lo  cual 
por  el  General  Mendiry,  continuaron  su  marcha  las  tropas  y  el  convoy 
de,  carretas  que  conducían  las  piezas,  evitándose  quizás  un  pánico  (que, 
como  se  vio,  no  habría  tenido  razón  de  ser)  gracias  á  la  iniciativa  de 
nuestro  querido  compañero  Pérez  de  Guzmán. 

El  Ejército  carlista  estaba  en  salvo,  no  dejando  atrás  más  que  aque- 
llo que  de  nada  podía  servirle  ya  para  ulteriores  planes.  ¡Pero  muchas 
veces  se  nos  vinieron  á  la  memoria,  durante  aquella  triste  noche,  los 
vaticinios  del  pobre  General  D.  Nicolás  Olio,  mientras  que  con  dolor 
nos  íbamos  alejando  de  sus  restos  que,  con  los  de  Radica  y  tantísimos 
otros  valientes,  quedaban  abonando  los  campos  de  Somorrostro! 


D.    KICOLÁS   OLLO 


Capitulo  XIII 

Ejércitos  liberal  y  carlista  en  Febrero  de  1S74. — Acción  de  Ontón. — 
Batalla  de  Somorrostro. — El  Duque  de  la  Torre  al  frente  del  Ejér- 
cito liberal. — Intentan  los  liberales  desembarcar  en  Algorta. — Bata- 
lla de  San  Pedro  Abanto. 

EN  el  Norte;  además  de  las  tropas  de  todas  armas  empleadas  en 
guarniciones,  destacamentos  y  otros  servicios,  podía  el  General 
en  jefe  republicano  disponer  de  27  batallones  de  Infantería,  tres  bate- 
rías Krupp,  tres  baterías  de  Montaña,  algunas  compañías  de  Ingenie- 
ros, Guardia  civil  y  forales,  y  cinco  regimientos  de  Caballería,  cuyo 
respetable  ejército  estaba  organizado  en  Febrero  de  1874  en  tres  divi- 
siones á  las  ordenes  de  los  generales  Primo  de  Rivera,  Andía  y  Cata- 
lán^ y  una  Brigada  de  vanguardia  y  otra  de  Caballería  mandadas  res- 
pectivamente por  los  brigadieres  Blanco  y  Jaquetot. 

En  cambio  el  Ejército  carlista  por  aquella  misma  época  contaba  con 
tan  poca  Artillería  que  no  tenía  disponibles  para  acudir  de  un  punto  á 
otro  más  que  cuatro  piezas  de  Montaña  de  la  Batería  de  Xavarra  y 
otras  cuatro,  también  de  Montaña,  pertenecientes  á  Álava  y  Guipúzcoa; 


—  149  — 

su  Caballería  se  reducía  entonces  cá  un  Regimiento  y  algunos  escuadro- 
nes sueltos;  su  cuerpo  de  Ingenieros  no  tenia  en  armas  más  que  algu- 
nas compañías,  y  si  bien  su  Infantería  había  llegado  ya  á  sumar  diez 
batallones  navarros,  nueve  vizcaínos,  ocho  guipuzcoanos,  cuatro  ala- 
veses, otros  cuatro  castellanos,  dos  cántabros  y  otro  de  aragoneses, 
como  con  estos  treinta  y  ocho  batallones  había  que  atender  á  un  mis- 
mo tiempo  á  los  cercos  de  Bilbao  y  de  Tolosa  y  á  la  defensa  de  Estella 
y  otros  puntos  importantes,  solamente  pudo  reunir  Don  Carlos  de  Bor- 
bón  cuando  llegó  á  la  línea  de  Somorrostro,  y  para  defender  la  misma, 
un  total  de  diez  y  ocho  batallones  con  ocho  piezas  de  Montaña. 

Eran  Comandantes  generales  carlistas  de  Navarra,  Guipúzcoa,  Ala- 
va,  Aragón  y  Vizcaya,  respectivamente,  D.  Nicolás  Olio,  D.  Hermene- 
gildo Díaz  de  Ceballos,  D.  Torcuato  Mendiry,  D.  Antonio  Lizárraga  y 
el  Marqués  de  Valde-Espina;  los  batallones  castellanos  se  pusieron  á  las 
órdenes  de  D.  Gerardo  Martínez  de  Velasco-,  D.  Castor  Andéchaga,  con 
sus  batallones  de  Encartados,  se  encargó  de  observar  al  enemigo  que 
pudiera  acudir  por  la  parte  de  Castro-Urdiales,  y,  en  fin,  con  batallo- 
nes de  todas  las  provincias  del  Norte,  se  organizó  una  División  de  ope- 
raciones cuyas  brigadas  se  pusieron  á  las  órdenes  de  los  brigadieres, 
D.  Elicio  Berriz  y  D.  Rafael  Alvarez  Cacho  de  Herrera,  y  cuyo  mando 
se  confió  al  Teniente  General  D.  Antonio  Dorregaray,  quien  en  aquella 
época  desempeñaba  también  el  cargo  de  Jefe  de  Estado  Mayor  Gene- 
ral por  ausencia  y  enfermedad  del  General  Elío. 

Concebido  por  el  Teniente  General  D.  Domingo  Morlones  el  plan  de 
la  liberación  de  Bilbao,  nada  más  sencillo  para  él  que  hacer  una  llama- 
da á  la  ribera  del  Ebro,  de  los  batallones  carlistas  que  operaban  en 
Vizcaya  y  Santander,  para  entonces  volverse^  aprovechando  la  vía  fé- 
rrea, por  Miranda  á  Vizcaya  y  arrollar  las  pocas  fuerzas  nuestras  que 
quedasen  en  dicha  provincia,  de  las  cuales  había  que  descontar,  por 
supuesto,  las  que  ocupaban  las  alturas  que  rodean  á  Bilbao  y  las  que 
vigilaban  las  orillas  de  la  ría. 

No  era,  sin  embai'go;,  la  primera  vez  que  se  valía  el  General  repu- 
blicano del  mismo  ardid  de  guerra,  es  decir,  amagar  un  punto  para 
descargar  sobre  otro;  así  es  que  cuando  advirtieron  los  carlistas  la  po- 
sibilidad del  engaño,  al  saber  por  seguras  confidencias  el  embarque  de 
la  Brigada  de  vanguardia  y  de  la  División  de  Primo  de  Rivera  en  ]\Ii- 
randa  de  Ebro,  desandaron  lo  más  brevemente  posible  el  camino. 

Las  tropas  liberales  llegaron  á  Santander  y  doblando  sus  marchas- 
por  la  carretera  de  la  costa  cayeron  sobre  Salta  Caballo,  llave  obliga- 
da para  base  de  futuras  operaciones  en  Somorrostro. 

El  General  Primo  de  Rivera  había  llccrado  á  Castro  el  día  14  de  Fe- 


—  150  — 

brero  con  unos  siete  mil  hombres,  y  ordenó  al  jefe  de  su  vanguardia 
que  iniciara  el  ataque  con  sus  fuerzas,  siguiéndole  él  de  cerca  con  las 
restantes,  forzando  el  paso  que  guardaba,  con  pocas  tropas,  el  General 
carlista  Andéchaga. 

Este  ocupaba  las  alturas  del  Cuadro,  Mioño  y  otras  más  cercanas 
con  dos  batallones  vizcaínos  y  algunas  compañías  castellanas  que,  á 
faerza  de  perseverancia,  había  organizado  el  bizarro  Solana;  pero  no 
eran  bastantes  elementos  para  oponerse  con  éxito  á  los  enemigos.  Bien 
es  verdad  que  el  General  carlista  Andéchaga  había  recibido  aviso  pre- 
viniéndole, desde  el  día  anterior,  de  que  llegarían  pronto  en  su  auxilio 
siete  batallones  alaveses  y  navarros  con  el  General  Mendiry,  pero  de 
éstos  no  pudieron  llegar  á  tiempo,  y  poco  antes  de  terminar  la  acción, 
más  que  dos  batallones  mandados  por  el  Brigadier  Berriz. 

A  las  once  de  la  mañana  rompió  el  Brigadier  Blanco  la  marcha  con 
el  propósito  de  arrojar  de  sus  posiciones  á  los  carlistas,  como  hemos 
dicho,  y  llevarlos  de  carrera  hacia  Bilbao,  dejando  expeditos  para  el 
Ejército  liberal  los  pasos  más  difíciles  que  en  su  marcha  á  la  Villa  pu- 
dieran presentársele. 

Las  jíosiciones  carlistas  fueron  embestidas  con  arrojo  y  decisión  y 
cañoneadas  por  las  fuerzas  de  la  vanguardia,  simulando  antes  un  ata- 
que á  las  Muñecaz  para  hacer  más  extensa  y  debilitar  la  línea  contra- 
ria. De  cumbre  en  cumbre  fueron  retirándose  los  carlistas  ante  la  su- 
perioridad numérica  del  enemigo,  cañoneada  también  su  derecha  por 
los  fuegos  de  la  Escuadra,  y  el  combate  duró  hasta  el  anochecer,  cuan- 
do solamente  había  llegado  á  las  posiciones  carlistas  el  escaso  refuerzo 
de  los  dos  batallones  del  Brigadier  Berriz,  en  cambio  de  otros  ocho  ba- 
tallones que  con  el  General  Primo  de  Rivera  habían  operado  su  con- 
junción con  los  que  mandaba  el  Brigadier  Blanco.  Perdiéronse,  pues, 
por  los  carlistas,  Salta  Caballo  y  Ontón,  pasando  á  pernoctar  en  San 
Juan  de  Somorrostro,  sufriendo  pérdidas  importantes;  pero  no  fueron 
menores  las  de  los  liberales,  quienes  tuvieron  8  muertos  y  6(3  heridos, 
haciendo  noche  en  las  alturas  conquistadas  sobre  Ontón  y  Mioño,  y  al- 
gunas otras  fuerzas  en  Castro-Urdiales. 

El  General  carlista  D.  Castor  Andéchaga,  á  pesar  de  su  reconocida 
valentía  y  de  lo  bravamente  que  se  condujeron  sus  batallones,  no  tuvo 
más  remedio  que  retirarse  ante  la  desigualdad  de  fuerzas  y  la  escasez 
de  municiones  de  que  disponía.  Creía  también  que  las  nuevas  posicio- 
nes superaban  á  las  anteriores  por  no  tener  á  la  espalda  la  ría,  así  es 
que  el  día  17  repasó  ésta  y  ocupó  las  alturas  de  su  frente:  así  lo  consig- 
nó de  oficio,  pidiendo  refuerzos  al  Jefe  de  Estado  Mayor  general. 

Esta  acción  fué  el  hecho  preliminar,  digámoslo  asi,  de  las  operado- 


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nes  que  se  sucedieron  después,  porque  iiin2;uno  de  los  dos  ejércitos 
había  concluido  de  concentrarse  todavia. 

Pero  antes  de  seguir  adelante  forzoso  es  que  designemos  siquiera 
de  nombre  los  puntos  donde  hablan  de  librarse  los  subsiguientes  com- 
bates. 

A  partir  de  Somorrostro  se  presentan  dos  cadenas  de  montañas  que 
limitan  el  pequeño  valle;  á  su  derecha  los  montes  de  Cotarro  y  Triano, 
de  la  cordillera  de  Galdames;  por  la  izquierda  el  Lucero  y  Pico  del 
Montano,  que  forman  parte  de  la  sierra  de  Serantes,  cuyas  últimas  es- 
tribaciones concluyen  en  la  ría.  La  carretera  de  Castro  á  Portugalete 
corre  casi  paralela  al  mar  pasando  por  Mioño,  Ontón,  Somorrostro,  las 
€arreras  y  Nocedal:  desde  este  punto  va  otra  que  muere  en  Bilbao:  esta 
misma  carretera  se  bifurca  en  Sanf ellees  (barrio,  puede  decirse,  de  So- 
morrostro) y  por  Memerea  y  ]\Iercadillo  termina  en  Valmaseda,  unida 
con  la  carretera  directa  desde  Castro  á  este  punto.  Los  pueblos  y  case- 
icos intermedios,  á  partir  de  la  costa,  son  San  Mames,  Murrieta,  San 
Pedro  Abanto,  las  Carreras,  Santa  Juliana,  Pucheta  y  las  Cortes.  A  la 
espalda  de  Somorrostro  figura  el  Monte  Janeo,  y  á  su  pie  las  aldeas  y 
caseríos  de  Muzquiz,  Revilla,  Somorrostro,  Sanf  ellees  y  Memerea. 

Hecha  esta  ligera  reseña,  sólo  nos  resta  añadir  que  los  carlistas  ha- 
bían sido  reforzados  el  16  con  tres  batallones  castellanos  mandados  por 
el  General  Velasco,  que  se  situaron  en  las  IMuñecaz;  y  que  el  General 
Mendiry  con  siete  batallones  y  el  General  Andéchaga  con  tres,  ocupa- 
ron las  alturas  y  caseríos  comprendidos  entre  Montano  y  el  pico  de  las 
€ortes,  casi  en  semicírculo,  atrincherándose  sólidamente  en  sus  posi- 
ciones, así  como  el  Batallón  aragonés  con  el  General  Lizárraga  y  cua- 
tro batallones  navarros  y  cuatro  cañones  de  Montaña  que  llegaron  al 
día  siguiente  con  el  General  D.  Nicolás  Olio,  quien,  como  más  antiguo, 
asumió  interinamente  el  mando  en  jefe^  cuidando  prolijamente  de  la 
mejor  y  más  oportuna  situación  de  las  tropas;  estableció  fuertísimas 
trincheras  para  resguardarse  del  fuego  de  la  numerosa  Artillería  libe- 
ral; situó  su  cuartel  general  en  San  Salvador  del  Valle  y  allí  dio  una 
larga  orden  general  al  Ejército,  la  cual  sentimos  no  poseer  por  creerla 
un  acabado  modelo  y  la  mejor  de  cuantas  hemos  conocido  en  nuestra 
larga  carrera  militar.  En  dicho  notabilísimo  documento  detallaba  el 
inolvidable  caudillo,  con  precisión  matemática,  las  posiciones  que  cada 
batallón  tenía  encargo  de  defender,  las  que  debían  ocupar,  caso  de  ser 
aquellas  tomadas  por  el  enemigo,  las  fuerzas  de  refresco  que  habían  de 
nyudar  y  relevar  á  las  cansadas;  la  distancia  á  que  había  de  romperse 
el  fuego  á  las  ordenes  de  los  jefes  y  oficiales,  para  evitar  el  inútil  con- 
sumo de  las  escasas  municiones  de  que  se  disponía,  y,  en  fin,  marcaba 


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expresamente  todo  cuanto  correspondía  á  cada  uno  de  los  comandantes 
de  División  y  de  Brigada. 

Dicha  orden  general,  repetimos,  bastaría  por  sí  sola  para  acreditar 
la  pericia  y  altas  dotes  de  un  Comandante  en  jefe,  y  ya  querríamos  po- 
der reproducirla  aquí;  pero  únicamente  conservamos  la  orden  relativa 
á  los  fuegos,  la  cual  decía  así: 

«Orden  general  del  19  de  Febrero  de  1874,  en  San  Salvador  del 
»Valle.— Estando  atrincheradas  todas  nuestras  fuerzas  que  ocupan  la 
«primera  línea  de  nuestras  posiciones,  prohibo  absolutamente,  y  los 
»jefes  de  los  cuerpos  serán  responsables,  que  se  rompa  el  faego  á  más 
«distancia  que  á  cien  metros,  y  esto  en  el  caso  de  que  el  enemigo  se 
«presente  en  el  orden  cerrado,  pues  haciéndolo  en  el  abierto  ó  de  gue- 
»rrillas  debe  despreciarse,  aunque  la  distancia  sea  de  veinte  pasos;^ 
»porque  mucho  más  nos  hemos  de  hacer  respetar  conservando  nuestras 
imuniciones^  que  consumiéndolas  inútilmente,  y  en  último  caso  hare- 
»mos  uso  de  las  bayonetas  para  rechazarlos  y  obtener  una  victoria  que 
»de  seguro  ha  de  conducir  á  nuestro  Soberano  al  solio  de  sus  mayo- 
»res. — Los  jefes  leerán  esta  orden  general  á  sus  respectivos  batallones, 
»— El  Comandante  General  interino.— iVicoZds  Olio.» 

Tenemos  una  indecible  satisfacción  en  consignar  la  opinión  que  el 
General  Carlista  Olio  merecía  al  entendido  y  valiente  General  liberal 
D.  Pedro  Ruiz  Dana,  quien  en  sus  Estudios  sobre  la  guerra  civil  del 
Norte  desde  1872  d  1876,  dice  lo  siguiente:  «A  principios  de  1873  la 
«principal  partida  de  la  zona  de  que  me  voy  ocupando  (Navarra)  esta- 
»ba  mandada  por  Olio,  en  quien  concurrían  tales  cualidades,  que  hay 
«que  reconocer  era  una  especialidad  para  aquel  género  de  guerra:  en- 
«contrándose  vivamente  perseguido  en  las  Amézcoas  por  dos  oolum- 
«nas,  la  misma  noche  que  éstas  ocupaban  Chavarri  y  Galdeano,  á  las 
«diez  de  ella  pasó  á  la  desfilada  entre  los  dos  pueblos,  sin  que  ninguna 
»de  aquellas  columnas  tuviera  el  menor  conocimiento  de  su  atrevido 
«paso.» 

Don  Carlos  de  Borbón^  deseoso^  como  siempre,  de  compartir  con 
sus  bravos  voluntarios  los  peligros  y  las  fatigas  de  la  guerra,  llegó  á 
la  línea  de  Somorrostro  acompañado  del  General  Dorregaray  el  día  18, 
y  se  situó  en  las  Cruces,  para  desde  dicho  punto  poder  acudir  con  igual 
facilidad  al  cerco-  de  Bilbao  y  á  las  tropas  que  habían  de  disputar  el 
paso  al  Ejército  liberal. 

Por  su  parte  el  Teniente  General  Moriones  había  sumado  sus  f  aerzas 
con  las  del  General  Primo  de  Rivera  y  el  19  ocupó  San  Juan  de  Somo- 
rrostro, en  donde  estableció  su  cuartel  general,  dejando  á  la  Brigada 
de  Tello  encargada  de  mantener  las  comunicaciones  con  Castro;  esta- 


—  153  — 

blecióse  en  dicho  día  y  siguientes  en  una  extensa  línea  que  abar- 
caba desde  Peña  Corbera  hasta  la  venta  de  Poval,  frente  al  pico  de  las 
Cortes;  construyó  en  Monte  Janeo  fuertes  baterías  artilladas  con  caño- 
nes Krupp  de  á  8  y  10  centímetros  de  calibre  destinadas  á  romper  la 
línea  carlista  durante  los  combates  sucesivos,  y  cuyos  fuegos  solamen- 
te podían  ser  contrarrestados  por  parte  de  los  carlistas  con  el  de  ocha 
piezas  de  Montaña,  cuatro  de  la  Batería  de  Navarra  mandada  por  don 
Alejandro  Reyero,  y  otros  cuatro  de  las  secciones  de  Álava  y  Guipúz- 
coa, mandadas  por  D.  Javier  Rodríguez  Vera,  las  cuales  habían  de 
hacer  frente  .lo  sólo  á  las  baterías  de  Monte  Janeo,  sino  que  también  á 
las  emplazadas  por  el  enemigo  para  batir  Montano  y  San  Pedro  Aban- 
to, eficazmente  ayudadas  por  los  gruesos  cañones  de  la  Escuadra  que 
batían  la  derecha  carlista. 

El  plan  del  General  Morlones  era  atravesar  la  línea  nuestra  por  su 
centro  y  abrirse  paso  A  Portugalete,  y  previo  Consejo  de  oficiales  ge- 
nerales, dio  sus  órdenes  para  que  el  día  24  se  rompiera  el  fuego  por 
sus  baterías  en  toda  la  extensión  de  la  línea  carlista,  principalmente 
por  su  extrema  izquierda  que  ocupaba  la  Brigada  Berriz,  contra  la  cual 
se  destacaron  algunos  batallones  en  son  de  reconocimiento.  Los  carlis- 
tas aguardaron  cada  cual  en  su  respectivo  puesto,  decididos  A  mante- 
nerse en  ellos  á  toda  costa,  A  pesar  del  horrible  fuego  de  la  Artillería 
enemiga  que  destrozaba  los  parapetos  y  causaba  grandísimas  bajas. 
Pero  como  los  carlistas  no  disponían  de  los  cañones  necesarios  para 
contestar  al  vivo  fuego  que  hacían  los  de  los  liberales,  se  reservaban 
firmes  en  sus  posiciones  para  cuando  avanzaran  las  columnas  de  In- 
fantería del  Ejército  republicano. 

Aquel  día  no  era,  sin  embargo,  el  destinado  para  dar  el  empuje  de- 
cisivo. Este  se  verificó  al  siguiente,  el  2ó. 

El  General  en  Jefe  carlista  Olio,  que  dirigía  la  batalla,  se  colocó  en 
San  Fuentes;  el  General  Andéchaga  A  vanguardia;  el  General  Mendiry 
en  el  centro;  el  General  Velasco  en  las  alturas  de  Galdames  con  tres 
batallones  castellanos,  y  el  General  LizArraga  A  retaguardia  con  el  Ba- 
tallón de  aragoneses,  otro  guipuzcoano  y  dos  navarros. 

A  las  nueve  de  la  mañana,  previo  un  violento  cañoneo  A  toda  la 
línea  carlista,  salieron  los  liberales  de  San  Juan  de  Somorrostro.  atra- 
vesando la  ría  por  la  izquierda  ó  sea  hacia  Montano,  que  era  su  obje- 
tivo principal,  porque  sin  dominarlo  no  podían  dominar  las  carreteras 
que  conducían  A  Bilbao.  Morlones  lanzó  la  División  de  Andía  con  siete 
batallones  hacia  dicho  punto:  la  División  do  CatalAn  se  dirigió  hacia 
San  Pedro  Abanto  y  Santa  Juliana;  y  la  División  de  Primo  de  Rivera 
marchó  hacia  la  extrema  izquierda  carlista.  Al  mismo  tiempo  rompía 


—  154  — 

la  Escuadra  el  faego  sobre  ilontaño.  y  desde  las  once  de  la  mañana 
hasta  las  cuatro  de  la  tarde  no  cesó  un  momento  el  cañoneo,  así  como 
el  avance  y  retroceso  de  las  fuerzas  liberales  rechazadas  en  toda  la 
línea,  aunque  fué  tal  la  decisión  del  enemigo  que  en  las  primeras  ho- 
ras pudo  avanzar  algo,  ocupando  el  General  Catalán  el  castillo  viejo 
de  San  Martín,  así  como  el  General  Andía  algunas  casas  de  las  lade- 
ras del  Montano,  y  llegando  el  General  Primo  de  Rivera  hasta  las  Ca- 
rreras; pero  el  imperturbable  valor  de  los  carlistas  les  impidió  seguir 
adelante. 

Al  principiar  el  General  Primo  de  Rivera  su  ataque  sobre  el  pico 
de  las  Cortes  ocurrió  un  incidente  que  pudo  tener  graves  consecuen- 
cias, y  fué  que  un  Batallón  guipuzcoano  se  retiró  de  los  parapetos  que 
tenía  encargo  de  defender,  abrumado  por  el  diluvio  de  proyectiles  de 
cañón  que  arrojaba  el  enemigo;  pero  advirtiendo  dicha  retirada  el  Bri- 
gadier Berriz,  se  puso  al  frente  del  Batallón  más  próximo,  que  lo  fué  el 
primero  de  Álava,  y  en  un  impetuoso  ataque  á  la  bayoneta  volvió  á 
recuperarse  la  posición,  estableciéndose  sólidamente  en  ella  y  resta- 
bleciendo el  honor  de  las  armas. 

Don  Carlos  de  Borbón,  que  ya  había  presenciado  desde  la  llanura 
delante  de  San  Fuentes  el  fuego  del  día  24,  al  ver  que  el  25  se  forma- 
lizaba la  acción,  acudió  con  el  General  Dorregaray  á  la  línea  de  com- 
bate: los  solemnes  acordes  de  la  Marcha  real  resonaron  en  el  fragor  de 
la  batalla,  y  allí,  sirviendo  con  su  brillante  Estado  Mayor  de  blanco  á 
numerosos  disparos  enemigos,  vióse  aclamado  no  solamente  por  sus 
bravos  y  leales  voluntarios,  sino  que  también  por  soldados  republica- 
nos, prisioneros  en  las  célebres  cargas  á  la  bayoneta  de  aquella  memo- 
rable jornada,  pues  los  carlistas  no  se  contentaban  con  responder  con 
certero  fuego  á  sus  contrarios,  á  menos  de  cien  metros  (según  lo  orde- 
nado por  el  General  Olio),  sino  que,  para  ahorrar  municiones,  salían  de 
los  parapetos  librándose  multitud  de  combates  al  arma  blanca  que  di- 
rigían con  su  acostumbrado  arrojo  Andéchaga,  Radica,  Alvarez,  Ro- 
dríguez y  tantos  otros  jefes  de  no  menor  bizarría. 

Comprendiendo,  el  General  Morlones,  por  las  numerosas  bajas  que 
había  sufrido  su  Ejército,  ([ue  no  podía  lograr  el  plan  que  se  había  pro- 
puesto, toda  vez  que  no  había  podido  avanzar  por  su  centro  ni  por  sus 
alas,  ordenó  la  retirada  de  sus  tropas,  que  volvieron  aquella  noche  á 
repasar  la  ría  y  acantonarse  en  San  Juan  de  Somorrostro. 

La  batalla,  por  tanto,  había  sido  ganada  por  las  precisas  órdenes  y 
acertada  dirección  del  insigne  General  D.  Nicolás  Olio,  admirablemen- 
te secundado  por  los  demás  generales,  jefes,  oñciales  y  voluntarios  del 
Ejército  carlista,  cuyos  distintos  cuerpos  rivalizaron  todos  en  valor  y 


—  155  — 

«ntusiasmo,  y  Don  Carlos  de  Borbón  premió  la  pericia  de  Olio  conce- 
diéndole merced  de  título  de  Castilla  con  la  denominación  de  Conde  de 
Somorrostro. 

Las  tropas  carlistas  sufrieron  unas  seiscientas  bajas;  las  del  Ejército 
liberal  llegaron  á  dos  mil,  contándose  entre  sus  heridos  al  Brigadier 
Minguella,  y  entre  sus  contusos  al  General  Primo  de  Rivera. 

El  General  en  Jefe  republicano,  á  cuyo  valor  no  podemos  menos  de 
hacer  cumplida  justicia  y  á  quien  no  podían  negársele  relevantes  dotes 
militares,  confesó  modestamente  su  derrota  en  aquel  célebre  telegrama 


D.    FRANCISCO    SERRx^NO 

DUQUE  DE  LA  TOKRE 


que  dirigió  al  Gobierno  diciendo:  «El  Ejército  no  ha  podido  forzar  los 
reductos  y  trincheras  carlistas,  y  su  línea  ha  quedado  quebrantada. 
Vengan  refuerzos  y  otro  General  á  encargarse  del  mando.» 


La  derrota  sufrida  por  los  liberales  causó  tal  sensación  en  toda  Es- 
paña, que  el  Gobierno  de  la  República  acordó  nombrar  General  en 
Jefe  del  Ejército  del  Norte,  al  más  prestigioso  de  sus  generales,  que 
era  al  propio  tiempo  Jefe  del  Estado  como  Presidente  del  Poder  Ejecu- 
tivo: D.  Francisco  Serrano,  valeroso  militar  que  al  empezar  la  prime- 
ra guerra  civil  no  era  más  que  porta-estandarte  de  Coraceros  de  la 
Guardia  Real  y  que  siete  años  más  tarde  ceñía  ya  la  faja  de  Mariscal 
de  Campo,  obteniendo  todos  sus  ascensos  por  méritos  de  guerra  y  ha- 
biendo ganado  también  la  Cruz  laureada  de  San  Fernando:  político  y 
soldado  de  fortuna  que,  ^linistro  de  la  Guerra  en  el  pronunciamiento 
de  184.3,  Teniente  General  al  año  siguiente  y  agraciado  por  D.'*  Isa- 
bel II  con  el  empleo  de  Cipitán  General,  con  el  título  de  Duque  de  la 


—  15G  — 

Torre  y  con  la  Grandeza  de  España,  había  llegado  á  ser  la  primera  fi- 
gura de  Ja  Revolución  al  tener  la  suerte  de  vencer  al  caballeroso  y  no 
menos  bravo  Capitán  General  Marqués  de  Novaliches  en  la  memorable 
batalla  de  Alcolea. 

También  se  incorporó  á  las  fuerzas  del  Norte  el  Ministro  de  Marina 
D.  Juan  Bautista  Topete,  el  iniciador  en  Cádiz  de  la  Revolución  de  1868, 
entendido  y  bravo  marino  que  había  ganado  la  Cruz  de  San  Fernando 
en  la  guerra  de  África  y  que  á  las  órdenes  del  heroico  Méndez  Núñez 
se  había  distinguido  en  el  glorioso  combate  del  Callao. 

Para  el  cargo  de  Jefe  de  Estado  Mayor  General  nombróse  al  Gene- 
ral D.  José  López  Domínguez,  antiguo  oficial  del  Cuerpo  de  Artillería, 
ilustrado  y  valiente  militar  que  hiibía  hecho  con  gran  lucimiento  las 
campañas  de  Crimea,  de  Italia  y  de  África,  ganando  en  ellas  dos  cru- 
ces de  San  Fernando^  y  que  acababa  de  alcanzar  dignos  laureles  ani- 
quilando la  temible  insurrección  cantonal  de  Cartagena. 

Al  salir  de  Madrid  el  Duque  de  la  Torre  quedó  ya  acordado  con  el 
Ministro  de  la  Guerra,  Teniente  General  Marqués  de  Sierra-Bullones, 
el  envío  de  grandes  refuerzos  que  fueron  llegando  con  pasmosa  activi- 
dad y  que  consistieron  en  diez  mil  hombres  y  toda  la  Artillería  necesa- 
ria hasta  dotar  al  Ejército  liberal  de  la  línea  de  Somorrostro  de  un 
total  de  sesenta  cañones:  (1)  dos  de  á  16  centímetros;  cuatro  de  á  12, 
de  posición;  doce  de  á  10,  de  reserva;  dieciocho  de  á  8,  sistema  Krupp; 
doce  de  á  8,  sistema  Plasencia,  y  otros  doce  de  Montaña,  sistema 
antiguo. 

El  día  8  de  Marzo  dióse  una  nueva  organización  al  Ejército  liberal, 
que  se  dividió  en  dos  Cuerpos  al  mando  de  los  Generales  Letona  y 
Primo  de  Rivera,  y  dos  brigadas  de  vanguardia  á  las  órdenes  de  los 
brigadieres  Blanco  y  Chinchilla;  el  primer  Cuerpo  constaba  de  dos  di- 
visiones mandadas  por  los  generales  Andía  y  Catalán,  y  el  segundo 
Cuerpo  estaba  también  formado  por  dos  divisiones,  á  cuyo  frente  figu- 
raban los  generales  Serrano  Acebrón  y  Morales  de  los  Ríos;  á  estas 
tropas  se  agregaron  después,  las  que  de  Guipúzcoa  llevó  el  General 
Loma,  y  entre  todas  formaron  un  total  de  cuarenta  y  ocho  batallones, 
con  la  poderosa  Artillería  detallada  anteriormente,  y  fuerzas  de  Inge- 
nieros, Guardia  Civil  y  Caballería,  afectas  al  Cuartel  General. 

Nada  hablaremos  ahora  de  los  diversos  proyectos  de  los  generales 
liberales;  porque  las  reflexiones  tácticas  y  estratégicas  las  dejamos 
para  más  adelante,  con  el  fin  de  no  interrumpir  la  narración  de  los 
combates. 


(1)    Xarración  Militar  de  la  Guerra  Carlista,  por  el  Cuerpo  de  Estado  Mayor 
del  Ejército;  tomo  I,  páginas  89  y  90. 


—  157  — 

El  Ejército  carlista,  por  su  parte,  comprendiendo  la  nube  que  era 
■de  esperar  se  le  fuera  encima,  procuró  aumentar  sus  contingentes  apro- 
vechándose del  abandono  de  Tolosa  por  los  liberales,  y  por  tanto  hizo 
marchar  á  Somorrostro  algunos  batallones  guipuzcoancs  y  navarros 
que  se  iban  organizando,  únicas  fuerzas  de  que  por  el  momento  se  po- 
día disponer  sin  desamparar  Estella,  Bilbao  y  el  posible  flanqueo  por 
Galdames  y  Portugalete,  y  acaso  por  Vitoria  ó  por  el  mar. 

El  Ejército  carlista,  á  las  órdenes  del  General  Olio,  el  vencedor  de 
Morlones,  se  reorganizó  y  estableció  en  posiciones  de  la  manera  si- 
guiente: El  General  Andéchaga  con  los  batallones  1."  de  Castilla,  de 
Arratia  y  encartados,  ocupaba  la  extrema  derecha,  es  decir,  Ciérvana 
y  las  posiciones  inmediatas:  la  primera  Brigada,  de  Zalduendo,  con  los 
batallones  1.°  y  5.*^  de  Navarra,  en  Sanfaentes:  la  segunda  Brigada,  de 
Radica,  con  los  batallones  2."  y  T.*^  de  Navarra,  en  la  carretera  pró- 
xima: la  tercera  Brigada,  de  Yoldi,  con  los  batallones  3.°  y  6.**  de  Na- 
varra, en  Santa  Juliana:  la  cuarta  Brigada,  de  Goñi,  con  los  batallo- 
nes 4.°  de  Navarra  y  2."  de  Álava,  en  Nocedal:  la  quinta  Brigada,  de 
Alvarez,  con  los  batallones  3."  y  4.°  de  Álava,  en  San  Pedro  Abanto: 
la  sexta  Brigada,  de  Zaratiegui,  con  los  batallones  3.°  y  4."  de  Casti- 
lla, en  los  parapetos  detrás  de  Santa  Juliana:  la  séptima  Brigada,  de 
Berriz,  con  los  batallones  2.*' de  Castilla  y  3."  de  Guipúzcoa,  en  Puche- 
ta:  la  octava  Brigada,  de  Aizpurúa,  con  los  batallones  7.°  y  8.*^  de  Gui- 
púzcoa, en  las  Cortes:  el  General  Velasco  al  mando  de  las  brigadas 
séptima  y  octava  se  encargó  de  la  extrema  izquierda  de  la  linea:  el  4.° 
Batallón  guipuzcoano  se  situó  en  Portugalete,  y  á  las  órdenes  del  Mar- 
qués de  Valde-Espina  quedaron  siete  batallones  vizcaínos  para  conte- 
ner las  salidas  que  pudiera  intentar  la  guarnición  de  Bilbao. 

El  Ejército  liberal  apoyaba  su  izquierda  en  Poveña  y  Muzquiz,  ex- 
tendiéndose por  Somorrostro,  La  Cuadra,  La  Rigada:  fuerzas  acampa- 
das ocupaban  las  alturas  de  la  derecha  del  Ejército,  y  en  el  alto  de 
Arenillas  se  estableció  una  Batería  de  á  10  centímetros.  Cinco  batallo- 
nes mantenían  la  línea  de  comunicaciones  en  la  Concepción  y  Ontón, 
y  desde  Laredo  á  Santoña  se  situó  un  Cuerpo  de  reserva  á  las  órdenes 
del  General  Loma,  compuesto  de  una  Brigada  y  una  División  del  se- 
gundo Cuerpo. 

Mientras  organizaba  sus  futuros  ataques  el  Duque  de  la  Torre,  ocu- 
pábanse los  batallones  carlistas  en  mejorar  sus  defensas,  erizándolas  de 
parapetos  más  reducidos,  con  el  fln  de  presentar  el  menor  blanco  posi- 
ble á  la  formidable  Artillería  liberal,  y  la  práctica  les  llevó  á  construir 
zanjas  que  evitando  el  relieve  disminuían  las  probabilidades  de  acierto 
á  los  artilleros  enemigos:  el  Teniente  Coronel  de  Ingenieros  D.José 


—  158  — 

Garin  dio  la  última  mano  al  proyecto,  y  unido  esto  al  pie  forzado  de 
tirar  á  cortísima  distancia,  con  lo  cual  se  ahorraban  municiones  á  la 
vez  que  se  aprovechaban  más  los  tiros,  resultaban  las  lineas  de  atrin- 
cheramientos carlistas  convertidas  en  un  campo  casi  del  todo  inex- 
pugnable. 

Así  transcurrió  desde  últimos  de  Febrero  hasta  mediados  de  JMarzor 
los  carlistas  perfeccionando  sus  posiciones  defensivas,  y  los  liberales 
trazando  y  construyendo  baterías  é  ideando  diferentes  planes  de  ata- 
que, decidiéndose  por  último,  en  Consejo  de  oficiales  generales,  que  el 
Cuerpo  del  General  Loma  efectuase  un  desembarco  en  Algorta,  á  la  vez 
que  el  Ejército  de  Somorrostro  intentaba  romper  la  línea  carlista. 

En  efecto,  el  día  19  se  embarcaron  las  tropas  de  Loma,  dirigienda 
personalmente  la  Escuadra  el  Ministro  de  Marina,  Vice-almirante  To- 
pete, y  llegó  antes  de  amanecer  al  abra  de  Bilbao.  Pero  como  el  Ejér- 
cito de  tierra  no  debía  romper  el  faego  hasta  tener  noticias  de  la  Es- 
cuadra, y  ésta  tuvo  que  regresar  por  el  mal  cariz  que  presentaba  el 
mar,  ambos  ejércitos  estuvieron  preparados  y  contemplándose  en  sus 
posiciones,  á  excepción  de  algunos  batallones  carlistas  que  sospechando 
la  operación  del  desembarco  recibieron  orden  de  reforzar  Portugalete 
y  Algorta,  así  como  contener,  si  era  preciso,  las  salidas  que  pudiera 
intentar  la  guarnición  de  Bilbao. 

El  General  en  Jefe  liberal  no  podía  resignarse  á  renunciar  al  plan 
del  desembarco,  así  es  que  estuvo  dos  ó  tres  días  esperando  á  que  me- 
jorase el  estado  del  mar;  pero  á  pesar  de  haber  esto  sucedido,  y  sin 
duda  por  dificultades  de  la  Escuadra,  decidióse  al  fin  á  embestir  por 
tierra  y  de  frente  los  atrincheramientos  carlistas. 

En  su  consecuencia,  y  resuelto  el  ataque  para  el  día  25,  se  ordenó 
al  General  Primo  de  Rivera  que  atacase  la  izquierda  carlista  para  de 
este  modo  proteger  el  avance  por  San  Pedro  Abanto.  De  la  derecha 
carlista  se  encargó  el  General  Letona,  y  del  centro  el  General  Loma, 
debiendo  ayudar  eficazmente  á  Letona,  con  sus  fuegos  de  fianco  sobre 
las  trincheras  del  Montano,  la  Artillería  de  los  barcos  de  la  Escuadra, 
dotada  con  veinte  y  tres  cañones  de  á  20,  18,  16,  15  y  8  centímetros, 
teniendo,  por  lo  tanto,  los  carlistas  que  suftñr  el  cañoneo  de  ochenta  y 
tres  piezas,  entre  las  de  mar  y  las  de  tierra. 

A  las  siete  de  la  mañana,  y  protegidas  por  el  vivísimo  fuego  de  sus 
baterías  de  posición,  rompieron  la  marcha  simultáneamente  las  fuei'- 
zas  liberales.  Apercibidos  convenientemente  los  carlistas  esperaron  fir- 
mes en  sus  zanjas  el  ataque  comenzado,  recibiendo  al  enemigo  con  un 
nutrido  fuego  en  toda  su  línea. 

Empezaba,  pues,  la  famosa  batalla  de  los  tres  días. 


—  159  — 

Con  ímpetu  sin  i^ual  lanzáronse  los  diez  y  seis  batallones  del  Gene- 
ral Primo  de  Rivera  sobre  las  escasas  fuerzas  carlistas,  que  no  eran 
más,  como  hemos  dicho,  que  los  batallones  del  Brigadier  Berriz  y  los 
que  bajaron  á  sostenerle  mandados  por  el  General  Velasco,  que  ocupa- 
ban antes  la  cumbre  de  Triano:  pero  por  esta  parte  no  pudieron  los  li- 
berales conseguir  su  objeto,  que  era  el  de  coronar  las  posiciones  carlis- 
tas de  la  izquierda,  pues  solamente  lograron  apoderarse  de  las  Cortes, 
cuya  posición  les  resultaba  insostenible  á  causa  de  hallarse  dominada 
por  las  alturas  inmediatas,  las  cuales  continuaron  en  poder  de  los  car- 
listas. El  General  Letona  quedó  al  fin  de  la  jornada  en  las  primeras  es- 
tribaciones del  Montano,  y  el  General  Loma  en  Las  Carreras;  pero  sin 
poder  adelantar  un  solo  paso,  á  pesar  de  lo  cercano  que  se  hallaban  de 
su  objetivo  principal,  poniendo  la  noche  fin  al  encarnizado  combate  de 
aquel  día  y  acampando  todos  en  sus  respectivas  posiciones. 

Al  amanecer  del  26  rompióse  de  nuevo  el  fuego,  con  igual  tesón  por 
ambas  partes,  pero  con  la  diferencia  de  ser  más  espantoso  el  cañoneo 
á  causa  de  haber  emplazado  los  liberales  á  menor  distancia  algunas  de 
sus  baterías  de  posición.  El  combate  continuó  cada  vez  con  mayor  en- 
carnizamiento por  parte  de  unos  y  otros,  pero  sin  adelantar  nada  por 
su  frente,  lo  cual  obligó  al  Duque  de  la  Torre  á  reforzar  su  centro  y  su 
derecha.  El  ataque  fué  obstinado  y  sangriento:  la  distancia  que  sepa- 
raba á  las  dos  fuerzas  contrarias  era  tan  corta,  sobretodo  en  el  centro^ 
ó  sea  en  San  Pedro  Abanto,  que  se  habrían  oído  distintamente  las  con- 
versaciones de  unos  y  de  otros,  si  lo  hubiera  podido  permitir  el  vivísi- 
mo tronar  de  los  cañones  liberales. 

Convencido  el  General  Primo  de  Rivera  de  que  no  podía  llenar  su 
misión  ocupando  las  alturas  de  Triano,  se  corrió  con  la  mayor  parte  de 
sus  fuerzas  hacia  el  centro,  dándose  la  mano  con  el  General  Loma,  á 
quien  también  había  reforzado  por  su  izquierda  el  General  Letona  con 
algunos  batallones,  de  manera  que  el  combate  principal  hubo  de  cir- 
cunscribirse al  centro,  y  era  de  ver  á  los  batallones  carlistas  de  Santa 
Juliana  y  San  Pedro  Abanto,  rodeados  de  una  columna  de  fuego,  dis- 
parar sus  armas  con  serenidad  pasmosa,  defendiéndose  con  sin  igual 
bizarría.  No  nos  compete  citar  nombres  ni  unidades  tácticas  por  temor 
de  lastimar  á  los  que  nuestra  memoria  olvidase;  pero  no  hubo  uno  solo 
que  no  se  excediese  en  el  cumplimiento  de  su  deber.  Al  caer  de  la  tar- 
de, comprendieron  todos  que  la  batalla  tenía  que  continuar,  porque  ni 
el  General  Primo  de  Rivera  ni  el  General  Letona  habían  avanzado  sen- 
siblemente: sólo  el  centro  liberal  había  conseguido  sostenerse  en  Las 
Carreras. 

Reprodújose  el  ataque  el  día  27  con  mayor  furia,  si  cabe,  que  en  los 


—  160  — 

días  anteriores,  y  con  mayor  tesón  y  valentía  sostenido  por  los  carlis- 
tas en  San  Pedro  de  Abanto,  Santa  Juliana  y  las  casas  de  Murrieta:  la 
Artillería  liberal  cubría  con  sus  granadas  todos  los  atrincheramientos 
nuestros,  y  sus  baterías  de  las  Carreras,  establecidas  á  tiro  de  pistola, 
abrasaban,  materialmente,  nuestras  zanjas  y  parapetos.  Los  batallones 
liberales,  sin  embargo,  avanzaban  paso  á  paso:  pero  al  lograr,  al  pare- 
cer, su  objeto  coronando  alguna  posición  codiciada,  veíanse  obligados 
á  retroceder  de  nuevo,  librándose  multitud  de  combates  ú  la  bayoneta. 


D.  RAFAEL  ALVAREZ 


No  se  sabía  qué  admirar  más,  si  el  denuedo  de  los  republicanos  ó 
el  sereno  valor  de  los  carlistas. 

A  vanguardia  de  las  columnas  que  atacaron  San  Pedro  Abanto  mar- 
chó un  Batallón  de  Infantería  de  ]\[arina,  en  cuyo  elogio  no  hay  que 
decir  más  si  no  que  fué  completamente  destrozado,  por  preferir  sus  bi- 
zarros jefes,  oficiales  y  soldados  quedar  tendidos  en  el  campo  antes 
que  volver  la  espalda  á  los  carlistas,  á  cuyo  frente  se  encontraba,  pre- 
cisamente en  la  misma  citada  posición,  un  antiguo  oficial  de  la  Arma- 
da, el  temerario  Brigadier  carlista  D.  Rafael  Alvarez  Cacho  d.e  Herre- 
ra, quien  subido  sobre  los  parapetos  de  los  esforzados  alaveses  de  su 
digno  mando,  desafiaba  constantemente,  y  á  pecho  descubierto,  la  llu- 
via de  plomo  é  hierro  con  que  le  saludaba  el  enemigo,  y  cuando  llega- 
ba el  momento  oportuno  lanzábase  el  primero  á  la  carga^  viéndosele 


—  161  — 

siempre  á  la  cabeza  de  sus  heroicos  voluntarlos,  aún  después  de  recibir 
tres  grandes  contusiones.  El  popular  historiador  D.  Antonio  Piraladice 
textualmente:  «Defendía  San  Pedro  Abanto  D.  Rafael  Alvarez  que  no 
»se  limitó  á  pelear  desde  los  parapetos,  sino  á  la  bayoneta,  y  pelearon 
»él  y  su  gente  con  bizarría.»  Pero,  realmente,  hay  que  hacer  constar 
que  con  igual  denuedo  pelearon  en  aquella  célebre  batalla  de  los  tres 
días  todos  los  jefes,  oficiales  y  soldados  de  ambos  campos,  carlistas  y 
republicanos. 

El  mismo  Capitán  General,  Daque  de  la  Torre,  hubo  de  consignar 
después  de  oficio  «que  los  carlistas  se  habían  defendido  con  una  tena- 
>>cidad  comparable  sólo  á  la  bravura  de  nuestras  tropas.» 

Un  distinguido  jefe  liberal,  en  la  obra  Juicio  crítico  de  la  guerra 
civil,  á  propósito  de  estas  batallas  de  Marzo  se  expresa  así:  «El  fuego 
»de  nuestra  Artillería  era  poca  cosa,  á  pesar  de  ser  muy  rápido  y  muy 
«certero,  para  amedrentar  aquellos  enemigos  tan  valientes  y  decididos 
»que  salían  de  sus  parapetos  y  se  descubrían  para  tirar  mejor  contra 
»las  tropas  que  los  asaltaban:  La  metralla  de  nuestros  cañones  no  era 
«suficiente  á  proteger  nuestra  Infantería  contra  unos  enemigos  tan  bra- 
»vos  y  tenaces.» 

Hé  aquí  algo  de  lo  que  dice  sobre  la  batalla  de  San  Pedro  Abanto 
el  escritor  liberal  D.  Antonio  Pirala  en  su  Historia  Contemporánea: 
«El  fuego  era  horroroso  en  toda  la  línea:  los  carlistas  resistían  desespe- 
«radamente;  saltaban  en  ocasiones  de  sus  parapetos  y  cruzaban  sus  ba- 
»yonetas  con  los  que  les  atacaban  con  la  misma  arma;  se  rehicieron  los 
»liberales;  se  apoderaron  de  los  caseríos  de  Puchetay  Murrieta;  fueron 
«rechazados  desde  San  Pedro  Abanto,  cuya  defensa  era  más  obstinada 
»y  donde  los  liberales  sufrían  además  del  fuego  de  frente  y  flanco  el  de 
«retaguardia  producido  por  una  trinchera  que  con  traviesas  y  rails 
«construyeron  los  carlistas  en  el  ferrocarril  de  Galdames;  y  como  si 
«esto  no  fuera  bastante,  la  Iglesia  de  San  Pedro  y  algunas  casas  agru- 
«padas  á  su  alrededor,  que  están  sobre  una  colina,  eran  defendidas  por 
«los  parapetos  y  más  abajo  por  un  arroyo  que  servía  de  foso.  Heroicos 
«esfuerzos  hicieron  los  soldados  liberales  para  apoderarse  de  San  Pedro 
»y  de  la  trinchera  del  ferrocarril:  todo  era  inútil;  llegaron  hasta  laori- 
»lla  del  arroyo^  que  no  pudieron  salvar,  y  allí  encontraban  la  muerte. 
«¡Cuántos  cadáveres  llenaron  el  pequeño  prado  triangular  que  hay  al 
«pie  de  la  eminencia  en  que  está  San  Pedro  Abanto  y  junto  á  la  carre- 
»tera!...» 

]']1  mismo  Duque  de  la  Torre  con  su  Jefe  de  Estado  Mayor  el  bravo 
General  López  Domínguez,  se  puso  valerosamente  al  frente  de  sus  tro- 
pas para  animar  todavía  más  á  tan  decididos  acDmetedor3S;  todos  los 


—  162  — 

jefes  liberales  dieron  el  mayor  ejemplo  de  valor  peleando  en  las  gue- 
rrillas, pero  á  pesar  de  su  bravura  y  la  de  sus  soldados,  únicamente  lo- 
graron al  fin  de  la  jornada  de  los  tres  días  hacerse  dueños  de  las  casa? 
llamadas  de  Murrieta^,  situadas  entre  San  Pedro  Abanto  y  las  Carreras. 
Imposible  poderse  describir  el  tremendo  fuego  que  por  ambas  par- 
tes se  hacía,  especialmente  desde  la  nna  de  la  tarde  hasta  el  anochecer. 
Ninguno  de  aquellos  generales  y  veteranos  jefes  recordaba  parecidas 
batallas:  «Únicamente  puede  encontrarse  algo  semejante  en  la  guerra 


D.    JOSÉ   LÓPEZ   DOMÍNGUEZ 

»de  Crimea,  pero  sólo  en  la  zona  ocupada  por  la  torre  de  Malakoíf^ 
»cuando  su  célebre  asalto,»  dice  el  General  López  Domínguez  en  su 
folleto  sobre  las  batallas  de  la  línea  de  Somorrostro. 

La  Narración  militar  de  la  guerra  carlista,  escrita  por  el  distin- 
guido Cuerpo  de  Estado  Mayor  del  Ejército,  al  hacer  justicia  á  la  fe  y 
al  heroísmo  del  Ejército  carlista  cita,  entre  otros  casos,  el  de  una  com- 
pañía de  navarros  que,  ante  el  fuego  de  ocho  cañones  Krupp  que  dis- 
paraba sobre  ella,  trató  de  retirarse  de  Mantres,  pero  advertida  por 
sus  oficiales  de  que  Don  Carlos  de  Borbón  estaba  á  pocos  pasos,  volvió 
á  la  trinchera  rezando  en  alta  voz  el  acto  de  Contrición,  dispuestos  á 
morir  antes  que  abandonar  su  puesto  de  honor;  con  igual  fe  pelearon 
todos. 

El  ilustrado  autor  de  La  Campaña  Carlista,  D.  Francisco  Hernan- 
do, Ayudante  de  Campo  del  general  Lizárraga,  se  expresa  asi  en  su 


—  Í63  — 

citada  obra:  «Nuestros  voluntarios  estaban  como  pegados  á  lospárape- 
»tos:  dos  días  llevaba  el  4.°  de  Castilla  en  el  suyo,  casi  sin  comer  ni 
» beber,  con  infinidad  de  bajas;  y  cuando  por  la  noche  se  tínvió  alguna 
«fuerza  para  relevarle  á  fin  de  que  descansara,  pidió  que  se  le  dejase 
»en  aquel  puesto  de  honor  y  de  peligro;  pues  ya  que  se  le  había  enco- 
»mendado,  quería  morir  en  él  ó  conservarle.  Lo  que  deseamos,  decían 
»los  soldados,  soíijpicos  y  palas  para  recomponerlos  parapetos,  pero 
»no  relevo  ni  descanso.  Y,  en  efecto,  en  vez  de  dormir,  pasaban  la  no- 
»che  abriendo  nuevas  zanjas  y  levantando  otros  parapetos.— El  1.'"*  de 
» Álava  había  perdido  180  hombres,  y  sin  embargo,  no  consintió  tam- 
»poco  que  se  le  enviase  á  retaguardia,  así  como  el  4.°  de  la  misma  pro- 
»vincia,  que  había  sido  muy  castigado,  contestó  como  los  castellanos, 
»que  aun  eran  bastantes  para  conservar  sus  posiciones.» 

La  Artillería  carlista  en  todas  estas  operaciones  se  portó  bizarra- 
mente, dada  la  desventajosa  situación  en  que  se  encontraba  respecto  á 
la  liberal,  tanto  en  número  como  en  alcance  y  calibre  de  las  bocas  de 
fuego;  pues  dicho  se  está  que  no  llegaban  sus  proyectiles  á  ofender  á 
las  baterías  muy  superiores  establecidas  en  Monte  Janeo,  y  que  mien- 
tras no  se  pusieron  á  tiro,  sólo  pudieron  ofender  á  las  columnas  de 
asalto  á  San  Pedro  Abanto  y  á  las  que  intentaron  envolver  su  izquier- 
da, en  las  alturas  del  Brigadier  Berriz,  donde  el  Teniente  Coronel  de 
Artillería  Rodríguez  Vera  cayó  gravemente  herido,  así  como  en  San 
Pedro  Abanto  y  Santa  Juliana  los  oficiales  Llorens  y  Saavedra,  de  la 
Batería  de  Reyero,  y  bastantes  artilleros. 

Las  perdidas  de  ambos  combatientes  fueron  enormes.  Las  de  los  li- 
berales (según  documentos  oficiales)  fueron,  en  los  tres  días  de  comba- 
te, dos  mil  doscientas  cuarenta  y  una  bajas  entre  muertos  y  heridos, 
contándose  entre  los  primeros  los  coroneles  Quintana,  Trillo  y  Rodrí- 
guez, y  figurando  entre  los  segundos  los  generales  Primo  de  Rivera  y 
Loma  y  los  brigadieres  Terrero  y  Cortijos. 

Las  de  los  carlistas  fueron  también  muy  numerosas:  baste  decir  que 
hubo  Batallón,  como  el  3.**  de  Álava,  que  tuvo  trescientos  hombres  fue- 
ra de  combate;  puede  calcularse  que  el  total  de  nuestras  bajas  llegó 
casi  á  dos  mil. 

Las  batallas  de  Marzo  en  la  línea  de  Somorrostro  constituyen  una 
verdadera  epopeya;  verdad  es  que  solamente  la  presencia  de  Don  Car- 
los de  Borbón  y  de  sus  más  esclarecidos  generales  en  los  puntos  de 
mayor  peligro  bastaba  para  llenar  á  nuestros  heroicos  voluntarios  de 
un  incontrastable  entusiasmo,  únicamente  parecido  al  de  los  recha- 
zados, pero  bravos  liberales,  cuando  vieron  desafiando  la  muerte,  á  la 
cabeza  de  ellos,  al  Duque  de  la  Torre. 

¡Españoles  todos,  al  fin! 


MEDALLA  DE   VIZCAYA 


Capitulo  XIV 

Consejo  de  generales  carlistas. — Muertes  de  Olio  y  Radica. — Episodios. 
— El  Marqués  del  Duero  en  el  Ejército  del  Korte. — Acciones  de 
Muñecaz  y  Galdames. — Retirada  del  Ejército  carlista. — Conside- 
raciones sobre  la  campaña  de  Somorrostro. 

CONVENCIDO  el  GolDierno  republicano  de  que,  á  pesar  de  los  refuer- 
zos de  su  Ejército  y  del  imperturbable  valor  de  sus  soldados,  les 
era  de  todo  punto  imposible  forzar  de  frente  la  línea  de  Somorrostro, 
pensaron  por  ñn  en  lo  que  podían  haber  pensado  desde  el  principio^ 
tanto  el  General  Morlones  como  el  Duque  de  la  Torre,  es  decir^  en  en- 
volver nuestras  posiciones,  ó  por  lo  menos  flanquearlas  en  términos  de 
obligarnos  á  su  abandono.  Los  días  que  transcurrieron  hasta  que  se  dio 
forma  al  nuevo  plan  de  operaciones  á  fines  de  Abril,  empleáronse  por 
ambos  ejércitos  en  renovar  y  multiplicar  sus  respectivos  atrinche- 
ramientos, erizando  de  dificultades  toda  la  extensión  de  sus  campos, 
especialmente  los  carlistas  en  las  avenidas  de  San  Pedro  Abanto  y  San- 
ta Juliana,  y  los  liberales  en  sus  conquistadas  casas  de  Murrieta  y  las 
Carreras,  estableciendo  fuertes  baterías  para  el  emplazamiento  de  sus 
piezas  de  grueso  calibre. 

Asi  es  que  el  día  28  de  Marzo  y  los  siguientes,  hasta  fines  de  Abril, 


—  165  — 

no  se  renovó  el  ataque  por  ninguno  de  los  dos  ejércitos,  pues  ambos 
necesitaban  descansar  del  esfuerzo  titánico  que  habían  llevado  á  cabo 
en  la  siempre  memorable  batalla  de  los  tres  días  necesitando  á  la  vez 
disponer  de  tiempo  para  enterrar  los  muertos  de  que  los  atrinchera- 
mientos estaban  sembrados  en  los  días  siguientes  á  las  batallas  de  Mar- 
zo. Únicamente  los  cañones  de  Monte  Janeo  hacían  un  fuego  muy 
lento,  para  advertir  á  los  defensores  de  Bilbao  que  aun  se  velaba  y  se 
pensaba  en  ellos. 

Pero  antes  de  llegar  á  las  jornadas  finales,  cumple  á  nuestro  relato 
dar  cuenta  del  Consejo  de  Guerra  de  oficiales  generales  verificado  bajo 
la  presidencia  de  Don  Carlos  de  Borbón,  de  la  gran  desgracia  ocurrida 
al  Ejército  carlista  el  29  de  Marzo  y  de  la  reorganización  de  ambas 
fuerzas  beligerantes  antes  de  las  operaciones  que  dieron  fin  en  Mayo  á 
la  campaña  de  Somorrostro. 

Citados  convenientemente,  se  reunieron  en  Consejo  el  día  28  de  Mar- 
zo, como  hemos  indicado,  los  generales  EIío,  Dorregaray,  Olio,  Men- 
diry,  Duque  de  la  Roca,  Marqués  de  Valde-Espina,  Lizárraga,  Martí- 
nez de  Yelasco,  Andéchaga,  Benavidesy  Larramendi,y  los  brigadieres 
Rada,  Oliver,  Bérriz,  Zaratiegui,  Yoldi,  Zalduendo,  Lerga,  Alvárez, 
Orniaeche  y  Aizpurúa.  El  anciano  y  caballeroso  Capitán  General  don 
Joaquín  Elío  tomó  la  palabra,  previa  la  venia  de  Don  Carlos,  y  plan- 
teó la  cuestión  de  conveniencia  en  levantar  ó  no  el  sitio  de  Bilbao,  ó  de 
retirar  la  línea  de  defensa  de  San  Pedro  Abanto  á  la  de  Castrejana 
para  librar  allí  la  decisiva  batalla,  ó  trasladar  la  guerra  á  otras  pro- 
vincias. El  General  Mendiry  contestó  afirmativamente  á  la  primera 
pregunta,,  fundando  su  respuesta  en  las  numerosas  y  sensibles  bajas 
sufridas  hasta  entonces  por  el  ejército  carlista,  en  su  difícil  reemplazo 
y  en  la  escasez  de  sus  municiones.  El  General  Andéchaga  y  el  Briga- 
dier Bérriz  opinaron  en  contrario,  afirmando  que  las  municiones  había 
casi  seguridad  de  reponerlas  en  día  no  lejano,  y  que  hallándose  á  tan 
gran  altura  la  moral  del  ejército  carlista,  sería  un  golpe  acaso  de 
muerte  para  la  Causa  emprender  una  retirada,  estando  tan  elevado  el 
espíritu  de  sus  jefes,  oficiales  y  voluntarios,  máxime  no  habiendo  su- 
frido ninguna  derrota.  Puesto  el  asunto  á  votación,  y  á  pesar  del  voto 
negativo  á  continuar  en  la  línea  de  Somorrostro,  emitido  por  la  mayo- 
ría de  los  reunidos,  tomó  el  General  Elío  la  palabra  para  manifestar 
que,  en  vista  de  las  razones  expuestas  por  la  minoría,  se  adhería  á  ella, 
habiéndose  puesto  en  estado  de  defensa  otra  linea  desde  Algorta  á 
Banderas  y  Santo  Domingo,  y  dióse,  por  lo  tanto,  la  orden  para  extre- 
mar la  resistencia  y  continuar  defendiendo  las  líneas  desde  Montano  á 
Triano. 


—  1G6  — 

El  día  29  filé  un  día  de  luto  para  el  Ejército  carlista:  una  g. -añada 
disparada  desde  Monte  Janeo  hizo  blanco  en  un  grupo  de  generales 
que  había  salido  á  recorrer  las  posiciones,  hiriendo  de  muerte  al  Gene- 
ral Olio,  al  Brigadier  Rada,  al  Auditor  de  Navarra  Escudero  y  leve- 
mente al  coronel  Torrecilla.  El  caudillo  navarro  falleció  aquella  misma 
noche,  y  el  heroico  Radica  al  día  siguiente  en  el  hospital  de  Santurce. 
No  tenemos  palabras  para  ponderar  lo  sensibles  que  fueron  para  nues- 
tro Ejército  la  muerte  del  ilustre  y  modesto  General  y  la  del  insigne  y 
bizarro  guerrillero  de  Tafalla.  Han  pasado  vemte  y  tres  años^  y  al  re- 
cordar tan  inmensa  desgracia  aun  asoman  las  lágrimas  á  nuestros  ojos^ 
y  en  tanto  tiempo  no  hemos  dado  un  solo  día  al  olvido  su  memoria,  ni 
el  egregio  Desterrado  de  Venecia,  que  en  su  honor  y  en  el  de  tantí- 
simos otros  campeones  que  dieron  su  vida  por  la  bandera  de  Dios,  Pa- 
tria y  Rey,  ha  ordenado  celebrar  las  solemnidades  del  10  de  Marzo. 

Paz  á  los  muertos  y  sigamos  nuestra  narración: 

El  día  30  se  pidió  un  armisticio  á  los  carlistas  para  enterrar  la  mul- 
titud de  cadáveres  cuya  putrefacción  inficionaba  el  aire  con  gran 
detrimento  de  la  salud  del  soldado.  Durante  el  armisticio  hubo  varias 
conferencias  entre  los  jefes  y  oficiales  amigos  y  antiguos  compañeros 
de  ambos  ejércitos,  y  hasta  sonó  la  voz  de  arreglo  entre  todos,  pero  no 
dio  resultado  alguno  y  ni  uno  solo  cambió  de  campo,  dicho  sea  en  ho- 
nor de  unos  y  otros. 

Llegaron  á  los  pocos  días  los  de  la  Semana  Santa,  y  el  Ejército  carlis- 
ta la  celebró  armando  una  modesta  capilla  de  campaña  en  la  que  se  re- 
zaron los  divinos  Oficios,  pasando  luego  á  visitar  el  improvisado  Sagra- 
rio todas  las  tropas,  desarmadas  y  por  grupos,  siguiendo  la  cristiana 
costumbre  del  Ejército  español. 


El  Ejército  liberal  estaba  nuevamente  en  vías  de  reorganización:  el 
Duque  de  la  Torre  había  pedido  más  refuerzos,  no  sólo  para  reponer 
sus  bajas,  sino  también  para  emprender  operaciones  en  mayor  escala, 
continuando  entretanto  en  su  campo  atrincherado  de  Somorrostro. 

El  Ministro  de  la  Guerra  Zabala  ofició  el  día  3  indicando  al  Duque 
de  la  Torre  la  conveniencia  de  que  con  los  refuerzos  que  á  toda  prisa 
se  preparaban  y  que  consistían  en  quince  mil  hombres  se  formara  un 
nuevo  cuerpo  de  ejército  que  rebasando  la  izquierda  carlista  cogiera 
á  ésta  de  revés  y  la  obligara  á  capitular,,  ó  por  lo  menos  á  levantar  su 
línea.  El  punto  de  ataque  fué  el  único  obstáculo  que  se  debatió  en  las 
comunicaciones  que  mediaron  entre  ambos  generales,  y  aun  con  el  Co- 
mandante en  jefe  del  expresado  tercer  Cuerpo,  el  Capitán  General  Mar- 


—  107  — 

qués  del  Duero,  adoptándose  por  fin  un  plan  definitivo  consistente  en 
verificar  un  ataque  simultáneo  las  fuerzas  del  Duque  de  la  Torre  y  las 
del  Marqués  del  Duero,  el  primero  por  su  frente  y  el  segundo  por  Mu- 
ñecaz  y  Galdames  con  veinte  batallones,  sirviendo  de  lazo  de  unión 
«ntre  ambos  caudillos  una  División  de  siete  batallones  que  destacaría 
de  su  derecha  el  Duque  para  ponerse  en  contacto  con  el  Marqués. 

Reorganizóse,  pues,  el  Ejército  republicano  déla  manera  siguiente: 
Oeneral  en  jefe,  el  Capitán  General  Duque  de  la  Torre,  teniendo  á  sus 
inmediatas  órdenes  dos  cuerpos  mandados  por  los  Generales  Letona  y 
Laserna,  sumando  entre  los  dos  treinta  y  cinco  batallones,  con  la  nu- 
merosa dotación  de  Artillería  de  posición,  de  batalla  y  de  montaña  de 
que  ya  hemos  hecho  mérito,  y  constituyendo  cuatro  divisiones  á  cuyo 
frente  figuraban  los  generales  Andía,  Catalán,  Serrano  Acebrón  y  Mo- 
rales de  los  Ríos,  y  dos  brigadas  de  vanguardia  á  las  órdenes  del  Ge- 
neral Palacio  y  de  los  brigadieres  Blanco  y  Chinchilla.  El  tercer  Cuer- 
po, ó  sea  el  encargado  de  flanquear  la  línea  carlista,  tenía  de  Coman- 
dante general,  como  ya  hemos  dicho,  al  Marqués  del  Duero,  con  veinte 
y  cuatro  batallones  y  veinte  piezas  de  Artillería,  formando  tres  divi- 
fiiones  mandadas  por  los  generales  Echagüe,  Martínez  Campos  y 
Reyes. 

Enterados  los  carlistas  por  seguras  confidencias  del  plan  de  los  ene- 
migos, padecieron  sin  embargo,  entre  otros,  un  error  gravísimo,  supo- 
niendo que  el  Cuerpo  del  Marqués  del  Duero  avanzaría  por  Valmaseda, 
y  no  por  las  Muñecaz,  y  partiendo  de  esta  base  tomaron  sus  medidas 
para  contrarrestarlo.  El  veterano  General  Elío,  dejando  en  Somorros- 
tro  al  General  Dorregaray  al  frente  de  las  tropas  que  guarnecían  dicha 
línea,  tomó  el  mando  de  una  División  de  once  batallones,  y  se  situó 
con  el  General  Lizárraga  en  Traslaviña,  como  punto  céntrico  de  la 
nueva  línea  que  estableció  en  esta  forma:  El  General  Andéchaga,  con 
dos  batallones  de  Encartados,  en  Talledo;  el  Brigadier  Yoldi,  con  los 
cántabros,  en  Muñecaz;  el  Brigadier  Aizpurúa,  con  los  batallones  7.°  y 
octavo  de  Guipúzcoa,  en  Villaverde;  y  el  General  Martínez  de  Velasco, 
desde  Santa  Cruz  de  Arcentales  hasta  Carranza,  con  los  cuatro  batallo- 
nes de  Castilla  y  el  de  Asturianos,  el  cual  era,  por  cierto,  el  único  re- 
fuerzo que  había  recibido  el  Ejército  carlista  después  de  las  sangrien- 
tas jornadas  de  Marzo. 

Acordado  en  definitiva  el  plan  de  ataque  por  el  Ejército  republicano, 
rompieron  la  marcha  el  día  27  las  tropas  del  tercer  Cuerpo  en  dirección 
á  Otañez  ocupando  el  pueblo  y  alturas  inmediatas,  mediando  un  lige- 
ro tiroteo  con  las  fuerzas  carlistas  en  observación  de  los  movimientos 
del  enemigo.  Conocida  entonces  la  dirección  del  Marqués  del  Duero, 


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ordenó  el  General  Elío,  que  el  General  Andéchaga  fuera  reforzado  con 
dos  de  los  batallones  que  tenía  á  sus  órdenes  el  General  Velasco,  quien 
se  apresui'ó  á  cumplimentar  lo  dispuesto  por  Elío,  reuniéndose  en  junto 
cuatro  batallones  carlistas  para  oponerse,  por  lo  menos,  á  triple  núme- 
ro de  enemigos. 

Al  amanecer  del  28,  los  generales  Echagüe  y  Martínez  Campos  rC' 
cibieron  la  orden  de  tomar  las  dos  cordilleras  de  Haya  y  Mello  respec- 
tivamente, para  caer  después  sobre  Talledo.  Ardua  hubiera  sido  la  em- 
presa encomendada  á  dichos  generales  si  las  cortaduras  y  trincheras 
carlistas  hubieran  sido  defendidas,  siquiera,  por  doble  número  de  ba- 
tallones; pero  ni  los  valientes  encartados  ni  los  sufridos  y  no  menos 
bravos  castellanos  podían  hacer  imposibles,  así  es  que  después  dq  un 
combate  desesperado,  aún  más  que  heroico,  perdieron  sus  posiciones, 
aunque  no  sin  hacer  sensibles  y  numerosas  bajas  á  los  liberales,  que 
tuvieron  cuarenta  y  cinco  muertos  y  quinientos  heridos.  Las  última» 
trincheras  carlistas  tuvieron,  sin  embargo,  que  ser  tomadas  por  el  arro- 
jo del  Marqués  del  Duero  y  de  los  generales  á  sus  órdenes,  quienes  ba- 
tiéndose en  las  guerrillas  consiguieron,  con  el  ejemplo  de  su  bravura, 
que  sus  numerosos  batallones  hicieran  un  supremo  esfuerzo,  y  abru- 
mando con  tantas  faerzas  á  los  denodados  pero  pocos  defensores,  logra- 
sen el  éxito  de  la  jornada,  que  faé  funesta  para  los  carlistas,  pues  per- 
dieron al  heroico  General  Andéchaga  y  las  posiciones  que,  aún  tan 
bravamente  defendidas,  tuvieron  al  tin  que  abandonar. 

Al  mismo  tiemp)  las  tropas  liberales  destacadas  de  Somorrostro,  al 
mando  del  General  Laserna,  operaron  su  unión  con  las  del  Marqués 
del  Duero  en  el  pico  de  Melio,  mientras  en  las  líneas  de  Somorrostro 
sostenía  el  Duque  de  la  Torre  un  nutrido  fuego  para  que  los  carlistas 
que  tenía  á  sü  frente  no  pudieran  intentar  el  fracaso  de  las  operacio- 
nes emprendidas  por  el  resto  del  Ejército  republicano. 

Retirados  después  de  la  acción  de  las  ]\íuñecaz,  los  carlistas  que  la 
habían  sostenido,  á  Traslaviña  el  General  Vclasco  con  los  batallones 
del  Cid  y  de  Arlanzón,  y  el  General  Lizárraga  con  los  de  encartados  á 
Sopuerta,  dispuso,  el  día  29,  el  General  Elío  que  tanto  dichas  fuerzas 
como  los  otros  dos  batallones  castellanos,  el  de  Asturias  y  los  demás 
que  con  los  brigadieres  Yoldi  y  Aizpurrú  se  mantenían  en  sus  anti- 
guas posiciones,  se  replegasen  sobre  Galdaraes  en  cuya  sierra  estable- 
ció dos  batallones  de  Castilla,  trasladándose  después  Elío  con  los  res- 
tantes de  su  inmediato  mando  á  Güeñes,  á  cuya  derecha  é  izquierda 
escalonó  sus  tropas  creyendo  que  los  liberales  se  dirigían  sobre  Valma- 
seda,  cuya,  idea  le  dominó  hasta  el  extremo  de  llegar  íI  pensar  en  aban- 
donar por  completo  la  sierra  de  Galdanies  y  tras'adar  toda  su  defensa 


—  ÍG9  — 

á  Sodupe,  (1)  volando  los  pueates  de  Güeñes,  El  Marqués  del  Duero, 
mientras  tanto,  se  había  corrido  á  Sopuerta,  y  el  General  Laserna  ca- 
ñoneaba é  intentaba  apoderarse  de  las  Cortes,  cuya  importante  posi- 
ción defendió  bravamente  el  General  Larramendi,  rechazando  á  la  ba- 
yoneta al  enemigo. 

Como  el  Marqués  del  Duero  disponía  de  suficientes  fuerzas,  para 
vencer  á  los  carlistas  trató  de  desorientarlos  y  de  alejarlos  de  su  obje- 
tivo principal  por  medio  de  diversos  movimientos  que  iniciaron  sus  tro- 
pas^ ya  hacia  Galdames,  ya  hacia  Valmaseda^  ya  sobre  Güeñes  y  Sodu- 


D.  GERARDO  MARTÍNEZ  DE  VELASCO 


pe.  En  estas  operaciones  transcurrió  el  día  21)  y  gran  parte  del  30.  pues 
el  plan  del  Marqués  del  Duero  era  hacerse  dueño  por  capitulación  del 
Ejército  carlista  que  defendía  la  línea  de  Somorrostro,  rebasándola  por 
Galdames  y  dirigiéndose  á  Castrejana;  habilísima  operación  que  los 
carlistas  no  tuvieron  la  fortuna  de  adivinar,  y  que  de  haberla  conoci- 
do la  hubieran  dificultado  grandemente  á  pesar  de  lo  corto  de  sus 
faerzas. 

Ya  hemos  dicho  que  en  la  sierra  de  Galdames  situó  el  General  Elio 
dos  batallones,  de  los  cuales  estaba  encargado  de  defender  la  principal 
posición  el  4.*^  de  Castilla,  mandado  por  el  aguerrido  Solana.  Desde  que 
el  enemigo  dirigió  la  División  de  Martínez  Campos  sobre  Galdames,  ni 
el  número  de  los  enemigos  ni  la  impetuosidad  del  ataque  arredraron  á 
Solana  y  á  los  suyos,  que  con  un  valor  temerario  disputaron  sus  posi- 


(1)    Carta  de  Elio  á    Dorregaraj-,  féchala  en  Güeñes  el  día  30  de    Abril 
de  1874. 


—  170  — 

•ciones  con  tal  tenacidad  y  causando  tan  enormes  bajas  i\  los  liberales, 
que  seguramente,  á  haberse  dispuesto  de  otro  batallón  más  no  hubiera 
coronado  el  General  Martínez  Campos  la  cumbre  en  la  noche  de  aquel 
día  tan  glorioso  para  el  Coronel  Solana  y  sus  bravos  castellanos;  pero 
A  pesar  de  la  superioridad  numérica  de  las  tropas  con  que  atacaron  los 
republicanos  no  lograron  éstos  que  cediesen  los  carlistas,  sino  cuando 
3'a  no  corría  peligro  de  caer  en  poder  del  enemigo  el  Ejército  carlista 


D.    JÓSE   M.    G.   SOLANA 


de  Somorrostro,  el  cual,  gracias  á  la  heroica  resistencia  de  aquel  inol- 
vidable Batallón  castellano,  pudo  verificar  su  retirada  sin  perder  un 
hombre  ni  un  cartucho  en  la  noche  del  mismo  día. 

Gloriosa  puede,  por  tanto,  considerarse  aquella  retirada,  pues  que 
tampoco  abandonaron  los  sitiadores  de  Bilbao,  ni  un  pertreciho  ni  una 
sola  pieza  de  bronce^  dejando  únicamente  en  las  baterías  los  cuatro 
cañones  de  hierro  que  habían  desenterrado  al  comenzar  el  asedio  y 
que,  como  ya  dijimos,  servían  de  postes  para  amarrar  los  barcos.  Débe- 
se también  tener  en  cuenta,  en  elogio  del  Ejército  carlista,  que  el  últi- 
mo disparo  sobre  Bilbao  se  hizo  á  las  diez,  y  que  los  dos  cañones  que 
se  hallaban  en  las  Arenas  fueron  retirados  á  las  doce  de  la  misma  no- 
che^ incorporándose  al  resto  del  Ejército  al  amanecer  del  día  1."  de 
Mayo. 


—  171  — 

La  última  Brigada  que  se  retiró  faé  la  de  Berriz,  y  detrás  de  ella, 
el  último  de  todos,  sólo  con  sus  ayudantes  de  campo,  el  Jefe  de  Estado 
Mayor  General  D.  Joaquín  Elio,  cuando  ya  estaba  el  enemigo  á  la  vis- 
ta de  Sodupe.  Admiremos  su  valor  temerario  y  su  serenidad,  pero  hay 
que  deplorar  el  error  en  que  incurrió  durante  las  últimas  operaciones, 
dando  origen  con  él  á  que  el  Marqués  del  Duero  realizase  punto  por 
punto  sus  deseos,  menos  el  de  hacer  prisioneras  las  tropas  carlistas  que 
■ocupaban  lá  línea  de  Somorrostro,  si  bien  libertando  á  Bilbao,  como  re- 
sultado de  sus  bien  meditados  planes  y  de  los  del  Duque  de  la  Torre. 


Hagamos  ahora  algunas  consideraciones  sobre  la  campaña  de  So- 
morrostro. 

No  hay  que  negar  al  General  JMorioncs  singulares  dotes  de  mando, 
■como  son  el  valor  y  la  actividad  desplegadas  en  todas  cuantas  ocasio- 
nes tuvo  la  dirección  del  Ejército  republicano;  pero  en  medio  de  aque- 
llas cualidades  nunca  le  cupo  dar  cima  por  completo  ú  sus  planes  de 
campaña. 

Solamente  con  volver  la  vista  al  año  1873  encontraremos  la  prueba 
de  nuestro  aserto.  Nadie  duda  que  el  objetivo  del  General  Moriones  en 
Mañeru  y  Montejurra  era  la  plaza  de  Estella;  así  como  el  socorro  á  To- 
losa,  en  Diciembre,  debió  haberse  completado  con  la  destrucción  de  las 
íábricas  y  maestranzas  carlistas.  Pues  bien,  el  Ejército  carlista  le  hizo 
frente  en  la  primera  acción  de  las  citadas,  y  en  la  batalla  de  Monteju- 
rra, A  pesar  de  la  superioridad  num(^*ica  de  los  liberales,  se  retiraron 
éstos  al  tercer  día  de  acción. 

Cuando  el  famoso  socorro  á  Tolosa,  nadie  pone  en  duda  que  fué 
muy  bien  concebida  y  ejecutada  la  primera  parte  del  plan  de  Morio- 
nes^ pero  quedó  en  pie  la  segunda,  y  se  convenció  de  que  no  podía  re- 
dondear su  operación  destruyendo  las  fábricas  de  los  carlistas. 

Del  mismo  modo  en  su  plan  sobre  liberación  de  Bilbao  sucedió  otro 
tanto.  Seguramente  que  si  hubiera  realizado  tan  bien  como  lo  ideó  el 
sorprender  á  las  fuerzas  carlistas  vizcaínas,  hubiera  hecho  levantar  el 
sitio  de  Bilbao,  ó  por  lo  menos  hubiera  situado  su  línea  en  Portugalete, 
habiendo  salvado  el  escollo  de  Somorrostro.  El  Jefe  de  su  primera  Di- 
visión, General  Primo  de  Rivera,  que  en  reñida  batalla  con  los  carlis- 
tas se  hizo  dueño  de  Salta  Caballo  y  Ontón,  le  propuso  continuar  al  día 
siguiente  su  avance,  y  el  General  Moriones  no  se  lo  permitió.  Este  Ge- 
neral cometió  entonces  dos  faltas,  á  nuestro  juicio,  que  le  hicieron  per- 
der la  partida:  primera,  no  seguir  inmediatamente  el  movimiento  de 
su  vanguardia  para  hacer  más  firme  y  obtener  su  avance  hacia  Bilbao-, 


—  172  — 

segunda,  no  permitir  que  Primo  de  Rivera  se  adelantara  cuando  toda- 
vía los  batallones  que  mandaba  D.  Castor  Andéchaga  no  pasaban  de 
seis,  pues  el  General  Mendiry  estaba  en  Sopuerta  aquel  día,  y  el  Ge- 
neral Olio  una  jornada  más  atrás  todavía. 

La  derrota,  pues,  del  General  Morlones  en  los  días  24  y  25  de  Fe- 
brero tiene  su  explicación,  no  sólo  en  la  superioridad  de  las  posiciones 
que  debidamente  eligieron  y  atrincheraron  los  carlistas,  sino  que  tam- 
bién en  el  número  de  batallones  que  éstos  pudieron  ya  oponer  al  ene- 
migo en  aquella  fecha;  ventajas  compensadas  en  parte  por  el  número 
y  clase  de  los  cañones  con  que  fueron  atacados  por  Morlones. 

Díjose  entonces  que  el  plan  del  General  en  Jefe  republicano  había 
fracasado  por  culpa  de  los  empleados  de  la  vía  férrea,  que  dificultaron 
sensiblemente  el  embarque  y  desembarque  de  las  tropas;  pero  este 
descargo  agrava  más  la  falta  del  General,  pues  estamos  muy  lejos  de 
creerle  tan  inocente  que  no  tuviera  en  cuenta  cualquiera  dilación  por 
el  mal  servicio  de  los  caminos  de  hierro,  toda  vez  que  conocía  sobra- 
damente el  país  y  los  medios  incompletos  de  que  disponían  los  ferro- 
carriles españoles;  circunstancia  primera  que  ha  de  tenerse  en  cuenta 
cuando  de  marchar  por  ellos  se  trata. 

El  transporte  por  mar  era  otro  de  los  elementos  que  un  General  pre- 
visor debió  tener  presente,  elementos  que  á  pesar  de  su  bondad  no  de- 
pendían de  sí  mismos,  sino  del  estado  de  un  mar  como  el  Cantábrico 
en  invierno,  y  del  considerable  número  de  barcos  que  habían  de  dis- 
ponerse para  la  travesía. 

Pudo  también  haber  elegido  otfo  objetivo,  ó  bien  combinar  un  ata- 
que con  la  marina  de  guerra,  como  después  se  intentó:  pero  para  esta 
consideramos  que  no  tenía  bastantes  fuerzas. 

Llamado  el  graeso  de  las  fuerzas  carlistas  á  la  ribera  de  Navarra, 
y  calculando  por  los  antecedentes  de  Mañeru  y  Montejurra  que  podía 
ser  aquella  ¡a  tercera  embestida  á  Estella,  acudieron  allí  como  es  con- 
siguiente, puesto  que  estaban  tranquilos  por  la  parte  de  Vizcaya,  no 
temiendo  salida  alguna  de  la  guarnición  de  Bilbao,  pues  el  Marqués  de 
Valde-Espina  podía  oponer  seis  batallones  y  el  General  Andéchaga 
otros  cuatro  á  los  enemigos  que  pudieran  llegar  por  Portugalete  ó  So- 
morrostro.  Sabedores,  sin  embargo,  del  rápido  movimiento  iniciado  por 
el  General  Morlones  hacia  Miranda  de  Ebro,  se  les  presentó  claro  y 
distinto  á  los  carlistas  el  plan  de  los  enemigos,  y  por  tanto  forzaron 
sus  marchas  en  lo  posible,  sin  un  punto  de  retraso;  pero  no  pudieron 
evitar  qu-?  las  tropas  liberales  se  les  adelantaran  por  el  ferrocarril. 

Ahora  bien,  si  el  General  Andéchaga  hubiera  tomado  con  más  em- 
peño la  defensa  de  Salta  Cabillo,  como  se  lo  indicó  oportunamente  su 


—  173  — 

ilustrado  Jefe  de  Estado  Mayor  el  Coronel  Arguelles,  así  como  las  po- 
siciones que  abandonó  al  retirarse  á  Montano  y  San  Pedro  Abanto,  los 
combates  se  hubieran  dado  con  mejor  éxito  seguramente,  y  al  enemigo 
le  habría  costado  mucha  gente  el  forzar  las  primeras  posiciones  de  que 
pudo  hacerse  dueño  sin  disparar  un  tiro.  Fué,  pues,  una  gravísima  falta 
€l  preferir  las  defensas  últimas  k  las  primeras,  sin  que  se  pueda  pensar 
lo  hiciera  aquel  General  por  falta  de  tropas,  pues  ya  el  General  Men- 


D.    ALEJANDRO    ARGUELLES 


diry  le  avisó  que  se  hallaba  á  una  jornada  corta  con  siete  batallones 
de  refuerzo  y  que  el  General  Olio  le  seguía  con  los  restantes. 

Sentadas  estas  premisas,  la  ocupación  de  Montano  y  las  sucesivas 
defensas  dominantes  de  la  carretera  de  Castro,  así  como  la  de  los  mon- 
tes de  Triano,  fueron  bien  elegidas  por  el  Ejército  carlista,  puesto  que 
el  contrario  tenía  que  pasar  por  aquel  camino,  desde  Castro,  donde  se 
apoyaba,  hasta  Portugalete  y  Bilbao,  si  quería  el  General  Morlones 
hacer  sentir  á  los  carlistas  el  peso  de  su  Artillería  de  batalla  y  de  po- 
sición. 

Relevado  á  su  instancia  el  Teniente  General  D.  Domingo  Morlones, 
ya  hemos  dicho  que  fué  reemplazado  por  el  Capitán  general  Duque 


—  174  — 

de  la   Torre,  entrando   en  el  segundo   período  de   las   operaciones. 

También  hemos  dicho  que  se  enviaron  al  Norte  grandes  refuerzos^ 
pedidos  ya  por  Moriones  y  ampliados  para  el  Ejército  del  Duque  hasta 
poder  disponer  de  cuarenta  y  ocho  batallones  y  sesenta  piezas  de  Ar- 
tillería. 

Como  el  objetivo  de  la  liberación  de  Bilbao  se  imponía  al  Gobierno 
de  la  República_,  y  ya  se  habían  acumulado  en  Somorrostro  todas  las 
fuerzas  de  que  se  podía  disponer,  el  experto  Duque  de  la  Torre  reunió 
Consejo  de  generales  á  fin  de  adoptar  el  mejor  modo  de  romper  la  línea 
carlista  ó  de  envolverla  con  los  medios  puestos  á  su  alcance. 

Eeciente  tenía  el  General  Serrano  el  triunfo  que  había  obtenido  so- 
bre el  Capitán  General  Marqués  de  Novaliches  en  la  famosa  batalla  de 
Alcolea,  precisamente  por  empeñarse  Pavía  en  atacar  de  frente  el  cam- 
po de  operaciones  del  puente;  así  es  que  el  plan  á  que  se  inclinó  desde 
un  principio  fué  el  combinado  con  la  Escuadra^  previa  aquiescencia  del 
Ministro  de  Marina,  Vice-almirante  Topete.  Se  proyectó,  por  tanto,  que 
una  columna  de  ocho  ó  nueve  mil  hombres  haría  un  desembarco  en 
Algorta  ó  Plencia,  á  la  vez  que  el  resto  del  Ejército  liberal  atacaría  la 
línea  carlista  de  Somorrostro,  con  lo  cual  se  conseguiría:  primero,  en- 
tretener á  los  carlistas  para  que  no  pudieran  desprenderse  de  fuerzas; 
y  segundo,  una  vez  verificado  el  desembarco  en  puntos  donde  tan  es- 
casos defensores  pudieran  encontrar,  atrincherarse  en  ellos  y  dar  lugar 
para  que  al  día  siguiente  levantara  su  linea  el  General  en  Jefe  liberal 
y  la  trasladara  íntegra  á  la  otra  orilla  de  la  ría.  Sus  previsiones  se  ha- 
brían cumplido,  porque  dicho  se  está  que  ni  los  batallones  carlistas  de 
Somorrostro  podían  debilitarse  ante  el  rudo  ataque  de  sus  enemigos- 
por  el  frente,  ni  los  que  cercaban  á  Bilbao  habrían  podido  abandonar 
su  puesto  dando  así  lugar  á  que  saliendo  de  la  plaza  la  guarnición  les 
cogieran  las  tropas  liberales  entre  dos  fuegos.  De  esta  manera,  al  lle- 
varse á  cabo  tan  bien  concebida  operación,  habrían  resultado  inútiles 
las  defensas  del  Montano  y  de  San  Pedro  Abanto. 

En  la  segunda  parte  de  este  escrito  hemos  dicho  que  embarcada  con 
la  Escuadra  la  División  del  General  Loma^  llegaron  los  liberales  á  la 
altura  de  la  ria^  retirándose  al  amanecer,  porque  el  mar  anunciaba 
tiempo  duro:  retiráronse,  pues,  los  barcos  á  sus  fondeaderos,  y  no  po- 
demos comprender  el  por  qué  de  haberse  renunciado  á  este  plan,  cuan- 
do el  tiempo  sólo  tardó  algunas  horas  en  abonanzar  y  pudo  haberse 
procedido  al  desembarco  en  las  mejores  condiciones. 

No  es  concebible^  repito,  que  la  alta  autoridad  del  Duque  de  la  To- 
rre, como  Jefe  de  Estado,  no  se  impusiera  insistiendo  en  su  proyecto 
aprobado  por  todos  sus  generales  y  hasta  por  el  Jefe  de  la  Escuadra. 


—  175  — 

Volvió,  por  consiguiente,  el  General  Serrano  á  pensar  en  el  ataque  de 
frente  A  las  líneas  carlistas,  si  bien  encomendando  el  principal  papel  al 
Cuerpo  del  General  Primo  de  Rivera ;,  para  extender  su  derecha  y  coger 
de  flanco  la  izquierda  carlista.  El  General  liberal  Villegas,  competente 
también  en  puntos  de  guerra,  sobre  todo  en  la  de  Vizcaya,  opinó  que 
la  derecha  liberal  verificase  el  flanqueo,  no  por  Triano,  sino  por  el  valle 
de  Sopuerta.  El  Duque  de  la  Torre  dio  preferencia,  sin  embargo,  al  que 
había  de  dirigir  el  General  Primo  de  Rivera,  y  tan  importante  creyó  el 
General  en  Jefe  la  misión  de  este  General,  que  puso  á  sus  órdenes  die- 
ciséis batallones  con  la  correspondiente  Artillería. 

Aún  este  plan,  sin  ser  tan  bueno  como  el  del  desembarco,  podía  con- 
siderarse como  obligado,  dada  la  situación  que  ocupaban  ambos  ejér- 
citos en  Somorrostro:  y  de  haberse  llevado  á  cabo  pudo  comprometer 
seriamente  á  los  carlistas,  cogiendo  de  revés  los  pocos  batallones  desti- 
nados á  proteger  su  izquierda.  Verdad  es  que  al  anciano  General  Elía 
no  podía  escondérsele,  ni  se  le  escondió,  el  posible  flanqueo  de  las  fuer- 
zas de  Somorrostro,  por  lo  que  había  situado  algunos  batallones  desde 
Sopuerta  á  Galdames  para  estar  en  observación  del  enemigo  por  estos 
puntos,  á  la  vez  que  en  un  momento  dado  podían  reforzar  su  iz- 
quierda. 

Verificáronse,  pues,  las  batallas  de  Somorrostro,  como  ya  hemos 
descrito^  y  ni  el  General  Primo  de  Rivera  pudo  lograr  su  objeto  pri- 
mordial, ni  el  Duque  de  la  Torre  consiguió  romper  el  centro  ni  la  de- 
recha carlista;  y  aunque  avanzó  algún  tanto  su  línea  de  combate  hasta 
ponerse  casi  al  habla  con  sus  enemigos,  sobre  todo  en  San  Pedro  Aban- 
to, ya  no  pudo  pensar  en  seguir  adelante  sin  nuevos  refuerzos. 

Como  hemos  dicho  anteriormente,  al  proveer  el  Ministro  de  la  Gue- 
rra^ General  Zavala,  de  todo  cuanto  pudiera  necesitar  al  Ejército  de 
Somorrostro  para  extender  su  ala  derecha  y  envolver  con  éxito  las  lí- 
neas carlistas,  hu:*)o  varios  pareceres  y  consultas  para  el  mejor  resul- 
tado de  la  operación.  El  Duque  de  la  Torre  pensó  desde  el  primer  mo- 
mento en  ello,  y  su  plan  difería  muy  poco  del  que  se  llevó  á  cabo 
después,  y  del  propuesto  también  por  el  General  Villegas,  que  profundo 
conocedor  del  país  había  hecho  estudios  sobre  él  y  á  quien  oyó  el  Ge- 
neral en  Jefe.  Aquel  General  proponía  que  el  nuevo  Cuerpo  de  Ejérci- 
to que  se  creaba  después  de  la  batalla  de  los  tres  días,  partiera  de  San- 
tander y  Santoña,  y  por  la  carretera  y  alturas  inmediatas  bajase  á 
Valmaseda,  para  desde  allí  dominar  la  cordillera  de  Galdames,  cogien- 
do de  revés  la  izquierda  carlista,  á  la  cual  embestirían  al  mismo  tiem- 
po de  frente  respetables  fuerzas  desprendidas  del  Ejército  que  quedaría 
en  Somorrostro  con  Serrano. 


—  176  — 

El  plan  ideado  por  el  Comandante  en  Jefe  del  tercer  Cuerpo,  Capi- 
tán General  Marqués  del  Dueío.  previo  acuerdo  con  el  General  en  Jefe 
Duque  de  la  Torre,  consistía  en  partir  de  la  misma  base  para  dominar 
las  alturas  que  íi  derecha  é  izquierda  de  Otaflez  conducen  á  las  Muñecaz, 
y  por  las  crestas  de  los  montts  caer  también  sobre  San  Pedro  de  Gal- 
dames:  al  mismo  tiempo  el  General  Laserna  con  las  tropas  á  sus  órde- 
nes debia  marchar  hasta  las  Cortes,  partiendo  de  la  carretera  deSomo- 
rrostro  á  Sopuerta,  correrse  después  hasta  darse  la  mano  con  las  tropas 
del  tercer  Cuerpo,  y  pernoctar  en  Montellano,  desde  donde  se  domina 
el  valle  de  Sopuerta,  quedando  así  rebasada  la  línea  carlista. 

Ya  hemos  dicho  que  los  once  batallones  que  á  sus  inmediatas  órde- 
nes llevó  el  General  D.  Joaquín  Elío  para  oponerse  al  flanqueo  eran 
pocos  para  contrarrestar  el  doble  ataque  iniciado  por  los  Cuerpos  de 
Ejército  del  Marqués  del  Duero  y  del  General  Laserna;  pero  su  coloca- 
ción y  distribución  fué  aún  más  defectuosa  que  su  inferioridad  numé- 
rica. En  efecto,  en  vista  de  la  avalancha  de  enemigos  que  se  le  presen- 
taba distribuyó  Elío  sus  batallones  dos  á  dos,  estando  por  tanto  en 
relación  de  uno  por  Brigada  enemiira,  y  no  pudiendo  así  ser  fuertes  en 
ninguna  parte:  Al  atacar  las  divisiones  de  Echagüe  y  Martínez  Cam- 
pos en  la  acción  de  las  Muñecaz,  sólo  pudieron  oponérseles  dos  batallo- 
nes de  Velasco  y  otros  dos  de  Andéchaga,  que  ligeramente  atrinche- 
rados, aun  se  defendieron  con  heroísmo  y  entretuvieron  el  combate 
hasta  el  anochecer,  en  que  el  veterano  Andéchaga  perdió  la  vida,  pero 
manteniendo  brillantemente  el  honor  de  las  armas. 

Grave  falta  cometió  en  aquellos  días  el  Jefe  de  Estado  Mayor  Ge 
neral  carlista,  fiado  más  que  nada  en  que  si  la  línea  de  Somorrostro 
resultaba  cortada,  podría  llevar  en  buenas  condiciones  todas  sus  tro- 
pas á  la  línea  de  Castrejana;  error  funesto  que  perdió  á  todos.  No  sos- 
tendremos que  dados  los  poderosos  elementos  de  que  disponía  el  Ejér- 
cito liberal  fuera  fácil  empresa  la  de  imposibilitar  en  absoluto  su 
victoria;  pero  seguramente  se  habría  podido  conseguir  que  llegase 
muy  castigada  y  quebrantado  á  la  posición  última  de  Galdames,  en 
donde  ya  hemos  visto  que  solo  el  bizarro  Coronel  Solana,  con  su  no 
menos  bravo  Batallón  cuarto  de  Castilla,  tuvo  en  jaque  toda  una  Divi- 
sión enemiga. 

La  liberación  de  Bilbao  tuvo  lugar  al  fin.  Los  errores  cometidos 
por  unos  y  por  otros  todavía  son  objeto  de  empeñada  polémica  cuantas 
veces  se  trata  de  los  combates  de  la  línea  de  Somorrostro.  Unos  á  otros 
se  culpan  de  sus  respectivos  fracasos  tácticos  y  estratégicos,  y  el  éxito 
que  coronó  el  esfuerzo  de  les  liberales  se  debe  según  unos  al  Duque  de 
la  Torre,  según  otros  al  Marqués  del  Duero:  según  rosotros.  en  nuestra 


—  177  — 

humildísima  opinión,  se  debe  únicamente  á  las  faltas  cometidas^  pri- 
mero por  el  General  Andéchaga  al  iniciarse  las  operaciones,  y  en  se 
gundo  lugar  á  las  en  que  incurrió  el  General  Elío  no  acertando  á  colo- 
car sus  batallones  de  modo  que  no  resultara  tan  débil  por  todas  partes 
la  defensa  de  sus  posiciones. 

Sin  embargo,  el  Ejército  liberal  no  consiguió  desesperanzar  á  los 
carlistas  con  su  vencimiento^  ni  debilitarles  moral  ó  materialmente,  ni 
logró  más  que  el  resultado  material  de  la  retirada:  prueba  de  ello  in- 
contestable es  que  el  espíritu  carlista  se  levantó  más  que  nunca,  y  que 
cuando  Don  Carlos  de  Borbón  quiso  saber,  como  Augusto,  el  número 
de  sus  defensores  en  1.*^  de  Julio  de  1874^  se  vio  que  disponía  de  cien 
mil  combatientes  en  el  Centro,  en  Cataluña  y  en  el  Norte,  con  más  de 
sesenta  piezas  de  Artillería,  entre  las  que  se  contaban  más  de  veinte 
cañones  cogidos  al  enemigo  en  buena  lid. 

De  todas  maneras,  los  combates  de  Somorrostro  forman  época  y  aún 
hoy  se  consideran  como  legendarios,  siendo  de  unos  y  de  otros  la  glo- 
ria adquirida  en  tan  memorable  campaña^  pues  como  decía  muy  bien 
el  Duque  de  la  Torre:  el  valor  de  los  liberales  es  comparable  únicamen- 
te al  tesón  de  los  carlistas 


12 


D.    TIESO   DE    OLAZABAL 


Capitulo   XV 


Definitiva  organización  de  la  Artillería  carlista. — Cañoneo  de  Hernani. 


COMO  la  organización  de  la  Artillería  de  que  hemos  hablado  en  otro 
capitulo,  no  puede  considerarse  si  no  como  embrionaria,  ónífejor 
dicho,  hecha  con  arreglo  á  las  circunstancias  del  momento,  y  al  núme- 
ro de  bocas  de  fuego  de  que  se  disponía  antes  y  durante  el  sitio  de 
Bilbao,  vamos  á  volver  sobre  el  asunto,  aunque  sea  adelantando  algo 
los  sucesos  y  las  fechas,  con  relación  á  la  marcha  general  de  la  guerra. 
Hemos  dicho  que  los  cañones  carlistas  tenían  diversas  proceden- 
cias: los  unos  fueron  tomados  al  enemigo  en  los  campos  de  batalla  ó  en 
los  puntos  fortificados;  otros  fueron  fundidos  en  Arteaga,  primero,  y 
después  en  Azpeitia,  bajo  la  dirección  de  jefes  y  oficiales  del  Cuerpo; 
y  otros,  en  fin,  fueron  adquiridos  en  el  extranjero,  con  fondos  de  las 
Diputaciones  de  las  provincias  vasco-navarras,  con  donativos  de  legi- 


—   179  — 

timistas  franceses,  de  carlistas  de  Andalucía  y  de  otras  entidades  ó 
colectividades. 

Después  de  la  retirada  de  Bilbao,  el  ilustre  Comandante  General  de 
Artillería  D.  Juan  M.^  Mae'stre,  tuvo  el  democrático  acuerdo  de  reunir 
en  Villaro  (próximo  á  la  fábrica  de  Arteaga),  á  la  mayor  parte  de  los 
jefes  y  oficiales  de  Artillería  existentes  entonces  en  el  Ejército  car- 
lista, para  organizar  definitivamente  los  servicios  del  Cuerpo,  en  sus 
dependencias  fabriles  y  en  las  baterías,  puesto  que  en  el  anterior  mes 
de  Abril  habían  desembarcado  ya  algunos  de  los  muchos  cañones 
que  se  esperaban  y  que  se  había  encargado  de  hacer  arribar  á  las 
costas  carlistas,  el  insigne  patricio  D.  Tirso  de  Olazabal,  actual  Sena- 
dor por  Guipúzcoa,  hombre  dotado  de  rara  abnegación,  gran  actividad 
y  clara  inteligencia,  antiguo  Diputado  á  Cortes  en  las  últimas  de  doña 
Isabel  II  y  en  las  Constituyentes  de  1869,  y  á  quien  Don  Carlos  hubo 
de  nombrar  Coronel  honorario  de  Artillería  á  petición  del  Cuerpo,  ad- 
mirador de  sus  notables  servicios. 

Orillada  con  las  diputaciones  la  cuestión  metálica  (primer  nervio  de 
la  guerra,  como  decía  Napoleón  I),  para  hacer  marchar  las  fábricas 
que  habían  de  alimentar  las  bocas  de  fuego,  se  empezó  á  hacer  un  ba- 
lance de  lo  ya  existente,  y  de  las  futuras  piezas,  cuyo  balance  dio  el 
resultado  siguiente: 

Piezas  tomadas  en  buena  lid  á  los  liberales:  Dos  obuses  de  á  8  cen- 
tímetros, cortos,  cogidos  al  enemigo  en  el  túnel  de  Lizárraga;  dos  ca- 
ñones cortos,  rayados,  de  á  8  centímetros,  cogido  el  uno  en  la  acción 
de  Eraul  y  el  .otro  en  la  de  Udabe;  tres  cañones  largos,  rayados,  de 
á  8  centímetros,  tomados  en  Portugalete  y  en  el  fuerte  de  El  Desierto. 
Más  tardece  aumentó  el  número  de  piezas  Je  Artillería  cogidas  al  ene- 
migo, con  los  tres  cañones  Plasencia  ganados  en  la  batalla  de  Lácar, 
otros  tres  rayados  de  á  8  centímetros  tomados  en  La  Guardia  y  dos 
más  que  se  tomaron  en  Astigarraga  el  uno,  y  el  otro  en  el  castillo  de 
Axpe. 

Entre  las  piezas  fundidas  por  entonces  en  Arteaga  y  Azpeitia,  figu- 
raban, si  la  memoria  no  nos  es  infiel:  dos  cañones  lisos  de  bronce,  de 
á  12  centímetros,  otros  dos  ra-yados,  de  á  10  centímetros,  y  ocho  mor- 
teros. 

Por  último,  y  en  cuanto  á  los  cañones  adquiridos  en  el  extranjero, 
debemos  empezar  consignando  que  la  Marina  de  guerra  no  pudo  evi- 
tar ni  uno  sólo  de  los  desembarcos  en  la  costa  cantábrica.  En  el  pri- 
mero, arribaron:  dos  cañones  Withwort,  rayados,  de  á  4  centímetros; 
seis  Wavasseur,  rayados,  de  á  7  centímetros  y  á  cargar  por  la  culata; 
tres  largos,  Withwort,  de  á  4  centímetros;  dos  Wavasseur,  de  á  9  cen- 


—  180  —       • 

tímetros;  y  seis  Wolvich,  rayados,  de  á  7  centímetros:  todos  ellos  de 
acero.  También  se  esperaban  y  llegaron  poco  después  al  campo  car- 
lista: veinte  y  cuatro  cañones  más  del  sistema  WithAvort,  de  á  4  centí- 
metros, rayados:  seis  "WithAvort,  rayados,  de  á  7  centímetros;  y  otros 
seis  Krupp,  de  á  8  centímetros,  sumando  un  total  de  cincuenta  y  siete 
bocas  de  fuego,  con  las  otras  dos  piezas  de  Montaña,  que  ya  en  1873 
había  adquirido  también  en  el  extranjero  la  Diputación  de  Guipúzcoa. 

La  primera  dificultad  que  hubo  de  presentarse,  adquirida  la  aquies- 
cencia (como  hemos  dicho),  de  las  juntas  provinciales  para  el  abaste- 
cimiento de  las  fábricas  y  maestranzas,  fué  la  del  escaso  personal  fa- 
cultativo de  que  se  disponía  por  entonces. 

A  ello  ebedeció  el  suprimir  la  Fundición  de  Arteaga  y  reducir  los 
servicios  industriales  á  los  establecimientos  de  Vera,  Azpeitia  y  Ba- 
caicoa:  el  primero  dedicado  exclusivamente  á  la  fundición  de  los 
proyectiles  de  los  diferentes  calibres  que  había  en  la  Artillería  car- 
lista; el  segundo  dedicado  á  la  construcción  de  carruajes  de  bata- 
lla, montajes,  espoletas  y  fuegos  artificiales,  así  como  á  la  fundi- 
ción y  rayado  de  cañones,  y  á  la  fabricación  de  pólvora;  y  el  tercero, 
destinado  á  la  construcción  y  arreglo  de  los  bastes  y  material  de  pie- 
zas de  montaña. 

Dióse  la  preferencia  á  Azpeitia  sobre  Arteaga,  no  sólo  por  la  situa- 
ción más  céntrica  de  aquélla,  y  su  consiguiente  mayor  defensa  al 
abrigo  de  un  golpe  de  mano  del  enemigo,  si  no  por  haberse  reunido 
más  elementos  para  la  construcción  de  carruajes  y  montajes,  mayor 
número  de  hornos  para  la  fundición,  que  en  Arteaga,  y  personal  sub- 
alterno más  idóneo  que  en  Vizcaya,  á  causa  de  la  proximidad  de  las 
fábricas  de  fusiles  de  Ermua,  Eibar,  Elgoibary  Plasencia.  A  pesar  de 
esto,  los  planos  y  algunos  de  los  obreros  más  expertos  de  Arteaga  se 
llevaron  á  Azpeitia  con  los  guipuzcoanos. 

De  la  fábrica  de  Vera  continuó  siendo  Director  el  entendido  y  la- 
borioso Comandante  Lecea,  ayudado  por  el  antiguo  Alférez  Alumno 
de  la  Academia  de  Segovia,  Gómez  Quintana.  Esta  fábrica  llenó  su 
difícil  misión  en  términos  de  abastecer  con  holgura  toda  la  Artillería 
carlista  de  campaña.  No  costó  poco  trabajo  el  convencer  á  Lecea  de 
la  utilidad  de  sus  servicios  en  Vera,  porque  manifestó  el  noble  deseo 
de  dedicarse  como  otros  compañeros  al  activo  servicio  de  las  baterías  de 
campaña.  Pero  al  fin  se  logró  su  aquiescencia,  si  bien  como  la  multi- 
plicidad de  calibres  en  los  proyectiles  dificultaba  en  gran  manera  su 
misión,  unas  veces  los  coroneles  Pagés  y  Pérez  de  Guzmán,  y  otras  el 
mismo  Comandante  General  Maestre,  se  pasaban  largas  temporadas  en 
la  fábrica,  ayudando  científica  y  materialmente  á  Lecea,  para  abastecer 


—  181 


debidamente  á  todas  las  baterías  montadas  y  de  montaña,  y  al  Tren 
de  Sitio,  habiendo  de  construirse  proyectiles  de  diez  calibres  dife- 
rentes 

Sentimos  no  conservar  datos  exactos  de  la  fabricación  corriente, 
por  habérsenos  extraviado  los  que  tuvimos  la  curiosidad  de  tomar  so- 
'bre  el  terreno;  pero  hemos  visto  consignados  los  siguientes  en  la  Na- 
rración militar  de  la  guerra  carlista,  escrita  por  el  Cuerpo  de  Estado 
Mayor  del  Ejército. 

Proyectiles  construidos  en  Vera,  desde  la  centralización  del  Cuerpo 
al  30  de  Noviembre  de  Ls74: 


wrrnwoRT 


(Ce?  C.  Se 4  L.  De  i  C 


Julio ,,  „  840 

Agosto 352 1  903   2,351 

Septiembre.     .....     .|  2,116  200      „ 

Octubre i  1,'<30  605!l,760 

Noviembre ;     .,  456      552 


I  I 

VAYASSEUR,Vohich  Bronce  ¡Ecnilia: 


áe  9 


Totales. 


de  7 


1,528 
908 
126 


605 
698 


de  7 

de  8 

51 

(30 

« 

829 

'^ 

17 

220 

,, 

1,708 

646 

4,198   2,164   5,-503   2,562   1,303  1,934  2,122 


424 


494, 


Hemos  indicado  en  otro  lugar  que  la  creación  de  la  Fábrica  y  Fun- 
dición de  Azpeitia  tuvo  principio  en  los  comienzos  de  la  guerra,  siendo 
Comandante  General  de  Guipúzcoa  D.  Antonio  Lizárraga,  quien  dio 
órdenes  al  Comandante  de  Artillería  D.  José  M.*  Dorda  y  al  Capitán 
del  mismo  Cuerpo  D.  Leopoldo  Ibarra,  para  que,  visitando  una  antigua 
Fábrica  existente  en  aquel  punto,  sobro  el  camino  de  Cestona,  propu- 
sieran lo  más  conveniente  parala  instalación  en  ella,  de  una  Fundición 
y  Maestranza  de  Artillería.  Bajo  la  hábil  dirección,  pues,  de  dichos  ilus- 
trados oficiales  de  Artillería,  se  fueron  modificando  algunas  de  sus 
máquinas  para  destinarlas  á  su  nueva  misión,  y  adquiriendo  y  trasla- 
dando otras  desde  las  fábricas  de  Plasencia  y  Eibar.  A  esto  fué  debido 
que  además  de  los  importantes  trabajos  de  instalación  que  hemos  in- 
dicado, se  lograra  fundir  y  rayar  un  cañón  de  á  10  centímetros  (lue 
desempeñó  admirab'emente  su  cometido  frente  á  Bilbao,  en  la  Batería 
de  01  largan. 

Como  el  primer  desembarco  de  cañones  se  verificó  en  Abril,  y  ape- 
nas traían  algiín  armón  ó  cureña  para  modelos,  de  ahí  que  el  Estable- 


—  182  — 

cimiento  de  Azpeitia  no  pudiera  dedicarse  en  mucho  tiempo  más  que  á 
construir  los  armones,  carros  de  municiones  y  juegos  de  armas  de  las 
baterías  montadas,  siendo,  por  tanto,  mayor  cada  día  el  número  y  cla- 
se de  los  trabajos  que  hubieron  de  encomendarse  á  los  dignos  oficiales 
Dorda  é  Ibarra,  á  quienes  se  agregó  con  el  carácter  de  director  facul- 
tativo el  entusiasta  y  entendido  Coronel  del  Cuerpo  D.  Luis  de  Pagés, 
que  ya  había  hecho,  digámoslo  así,  sus  primeras  armas  en  el  Ejército 
carlista,  ayudando  y  dirigiendo  en  Vera  los  importantes  trabajos  del 
Comandante  Lecea  y  del  Teniente  D.  Luis  Ibarra.  Cuando  el  Coronel 
Pagés  ascendió  más  adelante  á  Mayor  General  de  Artillería,  se  confió 
la  dirección  de  la  importantísima  Maestranza  fundición  de  Azpeitia, 
al  idóneo  y  acreditado  Coronel  D.  Amado  Claver,  que  había  hecho 
hasta  entonces  la  guerra  en  el  Centro,  como  Jefe  de  Artillería  á  las  ór- 
denes de  D.  Alfonso  de  Borbón,  hermano  de  Don  Carlos.  El  distinguido 
jefe  Claver  continuó  ya  hasta  el  fin  de  la  campaña  en  Azpeitia,  pues  el 
delicado  estado  de  su  salud  no  le  permitía,  bien  contra  su  voluntad, 
hacer  vida  tan  activa  como  sus  otros  compañeros. 

La  dependencia  artillera  de  Bacaicoa  fué  creada  por  el  esclarecido 
Comandante  General  de  Navarra  D.  Nicolás  Olio,  cuando  aún  el  Cuer- 
po de  Artillería  no  disponía  demás  piezas  que  las  de  Montaña,  y  tuvo 
por  objeto  recomponer  los  bastes  antiguos  procedentes  del  ejército  li- 
beral, los  Ingenieros  que  se  aplicaron  á  Artillería  después,  y  construir 
los  nuevos,  así  como  los  correajes  y  enseres  necesarios  para  el  servicio 
de  los  cañones  de  INIontaña.  A  su  frente  faé  colocado  el  Teniente  Coro- 
nel D.  Jacobo  de  León,  muy  ducho  en  estos  servicios  y  uno  de  los  más 
estudiosos  oficiales  de  la  Artillería  carlista.  El  mismo  Comandante  Ge- 
neral de  Navarra,  Olio,  entusiasta  de  nuestro  Cuerpo  como  el  que  más, 
dio  órdenes  á  un  taller  de  guarnicioneros  que  tenía  establecido  en  Le- 
garía (Amézcoas)^  para  que  poniéndose  á  las  del  Jefe  de  Artillería  Don 
Antonio  Brea,  construyera  todas  las  monturas,  bridas  y  correajes  que 
necesitaran  las  plazas  montadas  de  las  baterías  de  Campaña. 

Creemos  haber  dicho  en  otro  capítulo  que  el  Cuerpo  de  Artillería  no 
tenía  ni  tuvo  á  su  cargo  más  establecimientos  fabriles  que  los  expresa- 
dos, pues  desde  el  principio  de  la  guerra,  el  armamento  portátil  y  sus 
municiones  corrían  á  cargo  de  las  respectivas  juntas  ó  diputaciones  á 
guerra  provinciales,  adquiriendo  aquél  en  el  extranjero  ó  construyén- 
dole en  las  fábricas  de  Eibar  y  Plasencia,  ó  recomponiendo  en  las 
mismas  fábricas  los  fasiles  cogidos  al  Ejército  liberal.  En  cuanto  á 
municiones,  se  compraban  en  el  extranjero,  se  hacían  algunas  en  las 
provincias  vasco-navarras,  y,  en  fin,  se  recargaban  las  vainas  que  el 
enemigo  y  los  nuestros  dejaban  en  los  campos  de  batalla,  siendo  éste  el 


—  183  — 

mejor  contingente  de  cartuchos  que  había,  pues  los  comprados  en  el 
extranjero  no  solían  dar  muy  buen  resultado. 

El  Parque  de  Estella  llegó  á  estar  en  buenísimas  condiciones,  bajo 
la  hábil  dirección  de  D.  José  dé  Iza,  primero^  y  de  D.  Jacobo  de  León, 
después,  cuando  se  cerró  la  fábrica  de  Bacaicoa,  teniendo  que  luchar 
siempre  con  la  escasez  de  fondos,  debiendo  advertir  que  contaba  con 
un  Almacén  provisional  de  municiones  y  un  taller  de  pequeñas  recom^ 
posiciones  de  material  y  efectos.  Esto  aumentaba  la  importancia  del 
Parque,  máxime  tratándose  de  un  número  grande  de  baterías,  cuya 
movilidad  continua  daba  trabajo  de  una  manera  increíble. 

Cubierto,  de  la  manera  que  hemos  expuesto,  el  servicio  futuro  de 
las  fábricas,  hubo  de  abordarse  la  cuestión  de  personal  para  las  bate- 
rías; porque  descontados  los  jefes  y  oficiales  destinados  á  aquéllas,  que- 
daban únicamente  ocho,  que  unidos  á  los  cuatro  oficiales  del  Cuerpo 
General  de  la  Armada  que  (con  el  mayor  beneplácito  de  todos  los  arti- 
lleros) entraron  á  prestar  servicio  en  el  nuestro,  formaban  un  total  de 
doce  disponibles  para  el  servicio  de  baterías.  Pero  como  se  disponía  á 
la  vez  de  cinco  ó  seis  antiguos  alféreces  alumnos  del  Alcázar  de  Segó- 
vía,  el  problema  se  reducía  á  empezar  dando  el  mando  de  baterías  á 
los  jefes,  luego  á  los  oficiales,  y  más  tarde  á  los  citados  alféreces,  des- 
pués de  haber  éstos  prestado  servicio  á  las  órdenes  de  aquéllos,  si  bien 
aún  así  resultaría  deficiente  el  resultado  por  la  escasez  de  subalternos. 

Para  obviar  esta  dificultad  hubo  diferentes  opiniones:  quien  propu- 
so que  se  creara  una  Academia  donde  los  alumnos  recibieran  una  edu- 
cación militar  análoga  á  la  del  Alcázar  de  Segó  vía;  pero  este  plan  no 
tenía  aplicación  por  el  momento,  puesto  que  exigía  cierto  número  de 
años  á  fin  de  obtener  oficiales  aptos  para  el  servicio  del  Cuerpo.  Hubo 
quien  propuso  que  se  ascendiera  á  oficiales  á  los  sargentos  que  proba- 
ran ciertos  conocimientos;  pero  este  sistema  adolecía  de  la  contra  de 
que  por  entonces  no  había  más  que  dos  baterías.  Por  último,  el  digno 
Comandante  General  de  Artillería  propuso,  y  fué  aceptado  por  unani- 
midad, un  proyecto  que  llenaba  todas  las  condiciones  que  podían  ape- 
tecerse dadas  las  circunstancias.  Propuso,  pues,  con  singular  aciértela 
creación  de  los  oficiales  de  Artillería  de  campaña,  procedentes  de  una 
Academia  que  se  crearía  en  Azpeitia,  como  principal  centro  artillero,  en 
la  que  ingresarían  los  voluntarios  que  tuvieran  adquirida  una  previa 
instrucción  en  los  Institutos,  Universidades  ó  análagos  centros  de  en- 
señanza, para,  en  el  breve  espacio  de  algunos  meses,  enseñarles,  aun- 
que sólo  fuese  ligeramente,  elementos  de  Industria  militar  artillera, 
fortificación  de  campaña  y,  sobre  todo,  el  manejo  de  las  diferentes  pie- 


—  184  — 

zas  de  Artillería  de  batalla,  montaña,  plaza  y  sitio,  de  que  disponían 
los  ejércitos  liberal  y  carlista. 

Encarg:ado  de  llevar  á  la  práctica  esta  feliz  idea,  ei  Comandante  Gar- 
cía Gutiérrez,  salieron  de  la  Academia  de  Azpeitia  algunas  promocio- 
nes^ y  dieron  tan  excelente  resultado  los  oficiales  de  Artillería  de  cam- 
paña, á  las  órdenes^  por  supuesto,  de  los  jefes  y  oficiales  facultativos, 
que  aprovechamos  esta  ocasión  para  consagrarles  un  cariñoso  y  agrade- 
cido recuerdo  por  su  valor,  buenos  deseos,  excelente  espíritu  militar^ 
aplicación  é  instrucción  relativa,  relevantes  dotes  que  demostraron  en 
numerosos  y  memorables  hechos  de  la  guerra. 

Atendiendo,  por  tanto,  al  material  disponible  entonces,  se  dispuso 
por  el  Comandante  General  de  Artillería,  que  se  organizasen,  por  de 
pronto,  otra  batería  de  Montaña  y  cuatro  Montadas.  La  primera  de 
Montaña,  que  ya  hemos  dicho  que  fué  mandada  casi  desde  su  organi- 
zación hasta  el  fin  de  la  guerra  por  el  valeroso  y  entendido  D.  Alejan- 
dro Reyero,  cambió  sus  dos  cañones  rayados  de  á  8  centímetros  y  dos 
obuses,  por  seis  cañones  Withwort  de  á  4  centímetros,  cortos.  La  según 
da  Batería  de  Montaña  se  formó  con  alaveses  y  guipuzcoanos,  y  fué 
destinado  á  organizaría  y  mandarla,  el  Comandante  D.  Rodrigo  Vélez, 
á  quien  sustituyó  al  poco  tiempo  el  Capitán  D.  Luis  Ibarra,  cambian 
do  sus  antiguos  cañones  rayados  por  seis  "Withwort  de  á  4  centímetros^ 
cortos;  con  el  tiempo  se  organizaron  hasta  seis  baterías  de  Montaña. 

La  primera  Batería  Montada  la  organizaron  en  1873  los  entonces 
Teniente  Coronel  Brea  y  Teniente  D.  Luis  Ibarra;  es  decir,  como  aún 
no  habían  llegado  por  aquella  época  las  piezas,  sacaron  de  los  batallo- 
nes y  de  la  Batería  de  Montaña  de  Navarra,  la  gente  á  la  cual  instru- 
yeron en  el  manejo  de  los  cañones  á  cargar  por  la  culata,  sistema  Va- 
vasseur,  valiéndose  para  ello  de  cañones  viejos  con  cierres  figurados; 
así  es  que  desde  el  momento  de  recibirse  los  Vavasseur  de  á  7  centí- 
metros, con  cierres  análogos  á  los  del  sistema  Krupp,  se  dio  á  Azpeitia 
orden  para  alistar  y  entregar  á  dicha  primera  Batería  Montada,  sus 
cureñas,  carros  y  juegos  de  armas,  no  faltando  ya  más  que  el  ganado 
y  el  atalaje,  de  los  que  después  hablaremos. 

La  segunda  Batería  ]\Iontada,  á  la  que  sirvió  de  base  la  de  Montaña 
de  Vizcaya,  que  había  formado  el  entonces  Capitán  García  Gutiérrez, 
fué  convertida  en  Montada,  bajo  el  mando  del  Coronel  Fernández  Prada 
Como  no  había  construido  material  para  ella,  y  r.o  habían  desembarcado 
aún  los  seis  cañones  Krupp  que  se  habían  encargado  á  Alemania,  tomó 
Prada  posesión  interinamente  de  seis  piezas  de  bronce,  rayadas,  de  á  8 
centímetros,  procedentes  del  Ejército  liberal,  con  sus  correspondientes 
montajes. 


—  185  — 

La  tercera  Batería  Montada,  llamada  de  posición,  se  entregaría, 
previa  la  construcción  de  su  material,  al  Coronel  Rodríguez  Vera,  com- 
poniéndose de  los  cañones  rayados,  de  A  7  centímetros,  sistema  Wol- 
vich. 

Por  último,  la  cuarta  Batería  Montada  (la  cual  por  indicación  des- 
pués del  General  D.  Antonio  Dorregaray  y  de  su  ilustrado  Jefe  de 
Estado  Mayor  el  Brigadier  Oliver)  se  convirtió  en  Batería  de  á  Caballo, 
componiéndose  de  cuatro  piezas  largas  Withwort,  de  á  4  centímetros, 
á  cargar  por  la  recámara,  la  mandó  primero  el  Comandante  D.  Leo- 
poldo Ibarra,  y  después  elde  igual  clase  García  Gutiérrez. 

Asimismo  se  organizó  el  Tren  de  sitio,  cuyo  mando  en  jefe  se  con- 
firió al  Teniente  Coronel  de  la  Armada  D.  Marcos  Fernández  de  Cór- 
coba,  y  las  unidades  del  mismo,  á  los  Comandantes  Torres  y  Carnevali 
y  al  Capitán  Fernández  de  Córdoba  (D.  José), 

Por  de  pronto  fué  dotado  dicho  Tren,  con  los  cañones  rayados  y  li- 
sos de  á  12  centímetros  que  se  fundieron  en  Azpeitia,  con  el  de  á  10 
centímetros,  con  los  dos  cañones  rayados,  Vavasseur,  de  á  9  centíme- 
tros y  además  con  los  que  posteriormente  se  encargaron  por  la  Dipu- 
tación de  Guipúzcoa,  de  á  13  centímetros,  largos,  y  que  no  llegaron  á 
funcionar,  sin  perjuicio  de  todo  lo  cual  sirvieron  también  como  Arti- 
llería de  Sitio  los  cañones  Withwort  de  á  7  centímetros,  y  los  del  sis- 
tema Wolvich,  de  la  Batería  de  Rodríguez  Vera. 


Restaba  ya  tan  sólo  dotar  á  las  unidades  montadas  del  ganado  y  los 
atalajes,  pues  el  Coronel  Pagés  tomó  inmediatamente  posesión  de  la 
]\Iaestranza  de  Azpeitia,  en  cuyo  establecimiento  se  trabajaba  hasta  de 
noche  con  febril  actividad  á  ñn  de  entregar  concluido  el  material  de 
las  baterías  en  el  más  breve  plazo  posible. 

Del  ganado  y  de  los  atalajes  hubo  de  encargarse  el  Coronel  Brea, 
quien  desde  luego  marchó  á  Estella  en  busca  del  General  Jefe  de  E.  M. 
General  para  concertar  con  él  la  adquisición  del  ganado  de  arrastre, 
complaciéndose  tanto  el  General  Dorregaray  como  su  digno  Jefe  de  Es- 
tado Mayor,  Oliver,  en  facilitar  nuestras  gestiones  que,  gracias  á  sus 
oportunas  órdenes  é  incondicional  apoyo,  viéronse  coronadas  del  más 
feliz  éxito  en  pocos  días.  En  cuanto  á  los  atalajes,  supo  el  Comandante 
General  de  Artillería  Maestre  (quien,  como  hemos  visto,  era  el  alma  de 
todo)  que  podían  adquirirse  en  Francia  multitud  de  ellos,  procedentes 
de  la  Guardia  Móvil,  y  comisionó  también  al  Coronel  Brea  para  que 
reconociéndolos  previamente  en  Bayona  y  Burdeos,  se  avistase  con  el 
digno  Presidente  de  la  Comisión  de  Armamento,  D.  Tirso  Olazabal,  á 


—  186  — 

fin  de  que  los  pagara  y  se  encargase  de  introducirlos  en  España,  como 
así  se  verificó^  no  tardando  ni  quince  dias  la  llegada  á  Azpeitia  de  los 
atalajes  completos  de  las  cuatro  baterías  montadas. 

Resultado,  pues,  de  la  junta  magna  de  los  artilleros  fué  que  cuanto 
se  acordó  hubo  de  llevarse  á  feliz  término  en  tan  breve  tiempo  que 
la  1,^  Batería  Montada  entró  en  Estella,  arrastrando  sus  seis  cañones 
Vavasseur,  el  día  30  de  Junio,  haciéndolo  la  2.*  Batería  á  los  pocos  días, 
y  celebrando  con  salvas  la  3.^  el  día  de  San  Ignacio,  en  Azpeitia,  no 
empleándose  más  que  veinte  y  cinco  días  en  la  instrucción  de  Batería 
y  de  Regimiento,  gracias  al  entusiasmo  y  ap  icación  de  nuestros  bravos 
y  queridos  voluntarios. 

Resumiendo,  dii-emos  que  entre  los  jefes  y  oficiales  de  Artillería  se 
cubrieron  todos  los  servicios  fabriles  y  de  campaña,  á  cargo  del  Cuer- 
po, de  la  manera  que  á  continuación  se  expresa: 

Comandante  General. — Lo  fué  primero  D.  Elicio  Berriz,  y  poco  des- 
pués D.  Juan  María  Maestre  hasta  la  conclusión  de  la  guerra. 

Mayor  General. — D.  Luis  de  Pagés  y  después  D.  José  Pérez  de 
Guzmán. 

Jefes  de  divisiones  de  baterías. — D.  José  Pérez  de  Guzmán  y  don 
Antonio  Brea,  primeramente;  después  S.  A.  R.  el  Conde  de  Caserta  y 
D.  Antonio  Brea,  y  más  tarde,  D.  Manuel  Fernández  Prada,  Marqués 
de  las  Torres. 

Baterías  Montadas: 

1.^     D.  Antonio  Brea,  primero,  y  después  D.  Rodrigo  Vélez. 

2.^  D.  Manuel  Fernández  Prada,  primero,  y  después  D.  Atilano 
Fernández  Negrete. 

3.^  D.  F-ancisco  Javier  Rodríguez  Vera,  primero,  y  después  don 
Germán  García  Pimentel. 

4.^  D.  Leopoldo  Ibarra,  primero,  y  después  D.  Julián  García  Gu- 
tiérrez. 

Baterías  de  Montaña: 

1.^    D.  Alejandro  Reyero. 

2.^    D.  Rodrigo  Vélez,  primero,  y  después  D.  Luis  Ibarra. 

3.*^    D.  Marcelino  Ortiz  de  Zarate. 

á.^     D.  Joaquín  Llorens. 

5.'^     D.  Miguel  Ortigosa. 

6.^     D.  José  Fernández  de  Córdoba. 

La  sección  Plasencia  que  se  formó  en  1875  con  los  tres  cañones  de 
dicho  sistema  cogidos  á  los  liberales  en  la  batalla  de  Lácar,  la  mandó 
el  antiguo  Alférez  Alumno  D.  Alberto  Saavedra. 


!5  -ra 


a  o 


¿ÜMJÉomUES 


—  188  — 

Establecimientos  fabriles: 

Fundición  de  Arteaga — D.  Julián  García  Gutiérrez  y  D.  Carlos 
León. 

Talleres  de  Bacaicoa. — D.  Jacobo  de  León. 

Maestranza  y  fundición  de  Azpeitia. — D.  José  M.'^  Dorda,  primero, 
D.  Luis  de  Pagés,  después,  y  finalmente  D.  Amado  Claver. 

Fundición  de  proyectiles  de  Vera. — D.  José  de  Lecea. 

Parque  de  Estella. — D.  Juan  J.  de  Iza,  primero,  y  después  D.  Jaco- 
bo de  León. 

Academia  de  Artillería  de  Campaña. — D.  José  M.'^  Dorda,  D.  Julián 
García  Gutiérrez,  D.  Antonio  Brea  y  finalmente  D.  Luis  de  Pagés, 


Algunos  escritores  liberales  al  tratar  del  Cuerpo  de  Artillería  car- 
lista han  incurrido  en  errores  que  procuraremos  desvanecer,  pues  si  al- 
gunos de  ellos  no  tienen  importancia,  como  el  de  suponer  que  el  cañón 
de  Montaña  cogido  por  los  carlistas  en  la  acción  de  Eraul  era  sistema 
Krupp  (1);  en  cambio  es  muy  de  lamentar,  por  ejemplo,  que  se  haya 
querido  sostener  que  la  Artillería  carlista  figuró  por  primera  vez  en  la 
acción  de  Biurrun,  ocurrida  el  23  de  Septiembre  de  1874,  cuando  para 
dicha  fecha,  había  ya  funcionado  la  Artillería  carlista  en  campo  abier- 
to, y  hasta  agotar  sus  municiones,  en  Viana^  Valcarlos,  Estella,  Ibero 
(en  donde,  como  hemos  referido  ya,  murió  gloriosamente  el  Capitán  Nie- 
ves), en  Mañeru,  Montejurra,  VeUibieta,  San  Pedro  Abanto,  Bilbao, 
Abárzuza,  Hernani,  Portugalete  y  Oteiza. 

Tampoco  es  cierta  la  existencia  del  cañón  llamado  el  abuelo. 

Sólo  existió  uno  de  calibre  irregular,  de  hierro,  forjado  por  un  anti- 
guo maestro  de  la  Fábrica  de  Trubia,  y  que  apenas  tuvo  ocasión  de 
probarse  por  hallarse  mal  centrado.  Otro  había  también  en  Peñaplata, 
y  otro  en  Vera,  para  calibrar  proyectiles.  Lo  único  en  que  concedemos 
acierto,  es  en  reconocer  la  inferioridad  de  las  espoletas  y  proyectiles 
carlistas,  con  relación  á  los  del  Ejército  liberal.  Una  razón  hubo,  sin 
embargo,  para  esta  diferencia,  y  fué  el  complicadísimo  é  incesante  tra- 
bajo de  la  Fábrica  de  Vera  al  alimentar  por  espacio  de  dos  años  unas 
cien  bocas  de  fuego  de  quince  calibres  diferentes,  cuando  el  Ejército 
liberal  fundía  sólo  granadas  de  á  8,  que  servían  para  sus  piezas  de  Mon- 
taña y  de  Batalla,  y  de  12,  16  y  21"  centímetros,  para  las  de  sitio  y  po- 
sición, sin  contar  con  la  escasez  de  recursos  de  los  carlistas  relativa- 
mente á  los  de  que  disponía  el  Ejército  liberal. 


(1)    El  Sr.  Giménez  en  su  obra  "'Secretos  ó  intimidades  del  campo  carlista-.. 


—    189  — 

«El  prodigioso  desarrollo  que  adquirió  la  Artillería  (dice  un  escritor 
»liberal),  entre  los  carlistas,  en  tan  corto  espacio  dé  tiempo,  es  efecti- 
»vamente  divino  de  estudio.»  Vamos  á  facilitarlo  en  pocas  palabras  Los 
jefes  y  oficiales  de  Artillería  que,  procedentes  del  disuelto  Cuerpo,  ofre- 
cieron sus  espadas  al  Señor  Don  Carlos  de  Borbón,  lo  hicieron  llenos  de 
fe  en  la  Bandera  simbolizada  por  aquel  Príncipe  ilustre,  cuando  en  Es- 
paña no  había  entonces  ninguna  otra  bandera  aceptable  para  ellos, 
como  no  fuera  la  de  los  cantonales  de  Sevilla  y  Cartagena.  Eran  pocos 
y  trabajaron  mucho,  dicho  sea  sin  inmodestia;  porque  eran  españoles 
como  los  artilleros  liberales,  y  como  ellos  habían  aprendido  en  el  Alcá- 
zar de  Segovia  la  misma  ciencia,  idénticas  ideas  de  honor  y  amor  al 
trabajo  que  sus  antiguos  compañeros^  y  sobre  todo,  el  modesto  éxito 
que  pudieran  alcanzar  debióse  á  Dios,  que  era  el  primer  lema  de  su 
Bandera,  cuya  protección  pidieron  y  alcanzaron  centuplicada,  resol- 
viendo El  sólo  más  problemas  que  los  que  pudieran  ellos  señor  nunca. 

Hánse  congratulado  algunos  escritores  liberales  de  que  no  se  inuti- 
lizaran los  cañones  carlistas,  pudíendo  así  saludar  con  salvas  á  D.  Al- 
fonso XII  Nosotros  también  nos  congratulamos  de  ello,  como  buenos  y 
leales  españoles,  amantes  de  nuestra  Patria,  considerando  honroso  para 
los  artilleros  carlistas  el  no  haber  inutilizado  nuestras  piezas  antes  de 
la  retirada  á  Francia,  como  pretendieron  algunos  animados  de  un  bár- 
baro, egoísta  é  inconcebible  deseo  de  destrucción. 

Preferimos  nosotros  que  nuestros  cañones  los  usaran  y  manejaran 
tan  ilustradamente  como  los  suyos,  nuestros  antiguos  compañeros  en  el 
Ejército  deD.'"^  Isabel  2.*,  donde  quiera  que  los  considerasen  aceptables, 
como  así  ha  sucedido,  haciendo  fuego,  más  tarde,  muchos  cañones  car- 
listas, en  las  campañas  de  Mindanao,  sobre  los  eternos  enemigos  de 
nuestra  Religión  y  nuestra  Patria. 


En  el  breve  período  de  tiempo  que  transcurrió  desde  el  levanta- 
miento del  sitio  de  Bilbao  hasta  la  memorable  batalla  de  Abárzuza,  sólo 
medió  el  ataque  de  los  carlistas  á  Hernaní,  y  como  éste  fué  principal- 
mente un  combate  de  Artillería,  le  haremos  formar  parte  de  este  capí- 
tulo antes  de  reseñar  la  breve  campaña  del  General  Marqués  del  Duero. 

Desde  que  este  célebre  caudillo  entró  en  Bilbao  y  sustituyó  en  el 
mando  en  jefe  del  Ejército  liberal  al  Duque  de  la  Torre,  supusieron 
todos,  fundadamente,  dada  su  actividad,  que  lanzaría  sus  tropas  sobre 
los  carlistas,  creyéndoles  quebrantados  y  poco  menos  que  deshechos.  No 
contaban  los  liberales  con  que  los  carlistas  son  españoles,  y  por  tanto, 
dignos  descendientes  del  popular  general  Xo  inqiorta,  que  viene  acau- 


—  190  — 

dillando  los  ejércitos  de  España  desde  las  gnerras  de  Flandes.  No  os 
esto  decir,  en  puridad  de  verdad,  que  ni  los  carlistas  ni  las  provincias 
en  guerra  no  hubieran  sentido  el  fracaso  de  sus  esfuerzos  al  verso  obli- 
gados á  levantar  el  sitio  de  Bilbao;  pero  tan  no  influyó  aquel  hecho 
en  la  moral  del  país  vasco-navarro,  que  éste  como  un  solo  hombre,  ofre- 
ció íl  Don  Carlos  de  Borbóu  armas,  hombres  y  dinero  y  el  Ejército  car- 
lista se  encontraba  después  del  sitio  de  Bilbao,  en  mejores  condicion<  s 
aún  que  antes,  porque  todo  él  se  había  batido  en  línea,  y  había  demos- 
trado su  incontrastable  pujanza  en  los  campos  de  Somorrcstro. 

En  apoyo  de  nuestra  opinión  ponemos  á  continuación  la  de  un  dis- 
tinguido jefe  de  Artillería  liberal,  quien,  en  su  Juicio  cHtico  de  la  gue- 
rra civil,  dice  así:  «El  ejército  carlista  se  había  retirado  intacto,  con 
^conciencia  de  su  fuerza^  acostumbrado  á  obedecer  á  jefes  que  no  eran 
»de  su  país,  y  olvidándose  los  soldados  de  sus  provincias  tenía  la  dis- 
»posición  necesaria  para  acometer  cualquier  empresa.  Su  ejército  ini- 
»ció  una  reacción  ofensiva  en  Guipúzcoa;  bloquean  á  Hernani  y  lo  bom- 
»bardean:  en  Navarra  disponen  una  expedición  contra  el  alto  Aragón 
»al  mando  de  Lizárraga,  etc.» 

Desde  el  2  de  Mayo,  pues,  en  que  el  Ejército  liberal  entró  en  Bil- 
bao, no  había  dado  señales  de  vida,  por  lo  que  los  carlistas  se  creyeron 
en  el  caso  de  llamarle  la  atención  por  varios  puntos  á  la  vez,  para 
tomar  el  pulso  ala  situación,  como  suelen  decirlos  políticos  de  par- 
lamento. 

Durante  las  operaciones  de  Somorrostro,  los  batallones  carlistas  de 
Guipúzcoa  y  Navarra  que  no  pudieron  acudir  al  sitio  de  Bilbao  por 
tener  que  atender  á  la  defensa  de  los  puntos  ya  ocupados  en  dichas 
provincias,  quedaron  á  las  órdenes  de  los  generales  Argonz  é  Itm*- 
mendi,  los  navarros,  y  los  guipuzcoanos  á  las  del  General  Ceballos, 
quien  se  dedicó  á  continuar  estrechando  más  cada  día  el  bloqueo  de 
Tolosa  hasta  conseguir  entrar  en  ella  á  principios  de  Marzo. 

Ocupada  ya  por  los  carlistas  dicha  villa,  quedaba  en  poder  de  los 
liberales  otra  plaza  de  dicha  provincia^  la  de  Hernani,  molesta,  quizás 
como  ninguna  para  los  carlistas,  no  sólo  por  ser  el  centinela  avanzado 
de  San  Sebastián,  á  la  cual  no  había  medio  de  hostilizar  sin  anular 
aquél,  si  no  que  también  porque  al  trasladarse  de  un  punto  á  otro  en 
la  línea  de  Guipúzcoa,  había  que  perder  mucho  tiempo  al  tener  que 
desenfilarse  de  Hernani,  cuantas  veces  había  que  atravesar  la  carre- 
tera de  Francia  y  trasladarse  del  interior  á  Oyarzun,  á  la  frontera  y 
demás  poblaciones  intermedias. 

Dispuesta,  por  consiguiente,  la  acometida  á  Hernani,  se  dispuso  la 
salida  de  dos  morteros  y  seis  cañones,  de  los  cuales  dos  eran  rayados. 


—  191  — 

de  á  10  centímetros,  tres  lisos,  de  á  12,  y  un  obús  de  á  9,  al  mando 
dichas  piezas,  del  Coronel  Pérez  de  Guzmán  y  del  Comandante  Dorda, 
con  la  precisa  dotación  de  gente,  pero  con  alguna  escasez  de  municio- 
nes, pues  no  llevaban  entre  todos  masque  unas 400 bombas  y  800  gra- 
nadas y  balas. 

Una  de  las  primeras  dificultades  que  se  presentaron  á  la  expedi- 
ción, dirigida  por  el  Comandante  General  de  Guipúzcoa,  D.  Hermene- 
gildo Díaz  de  Cevallos  (acompañado  de  los  batallones  6.°  y  7.*^  de 
dicha  provincia  para  apoyar  la  operación),  lo  fué  la  falta  de  un  camino 
á  propósito  para  transportar  las  piezas  de  á  10  y  12  centímetros,  con 
sus  pesados  montajes;  pero  contando  con  la  buena  voluntad  de  la 
fuerza  armada  y  con  la  de  los  caseros  de  las  inmediaciones;,  se  consi- 
guió arreglar  una  vía  por  la  que  pudo  subir  el  tren  de  sitio,  no  dila- 
tándose la  operación  más  de  cuarenta  y  ocho  horas. 

Durante  la  noche  del  29  de  Mayo  se  construyeron  dos  baterías  en 
las  alturas  de  Oriamendi  y  Santiagomendi,  y  se  situaron  los  batallo- 
nes referidos  entre  San  Sebastián  y  Hernani,  para  impedir  el  socorro 
que  les  pudiera  llegar  á  los  sitiados  desde  la  primera  de  dichas  plazas, 
y  el  día  30,  después  de  haber  intimado  la  rendición,  desatendida  por 
los  defensores  de  Hernani,  se  rompió  el  fuego  sobre  dicha  villa  á  la 
vez  que  contra  el  castillo  de  Santa  Bárbara  que  lo  defendía  artillado 
con  cañones  rayados  de  á  12  y  16  centímetros. 

Como  era  de  presumir,  avanzaron  de  San  Sebastián  algunas  tropas 
en  combinación  con  otras  de  Hernani^  las  cuales  fueron  rechazadas 
por  las  fuerzas  carlistas;  la  Artillería  de  Santa  Bárbara  tampoco  pudo 
hacer  callar  á  la  carlista  (1);  Don  Carlos  con  los  generales  Duque  déla 
Roca  y  D.  Ignacio  Planas  revistó  las  posiciones  del  sitio  y  asistió  al 
fuego,  del  que  no  lograron  los  liberales  ninguna  ventaja,  perdiendo  en 
cambio  algunos  muertos  y  heridos  en  la  refriega.  En  dicho  día  se  dis- 
pararon sobre  Hernani  más  de  190  bombas  y  350  granadas  y  balas. 
El  fuego  continuó  con  igual  ó  parecida  intensidad  los  días  31  de  Mayo 
y  í .°  de  Junio^  sin  conseguir^  á  su  vez,  los  carlistas  más  que  incendiar 
algunos  edificios  y  ocasionar  bastantes  desperfectos  en  la  casa  de 
Ayuntamiento  y  otras  que  hubo  que  reedificar  después  de  la  guerra, 
siendo  el  total  de  los  proyectiles  lanzados  á  la  plaza  liberal  en  los  tres 
días,  más  de  400  bombas  y  de  800  granadas  y  balas,  y  no  reconocien- 
do otra  causa  que  la  escasez  de  municiones  la  retirada  que  al  fin  em- 
prendieron los  carlistas. 

También  se  puso  en  práctica  por  éstos  otra  diversión  para  explorar 


(1;    Historia  contemporánea ,  por  D.  Antonio  Pirala,  tomo  6  °  pág.  8. 


—   192  — 

las  intenciones  del  enemigo  en  aquellos  días.  Habiendo  tomado  pose- 
sión el  General  carlista  D.  Antonio  Lizárraga  de  la  Comandancia  Ge- 
neral de  Aragón,  se  situó  en  Saugüeza  con  el  Batallón  deAlmogilvares 
del  Pilar  y  otros  dos  más,  sin  otro  objeto  que  el  de  fraccionar  las  fuer- 
zas del  enemigo  y  procurar  adivinar  sus  proyectos.  El  General  liberal 
Marqués  del  Duero  destacó  al  General  Echagüe  en  busca  del  General 
carlista,  y  como  el  plan  de  éste  no  era  combatir,  y  mucho  menos  con- 
tra fuerzas  conocidamente  superiores,  hubo  de  retirarse,  habiendo  de- 
mostrado solamente  que  el  Ejército  carlista  no  operaba  tan  sólo  á  la 
defensiva,  si  no  que  también  á  la  ofensiva,  aunque  fuera  en  frente  de 
un  Ejército  tan  numeroso  como  el  del  Capitán  General  Marqués  del 
Duero. 


D.    MANUEL   GUTIÉRREZ   DE   LA  CONCHA 

MARQUÉS    DEL   DUERO 


Capítulo   XVI 


Pormenores  de  la  batalla  librada  en  los  campos  de  Abárzuza,  los  días 
25,  26  y  27  de  Junio  de  1874,  ganada  por  el  General  carlista  D.  An- 
tonio Dorregaraij  al  General  liberal  Marqués  del  Duero. 


UNO  de  los  más  importantes  períodos  de  la  guerra  del  Norte,  lo  fué 
la  breve  campaña  del  Capitán  General  Marqués  del  Duero,  desde 
que  se  hizo  cargo  del  mando  en  jefe  que  le  entregara  el  Capitán  Gene- 
ral Duque  de  la  Torre,  á  raíz  de  la  liberación  de  Bilbao.  Ocupados  nos 
hallábamos  nosotros  por  entonces  en  la  organización  del  Cuerpo  de 
Artillería,  y  por  tanto  no  pudo  cabernos  la  honra  de  tomar  parte  en  la 
célebre  batalla  de  Estella  ó  Monte-Muru,  conocida  así  por  los  liberales, 
y  llamada  de  Abárzuza  por  los  carlistas  (1).  El  nombramiento  del  afa- 


(1)  Bien  es  verdad  que  disponemos,  en  cambio,  de  documentos  oficiales, 
como  son  las  instrucciones  dadas  á  los  jefes  de  los  cuerpos  por  el  General  Con- 
cha, y  los  partes  oficiales  de  los  generales  de  uno  y  otro  campo . 

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—  194  — 

mado  General  Conchn  coincidió  también  con  el  hecho  á  favor  del  Te- 
niente General  D.  Antonio  Dorregaray  para  el  cargo  de  Jefe  de  Estado- 
Mayor  General  del  Ejército  carlista  del  Norte.  Empezaremos,  pues, 
por  consignar  algunos  antecedentes  del  primero,  ya  que  del  segundó- 
los hemos  dado  en  otro  de  los  anteriores  capítulos. 

Seguramente  que  en  1874  no  había  en  España  un  General  de  más- 
prestigio  que  D.  Manuel  Gutiérrez  de  la  Concha:  sus  anteriores  hechos- 
le  abonaban.  Desde  subalterno  de  la  Guardia  Real  de  Infantería  á 
Mariscal  de  Campo,  ganó  durante  la  primera  guerra  civil  en  el  campo 
de  batalla  todos  sus  empleos  y  condecoraciones,  entre  las  que  honra- 
ban su  pecho  nueve  cruces  de  San  Fernando.  En  la  expedición  á  Por- 
tugal consiguió  la  pacificación  del  país,  por  lo  que  fué  agraciado  con 
la  Grandeza  de  España  y  el  título  de  Marqués  del  Duero.  Igualmente 
en  la  segunda  guerra  civil,  ó  sea  combatiendo  y  venciendo  á  Cabrera 
en  Cataluña,  fué  premiado  con  la  jerarquía  de  Capitán  General  de 
Ejército.  Posteriormente,  y  desde  el  año  1848,  sin  tomar  parte  ostensi- 
ble en  la  política,  pero  sí  en  altos  mandos  militares^  se  dedicó  al  estu- 
dio de  la  ciencia  militar,  escribiendo  su  célebre  táctica  de  las  tres  ar- 
mas, con  lo  que  acabó  de  confirmar  el  elevado  concepto  que  de  bravo 
y  entendido  merecía  ya  á  sus  contemporáneos. 

Decidido  el  Marqués  del  Duero  á  dar  un  golpe  de  muerte  á  sus  ene- 
migos, y  no  contentándose  con  ganar  una  batalla,  sino  aspirando  á 
concluir  en  breve  la  guerra^  nombró  Jefe  de  Estado  Mayor  General  al 
valiente  é  ilustrado  General  D.  Miguel  de  la  Vega  Inclán  y  organizó 
su  Ejército  en  tres  cuerpos,  una  Brigada  de  vanguardia  y  una  División 
llamada  de  la  Ribera.  El  primer  Cuerpo  lo  mandó  primeramente  el  Ge- 
neral D.  Antonio  López  de  Letona,  y  poco  después  el  General  D.  José 
Rosell,  teniendo  á  sus  órdenes  dos  divisiones  mandadas  por  los  gene- 
rales Andía  y  Catalán,  con  dieciséis  batallones  y  cinco  baterías  mon- 
tadas, sistema  Krupp.  El  segundo  Cuerpo  lo  mandó  el  General  D.  Adol- 
fo Morales  de  los  Rios,  y  constaba  de  doce  batallones,  formando  tres 
brigadas  á  las  órdenes  de  los  brigadieres  Cassola,  Bargés  y  Zenarruza. 
El  tercer  Cuerpo  lo  mandó  el  Teniente  General  D.  Rafael  Echagüe, 
Conde  del  Serrallo,  y  estaba  constituido  por  tres  divisiones  á  las  órde- 
nes de  los  generales  Beaumont,  Martínez  Campos  y  Reyes,  con  veinte 
y  cuatro  batallones  y  dos  baterías  de  Montaña,  sistema  Plasencia.  La 
Brigada  de  vanguardia,  al  mando  del  Brigadier  Blanco,  disponía 
de  seis  batallones  de  cazadores,  una  Compañía  de  la  Guardia  Civil  y 
una  Batería  de  Montaña,  sistema  Plasencia.  La  División  de  la  Ribera, 
mandada  por  el  General  García  Tassarra,  se  componía  de  dos  batallo- 
nes y  mil  caballos.  Además  formaban  parte  del  Ejército  del  General 


—  195  — 

Concha,  el  6.°  Batallón  de  la  Guardia  Civil,  afecto  al  Cuartel  General, 
así  como  la  correspondiente  dotación  de  tropas  de  Ingenieros  y  de  Ca 
ballería,  hasta  sumar   siete  Regimientos  de  esta  arma,  ascendiendo  á 
unos  cincuenta  mil  hombres  el  total  del  Ejército  republicano,  manda- 
do por  el  Marqués  del  Duero. 

El  Ejército  carlista  que  había  esperado  en  posiciones  atrincheradas 
el  avance  de  los  liberales  hacia  Durango,  marchó  en  dirección  al  Ebro, 
en  el  momento  que  vio  iniciado  el  movimiento  de  los  enemigos  hacia 
Navarra.  Por  mucho  secreto  que  el  Marqués  del  Duero  empleó^  hubo 
de  traslucirse  el  principal  objetivo  de  su  operación,  que  era  la  toma  de 
Estella,  cortando  la  retirada  y  obligando  á  capitular  al  Ejército  carlis- 
ta. En  su  consecuencia,  el  General  Dorregaray  destacó  primero  al  Ge- 
neral Mendiry  con  algunos  batallones  y  con  orden  de  ir  abriendo  zan- 
jas y  trincheras  en  los  alrededores  de  Estella,  no  alejándose  mucho  de 
la  población  para  no  extender  demasiado  la  línea  de  defensa,  á  fin  de 
que  no  resultase  debilitada  en  ninguna  de  las  posiciones  que  se  eli- 
gieran y  tener  la  mayor  facilidad  para  allegar  refuerzos  de  un  lado  á 
otro  de  la  expresada  línea.  A  Mendiry  siguió  después  el  Jefe  de  Estado 
Mayor  General,  reuniéndose  en  las  inmediaciones  de  Estella  nueve 
batallones  navarros,  cuatro  alaveses,  tres  vizcaínos,  cuatro  guipuz- 
coanos,  cuatro  castellanos,  dos  cántabros,  uno  aragonés  y  otro  astu- 
riano, en  total  veinte  y  ocho  batallones,  diez  piezas  de  Artillería  de 
Montaña,  un  Batallón  de  Ingenieros  y  un  Regimiento  de  Caballería. 

Cuando  arribó  Dorregaray  á  Estella,  dióse  tan  gran  impulso  á  la 
construcción  de  trincheras,  que  al  iniciar  el  enemigo  su  ataque,  se 
hallaba  toda  la  línea  en  el  mejor  estado  de  defensa,  para  conseguir  de 
este  modo  equilibrar  la  gran  desproporción  de  faerzas  entre  los  ejér- 
citos que  iban  á  combatir,  pues  aun  suponiendo  (lo  cual  no  era  ni  po- 
día ser  exacto)  que  los  batallones  carlistas  tuvieran^  unos  con  otros, 
ochocientos  hombres  cada  uno,  sus  veinte  y  ocho  batallones  alcanza- 
ban próximamente  un  tercio  menos  que  el  Ejército  liberal,  aun  des- 
contando al  segundo  Cuerpo  de  éste  por  no  haber  tomado  parte  en  la 
batalla. 

La  distribución  de  las  tropas  carlistas,  hecha  por  el  General  Do- 
rregaray, era  la  siguiente:  su  derecha  partía  de  Alio,  corriéndose  por 
Dicastillo,  Morentín,  Aberin,  altos  de  Villatuerta,  Zurucuaín,  Grocin, 
Murugarren,  Muru  y  las  posiciones  al  Norte  de  Estella,  ó  sean  Eraul 
y  el  puerto  de  Echávarri.  Defendían  su  extrema  derecha  las  brigadas 
de  Zalduendo  y  Valluerca,  con  los  batallones  1.°,  2.*^,  o."  y  7."  de  Na- 
varra: seguían  los  batallones  3."  y  4.°  de  Álava  con  el  Brigadier  Al- 
varez;  la  Brigada  Cántabra  y  el  Batallón  de  Asturias  á  las  órdenes  del 


—  19G  — 

Brigadier  Yoldi.  El  centro  carlista,  ó  sea  desde  la  ermita  de  Santa 
Bárbara  de  Villatuerta  hasta  Muru,  se  componía  de  los  batallones 
3.°,  4.*^  y  6.*^  de  Navarra,  al  mando  del  Brigadier  Férula,  el  1."  y  2.^ 
de  Castilla  á  las  órdenes  del  Brigadier  Zaratiegui,  y  los  batallones 
de  Munguía  y  de  Bilbao,  á  las  del  Coronel  Fontecha.  La  izquierda  car- 
lista, desde  Muru  á  Echávarri,  se  componía  de  los  batallones  9." 
de  Navarra,  2.^  de  Álava,  l.*^  y  2."  de  Guipúzcoa  y  3.°  y  4."  de 
Castilla,  bajo  el  mando  de  los  coroneles  Costa,  Cavero  é  Iturbe.  La  Ca- 
ballería estaba  en  Alio.  La  Batería  de  Montaña  de  Navarra,  mandada 
por  su  Jefe  Reyero,  quedó  á  las  inmediatas  órdenes  del  General  f)o- 
rregaray,  situándose  en  Echávarri  la  Batería  de  Rodríguez  Vera,  cuyo 
Jefe  no  pudo  concurrir  á  la  batalla  por  hallarse  curando  la  grave  he- 
rida que  recibió  en  Somorrostro;  tanto  sus  piezas  como  las  de  Reyero 
cambiaron  de  situación  durante  la  refriega,  según  las  exigencias  de 
la  misma  lo  hicieron  necesario  para  aprovechar  sus  fuegos  con  mayor 
ventaja.  La  Narración  Militar  de  la  Guerra  carlista,  redactada  por  el 
Estado  Mayor  del  Ejército  liberal,  dice  que  figuraron  en  el  combate 
cinco  cañones  de  batalla;  pero  es  equivocado  el  concepto,  pues  la 
1.'*^  Batería  Montada,  que  fué  precisamente  organizada  por  quien  ésto 
escribe,  estaba  entonces  esperando  que  concluyeran  en  Azpeitia  su 
material,  y  no  llegó  á  Estella  sino  tres  días  después  de  la  batalla. 

Llegó  el  25  de  Junio ,  señalado  para  el  avance  del  Ejército  republi  - 
cano:  las  instrucciones  dadas  por  el  General  Concha  para  la  primera 
etapa  consistían  en  que  partiendo  de  Larraga  y  Lerín,  dos  cuerpos  de 
su  Ejército  debían  dirigirse  á  Lorca  y  Ciranqui,  pernoctando  en  Lácar 
y  Alloz  uno  de  ellos,  y  marchando  el  otro  en  dirección  de  Oteiza  á 
pernoctar  en  Murillo.  En  las  alturas  de  este  punto  debían  situarse  las 
baterías  que  habían  de  batir  los  altos  de  Villatuerta,  Arandigoj^^en  y 
Grocin.  La  Brigada  de  vanguardia  debía  pernoctar  en  Montalbán  y 
Zurucuaín.  La  División  Rosell  debía  salir  de  Lerín,  camino  de  Oteiza 
y  situarse  con  sus  fuerzas  y  la  Artillería  en  disposición  de  oponerse  á 
los  carlistas  que  ocupaban  la  Solana  y  que  pudieran  correrse  en  de- 
fensa de  su  centro.  En  el  segundo  día,  el  General  Martínez  Campos  y 
la  Brigada  de  vanguardia  debían  tratar  de  envolver  las  posiciones  de 
los  montes  que  cubrían  á  Estella,  batiendo  con  toda  la  Artillería  dis- 
ponible á  las  fuerzas  carlistas  que  defendieran  Abárzuza,  Zabal,  Mu- 
rugarren  y  Monte-Muru,  apoyando  estos  movimientos  el  Cuerpo  de 
Ejército  del  General  Echagüe.  Conseguido  todo  este  objetivo,  las  tro- 
pas liberales  debían  caer  sobre  Estella,  y  faerzas  suficientes  cortarían 
la  natural  retirada  de  los  carlistas  á  las  Amézcoas,  previa  la  ocupación 
de  los  montes  de  Eraul. 


—  197  — 

Penetrados,  pues^  ambos  ejércitos  por  las  respectivas  órdenes  de 
sus  generales  en  jefe,  de  la  misión  que  debían  cumplir,  rompió  su  mo- 
vimiento el  Ejército  liberal  con  precisión  matemática,  no  habiendo 
extremado  su  resistencia  los  carlistas,  para  ver  de  conocer  mejor  las 
verdaderas  intenciones  del  General  Concha,  y  porque  los  liberales  en 
su  primer  avance  hacia  Estella  se  hablan  limitado  á  tener  en  jaque  á 
las  fuerzas  que  cubrían  la  Solana,  y  cañonear,  antes  de  ser  ocupados, 
los  pueblos  de  Murillo,  Lácar,  Alloz  y  Villatuerta.  Reservaban  los  car- 
listas su  máxima  resistencia  para  cuando  el  Ejército  liberal  embistiera 
decididamente  las  avenidas  de  Estella,  pues,  como  siempre,  tenían  que 
luchar  los  carlistas  con  la  escasez  de  municiones,  y  por  lo  tanto  nece- 
sitaban aprovecharlas  bien,  porque  aleccionados  con  lo  ocurrido  en 
las  acciones  de  IMuñecaz  y  Galdames,  no  podían  considerar  si  no  como 
preliminares  los  movimientos  efectuados  por  las  tropas  liberales  el 
día  25,  y  sabido  es  que  las  municiones  del  armamento  moderno  se 
agotan  pronto.  Obraron  bien  prudentemente,  por  cierto,  los  carlistas, 
como  se  comprobó  en  los  días  20  y  27^  en  los  que  extremada  la  defen- 
sa, no  solamente  resistieron  bien  el  empuje  del  Ejército  republicano, 
tan  superior  en  número  y  sobre  todo  en  Artillería,  como  ya  hemos 
visto,  si  no  que  se  desbarataron  los  bien  meditados  planes  del  mejor 
de  los  generales  enemigos. 

Cortsecuente,  pues,  alo  sucedido  el  2o  y  puesto  que,  evidentemente, 
los  liberales  no  tenían  fuerzas  suficientes  para  dar  el  ataque  en  toda 
la  línea,  toda  vez  qu3  no  se  empeñaban  por  la  parte  de  la  Solana,  dis- 
puso el  General  Dorregaray  que  acudieran  á  reforzar  el  centro  de  su 
línea,  los  batallones  de  la  Brigada  Alvarez,  otro  guipuzcoano  y  uno 
navarro,  dejando  el  resto  en  observación  de  los  movimientos  que  pu- 
diera intentar  el  enemigo  por  aquel  lado. 

Al  amanecer  del  día  26,  habíase  ordenado  por  el  Marqués  del  Due- 
ro, que  se  rompiera  la  marcha,  pero  ésto  no  pudo  llevarse  á  efecto  á 
causa  de  no  estar  racionadas  las  fuerzas,  y  hubieron  de  esperar  los  li- 
berales la  llegada  del  convoy  hasta  las  tres  de  la  tarde.  A  pesar  del 
tiempo  perdido,  mandó  el  General  en  Jefe  que  las  tropas  de  Echagüe 
y  Martínez  Campos  avanzaran  sobre  Montalbán,  como  así  lo  hicieron 
con  el  mayor  denuedo,  en  medio  de  un  furioso  temporal  de  lluvias, 
acompañado  por  el  redoblado  tronar  de  todos  sus  cañones  de  campa- 
ña, sembrando  de  granadas  con  sus  cuarenta  bocas  de  fuego  los  atrin- 
cheramientos de  los  carlistas.  Resistieron  éstos,  como  sabían  hacerlo, 
el  empuje  del  Ejército  liberal,  con  la  bravura  y  el  tesón  que  en  San 
Pedro  Abanto,  no  pudiendo,  sin  embargo,  impedir  que  los  republica- 
nos pernoctaran  en  Abárzuza^  Zabal,  Montalbán,  Zurucualn,  Murillo 


—  198  — 

y  Arandigoyen;  pero  siguiendo  los  carlistas  indomables  en  sus  trinche- 
ras cubiertas  de  muertos  y  heridos.  En  cambio,  los  liberales  no  logra- 
ron entrar  en  Grocin,  ni  pudieron  envolver  la  izquierda  carlista,  ni 
romper  el  infranqueable  muro  de  carne  y  bayonetas  que  le  oponían 
los  bravos  defensores  de  Monte-Muru  y  Murugarren,  desde  donde  di- 
rigía la  batalla  el  General  Dorregaray,  acompañado  de  su  brillante 
Jefe  de  Estado  Mayor,  el  Brigadier  D.  Antonio  Oliver,  quien  acreditó 
una  vez  más  su  valía  en  tan  memorable  jornada,  así  como  el  indoma- 
ble Brigadier  Alvarez. 

Restaba,  pues,  el  ataque  general  del  día  27,  en  que  conocidas  ya 


D.    ANTONIO    OLIVKR 


las  intenciones  del  enemigo  de  jugar  el  todo  por  el  todo,  se  apercibie- 
ron debidamente  los  carlistas,  ordenando,  por  tanto,  el  General  Do- 
rregaray que  el  Brigadier  Alvarez  con  cuatro  batallones  ocupara  los 
altos  de  Murugarren,  así  como  que  dos  batallones  navarros  cubriesen 
los  altos  sobre  Muru.  Asimismo  mandó  reforzar  su  extrema  izquierda 
en  Eraul  con  un  Batallón  navarro  y  el  vizcaíno  de  Durango,  cuyas 
fuerzas  se  pusieron  i\  las  órdenes  de  los  generales  Argonz  é  Iturmendi. 
Todo,  por  supuesto,  en  la  previsión  de  que  los  liberales  se  dispusieran 
á  pasar  á  Estella,  no  bien  hubieran  derrotado  á  los  carlistas,  como  se 
lo  proponían  á  todo  trance,  en  las  alturas  de  Murugarren  y  Mura,  cuya 


—  199  — 

<?onquista  creía  el  Marqués  del  Duero  que  decidiría  la  jornada,  por  lo 
■que  había  dispuesto  que  obrara  al  día  siguiente  sobre  dichos  puntos 
toda  su  Artillería. 

En  la  noche  del  día  2G  ocurrió  en  Abárzuza  un  incidente  que  tuvo 
más  adelante  inmensa  trascendencia.  Sea  por  imprudencia  ó  descuido, 
«ea  por  haberse  dedicado  á  recorrer  las  bodegas  del  pueblo  algunos  de 
los  soldados  liberales  que  pernoctaron  en  aquel  punto,  ó  sea,  en  fln^ 
por  lo  que  se  quiera,  lo  cierto  es  que  se  produjeron  algunos  incendios, 
los  cuales  habrían  sido  castigados,  seguramente,  por  el  Marqués  del 
Duero,  con  todo  el  rigor  de  las  Ordenanzas  Militares,  pues  profunda- 
mente disgustado  dicho  General  en  Jefe,  apostrofó  duramente  á  los 
batallones  haciéndoles  comprender  que  sobre  ellos  podía  caer  la  nota 
de  incendiarios,  y  que  estaba  resuelto  á  castigarles  con  todo  el  rigor 
de  la  Ordenanza,  lo  cual  no  pudo  tener  lugar  por  necesitarse  dichas 
fuerzas  para  el  ataque  general  del  día  27.  (Narración  Militar  de  la 
Guerra  Carlista,  por  el  Cuerpo  de  E.  M.)  Otros  incendios,  aunque  en 
menor  escala,  se  produjeron  también  por  los  liberales  en  Zabal,  Villa- 
tuerta  y  Zurucuaín. 

A  las  dos  de  la  tarde,  y  en  medio  de  un  violento  cañoneo  de  la  Ar- 
tillería liberal,  emprendió  su  Ejército  el  ataque  de  la  línea  carlista, 
avanzando  con  decisión  la  Brigada  de  vanguardia  y  la  División  de 
Keyes,  respectivamente,  contra  Monte  Muru  y  Murugarren.  Los  car- 
listas, entonces,  rompieron  á  quema-ropa  un  nutridísimo  fuego  desde 
las  zanjas,  consiguiendo  retardar,  pero  no  detener,  el  avance  de  las 
columnas  de  ataque:  dignos  eran  uno  de  otro  los  dos  ejércitos  conten- 
-dientes;  nos  complacemos  en  consignarlo  así,  por  ser  de  justicia,  como 
lo  consignamos  al  relatar  los  combates  de  San  Pedro  Abanto. 

A  todo  esto,  la  continuada  lluvia  que  se  había  desatado  contrariaba 
por  igual  á  unos  y  otros.  Cuando  ya  se  creían  los  liberales  dueños  del 
campo,  pues  los  defensores  de  las  trincheras  hallábanse  muy  quebran- 
tados por  el  horroroso  fuego  de  cañón  que  habían  sufrido,  viéronse 
obligados  á  retroceder,  porque  los  carlistas  saliendo  de  sus  defensas 
acometieron  bizarramente  á  los  asaltantes,  persiguiéndoles  con  sus  ba- 
yonetas hasta  la  carretera  de  Estella.  Rehechos  otra  vez  los  liberales, 
volvieron  á  atacar  las  líneas  carlistas,  siendo  rechazados  valientemente 
por  sus  enemigos,  á  la  vez  que  éstos  emprendían  seriamente  el  ataque 
á  Abárzuza,  poniendo  en  grave  aprieto  á  los  batallones  liberales  que 
defendían  dicho  pueblo,  pues  si  lo  hubieran  llegado  á  perder,  el  Ejér- 
-cito  liberal  hubiera  iniciado  su  retirada  en  toda  la  línea,  puesto  que 
también  se  había  visto  rechazado  en  Zurucuaín  y  Grocin. 

Pero  como  quiera  que  lo  más  importante  para  continuar  adelante 


—  200   — 

los  liberales^  era  hacerse  dueños  de  Monte-Muru,  y  esto  no  lograban 
conseguirlo  á  pesar  de  los  repetidos  ataques  de  su  Infantería,  y  á  pesar 
de  que  treinta  cañones  Krupp  acumulaban  todo  el  día  sus  fuegos  sobre 
Murugarren  y  el  Caserío  de  Muru,  el  Capitán  General  Marqués  del 
Duero  creyó  que  únicamente  un  acto  de  audacia  y  valor  llevado  á  cabo 
por  él  mismo,  podía  inclinar  la  balanza  de  la  victoria  en  favor  suyo: 
púsose  entonces  á  la  cabeza  del  mayor  número  de  tropas  que  pudo 
reunir  á  su  lado  y  emprendió  la  subida  á  las  trincheras  de  los  carlistas. 
Pero  eran  ya  las  siete  y  media  de  la  tarde,  y  las  tropas  que  debían 


D.    TOUCUATO    MEXDIRY 


auxiliarle  no  llegaban,  por  lo  que  el  bravo  General  en  Jefe  decidió  al 
fin  dejar  su  empeño  para  el  día  siguiente.  Volvió  á  emprender  la  reti- 
rada, pero  no  sin  ser  perseguido  él  y  los  suyos  por  el  fuego  de  las  trin- 
cheras de  Murugarren,  una  de  cuyas  balas  penetró  en  su  pecho,  derri- 
bándole cadáver. 

Esta  inmensa  desgracia  causó  profunda  pena  y  desaliento  en  los 
pocos  que  al  principio  se  enteraron  de  ella,  pudiendo  creerse  que  si  la 
muerte  del  General  en  Jefe  republicano  hubiera  llegado  oportunamente 
á  noticia  de  los  carlistas,  habrían  éstos  salido  impetuosamente  de  sus 
trincheras,  y  contando  con  el  pánico  que  semejante  suceso  produciría  en 
aquellas  tropas  liberales,  ya  tan  quebrantadas,  habría  sido  de  incalcu- 
lables resultados  la  victoria  de  los  carlistas. 


—  201  — 

Entre  tanto,  y  favorecidos  los  republicanos  por  la  obscuridad  de  la 
noche,  emprendieron  la  retirada,  no  extrañándose  de  ello  los  carlistas 
cuando  llegaron  á  saberlo,  porque  tanto  en  su  centro  como  en  su  iz- 
quierda habían  contenido  y  rechazado  valientemente  á  todo  el  Ejército 
republicano.  Tenía  razón  el  Jefe  de  Estado  Mayor  General  Dorregaray, 
al  decir  que  la  victoria  de  Abárzuza  había  sido  la  más  importante  de 
las  que  hasta  entonces  había  obtenido  el  Ejército  carlista. 

Tenemos  á  la  vista  los  partes  oficiales  de  los  generales  D.  Rafael 
Echagüe,  Conde  del  Serrallo  y  D.  Antonio  Dorregaray,  los  cuales  no 
copiamos  á  continuación  por  ser  muy  extensos  y  por  diferir  muy  poco, 
ó  nada^  del  relato  que  hemos  hecho  de  tan  importante  batalla.  Única- 
mente copiaremos  algunos  párrafos  de  uno  y  otro  para  la  mayor  inte- 
ligencia del  conjunto. 

El  Teniente  General  Echagüe  (que  como  más  antiguo  asumió  el 
mando  del  Ejército  liberal  al  morir  el  Maí-qués  del  Duero)  dice  entre 
otras  cosas  lo  siguiente:  «Una  División,,  Reyes,  y  dos  batallones  pene- 
»traron  en  Abárzuza  después  de  un  empeñado  combate  con  el  enemigo, 
»que  se  defendió  tenazmente,  y  el  General  Campos  se  posesionó  tam- 
»bién  de  Zurucuaín  habiendo  sostenido  una  lucha  no  menos  empeñada. 
»E1  Ejército  ganó  las  primeras  trincheras,  pero  acudió  el  enemigo  con 
«numerosas  fuerzas  y  rechazó  las  nuestras,  que  volvieron  varias  veces 
»al  ataque  y  sólo  combatiendo  y  causando  numerosas  bajas,  cedieron 
»el  terreno. — Las  bajas  sufridas  por  este  Ejército,  son:  un  jefe,  diez  y 
»seis  oficiales  y  ciento  catorce  individuos  muertos;  el  Brigadier  Molina, 
»seis  jefes,  cinco  oficiales  y  ochocientos  cuarenta  y  nueve  individuos 
«heridos;  cuatro  jefes,  diez  y  ocho  oficiales  y  ciento  setenta  y  nueve 
asoldados  contusos  y  doscientos  sesenta  y  tres  extraviados,  arrojando 
»un  total  de  mil  cuatrocientas  cincuenta  y  seis  bajas.» 

El  Teniente  General  carlista  Dorregaray,  dice  asi  en  el  parte  oficial 
que  dio  á  Don  Carlos  de  Borbón:  «Conocidas  son  de  V.  M.  las  dificul- 
»tades  de  todo  género  con  que  teníamos  que  luchar  para  oponernos  á 
•fuerzas  tan  considerablemente  superiores  y  á  la  poderosa  Artillería 
«liberal. — El  Comandante  D.  Pablo  Portillo,  con  siete  caballos,  pasó  el 
»río  y  cogió  prisioneros  á  siete  soldados  y  23  acémilas^  así  como  dos 
«soldados  de  Caballería  y  un  espía... — Las  considerables  masas  de 
«enemigos  adelantaron  impunemente  hasta  corta  distancia  de  nuestros 
«parapetos,  porque  había  dado  la  orden  de  que  no  se  hiciera  fuego 
»hasta  entonces^  pero  llegados  á  esta  distancia,  nuestros  valientes  vo- 
»luntarios  sembraron  el  campo  de  muertos  y  heridos  republicanos. — 
«Por  cortos  instantes  consiguieron  alguna  ventaja,  como  les  sucedió  en 
«Murugarren,  al  cual,  defendido  por  tres  compañías  de  Castilla,  logra- 


—  202  — 

T»ron  aproximarse  bastante;  pero  enviadas  otras  tres  del  4.*^  de  Álava, 
«cargaron  á  la  bayoneta  seguidas  de  los  castellanos,  consiguiendo  po- 
»ner  en  la  más  espantosa  y  completa  dispersión  á  toda  la  columna  de 
»ataque,  en  la  que  causaron  considerable  número  de  bajas,  cogiéndoles 
«además  veintitrés  prisioneros  y  gran  número  de  fusiles. — Repetidas 
»veces  intentaron  las  masas  enemigas  volver  sobre  nuestros  parapetos, 
»pero  en  todos  sus  ataques  se  vieron  obligados  á  retroceder,  dejando 
»gran  número  de  muertos,  heridos,  prisioneros,  armamento  y  municio- 
»nes. — Tenemos  en  nuestro  poder  doscientos  cincuenta  prisioneros  y 
»dos  mil  fusiles:  nuestras  pérdidas,  aunque  siempre  dolorosas,  han  sido 
«escasas,  pues  no  llegan  á  doscientos,  contándose  entre  los  muertos 
»al  Teniente  Coronel  Eguilleta,  y  heridos  los  coroneles  Fontecha  y 
»Cavero.» 

La  Historia  Contemporánea  de  D.  Antonio  Piral  a  hace  ascender  á 
dos  mil  el  número  de  bajas  sufridas  por  los  liberales,  entre  muertos, 
heridos  y  prisioneros,  y  dice  que  los  carlistas,  en  cambio,  apenas  per- 
dieron trescientos  hombres. 

La  importante  victoria  de  Abárzuza  causó  en  el  Ejército  carlista  y 
en  el  país  vasco-navarro  un  entusiasmo  indescriptible.  Pródigo  fué 
Don  Carlos  de  Borbón  en  premiar  á  los  generales,  jefes,  oficiales  y  vo- 
luntarios que  más  se  distinguieron  en  tan  glorioso  hecho  de  armas, 
concediendo  al  Jefe  de  Estado  Mayor  General  Dorregaray  la  Gran 
Cruz  de  San  Fernando;  elevando  á  la  dignidad  de  Conde  de  Abárzuza 
al  Comandante  General  de  Navarra  Mendiry,  que  había  secundado 
admirablemente  las  órdenes  de  Dorregaray;  ascendiendo  á  Mariscal  de 
Campo  á  D.  Rafael  Alvarez,  cuya  Brigada  fué  de  las  que  más  sufrieron; 
nombrando  brigadieres  á  los  coroneles  Cavero  y  Fontecha  que  habían 
resultado  heridos,  y  al  Coronel  Costa;  promoviendo  al  empleo  inme- 
diato al  bravo  Teniente  Coronel  del  tercer  Batallón  de  Navarra  D.  Si- 
món de  Montoya,  al  joven  Capitán  Marqués  de  Castrillo  (hijo  del 
General  Duque  de  San  Lorenzo  y  del  Parque),  bizarro  Ayudante  de 
Campo  del  General  Dorregaray,  y  concediendo,  en  ñn,  multitud  de  re- 
compensas, que  sentimos  no  poder  detallar  aquí,  y  que  si  fueron  real- 
mente bien  merecidas,  acreditaron  asimismo  una  vez  más  la  admiración, 
el  entusiasmo  y  el  cariño  con  que  Don  Carlos  de  Borbón  se  enorgulle- 
cía de  ser  el  Rey  de  aquellas  valerosas  tropas. 


No  terminaremos  sin  decir  dos  palabras  sobre  un  hecho  calificado 

duramente  por  los  liberales  al  tratar  de  los  fusilamientos  de  Abárzuza. 

Conocido  es  de  todos  que  al  entrar  á  viva  fuerza  en  Abárzuza  el 


—  203  ~ 

Ejército  carlista,  hizo  algunos  prisioneros  al  enemigo,  en  ocasión  de 
que  todavía  humeaban  los  restos  de  algunas  casas  en  Zabal  y  Villa- 
tuerta,  y  en  que,  llamas  aun  sin  apagar,  continuaban  consumiendo  las 
viviendas  de  los  inermes  vecinos  de  Abárzuza.  Al  entrar  el  Jefe  de  Es- 
tado Mayor  General  carlista  en  el  pueblo,  oyó  las  voces  de  muchos 


D.    JOSÉ   FERNANDEZ   DE    VILLAVICEXCIO 

MARQUÉS    DK    CASTKILLO 


prisioneros  que  le  saludaban  con  las  frases  de:  «¡Viva  nuestro  General 
Dorregaray!» — «Yo  no  soy  General  de  incendiarios, — hubo  de  contes- 
»tarles  el  caudillo  carlista.— El  Consejo  de  Guerra  se  encargará  de 
«castigar  á  los  que,  como  vosotros,  hacéis  la  guerra  destruyendo  los 
»campos  y  los  albergues  de  los  pacíficos  habitantes  de  este  país,  que  se 
«quejan  fundadamente  de  que  el  Ejército  carlista  es  una  fuerza  armada 
»que  ni  los  defiende  ni  los  protege.» 

No  se  nos  negará  que  el  General  en  jefe  liberal  Marqués  del  Duero 
increpó  también  duramente  á  los  incendiarios  de  su  Ejército,  y  que  él 
mismo  se  hubiera  encargado  de  castigarles,  si  la  falta  de  tiempo  mate- 
rial no  se  lo  hubiera  impedido. 

Formóse,  pues,  el  Consejo  de  Guerra,  presidido  precisamente  por 
uno  de  los  jefes  más  justificados  del  Ejército  carlista,  como  lo  f aé  el 
Coronel  D.  Simón  de  Montoya. 

De  todo  hubo  de  enterarse  Don  Carlos  de  Borbón,  quien  con  Doña 
Margarita  se  hallaba  á  dos  jornadas  de  Abárzuza,  y  que  se  apresuró  á 


—  204  — 

conceder  lo  que  algunos  caracterizados  jefes  de  su  Ejército  le  pedían, 
es  decir,  que  únicamente  se  diezmara  á  los  prisioneros,  consecuente  á 
cuyo  acuerdo  fueron  sólo  trece  los  fusilados. 

De  lamentar  han  sido  siempre  estos  hechos;  pero,  á  nuestro  juicio, 
hay  que  tener  en  cuenta  las  consideraciones  siguientes:  que  los  fusila- 
mientos de  Abcárzuza  fueron,  dichosamente  para  todos,  de  los  pocos  que 
ensangrentaron  la  victoria  en  el  Norte:  que  antes  y  después  d«  ellos, 
llevaron  á  cabo  los  liberales  análogos  hechos,  siempre  deplorables, 
pues  no  nos  dejarán  mentir  los  manes  de  Balanzátegui,  de  los  carlistas 
de  Montealegre,  de  los  del  Tajo,  de  los  de  Burgos  y  Soria,  de  los  de 
San  Martín  de  Unx,  el  del  bravo  Coronel  Lozano  y  los  de  tantos  otros 
partidarios  del  Carlismo,  y  en  fin,  hay  también  que  hacerse  cargo  de 
que  pueblos  en  masa  acudieron  al  Jefe  de  Estado  Mayor  General  car- 
lista pidiéndole  amparo  y  protección  para  ellos,  las  mujeres  y  los  hi- 
jos, y  que  de  quedar  impunes  los  incendios  de  Zabal,  Villatuerta  y 
Abárzuza,  (como  antes  lo  habían  quedado  los  de  Oyarzun  y  otros  pun- 
tos), posible  hubiera  sido  que  el  país  vasco-navarro  se  hubiese  llegado 
á  negar  á  dar,  como  hasta  entonces,  sus  hombres,  sus  vidas  y  sus  ha- 
ciendas á  la  Causa  carlista.  Sabido  es,  por  último,  hasta  dónde  llegan 
las  guerras  civiles:  pidamos  á  Dios  que  no  se  repitan  jamás  semejantes 
represalias. 


RINDIENDO   ARMAS 


Capítulo    XVII 


El  Rosario  de  Lecumberri  y  la  Comunión  de  Estella 


EN  todos  nuestros  estudios  sóbrela  pasada  guerra  civil,  hemos 
considerado  á  los  carlistas  únicamente  en  su  aspecto  militar: 
hoy  vamos  á  recordar  con  hechos  prácticos  su  modo  de  ser  con  rela- 
ción al  primer  lema  de  la  bandera  tradicionalista,  ó  sea  desde  el  pun- 
to de  vista  religioso. 

Habían  partido  de  Munarriz,  á  principios  de  Diciembre  de  1873, 
cuatro  batallones  de  Navarra  y  la  Batería  de  Montaña,  afecta  á  la  Di- 
visión de  dicha  provincia,  bajo  el  mando  del  Comandante  General  don 
Nicolás  Olio,  para  oponerse  al  General  en  jefe  delEjército  republicano, 
D.  Domingo  Morlones^  que  había  franqueado  el  puerto  de  Veíate  y  to- 
mado la  dirección  de  Irún,  á  fin  de  socorrer  á  Toiosa,  en  combinación 
del  General  Loma  que  se  hallaba  en  San  Sebastián. 

Ya  hemos  descrito  en  el  capítulo  VII  las  operaciones  que  tavieron 
lugar  por  entonces  en  Guipúzcoa,  así  que  circunscribiéndonos  ahora 
al  objeto  del  presente  capítulo,  recordaremos  tan  sólo  que  aquellas  tro- 
pas carlistas,  que  antes  del  amanecer  habían  salido  del  pueblo  de  Mu- 
narriz, llegaron  por  caminos  poco  menos  que  imposibles  á  Lecumberri, 
cerca  del  anochecer.  A  pesar  de  tan  fatigosa  marcha,  el  soldado  na- 
varro, vivo  de  suyo  é  impresionable,   saltando  de  peña  en  peña,  no 


—  206  — 

había  interrumpido  un  solo  momento  su  alegría  y  su  buen  humor,  ni 
los  cantos  que  por  entonces  estaban  más  en  boga,  raferentes^  por  su- 
puesto, á  los  asuntos  de  la  guerra.  Recordamos,  entre  los  que  más 
oímos  en  aquella  jornada,  uno  que  aludiendo  á  la  victoria  de  Eraul 
decía  así: 

«El  dia  cuatro  de  Mayo 

celebraron  la  función, 

y  al  otro  dia  s  guiente 

les  íjííi/enios  un  caiióta;) 

les  quitemos  un  cañón, 

y  del  otro  la  cureña, 

y  el  otro  no  le  quitemos 

porque  habia  mucha  leña.»  (1) 

Llegados  á  la  plaza  mayor  del  pueblo^  previo  un  ligero  descanso 
en  las  eras,  donde  formaron  los  batallones,  y  sin  limpiarse  el  polvo 
del  camino,  como  vulgarmente  se  dice,  pasaron  rápidamente,  aquellas 
tropas,  desde  la  formación  en  columna  á  la  del  cuadro,  con  profunda 
sorpresa  del  que  esto  escribe  Acto  seguido,  y  á  una  voz  del  Jefe 
del  2.^  Batallón  de  Navarra,  D.  Teodoro  Rada  (Radica),  apareció  en  me- 
dio el  Padre  Capellán  y  se  comenzó  á  rezar  el  Rosario.  Era  de  ver  en- 
tonces á  aquellos  valientes,  que  teñido  habían  las  puntas  de  sus  bayo- 
netas en  sangre  de  sus  enemigos  en  Monreal,  Udave,  Eraul,  Mañeru  y 
Montejurra,  entonar  piadosos  las  preces  del  sagrado  rezo  en  honor  de 
la  Virgen.  Sorprendente  espectáculo  para  quien!  como  yo  presenciaba, 
por  primera  vez,  la  plegaria  en  tan  especiales  circunstancias;  pues  aún 
cuando  sabía  que  en  los  cantones  se  practicaba  siempre  esta  devoción 
por  los  carlistas,  con  arreglo  á  lo  preceptuado  en  las  antiguas  Orde- 
nanzas del  Ejército,  nunca  había  admirado  todavía  tan  consolador  es- 
pectáculo en  medio  del  campo  ni  de  una  plaza  pública. 

Es  indecible,  repito,  la  gratísima  sorpresa  que  en  mí  produjo  aquel 
acto  religioso  de  Lecumberri:  parecía  verme  transportado  á  la  época 
de  las  Cruzadas  ó  rodeado  de  las  piadosas  tropas  realistas  de  la  Ven- 
dée,  y  en  aquellos  momentos  creí  ver  convertido  al  valeroso  Jefe  na- 
varro en  un  Charette  ó  un  Larochejacquelín.  La  semejanza,  para  mí, 
era  completa,  pues  los  voluntarios  carlistas  ostentando  en  su  pecho  el 
dulce  emblema  del  Corazón  de  Jesús,  firmes  en  sus  puestos,  con  las 


(11  Para  comprender  el  cantar,  de  autor  ignorado,  por  supuesto,  debemos 
decir  que  el  Ejército  liberal  había  celebrado  con  una  gran  fiesta  el  levanta- 
miento del  primer  sitio  de  Estela,  el  dia  4  de  Mayo  de  1873;  pero  riéronse  al 
día  siguiente  arrolladas  las  tropas  republicanas  en  las  cumbres  de  Eraul  como 
ya  explicamos  en  el  capítulo  V. 


—  207  — 

armas  descansadas,  contestaban  con  sus  oficiales  á  los  rezos  del  sacer- 
dote, y  hasta  que  hubo  terminado  el  Rosario  no  desfilaron  aquellos 
arrojados  campeones  á  buscar  su  ración  y  el  necesario  descanso  á  tan 
larga  y  fatigosa  marcha,  que  había  durado  doce  horas. 

Al  evocar  tan  gratos  recuerdos  de  otros  días,  no  podemos  menos  de 
relatar  otro  hecho  que  nos  impresionó  tan  profundamente  como  el  del 
Rosario  de  Lecumberri:  nos  referimos  á  la  Comunión  de  los  artilleros 
en  Estella,  el  15  de  Agosto  de  1874. 

Como  ya  sabemos,  allá  por  el  mes  de  Abril  del  mismo  año,  habían 
desembarcado  en  las  costas  carlistas  veinte  y  siete  cañones,  que  aun- 
que arribaron  sin  cureñas  ni  carros  de  municiones,  trabajóse  tanto  bajo 
la  inmediata  dirección  del  General  Maestre,  del  Coronel  Pagés  y  de 
los  comandantes  Dorda  é  Ibarra,  en  la  fábrica  de  Azpeitia  convertida 
en  Maestranza,  que  en  breve  plazo  salía  para  Navarra  la  l.'*^  Batería 
Montada,  de  acero,  sistema  Vavasseur  y  á  cargar  por  la  recámara,  al 
mando  del  que  ésto  escribe,  á  la  cual  Batería  siguieron  sucesivamente 
y  en  poco  tiempo  la  2.'',  la  3.^  y  la  4.*^,  también  montadas  y  dirigidas 
por  nuestros  antiguos  compañeros  en  el  Ejército  de  Isabel  II,  los  coro- 
neles Fernández  Prada  y  Rodríguez  Vera  y  el  Teniente  Coronel  Gar- 
cía Gutiérrez. 

La  1.*^  Batería  Montada  llegó  á  Estella  tres  días  después  de  la  bata- 
lla de  Abárzuza,  que  tan  funesta  había  sido  para  la  causa  liberal^  y 
aun  resuenan  en  nuestros  oídos  los  bravos  y  vítores  que  despertó  tan- 
to entre  los  militares  como  entre  los  paisanos  de  la  ciudad  santa  del 
carlismo  la  vista  de  los  seis  magníficos  Vavasseur,  seguidos  de  sus  ca- 
rros de  municiones  y  precedidos  por  nutrida  banda  de  clarines,  con 
que  desfilamos  y  dimos  frente  en  la  plaza  de  San  Juan  ante  el  aloja- 
miento del  Jefe  de  Estado  Mayor  General  D.  Antonio  Dorregaray, 
quien  acompañado  de  su  bravo  Jefe  de  Estado  Mayor  Oliver  y  de 
otros  no  menos  distinguidos  oficiales  generales,  presenció  la  entrada 
de  la  Batería  que  aparcó  guardando  los  intervalos  reglamentarios, 
como  si  toda  la  vida  no  hubiesen  hecho  otra  cosa  aquellos  entusiastas 
voluntarios  y  noveles  artilleros,  como  si  no  hubiesen  hecho  ya  bastan- 
te con  haber  subido  y  bajado  puertos  sin  novedad  alguna  ni  en  el  ma- 
terial ni  en  el  ganado. 

Como  el  mérito  no  era  nuestro,  séanos  permitido  consignarlo  aquí: 
era  el  primer  caso  que  en  nuestra  larga  vida  militar  podemos  citar  de 
que  en  escasos  veinte  días  tuvieran  aquellos  artilleros  instrucción 
práctica  suficiente  para  realizar  lo  que  en  tiempos  ordinarios  no  se  ha- 
bía conseguido  nunca  en  menos  de  cuatro  meses. 

Al  día  siguiente   de  la  llegada  de  la  primera  Batería  Moatada  á 


—  208  — 

Estella,  comenzaron  los  ejercicios  en  un  terreno  llamado  la  pieza  del 
Conde,  y  cuando  llegó  la  segunda  Batería  Montada  (que,  por  cierto, 
estaba  formada  con  vizcaínos  y  dotada  entonces  de  cañones  de  bronce, 
sustituidos  al  poco  tiempo  por  los  de  acero  sistema  Krupp),  ya  la  pri- 
mera había  terminado  la  instrucción  de  Batería.  Habiendo  llegado 
por  entonces  á  Estella  el  señor  Don  Carlos  de  Borbón,  invitóle  el  autor 
de  estos  apuntes  á  que  viese  maniobrar  las  dos  baterías  montadas, 
como  así  se  verificó,  admirando  el  egregio  Príncipe  y  su  lucido  acom- 
pañamiento el  valer  de  nuestros  queridos  voluntarios,  al  ver  á  las  dos 
baterías  maniobrar  con  la  mayor  soltura  y  desembarazo,  como  si  aque- 
llos bravos  fuesen  j^a  vetei'anos,  pues  con  la  maestría  de  tales  ejecuta- 
ron con  gran  precisión  tanto  los  diferentes  despliegues  en  línea  y  ba- 
tería^ como  los  ejercicios  de  fuego.  Para  llegar  á  aquella  altura  se  ne- 
cesitaban muy  bien  cuatro  meses  en  el  Ejército  de  Isabel  II:  una 
prueba  más  de  que  los  voluntarios,  en  el  mero  hecho  de  serlo,  desplie- 
gan toda  su  ñrme  voluntad  para  aprender  pronto  y  bien. 

Era  tal  la  emulación  que  se  despertó  entre  todas  las  baterías,  que 
apenas  llegó  á  un  mes  laboral  el  tiempo  empleado  para  poder  romper 
el  fuego  y  maniobrar  al  trote  y  al  galope  con  extraordinaria  soltura 
todas  ellas,  y  al  llegar  á  ñnes  de  Julio  á  Estella  las  baterías  tercera  y 
cuarta  (dotada  aquella  de  cañones  Wolwich  y  ésta  de  cuatro  WithAvort), 
pudo  ya  constiti^iirse  un  Regimiento  Montado  maniobrero,  dispuesto  á 
todas  las  eventualidades  del  porvenir,  como  prueba  de  lo  cual  hubo 
acto  seguido  en  las  cercanías  de  p]stella  una  escuela  de  tiro  notable, 
presidida  por  Don  Carlos  de  Borbón,  cuyo  augusto  señor,  así  como  su 
brillante  Estado  Mayor,  demostró  su  complacencia  á  los  jefes  de  las 
baterías  tan  rápidamente  organizadas. 

Llegamos  por  fin  al  domingo  que  precediera  á  la  fiesta  de  la  Asun- 
ción de  la  Santísima  Virgen:  al  salir  de  misa  las  baterías,  del  Conven- 
to de  monjas  de  San  Benito,  en  donde  teníamos  la  costumbre  de  cum- 
plir con  el  divino  precepto  los  artilleros,  el  que  esto  refiere;,  como  Jefe 
más  antiguo  de  las  baterías,  hubo  de  llamar  la  atención  de  la  tropa 
sobre  la  festividad  que  se  acercaba,  añadiendo,  bien  lacónicamente 
por  cierto,  que  él  y  los  demás  jefes  y  oficiales  habían  pensado  comul- 
gar reunidos  el  15,  en  honor  de  la  fiesta  de  la  Virgen,  en  descargo  de 
sus  pecados  y  en  súplica  de  su  poderosa  ayuda  en  los  combates,  y  que 
tendrían  un  especial  gusto  en  que  sus  artilleros  les  acompañasen.  Acto 
seguido  desfiló  cada  cual  á  su  alojamiento. 

Pues  bien,  ¿cuál  no  sería  la  agradable  impresión  de  los  jefes  del 
Cuerpo  cuando  el  solemne  día  de  la  Asunción  de  Nuestra  Señora  vi- 
mos que  no  dejaron  de  acercarse  á  la  Sagrada  Mesa  más  que  los  con- 


—  209  — 

tados  artilleros  de  imprescindible  servicio  que  se  hallaban  en  las  cua- 
dras aquel  día?  ¿Podía  darse  espectáculo  más  conmovedor  y  brillante 
ni  mayor  satisfacción  para  los  que  teníamos  el  honor  de  mandar  aque- 
llos tan  valientes  cuanto  piadosos  voluntarios? 

Han  pasado  desde  entonces  veinte  y  tres  años,  y  fué  tan  grande 
nuestra  emoción  en  aquellos  momentos  que  á  pesar  de  haber  visto  re- 
producida después  multitud  de  veces  aquella  bendita  escena,  no  nos 
es  dable  explicarla,  sino  sentirla. 

Con  tropas  como  aquellas,  con  voluntarios  como  los  de  la  División 
de  Guipúzcoa,  que  á  la  más  leve  indicación  de  su  General,  el  piadoso 
Lizárraga,  no  entraban  en  combate  sin  recibir  fervorosamente  la  Sa  - 
grada  Forma,  ¿cómo  era  posible  no  alimentar  las  más  risueñas  espe- 
ranzas? ¿Y  qué  decir  del  catolicismo  ferviente  del  Coronel  del  primer 
Batallón  de  Navarra,  Eodríguez  Román,  á  quien  nunca  faltaba  tiempo 
para  asistir  al  santo  sacrificio  de  la  Misa,  aún  cuando  las  marchas  se 
emprendiesen  al  romper  el  día?  ¿Qué  decir  de  todos  ellos,  en  fin,  de  los 
vizcaínos  y  castellanos,  alaveses  y  cántabros,  navarros  y  aragoneses 
de  todos  aquellos  voluntarios  que  sueltos  y  sin  prevención  de  ninguna 
€lase  por  parte  de  sus  superiores  llenaban  diariamente  las  iglesias  de 
Durango  y  Vergara,  de  Estella,  Orduña,  Tolosa  y  Valmaseda,  de  to- 
das las  poblaciones  en  que  llegaban  á  dominar  las  armas  carlistas? 

Al  evocar  el  gratísimo  recuerdo  de  actos  tan  edificantes  como  los 
que  tuvimos  la  satisfacción  de  presenciar  durante  la  última  campaña, 
aún  nos  parece  vernos  entre  tantos  queridos  voluntarios,,  admirando 
el  contraste  de  su  humildad  y  devoción  en  los  actos  religiosos,  con  el 
entusiasta  arrojo  con  que  á  los  pocos  momentos  de  realizar  algún  he- 
cho piadoso  se  lanzaban  á  la  bayoneta  sin  contar  el  número  d  e  los 
enemigos. 


14 


D.    JUAX   D!í    ZAVALA 

MARQUÉS   DE   SIER \    BULLONES 


Capítulo  XVlII 


Consecuencias  de  la  batallade  Abárzuza. — Sorpresa  de  La  Guardia. — 
Acción  de  Oteiza. — Expedición  á  Ccdaliorra. — Acción  de  San- 
güesa. 


QUEBRANTADO  por  dcmás  había  quedado  el  Ejército  liberal  des- 
pués de  su  derrota  en  los  campos  de  Abárzuza,  no  reponiéndose 
hasta  muy  adelante;  á  pesar  de  que  su  nuevo  General  en  Jefe,  el  Ca- 
pitán General  D.  Juan  de  Zavala,  había  demostrado  en  su  larga  carre- 
ra militar  que  era  un  experto  y  valerosísimo  soldado,  y  le  acompañó 
al  Norte,  como  Jefe  de  Estado  Mayor  General,  el  insigne  D.  Marcelo 
de  Azcárraga. 

D.  Juan  de  Zavala,  procedente  de  la  Guardia  Keal  de  Caballería, 
había  hecho  toda  la  primera  guerra  civil  ganando  en  ella  dos  cruces 
laureadas  de  San  Fernando,  conquistando  para  su  Regimiento  de  Hú- 
sares de  la  Princesa  dos  corbatas  de  la  misma  orden,  desempeñando 


-    L>11    — 

más  tarde  el  cargo  de  Comandante  General  de  Caballería  y  alcanzando 
la  faja  de  Mariscal  de  Campo  en  1840.  Mandó  después  una  de  las  di- 
visiones de  la  célebre  expedición  española  á  Italia  en  favor  de  Su  San- 
tidad Pío  IX;  ascendió  á  Teniente  General  en  1852,  y  mandando  ei 
segundo  Cuerpo  del  Ejército  de  África  conquistó  el  título  de  Marqués 
de  Sierra-Bullones,  distinguiéndose  últimamente  al  frente  de  los  mi- 
nisterios de  Marina  y  de  la  Guerra. 

D.  Marcelo  de  Azcárraga,  procedente  del  Cuerpo  de  Estado  Mayor 
del  Ejército  ganó  la  Cruz  de  San  Fernando  en  las  jornadas  de  1854, 
cuando  acababa  de  salir  de  la  Academia;  se  había  distinguido  en 
Cuba;,  en  la  expedición  á  Méjico  y  en  la  campaña  de  Santo  Domingo; 
había  ganado  el  empleo  de  Coronel  peleando  el  22  de  Junio  de  1866  en 
defensa  del  Gobierno  constituido,  y  había  sido  ya,  en  1874,  el  alma, 
digámoslo  así,  de  todos  los  ministros  de  la  Guerra,  desde  D.  JuanPrim 
hasta  el  Marqués  de  Sierra-Bullones,  quien  dejó  el  expresado  cargo 
para  sustituir  en  el  mando  del  Ejército  del  Norte  al  ilustre  Marqués 
del  Duero,  llevando  á  su  lado,  como  hemos  dicho,  al  antiguo  Jefe  del 
Negociado  de  Campaña  y  Subsecretario  del  Ministerio  de  la  Guerra,  el 
entonces  Brigadier  Azcárraga,  el  modesto,  caballeroso  y  activo  Minis- 
tro de  la  Guerra,  cuya  fama  ha  volado  por  toda  Europa,  reconocién- 
dosele como  uno  de  los  mejores  generales  contemporáneos,  y  que,  si 
como  militar  se  ha  visto  aplaudido  por  todos  los  españoles,  se  honra 
como  cristiano  con  el  cargo  de  Vicepresidente  del  Consejo  Nacional 
de  las  Corporaciones  católicas  obreras. 

Pues  bien,  decíamos  que  si  con  escogidos  elementos  de  acción  y  con 
un  General  en  Jefe  como  el  ilustre  ^larqués  de  Sierra-Bullones,  secun- 
dado admirablemente  por  su  digno  Jefe  de  Estado  Mayor  Azcárraga, 
el  Ejército  liberal  no  pudo  dal-  un  paso  importante  contra  los  carlistas, 
quebrantadísimo  por  demás  debió  quedar  en  los  combates  de  Abár- 
zuza. 

Y  eso  que  después  de  tan  brillante  victoria  no  había  llegado  ni  á 
intentar  perseguir  á  los  liberales  el  Jefe  de  Estado  Mayor  General  carlis- 
ta,, Dorregaray,  el  más  afortunado  de  los  generales  carlistas,  y  de  quien 
un  ilustrado  escritor  militar  dice  en  el  Juicio  critico  de  la  guerra  civil 
lo  siguiente:  «Dorregaray  gozaba  indudablemente  una  primacía  que 
ni  directa  ni  indirectamente  ninguno  de  sus  adversarios  le  podía  dis- 
putar. Lo  superioridad  de  sus  servicios  era  indudable.» 

A  pesar  de  tpdo,  los  vencedores  ganaron  en  el  concepto  de  sus  con- 
trarios mucho  más  que  nunca.  En  efecto,  á  partir  del  27  de  Junio  cre- 
cieron las  esperanzas  de  vencer  en  lo  sucesivo  los  carlistas^  al  ver  que 
en  las  posiciones  de  Somorrostro  y  en  los  alrededores  de  Estella  habían 


—  212  — 

podido  impedir  el  avance  de  un  enemigo  siempre  superior  en  número, 
con  una  masa  abrumadora  de  cañones  y  mandado  por  el  General  más 
insigne  del  Ejército  liberal  en  aquella  época. 

El  entusiasmo  de  los  carlistas  rayaba  en  delirio,  y  á  la  llegada  á 
Estella  de  Don  Carlos  y  Doña  Margarita,  pudieron  estos  augustos  seño- 
res pasar  revista  á  más  de  veinticinco  batallones  de  todas  las  provin- 
cias, al  Regimiento  de  Caballería  de  Navarra,  á  las  baterías  de  Brea, 


D.    MARCELO    DE   AZCAERAGA 

Prada  y  Reyero,  y  algunos  otros  cuerpos^  constituyendo  un  total  de 
más  de  veinte  mil  hombres  perfectamente  armados,  equipados  y  orga- 
nizados, formados  en  gran  parada  para  vitorear  á  sus  reyes. 

Aspirábase,  por  tanto,  en  el  campo  carlista  á  cambiar  la  guerra 
defensiva  en  ofensiva,  castigando  las  poblaciones  liberales  más  cerca- 
nas, y  en  especial  la  plaza  de  Pamplona,  impidiendo  la  llegada  de 
convoyes  y  haciendo  cada  vez  más  riguroso  su  bloqueo.  También  hubo 
de  pensarse  ya  seriamente,  por  entonces,  en  ensanchar  la  esfera  de 
acción  del  Ejército  carlista  del  Norte,  franqueando  la  barrera  del 
Ebro,  dándose  la  mano  con  las  tropas  carlistas  que  operaban  en  Ara- 
gón, extendiendo  la  guerra  á  Santander  y  Asturias,  é  invadiendo 
Castilla  en  donde  el  espíritu  carlista  estaba  tan  despierto  que,  al  apo- 
yo de  una  fuerte  expedición,  tal  vez  hubiéranse  podido  organizar  en 
breve  tiempo  hasta  veinte  batallones. 


—  213  — 

La  superioridad  de  los  servicios  del  General  Dorregaray  era  in- 
dudable, puesto  que  le  eran  debidas  notables  victorias;  asi  es  que, 
reconociendo  nosotros  ésto,  como  lo  reconocían  también  los  liberales, 
no  podemos  menos  de  deplorar  que  tan  afortunado  caudillo  no  se 
pusiese  á  la  cabeza  de  una  fuerte  División  para  llevar  la  guerra  al  otro 
lado  del  Ebro,  pues  seguramente  no  debió  escondérsele  el  elemental 
principio  de  que  no  pueden  aceptarse  en  absoluto  las  guerras  defensi  - 
vas,  porque  se  enervan  el  valor  y  la  actividad  del  soldado,  y  que  para 
tomar  la  ofensiva  eran  una  gran  base  la  victoria  obtenida  en  los  cam- 
pos de  Abárzuza  y  la  organización  completa  que  por  aquella  época  se 
estaba  dando  á  la  Artillería  carlista.  Sin  embargo,  el  General  Dorre- 
garay  se  limitó  á  dejar  que  cada  División  operase  en  su  respectiva 
provincia:  los  vizcaínos,  ofendiendo  á  Bilbao;  los  guipuzcoanos,  sobre 
San  Sebastián  y  Hernani;  los  navarros,  bloqueando  á  Pamplona;  los 
alaveses,  operando  por  los  ali'ededores  de  Vitoria  y  La  Guardia. 

Faltó,  pues,  al  Jefe  de  Estado  Mayor  General  carlista  Dorregaray, 
la  iniciativa  que  era  de  esperar,  dados  sus  valiosos  servicios  y  sus 
brillantes  antecedentes  militares :  aquella  feliz  iniciativa  que  cubrió 
de  gloria  al  General  Zumalacárregui,  y  que  tanto  distinguió  en  la 
última  campaña  al  inolvidable  y  nunca  bien  llorado  General  Olio. 


Únicamente  los  alaveses  dieron  señales  de  vida,  gracias  A  la  aco- 
metividad de  su  Comandante  General  D.  Rafael  Alvarez,  quien  á  prin- 
cipios de  Agesto  se  apoderó  de  La  Guardia. 

Sabedor  el  expresado  General  carlista,  por  sus  seguras  confiden- 
cias, de  que  se  había  reducido  la  guarnición  de  dicha  plaza,  reunió  los 
batallones  1.",  2.°  y  4:.°  de  Álava  y  el  castellano  de  Clavijo,  y  con  ellos 
y  los  seis  cañones  With>vort  de  la  2.'^  Batería  de  Montaña,  al  mando 
de  Vélez,  dirigióse  sobre  La  Guardia,  encargando  al  Brigadier  Alba- 
rrán  de  observar  y  contener  con  los  batallones  cántabros  á  las  tro- 
pas liberales  que  pudiesen  acudir  en  socorro  de  la  plaza,  especialmen- 
mente  desde,  Logroño,  en  donde  á  la  sazón  se  encontraba  el  General 
en  Jefe  liberal. 

A  fin  de  evitar  en  lo  posible  el  derramamiento  de  sangre,  mandó 
Alvarez  que,  aprovechando  la  obscuridad  de  la  noche  del  día  -4  de 
Agosto,  ocuparan  dos  compañías  alavesas  al  mando  del  Comandante 
Urbina,  unas  casas  que  había  fuera  de  los  muros  de  la  plaza,  con 
orden  de  que,  al  amanecer,  procuraran  introducirse  en  aquélla  al 
abrirse  las  puertas.  Cumplió  Urbina  su  cometido,  y  al  ser  de  día  entró 
á  la  carrera  con  sus  voluntarios  en  La  Guardia,  no  sin  qus  los  defenso- 


—  214  — 

res,  unos  trescientos  hombres,  les  hicieran  vivísimo  fuego  y  les  ocasio- 
naran bastantes  bajas  desde  el  castillo^,  cuyas  puertas  cerraron  al  refu- 
giarse en  él.  Advertido  el  General  carlista,  por  el  fuego  que  se  oía  en 
la  plaza,  de  haberse  entablado  en  ella  la  lucha,  acudió  con  sus  bata- 
llones, emplazando  la  Artillería  que  rompió  el  fuego  contra  el  castillo 
á  la  voz  que  entraba  en  la  población  la  Infantería.  El  Jefe  que  man- 
daba á  los  liberales  pidió  un  plazo  para  entregarse  si  durante  él  no  se 
veía  socorrido;  pero  habiendo  sido  deshechada  su  proposición  por  el 
General  Alvarez,  acabó  por  rendirse,  marchando  libre  la  guarnición  á 
Logroño  y  quedando  en  poder  del  vencedor  tres  cañones  largos  y  ra- 
yados de  á  8  centímetros,  ocho  mil  granadas,  más  de  trescientos  fii 
siles  y  unos  seiscientos  mil  cartuchos. 

El  efecto  producido  en  el  Ejército  liberal  por  el  ataque  de  La  Guar- 
dia faé  detestable,  tanto  que  el  General  en  Jefe  Zavala,  al  saber  que 
los  carlistas  se  dirigían  sobre  dicha  plaza,  dispuso  el  envío  de  inme- 
diato socorro  á  la  guarnición,  creyendo  llegar  á  impedir  que  capitula- 
se; pero  al  romper  la  marcha  la  columna  entraron  en  Logroño  los  que 
habían  sido  prisioneros  de  los  carlistas,  desistiendo  con  tal  motivo  de 
su  empresa  los  republicanos.  Los  carlistas  no  tuvieron  gran  empeño 
en  conservar  su  conquista,  puesto  que  si  se  obstinaban  en  hacer  suya 
en  adelante  la  plaza  tendrían  que  dedicar,  por  lo  menos^  un  Batallón 
á  guarnecerla,  asi  que  comprendiendo  peifectamente  que  no  les  con- 
venía distraer  en  guarniciones  las  fuerzas  necesarias  para  otras  em- 
presas más  importantes,  se  contentaron  con  demoler  las  fortificaciones 
de  La  Guardia,  dejando  una  guarnición  po-io  numerosa,  y  llevándose 
fondos  y  cuantos  pertrt^chos  de  guerra  ú  otros  efectos  pudieran  serles 
útiles. 

En  cambio  el  General  en  Jefe  liberal,  á  quien  no  podían  negarse 
singulares  dotes  de  previsión  y  de  energía,  intentó  y  consiguió  levan- 
tar el  bloque  »  que  pesaba  sobre  Vitoria,  valiéndose  del  conocido  ardid 
de  guerra  de  llamar  la  atención  del  enemigo  por  un  lado  para  caer 
sobre  otro.  Con  este  tin  ordenó  al  General  Moriones,  Capitán  General 
de  Navarra^  que  provocara  una  diversión  de  fuerzas  carlistas  por  dicha 
provincia,  mientras  Zavala,  por  su  parte,  introducía  un  considerable 
convoy  en  la  capital  alavesa,  cuya  operación  fué  bien  dirigida  por  el 
Marqués  de  Sierra-Bullones,  gracias  también  á  las  numerosas  tropas 
que  puso  en  juego  para  lograr  su  objeto,  y  que  consistieron  en  una  Di- 
visión y  la  Brigada  de  vanguardia  hacia  Miranda  de  Ebro  y  la  carre- 
tera, apoyado  dicho  movimiento  por  una  salida  que  hicieron  los  bata- 
llones que  en  Vitoria  mandaba  el  General  Loma,  dando  lugar  á  que 


—  215  — 

los  carlistas,  ante  tal  aglomeración  de  faerzas,  no  hiciesen  una  seria 
resistencia,  limitándose  á  hacer  que  las  partidas  hostilizasen  á  los 
liberales. 

El  mismo  día  que  esto  acontecía  por  la  parte  de  Miranda  y  Vitoria, 
ó  sea  el  11  de  Agosto,  el  Cuerpo  de  Ejército  del  Teniente  General  Mo- 
riones,  compuesto  de  diez  y  ocho  batallones  y  dos  regimientos  de  Ca- 
ballería, con  diez  y  ocho  cañones  Krupp  y  cuatro  de  á  10  centímetros , 
emprendía  la  marcha  sobre  Oteiza.  El  General  carlista  Mendiry,  que 
operaba  por  las  inmediaciones  de  Estella  y  la  Solana,  como  Coman- 
dante General  de  Navarra,  con  ocho  batallones  navarros,  cuatro  caste- 
llanos, el  de  aragoneses  y  doce  cañones  de  batalla,  tuvo  días  antes 
confidencia  de  lo  que  se  intentaba  por  el  General  enemigo,  y  en  su 
consecuencia  comenzó  á  atrincherarse  eligiendo  posiciones  convenien- 
tes, apoyando  su  extrema  izquierda  en  las  estribaciones  de  Monte-Es- 
quinza,  camino  de  Villatuerta,  su  centro,  unos  kilómetros  delante  de 
Oteiza,  y  su  derecha  formando  martillo  á  la  derecha  también  de  dicho 
pueblo:  estas  últimas  zanjas  no  pudieron  ni  trazarse  siquiera  por  falta 
material  de  tiempo,  pues,  como  debía  acontecer,  los  planes  del  ofen- 
sor permanecieron  ocultos  hasta  el  momento  preciso  de  obrar,  sin  que 
esto  sea  disculpar  la  falta  de  previsión  de  Mendiry;  antes  por  el  con- 
trario, tenemos  precisamente  la  convicción  de  que  con  otro  General  al 
frente  de  los  carlistas  no  se  habría  perdido  por  éstos  la  batalla,  toda 
vez  que  entre  las  fuerzas  combatientes  no  había  una  diferencia  tan 
grande  como  para  no  poder  ser  equilibrada  por  los  atrincheramientos 
carlistas,  y  hasta  en  Artillería  no  eran  nuestras  tropas  tan  inferiores 
como  en  tantos  otros  combates,  en  los  que  resultaron,  sin  embargo, 
vencedoras. 

Como  decíamos,  rompió  el  día  11  la  marcha  el  General  liberal, 
cuando  ya  el  General  Mendiry  había  colocado  sus  tropas  de  manera 
que  cinco  batallones  defendieran  el  paso  A  Cirauqui  y  Mañeru,  cu- 
briendo el  resto  las  trincheras  de  su  centro  y  dejando  al  descubierto  su 
extrema  derecha.  El  General  Morlones  emprendió  el  movimiento  pre- 
parando su  avance  con  la  Artillería,  la  cual  como  de  mayor  precisión 
y  alcance  que  la  de  que  disponían  en  aquella  jornada  los  carlistas, 
aunque  no  consiguió  apagar  nuestros  fuegos,  obligó  á  nuestras  piezas 
á  cambiar  continuamente  de  posición  para  no  ser  deshechas  á  distan- 
cia mayor  de  la  del  alcance  de  nuestras  granadas,  acreditando  en  este 
combate  una  vez  más  su  valor,  inteligencia  y  serenidad,  el  entonces 
Coronel  Fernández  Prada,  quien  con  los  cañones  de  bronce  de  suman- 
do, maniobró  con  tal  acierto  y  bizarría,  que  consiguió  contrarrestar 
brillantemente  los  fuegos  de  la  numerosa  Artillería  Krupp  de  los  libe- 


—  216  - 

rales,  secundado  admirablemente  por  el  no  menos   valiente  y  sereno 
jefe  de  Artillería  D.  Luis  Ibarra. 

La  izquierda  liberal,  encomendada  á  la  División  de  Colomo,  debía 
atacar  vivamente  la  derecha  carlista  rebasándola  y  envolviéndola,  si 
le  fuera  posible;  el  centro  y  el  pueblo  debían  ser  tomados  por  la  Divi- 
sión de  Catalán.  La  misión  de  la  izquierda  liberal  cumplióla  brava- 
mente el  General  Colomo,  y  los  carlistas  no  extremaron,  ni  mucho 


D.    MAKUEL   FERNANDEZ   PRADA 

MARQUÉS  DE  LAS  TORRES  DK  ORAN 


menos,  la  resistencia  que  debían  haberle  opuesto:  el  centro  carlista 
tampoco  defendió  con  él  tesón  debido  las  posiciones  cuya  defensa  le 
estaba  encomendada,  acabando  por  volver  la  espalda  al  enemigo,  acaso 
por  el  temor  de  verse  nuestra  Infantería  envuelta  por  la  Caballería  li- 
beral, achaque  común  en  los  infantes  bisónos,  pero  que  nunca  debieron 
haberlo  padecido  los  bravos  veteranos  de  Somorrostro  y  de  Abárzuza. 
Tomado,  pues,  el  pueblo  por  los  liberales  y  pronunciada  la  retirada  de 
los  carlistas,  volviéronse  aquéllos  á  sus  cantones,  después  de  haber  sa- 
cado de  Oteiza  todo  cuanto  pudo  convenirles,  y  conseguido  el  objeto 
que  se  propusieron  de  secundar  los  planes  del  General  en  Jefe  Zavala. 
Hemos  dicho,  y  nos  duele  repetirlo,  que  la  defensa  de  los  carlistas 
no  fué  tan  sostenida  como  debiera  haberlo  sido;  que  el  centro  se  retiró 


—  217  — 

por  temor  á  la  Caballería;  y  ahora  hemos  de  añadir  que  la  escasez  de 
municiones  no  disculpa,  á  nuestro  juicio,  la  retirada,  pues  como  había 
ocurrido  ya  en  otras  acciones  de  guerra,  podía  haberse  suplido  con  el 
arma  blanca  la  falta  de  cartuchos,  cuyo  contratiempo  podía  también 
haberse  evitado  con  alguna  mayor  previsión  por  parte  del  General 
Mendirj',  quien,  finalmente,  al  ver  que  los  republicanos  no  intentaban 
ningún  movimiento  sobre  Cirauqui  y  Mañeru,  pudo  muy  bien  haber 
llamado  á  reforzar  su  centro  y  su  derecha  á  los  cinco  batallones  que 
con  el  General  Argonz  había  situado  para  defender  su  izquierda,  y  que 
si  hubiesen  sido  llamados  oportunamente  por  el  General  Mondiry,  ha- 
brían podido  convertir  en  victoria  su  derrota. 

Parecía  en  aquel  combate  que  aquellos  voluntaiños  no  eran  los 
mismos  soldados  invencibles  de  San  Pedro  Abanto  y  Monte  Muro;  pero 
también  creemos  que  la  culpa  no  era  suya,  sino  del  Comandante  Ge- 
neral de  Navarra  D.  Torcuato  Mendiry,  quien,  si  bien  se  había  portado 
admirablemente  en  otros  hechos  de  armas^  hay  que  tener  en  cuenta 
que  hasta  entonces  no  había  obrado  por  su  propia  iniciativa,  sino  cum- 
pliendo órdenes  de  generales  tan  insignes  como  Olio  y  Dorregaray;  lo 
cual  prueba  que  Mendiry  era  un  buen  General  de  División,  pero  que 
no  tenia  grandes  aptitudes  para  mandar  en  jefe,  corroborando  esta 
opinión  nuestra  no  sólo  la  pérdida  de  la  acción  de  Oteiza,  sino  que 
también  lo  ocurrido  más  tarde  en  la  retirada  del  Carrascal,  pues  sabido 
es  por  todo  el  mundo  que  la  gloriosa  victoria  de  Lácar  no  se  debió  al 
entonces  Capitán  General  carlista  de  las  provincias  vasco-navarras, 
Mendiry,  sino  que  alcanzóse  gracias  á  la  enérgica  y  feliz  iniciativa  del 
valeroso  Don  Carlos  de  Borbón. 


Algo  hubieron  de  resarcirse  los  carlistas,  del  fatal  efecto  moral  de 
Oteiza,  con  la  atrevida  expedición  del  Brigadier  Pérula  á  Calahorra, 
de  cuya  operación  ni  los  liberales  ni,  acaso,  los  mismos  carlistas  tu- 
vieron noticia  hasta  después  de  haberla  llevado  brillantemente  á  cabo 
el  mencionado  Brigadier.  Sin  más  odjetivo  que  el  de  adquirir  fondos 
para  ayudar  á  las  diputaciones  á  guerra  en  el  vestuario  de  los  bata- 
llones, emprendió  Pérula  la  marcha  con  tres  batallones  y  dos  escua- 
drones; atravesó  el  bravo  Brigadier  el  Ebro,  muy  cerca  de  Lerin,  Ses- 
ma y  demás  acantonamientos  de  la  numerosa  Caballería  de  la  Divi- 
sión liberal  de  la  Ribera,  sorprendió  á  Calahorra,  ciudad  importante, 
guarnecida  por  una  Compañía  de  Carabineros  y  doscientos  volunta- 
rios; y  después  de  atacarles  y  rendirles,  recogió  más  üe  trescientas 
armas,  municiones,  treinta  mil  duros  y  gran  cantidad  de  paños;  des- 


—   ¿18   — 

trozó  la  vía  férrea  y  el  telégrafo^  y  dio,  en  fin,  la  vuelta  al  campo  car- 
lista atravesando  para  ello  por  en  medio  de  dos  cuerpos  del  Ejército 
enemigo  con  inconcebible  actividad  y  bravura,  palabras  textuales  de  la 
Narración  Militar  de  la  Guerra  carlista,  escrita  por  el  distinguido 
Cuerpo  de  Estado  Mayor  del  Ejército. 

Tan  audaz  y  valiente  expedición  llegó  casi  á  borrar  la  mala  impre- 
sión que  en  todos  produjo  la  derrota  de  Oteiza^  acaecida  á  raíz  de  una 
de  las  mejores  victorias  de  los  carlistas. 

Al  hab'ar  de  la  expedición  á  Calahorra  consideramos  de  justicia 
consignar  que  su  feliz  éxito  debióse  en  gran  parte  á  la  inteligencia  y 
bravura  del  Teniente  Coronel  Martínez  Junquera,  quien  conquistó  el 
empleo  inmediato  en  tan  arriesgada  cuanto  feliz  operación,  así  como 
el  Comandante  de  Caballería^  D.  Juan  Ortigosa. 

El  día  9  de  Septiembre,  y  á  causa  de  una  equivocada  creencia  de 
los  liberales,  se  libró  una  acción  que  no  dejó  de  ser  importante.  Creyó 
el  General  Morlones  que  trataban  de  dirigir  una  expedición  al  Alto 
Aragón  los  carlistas,  cuando  el  objeto  de  éstos  al  dirigirse  hacia  aque- 
lla comarca  no  era  otro  que  el  de  reclutar  gente  para  cubrir  bajas. 
Con  el  fiD  de  impedir  la  supuesta  expedición,  hizo  Morlones  que  el  Ba  • 
tallón  de  Guadalajara,  el  de  Marina,  los  forales  de  Navarra,  dos  com- 
pañías de  carabineros,  sesenta  caballos  y  una  sección  de  Artillería,  se 
dirigiesen  á  Sangüesa,  no  encontrando  dicha  columna  á  su  frente  más 
que  al  Batallón  de  Almogávares  del  Pilar,  mandado  por  Marco^  y  el 
9."  de  Navarra^  mandado  por  Sanz  (actual  Diputado  á  Cortes  por 
Pamplona),  pertenecientes  ambos  á  la  Brigada  de  D.  Antonio  Landa. 
Llegados  á  Sos  los  liberales,  dispuso  este  Brigadier  carlista  aceptar  tan 
desigual  combate,  secundado  hábilmente  por  los  tenientes  coroneles 
Sanz  y  Marco. 

Al  encontrarse  ya  las  tropas  republicanas  cerca  de  Sangüesa,  vié- 
ronse  recibidas  con  vivo  fuego  desde  las  alturas  que  dominan  el  pue- 
blo, y  si  bien  se  inició  en  los  carlistas  alguna  vacilación,  fué  pronto 
ésta  dominada  bravamente  por  el  Teniente  Coronel  Sanz  cargando  con 
vigor  sobre  el  enemigo.  Pero  no  teniendo  por  el  momento  objeto  algu- 
no para  los  carlistas  el  continuar  la  operación,  pues  su  propósito  no 
había  sido  otro  que  demostrar,  como  lo  demostraron,  que  estaban 
siempre  dispuestos  á  aceptar  combate  aunque  fuese  en  condiciones  tan 
desfavorables  com,o  en  aquella  ocasión,  y  escaseando  además  las  mu- 
niciones, retiráronse  á  sus  acantonamientos  los  carlistas,  cuyas  pérdi- 
das se  calcularon  en  unos  catorce  muertos  y  cuarenta  heridos,  siendo 
mayores,  seguramente,  las  de  los  liberales  por  haberse  aprovechado 
mejor  en  sus  masas  el  nutrido  f  u  go  de  guerrillas  que  hubieron  de  di- 


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rigirles  los  carlistas,  y  por  haber  tenido  que  entrar  en  Sangüesa  por 
un  despeñadero  dominado  por  éstos. 

Pudo  decirse  muy  bien,  entonces,  del  General  Morlones  que  se  le 
antojaban  los  dedos  huéspedes,  desde  el  momento  en  que  al  ver  que 
un  par  de  batallones,  solamente,  se  dirigía  hacia  cualquier  frontera 
próxima,  creía  ya  que  fuera  alguna  de  las  tan  temidas  espediciones 
de  los  carlistas. 


Las  operaciones  descritas  en  el  presente  capítulo  faeron  las  de  ma- 
yor importancia  entre  las  ocurridas  durante  el  mando  en  jefe  del  Ca- 
pitán General  Marqués  de  Sierra  Bullones,  quien  al  poco  tiempo  fué 
sustituido  por  el  Teniente  General  D.  Manuel  de  la  Serna,  veterano 
también  de  la  primera  guerra  civil,  en  la  que  había  llegado  á  ser  Co- 
mandante de  Infantería  del  Ejército  liberal,  y  que  ascendido  á  Tenien- 
te Coronel  cuando  el  pronunciamiento  de  184.3,  y  á  Coronel  y  Briga- 
dier en  1851  y  1853,  respectivamente,  había  sido  agraciado  con  la  faja 
de  Mariscal  de  Carnpo  por  la  Revolución  de  1868,  con  el  empleo  de 
Teniente  General  por  Don  Amadeo,  y  había  mandado  en  la  campaña 
de  Somori ostro  el  segundo  Cuerpo  del  Ejército  del  Duque  de  la  Torre. 

A  su  lado  púsose  con  el  cargo  de  Jefe  de  Estado  Mayor  General  al 
Mariscal  de  Campo  D.  Pedro  Ruiz  Dana,  ilustrado  y  valiente  militar 
procedente  del  Cuerpo  de  Estado  Mayor  del  Ejército,  en  el  que  se  ha- 
bía distinguido  ganando  la  Cruz  de  San  Fernando  en  la  gloriosa  gue- 
rra de  África,  y  el  grado  de  Coronel  peleando  el  22  de  Junio  de  1866 
en  defensa  del  Gobierno  constituido;  más  tarde  obtuvo  los  ascensos  á 
Brigadier  y  Mariscal  de  Campo,  peleando  C3ntra  los  carlistas  en  el 
Norte  desde  el  principio  de  la  última  campaña,  después  de  la  cual  pu- 
blicó su  bien  escrita  obra  Estudios  sobre  la  guerra  civil  en  el  Norte, 
desde  1872  á  1876. 


^^ 


D.    SIMOX    DE    MOXTOTA 


Capitulo  XIX 


Conducción  de  un  convoya  Pamplona. — Rerddos  combates  de  Biurm.n 
y  Monte  San  Juan,  ocurridos  en  el  mes  de  Septiembre  de  1874. 

BLOQUEO  en  toda  regla  hacían  pesar  los  carlistas  sobre  la  plaza  de 
Pamplona,  que  hallábase  ya  en  situación  nada  lisonjera,  sin- 
tiendo escasez  de  hombres,  de  mantenimientos  y  de  municiones.  Urgía, 
por  lo  tanto,  socorrerla,  pues  las  partidas  volantes  y  las  avanzadas 
carlistas  llegaban  hasta  sus  mismos  muros,  y  al  menor  descuido  de  los 
liberales  les  cogían  hombres  y  ganados,  constituyendo  tcdo  esto  xin 
penosísimo  servicio  para  sus  mermados  defensores. 

Como  tal  situación  no  se  les  escondía  á  los  superiores  jefes  republi- 
canos, evidente  era  que  tomarían,  en  un  plazo  no  remoto,  las  medidas 
conducentes  para  socorrer  Pamplona,  máxime  cuando  el  Capitán  Ge- 
neral de  Navarra,  lo  era  entonces,  D.  Domingo  Morlones,  y  como  hijo 
del  país  tenía  en  ello  interés  grandísimo. 

Foresta  razón,  y  en  la  eventualidad  del  paso  de  un  convoy  enemi- 


-  221  — 

go,  los  carlistas  ocuparon  con  la  mayor  parto  de  sus  fuerzas  la  línea 
del  Carrascal  como  la  más  indicada  para  impedirlo. 

Por  aquella  época,  el  Jefe  de  Estado  Mayor  General  carlista  D.  An- 
tonio Dorregaray^  hallábase  por  Xavarra,  teniendo  á  sus  inmediatas 
órdenes  al  Comandante  General  de  dicha  provincia  D .  Torcuato  Men- 
diry,  con  diez  batallones  navarros,  cuatro  castellanos,  dos  cántabros 
y  el  de  aragoneses,  el  Regimiento  de  Caballería  del  Rey,  veinticuatro 
piezas  de  Batalla  y  doce  de  Montaña,  ocupando  la  extensa  línea  de 
Estella  á  Puente-la-Reina,  Biurrun,  Añorbe,  Unzué,  Mendigorria  y 
Artajona. 

El  nuevo  General  en  Jefe  del  Ejército  liberal,  D.  Manuel  de  la 
Serna,  disponía,  para  operar  frente  á  Dorregaray,  de  una  División  de 
vanguardia  mandada  por  el  General  Blanco  y  compuesta  de  ocho  ba- 
tallones, y  de  los  Cuerpos  primero  y  segundo  de  su  Ejército,  que  á  las 
órdenes,  respectivamente,  de  los  generales  Morlones  y  Ceballos,  se  com- 
ponía cada  uno  de  quince  batallones  con  la  correspondiente  dotación 
de  Ingenieros,  Artillería  y  Caballería,  acantonadas  tan  numerosas 
fuerzas  por  Miranda,  Logroño  y  la  ribera  de  Navarra,  teniendo  su 
Cuartel  General  en  el  segundo  de  dichos  puntos,  y  el  primer  Cuerpo  en 
Tafalla.  También  figuraban,  naturalmente,  á  las  órdenes  del  General 
Laserna,  el  tercer  Cuerpo  del  Ejército  mandado  por  el  General  Loma 
y  la  División  llamada  de  Vizcaya,  pero  prescindimos  por  ahora  de  su 
composición  y  número,  por  hallarse  dichas  fuerzas  en  zonas  distantes 
de  Navarra,  y  no  haber  tomado  parte  en  las  operaciones  objeto  del 
presente  capítulo . 

El  General  en  Jefe  liberal,  apremiado  por  repetidas  comunicacio- 
nes recibidas  del  Ayuntamiento  de  Pamplona  y  del  Comandante  en 
Jefe  del  primer  Cuerpo,  suspendió  una  operación  que  tenía  proyectada 
sobre  La  Guardia,  y  reforzó  á  Morlones  con  una  Brigada,  conviniendo 
en  que  dicho  General  llevase  un  fuerte  convoy  á  Pamplona,  mientras 
él  á  su  vez  amagaba  Estella  por  la  carretera  de  Logroño  á  Viana  y  Los 
Arcos,  suponiendo  fundadamente  que  si  no  se  lograba  debilitar  la  línea 
carlista  en  el  Carrascal  y  desfiladeros  de  Unzué,  no  le  sería  fácil  al 
Ejército  liberal  conseguir  su  objeto,  dado  el  número  de  los  carlistas  y 
lo  escabroso  de  las  posiciones  que  éstos  ocupaban. 

El  día  17  de  Septiembre,  emprendió  el  General  Morlones  su  movi- 
miento, precedido  de  un  reconocimiento  que  dio  por  resultado  averi- 
guar que  los  batallones  carlistas  que  ocupaban  Unzué  y  Añorbe  habían 
avanzado  hasta  cerca  de  Barasoaín,  regresando  á  sus  posiciones. 

El  19  llegó  á  este  punto  Morlones,  lo  que  visto  por  sus  enemigos, 
desplegaron  sus  fuerzas  de  Infantería  y  colocaron  en  batería  las  piezas 


—  222  — 

de  la  de  á  Caballo  al  mando  del  Coronel  Pérez  de  Guzmán  y  del  Co- 
mandante Ibarra  (D.  Leopoldo),  esperando  asi  impávidos  la  acometida; 
pero  el  Ejército  liberal  no  avanzó,  por  lo  que  los  carlistas  volvieron  á 
sus  acantonamientos. 

Durante  la  noche  se  recibió,  por  seguros  confidentes,  en  el  Cuartel 
General  carlista  la  noticia  de  que  el  Cuerpo  del  Ejército  liberal  que 
operaba  á  las  inmediatas  órdenes  de  su  General  en  Jefe  La  Serna,  habia 
salido  de  Logroño  en  dirección  de  la  Solana  y  Estella,  en  vista  de  lo 
cual,  el  General  Dorregaray  dispuso  que  inmediatamente  se  despren- 
diera el  Comandante  General  de  Álava  D.  Rafael  Alvarez,  de  dos  ba- 
tallones y  que  amagara  el  flanco  izquierdo  de  La  Serna,  asi  como  que 
el  General  Argonz  y  el  Brigadiez  Iturmendi,  con  seis  batallones,  y  el 
Coronel  de  Artillería  Brea  con  las  dos  baterías  montadas  de  Fernández 
Prada  y  Rodríguez  Vera,  marchasen  por  la  carretera  de  Puente-la- 
Reina  á  Estella.  como  así  lo  hicimos,  llegando  antes  del  amanecer  á 
Morentín,  Dicastillo  y  Alio. 

Al  día  siguiente,  quebrantada  ya  la  línea  carlista  para  atender  á 
Estella,  según  el  seguro  proyecto  que  al  General  en  Jefe  liberal  había 
propuesto  el  General  Morlones,  avanzó  éste  con  el  convoy  hasta  Tie- 
bas,  precedido  por  la  División  del  General  Catalán.  Las  fuerzas  carlistas 
que  ocupaban  los  altos  de  Biurrun,  bajaron  á  flanquear  el  paso*  de  los 
enemigos,  asi  como  las  de  Unzué;  pero  como  tenían  que  luchar  con 
fuerzas  superiores  por  haberse  debilitado  su  línea,  no  pudieron  impedir 
el  paso  de  los  diez  y  ocho  batallones  de  que  disponía  el  enemigo,  que 
además  habia  adelantado  cinco  batallones  y  cliatro  piezas  Krupp  hasta 
Biurrun,  en  cuyo  punto  pernoctaron,  decididos  á  asegurar  el  paso 
del  convoy  por  la  carretera,  apoyándolo  desde  aquella  importante 
posición. 

Enteradas  las  tropas  carlistas  más  próximas  á  Biurrun,  de  la  ocu- 
pación de  dicho  pueblo,  lo  cual  hacía  dueños  de  la  carretera  á  los 
liberales,  pensaron  seriamente  en  arrojar  de  allí  á  enemigo  tan  peli- 
groso. Estas  fuerzas  carlistas  eran  las  que,  al  mando  del  Brigadier  don 
José  Pérula,  se  hallaban  en  Puente  y  Obanos,  ó  sean  los  batallo- 
nes 2."  y  3."  de  Navarra,  cuyos  jefes  eran,  respectivamente.  Foronda 
y  Montoya,  el  2."  de  Castilla  ((¡ue  sentimos  no  recordar  quién  lo  mandó 
aquel  día),  y  un  Escuadrón  de  Navarra  al  mando  de  D.  Juan  Ortigosa, 
jefes  todos  ellos  cuyo  arrojo  y  decisión  eran  proverbiales.  Por  medio, 
pues,  de  una  rápida  marcha^  salió  el  Brigadier  Pérula  de  Puente-la- 
Reina  por  Muruzabal  hacia  Subiza,  que  se  halla  situada  en  la  sierra 
del  Perdón,  aconteciendo  esto  el  día  21  de  Septiembre. 

El  camino  seguido  por  los  citados  batallones  carlistas  era  asperísí- 


—  224  — 

ino,  teniendo  que  marchar  á  la  desfilada,  de  modo  que  al  arribar  des- 
de Subiza  hacia  Biurrun,  y  al  descender  de  una  pequeña  eminencia 
que  le  domina,  advirtió  el  Coronel  Montoya  (que  iba  á  la  cabeza  de  las 
fuerzas  carlistas)  que  los  liberales  ocupando  el  pueblo  y  la  ermita, 
fuertemente  atrincherados,  les  esperaban  ya  á  poca  distancia,  rom- 
piendo acto  seguido  nutrido  fuego  sobre  la  poca  gente  que  llegó  á 
avistarles  con  ]\Iontoya,  quien  no  vaciló  ni  un  momento,  si  no  que, 
afrontando  impávido  el  inminente  peligro  que  corría,  fué  ordenando  á 
cada  Compañía  que  se  iba  reuniendo  que  se  lanzase  sobre  los  liberales 
á  la  bayoneta,  dando  á  sus  tropas  el  ejemplo  al  frente  de  la  primera. 
El  ataque  fué  tan  rudo,  que  las  avanzadas  liberales  fueron  desbarata- 
das en  breves  instantes^  y  empujadas  dentro  del  pueblo,  en  donde  el 
ruido  apresurado  de  las  cornetas  tocando  llamada  y  ataque  á  la  ca- 
rrera, se  mezclaba  con  los  roncos  disparos  de  la  Artillería  liberal,  á 
cuyo  amparo  comenzaron  á  organizar  la  resistencia  los  batallones  re- 
publicanos. Pero  el  empuje  estaba  ya  dado  é  iniciada  la  retirada  de 
éstos  á  la  vez  que  llegaban  el  resto  del  Batallón  de  Montoya  y  los  se- 
gundos, de  Navarra  y  Castilla  con  el  Escuadrón,  á  cuyo  frente  mar- 
chaban los  valerosos  Férula  y  Ortigosa.  El  pueblo,  la  ermita  y  los  al- 
rededores quedaron  sucesivamente  en  poder  de  los  carlistas,  y  en  tan 
rápida  y  valiente  acometida  se  hicieron  multitud  de  bajas  al  enemigo, 
cogiéndole  ochenta  prisioneros  y  considerable  número  de  cartuchos  y 
pertrechos  de  guerra . 

Tal  acción  pudo  calificarse  de  heroica  por  parte  del  Coronel  Mon- 
toya y  de  sus  escasas  tropas,  pues  las  que  iniciaron  el  ataque  no  pa- 
saban de  cuatro  compañías,  y  sin  embargo  se  lanzaron  sobre  un  ene- 
migo que  ocupaba  Biurrun  con  cuatro  batallones,  y  que  tenía  otros 
catorce  más  en  los  cercanos  pueblos  de  Olcoz,  Unzué,  Tiebas  y  Ucar. 

Don  Carlos  de  Borbón,  quien  desde  que  dieron  principio  las  opera- 
ciones, hallábase  alojado  en  Puente-la-Reina  con  el  veterano  y  enten- 
dido General  Jefe  de  su  Cuarto  Militar  D.  Antonio  Diez  Mogrovejo  y  el 
magnífico  y  nutrido  Batallón  de  Guias  del  Rey  (que  organizó  y  man- 
daba entonces  el  bizarro  Coronel  Calderón),  en  el  momento  que  tuvo 
noticia  del  empeño  de  Biurrun,  montó  á  caballo  y  acompañado  de  sus 
generales  Dorregaray,  Mogrovejo  y  Mendiry,  visitó  las  posiciones  de 
sus  heroicas  tropas  y  les  felicitó  con  entusiasmo,  impresionado  viva- 
mente por  el  valor  de  sus  voluntarios  y  en  especial  por  el  arrojo  del 
Coronel  D.  Simón  de  Montoya,  quien  con  los  suyos  había  puesto  tan 
alto  en  aquel  día  el  honor  de  sus  armas,  y  que  fué  el  héroe  de  la  jor- 
nada. ,: 

Tal  fué  la  brillante   acción  de  Biurrun,  en  la  que  conquistaron  la 


—  225  — 

Corbata  de  San  Fernando  las  banderas  de  los  batallones  2.°  y  3."  de 
Navarra  y  2.*^  de  Castilla,  y  el  primer  Escuadrón  del  Regimiento  de 
Caballería  de  Navarra, 

El  General  en  Jefe  liberal  no  quiso  empeñar  acción  alguna  en  Los 
Arcos,  ni  avanzar  hacia  Estella  en  vista  de  las  formidables  posiciones 
que  ya  ocupaban  las  faerzas  carlistas  destacadas  de  la  línea  principal 
al  mando  del  General  Argonz,  mientras  que  por  la  parte  de  Álava  el 
Comandante  General  de  dicha  provincia,  D.  Rafael  Alvarez,  amagaba 
el  flanco  y  comprometía  la  retirada  de  las  tropas  del  General  La 
Serna.  A  esta  actitud  debióse  sin  duda  la  inacción  y  el  regreso  de  los 
liberales  á  su  acantonamiento,  volviendo  también  los  carlistas  á  su 
¿interior  línea  del  Carrascal,  dispuestos  otra  vez  á  disputar  el  paso  del 
primer  Cuerpo  del  Ejército  republicano  á  su  regreso  de  Pamplona. 

Como  siempre,  hay  que  reconocer  en  justicia  que  el  General  Mo- 
rlones conocía  bien  la  índole  de  los  enemigos  que  había  de  combatir, 
y  que  constantemente  lograba  lo  que  se  proponía  con  su  ya  conocida 
táctica  de  amagar  á  Estella  para  conseguir  fácilmente  su  objeto  pri- 
cipal. 


De  regreso  el  General  Moriores  de  su  expedición,  en  la  que  por  más 
que  hubiera  conseguido  su  objeto  de  avituallar  á  Pajnplona,  había  te- 
nido el  fatal  tropiezo  de  Biurrun,  (como  así  lo  calificaron  los  periódi- 
cos liberales  de  aquel  tiempo)  ocupó  con  sus  tropas  los  pueblos  de  Ba- 
rasoaíny  Garinoaín;  el  General  Colomo,  con  su  derrotada  División  de 
Biurrun  se  acantonaba  en  el  primero  de  dichos  puntos,  y  las  demás 
fuerzas  liberales,  en  Unzué,  Mendivil  y  Tiebas. 

Los  carlistas,  entre  tanto,  y  ante  la  inminencia  de  un  combate,  se 
escalonaban  en  Biurrun,  Eneriz,  Adiós,  Ucar  y  Añorbe. 

Amaneció  el  día  23,  y  el  General  Morlones  ordenó  el  despliegi^e  de 
sus  tropas  al  frente  de  las  posiciones  carlistas,  en  consecuencia  de  lo 
cual  el  General  Dorregaray  secundado  por  Mendiry,  comunicó  órde- 
nes terminantes  á  los  jefes  de  Brigada  para  que  rompiendo  la  marcha 
detrás  de  la  acantonada  en  Biurrun,  al  mando  del  Brigadier  Yoldi, 
atacaran  sin  vacilar  al  Ejército  enemigo  de  flanco  y  de  frente  á  la  vez. 
Contestado,  aunque  débilmente,  el  fuego,  fuéronse  retirando  los  repu- 
blicanos por  escalones  y  ordenadamente,  hasta  que  llegados  á  la  esce- 
lente  posición  de  Monte  San  Juan,  hicieron  alto  y  organizaron  la  re- 
sistencia en  dicho  punto  y  en  los  pueblos  de  Barasoaín  y  el  Pueyo. 

La  retirada  de  los  liberales  fué  admirable,  i.nte  un  enemigo  que, 
como  el  carlista,  se   hallaba  entusiasmado  con  su  reciente  victoria,  y 

15 


—   226  — 

nuestra  imparcialidad  se  complace  en  reconocer  y  elogiar  las  dotes  mili- 
tares del  Teniente  General  Morienes,  desplegadas  tanto  en  esta  oca- 
sión como  en  otras  muchas  en  las  que  también  le  hemos  tributado 
nuestro  modesto  aplauso.  Al  llegar  al  desfiladero,  las  tropas  carlistas 
dirigidas  también  admirablemente  por  los  generales  Dorregaray  y 
Mendiry,  bajaban  con  arrogancia  desde  las  alturas  de  Unzué,  Biurrun 
y  Tirapu,  llegando  un  momento  en  que  los  liberales  se  vieron  casi  en- 
vueltos por  sus  contrarios;  pero  maniobrando  hábilmente  Moriones, 
logró  que  sus  tropas  pudieran  desenvolverse  y  ocupar  con  la  mayor 
parte  de  sus  fuerzas  el  Pueyo  y  Barasoaín,  dónde  establecida  ya  en 
posición  su  excelente  Artillería,  rompió  certero  y  vivo  fuego  sobre  las 
columnas  carlistas^  evitando  así  que  el  fracaso  de  Biurrun  se  reprodu- 
jera en  mayor  escala  aquel  día. 

A  pesar  do  ésto,  el  General  Dorregaray  mandó  que  á  la  carrera  si- 
guieran el  movimiento  de  avance  sus  columnas;  pero  ya  los  republi- 
canos aprovechándose  de  los  accidentes  del  terreno,  y  de  que  los  car- 
listas atacaban  en  compactas  masas,  rompió  con  gran  precisión  y 
serenidad  un  nutrido  fuego  de  cañón  y  fusil,  que  hizo  vacilar  algo  á 
los  carlistas  conteniendo  su  ímpetu. 

A  la  Artillería  liberal,  parapetada  y  disparando  al  abrigo  de  las 
tapias  del  cementerio,  que  había  aspillerado  convenientemente,  de- 
bióse sin  duda  el  éxito  de  la  resistencia^  sólo  comparable  á  la  valiente 
y  ordenada  acometida  de  los  carlistas  y  al  bien  dirigido  fuego  de  sus 
cañones  de  Batalla. 

En  la  Historia  Contemporánea,  por  D.  Antonio  Pirala,  y  otras  na- 
rraciones de  la  guerra  civil  se  consigna  un  rumor  que  no  deja  de  te- 
ner algún  fundamento,  y  al  cual  se  atribuyó  que  los  carlistas  no  hu- 
bieran sacado  más  partido  de  la  acción  de  Monte  San  Juan.  Parece 
ser,  según  el  rumor  á  que  nos  referimos,  y  que  como  tal  consignamos 
en  estos  apuntes,  que,  debido  á  causas  que  desconocemos  todavía, 
(y  mejor  aúná  rivalidades  entre  ciertos  jefes  superiores),  algunos  bata- 
llones, especialmente  los  mandados  por  el  Brigadier  carlista  Zalduen- 
do,  no  secundaron  bien  las  órdenes  del  Jefe  de  Estado  Mayor  General 
Dorregaray.  Realmente  está  para  nosotros  fuera  de  duda,  que  en  la 
acción  á  que  nos  referimos  debió,  por  lo  menos,  quedar  desbaratada 
una  División  liberal,  que  gracias  al  General  Moriones  fué  socorrida 
cuando  se  hallaba  ya  á  punto  de  ser  envuelta,  si  Zalduendo  hubiese 
llegado  con  toda  oportunidad. 

Pero  en  fin,  sea  de  ello  lo  que  quiera,  replegáronse  al  cabo  los  car- 
listas ante  la  seria  resistencia  de  sus  enemigos,  y  aunque  en  los  días  si- 
guientes, es  decir,  el    24  y  25,  hubo  algunas  escaramuzas  en  toda  la 


línea,  siguieron  los  liberales  en  el  Pueyo,  bien  atrincherados,  y  los 
carlistas  regresaron  á  sus  posiciones^  dominando  por  completo,  sin 
embargo,  la  famosa  línea  del  Carrascal,  y  teniendo  en  respeto  desde 
allí,  en  adelante,  al  Ejército  liberal. 

La  línea  carlista  se  fortiflcó  y  atrincheró  en  sus  principales  puntos 
bajo  la  acertada  dirección  del  Coronel  de  Ingenieros  D.  Amador  Vi 
llar,  y  para  establecer  comunicaciones  entre  ellos^  se  hicieron  buenos 
caminos  practicables  para  la  Artillería  de  Batalla, 

Todos  sabemos  que  el  Ejército  liberal  tardó  después  más  de  cuatro 
meses  en  acometer  y  envolver  la  línea  carlista,  y  que  lo  hizo  cuando 
se  había  duplicado  en  número  y  hasta  reforzado  con  una  División  de 
Aragón.  La  plaza  de  Pamplona,  entretando,  volvió  á  verse  bloquea- 
da y  cañoneada,  y  de  los  combates  de  Biurrun  y  Monte  San  Juan  no 
quedó  más  recuerdo  que  las  bajas  ocasionadas  en  ambos  ejércitos, 
siendo  unas  dos  cientas  las  de  los  liberales,  y  ciento  setenta  y  ocho 
las  sufridas  por  los  carlistas. 


D.    HERMENEGILDO    DÍAZ    DE    CEBALLOS 

Capitulo  XX 
El  sitio  de  Irún  y  la  acción  de  San  Marcos. 

DECIDIDO  al  fin  al  Ejército  carlista  á  tomar  la  ofensiva,,  compren- 
diendo lo  peligroso  que  era  establecer  como  sistema  el  de  las 
lineas  atrincheradas,  pensaron  en  una  expedición  á  Castilla  y  en  operar 
sobre  Hernani  ó  Irún,  es  decir  por  Guipúzcoa,  ya  que  los  alaveses  ha- 
bían entrado  en  La  Guardia,  y  que  los  navarros  y  vizcaínos  habían 
reñido,  respectivamente,  los  combates  de  Biurrun  y  de  Santa  Marina, 
del  cual  ya  nos  ocuparemos  al  describir  las  operaciones  de  Vizcaya 
después  del  sitio  de  Bilbao. 

Pues  bien,  si  dificultades  del  momento  (en  primer  término  la  esca- 
sez de  municiones)  impidieron  lanzar  seis  ú  ocho  batallones  á  Castilla, 
bien  bajo  el  mando  del  General  Alvarez,  ó-  bien  á  las  órdenes  del  Ge- 
neral Mogrovejo,  acordóse  por  de  pronto  en  consejo  de  generales,  po- 
ner sitio  á  la  plaza  de  Irún  ya  que  no  se  disponía  de  faerzas  bastantes 
para  llevar  adelante  dos  operaciones  á  la  vez,  puesto  qué  había  de 
contarse  con  el  pié  forzado  del  bloqueo  de  Pamplona,  por  una  parte, 
y  con  estorbar  que  los  liberales  hicieran  cscursiones  desde  Bilbao,  Vi- 
toria y  San  Sebastián. 


—  229  — 

Realmente  Irún  no  tenia  importancia  alguna  más  que  cómo  pobla- 
ción fronteriza,  aún  así  no  era  del  todo  indispensable  á  los  carlistas  su 
posesión,  puesto  que  disponían  de  suficienie  frontera  por  donde  reci- 
bir mantenimientos  y  efectos  de  guerra  como  se  había  hecho  hasta  en- 
tonces, pero  parece  ser  que  en  la  decisión  de  sitiar  la  citada  plaza  en- 
tró por  mucho  el  deseo  de  demostrar  el  valor  é  importancia  del  Ejército 
carlista  á  los  extranjeros  que  no  dejarían  de  acudir  á  la  frontera  á 
presenciar  los  combates  que  hubieran  de  librarse  en  los  alrededores 
de  Irún,  contándose  además  con  que  el  Ejército  liberal,  que  al  mando 
de  D.  Manuel  de  la  Lerna  se  hallaba,  en  su  mayor  parte,  escalonado 
desde  Miranda  de  Ebro  á  Tafalla,  tal  vez  no  llegaría  á  tiempo  de  sal- 
var la  plaza,  en  el  caso  de  que  acudiese  en  su  auxilio. 

Poco  tiempo  antes  de  estas  operaciones  había  sido  elevado  á  la 
Capitanía  General  de  Xavarra,  Provincias  Vascongadas  y  Rioja,  el 
General  D.  Torcuato  Mendiry,  cesando  con  tal  motivo  en  el  mando  de 
las  tropas  del  Norte,  el  General  D.  Antonio  Dorregaray  á  quien  Don 
Carlos  nombró  General  en  Gefe  del  Ejército  del  Centro. 

Era  por  aquella  época  Comandante  General  de  Guipúzcoa,  el  Gene- 
ral D.  Hermenegildo  Diaz  de  Ceballos,  antiguo  Guardia  de  Corps  en.el 
reinado  de  Fernando  Vil,  y  después  bravo  militar  carlista  que  en  la 
primera  guerra  civil  ganó  la  Cruz  de  San  Fernando  y  alcanzó  el  em- 
pleo de  Coronel,  que  en  la  guerra  sostenida  después  por  Cabrera  en 
Cataluña,  fué  ascendido  á  Brigadier,  y  que  habiendo  prestado  más 
tarde  muchos  y  distinguidos  servicios  á  la  Causa  carlista  habíase  visto 
agraciado  por  el  Conde  de  Montemolín  con  el  empleo  de  Mariscal  de 
Campo,  cuando  lo  de  San  Carlos  de  la  Rápita,  y  con  el  de  Teniente 
General  por  Don  Carlos  de  Borbón,  en  1868. 

Dispúsose  que  se  emprendieran  las  operaciones  del  sitio  de  Irún 
encargándose  de  él  al  Comandante  General  de  Ingenieros  D.  Francisco 
de  Alemany,  quien  con  los  coroneles  del  mismo  Cuerpo,  Garín  y  Vi- 
llar, dirigióse  desde  luego  á  recorrer  los  alrededores  de  la  plaza,  para 
elegir  convenientes  posiciones;  y  nombróse  para  el  mando  de  la  Arti- 
llería del  sitio  á  los  Coioneles  de  este  Cuerpo  Brea  y  Rodríguez  Vera, 
secundados  por  los  comandantes  Torres  y  Carne  valí,  procedentes  del 
Cuerpo  General  de  la  Armada. 

El  Comandante  General  de  Guipúzcoa  disponía,  por  su  parte,  de 
ocho  batallones  guipúzcoanos,  poniéndose  á  sus  órdenes  al  General 
IMarqués  de  Valdespina  con  cuatro  batallones  navarros  al  inmediato 
mando  del  Brigadier  Zalduendo  y  la  Batería  de  Montaña  del  Teniente 
Coronel  Reyero. 

La  importancia  del  Ejército  carlista  era  grande  cuando  tácitamen- 


—  230  — 

te  la  reconocían  los  generales  liberales  hasta  en  sus  relaciones  oficia- 
les: El  General  Morlones  oficiaba  al  Gobierno:  «Por  hoy  la  atención 
«fija  de  los  carlistas  es  cerrar  el  paso  á  Pamplona;»  el  General  Ville- 
gas^ jefe  de  la  extrema  izquierda  liberal  se  prevenía  para  impedir  el 
paso  de  la  temida  expedición  á  Castilla;  el  Comandante  General  de 
Bilbao,  Morales  de  los  Ríos,  soñaba  con  que  los  carlistas  no  abandona- 
ban la  idea  de  hacerse  dueños  por  sorpresa  de  la  invicta  villa;  y  en 
fin,  el  General  Loma  pedía  refuerzos  para  Guipúzcoa,  siendo  este  infa- 


D.    FKAXCISCO    DE    ALEMAXY 


tigable  General  el  único  que  entonces  veía  claro,  adivinando  que 
pronto  había  de  ser  aquella  provincia  el  blanco  de  las  operaciones  del 
Ejército  carlista. 

Con  el  General  Alemany  marcharon  algunas  compañías  de  Inge- 
nieros á  fin  de  construir  un  trozo  de  camino  necesario  para  conducir  las 
piezas  y  levantar  las  baterías.  El  Coronel  Rodríguez  Vera  y  el  Coman- 
dante Carnevali  emprendieron  desde  Vera  la  marcha  con  el  material 
de  Artillería,  mientras  el  Coronel  Brea  y  el  Comandante  Torres  se  ade- 
lantaron á  conferenciar  con  el  General  Alemany  y  acordar  el  mejor 
emplazamiento  de  los  cañones  y  morteros. 

Todo  se  verificó  sin  la  menor  dilación,  y,  previo  el  reconocimiento 
facultativo  de  los  alrededores  de  la  plaza,  se  eligió  el  monte  llamado 
Ibayeta  para  la  colocación  de  los  ocho  cañones  de  posición  de  la  Bate- 


—  231  — 

ría  Rodríguez  Vera;  no  lejos  de  éste  se  eligió  otra  para  los  morteros 
que  debía  mandar  el  Comandante  Carnevalí,  y  por  último,  el  alto  de 
San  Marcial  se  designó  para  emplazar,  á  las  inmediatas  órdenes  de 
Brea  y  de  Torres,  las  piezas  de  mayor  calibre,  es  decir,  dos  Vavasseur, 
rayados  de  á  9  centímetros  y  seis  WithAvort  de  á  7,  también  rayados. 

Las  compañías  de  Ingenieros  cumplieron  tan  pronto  y  con  tal  acierto 
su  misión,  que  resultaron  simultcáneas  la  marcha  de  la  Artillería  por  los 
montes  y  la  construcción  de  baterías,  de  modo  que  al  llegar  las  piezas 
no  tuvieron  más  que  entrar  en  sus  respectivos  emplazamientos. 

El  General  Ceballos,  Jefe  de  la  línea  que  había  de  oponerse  al  Ejér- 
cito de  socorro,  situó  sus  fuerzas  del  modo  siguiente:  batallones  1."  y 
segundo  de  Guipúzcoa,  desde  Urnieta  á  Pagollaga,  al  mando  del  Bri- 
gadier Aizpurúa  y  del  Coronel  Iturbe;  en  Pagollaga  y  Santiagomendi, 
el  6.*'  Batallón  con  el  Coronel  López  y  el  Teniente  Coronel  Blanco;  en 
Choritoquieta,  cuatro  compañías  del  4.°  con  el  Teniente  Coronel  For- 
tuny;  el  5.''  Batallón  en  San  Marcos,  con  el  Teniente  Coronel  Pérez 
Dávila;  el  3.°  en  Oyarzun  con  los  coroneles  Carpintier  é  Irazu;  el  7."^ 
mandado  por  Folguera  (menos  tres  compañías)  en  Jaizquivel;  y  el  8." 
al  mando  de  Vicuña,  en  Lastaola  y  San  Marcial. 

Antes  de  romperse  el  fuego  acudieron  á  sus  puestos  de  honor  el 
Señor  Don  Carlos  de  Borbón,  el  Ministro  de  la  Guerra  General  Elío,  y 
poco  después  el  Comandante  General  de  Artillería  D.  Juan  M.*"^  Maes- 
tre, quien  había  estado  desde  días  antes  en  la  Fííbrica  de  proyectiles 
de  Vera,  cuidando  de  que  no  faltase  el  alimento  de  las  bocas  de  fuego 
que  habían  de  operar  contra  Irún. 

Esta  plaza  se  puso  en  breve  en  estado  de  defensa:  tenía  dos  fuertes 
construidos  en  dos  colinas  inmediatas,  llamados  el  Parque  y  Mendivil 
artillados  con  tres  cañones  rayados  de  á  12  centímetros,  el  primero, 
y  el  segundo  con  un  cañón,  también  de  á  12  y  otro  de  á  16  centíme- 
tros. En  el  río  había  asimismo  una  cañonera  y  dos  trincaduras,  con  un 
cañón  de  á  12,  y  dos  dé  á  8  centímetros.  La  guarnición  de  Irún  se 
componía  de  dos  batallones  de  los  regimientos  de  África  y  de  Murcia, 
tres  compañías  de  Miguel etes,  cuarenta  y  nueve  Carabineros  y  cien 
voluntarios.  Además  estaban  fortificados  y  artillados  el  puente  de  Beho- 
via,  el  internacional  de  Hendaya  y  el  paso  de  Santiago. 

A  las  siete  de  la  mañana  del  día  I  de  Noviembre  de  1874  rompióse 
el  fuego  de  las  baterías  carlistas  contra  Irún;  á  los  primeros  disparos 
fueron  muertos  en  el  Parque  tres  artilleros  y  un  Capellán;  durante  el 
día  cayeron  sobre  Irún  mil  doscientas  granadas,  y  por  la  noche  ciento 
cuarenta  bombas  que  lograron  incendiar  bastantes  casas.  Los  días  5 
y  6,  reprodújose  el  cañoneo,  si  bien  no  con  tanta  intensidad  como  el 


—  232  — 

día  4,  recibiendo  por  su  acierto  los  artilleros  carlistas  los  plácemes  de 
los  oficiales  franceses  que,  armados  de  anteojos  de  campaña,  seguían 
las  peripecias  del  sitio,  durante  el  cual  nos  dispensó  el  Señor  Don  Car- 
los de  Borbón  el  honor  de  pasarse  todo  el  día  en  la  Batería  de  San 
T.Iarcial^  animándonos  á  todos  con  su  presencia,  valor  y  gran  sere- 
nidad. 

La  baja  más  sensible  que  tuvimos  en  las  baterías  fué  la  del  Coronel 
de  Artillería  Rodríguez  Vera,  quien  al  descubrirse  para  ver  los  efectos 
de  sus  disparos,  recibió  una  herida  en  la  cabeza,  siendo  ésta  la  segunda 
que  casi  en  el  mismo  sitio  había  recibido  en  la  campaña  carlista,  pues 
como  ya  dijimos  oportunamente^  también  fué  gravemente  herido  en 
Somorrostro. 

Consiguieron  los  carlistas  romper  á  cañonazos  los  diques  del  Bida- 
soa  con  objeto  de  inundar  el  pueblo;  pero  las  averías  fueron  recom- 
puestas al  poco  tiempo.  Las  mujeres,  los  niños  y  los  enfermos  que  al 
principio  se  habían  acogido  á  la  Casa  Consistorial,  la  cual  tenía  algo 
de  fortaleza,  pasaron  á  Francia  huyendo  de  los  horrores  del  bom- 
bardeo. 

El  día  7  se  adelantaron  á  Aldabe  tres  piezas  rayadas  de  á  8  centí- 
metros, y  continuó  el  fuego  habiéndose  hecho,  en  total,  cuatro  mil  qui- 
nientos disparos  hasta  el  día  10.  En  estos  días  las  bajas  de  los  liberales 
fueron  de  cuarenta  y  una  nada  más;  pero  las  pérdidas  en  los  edificios 
fueron  enormes,  destruyéndose  por  completo  cuarenta  y  cuatro,  once 
de  ellos  incendiados,  según  datos  oficiales  de  los  liberales;  el  valor  de 
Jos  sitiados  corría  parejas  con  el  ardor  de  los  sitiadores. 

Los  comandantes  generales  de  Artillería  é  Ingenieros,  Maestre  y 
Alemany,  así  como  otros  jefes  de  importancia,  creyeron  llegado  el  mo- 
mento de  que  se  diera  un  asalto  antes  de  que  el  enemigo  enviase, 
como  era  de  esperar,  numerosas  fuerzas  en  auxilio  de  la  villa;  pero  su- 
cedió lo  que  en  el  sitio  de  Bilbao,  es  decir,  que  después  de  estar  pre- 
paradas las  columnas  de  asalto,  al  frente  de  las  cuales  figuraba  el 
bravo  Batallón  de  Guías  del  Rey,  mandado  por  su  digno  Coronel  Cal- 
derón, no  se  llevó  al  fin  á  cabo  el  asalto,  sea  por  falta  de  iniciativa  en 
el  Brigadier  Zalduendo,  (según  se  dijo),  ó  sea  por  rivalidad  entre  las 
fuerzas  navarras  y  guipuzcoanas,  según  se  aseguró  por  muchos. 

Convencido,  entre  tanto,  el  General  en  Jefe  liberal  de  que  los  car- 
listas proseguían  con  viveza  el  sitio  de  Irún,  dispuso  acudir  en  socorro 
de  dicha  villa  con  todas  las  fuerzas  de  que  pudiera  disponer,  no  de- 
jando en  la  Ribera  más  que  el  Cuerpo  de  Ejército  de  Moriones  y  algu- 
nos batallones  más.  El  día  4  emprendió,  pues,  la  marcha  con  seis  ba- 
tallones y  tres  baterías  de  Montaña,  é  hizo  que  el  General  Blanco 


2  o  o 

avanzase  con  otros  seis  batallones  y  otra  Batería,  y  que  se  le  uniera  el 
General  Loma  con  otros  dos  batallones,  media  Batería  Montada,  algu- 
nas compañías  de  Ingenieros  y  dos  escuadrones,  embarcando  La  Serna 
sus  tropas  en  treinta  y  tres  trenes,  trasladándolas  por  el  ferrocarril,  á 
Santander  y  de  allí  por  mar  á  San  Sebastián,  en  donde  desembarcaron 
el  día  9. 

Por  cierto  que  hemos  de  referir  un  incidente  curioso.  Como  hemos 
dicho,  el  fuego  de  los  sitiadores  fué  menos  intenso  que  el  día  4,  en  los 
sucesivos,  y  el  General  en  Jefe  liberal  La  Serna  al  saberlo  creyó  que 
era  que  los  carlistas  levantaban  ya  el  sitio  al  sólo  anuncio  déla  llegada 
de  refuerzos  republicanos  á  Guipúzcoa,  y  ofuscado,  sin  duda,  por  se- 
mejante idea  que  á  ser  cierta  podía  haber  halagado  su  amor  propio, 
telegrafió  al  Gobierno  de  Madrid  diciendo,  entre  otras  cosas,  lo  si- 
guiente: «La  rapidez  con  que  se  ha  llevado  á  cabo  la  operación  del 
«Ejército  sobre  Irún,  ha  producido  como  resultado  inmediato  el  levan- 
»tamiento  del  sitio.  Han  podido  convencerse  los  franceses  de  que  el  sólo 
«anuncio  de  nuestro  movimiento  ha  ahuyentado  las  huestes  carlistas.» 
Semejante  baladronada,  produjo,  sin  embargo,  gran  desencanto  en  el 
país  liberal  cuando  vio  que  no  se  confirmaba  lo  telegrafiado  por  su  Ge- 
neral en  Jefe. 

El  General  carlista  Ceballos  había  hecho  presente  al  Ministro  de  la 
Guerra  Elio,  lo  difícil  que  le  era  sostener  las  posiciones  que  ocupaba 
con  las  pocas  fuerzas  que  tenía  á  sus  órdenes,  por  lo  que  el  General 
Elío  le  mandó  los  seis  cañones  de  la  Batería  de  Reyero  y  el  5.^  Bata- 
llón de  Navarra  con  el  Brigadier  Zalduendo,  estableciendo  el  Coman- 
dante General  de  Guipúzcoa  su  Cuartel  General  en  Astigarraga,  y 
quedando  sus  tropas  apoyando  la  derecha  en  el  monte  Jaizquibel  y  la 
izquierda  en  los  montes  de  Aya. 

El  plan  adoptado  por  el  General  en  Jefe  liberal  no  podía  ser  mejor, 
lo  confesamos  haciéndole  estricta  justicia;  pues  si  en  vez  de  amagar  la 
derecha  carlista  para  caer  con  todas  sus  fuerzas  sobre  la  izquierda,  se 
le  ocurre  obrar  en  sentido  contrario,  creemos  que  ni  la  liberación  de 
Irún  le  hubiera  sido  tan  fácil,  ni  le  hubiera  costado  tan  pocas  bajas. 
En  cambio  lo  primero  que  le  faltó  al  General  carlista  Ceballos  fué  acer- 
tar á  tener  en  invariable  comunicación  sus  dos  alas,  así  es  que  el  ene- 
migo aprovechándose  de  este  detalle,  las  incomunicó  y  habría  llegado 
á  hacerse  dueño  de  todos  los  defensores  de  Jaizquivel  si  éstos  le  hu- 
bieran hecho  seria  resistencia  y  cegados  en  el  fragor  del  combate  no  se 
hubisen  cuidado  más  que  de  pelear,  y  no  de  evitar  también  el  quedar 
cercados. 

Al  amanecer  del  día  10  avanzaron  las  tropas  del  General  La  Serna, 


—  234  — 

en  número  de  diez  y  seis  batallones,  hacia  Rentería,  dirigiéndose  todas 
las  fuerzas  hacia  la  izquierda  carlista,  menos  las  tropas  del  General 
Blanco  y  del  Brigadier  La  Portilla,  las  cuales  esperaron  á  que  se  tra- 
base el  combate  en  toda  la  linea  para  entonces  dirigirse  á  Jaiz- 
quibel  que  era  su  objetivo  principal.  Un  combate  preliminar  habia  de 
librarse  antes,  y  se  empeñó,  como  era  de  necesidad,  pues  sin  él  no  le 
habría  sido  posible  al  Ejército  liberal  dar  un  paso  adelante  sin  verse 
batido  de  revés. 

Hablamos  del  combate  por  las  posiciones  de  San  Marcos  y  Chorito- 
quieta  que  tenían  orden  de  defender  el  5.'^  Batallón  de  Guipúzcoa  y 
cuatro  compañías  del  4.°  al  mando  de  Pérez  Dávila  y  Fortuny,  y  en 
Santiagomendi  el  Coronel  López  con  el  6."  Batallón  de  la  misma  pro- 
vincia. Del  ataque  liberal  hubo  de  encargarse  el  impetuoso  General 
Loma,  y  dicho  se  está  que  de  tal  caudillo  no  podía  esperarse  sino  una 
embestida  á  todo  trance,  como  asi  sucedió.  Los  batallones  de  su  mando, 
precedidos  por  algunas  compañías  de  Migueletes  como  exploradores, 
tomaron  á  la  carrera  los  parapetos  carlistas,  aunque  no  sin  sufrir  terri- 
bles bajas  ni  tener  que  vencer  una  tenaz  resistencia  por  parte  de  los 
carlistas,  como  así  lo  consignaron  los  republicanos  en  documentos  ofi- 
ciales, diciendo:  «El  enemigo  en  estos  puntos  opuso  una  resistencia 
»tenaz,  y  Asturias  y  Valencia,  sobre  todo  el  primero  de  estos  regi- 
»mientos,  experimentaron  numerosas  bajas.» 

Tuvieron  empero  que  ceder  al  número  los  carlistas,  porque  no  fué 
solamente  al  General  Loma  con  sus  fuerzas  á  quien  tuvieron  que  hacer 
frente,  sino  que  también  el  General  Blanco  y  los  brigadieres  Oviedo  y 
Bargés  les  atacaron  con  las  suyas.  El  Brigadier  carlista  Zalduendo  que 
se  hallaba  sobre  Zamalvide  con  dos  batallones,  y  que  desconocía  el 
apuro  en  que  se  encontraban  los  de  San  Marcos  y  Choritoquieta,  no 
pudo  auxiliarles,  y  á  su  vez  tuvo  que  resistir  el  empuje  de  algunos  ba- 
tallones liberales,  abandonando  sus  posiciones  y  dejando  sin  defensa  la 
Batería  del  bravo  Teniente  Coronel  Reyero^,  quien  impávido  siguió,  sin 
embargo,  haciendo  fuego  al  enemigo,  y  gracias  á  la  pasmosa  serenidad 
y  desprecio  del  peligro  con  que  sabía  portarse  siempre  tan  distinguido 
Jefe  de  Artillería,  consiguió  á  última  hora  retirarse  sin  perder  un  ca- 
ñón ni  un  hombre,  á  pesar  de  no  prestarle  auxilio  ni  una  sola  Compa- 
ñía de  Infantería  de  la  Brigada  Zalduendo. 

¡Siempre  la  misma  falta  de  acuerdo  entre  los  batallones  de  diferen- 
tes provincias,  cuando  no  mediaba  una  autoridad  superior  á  la  de  todos 
los  distintos  i'efes,  como  lo  hubiera  sido  la  del  General  en  Jefe  Mendiry 
ó  la  del  Ministro  de  la  Guerra  Elío,  quien  se  hallaba  en  San  Marcial 
sin  ordenar  nada  á  unos  ni  á  otros! 


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Dominada,  pues,  por  los  liberales  la  clave  principal,  y  seguros  con 
ello  de  que  no  podían  ser  ofendidos  de  flanco  ni  de  revés,  decidieron 
dejar  el  ataque  general  para  el  siguiente  día. 

El  desenlace  estaba  próximo;  el  General  La  Serna  dispuso  con  el 
mejor  acuerdo  que  el  Brigadier  La  Portilla  se  encargase  con  preferencia 
de  atacar  ó  envolver  á  los  defensores  de  Jaizquibel  mientras  él  mismo 
con  los  generales  Loma  y  Blanco,  al  frente  del  resto  del  Ejército  libe- 
ral atacaría  el  centro  y  la  izquierda  carlista,  empezando  por  Oyarzun 
y  corriéndose,  á  serle  posible,  hasta  San  Marcial. 

Al  amanecer  emprendió  cada  División  liberal  el  movimiento  que  se 
le  había  confiado.  El  General  Loma  se  apoderó  de  Oyarzun  sin  gran- 
des bajas;  y  el  General  en  Jefe  y  el  General  Blanco  avanzaron  á  rom- 
per el  centro  carlista,  mientras  el  Brigadier  La  Portilla  emprendió  la 
subida  de  Jaizquibel,  cuyo  punto  se  hallaba  defendido  por  el  7.°  Bata- 
llón de  Guipúzcoa  mandado  por  su  bizarro  Teniente  Coronel  Folguera 
Decidido  este  Jefe  á  cumplir  con  su  deber  de  defender  la  posición  que 
se  le  había  confiado,  á  pesar  de  haber  recibido  aviso  de  que  se  retirase 
ante  lo  inminente  del  ataque  por  una  gruesa  columna  liberal,  siguió 
sereno  en  su  puesto  hasta  recibir  una  orden  del  Coronel  Carpintier, 
Jefe  de  Estado-Mayor  del  Marqués  de  Valde-Espina,  previniéndosele 
que  se  replegase  con  su  Batallón,  al  mismo  tiempo  que  se  mandaba 
otro  alavés  á  relevarle. 

El  General  carlista  Ceballos,  viendo  que  sus  tropas  se  retiraban 
vencidas  por  todas  partes^  marchó  al  caserío  de  Aguirre,  repartiendo 
sus  fuerzas  entre  Audoaín,  PagoUaga  y  Goiburu;  lo  único  que  les  res- 
taba á  los  liberales  era  apoderarse  de  San  Marcial,  como  lo  verificaron 
dos  batallones. 

La  Artillería  carlista  y  las  municiones  se  habían  puesto  en  fran- 
quía, camino  de  Lastaola  y  Vera,  á  donde  llegaron  sin  perder  un  hom- 
bre, una  pieza  ni  un  cartucho,  á  las  diez  de  la  nochC;,  teniendo  el  honor 
de  encontrarnos  en  Lastaola  con  el  Príncipe  Don  Jaime^  niño  entonces 
de  cuatro  años  de  edad_,  que  ansioso  de  abrazar  á  su  Augusto  Padre 
hubo  de  llegar  acompañado  de  un  Gentil-hombre;  por  cierto  que  la  no- 
che del  día  12  se  la  pasó  al  lado  de  una  hoguera  calentándose  como 
pudiera  hacerlo  un  veterano,  y  muy  contento  al  verse  entre  soldados, 
sin  fijarse  en  la  inclemencia  del  tiempo,  y  siendo  objeto  del  más  entu- 
siasta cariño  por  parte  de  cuantos  tuvimos  la  honra  de  saludar  al  digno 
hijo  del  primer  General  de  los  ejércitos  carlistas. 

El  efecto  moral  de  la  retirada  de  Irún  faé  fatal  para  los  carlistas;  y 
sin  embargo,  no  estamos  conformes  con  los  escritores  liberales  que  ha- 
blan del  desastre  que  hubieran  sufrido  los  carlistas  si  hubieran  sido 


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D.    JAIME   DE    BORBUX    Y    SU    GUARDIA    DK    CADETP:S 


perseguidos  por  las  tropas  liberales,  porque  en  Irún  como  en  Bilbao^  el 
espíritu  del  voluntario  era  tan  levantado  en  las  derrotas  como  en  las 
victorias. 

Pero  como  el  fracaso  había  sido  muy  sentido  hubo  quien  se  atrevió 
á  culpar  de  todo  al  caballeroso  General  Ceballos,  y  éste  pidió  la  inme- 
diata formación  de  una  sumaria  para  aclarar  responsabilidades  y  de- 
fenderse, como  lo  hizo  plenamente  por  sí  mismo^  y  por  medio  de  su 
defensor  el  Brigadier  Férula,  pues  habiendo  comparecido  ante  un  Con- 


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scjo  de  Guerra  compuesto  de  los  generales  Mendiry^  Argonz  é  ítur- 
mendi,  y  de  los  brigadieres  Yoldi,  Bosque,  Arel  laño  y  Landa,  después 
de  dar  sus  descargos  Ceballos,  el  mismo  Fiscal,  que  lo  era  el  General 
Larramendi,  pidió,  y  decidió  el  Consejo,  que  el  Teniente  General  don 
Hermenegildo  Diaz  de  Ceballos  fuese  absuelto  libremente  y  con  las 
notas  más  favorables,  publicándose  la  sentencia  en  la  Orden  General 
del  Ejército  carlista. 

En  nuestra  humilde  opinión,  y  dejando  desde  luego  á  salvo  el  valor, 
la  lealtad  y  el  honor  de  cuantos  jefes  carlistas  tomaron  parte  en  las 
operaciones  de  Irún,  creemos  que  fueron  varios  los  que  contribuyeron 
al  mal  éxito  de  la  jornada,  aunque  todos  ellos  involuntariamente,  por 
supuesto,  y  sin  el  menor  asomo  de  perjudicar  en  lo  más  mínimo  á  la 
Causa  por  la  que  todos  se  sacrificaban;  pero  sabido  es  que  el  hombre 
no  siempre  acierta  en  la  vida:  creemos  pues,  que  hubo  falta  de  carác- 
ter en  el  General  Ceballos  al  no  imponerse  al  General  Marqués  de 
Valde-Espina  y  al  Brigadier  Zalduendo,  quienes  querían  obrar  por  su 
propia  cuenta  con  sus  navarros,  animados  del  mejor  deseo,  faltando 
entre  los  distintos  cuerpos  que  cubrían  la  línea  esa  absoluta  unidad  de 
mando  y  de  acción  sin  la  cual  se  comprometen  las  victorias;  pero  de 
esto  tuvo  la  principal  culpa  el  Capitán  General  Elío  quien  por  su  respe- 
tabilidad notoria,  por  su  cargo  de  Ministro  de  la  Guerra  y  por  su  gradua- 
ción superior  á  la  de  todos,  era  el  único  que  sin  herir  las  más  exquisi- 
tas susceptibilidades  de  nadie,  podía  haber  aunado  las  voluntades  y 
los  esfuerzos  de  unos  y  de  otros,  asumiendo  el  mando  en  Jefe  y  afron- 
tando las  responsabilidades  de  la  jornada,  dirigiendo  directa  y  perso- 
nalmente las  operaciones,  tanto  en  conjunto  como  en  detalles  á  fin  de 
que  hasta  en  los  más  pequeños  de  éstos  hubiese  presidido  esa  cohesión 
de  mando  sin  la  cual  no  se  puede  vencer  nunca. 

El  periódico  liberal  La  Iberia  decía  por  aquellos  días:  «Ayer  y  hoy 
»han  sido  incendiados  por  nuestras  tropas  todos  los  caseríos  que  se  ha- 
»llaban  abandonados,  y  no  exagero  si  le  digo  que  su  número  llega  á 
«ciento.  Es  una  necesidad,  pero  horrible,  etc.»  También  recordamos 
otro  detalle:  al  dar  noticia  al  Gobierno  de  Madrid  el  Gobernador  de 
Guipúzcoa  de  las  operaciones  de  las  tropas  liberales,  le  decía  entre 
otras  cosas,  desde  Santiagomendi,  lo  que  sigue:  «Nuestro  valiente  Ejér- 
»cito  viene  alcanzando  á  nuestra  vista  por  Garinchusquieta,  quemando 
«caseríos.»  Por  lo  visto,  en  el  Ejército  liberal  seguían  figurando  algu- 
nos de  aquellos  á  quienes  el  mismo  Capitán  General  Marqués  del  Duero 
apostrofó  duramente  y  pensó  castigar  cuando  los  incendios  de  Abárzuza, 
Zabal  y  Villatuerta:  dato  importante  que  también  debe  tenerse  en 
cuenta  al  tratar  de  juzgar  imparcialmente  la  severa  conducta  observada 


—  238  — 

por  el  General  carlista  Dorregaray  ante  los  incendios  realizados  por 
los  liberales  en  Navarra. 

Las  bajas  del  Ejército  liberal  en  las  operaciones  de  Irún  fueron 
treinta  muertos  (entre  ellos  diez  y  nueve  oficiales)  y  doscientos  setenta 
heridos  y  contusos,  habiendo  sufrido  los  carlistas  las  mismas  pérdidas, 
próximamente,  si  bien  sentimos  no  poder  precisarlas  por  no  recordarlas 
ahora  y  por  carecer  de  datos  oficiales  sobre  el  particular. 

Después  del  levantamiento  del  sitio  de  Irún  y  retirada  de  los  car- 
listas á  Vera,  volvieron  á  Navarra  los  batallones  de  dicha  provincia, 
y  el  Ejército  liberal  regresó  á  la  Ribera  del  Ebro  dejando  en  Guipúzcoa 
al  General  Loma  reforzado  con  algunos  batallones  y  baterías. 


Antes  de  terminar  este  capítulo  cúmplenos  dar  cuenta  de  un  hecho 
que  inñuyó  moral  y  materialmente  en  el  Carlismo:  nos  referimos  al 
apoyo  que  hubieron  de  prestarle  los  Borbones  de  Parma  y  de  Ñapóles, 
representados  los  primeros  por  el  Duque  de  Parma  y  por  el  Conde  de 
Bardi,  y  representados  los  segundos  por  los  Condes  de  Caserta  y  de 
Barí,  quienes  durante  el  sitio  de  Irún  se  presentaron  á  ofrecer  sus  ser- 
vicios á  Don  Carlos  de  Borbón. 

Como  S.  A.  R.  el  Conde  de  Caserta  había  sido  Coronel  de  Artillería 
en  el  Ejército  de  Ñapóles,  al  ingresar  en  el  Ejército  carlista  solicitó  y 
obtuvo  de  los  oficiales  de  Artillería  el  formar  parte  de  dicho  Cuerpo, 
tomando  la  antigüedad  correspondiente,  colocándose  entre  los  corone- 
les Pagés  y  Pérez  de  Guzmán.  Importante  adquisición  fué  la  de  S.  A.  R. , 
tanto  para  el  Cuerpo  de  Artillería  que  tantísimo  se  honró  al  contarle 
entre  sus  jefes,  como  para  todo  el  Ejército  carlista  á  cuyo  frente  llegó  á 
figurar  más  tarde,  después  de  haberse  distinguido  en  numerosas  accio- 
nes de  guerra  en  las  que  conquistó  los  ascensos  á  Brigadier  y  Mariscal 
de  Campo. 


D.    JUAN   JOSÉ   DE   AIZPUKUA 


Capitulo  XXI 

Infructuoso  ataque  á  San  Marcial. — Acción  de  Urnieta,  en  7  y  8  de 
Diciembre. — JEl  Duque  de  la  Torre  vuelve  á  mandar  en  Jefe  el 
Ejército  del  Norte. — Proclamación  de  Alfonso  XII. 

COMO  indicamos  en  el  capítulo  anterior,  el  disgusto  de  los  carlistas 
por  lo  de  Irún  no  se  dejó  sentir  gran  cosa,  análogamente  á  lo 
ocurrido  cuando  la  retirada  de  Bilbao,  y  no  tardaron  en  dar  señales 
de  vida.  Parte  de  la  División  carlista  guipuzcoana  y  algunos  otros  ba- 
tallones de  los  que  concurrieron  á  las  operaciones  de  Irún,  se  hallaban 
escalonados  desde  Lastaola  á  Sumbilla,  y  la  Artillería  de  sitio  y  la  Ba- 
tería de  posición  de  Rodríguez  Vera  hallábanse  acantonadas  en  este 
último  punto.  Por  aquellos  días  cayó  en  los  montes  una  espesísima  ne- 
vada que  impidió  la  salida  de  sus  cuarteles  de  invierno  á  las  fuerzas 
liberales  y  carlistas.  Reforzadas  que  fueron  las  republicanas  de  la  pro- 
vincia, regresó,  como  dijimos,  el  General  en  Jefe  La  Serna  á  la  ribera 
de  Navarra.  Las  tropas  liberales  de  Guipúzcoa  se  componían  entonces 
de  la  División  mandada  por  el  General  Blanco  con  las  brigadas  Ovie- 
do, Infanzón  y  Salcedo,  fuertes  de  ocho  batallones  de  línea,  cuatro  de 
cazadores,  tres  baterías  de  Montaña^  cinco  compañías  de  Ingenieros  y 
un  Regimiento  de  Caballería,  Foi mando  parte  del  Cuerpo  de  Ejército 


—  240  — 

del  General  D.  José  de  Loma,  se  hallaba  la  División  del  General  Ville- 
gas, compuesta  de  ocho  batallones,  y  que  operaba  independientemente 
en  los  valles  de  Losa  y  Mena  (Vizcaya). 

Como  á  los  carlistas  molestaba  mucho  que  el  enemigo  se  posesiona- 
ra por  tiempo  indefinido  del  monte  y  ermita  de  San  Marcial,  dispusie- 
ron á  los  pocos  días  de  la  retirada  de  Irún,  darle  una  seria  acometida 
para  que  volviera  á  su  poder  tan  codiciada  posición,  tratando  de  sor- 
prender á  los  liberales.  Hallábanse  cuatro  compañías  de  éstos  en  San 
Marcial,  protegiendo  los  trabajos  de  un  fuerte  en  construcción,  y  el 
Jefe  del  8."  Batallón  de  Guipúzcoa,  Vicuña,  simuló  un  ataque  á  la  pla- 
za de  Irún,  hacia  la  cadena,  cargando  fieramente  con  algunas  compa- 
ñías sobre  los  que  guarnecían  San  Marcial.  Sorprendidas  las  fuerzas 
liberales,  se  retiraron  en  dispersión  ante  el  rudo  empuje  de  los  carlis- 
tas, á  excepción  de  un  Teniente  que,  con  veinte  hombres,  defendía  la 
línea  avanzada,  y  una  Compañía  que  se  hizo  fuerte  en  la  ermita.  La 
avanzada  quedó  destrozada  por  los  carlistas;  pero  la  Compañía  del  Re- 
gimiento de  Murcia  que  se  hizo  faerte  en  la  ermita  y  que,  hasta  agotar 
sus  municiones,  aguardó  el  auxilio  que  no  había  de  tardar  en  enviár- 
sele de  Irún,  consiguió  sostenerse  bravamente  hasta  la  llegada  de  tres 
compañías  y  del  Batallón  completo  de  Migueletes,  ante  cuyos  refuer- 
zos hubieron  de  retirarse  á  su  vez  los  carlistas,  aunque  acabando  antes 
con  todas  sus  municiones  y  sufriendo  algunas  bajas,  si  bien  fueron  ma- 
yores las  de  los  liberales,  pues  confesaron  haber  tenido  treinta  y  cinco 
muertos  y  veinte  y  nueve  heridos  y  contusos,  pertenecientes  casi  todos 
á  las  cuatro  compañías  que  se  hallaban  al  principio  en  San  Marcial. 

Nos  hemos  detenido  en  relatar  este  combate,  á  pesar  de  su  poca 
importancia  relativa,  nada  más  que  para  demostrar  el  buen  espíritu 
que  reinaba  en  la  División  carlista  de  Guipúzcoa,  á  pesar  de  haberse 
retirado  de  las  posiciones  de  San  Marcos  y  Choritoquieta,  tan  quebran- 
tada, al  decir  de  los  periódicos  liberales. 


Tampoco  entraba  en  las  miras  del  intrépido  General  Loma  el  per- 
manecer mucho  tiempo  en  la  inacción,  reconociendo  nosotros  en  él, 
con  toda  imparcialidad,  lo  infatigable  que  era  dicho  caudillo:  la  acción 
de  San  Marcial  fué  el  25  de  Noviembre,  y  el  7  de  Diciembre  ya  se  ha- 
llaba Loma  de  nuevo  en  activas  operacisnes. 

Como  el  General  carlista  Ceballos  fué  sometido  á  un  Consejo  de 
Guerra,  conforme  expusimos  en  el  capítulo  anterior,  hubo  de  nom- 
brarse otro  Comandante  General^  recayendo  este  nombramiento  en  el 
veterano  Brigadier  de  la  primera  guerra  civil  D.   Domingo  de  Egaña, 


—  241  ~ 

quien  había  ganado  en  aquella  camp.iña  la  Cruz  laureada  de  San  Fer- 
nando, y  como  este  Brigadier  volvía  al  Ejército  carlista  ganoso  de  de- 
mostrar que  su  valeroso  ánimo  no  liabia  padecido  con  los  años,  y  como 
del  General  Loma  podía  decirse  que  tenía  el  instinto  de  la  acometivi- 
dad, claro  es  que  vinieron  pronto  á  las  manos  los  dos  caudillos  de 
Guipúzcoa. 

El  día  7  de  Diciembre,  pues,  el  General  liberal  emprendió  un  mo- 
vimiento para  reconocer  las  posiciones  ocupadas  por  los  carlistas,  y 
ver  la  manera  más  breve  y  segura  de  alejarles,  por  lo  menos,  á  mayor 
distancia  de  sus  líneas.  No  cogió  desprevenido  al  Brigadier  Egafla  la 
salida  de  San  Sebastián  de  su  contrario,  porque  sabido  es  que  las  par- 
tidas sueltas  que  se  hallaban  mezcladas  siempre  con  los  enemigos,  te- 
nían al  Comandante  General  carlista  muy  al  corriente  hasta  de  los 
pensamientos  de  ¡os  jefes  republicanos;  así  es  que  al  emprender  la 
marcha  el  General  Loma,  encontró  prevenidos  á  los  carlistas,  apoyan- 
do su  derecha  en  las  trincheras  de  Goibnru  y  Fagollaga,  su  centro  en 
Urnieta,  y  su  izquierda  en  Monte-Eípino.  En  Urnieta  se  hallaba  con 
dos  batallones  el  Brigadier  Aizpurúa,  y  más  á  retaguardia,  con  la  re- 
serva, el  Comandante  General  carlista. 

Los  liberales  atacaron  con  decisión  el  centro,  llamando  la  atención 
de  sus  enemigos,  á  la  vez,  por  sus  alas  Los  carlistas  les  dejaron  llegar 
hasta  la  misma  población,  pero  al  querer  intentar  rebasarla,  se  rehi- 
cieron y  con  una  vigorosa  carga  á  la  bayoneta  consiguieron  rechazar 
á  los  liberales  en  toda  la  línea. 

A  continuación  copiamos  el  parte  dado  por  el  Brigadier  Egaña  al 
Ministro  de  la  Guerra,  desde  Andoaín:  «Exemo.  Sr. — El  enemigo  salió 
»de  Hernani  en  la  tarde  del  7,  fuerte  de  3,000  hombres,  con  el  Geoeral 
»Blanco,  dirigiéndose  al  centro  de  nuestra  línea,  y  una  pequeña  parte 
»á  Goiburu  y  Fagollaga.  Ordenado  tenía  al  Brigadier  Aizpurúa  contu- 
»viese  al  enemigo  con  los  batallones  4.°  y  7.**  de  Guipúzcoa;  A  pocolle- 
»gué  yo  con  el  1.",  cargando  aquellos  entonces  á  la  bayoneta,  con  ¡a 
»mayor  decisión,  causando  al  enemigo  más  de  cien  muertos  y  hacién- 
»doks  l')S  prisioneros.  Supuse  desde  luego  fuese  un  reconocimiento,  es- 
»perando  el  ataque  del  día  siguiente,  como  asi  se  verificó.— El  día  8, 
»á  las  12  de  la  mañana,  salió  de  nuevo  el  enemigo,  de  Hernani,  con 
»unos  12,000  hombres,  divididos  entres  columnas.  La  primera,  de  4 
«batallones  se  dirigió  hacia  Fagollaga,  donde  tenía  situados  en  trin- 
»cheras  á  los  batallones  2."^  y  o."  de  Guipúzcoa:  la  segunda  columna, 
»de  5,000  hombres,  tomó  la  dirección  de  Burunza;  y  la  tercera,  con 
»3,000,  hacia  Urnieta.  Suponiendo  que  acaso  tratasen  los  liberales  do 
»pasar  el  Oria  por  Lasarte  ó  Zubicta,  destaqué  al  Brigadier  Aizpurúa 

16 


—  242   — 

»con  el  6.^  Batallón  para  impedirlo,  juntamente  con  una  partida  de  80 
»hombres.  Al  mismo  tiempo,  previne  rápidamente  al  General  Mogro- 
»vejo,  que  se  hallaba  en  Villabona,  ordenara  al  Batallón  Guías  del  Rey 
»que  viniera  á  Andoain  para  reforzarme,  mientras  yo  salía  con  el  l.er 
«Batallón  hacia  el  centro  de  mi  línea.  A  la  una  se  hallaba  ya  á  mi  lado 
»el  citado  Batallón  de  Guías  del  Rey,  á  cuyo  frente  llegó  también  en 
»mi  ayuda  el  General  D.  Antonio  Diez  Mogrovejo.  Cuando  se  me  unió 
»este  refuerzo,  el  fuego  era  general  en  toda  la  línea,  distribuyendo  las 
«fuerzas  todas,  de  modo  que  la  vanguardia  carlista  fué  reforzada  con 
»el  7.°  Batallón  y  una  Compañía  de  Guías;  la  izquierda,  ó  sea  Burun- 
»za^  dónde  se  hallaban  diez  compañías  del  4.*  y  6.'\  se  reforzó  con  4 
«Compañías  de  Guías  del  Rey:  las  tres  restantes  del  valiente  Batallón 
»se  destinaron  al  centro  de  nuestra  línea. — El  fuego  seguía  nutrido, 
«especialmente  por  el  centro,  á  pesar  de  batirnos  al  descubierto,  y  ba- 
«jo  los  fuegos  del  castillo  de  Santa  Bárbara  de  Hernani.  Al  fin  retiróse 
«el  enemigo,  quebrantado  por  las  repetidas  cargas  á  la  bayoneta  que 
«se  le  dieron  por  los  bizarros  batallones  guipuzcoanos  y  el  de  Guías 
«del  Rey,  en  noble  competencia.  Se  recogieron  más  de  300  fusiles;  pero 
«no  pudieron  hacérsele  prisioneros,  como  el  primer  día,  por  haberse 
«verificado  su  ataque  al  amparo  de  sus  fuertes. — Se  cree  que  sus  bajas 
«llegarían  á  2,000^,  entre  ellas  su  Comandante  General  D.  José  de  Lo- 
»ma.  Las  nuestras  fueron  o  oficiales  y  31  voluntarios  muertos,  IG  ofi- 
«ciales  y  140  voluntarios  heridos,  entre  ellos  el  arrojado  General  Mo- 
«grovejo. — Domingo  Egaña.» 

Ciertamente  que  no  peca  de  difuso  el  parte  anterior,  así  es  que  de- 
bemos detallar  algo  más  lo  ocurrido. 

En  el  primer  día  de  combate,  ó  sea  el  del  reconocimiento,  tuvieron 
los  liberales  tres  muertos,  cincuenta  y  tres  heridos,  y  se  les  hicieron 
veinte  y  ocho  prisionsros,  entre  ellos  un  Capitán  del  Regimiento  de 
Luchana,  á  causa  de  haber  sido  envueltos  por  los  carlistas.  Las  tropas 
del  General  Loma  habíanse  dividido  en  dos  brigadas,  la  primera  con 
cuatro  batallones  y  cuatro  piezas  de  ]\Iontaña,  mandada  por  el  Briga- 
dier Oviedo:  la  segunda,  compuesta  de  cinco  batallones  y  una  Batería 
de  Montaña.  La  primera  recibió  orden  de  dirigirse  á  Urnieta  y  An- 
doain por  las  alturas  de  la  izquierda  carlista:  un  Batallón  debía  prote- 
ger la  izquierda  liberal,  y  cuatro  batallones  del  Brigadier  Calleja, 
quedaron  encargados  de  embestir  el  centro. 

Hemos  indicado  que  los  batallones  2.°  y  3."  de  Guipúzcoa  defendían 
en  Fagollaga  la  derecha  carlista:  que  el  centro  estaba  en  Urnieta,  que 
defendía  Batallón  y  medio,  y  que  la  izquierda,  compuesta  de  dos  bata- 
llones, defendía  la  elevada  posición  de  Peña-Espino.  La  disposición  del 


—   243   — 

terreno  fué  hábilmente  esplotada  por  los  carlistas,  según  dice  la  Na- 
rración militar  de  la  guerra  carlista,  escrita  por  el  ilustrado  Cuerpo 
de  Estado  Mayor  del  Ejército. 

El  centro  carlista,  que  lo  fué  siempre  el  pueblo  de  Urnieta,  fué  tes- 
tigo de  una  lucha  gigantesca  entre  ambas  tropas  contendientes,  pues 
«i  rudo  y  enérgico  fué  el  ataque  de  los  batallones  liberales,  no  lo  fue- 
ron menos  la  defensa,  primero,  y  después  las  cargas  á  la  bayoneta  de 
los  carlistas,  de  tal  manera  que  las  fuerzas  liberales  hubieron  de  ini- 
ciar la  retirada  en  bastante  desorden.  Visto  esto  por  el  impetuoso  Ge- 
neral Loma,  á  quien  no  escasearemos  nuestras  justas  alabanzas,  se 
puso  á  la  cabeza  de  unas  compañías,  espada  en  mano,  para  impedir  la 
retirada  de  su  gente,  seguido  de  su  Estado  Mayor.  Entonces  fué  cuan- 
do un  certero  disparo  de  la  derecha  carlista  le  hirió  gravemente,  asi 
como  otro  mató  á  un  Ayudante  de  Campo  del  General  Blan<!0,  quien 
se  hallaba  á  su  lado  y  que  tomó  inmediatamente  el  mando.  Rehechas 
un  tanto  las  tropas  liberales  que  se  habían  desordenado^  pudieron  en- 
tablar de  nuevo  el  combate,  pues  mientras  tanto,  la  Brigada  Oviedo 
había  coronado  la  posición  más  importante,  y  el  Brigadier  Calleja  re- 
cibía orden  de  apoderarse  de  un  grupo  de  casas  ocupado  por  los  car- 
listas. Baste  decir  que  fueron  tomadas  y  perdidas  tres  veces  las  casas, 
en  lucha  por  demás  sangrienta,  hasta  que  la  noche  puso  fin  á  tan  reñi- 
da lucha,  Y  no  sabemos  cómo  habría  terminado  el  empeño  de  unos  y 
•de  otros,  si  el  tiempo,  metiéndose  en  agua,  nieve  y  viento  no  hubiera 
impedido  reanudar  el  combate  al  día  siguiente^  retirándose  liberales 
y  carlistas  á  sus  antiguas  posiciones. 

Como  ya  sabemos,  fué  herido  gravemente  en  esta  acción  el  General 
carlista  D.  Antonio  Diez  Mogrovejo  (cuyo  retrato  aparece  en  el  capí- 
tulo viii),  veterano  de  la  primera  guerra  civil  en  la  que  se  había  dis- 
tinguido notablemente  ganando  la  Cruz  de  San  Fernando  y  llegando  á 
mandar  un  Batallón  de  la  División  carlista  de  Castilla.  Adherido  des- 
pués al  Convenio  de  Vergara,  confirmó  bien  pronto  en  el  Ejército  de 
Isabel  II  la  justa  fama  de  entendido  y  de  bravo  que  había  adquirido 
en  el  campo  carlista,  ascendiendo  bien  merecidamente  á  Brigadier, 
desempeñando  importantes  cargos  militares,  cubriéndose  de  gloria  al 
frente  de  una  Brigada  en  la  célebre  campaña  de  África,  en  la  que 
ganó  la  Cruz  de  3.''^  clase  de  San  Fernando  y  la  gran  Cruz  de  Isabel 
la  Católica,  alcanzando,  en  fin,  el  alto  concepto  de  ser  uno  de  los  más 
brillantes  oficiales  generales  del  reinado  de  D.*^  Isabel  II,  por  quien  se 
batió  en  la  memorable  batalla  de  Alcolea  mandando  una  de  las  briga- 
das del  Ejército  del  ilustre  Capitán  General  Marqués  de  Novaliches; 
finalmente  tuvo  á  su  cargo,  en  la  última  guerra  civil,  la  Comandancia 


—  244  — 

General  carlista  de  Castilla  y  la  Jefatura  del  Cuarto  Militar  de  Don 
Carlos  de  Borbón. 

También  distinguiéronse  en  la  acción  de  Urnieta  el  Brigadier  car- 
lista D.  Juan  José  Aizpurúa,  veterano  de  la  primera  guerra  civil,  en 
la  que  había  ganado  la  Cruz  de  San  Femando  y  alcanzado  el  empleo 
de  Comandante,  y  el  actual  Ayudante  de  Campo  de  Don  Carlos,  don 
Joaquín  Sacancll,  antiguo  oficial  de  Cazadores  de  Tarifa,  A  quien  cupo 


D.    JOAQUÍN   SACANELL 

el  honor  de  mandar  en  Urnieta  el  brillante  Batallón  de  Guías  del  Rey 
que  tanto  se  acreditó  en  esta  sangrienta  jornada. 

A  principios  de  Diciembre  fué  nuevamente  nombrado  General  en 
Jefe  del  Ejército  del  Xorte  el  Capitán  General  Duque  de  la  Torre,  Pre- 
sidente del  Poder  ejecutivo  de  la  Pepública,  pasando  á  desempeñar  el 
Teniente  General  Laserna  el  cargo  de  Jefe  de  Estado  Mayor  General, 
proponiéndose  ambos  generales,  de  acuerdo  con  el  Ministro  de  la  Gue- 
rra Serrano  Bedoya^  librar  á  Pamplona  del  riguroso  bloqueo  en  que 
tenían  los  carlistas  cá  dicha  plaza. 

Reforzado,  al  efecto,  el  Ejército  republicano  con  poderosos  elemeu' 


—  245  — 

tos,  quedó  orf^anizado  en  tres  cuerpos  mandados  por  los  Tenientes  Ge- 
nerales D.  Domingo  Morlones,  D.  Cándido  Pieltaniz  y  D.  José  de  Loma, 
y  una  División  llamada  de  Vizcaya,  á  las  órdenes  del  Mariscal  de 
Campo  Morales  de  los  Ríos. 

El  primer  Cuerpo  se  componía  de  veinte  y  un  batallones  de  Infan- 
tería, dos  baterías  de  Montaña,  cuatro  baterías  montadas,  cuatro  com- 
pañías de  Ingenieros  y  tres  regimientos  de  Caballería,  formando  di- 
chas fuerzas  tres  divisiones  mandadas  por  los  Mariscales  de  Campo 
Colomo,  Catalán  y  Merelo,  y  seis  brigadas  á  las  órdenes  de  los  briga- 
dieres Mariné,  Ruíz  de  Alcalá,  Otal,  Cortijo,  Prendergast  y  Jaquetot. 

El  segando  Cuerpo  se  componía  de  veinte  y  un  batallones^  tres  ba- 
terías montadas,  dos  baterías  de  Montaña,  una  Compañía  de  Ingenie- 
ros y  tres  regimientos  de  Caballería,  formando  dichas  fuerzas  tres 
divisiones  mandadas  por  los  mariscales  de  Campo  La  Portilla,  Fajardo, 
y  García  Tassara,  y  seis  brigadas  á  las  órdenes  de  los  brigadieres 
Pino,  Acellana,  Espina,  Bargés,  Moltó  y  Serrano. 

El  tercer  Caerpo  se  componía  de  veinte  batallones,  dos  baterías  de 
JIontaña,  una  batería  Montada,  cinco  compañías  de  Ingenieros  y  un 
Regimiento  de  Caballería,  formando  dichas  fuerzas  dos  divisiones 
mandadas  per  los  mariscales  de  Campo  Villegas  y  Blanco,  y  cinco  bri- 
gadas á  las  órdenes  de  los  brigadieres  Pazos,  Velasco,  Oviedo,  Infan- 
zón y  Salcedo. 

La  División  de  Vizcaya  se  componía  de  ocho  batallones  formando 
dos  brigadas  á  las  órdenes  de  los  brigadieres  Mendeviela  y  Erenas. 

Finalmente,  existían  afectas  al  Cuartel  General  cinco  baterías  mon- 
tadas con  el  Comandante  General  de  Artillería  Brigadier  Prat,  y  once 
compañías  de  Ingenieros,  con  el  Comandante  General  de  dicho  Cuer- 
po, Brigadier  Barriel,  y  como  además  de  todas  las  tropas  ya  mencio- 
nadas, había  prestando  el  servicio  de  guarnición  cuatro  batallones  en 
Navarra,  cinco  liatallones,  una  Batería  Montada  y  un  Regimiento  de 
Caballería,  en  las  provincias  vascongadas,  y  diez  batallones  distribui- 
dos desde  Santander  por  Miranda  de  Ebro  hasta  Logroño,  resultaba 
que  el  Ejército  republicano  del  Norte,  á  cuyo  frente  se  puso  el  Duque 
de  la  Torre  en  Diciembre,  se  componía  de  un  total  de  ochenta  y  nueve 
batallones  de  Infíintería,  catorce  baterías  montadas^  seis  baterías  de 
Montaña,  veinte  y  una  compañías  de  Ingenieros  y  ocho  regimientos 
de  Caballería,  sin  contar  la  Guardia  Civil  y  los  cuerpos  de  voluntarios. 

No  había  dejado  de  ser  afortunado  para  los  carlistas  el  año  que 
terminaba.  Prescindiendo  de  combates  poco  importantes,  comenzó  con 
la  toma  de  la  plaza  de  Portugaletc  y  los  fuertes  de  Luchana  y  el  Da- 


—  246  — 

sierto:  continuó  con  el  sitio  de  Bilbao  y  los  legendarios  combates  de 
Somorrostro,  de  los  cuales  ganaron  los  carlistas  los  dos  primeros,  per- 
diendo el  último;  siguió  después  el  sitio  de  Hernani,  la  brillante  victo- 
ria de  Abárzuza,  la  toma  de  La  Guardia,  la  acción  de  Oteiza,  perdida 
por  los  carlistas,  las  de  Biurrun  y  Monte  San  Juan,  ganada  aquélla  y 
perdida  ésta,  el  sitio  de  Irún  con  el  desgraciado  combate  de  San  Mar- 
cos y  Choritoquieta,  y  finalmente,  la  acción  de  Urnieta,  ganada  por 
los  carlistas.  Es  decir,  que  éstos  habían  vencido  en  cinco  acciones  im- 


D.    ALFOÍsSO    XII 


portantes  y  perdido  cuatro,  ganando  dos  plazas  y  tres  faertes  y  reti- 
rándose de  Bilbao,  Hernani  é  Irvm,  y  que  en  total,  habían  crecido  ex- 
traordinariamente en  fuerza  moral  y  material,  puesto  que  la  revista 
pasada  á  todos  los  carlistas  en  armas  en  el  Norte,  en  Cataluña  y  en  el 
Centro,  arrojaba  cien  mil  combatientes  y  más  de  cien  piezas  rayadas 
de  Artillería. 

Un  hecho  de  gran  trascendencia  ocurrió  en  el  campo  liberal  en  los 
últimos  días  del  año  1874:  la  proclamación  de  Don  Alfonso  XII,  digno 
fin  y  remate  de  la  Revolución  de  1868,  puesto  que  dicho  acto  mereció 
la  aprobación  de  la  inmensa  mayoría  de  los  vencidos  y  de  los  que  ven- 
cieron en  la  batalla  de  Alcolea.  Nada  diremos  por  nuestra  propia 


—  247  — 

cuenta  sobre  suceso  tan  memorable,  pues  aunqne  nosotros  continuamos 
peleando  hasta  el  fin  por  Don  Carlos  de  Borbón,  siempre  hubimos  de 
considerar  con  afectuoso  respeto  al  egregio  hijo  de  nuestra  antigua, 
bondadosa  y  amada  Reina  D.'*^  Isabel  II,  por  cuya  Augusta  Señora  ha- 
bíamos tenido  el  honor  de  batirnos  en  las  calles  de  ^Eadrid,  en  los 
campos  de  África  y  en  el  puente  de  Alcolea;  por  cierto  que  al  evocar 
ahora,  ya  en  el  invierno  de  la  vida,  nuestros  recuerdos  militares,  poco 
encontramos  que  nos  satisfaga  tanto  como  esto  de  pensar  que,  cortesa- 
nos de  la  desgracia,  hemos  tenido  la  honra  de  ser  de  los  últimos  solda- 
dos de  Doña  Isabel  y  de  los  militares  fieles  hasta  el  último  momento  á 
Don  Carlos,  defendiendo  el  trono  de  aquella  Augusta  Señora  en  la 
sangrienta  batalla  que  dio  el  triunfo  á  una  revolución  que  podríamos 
apellidar  de  las  ingratitudes,  y  rindiendo  más  tarde  los  últimos  hono- 
res reales  y  escoltando  á  Don  Carlos  de  Borbón  cuando  vencido  por  la 
adversa  fortuna  pidió  hospitalidad  á  la  Nación  francesa. 

Limitarémonos,  pues,  á  copiar  lo  más  importante  de  cuanto  se  ha 
consignado  en  varias  publicaciones  al  hablar  de  la  proclamación  de 
Alfonso  XII;  pero  haciendo  constar  ante  todo  que  aquel  hecho  histórico 
hizo  resaltar  una  vez  más  la  caballerosidad  nunca  desmentida  del 
egregio  Señor  Don  Carlos  de  Borbón,  dejando  éste  Augusto  Príncipe  en 
libertad  de  ir  á  servir  al  hijo  de  Doña  Isabel  II,  á  todos  aquellos  jefes 
y  oficiales  suyos  que  procedíamos  del  antiguo  Ejército  isabelino,  no  de- 
jando de  aceptar  algunos,  aunque  pocos,  de  los  que  solamente  fueron 
al  Ejército  carlista  por  ser  la  Bandera  de  Don  Carlos  la  única  monár- 
quica desplegada  al  viento,  en  contra  de  la  Interinidad  y  de  la  Repú- 
blica nacidas  de  la  Revolución  de  Septiembre  de  1868. 

La  Narración  militar  de  la  guerra  carlista,  del  Cuerpo  de  Estado 
Mayor,  dice  así:  «Un  suceso  de  suma  trascendencia  cambió  Li  manera 
»de  ser  política  de  la  Nación,  y  por  tal  causa  se  suspendió  por  de  pren- 
oto la  operación  de  referencia  (el  socorro  de  Pamplona).  El  Mariscal  de 
»Campo  D.  Arsenio  Martínez  Campos,  proclamó  en  las  inmediaciones 
»de  Sagunto,  al  frente  de  la  Brigada  Daban,  la  monarquía  de  Alfon- 
»so  XII,  y  en  breve  fué  secundado  por  todo  el  Ejército  de  la  Nación.» 

D.  Antonio  Pirala^  en  su  Historia  contemporánea,  se  expresa  de  es- 
te modo:  «Al  regresar  á  Sagunto  (después  de  la  proclamación)  telegra- 
»fió  el  General  Martínez  Campos  al  Presidente  del  Consejo  de  Ministros 
»y  Ministro  de  la  Guerra,  diciendo  que  tenía  la  alta  satisfacción  de 
»anunciar  la  proclamación  que  había  hecho,  que  el  Gobierno  no  podía 
»dejar  de  aceptar  aquella  solución,  que  era  la  que  deseaba  el  pueblo, 
»y  la  que  podía  salvar  de  la  anarquía  y  de  la  guerra  civil,  adoptando 
»como  programa  el  manifiesto  del  Príncipe. — Adhirióse  al  movimiento 


—  248  — 

»cl  General  Jovellar,  participándolo  así  desde  Nales  al  Ministro  de  la 
«Guerra  ..  Este  le  contestó  inmediatamente  lo  que  sigue:  Sabida  por 
»mí  y  por  el  Gobierno  la  conducta  de  V.,  y  el  uso  que  ha  hecho  del 
«mando  que  el  mismo  Gobierno  habia  confiado  al  General  y  al...  nada 
» tengo  ya  que  decirle,  como  no  sea  recordarle  su  despedida,  las  confe- 
»rencias  que  la  precedieron,  y  que  el  Ejército  dal  Norte  se  halla  al 
«frente  del  enemigo  » 

En  la  obra  Juicio  critico  ríe  ¡a  guerra  civil,  se  lee  lo  siguiente:  «Co- 
»ino  el  Gobierno  y  los  partidos  liberales  tenían  muchos  amigos  en  el 
«Ejército,  es  muy  posible  que  si  se  hubieran  puesto  faera  de  juego  á 
«los  que  en  ^Madrid  y  en  el  Norte,  desempeñaban  mandos  importantes 
«y  estaban  en  inteligencia  con  los  insurrectos,  se  hubiera  podido  aho- 
»gar  en  su  origen  la  sublevación  que  el  Gobierno  calificaba  con  dure- 
»za;  el  mismo  Cánovas  condenaba  como  una  calaverada  y  hasta  desa- 
«probó  el  que  había  de  personificar  la  restauración  y  dirigir  constitu- 
»cionalmente  sus  destinos,  por  la  forma  y  manera  de  haberse  llevado 
»á  cabo  el  hecho.» 

En  la  continuación  de  la  Historia  General  de  España,  por  D.  M. 
Lafuente,  emite  D.  Juan  Valera  los  siguientes  conceptos:  «Adhirióse 
»al  movimiento  el  General  Jovellar.  .  negóse  á  hacerlo  el  General  Cas- 
«tillo  que  se  hallaba  de  Capitán  General  de  Valencia,  manifestando 
»que  no  le  permitía  la  severidad  de  sus  principios  militares,  ni  los  de 
«su  honor,  faltar  á  los  deberes  que  tenía  respecto  al  Gobierno  que  le 
«habia  confiado  aquel  mando,  negándose  repetida  y  resueltamente  á 
«ponerse  al  lado  de  los  que  siempre  fueron  sus  amigos  .  » 

Finalmente,  un  escritor  militar  nada  sospechoso  y  acérrimo  enemi- 
go de  los  carlistas  se  expresa  así:  «Se  suspendieron  las  operaciones  y 
«se  trató  de  atraer  á  los  partidarios  de  Don  Carlos  haciéndoles  ofrecí - 
»mientos  y  concesiones  con  ese  objeto.  Pero  Dorregaray,  Berrizy  otros 
«antigaos  jefes  del  Ejército  que  servían  con  los  carlistas,  rechazaron 
«las  ofertas  é  hicieron  entusiastas  prote  ;tas  de  adhesión  á  Don  Carlos: 
»los  oficiales  de  Artillería  carlista,  requeridos  j^or  sus  compañeros  del 
^Ejército  para  c^ue  se  les  incorporasen,  toda  vez  que  habían  desapare- 
»cido  los  desórdenes  federales  y  la  Be2)ública,  ¡Ji'etexto  de  su  separa- 
»ción,   contestaron  con  firme  resolución  de  no  abandonar  sus  bande- 


EL   CONDE   DE   BARDI 


Capitulo  XXII 


Objetivos,  número  y  clase  de  los  ejércitos  liberal  y  carlista  en  la  línea 
del  Carrascal.  —  Operaciones  de  los  días  SI  de  Enero  y  1  y  2  de  Fe- 
brero.— Batalla  de  Lacar. 


Asi  como  el  levantamiento  de  los  sitios  de  Tolosa,  Bilbao  é  Irán 
dio  lugar  á  los  combates  de  Velabieta,  Somorrostro  y  San  Mar- 
cos, el  rompimiento  del  bloqueo  de  Pamplona  había  de  ser  origen  de 
otros  combates,  como  los  de  Biurrun  y  Monte  San  Juan  en  1874,  de  los 
cuales  ya  hemos  hablado,  y  el  de  Lacar  y  Lorca,  en  1875. 

Tiempo  hacía,  pues,  que  cada  convoy  de  abastecimiento  de  la  ca- 
pital de  Navarra  costaba  una  reñida  acción  al  Ejército  liberal,  y  desde 
el  74  databa  el  empeño  de  los  carlistas  en  bloquear  á  Pamplona,  no 
para  hacerse  de  ella  dueños,  pues  sus  medios  de  ataque  no  podían  en. 
modo  alguno  equipararse  á  las  defensas  del  enemigo,  que  amparado 


—  250  — 

de  una  plaza  fuerte,  dotada  do  todo  género  de  recursos  y  combatien- 
tes, hacía  desesperar  de  su  posesión  á  los  más  optimistas.  El  empeña 
de  los  carlistas  estribaba,  por  lo  tanto,  en  atraer  á  los  liberales  á  te- 
rrenos conocidos  de  fácil  defensa,  donde  pudieran  contrarrestar  el  nú- 
mero, con  posiciones  elegidas  de  antemano,  obligándoles  á  aceptar 
empeños  en  desfavorables  condiciones. 

Por  esta  razón,  después  de  la  batalla  de  Abárzuza,  el  General  car- 
lista Dorregaray  estudió  la  linea  del  Carrascal,  y  reunió  un  respetable 
número  de  batallones  y  baterías  en  Navarra,  para  no  sólo  cubrir  á. 
Estella  de  un  golpe  de  mano,  si  no  también  para  llevar  su  defensa 
desde  Puente-la -Reina  á  Lumbier,  cubriendo  el  camino  de  Tafalla  á 
Pamplona,  á  fin  de  atraer  al  enemigo  á  las  citadas  posiciones  del  Ca- 
rrascal. 

El  General  carlista  Mendiry,  también  atendió  preferentemente  estos- 
trabajos,  y  á  excepción  del  período  del  sitio  de  Irún,  durante  el  cual 
se  desprendió  de  algunos  batallones  navarros  para  ayudar  á  los  gui- 
puzcoanos,  sostuvo  siempre  en  Navarra  numerosa  Infantería  y  Artille- 
ría, y  aumentó  las  defensas  del  Carrascal,  abriendo  trincheras  bajo  la 
dirección  de  los  jefes  de  los  cuerpos  y  levantando  baterías  bajo  la  de 
los  artilleros. 

Había,  pues,  en  Enero  de  1875,  fuertes  atrincheramientos  en  la 
Sierra  del  Perdón,  Biurrun,  Tirapu,  Olcoz,  Guirguillano,  Añorbe,  Mu- 
nizabal^  Obanos,  Santa  Bárbara  de  Mañeru,  Monte-Esquinza  y  Unzué, 
así  como  diversas  baterías  en  Olcoz,  Añorbe  y  sobre  todo  en  Santa 
Bárbara  de  Mañeru^  constituyéndose  en  ésta  una  fortificación  poca 
menos  que  inexpugnable. 

Ocupados  estaban,  pues,  todos  estos  puntos  por  las  tropas  carlistas, 
compuestas  de  diez  batallones  navarros,  cinco  alaveses,  cuatro  caste- 
llanos, dos  cántabros,  el  Riojano,  el  Aragonés  y  el  de  Guías  del  Rey, 
las  baterías  montadas  de  Vélez,  Fernández  Prada  y  Rodríguez  Vera,, 
la  de  á  Caballo  de  García  Gutiérrez,  las  de  Montaña  de  Reyero  é  Iba- 
rra  y  seis  piezas  del  Tren  de  sitio  al  mando  de  D.  Marcos  í>rnández 
de  Córdova,  formando  el  Ejército  carlista  de  operaciones  en  Navarra, 
un  total  de  unos  catorce  mil  hombres,  con  cuarenta  y  dos  cañones  y 
seiscientos  caballos  de  los  regimientos  de  Castilla  y  del  Rey,  al  manda 
de  D.  Juan  Ortigosa. 

Como  más  adelante  veremos^  este  Ejército  tuvo  que  fraccionarse  á 
fin  de  cubrir  Estella  y  la  Solana,  destinándose  para  ello  y  á  las  órde- 
nes del  Comandante  General  de  Navarra  D.  Ramón  Argonz,  diez  bata- 
llones al  mando  de  los  generales  Carasa  é  Iturmendi,  y  de  los  briga- 
dieres  Al  barran,   Fortun,    Fontecha   y    Arbeloa,    un   Escuadrón   de 


—  251    — 

Navarra,  con  el  Brigadier  Zaratiegui,  y  catorce  piezas  de  Artillería  á, 
las  órdenes  del  Coronel  Brea,  quedando  á  las  inmediatas  del  General 
Mendiry  todas  las  restantes  tropas  de  Infantería,  Caballería  y  Artille- 
ría, con  los  generales  Marqués  de  Valde-Espina  y  Maestre,  brigadieres 
Yoldi,  Lerga^  Cavero,  Férula,  Zalduendo  y  Valluerca,  y  el  Coronel  de 
Artillería  Pérez  de  Guzmán,  como  Jefe  de  las  baterías  de  Campaña. 

Mientras  tanto,  y  urgiendo  cada  vez  más  al  Gobierno  liberal,  rom- 
per las  líneas  carlistas  para  abastecer  Pamplona  y  levantar  el  bloqueo 
de  dicha  plaza,  hizo  acudir  A  Navarra  una  División  del  Ejército  del 
Centro,  la  de  Despujol,  ana  Brigada,  la  de  Zenarruza,  y  otras  fuerzas 
de  Santander  y  otros  puntos  reuniéndose  en  el  Xorte  el  Ejército  más 
numeroso  que  España  había  puesto  en  camjjana^coirio  dice  muy  bien 
D.  Antonio  Pirala  en  su  Historia  Contemporánea  (1),  pues  según  se 
hace  constar  por  el  Cuerpo  de  Estado  Mayor  del  Ejército  en  su  Narra- 
ción Militar  de  la  Guerra  carlista  (2),  llegáronse  á  reunir,  solamente 
en  Navarra,  para  las  operaciones  del  Carrascal,  cuarenta  y  nueve  mil 
quinientos  hombres,  con  dos  mil  quinientos  caballos  y  ochenta  y  seis 
cañones. 

Triunfante  el  movimiento  de  Sagunto,  cesaron  en  el  mando  en  Jefe 
y  en  el  del  segundo  Cuerpo  del  Ejército  del  Norte,  los  generales  Duque 
de  la  Torre  y  Pieltain,  reemplazándoles  en  sus  respectivos  cargos  los 
tenientes  generales  La  Serna  y  Primo  de  Rivera,  confiándose  el  de  Jefe 
de  Estado  Mayor  General  al  Mariscal  de  Campo  Ruíz  Dana,  continuan- 
do el  General  Loma  con  el  Cuerpo  de  Ejército  de  su  mando  en  opera- 
ciones por  las  provincias  vascongadas,  y  organizándose  las  tropas 
acumuladas  en  Navarra  para  las  operaciones  del  Carrascal,  formando 
tres  Cuerpos  á  las  órdenes  de  los  generales  Morlones,  Primo  de  Ri- 
vera y  Despujols:  el  primer  Caerpo  se  componía  de  veinte  bata- 
llones de  Infantería,  dos  regimientos  de  Caballería,  diez  y  seis  caño- 
nes de  Montaña  y  tres  compañías  de  Ingenieros;  el  segundo  Caerpo  lo 
constituían  veinte  batallones  de  Infantería,  dos  regimientos  y  dos  es- 
cuadrones de  Caballería,  veinte  y  cuatro  cañones  de  á  8  centímetros, 
cuatro  de  á  4,  doce  de  Montaña  y  cuatro  compañías  de  Ingenieros;  el 
tercer  Cuerpo  estaba  formado  con  catorce  batallones  de  Infantería, 
seis  escuadrones,  ocho  cañones  de  Montaña,  diez  y  ocho  de  á  8  centí- 
metros, cuatro  de  á  10,  y  dos  compañías  de  Ingenieros,  constituyendo 
los  tres  Caerpos  del  Ejército  liberal  que  operaba  entonces  en  Navarra, 
un  total  de  cincuenta  y  cuatro  batallones,  cuatro  regimientos  y  ocho 


(1)  Tomo  VI,  página  251. 

(2)  Tomo  I,  página  110. 


—  202  — 

escuadrones  de  Caballería,  treinta  y  seis  cañones  de  Montaña,  cuaren- 
ta y  dos  de  á  8  centímetros,  ocho  do  i\  10  y  nueve  compañías  de  Inge- 
nieros. 

Previo  un  Consejo  de  generales  celebrado  en  Peralta,  y  en  el  que 
se  acordó  el  p'an  de  campaña  que  había  de  seguirsj  por  cada  uno  de 
los  cuerpos  que  constituían  el  líjército  libera',  emprendió  éste  las  ope- 
raciones de  la  manera  que  á  continuación  expresaremos. 


El  plan  acordado  por  el  Consejo  de  generales  ya  citíido  no  pudo 
llevarse  á  cabo  por  completo,  á  causa  de  las  circunstancias  que  obli- 
garon A  modificarlo.  Según  dicho  acuerdo,  el  primer  Caerpo,  ó  sea  el 
del  General  Moriones,  debía  des  le  Tafalla  dirigirse  por  la  carretera  de 
Sangüesa,  rebasar  el  ala  izquierda  carlista,  franquear  la  sierra  del 
Perdón,  caer  sobre  Astrain,  ayudar  al  tercer  Cuerpo  en  sus  movimien- 
tos, y  por  los  montes  de  Guirguillano  apoderarse  de  Santa  Bárbara  de 
Mafleru  en  combinación  con  e!  segundo  Cuerpo.  Este,  ó  sea  el  del  Ge- 
neral Primo  de  Kivera,  debía  dirigirse  desde  Berbinzana  y  Larraga, 
por  Oceiza,  á  ]\Ionte-Esquinza,  Cirauqui  y  los  referidos  atrincheramien- 
tos de  Santa  Bcárbara.  El  tercer  Cuerpo,  el  del  General  Despujols,  de- 
bía partir  de  Artajona  y  dirigirse  al  centro  de  la  línea  carlista,  ó  sea 
contra  las  posiciones  de  Añorbc,  Tirapu  y  Olcoz,  hasta  Puente  la- 
Reina.  El  p'an  de  los  libeíales,  era  por  lo  tanto,  en  resumen,  combatir 
el  centro  carlista  y  destruir  las  nías,  dejando  libre  el  p:íso  á  Estella. 

El  General  carlista  Mendiry,  previendo  el  ataque  de  los  liberales 
por  su  izquierda^,  había  dispuesto  con  antelación  que  cuatro  batallones, 
á  las  órdenes  de  los  brigadieres  Yoldi  y  Lerga,  se  situaran  en  las  posi- 
ciones de  Unzué  y  Monreal,  pa.'a  oponerse  ai  paso  del  Cuerpo  de  Ejér- 
cito de  Moriones,  que  la  Brigada  Pérula  defendiese  Obanos  con  los 
bata'lones  o."  y  6.°  de  Navaria:  que  el  Brigadier  Zalduendo,  con  otros 
dos  batallones  cubriera  Añorbe,  y  que  el  Brigadier  Cavcro  con  los  cas- 
tellanos se  opusiera  al  enemigo  en  San  Cristóbal  de  Esquinza,  á  pro- 
puesta del  mismo  Cavero,  quien  más  tarde  recibió  contraorden  del 
General  Mendiry,  por  razones  que  ignoramos  todavía,  dándose  lugar 
con  ello  á  que  encontrándose  al  fin  sin  defensa  el  importantísimo  alto 
de  San  Cristóbal,  se  apoderase  de  Esquinza  el  Cuerpo  de  Ejército  de 
Primo  de  Rivera,  sin  necesidad  de  disparar  un  tiro. 

Distribuidas  las  fuerzas  de  uno  y  otro  campo,  rompió  el  movimien- 
to el  primer  Cuerpo;  pero  como  quiera  que  el  de  los  carlistas  fué  á 
consecuencia  de  los  iniciados  por  el  segundo  y  tercero,  comsnzaremos 
por  estos  últimos. 


—  253  — 

El  Genei-cal  Despujol,  cuyo  objetivo  era  Puentc-la-Reina,  salió  de 
Artajona  con  dirección  á  Tirapu,  OIcoz  y  Añorbc,  al  amanecer  del 
día  2;  pero  como  en  estos  puntos  se  hallaba  precisamente  el  fjrueso  del 
Ejército  carlista  en  formidables  posiciones,  que  por  necesidad  había 
de  batir  con  Artillería  de  batalla,  porque  eran  defendidas  también 
por  Artillería,  y  como  la  suya  no  pudo  franquear  el  paso,  á  causa  de 
los  malos  caminos  que  debía  atravesar,  hubo  Despujol  de  iniciar  el 
ataque  sin  el  auxilio  de  las  piezas  de  batalla,  y  debido  ¿i  esta  circuns- 
tancia, el  tercer  Cuerpo,  después  de  haber  desplegado  todas  sus  fuer- 
zas, regresó  al  punto  de  partida,  no  sin  haberle  hecho  frente  desde 
Obanos  el  bizarro  Brigadier  carlista  Férula,  con  cinco  batallones  y 
algunos  más  que  bajaron  de  otras  posiciones. 

El  segundo  Cuerpo,  mientras  tanto,  saliendo  de  Larraga,  empren- 
dió la  marcha  sobre  Oteiza  y  Monte-Esquinza,  que  se  hallaban  des- 
guarnecidas de  enemigos,  y  de  cuyos  puntos  tomó  posesión  en  la 
madrugada  del  día  2.  Posible  es  que  si  los  batalloues  de  Castilla,  que 
con  su  Brigadier  Cavero  habían  cubierto  antes  Monte-Esquinza,  no 
hubiesen  recibido  el  día  1."  la  orden  del  General  Mendiry  para  reti- 
rarse á  reforzar  el  centro  carlit-ta  en  vista  de  las  grandes  masas  del 
tercer  Cuerpo,  es  posible,  repetimos,  que  otro  hubiera  sido  el  resultado 
de  la  operación  de  las  tropas  del  General  Primo  do  Ilivera,  quien  in- 
mediatamente hizo  atrincherar  sus  fuerzas  en  Ezquinza  y  mandó  avan- 
zar la  División  del  General  Fajardo  A  Lorca  y  Lacar,  en  donde  entró 
después  de  un  ligero  tiroteo  con  algunos  batallones  que  en  Lorca  situó 
el  General  carlista  Iturmendi,  quien  no  pudo  disponer  de  mayor  nú- 
mero de  fuerzas,  porqué  las  que  después  puso  el  General  Mendiry  á  dis- 
posición del  General  Argonz,  no  pudieron  ya  llegar  hasta  el  anoche- 
cer. Esta  falta  de  precaución  de  Mendiry  fué  causa  de  lo  que  aconteció 
después,  así  como  la  de  los  liberales  al  no  apoderarse  de  Murillo  (cuya 
ermita  domina  en  absoluto  á  Lacar),  dio  motivo  á  la  pérdida  de  la 
Brigada  Bargés,  que  guarnecía  dicho  punto.  Pero  no  adelantemos  los 
sucesos. 

Por  su  parte,  el  primer  Cuerpo,  cuyo  primer  objetivo  era  x\straín, 
rompió  su  marcha'  y  llegó  á  Noain,  encontrando  en  su  camino  á  las  briga- 
das carlistas  de  Yoldi  y  Lerga,  que  con  cuatro  batallones  no  se  creyeron 
bastante  fuertes  para  resistirle,  y  que  temiendo  verse  envueltas,  se 
replegaron  A  Biurrun.  Pero  observando  el  General  Morlones,  jefe  del 
citado  primer  Cuerpo,  las  grandes  masas  de  Infantería  y  Caballería 
que  ocupaban  respectivamente  la  sierra  del  Perdón  y  Astrain^  no 
quiso  intentar  el  paso,  acantonándose  y  pernoctando  el  día  2  con  todas 
sus  fuerzas  en  Noaín,  Tajonar  y  Ondovilla,  pues  el  no  haber  oído  fue- 


—  254  — 

go  sostenido  hacia  Añorbe,  le  hizo  presumir  quo  no  era  necesario  su 
auxilio  al  tercer  Cuerpo. 

Enterado  por  la  tarde  el  General  en  Jefe  carlista,  Mendiry^  de  los 
movimientos  llevados  á  cabo  por  el  enemigo,  y  sospechando  funda- 
damente que  los  del  tercer  Cuerpo  sólo  habían  tenido  por  objeto 
hacerle  reunir  sus  fuerzas  en  el  centro  abandonando  sus  alas,  y  cre- 
yendo en  inminente  peligro  cá  éstas,  rebasada  su  derecha  y  á  los  libe- 
les dirigiéndose  á  Estella,  mandó  entonces  al  General  Argonz  que 
acudiese  á  cubrir  dicho  punto  y  la  Solana,  al  frente  de  las  tropas  que 
ya  hemos  mencionado  en  la  primera  parte  de  este  capítulo,  pues  en  la 
conservación  de  Estella  estaba  interesado  el  honoi'  de  las  armas  car- 
listas, palabras  textuales  del  parte  oficial  del  citado  General  en  Jefe 
carlista,  Mendiry,  cuando  si  dos  días  antes  se  hubiesen  atendido  los 
consejos  de  otros  jefes,  no  se  habría  dado  lugar  con  el  abandono  de 
Monte-Esquinza  á  aquel  peligro  de  que  se  dio  cuenta  Mendiry  cuando 
no  habría  habido  ya  tiempo  para  conjurarlo  si  los  liberales,  atrinche- 
rándose en  Murillo,  llegan  á  hacer  imposible  la  victoria  de  Lacar. 

Rota,  por  lo  tanto,  la  línea  carlista  del  Carrascal,  y  ante  el  temor 
de  verse  envuelto  por  los  numerosos  batallones  liberales  que  tenía 
enfrente  y  casi  á  retaguardia,  ordenó  el  General  Mendiry  la  retirada 
hacia  Estella,  pernoctando  con  sus  fuerzas  en  Cirauqui  y  Mañeru. 

La  Artillería  de  la  línea  del  Carrascal,  á  las  órdenes  del  Coronel 
Pérez  de  Guzmán^  emprendió  de  noche  la  marcha  por  Legarda,  As- 
traín^  Salinas  de  Oro  y  Abárzuza,  guiada  y  escoltada  por  algunos  ji- 
netes del  Regimiento  de  Caballería  del  Rey,  los  que  adelantándose 
impidieron  se  volara  el  puente  de  Ibero  por  algunas  fuerzas  que  te- 
nían orden  de  destruirlo  para  impedir  el  paso  del  primer  Cuerpo  del 
Ejército  liberal  en  dirección  á  Estella. 

De  haberse  encontrado  roto  el  citado  puente,  habríase  perdido  gran 
parte  de  la  Artillería  carlista,  la  cual  se  hubo  de  retirar  sin  tropas  que 
la  protegiesen  ni  más  escolta  que  alguna  Caballería,  que,  aunque 
entusiasta  y  decidida,  era  harto  corta  en  numera  para  poder  confiar 
en  su  apoyo,  considerándose,  por  lo  tanto,  la  salvación  de  las  piezas 
como  milagrosa  (1),  y  tributándose  grandes  y  merecidos  elogios  por 
el  acierto  y  serenidad  con  que  la  consiguieron,,  al  Coronel  Pérez  de 
Guzmán  y  á  los  jefes,  oficiales  y  voluntarios  de  aquellas  baterías,  que 
abandonados  en  los  peligros  de  una  marcha  por  caminos  que  espara- 
ban ver  asaltados  de  un  momento  á  otro  por  los  liberales,  se  habían 
jurado  hacerse  acuchillar  al  pie  de  sus  cañones  antes  que  rendirse  al 


(1)     Historia  Contemporánea,  por  D.  Antonio  Pirala,  tomo  VI.,  pág.  266. 


—  255  — 

•enemigo,  pudiendo  también  nosotros  tributar  nuestros  más  calurosos 
elogios  á  aquellos  bravos  artilleros,  ya  que  no  tuvimos  el  honor  de  fi- 
gurar en  la  expedición  de  aquella  noche  triste. 

Estaba  visto  que,  como  ya  dijimos  en  otro  capítulo,  era  el  General 
Mendiry  un  buen  Comandante  de  División,  que  había  nacido  para 
«eñir  laureles  secundando  admirablemente  órdenes  superiores;  pero 
no  para  mandar  en  Jefe  un  Ejército  tan  numeroso  é  importante  como 
lo  era  ya  el  Ejército  carlista  del  Norle. 

Entretanto,  el  General  carlista  Argonz^  con  las  tropas  de  su  man- 
do, forzó  su  marcha  para  hacer  frente  á  una  probable  embestida  á  Es- 
tella,  estableció  su  Cuartel  General  en  Murugarren  con  la  2.^  Brigada  de 
Navarra,  á  las  órdenes  del  Brigadier  Arbeloa;  situó  el  3. er  Escuadrón 
del  Rey  con  el  Brigadier  Zaratiegui,  en  el  puente  de  ]\Iuniain,  y  dis- 
tribuyó el  resto  de  su  Infantería  en  la  forma  siguiente:  el  Batallón  de 
Guías  del  Rey,  con  el  General  Carasa  y  el  Brigadier  Fontecha,  en 
■Grocin;  el  4°  de  Álava  en  Zurucuain,  con  el  General  Iturméndi;  el 
3.*  de  la  misma  provincia  en  Arandigoyen  y  Villatuerta,,  con  el  Bri- 
gadier Fortún;  la  Brigada  Cántabra,  con  el  Brigadier  Albarrán,  ocu- 
pando las  posiciones  sobre  la  ermita  de  Villatuerta,  y  en  el  pueble  de 
Abárzuza,  los  batallones  de  Clavijo  y  5.^  de  Álava  y  de  Castilla.  El 
Coronel  de  Artillería  Brea,  de  acuerdo  con  el  General  Argonz^  con 
•quien  conferenció  detenidamente  sobre  las  operaciones  que  pudiesen 
tener  lugar,  colocó  ocho  cañones  de  la  Batería  de  á  Caballo  y  de  la  3.^ 
Montada,  en  el  promedio  de  la  carretera  de  Estella  á  Lorca,  cuyo  ca- 
mino faldea  Monte-Esquinza, prontos  á  acudir  á  sus  inmediatas  órdenes, 
á  donde  sus  fuegos  pudieran  ser  necesarios,  y  en  una  de  las  estribacio- 
nes del  monte  Apalar,  situáronse  los  seis  cañones  del  tren  do  sitio,  que 
mandaba  el  Coronel  de  Marina  Fernández  de  Córdoba,  para  en  un  caso 
desgraciado  batir  las  avenidas  de  Estella,  en  cuyo  servicio  se  previno 
al  citado  Córdova  que  había  de  consumir  hasta  el  último  cartucho;  en 
esta  disposición  quedaron  en  la  noche  del  día  2  las  tropas  del  General 
Argonz  resueltas  á  impedir,  á  todo  trance,  el  probable  avance  de  los 
liberales  á  Estella. 

De  intento  no  hemos  querido  hablar  de  las  especiales  circunstancias 
que  en  estas  operaciones  concurrían  para  ambos  ejércitos  contendien- 
tes, á  saber:  que  al  frente  de  las  tropas  liberales  hacía  sus  primeras 
armas  Don  Alfonso  de  Borbón,  rey  recién  aclamado  por  los  monárqui- 
cos liberales,  así  como  Don  Carlos  de  Borbón  veíase  también  aclamado 
rey  por  los  monárquicos  tradicionalistas  en  Cataluña,  Aragón,  Valen- 
cia, Navarra  y  Provincias  Vascongadas.   Ambos,  pues,  se  hallaban 


—  25G  — 

frente  A  frente  con  sus  respectivos  ejércitos,  y  pesando  los  dos,  como 
era  debido,  en  el  ánimo  de  sus  defensores. 

Don  Alfonso,  á  quien  liabía  acompañado  al  Xorte  su  Ministro  de  la 
Guerra,  Teniente  General  D.  Joaquín  Jovellar,  marchaba  con  el  se- 
gundo Cuerpo  de  su  Ejército:  Don  Carlos  llegó  áCirauqui,  también  con 
su  Ministro  de  la  Guerra,  Capitán  General  D.  Joaquín  Elío,  y  seguido 
de  su  brillante  Escuadrón  de  Guardias,  poco  después  de  haberlo  veri- 
ficado el  General  Mendiry  con  el  grueso  de  sus  fuerzas.  Es  de  advertir 
■que  éstas  habían  operado  su  retirada  con  perfecto  orden;  pero  retra- 
tándose en  los  curtidos  semblantes  de  aquellos  bravos  voluntarios  el 
despecho  y  la  pena  que  producir  deben  en  pechos  valerosos  los  venci- 
mientos sin  previa  lucha,  y  hasta  hubieron  algunos  de  proferir  frases 
malsonantes  y  apellidar  inmediato  combate,  para  reivindicar  el  honor 
de  las  armas. 

Comprendiendo  Don  Carlos  de  Borbón,  con  el  golpe  de  vista  militar 
que  nadie  puede  negarle,  que  era  necesaria  allí  una  iniciativa,  y  que 
nadie  mejor  que  él  mismo  podía  tomarla  con  el  valor  con  que  ya  en 
Dicastillo,  Montejurra,  Somorrostro  y  otras  sangrientas  jornadas  había 
arrostrado  en  primera  fila  el  peligro  de  las  batallas,  llamó  á  su  presen- 
cia al  General  carlista  Mendiry,  y  sin  hacer  caso  desús  observaciones, 
le  ordenó  tomar  la  ofensiva,  señalándole  como  objetivo  el  pueblo  de- 
Lacar,  y  previniéndole  que  al  asumir  toda  la  responsabilidad  de  la  jor- 
nada, había  resuelto  compartir  con  sus  tropas  los  riesgos  de  la  lucha, 
como  así  lo  hizo  en  los  campos  de  Lacar,  dando  una  vez  más  á  sus  lea- 
les el  alto  ejemplo  de  su  va  or  y  serenidad. 

Cumpliendo  Mendiry  como  General  las  órdenes  de  su  soberano^ 
reunió  doce  batallones,  encargó  al  Brigadier  Zalduendo  y  al  Coronel 
Echevarría  que  situándose  respectivamente  en  Cirauqui  y  en  el  fuerte 
de  Santa  Lucía,  con  tres  batallones  el  primero,  y  con  el  de  su  mando 
el  segundo,  oljservasen  á  las  tropas  del  General  Morlones  y  le  hiciesen 
frente  si  avanzaba:  dispuso  que  los  regimientos  de  Caballería  del  Rey 
y  de  Cruzados  de  Castilla  y  el  Escuadrón  de  Guardias  de  Don  Carlos 
se  situasen  en  la  carretera  de  Alloz,  ocultos  y  próximos  al  pueblo  de 
Lacar:  previno  á  los  jefes  de  Artillería  Reyero  é  Ibarra  (D.  Luis)  Ios- 
puntos  en  que  habían  de  emplazar  las  piezas  de  sus  baterías  1.^  y  2.'"^ 
de  ]\Iontaña  para  secundar  con  sus  fuegos  el  atat^ue  ordenado  para  las- 
cuatro  de  la  tarde;  y,  en  fin,  con  los  brigadieres  Férula,  Cavero  y 
Valluerca,  seguidos  de  la  Infantería^  emprendió  el  General  Mendiry  á. 
las  once  de  la  mañana  la  marcha  por  caminos  imposibles  en  las  gar- 
gantas de  Guirguillano,  apareciendo  á  las  tres  de  la  tarde  del  día  3,  á. 
la  vista  de  Lacar,  formando  entonces  sus  batallones  en  cuatro  coluní- 


—  257  — 

ñas  de  ataque  á  las  órdenes  de  los  expresados  brigadieres  y  del  Coro- 
nel Iturralde. 

Entretanto  el  General  Argonz,  recibió  á  las  dos  de  la  tarde  el  aviso 
del  próximo  ataque  á  Lacar,  encargándole  al  propia  tiempo  el  General 
Mendiry  que  secundase  dicha  operación  y  á  la  vez  cuidase  de  hacer 
frente  á  los  liberales  que  desde  Oteiza,  Lorca  y  altu'  as  próximas  á  San 
Cristóbal  pudieran  acudir  en  socorro  de  los  atacados.  En  su  consecuen- 
cia, el  Comandante  General  de  Navarra,  dispuso  que  las  tropas  que 
tenía  en  aquellos  momentos  á  sus  inmediatas  órdenes,  se  dispusieran 
seguidamente  i\  acometer  al  enemigo  por  la  parte  sur  de  Lacar,  orde- 
nando al  General  Iturmendi  que  con  el  4.*^  Batallón  de  Álava  avanzase 
en  dirección  del  pueblo  de  Lorca;  previno  al  Brigadier  Arboloa  que 
con  los  batallones  2.°  y  7.*^  de  Navarra  y  el  de  Guías  del  Rey  continua- 
sen la  línea  de  ataque  ocupando  éste  el  centro  y  aquéllos  la  izquierda; 
dispuso  que  el  Coronel  de  Artillería  Brea  con  los  ocho  cañones  de  Gar- 
cía Gutiérrez  y  de  Ortigosa  (D.  Miguel)  estuviese  pronto  para  seguir  el 
movimiento  de  las  columnas  de  ataque,  y  constituyendo  la  reserva  con 
los  batallones  3."  y  5.^  de  Álava,  5.*'  de  Castilla,  1.*^  de  Rioja  y  los  de 
la  Brigada  Cántabra^  al  mando  del  General  Carasay  de  los  brigadieres 
Fortun,  Fontecha  y  Albarran,  esperó  el  cañonazo  de  las  fuerzas  del 
General  Mendiry  que  éste  había  dispuesto  fuese  la  señal  para  el  ataque 
general. 

Veamos  ahora  los  movimientos  de  las  tropas  liberales  el  día  ?>.  Al 
amanecer,  el  tercer  Cuerpo  emprendió  su  marcha  desde  Artajona,  y 
no  encontrando  resistencia,  por  haber  abandonado  su  línea  los  carlis- 
tas, llegó  sin  novedad  á  Puente-la-Reina,  donde  se  alojó.  El  primer 
Cuerpo,  no  viendo  ya  enemigos  en  Perdón  ni  Astrain,  bajó  también  á 
Puente-la-Reina,  donde  reunido  con  el  tercer  Cuerpo,  debían  ambos 
auxiliar  al  segundo  en  su  ataque  á  las  fuertes  posiciones  de  Artazu  y 
Santa  Bárbara  de  Mañeru,  guarnecidas  por  masas  carlistas  en  crecido 
número.  No  se  escondían  al  General  Primo  de  Rivera  ni  al  General 
Fajardo,  Comandante  de  la  División  que  ocupaba  Lorca  y  Lacar,  la 
importancia  de  este  último  punto,  así  es  que  por  su  orden  se  atrinche- 
raron los  batallones  del  Brigadier  Bargés  colocándose  por  éste  las 
avanzadas  que  en  tales  casos  se  acostumbran,  y  previniendo  á  sus  fuer- 
zas que  en  el  de  ataque  se  defendieran  en  las  casas,  puestas  en  el  me- 
jor estado  posible  de  defensa. 

Es  un  error,  pues,  muy  generalizado  el  suponer  que  la  embestida 
de  los  carlistas  á  Lacar  fué  una  verdadera  sorpresa  para  sus  defenso- 
res. Fué,  sí,  una  funesta  equivocación,  en  nuestro  sentir,  pues  que  cre- 
yendo ser  las  fuerzas  del  primer  cuerpo  las  que  se  acercaban,  hasta 

n 


—  258  — 

momentos  antes  del  rudo  ataque  de  los  carlistas,  claro  es  que  real- 
mente no  pudieron  extremar  su  defensa  los  batallones  de  la  Brigada 
Bargés. 

Ahora  describiremos  lo  ocurrido  en  Lacar,  según  se  desprende  de 
los  documentos  oficiales  de  uno  y  otro  campo  y  de  las  obras  que  con- 
sultamos constantemente  para  confirmar  y  completar  nuestros  propios 
recuerdos. 

Cuando  los  batallones  carlistas  dieron  vista  al  pueblo  de  Lacar,  ha- 
llábase el  Brigadier  Bargés  en  las  afueras  del  pueblo  con  algunos  jefes 
de  su  Brigada,  y  suponiendo  desde  luego  enemigas  las  fuerzas  que  se 
acercaban,  dispuso  que  se  rompiera  sobre  ellas  el  fuego  de  cañón  como 
así  se  verificó.  Algunas  granadas  cayeron,  pues,  en  medio  de  las  co- 
lumnas carlistas  de  ataque,  las  cuales  sin  perder  su  correcta  formación 
en  hileras  de  á  cuatro  siguieron,  sin  embargo,  avanzando  con  imper- 
turbable sangre  fría.  Este  fué,  sin  duda,  el  motivo  principal  de  pensar 
los  defensores  de  Lacar  si  los  que  avanzaban  serían  tropas  del  General 
Morlones,  puesto  que  llevaban  el  mismo  camino  por  el  que  se  esperaba 
apareciese  el  Comandante  en  Jefe  del  primer  Cuerpo.  Tal  duda  debió 
convertírseles  como  en  certeza  pocos  instantes  después,  cuando  sonó  el 
toque  de  alto  el  fuego  y  se  oyeron  voces  de  «son  de  los  nuestros^  no 
tirar!»  Los  defensores  de  Lacar  que  se  hallaban  en  las  casas  por  pre- 
caución, salieron  de  ellas  en  tropel,  si  bien  con  las  armas  en  la  mano 
según  era  costumbre  de  antiguo  en  el  Ejército  liberal. 

Cuando  las  columnas  de  ataque  de  los  carlistas  se  lanzaron  á  la, ba- 
yoneta, á  la  carrera,  con  irresistible  empuje,  fué  de  ver  el  intenso  pá- 
nico que  se  apoderó  de  los  regimientos  de  Asturias  y  Valencia .  No  se 
comprende,  ciertamente,  el  no  haber  visto  destacarse  las  encarnadas 
boinas  de  los  navarros  entre  las  azules  de  los  vascongados.  Media  hora 
duró,  próximamente,  la  potente  arremetida  de  pos  batallones  castella- 
nos, navarros  y  alaveses,  á  cuya  cabeza  iban  los  primeros,  á  pie  y  sa- 
ble en  mano,'  los  bravos  brigadieres  Cavero,  Férula  y  Valluerca  y  el 
Coronel  Iturralde^  protegidos  por  los  certeros  disparos  de  las  baterías 
de  Reyero  é  Ibarra.  así  como  por  la  intrépida  Caballería  que  llevando 
á  su  frente  al  General  Marqués  de  Valde-Espina  y  á  S.  A.  R.  el  joven 
Conde  de  Bardi  (quien  ganó  en  aquella  jornada  la  Cruz  de  San  Fer- 
nando), se  lanzaba  por  los  claros  que  iba  abriendo  la  Infantería. 

Un  ilustrado  escritor  liberal,  antiguo  compañero  nuestro  en  el 
Cuerpo  de  Artillería,  al  hablar  de  la  embestida  de  Lácar,  en  su  Juicio 
critico  de  la  guerra  civil,  se  expresa  así:  «El  momento  era  solemne;  el 
«ataque  vigorosísimo  y  ar.-ogante.  En  ningún  período  de  la  guerra  se 
»había  mostrado  á  mayor  altura  el  valor^  jamás  hubo  una  expresión  de 


—   2«0  — 

»la  bravura  más  bien  representada:  parecían  aquellos  batallones  cav 
y>Ustas,  las  olas  embravecidas  que  empuja  una  tras  otra  del  fondo  de 
»Ios  mares,  siniestra  tempestad  aterradora.-» 

Ni  el  valor  de  algunos  soldados  liberales,  ni  el  de  su  arrojado  jefe 
el  Brigadier  Bargés,  quien  á  todo  trance  procuraba  contener  la  disper- 
sión de  sus  fuerzas,  ni  la  heroica  defensa  de  la  Artillería,  hecha  por 
los  oficiales  y  soldados  de  la  Batería',  de  la  cual  murieron  en  poco& 
momentos  el  Teniente  Navazo  y  treinta  y  cuatro  artilleros,  acuchilla- 
dos al  pié  de  los  cañones,  defendidos  también  bravamente  por  una 
Compañía  de  Ingenieros;  nada  fué  bastante  para  detener  el  empuje  de 
los  carlistas  y  la  ciega  carrera  de  la  mayor  parte  de  los  soldados  libe- 
rales, quienes  viéndose  cercados  por  tres  frentes  del  pueblo,  intentaron 
dirigirse  al  único  libre  á  su  parecer,  es  decir,  al  Sur,  en  dirección  de 
Murillo;  pero  en  breve  retrocedieron  y  se  dispersaron  por  todas  partes, 
pues  en  aquella  dirección  vieron  adelantarse  también  hacia  ellos,  á  la 
bayoneta  á  la  segunda  Brigada  de  Navarra,  con  su  Brigadier  Arbeloa 
al  frente,  y  al  Batallón  de  Guías  del  Rey  con  su  bravo  Coronel  Calde- 
rón íl  la  cabeza,  cuyas  tropas  completaron  por  orden  del  General  Ar- 
gonz  el  cerco  de  Lácar,  protegidas  por  los  cañones  de  Brea,  Fernández' 
de  Córdova,  García  Gutiérrez  y  D.  Miguel  Ortigosa. 

Prevenido  el  General  Jefe  de  la  División,  Fajardo,  de  cuanto  ac  )n- 
tecía  por  un  Ayudante  de  Campo  del  Brigadier  Bargés,  montó  á  caba- 
llo y  ordenando  que  le  siguiera  la  Brigada  de  Viérgol,  acantonada  con 
él  en  Lorca,  salió  rápidamente  para  Lácar.  Su  sorpresa  faé  entonces- 
inmensa,  pues  en  el  brevísimo  espacio  de  tiempo  transcurrido  vio  lle- 
gar, y  rebasarle,  á  las  dispersas  fuerzas  de  la  Brigada  de  Lácar,  y  al 
mismo  Brigadier  Bargés,  herido,  pero  persiguiendo  bravamente  á  su& 
oficiales  y  soldados  para  que  volviesen  cara  al  enemigo.  Intento  impo- 
sible: nada  hay  que  en  la  guerra  sea  bastante  para  dominar  el  pánica 
cuando  éste  se  apodera  del  ánimo  de  las  masas;  gracias  que  basten  al- 
gunas veces  los' intentos  para  prevenirlo. 

Solos,  ó  casi  solos,  en  el  camino  el  General  Fajardo  y  el  Brigadie- 
Bargés,  rodeados  de  pocos,  pero  valerosos  jefes  y  oficiales  viéronse 
forzados  á  marchar  á  Lorca  al  abrigo  de  los  batallones  del  Brigadier 
Viergol,  perseguidos  bravamente  por  los  coroneles  Junquera  é  Ines- 
trilla  y  el  Batallón  G.°  de  Navarra  que  entró  en  el  pueblo  revuelto  con 
los  liberales.  El  Brigadier  Viergol  vio  así  mismo  desbandarse  sus  fuer- 
zas ante  el  funesto  ejemplo  de  las  de  Lacar,  y  en  esta  situación  el  bi- 
zarro General  Fajardo  resolvió  hacerse  fuerte  en  Lorca  con  dos  ó  tres 
compañías  escasas  que  pudo  reunir  de  toda  su  División. 

Entonces  las  tropas  del  General  carlista  Argonz  pensaron  en  com- 


—  261  — 

pletar  la  victoria  acabando  con  la  División  que  suponían  en  Lorca,  y 
que  fué  auxiliada  por  algunas  fuerzas  que  el  General  del  segundo 
Cuerpo,  Primo  de  Rivera,  destacó  desde  Monte-Esquinza  en  socorro  de 
su  comprometida  vanguardia.  Y  como  quiera  que  el  Jefe  de  Artillería 
que  esto  escribe  abundaba  en  las  mismas  ideas  que  su  General,  hizo 
adelantar  al  trote  la  Batería  de  á  Caballo  al  mando  de  García  Gutié- 
rrez y  cuatro  cañones  de  la  3.*"^  Montada  á  las  inmediatas  órdenes  de 
Ortigosa,  desplegando  á  derecha  é  izquierda  de  la  carretera  de  Estella 
á  Puente-la-Reina  la  expresada  Artillería,  protegida  por  dos  batallones 
alaveses  al  mando  del  Brigadier  Fortún.  Roto  vivamente  el  fuego  so' 
bre  los  de  Lorca,  ó  mejor  dicho,  sobre  las  casas  por  no  verse  los  ene- 
migos á  medio  tiro  de  cañón,  claro  es  que  el  efecto  que  debió  causar 
en  los  desbandados  batallones  liberales  debió  ser  grandísimo;  y  por  lo 
que  pudimos  ver  cuando  ya  se  hacía  de  noche,  consiguióse  dispersar 
Algunas  nutridas  masas  de  Caballería,  cuyos  banderines  viéronse  on  - 
dear  y  retirarse  á  la  carrera  detrás  de  las  casas  y  en  dirección  de 
Montc-Esquinza . 

Entre  tanto,  el  Batallón  de  Guías  del  Rey  lanzóse  á  las  alturas  del 
Esquinza  con  el  fin  de  asegurar  más  la  victoria,  precedido  por  su  Coro- 
nel D.  Carlos  Calderón,  escalando,  si  así  puede  decirse,  las  tortuosas 
veredas  que  se  dirigían  á  la  cima.  Al  poco  rato  parecía  arder  ésta  con 
los  repetidísimos  disparos  que  se  cruzaban  entre  los  que  defendían  la 
posesión  de  la  meseta  y  los  bizarros  Guias  del  Rey.  Una  vez  y  otra 
vez  fueron  rechazados  éstos,  una  y  otra  vez  cruzáronse  las  bayonetas 
entre  los  impetuosos  Guías  y  los  bravos  defensores  del  Monte,  que  lo 
eran  el  Batallón  de  Reserva  de  Cáceres,  cuatro  compañías  del  Regi- 
miento de  la  Princesa,  una  Batería  de  Montaña  y  una  Compañía  de 
Ingenieros.  ¡Loor  á  '-os  arrojados  jefes  liberal  y  carlista,  Mcdiavilla 
y  Calderón,  por  su  valor  legendario!  Al  fin  acudieron  más  tropas  en 
auxilio  de  los  liberales,  y  no  pudieron  menos  de  retirarse  los  carlistas, 
aunque  sin  ser  hostilizados  por  los  contrarios:  tales  fueron  la  tenaci- 
dad y  el  valor  desplegados  por  Calderón  y  su  gente. 

No  habiéndose  recibido  orden  en  contrario,  antes  bien  pensando 
las  faerzas  de  Argonz  que  debían  extremar  el  ataque  á  Lorca,  avan- 
zaron, hasta  emplazarse  sobre  dicho  pueblo  las  baterías  á  fin  de  pre- 
parar la  arremetida  de  la  Infantería,  á  eso  de  las  ocho  y  media  de  la 
noche;  pero  el  toques  de  alto  el  fuego  y  la  voz  de  «á  retirarse  á  Este- 
lla» se  oyeron  bien  claramente  á  espaldas  de  las  faerzas  mencionadas; 
y  como  quiera  que  quien  ésto  disponía  era  el  mismo  Capitán  General 
de  las  provincias  vasco-navarras,  el  General  Mendiry,  quien  en  aquel 
momento  cruzaba  por  la  carretera,  mohínos  y  cabizbajos  volvimos  á 


—  262  — 

en.£:anch<ar  las  piezas  los  artilleros,  y  emprendimos  con  los  bcitallone» 
la  retirada,  aunque  no  sin  antes  haber  manifestado  algunos  jefes  de 
Infantería  y  Artillería  al  General  Mendiry  las  fundadísimas  esperan- 
zas que  podíamos  abrigar  de  castigar  y  aún  destruir  á  Lorca,  dados  el 
número,  la  clase  y  la  moral  de  las  tropas  que  allí  se  albergaban. 

El  resultado  material  del  ataque  de  Lacar  fué  la  destrucción  de 
una  División  y  la  pérdida,  por  parte  de  los  liberales,  de  tres  cañonea 
sistema  Plasencia,  cuatro  cureñas,  muchas  cajas  de  municiones  de  ca- 
fión  y  fusil,  dos  mii  fusiles,  la  caja  del  Regimiento  de  Infantería  de 
Asturias,  un  jefe,  cinco  oficiales  y  ochenta  y  dos  individuos  de  tropa 
muertos  (si  bien  Mendiry  en  su  parte  oficial  y  Pirala  en  su  Historia 
Contemporánea  hacen  ascender  ó  ochocientos  el  número  de  los  muer- 
tos liberales);  un  Brigadier^  cuatro  jefes,  veinte  y  cuatro  oficiales  y 
cuatrocientos  diez  y  seis  individuos  de  tropa  entre  heridos  y  contusos 
trescientos  prisioneros  y  cuatrocientos  cincuenta  y  dos  extraviados. 
Las  bajas  de  los  carlistas  fueron,  según  partes  oficiales,  treinta  muer- 
tos y  doscientos  heridos. 

En  cuanto  á  la  impresión  profunda  que  causó  en  el  campo  alfonsi- 
no  el  ataque  de  los  carlistas  á  Lacar,  basta  trasladar  aquí  las  siguien- 
tes líneas  de  la  Historia  Contemporánea,  por  D.  Antonio  Pirala  (1): 
«Poco  después  de  las  cuatro  de  la  tarde  se  empezó  á  oir  en  Oteiza,  re- 
»sidencia  del  Cuartel  Real  de  Don  Alfonso,  nutrido  fuego  hacia  Lacar, 
»y  se  creyó  que  el  primer  Cuerpo  se  estaba  apoderando  de  las  posicio- 
»nes  de  Guirguillano  para  ponerse  en  contacto  con  el  segundo,  al  paso 
»que  el  tercero  protegía  por  su  flanco  izquierdo  el  movimiento  del  pri- 
»mero:  se  ordenó  que  un  Oficial  de  Estado  Mayor  saliera  para  Esquin- 
»za,  y  antes  de  que  lo  verificase  se  presentó  otro  que  horas  antes  ha- 
»bía  salido  de  Oteiza  conduciendo  raciones  para  el  segundo  Cuerpo^  y 
»dijo  que  éste  estaba  siendo  atacado  por  el  enemigo.  Oyóse  al  anoche- 
»cer  el  fuego  más  intenso  y  cercano,  y  en  el  monte  Esquinza;  Oteiza 
»se  puso  en  estado  de  defensa  con  la  Brigada  de  Infantería  de  la  Di- 
svisión de  Tassara  y  la  Artillería  Montada  del  segundo  Cuerpo  que 
»estaba  en  el  Cuartel  Real,  y  si  no  se  produjo  el  pánico,  se  mandó car- 
»gar  los  equipajes  para  huir  y  salvar  al  Rey,  lo  cual  hubiera  sido  di- 
»fícil  si  fuerzas  de  Argonz,  desde  Villatuerta  avanzaran  á  Oteiza  en 
»vez  de  haberlo  hecho  por  la  izquierda.»  Pero  ya  sabemos  que  el  Ge- 
neral Argonz  no  había  recibido  más  orden  que  la  de  secundar  el  ata- 
que sobre  Lacar  y  hacer  frente  á  las  tropas  que  pudieran  acudir  desde 
Lorca^  así  que  nada  tiene  de  extraño  que  no  intentase  llevar  á  cabo  un 


(1)    Tomo  VI,  página  285 


—  263  — 

movimiento  que  habría  podido  salirle  bien,  pero  que  también  habría 
podido  acarrearle  grandes  responsabilidades^  pues  ya  hemos  visto  que 
el  General  Mendiry  después  de  entrar  en  Lacar  no  dio  ninguna  orden 
para  nuevas  operaciones,  y  lo  línico  que  dispuso  fué  la  retirada  de  las 


D.    RAMÓN   ARGONZ 

tropas  del  General  Argonz,  cuando  estaban  ya  disponiéndose  á  con- 
cluir con  el  General  Fajardo  y  los  que  con  él  se  habían  refugiado  en 
Lorca. 

De  todas  maneras,  el  efecto  moral  fué  inmenso  en  favor  de  los  car- 
listas, pues  en  un  Consejo  de  generales  alfonsinos  celebrado  en  Puente- 
la- Reina,  bajo  la  presidencia  del  mismo  Don  Alfonso,  el  día  6,  acordó- 
se suspender  las  operaciones  hasta  fortificar  los  puntos  ocupados  y  que 
regresase  Don  Alfonso  XII  á  Madrid  en  vista  de  ello,  con  el  sentimien- 
to de  no  haber  terminado  aún  la  guerra,  á  pesar  de  disponer  de  tan 
poderosos  elementos  y  tan  numeroso  Ejército  como  el  que  había  re- 
unido á  sus  inmediatas  órdenes  en  el  Norte,  á  donde  no  volvió  ya  hasta 
el  año  siguiente,  en  las  postrimerías  de  la  campaña. 

Don  Carlos  de  líorbón  que  había  compartido  con  sus  tropas  los  peli- 
gros de  la  batalla,  y  á  cuya  feliz  iniciativa  debióse  la  brillante  victo- 
ria de  Lacar,  ostentó  en  su  pecho  desde  entonces  la  Gran  Cruz  de  San 
Fernando  á  petición  de  los  generales,  jefes,  oficiales  y  voluntarios  de 
su  valiente,  entusiasta  y  leal  Ejército  del  Norte. 


—  264   — 

Las  operaciones  de  la  línea  del  Carrascal  y  la  batalla  de  Lacar 
dieron  lugar  á  sensibles  rivalidades  y  críticas  en  el  campo  carlista, 
llegando  hasta  á  decirse  por  algunos  que  la  pérdida  de  Esquinza  había 
valido  seis  millones  al  General  carlista  Mendiry,  cuya  atrevida  supo- 
sición consideramos,  en  honor  de  la  verdad,  completamente  falsa, 
siendo  nuestra  leal  opinión  que  el  General  Mendirj"  obró  con  poco 
acierto  en  estas  operaciones,  como  en  otras;  pero  que  ésto  pudo  ser  por 
error  ó  descuido  involuntarios,  los  cuales,  aunque  fueran  naturalmen- 
te muy  de  lamentar,  no  por  ello  debemos  confundirlos  con  las  faltas 
qu'i  tienen  su  origen  en  la  traición,  las  cuales  infaman  al  que  las  co- 
mete, mientras  que  las  equivocaciones,  aunque  sean  graves,  pueden 
desfavorecer  á  un  militar  en  el  concepto  de  probar  que  no  sirva  para 
el  mando  en  jefe,  por  ejemplo,  pero  sin  que  por  esto  dejen  de  recono- 
cerse en  él  las  excelentes  condiciones  que  le  adornen  y  sobre  todo  la 
rectitud  de  sus  intenciones  y  su  lealtad. 

Asimismo  encontramos  completamente  injustas  las  críticas  de  los 
que  supusieron  que  el  General  Argonz  tuvo  la  culpa  de  que  no  resulta- 
se aún  más  brillante  la  victoria  de  Lácar,  pues  no  solamente  nos  cons- 
ta que  antes  todavía  de  recibir  dicho  General  Argonz  el  aviso  del  ata- 
que á  Lácar,  ya  había  resuelto  llevarlo  á  cabo  con  las  fuerzas  de  si 
mando  y  de  acuerdo  con  algunos  de  los  jefes  que  estábamos  á  sus  in- 
mediatas órdenes;  no  solamente  nos  consta  esto,  repetimos,  si  no  que 
recordamos  perfectamente  que  el  General  Mendiry  no  dio  á  Argonz 
otra  orden  ó  aviso  que  el  de  secundar  el  ataque,  sin  disponer  después 
ninguna  otra  operación,  y,  finalmente,  somos  testigos  de  que  cuando 
el  General  Argonz  quiso  completar  la  victoria  de  Lácar  apoderándose 
de  Lorca,  quien  lo  impidió  fué  el  mismo  General  Mendii'y,  ordenando 
imperiosamente  la  retirada  á  Estella,  de  cuyo  hecho  creemos  que  tam- 
bién debió  ser  testigo  el  entonces  Brigadier  D.  León  Martínez  Fortun, 
por  ser  dicho  jefe  quien  mandaba  los  dos  batallones  encargados  por  el 
General  Argonz  de  apoyar  la  Artillería  que  teníamos  á  nuestras  inme- 
diatas órdenes,  y  á  la  cual  dio  personalmente  el  General  Mendiry  la 
que  consideramos  entonces  (y  seguimos  considerando  hoy)  muy  des- 
acertada orden  de  suspender  el  avance  á  Lorca  y  retirarnos  acto  se- 
guido á  Estella. 

En  vista  de  los  disgustos  surgidos  por  aquella  época  entre  los  gene- 
rales Mendiry  y  Argonz,  consideramos  oportuno  copiar  á  continuación 
los  partes  oficiales  que  ambos  jefes  redactaron  á  propósito  de  estas 
operaciones  militares,  pues  creemos  que  su  lectura  completará  la  des- 
cripción que  ya  hemos  hecho  de  las  mismas  en  el  presente  capítulo, 
empezando  por  copiar  el  parte  oficial  del  General  Mendiry  en  atención 


—  2I>5  — 

Á  la  mayor  categoría  de  éste  como  Capitán  General  de  las  provincias 
Vascongadas  y  Navarra,  por  Don  Carlos  de  Borbón. 

«Ejército  Real  del  Norte. —Estado  Mayor  G 'neral. — Parte  detalla- 
»do  de  la  acción  de  Lácar. — Excmo.  Sr. — De  pues  de  las  gloriosas 
«batallas  de  Biurrun  y  Barajoaín,  ocurridas  en  los  días  21  y  23  de 
«Septiembre  último,  fué  de  absoluta  necesidad  el  establecimiento  de 
»una  línea  atrincherada  que,  partiendo  de  la  villa  de  Puente-la-Reina, 
«terminara  en  el  Carrascal,  ya  para  estrechar  en  cuanto  fuera  posible 
»el  bloqueo  de  la  plaza  de  Pamplona,  ya  también  para  librar  á  este 
«hermoso  y  heroico  país  de  la  rapacidad  y  devastación  del  ejército 
•contrario.  Bien  sabía  que  con  su  instalación  no  evitaría  el  socorro  de 
«Pamplona;  pero  tenía  la  seguridad  de  que  para  conseguirlo  necesita- 
»ría  el  enemigo  reunir  un  ejército  considerable,  y  mientras  tanto  po- 
ndría tener  en  jaque  á  los  dos  cuerpos  de  ejército  de  Morlones  y  Piel- 
»tain,  compuestos  de  veinte  y  cinco  batallones  cada  uno,  que  operaban 
j»en  este  antiguo  Reino.  Así  ha  sucedido:  el  Ejército,  antes  republicano 
«furibundo,  ayer  de  la  dictadura  de  un  gobierno  despótico  y  hoy  de 
«Don  Alfonso,  ha  reunido  próximamente  60,000  hombres,  de  los  cuales 
«treinta  batallones,  al  mando  de  Morlones,  rebasaron  la  línea  por  Cá- 
«seda  y  San  Martín,  treinta  kilómetros  más  á  la  izquierda  de  su  pro- 
elongación,  sin  que  me  fuese  posible  oponerle  una  seria  resistencia. — 
»Mi  primer  pensamiento  fué  abandonar  la  línea  atrincherada  y  caer 
«sobre  esta  columna;  pero  las  malas  condiciones  en  que  tenía  que  dar 
«la  batalla,  y  la  consideración  de  que  dejaba  casi  abandonada  y  á  gran 
«distancia  esta  ciudad  de  Estella,  en  cuya  conservación  está  interesa- 
»do  el  honor  de  nuestras  armas,  me  hizo  desistir  de  esta  idea.  El  ene- 
«migo  penetró  en  Pamplona  en  la  tarde  del  día  2,  situándose  Morlones 
«con  la  mayoría  de  sus  tropas  en  la  posición  estratégica  de  Tiebas. 
»p]ste  caso,  que  empeoraba  mi  situación,  pero  que  no  la  hacía  desespe- 
«rada^  lo  tenía  previsto,  y  me  obligó  á  operar  un  cambio  de  frente, 
«apoyado  en  la  posición  del  pueblo  de  Añorbe,  y  de  establecer  una  se- 
»gunda  linea  en  la  sierra  del  Perdón,  distante  dos  leguas  de  la  prime- 
»ra,  quedando  las  fuerzas  enemigas  situadas  en  esta  forma:  el  Cuerpo 
«de  jMoriones,  donde  dejo  hecha  mención;  otro  Cuerpo,  fuerte  de  20,000 
«hombres,  en  Tafalla^  con  una  Brigada  en  la  posición  del  Pueyo^  y  el 
«tercero  en  Artajona,  de  quince  batallones,  formando  los  tres  cuerpos 
»un  triángulo  equilátero;  pero  el  cuerpo  situado  en  Tafalla  vino  á 
«acampar,  en  la  tarde  del  día  1.°,  una  legna  al  Sur  de  Artajona,  cuj^^o 
«movimiento  no  me  llamó  la  atención,  suponiendo  lo  hacía  con  el  obje- 
«to  de  apoyar  el  de  dicha  villa,  pues  que  habiéndose  adelantado  á 
«efectuar  sa  reconocimiento  sobre  Añorbe,  fué  tan  rudamente  atacado 


—  266  — 

»por  el  Brigadier  Férula,  que  le  obligó  d  retroceder  al  punto  de  parti- 

»da  en  completo  desorden  y  con  pérdidas  de  alguna  consideración; 

»pero  no  era  aquella  la  cuasa,  pues  por  un  movimiento  rápido,  ejecu- 

»tado  durante  la  noche,  vino  á  situarse  en  los  pueblos  de  Oteiza,  Lorca 

»y  Lácar.  Desde  este  momento  la  situación  del  Ejército  Real  en  Puen- 

»te-la-Reina  y  valle  de  Ilzarbe  se  hizo  insostenible  y  determiné  levantar 

»la  línea,  enviando  al  Comandante  General  de  Navarra  con  diez  bata- 

»llones  á  ocupar  las  posiciones  de  Estella,  para  poner  á  cubierto  esta 

»plaza,  y  yo,  con  el  resto  del  Ejército,  marché  á  situarme  en  Cirauqui 

»y  Mañeru.  Nos  hallábamos  en  esta  situación  en  la  mañana  de  ayer, 

»cuando  S.  M.  el  Rey  nuestro    Señor  (q.  D.  g.)  llegó  al  primero  de 

«dichos  pueblos,  y  me  ordenó  que  diese  un  rudo  ataque  al  pueblo  de 

»Lácar,  ocupado  por  el  regimiento  de  Asturias,  fuerte  de  1,600  hom- 

»bres,  y  el  de  Valencia  con  igual  fuerza.  -A  las  once  de  la  mañana 

«emprendí  la  marcha  con  doce  batallones  por  un  camino  poco  menos 

»que  intransitable,  dejando  en  Cirauqui^  al  frente  del  enemigo  situado 

»en  el  monte  de  San  Cristóbal,  al  Brigadier  Zalduendo,  con  tres  bata- 

»lIones,  y  al  Coronel  Echevarría  con  el  de  su  mando  en  el  faerte  de 

»Santa  Lucía,  á  fin  de  observar  y  hacer  frente  á  la  columna  de  Morio- 

»nes.  A  las  tres  y  media  de  la  tarde  me  hallaba  oculto  á  unos  1^600 

»metros  de  Lácar,  en  donde,  conforme  iban  llegando  los  batallones,  or- 

»ganicé  las  cuatro  columnas  de  tres  cada  una,  mandadas  por   los  bri- 

»gadieres  Férula,  Valluerca,  Cavero  y  Coronel  D.  Celedonio  Iturralde, 

»que  debían  verificar  el  ataque.  Con  la  necesaria  anticipación  habla 

»dado  orden  al  General  Argonz  para  que  reconcentrara  los  diez  bata- 

»llones  puestos  á  sus  órdenes  en  el  paeblo  de  Murillo,  á  fin  de  secundar 

»el  ataque  por  la  parte  Sur  de  la  población,  y  á  los  regimientos  de  Caba- 

»llería  del  Rey  y  Cruzados  de  Castilla  y  Escuadrón  de  Guardias  de  Su 

«Majestad,  que  se  situaron  en  la  carretera  de  Alloz,  también  ocultos  y 

»lo  más  próximo  al  pueblo  que  se  iba  á  atacar,  cuya  operación  debía 

»tener  lugar  á  las  cuatro  de  la  tarde,  señalando  al  Comandante  de  la 

«primera  Batería  de  Montaña  el  punto  para  el  emplazamiento  de  las 

»ocho  piezas  de  que  se  compone.  Como  las  operaciones  del  general  Ar- 

»gonz  fueron  independientes,  él  dará  cuenta  de  ellas. — A   la  hora  se- 

Ȗalada  salieron  las  cuatro  columnas  paralelamente  y  en  marcha  de 

» hileras  de  á  cuatro,  por  no  permitir  la  salida  de  la  garganta  que  ocu 

»pábaraos   otra  formación,  y  conforme  iban    llegando  y  entrando  en 

«terreno  más  abierto,  fueron  organizándose  en  columna  por  compa- 

»ñías.  —Apercibido  el  enemigo,  se  aprestó  inmediatamente  al  combate, 

«instalándose  en  las  casas  y  en  algunas  obras   de  defensa  'que  había 

«construido  á  la  entrada  del  pueblo;  mas  todo  fué  en  vano,  porque  los 


—  "267  — 

«batallones  que  formaban  la  cabeza  de  las  columnas  se  precipitaron  á 
»la  carrera  sobre  el  pueblo,  apoyados  sobre  los  que  ocupaban  el  se- 
»gundo  lugar  en  la  marcha,  quedando  los  terceros  en  reserva  según  lo 
»había  prevenido.— Una  media  hora  duró  el  combate,  quedando  com- 
»pletamente  arrollado  el  enemigo,  que  al  apoyo  de  las  fuerzas  que  sa- 
»lieron  del  pueblo  de  Lorca  debió  en  parte  su  salvación:  habiendo  caí- 
»do  en  nuestro  poder  tres  piezas  de  Artillería,  sistema  Plasencia,  de  á 
»ocho  centímetros,  con  el  material  completo  perteneciente  á  cuatro; 
»más  de  2,000  fusiles,  las  cajas  délos  regimientos,  municiones,  bagajes 
»y  víveres  y  sobre  trescientos  prisioneros,  entre  ellos  45  heridos,  que- 
»dando  en  el  campo  de  800  á  900  cadáreres,  y  llevándose  el  enemigo 
»un  número  considerable  de  heridos,  consistiendo  nuestras  pérdidas 
»en  30  muertos  y  unos  200  heridos. — Como  el  pueblo  de  Lorca  dista 
»del  de  Lácar  1,800  metros  y  en  él  había  situados  cuatro  batallones 
«enemigos,  y  en  las  alturas  inmediatas,  derivaciones  del  monte  de  San 
«Cristóbal,  hubiera  también  otra  Brigada,  se  generalizó  la  acción,  á 
»que  concurrió  también  el  resto  del  Cuerpo  que  se  hallaba  en  Otei- 
»za,  consiguiendo  quitarles  cuantas  posiciones  habían  ocupado  hasta 
»muy  entrada  la  noche,  en  que  mandé  retirar  las  tropas. — He  concu- 
»rrido  á  más  de  ciento  veinte  hechos  de  armas  en  mi  larga  carrera  y 
»nunca  he  visto  tanta  heroicidad  como  en  la  batalla  de  ayer.  Es  im- 
»posible  describir  los  hechos  de  bravura  que  tuvieron  lugar,  porque 
»los  regimientos  de  Asturias  y  Valencia,  que  ocupaban  el  pueblo,  eran 
»de  los  más  distinguidos  del  ejército  contrario,  lleno  de  valor  y  abne- 
»gación.  ¡Loor  á  los  bravos  que  en  uno  y  otro  campo  han  sucumbido! 
»No  es  posible  que  los  héroes  de  la  antigüedad  pudieran  elevar  á  tan 
»alto  grado  el  mérito  de  sus  acciones  guerreras  que  nos  dejaron  con- 
»signadas  en  la  historia. — Imposible  me  sería  citar  á  los  que  más  se 
«distinguieron,  pues  todos  excedieron  en  el  cumplimiento  de  su  de- 
»ber,  como  de  cerca  lo  vio  S.  M.:  solamente  me  permitiré  indicar  á 
»S.  A.  R.  el  señor  Conde  de  Bardi,  que  á  caballo  fué  uno  de  los  prime- 
»ros  que  entraron  en  el  pueblo  de  Lácar.  —Nuestras  pérdidas,  ya  fijadas 
•anteriormente,  son  bien  cortas,  al  pensar  en  el  vivo  ataque  de  nues- 
»tros  voluntarios  y  horroroso  fuego  de  los  enemigos. — Al  dar  cuenta 
»á  S.  M.  de  tan  glorioso  hecho  de  armas,  invito  á  V.  E.  incline  su  real 
»ánimo  á  recompensar  con  su  ordinaria  generosidad  el  comportaraien- 
))to  de  este  Ejército.— Dios  guarde  á  V.  E.  muchos  años. — Estella  4  de 
«Febrero  de  1875. — Excmo.  Sr. —  Toi-cuato  Mendiry.—'E-x.cmo.  señor 
«Capitán  General,  Ministro  de  la  Guerra.» 

Hé  aquí  ahora  el  parte  oficial  que  sobre   la  batalla  de  Lácar  pasó 
al  mismo  General  Mendiry  el  Comandante  General  de  Navarra,  General 


—  2o6  — 

D.  Ramón  Argonz:  «Ejército  Real  del  Norte. — Comandancia  General  de 
»Navarra. — Excmo  Sr. — Hallábame  de  acuerdo  con  V.  E.  el  día  2  del 
j-actual  recorriendo  las  posiciones  de  Biurrun  y  Subiza,  cuando  sobre 
»el  medio  día  recibí  un  aviso  participándome  que  una  columna  enemi- 
»ga,  fuerte  de  18  á  20,000  hombres,  había  tomado  la  dirección  de  Otei- 
»za,  y  que  inmediatamente  me  pusiera  en  marcha  para  la  parte  deEs- 
»tel[a,  añadiéndome  que  lo  habían  hecho  ya  en  aquella  dirección  la  2.* 
«Brigada  de  Navarra  y  los  batallones  de  Guías  de  S.  M.  y  1."  de  Rio- 
»ja. — Al  llegar  á  las  inmediaciones  de  Mañeru  encontré  á  S.  M.  con  el 
«Ministro  de  la  Guerra,  manifestándome  éste  que  á  la  2."  Brigada  pre- 
»cedían  los  batallones  expresados  y  el  5.*^  de  Castilla^  conducidos  por 
»el  Excmo.  Sr.  General  D.  Fulgencio  Carasa  y  Brigadier  Fontecha,  á 
»los  cuales  alcancé  en  el  pueblo  de  Irurre.  Desde  dicho  pueblo  oficié 
ȇ  V.  E.  poniendo  en  su  conocimiento  que  aquella  misma  noche  me  si- 
»tuaría  con  las  faerzas  en  los  puntos  más  convenientes  para  hacer 
«frente  al  enemigo,  y  aun  rechazarlo  si  intentase  atacar  la  plaza  de 
»Estella.— Las  fuerzas  quedaron  acantonadas  en  esta  forma:  Guías  del 
»Rey  en  Grocin,  con  el  General  Carasa  y  Brigadier  Fontecha,  uno  de 
»los  batallones  de  Álava  en  Zurucuain,  con  el  General  Iturmendi;  el 
»otro  en  Arandigoyen  y  Villatuerta,  con  su  Comandante  General  For- 
»tun;  la  Brigada  Cántabra,  que  estaba  en  Estella,  ocupó  á  las  cuatro 
»de  la  mañana  las  posiciones  sobre  la  ermita  de  Villatuerta,  con  el  Briga- 
»dier  Albarrán;  la  2.'"*  Brigada  de  Navarra,  con  mi  Cuartel  General,  se 
»situó  en  Murugarren  y  Zabal,  destinando  al  pueblo  de  Abárzuza  los 
•  batallones  de  Clavijo,  5.°  de  Álava  y  ó}'  de  Castilla,  poniéndome  en 
«comunicación  con  el  General  Iturmendi,  que  se  hallaba  en  Zuru- 
»cuaín. — El  enemigo  había  ocupado  desde  la  mañana  la  altura  de  San 
«Cristóbal,  la  villa  de  Oteiza  y  los  pueblos  de  Lorca  y  Lácar,  cuya  cir- 
«canstancia  me  obligó  á  ejecutar  la  marcha  que  dejo  expresada,  con 
»algún  rodeo  y  precaución.  — A  luego  de  mi  llegada  á  Murugarren,  di- 
»rigí  una  comunicación  al  Brigadier  Lauda,  Gobernador  militar  de  Es- 
«tella,  para  que  el  Sr.  Coronel  de  Artillería  D.  Antonio  Brea  se  situara 
«para  el  amanecer  del  día  siguiente  con  6  piezas  de  grueso  calibre  en 
lia  altura  de  Zurucuain,  llamada  Apalar,  advirtiéndole  que  se  presen- 
«tara  antes  á  recibir  mis  órdenes,  como  lo  verificó  con  la  debida  pun- 
«tualidad,  y  á  los  batallones  5."  de  Álava  y  5."  de  Castilla  que  se  si- 
»tuaran  en  dicha  altura,  en  apoyo  déla  Artillería. — Ala  una  de  la 
»tarde  di  orden  para  que  la  2  **  Brigada  de  Navarra,  al  mando  del  Bri- 
«gadier  D.  Miguel  Arbeloa  y  el  Batallón  de  Guías  del  Rey  pasaran  á 
«situarse  en  el  pueblo  de  Murillo;  que  los  batallones  de  Clavijo,  5."  de 
«Álava  y  5."  de  Castilla,  con  el  General  Carasa  y  Brigadier  Fontecha, 


—  269  — 

«siguieran  el  mismo  movimiento,  formando  columna  de  reserva;  yo, 
»con  mi  Estado  Mayor,  me  dirigí  á  Arandigoyen  á  conferenciar  con  el 
»General  Iturmendi,  que  con  las  brigadas  Cántabra  y  2.'^  de  Álava 
«debía  hacer  igual  concentración  en  el  último  pueblo;  V.  E.  había  dis- 
»puesto  ya  de  los  4  escuadrones  de  Caballería  que  se  hallaban  en  Ari 
»zala,  según  me  manifestó  su  jefe  D.Juan  Ortigosa.— De  regreso  al 
«pueblo  de  Murillo,  recibí  el  aviso  de  V.  E.  sobre  el  próximo  ataque 
»del  pueblo  de  Lácar,  ordenándome  dispusiera  las  fuerzas  de  modo  que 
«unas  secundasen  el  ataque  por  la  parte  sur  de  dicho  pueblo^  reser- 
«vando  las  otras  para  hacer  frente  á  los  enemigos  que  desde  Oteiza, 
«Lorca  y  alturas  próximas  á  San  Cristóbal,  pudieran  venir  en  socorro 
«de  los  atacados.  Inmediatamente  dispuse  que  las  fuerzas  indicadas 
«estuviesen  preparadas  para  acometer  al  enemigo  hasta  el  pueblo  de 
«Lácar  y  su  parte  sur  á  la  primera  señal,  y  ordené  al  General  Itur- 
«mendi  para  que  con  el  -í.^  Batallón  de  Álava  avanzase  por  la  carrete- 
«ra  en  dirección  del  pueblo  de  Lorca,  dejando  como  reserva  de  la  de- 
«recha  al  3er  Batallón  de  Álava  con  el  Brigadier  Fortun  y  la  Brigada 
«Albarrán,  ocupando  el  puente  de  Muniáin  el  Brigadier  Zaratiegui,  con 
«el  3.61-  Escuadrón  de  Navarra. — En  esta  disposición  se  oyeron  algu- 
»nos  disparos  de  cañón  y  fusilería  en  la  parte  de  Alloz,  lo  que  me  hizo 
«comprender  que  V,  E.  comenzaba  la  batalla.  En  seguida  se  pusieron 
«en  movimiento  á  la  carrera  á  los  puntos  indicados  las  fuerzas  de  que 
«llevo  hecha  mención,  organizándose  sobre  la  marcha  tres  columnas 
«paralelas  con  sus  correspondientes  reservas,  desplegando  la  primera, 
«ó  sea  la  2.*^  Brigada  de  Navarra,  sobre  el  flanco  izquierdo,  el  Batallón 
«Guias  de  S.  M.  por  el  centro  y  el  4."  Batallón  de  Álava  con  el  General 
«Iturmendi  sobre  el  naneo  derecho.  Acto  continuo  se  generalizó  el  fue- 
»go  en  toda  la  línea,  contribuyendo  no  poco  la  2.*^  Brigada  de  Nava- 
«rra,  al  mando  de  su  Brigadier  Arbeloa,  por  su  movimiento  envolven- 
«te,  á  arrollar  al  enemigo  en  el  pueblo  de  Lácar,  no  siendo  menor  el 
«mérito  contraído  por  el  Batallón  Guías  de  S.  M.  y  4."  de  Álava,  que 
«no  solamente  hicieron  frente  á  las  fuerzas  que  iban  llegando  por  la 
«parte  de  Oteiza,  sino  que  las  desalojaron  de  cuantas  posiciones  toma- 
«ron,  causándoles  pérdidas  de  la  mayor  consideración,  consiguiendo 
«el  éxito  más  completo  y  favorable. — La  Artillería,  á  las  órdenes  del 
«Coronel  Brea,  siguió  el  movimiento.de  las  columnas  de  ataque,  y  si- 
«tuándose  en  un  punto  conveniente,  hizo  tan  nutrido  y  certero  fuego 
«sobre  las  baterías  enemigas,  que  consiguió  apagar  los  de  estas,  con- 
«tribuyendo  eficazmente  al  buen  éxito  de  la  batalla. — Mientras  las 
«fuerzas  que  llevo  enunciadas  cooperaban  tan  activamente  á  este  me- 
«morable  hecho  de  armas,  se  hallaban  de  reserva  y  dispuestos  á  acudir 


—  270  — 

»donde  conviniera  los  batallones  3/'  y  5/'  de  Álava,  5.*^  de  Castilla,  1.® 
»deRiojay  Brigada  Cántabra,  al  mando  del  General  Carasa  y  briga- 
»dieres  Fortuny  Fontecha.— La  obscuridad  impidió  continuar  elcomba- 
»te,  y  de  acuerdo  con  Y.  E.  se  dispuso  que  nuestras  fuerzas  se  replega- 
»ran  á  los  pueblos  inmediatos. — V.  E.  que  inició  el  ataque,  comprenderá 
»mejor  que  nadie  la  oportunidad  con  que  todas  las  fuerzas  de  mi  man- 
»do  concurrieron  á  la  línea  de  batalla,  y  de  sus  grandes  resultados  de- 
«ducirá  que  el  comportamiento  de  todos  los  señores  generales,  jefes,  ofi- 
»ciales  y  tropa  fué  digno  y  heroico.— Lo  que  tengo  el  honor  de  poner  en 
«conocimiento  de  V.  E.  para  su  satisfacción  y  efectos  consiguientes. — 
»Dios  guarde  á  V,  E.  muchos  años. — Estella,  9  de  Febrero  de  1875. — 
»Excmo.  Sr.: — Ramón  Argonz. — Excmo.  Sr.  Capitán  General  de  las 
«provincias  Vascongadas  y  Navarra.» 


D.    DOMINGO    DE   EGAÑA 


Capitulo  XXIII 

Operaciones  en  la  línea  del  Oria  y  detalles  del  sitio  de  Guelaria. 


U 


KO  de  los  obligados  objetivos  del  Ejército  liberal  durante  la  última 
guerra  civil,  lo  era  sin  duda  alguna  la  línea  llamada  del  Oria,  no 
sólo  porque  á  su  amparo  podía  llegarse  más  pronto  al  corazón  de  Guipúz- 
coa, ensanchando  á  la  vez  el  territorio  dominado  por  los  liberales,  sino 
porque  los  carlistas  habían  establecido  en  ella  sus  principales  fábricas 
de  armas,  pólvora,  maestranza  y  fundición  de  cañones,  ya  que  el  pri- 
mer pensamiento  del  Comandante  General  carlista  de  la  provincia 
D.  Antonio  Lizárraga  al  encargarse  del  mando  fué  la  toma  de  Eibar, 
Plasencia  y  Azpeitia. 

Aprovechándose,  pues,  de  la  escasez  de  tropas  de  que  disponía  el 
General  liberal  Loma  á  mediados  de  1873,  penetró  Lizárraga  con  sus 
batallones,  unas  veces  sólo,  y  otras  ayudado  por  los  navarros,  en  Eibar, 
Plasencia  y  Oñate,  primero,  y  después  en  Mondragón,  Elgoibar,  Ver- 
gara,  Azcoitia  y  Azpeitia,  apoderándose  de  multitud  de  armas  en  cons- 
trucción, que  sucesivamente  fué  haciendo  poner  en  estado  de  servicio; 
pasándose  más  tarde,  como  ya  sabemos,  á  convertir  la  fábrica  antigua 
de  Azpeitia  en  Maestranza  y  fundición  de  Artillería  bajo  la  inteligente 
dirección  de  los  oficiales  del  Cuerpo  Dorda  é  Ibarra  (D.  Leopoldo). 


—  272  — 

Claro  es,  por  lo  tanto,  y  justificado  el  empeño  de  los  carlistas  en  con- 
servar su  arsenal  de  armas,  y  el  de  los  liberales  en  destruirlo. 

El  activo  General  enemigo  Moriones,  después  de  haber  socorrido  á 
Tolosa  en  Diciembre  de  1873,  pensó  en  dirigir  sus  fuerzas  al  interior 
de  Guipúzcoa,  destruyendo  á  su  paso  las  mencionadas  fábricas  carlis- 
tas; pero  ya  vimos  que  hubo  al  fin  de  desistir  de  su  empeño  ante  la  ac- 
titud de  los  numerosos  batallones  carlistas  que  en  escogidas  posiciones 
le  cortaban  el  paso,  lo  que  unido  el  las  órdenes  del  Gobierno  de  Madrid 
previniéndole  que  volviera  á  la  línea  del  Ebro,  le  obligó  á  embarcarse 
con  sus  fuerzas  en  San  Sebastiiín  y  Pasajes,  para  pasar  á  Santoña  tras- 
ladarse por  la  línea  férrea  de  Santander  á  Miranda  de  Ebro  y  Logroño, 
y  acudir  así  á  la  Ribera  de  Navarra  ya  que  directamente  le  habría 
sido  imposible  conseguirlo,  ó  por  lo  menos  le  habría  costado  mucha 
sangre . 

En  1875  volvieron  á  reproducirse  los  combates  en  la  línea  del  Oria; 
pero  antes  de  relatarlos  conviene  fijar  la  fuerza  y  situación  de  las  tro- 
pas liberales  y  carlistas  de  Guipúzcoa,  por  aquella  época. 

Los  puntos  y  plazas  ocupadas  por  los  liberales  en  Enero  de  1875 
eran:  San  Sebastián,  Hernani^  Pasajes,,  Fuenterrabía,  Irún  y  Astiga- 
rraga,  así  como  Guetaria,  pequeña  península  unida  con  un  puente  al 
continente.  Las  avanzadas  carlistas  partían  de  Oyarzun,  SantiagOnien- 
di,  Uzurbil,  Zubieta  y  Zarauz,  ocupando  y  dominando  el  resto  de  la 
provincia:  por  consiguiente  era  muy  reducido  el  espacio  en  que  podían 
desenvolverse  las. fuerzas  liberales.  De  ahí  el  porfiado  empeño  de  éstas 
en  ensanchar  su  circulo  de  acción,  sobre  todo  en  la  línea  del  Oria,  ó 
sea  enlazando  á  San  Sebastián  con  Guetaria  por  tierra  y  de  un  modo 
permanente.  Con  esta  base  de  operaciones,  es  evidente  que  se  facilita- 
ban el  poder  adelantar  al  centro  de  la  provincia  y  la  consiguiente 
destrucción  de  las  fábricas  carlistas  al  menor  descuido  de  éstos. 

Hallábase  de  Comandante  General  carlista  el  Brigadier  D.  Domingo 
de  Egaña,  veterano  Jefe  que  había  combatido  bravamente  durante  la 
primera  guerra  civil,  en  la  que  ganó  la  Cruz  laureada  de  San  Fernando 
entrando  el  primero  á  escala  franca  en  Guetaria:  gran  conocedor  del 
país  y  de  la  gente  que  estaba  llfimado  á  mandar,  querido  de  sus  pai- 
sanos, dotado  de  gran  actividad  y  tan  entusiasta  que  á  pesar  de  ser  ya 
septuagenario  acababa  de  llegar  de  Méjico,  donde  había  estado  emi- 
grado por  no  querer  convenirse  en  Vergara  ni  volver  á  su  patria  sino 
vistiendo  el  uniforme  carlista.  Era  cojo  y  manco,  lo  cual  no  le  impidió 
inaugurar  su  mando  con  la  brillante  victoria  de  Urnieta  que  ya  en  otro 
capítulo  hemos  descrito,  así  es  que  á  sus  órdenes  rehiciéronse  los  gui- 
puzcoanos  en  breve  tiempo  del  fracaso  de  Irún. 


—  273  — 

Las  fuerzas  de  que  disponía  el  Brigadier  Egaña  eran  siete  batallo- 
nes guipuzcoanos,  dos  vizcaínos,  la  primera  Batería  de  Montaña,  al 
mando  del  arrojado  Teniente  Coronel  Reyero,  y  ocho  piezas  del  Tren 
de  sitio,  á  las  órdenes  del  Comandante  Torres.  Mils  tarde  se  hicieron 
marchar  también  íi  la  línea  carlista  los  ocho  cañones  de  la  Batería  de 
Rodríguez  Vera. 

Continuaba  por  entonces,  ó  mejor  dicho,  había  vuelto  á  encargarse 
del  mando  de  las  tropas  liberales  de  la  provincia  el  General  D.  José  de 
Loma.  Las  fuerzas  á  sus  órdenes  disponibles  para  emprender  operacio- 
nes (prescindiendo  de  las  ocupadas  en  guarnecer  puntos  fortificados) 
eran  tres  brigadas  de  á  tres  batallones,  mandadas  por  el  General  Blan- 
co y  los  brigadieres  Infanzón  y  Oviedo^  con  su  correspondiente  dota- 
ción de  Artillería,  y  el  nutrido  Batallón  de  ]\Iigueletes. 

En  el  Estado  Mayor  General  liberal  se  había  convenido  que  para 
evitar  la  aglomeración  de  fuerzas  carlistas  en  la  importante  línea  del 
Carrascal,  que  se  trataba  de  envolver,  se  hiciese  el  General  Loma 
dueño  de  \a  línea  del  Oria,  ocupando  la  atención  de  sus  enemigos,  pe- 
netrando, si  le  era  posible,  hasta  Azpcitia. 

Obediente  el  General  liberal,  ordenó  la  salida  de  sus  tropas  por  dos 
puntos  á  la  vez:  La  Brigada  de  Infanzón  salló  por  mar  á  Guetaria,  y 
rápidamente  se  hizo  dueña  de  Garaiemendi,  á  la  vez  que  el  General 
Loma  salía  con  las  otras  dos  brigadas  por  la  carretera,  A  fin  de  operar 
la  conjunción  de  las  tres  en  Orlo,  para  componer  su  puente  y  trasla- 
darse á  la  otra  orilla. 

Apenas  ascendía  á  una  Compañía  la  fuerza  carlista  que  ocupaba  la 
elevada  posición  de  Garatemendi;  por  lo  que  la  primera  Brigada  libe- 
ral se  posesionó  de  ella  casi  por  sorpresa,  después  de  un  ligero  tiroteo. 
Esto  se  explica  por  la  poca  vigilancia  de  los  carlistas  y  la  imprevisión 
de  su  Comandante  General;  pues  siempre  debió  cuidarse  de  posición 
tan  importante  por  ser  la  llave  de  Guetaria  y  el  obstáculo  que  la  natu- 
raleza misma  oponía  á  que  el  enemigo  rompiera  la  línea  carlista,  des- 
embarcando en  Guetaria. 

La  Brigada  de  Infanzón,  no  pudo,  sin  embargo,  pasar  á  Zarauz, 
porque  se  le  adelantaron  dos  batallones  que  al  mando  del  intrépido 
Coronel  Iturbe  hizo  avanzar  el  Brigadier  Egaña,  y  éste  con  el  resto  de 
sus  fuerzas  fué  flanqueando  al  General  Loma  desde  su  salida  de  San 
Sebastián,  ocupando  todas  las  alturas,  incluso  las  que  dominaban 
á  Orlo. 

Viendo  Loma  que  el  movimiento  de  concentración  no  podía  verifi- 
carse por  interposición  de  los  carlistas,  reforzó  la  Brigada  con  las 
fuerzas  del  General  Blanco,  á  la  vez  que  él  marchaba  á  su  encuentro 

18 


—   274  — 

bajo  el  nutrido  fuego  de  sus  enemigos.  La  línea  del  Oria  fué,  por  tanto, 
restablecida,  pues  si  bien  los  acantonados  en  el  pueblo  estaban  bajo  el 
fuego  de  cañón  y  fusil  de  los  carlistas,  lograron  apoderarse  de  los  altos 
de  Meagas  é  Indamendi,  que  dominaban  á  su  vez  las  posiciones  ene- 
migas. Sus  bajas  en  esta  operación,  según  datos  oficiales,  fueron 
quince  muertos  y  ciento  cuarenta  y  cinco  entre  heridos  y  contusos. 

El  Brigadier  carlista  Egafia  comprendió,  aunque  tarde,  el  verda- 
dero objetivo  de  los  liberales,  y  por  consiguiente  dio  sus  órdenes  para 
que  acudieran  todas  sus  fuerzas  á  defender  los  pasos  á  Azpeitia,  como 
así  se  verificó  al  día  siguiente. 

El  puente  de  Orio  no  llegó  á  recomponerse  sino  á  fuerza  de  tesón 
de  los  liberales,  pues  la  Batería  del  bizarro  Reyero  y  la  del  no  menos 
valiente  Torres,  hicieron  fuego  de  flanco  sobre  la  obra,  en  términos  de 
ocasionar  la  rotura  de  dos  tramos,  que  tuvieron  que  recomponerse  de 
noche.  Las  baterías  fueron  establecidas  en  magníficas  posiciones^  que 
dio  á  conocer  á  los  artilleros  y  á  su  Coronel  Brea,  el  insigne  Vicario  de 
Orio,  y  tan  bien  elegidas,  que  no  solamente  se  dominaban  los  tableros 
del  puente  para  destruirlos,  sino  que  al  acudir  el  General  Loma  en 
socorro  de  las  fuerzas  de  Orio,  no  hubo  necesidad  más  que  de  un  lige- 
ro cambio  de  frente  de  las  piezas,  para  que  mientras  unas  contesta- 
ban al  fuego  de  las  baterías  de  campaña  liberales,  las  otras  siguieran 
tranquilamente  arrojando  sus  proyectiles  al  puente,  que,  como  hemos 
dicho,  fué  roto  por  dos  partes.  Durante  el  combate,  no  dejó  un  punto 
de  discurrir  entre  los  cañones  el  intrépido  Vicario,  inspirando  á  todos 
confianza  y  serenidad. 

Era  por  entonces  como  el  alma  de  todas  las  operaciones  de  la  línea 
del  Oria,  el  célebre  Cura  de  Orio  D.  Juan  Antonio  Macazaga,  figura 
que  se  hizo  notable  por  sus  singulares  condiciones  de  religiosidad, 
conocimiento  del  terreno  y  aficiones  militares,  unidas  á  una  impertur- 
bable sangre  fría.  No  era,  en  la  verdadera  acepción  de  la  palabra,  un 
Cura  guerrillero  como  D.  Jerónimo  Merino,  el  heroico  Brigadier  de  la 
guerra  de  la  Independencia,  sino  un  dignísimo  y  virtuoso  ministro  del 
altar,  que  llevado  al  campo  carlista  por  las  persecuciones  liberales, 
identificado  con  nosotros  y  gran  práctico  en  aquella  región,  servía  á 
los  carlistas  de  inseparable  guía,  y  á  quien  todos  oían  con  respeto, 
inspirado  este  por  la  lealtad  de  sus  ilustrados  consejos  en  los  asuntos 
de  la  guerra,  y  más  que  nada,  porque  no  dejó  de  ejercer  nunca  su  sa- 
grada misión,  ni  aún  dejó  de  usar  jamás  el  traje  talar.  Por  cierto  que 
pudo  ocasionarle  esta  circunstancia  serios  disgustos,  pues  su  sombrero 
de  teja  y  sus  hábitos  servían  de  constante  blanco,  (ó  más  bien  ne- 
gro) á  los  tiradores  liberales  y  migueletes,  de  quienes  era  tan  conocido 


—  275  — 

como  de  los  carlistas,  pues  siempre  estaba  el  buen  Cura  en  las  avan- 
zadas, á  la  cabeza  de  los  voluntarios  guipuzcoanos. 

Recompuesto  al  fin  el  puente  por  los  Ingenieros,  bajo  el  fuego  car- 
lista, atravesaron  algunos  batallones  á  la  otra  orilla  y  se  hicieron 
fuertes,  aspillerando  el  caserío  de  Damasco-Echevarria,  que  ocupaba 
una  cima  algo  elevada,  y  otras  posiciones  que  atrincheraron  conve- 
nientemente. Satisfecho  el  General  Loma  de  la  operación,  por  más  que 
no  hubiera  logrado  penetrar  en  el  interior  de  la  provincia,  regresó  á 
San  Sebastián,  dejando  bien  guarnecidos  Orio,  Mendibelz  y  el  men- 
cionado caserío,  por  cuya  razón  el  Brigadier  carlista  volvió  á  sus  an- 
tiguas posiciones  de  Aya  y  Zarauz,  circunvalando  perfectamente  la 
línea  liberal. 

Como  quiera  que  la  vecindad  de  los  enemigos  era  sumamente  mo- 
lesta á  los  carlistas,  no  hubo  sorpresa  que  no  se  intentara  contra  el 
caserío,  ni  vejamen  que  no  se  hiciera  sentir  al  pueblo  de  Orio.  Baste 
decir  que  las  baterías  de  Reyero  y  de  Torres  impidieron  en  la  medida 
de  sus  fuerzas  el  establecimiento  del  enemigo  en  la  línea  y  la  consi- 
guiente recomposición  del  puente,  como  ya  hemos  dicho.  Dominado  y 
enfilado  el  pueblo  por  la  fusilería  carlista,  dicho  se  está  que  no  había 
lugar  seguro  para  los  contrarios,  y  sus  traveses  y  espaldones  eran  ba- 
rridos con  frecuencia  por  la  Artillería  de  Torres. 

El  caserío  situado  en  Damasco-Echevarría  fué  también  objeto  de 
varias  embestidas  por  los  carlistas,  si  bien  hay  que  confesar  que  sin 
éxito,  por  ahorrar  la  preciosa  sangre  de  los  que  hubieran  de  asaltarle. 
El  caserío  fué  cañoneado  por  dos  de  sus  flancos  por  los  esforzados  Re- 
yero y  Torres;  pero  como  entonces  no  había  fuerzas  carlistas  suficien- 
tes para  dar  el  ataque  con  seguro  éxito,  y  los  liberales  estaban  prepa- 
rados, acudieron  con  grandes  refuerzos  y  no  pudo  completarse  la 
operación.  El  relevo  de  las  tropas  que  ocupaban  el  caserío  tenía  que 
hacerse  de  noche  para  evitar  bajas. 

Posteriormente,  el  General  Loma  hizo  colocar  Artillería  de  posi- 
ción en  la  vertiente  del  Oria,  y  equilibradas  las  fuerzas  carlistas  y  li- 
berales, cada  una  de  ellas  conservó  sus  posiciones,  por  más  de  que  el 
fuego  de  fusil  y  de  cañón  no  cesó  desde  Enero,  en  que  se  estableció  la 
línea,  hasta  que  al  fin  fué  abandonada  por  los  liberales  en  Mayo. 

Tenemos  á  la  vista  el  parte  oficial  carlista  de  las  operaciones  de  la 
línea  del  Oria;  pero  como  es  bastante  extenso,  procuraremos  extrac- 
tarlo para  mayor  claridad  de  los  sucesos. 

El  27  de  Enero  de  1875  por  la  noche  se  embarcó  la  Brigada  Infan- 
zón en  San  Sebastián,  pudiendo  á  favor  de  la  obscuridad  desembar- 
car en  Guetaria  y  hacerse  dueña  del  monte  Gárate.  Como  las  fuerzas 


—  27G  — 

carlistas  no  llegaban  á  dos  compañías,  tuvieron  que  abandonar  el 
campo,  retirándose  á  Meaga.  Creyendo  posible,  sin  embargo,  recupe- 
rar posición  tan  importante^  el  Comandante  General  carlista  ordeaó  al 
Brigadier  Aizpurúa  que  lo  intentara  con  el  2."  Batallón  de  Guipúzcoa; 
pero  habiendo  sido  rechazado,  volvió  dicho  Jefe  á  la  línea  de  An- 
doain,  quedando  Egaña  y  el  Coronel  Iturbe  para  hacer  frente  al  ene- 
migo con  el  2.°  y  7.°  de  Guipúzcoa  y  el  Batallón  vizcaíno  de  Bilbao, 
llegado  hacía  pocos  días. 

Mientras  tanto,  el  General  liberal  Loma  salió  de  la  capital  el  día  29 
con  algunos  batallones  á  las  órdenes  del  General  Blanco  y  del  Briga- 
dier Oviedo,  y  aunque  los  carlistas  le  disputaron  el  paso  en  Usurbil, 
San  Esteban  y  Zubieta,  logró  su  intento  de  penetrar  en  Crio,  donde, 
enterado  de  que  la  Brigada  Infanzón  no  había  podido  romper  la  linea 
carlista,  dispuso  que  el  General  Blanco  volviera  sobre  sus  pasos  y  se 
embarcara  para  Guetaria  y  Gárate  en  auxilio  del  primero,  mientrais 
ta^to  que  el  General  Loma  disponía  la  inmediata  recomposición  del 
puente  de  Crio,  protegiendo  los  barcos  de  guerra  con  sus  fuegos  todos 
sus  movimientos. 

No  siendo  ya  necesarias  las  fuerzas  carlistas  en  Usurbil,  hizo  el 
Brigadier  Egaña  que  se  trasladaran  á  la  nueva  línea  los  batallones  de 
Orduña  y  6.*'  de  Guipúzcoa,  los  cuales  ocuparon  el  día  31  el  alto  de 
Zarugaray.  Eeforzados  á  su  vez  los  liberales  de  Gárate,  atacaron  re- 
sueltamente á  los  carlistas  que  se  vieron  precisados  á  retroceder  hasta 
su  segunda  línea,  la  de  Aya,  operándose  por  consiguiente  la  unión  de 
todas  las  fuerzas  liberales  desde  Orio  á  Zarauz  y  Gárate,  pues  la  posi- 
ción de  Zurugaray  se  hizo  insostenible,  flanqueada  y  cañoneada  por 
las  bocas  de  fuego  de  la  Marina  de  guerra.  Estos  nuevos  ataques  cos- 
taron á  los  liberales  ciento  noventa  bajas,  de  las  que  correspondieron 
nada  menos  que  treinta  y  dos  al  Batallón  de  Migueletes  que  general- 
mente iba  en  las  operaciones  á  vanguardia  ú  ocupando  los  puestos  de 
mayor  peligro. 

El  día  3  de  Febrero  salieron  nuevamente  el  General  Loma  de  Orio 
y  el  General  Blanco,  de  Zarauz,  haciéndose  dueños  de  Indamendi  y 
Meagas,  cuyo  paso  les  fué  disputado  valientemente  por  el  Coronel  Itur- 
be con  tres  batallones.  Al  día  siguiente  intentaron  los  liberales  pasar 
á  Zumaya;  pero  tuvieron  que  retirarse  al  abrigo  del  fuego  de  la  Es- 
cuadra. Las  bajas  fueron  numerosas,  pues  los  carlistas  se  defendieron 
con  tesón  y  bravura,  haciéndose  ascender  á  doscientos  cincuenta  el 
número  de  muertos  y  heridos  de  los  liberales.  Los  batallones  7.^  de 
Guipúzcoa  y  vizcaíno  de  Bilbao  se  retiraron  á  Aizarna  para  cubrir 
el  paso  á  Azpeitia;  pero  tan  seria  fué  la  resistencia  de  los  carlistas,  que 


—  277  — 

el  día  5  se  retiraron  las  tropas  liberales  de  Zarauz  y  Gárate,  concen- 
trándose en  Orio  parte  de  dichas  fuerzas,  mientras  otras  volvían  á  San 
Sebastián  y  Hernani. 

Puede  calcularse,  sin  temor  á  equivocaciones,  que  en  los  cinco  días 
de  combate  en  la  línea  desde  Usurbil  á  Orio,  Zarauz,  Indamendi  y 
Meagas,  las  bajas  de  los  liberales  excedieron  de  seiscientas j  sin  contar 
las  que  sufrieron  en  Damasco-Echevarría. 

Entre  los  muchos  combates ,  de  mayor  ó  menor  importancia  y  de 
éxito  vario,  que  tuvieron  más  tarde  lugar  en  la  línea  del  Oria^  recor- 
damos el  sostenido  á  principios  de  Marzo,  en  el  que  se  rompió  á  caño- 
nazos el  puente  del  Oria;  por  aquellos  días  decía  así  una  correspon- 
dencia de  El  Cuartel  Real:  «Aya  11  de  Marzo.  Se  consiguió  la  rotura 
»del  puente  de  Oria,  que  ponía  en  comunicación  los  batallones  enemi- 
»gos  que  guarnecían  Mendibeltz  y  Damasco,  teniendo  que  relevarse 
»de  noche  las  fuerzas  que  guarnecían  este  último  punto,  por  impedirlo 
»de  día  el  continuo  fuego  de  las  baterías  de  Aya.  Las  fuerzas  carlistas 
»sc  componían  de  dos  batallones  de  Guipuzcoanos  al  mando  de  Iturbe, 
»de  la  Batería  de  Montaña  de  Reyero,  y  de  las  piezas  de  sitio  que 
«mandaba  Torres.  La  noche  del  10,  previo  el  oportuno  cañoneo,  fué 
«desalojado  el  enemigo  de  las  zanjas  que  ocupaba  alrededor  de  la 
»casa-fuerte^  y  obligado  á  guarecerse  en  ella,  siendo  nuestras  bajas 
»doce  ó  catorce,  y  las  de  aquellos,  cincuenta:  nuestra  Artillería  admi- 
»rable.» 


Por  más  que  alteremos  la  cronología  de  los  sucesos,  hablaremos  del 
sitio  de  Guetaria,  por  ser  la  última  operación  de  importancia  ocurrida 
en  la  línea  del  Oria. 

Enojoso  vecino  para  los  carlistas  fué  siempre  dicha  villa,  patria  del 
insigne  Elcano,  pues,  á  menos  de  distraer  siempre  numerosas  fuerzas 
en  el  alto  de  Gárate  y  sus  cercanías,  era  la  llave  siempre  preparada 
para  facilitar  cualquier  incursión  del  enemigo  al  interior  de  la  provin- 
cia, pues  por  mar,  y  en  pocas  horas  podían  trasladarse  muchos  bata- 
llones para  intentarla. 

Establecido  ya  el  enemigo  en  Oria  y  Mendibeltz^  se  facilitaba  el 
avance  de  los  liberales,  y  por  tanto,  el  Comandante  General  Egaña 
pensó  seriamente  en  tomar  ó  inutilizar  Guetaria.  Esta  pequeña  villa 
está  edificada  en  anfiteatro,  y  en  su  cima  hay  un  castillo  que  la  de- 
fiende, y  donde  había  colocados  dos  cañones,  uno  de  á  8  y  otro  de  á  12 
centímetros,  ambos  rayados.  Por  la  parte  de  tierra  tenia  una  antigua 
muralla  de  piedra.  Las  fuerzas  que  la  guarnecían,  en  el  tiempo  á  que 


—  27S  — 

nos  referimos,  eran  cuatrocientos  hombres,  entre  Infantería,  Carabi- 
neros y  Guardia  civil,  con  artilleros  é  ingenieros. 

El  punto  de  ataque  elegido  por  los  carlistas  era  el  obligado  cerro 
de  Gárate,  cuya  cima  alcanzaba  próximamente  la  altura  del  castillo; 
pero  desde  donde  no  se  podía  abrir  brecha  en  la  muralla,  á  causa  de 
tener  que  emplear  tiros  muy  fijantes.  Por  esta  causa,  el  plan  concebido 
y  acordado  en  consejo,  fué  construir  dos  baterías,  una  en  Gárate,  que 
se  artilló  con  seis  cañones  y  dos  morteros,  y  otra  Batería,  baja,  lo  más 
rasante  posible,  á  unos  trescientos  metros ,  de  la.  que  se  encargó  el 
bravo  Coronel  Rodríguez  Vera;  la  de  Gárate  la  mandaba  el  no  menos 
bravo  Teniente  Coronel  Torres.  La  dirección  en  Jefe  se  confió  á  los 
coroneles  de  Artillería  D.  Luis  de  Pagés  y  D.  Alfonso  de  Borbón,  Conde 
de  Caserta. 

Con  el  fin  de  ahorrar  en  lo  posible  la  sangre  de  las  tropas  en  el  pro- 
yectado asalto,  hubo  de  pensarse  en  facilitar  la  apertura  de  la  brecha 
(por  la  cual  habían  de  lanzarse  los  batallones)  por  medio  de  la  dina- 
mita. 

^adie  más  á  propósito  para  el  caso  que  el  antiguo  Teniente  de  Na- 
vio D.  Fernando  Carnevali,  que  pertenecía  al  Tren  de  Sitio,  que  había 
hecho  estudios  y  ensayos  sobre  aquella  nueva  arma  de  guerra,  y  que 
estaba  dotado  de  una  sangre  fría  y  un  valor  á  toda  prueba. 

Consultado  el  plan  concebido  con  Don  Carlos  de  Borbón,  no  sola- 
mente fué  aprobado  en  todas  sus  partes,  sino  que  dicho  Augusto  Señor 
se  puso  acto  seguido  en  marcha  para  tomar  parte  en  la  operación, 
como  lo  había  hecho  siempre  en  todos  los  principales  empeños  de  sus 
tropas,  llegando  á  la  línea  de  sitio  acompañado  del  Jefe  de  su  Cuarto 
Militar,  el  veterano  y  heroico  Teniente  General  D.  Rafael  Tristany, 
y  del  infatigable  Comandante  General  de  Artillería  D.  Juan  María 
Maestre. 

Dispuestas  así  las  cosas,  preparados  los  cartuchos  de  dinamita  (un 
centenar  próximamente)  y  enjcerrados  en  un  saco  de  lona,  dispuso 
Carnevali  que  dos  artilleros  le  acompañaran  para  conducirlos.  Al  pre- 
guntar en  las  baterías  si  había  dos  que  quisieran  prestar  voluntaria- 
mente tan  arriesgado  servicio,  dieron  un  paso  al  frente  todos  los  arti- 
lleros, por  lo  que,  para  que  ninguno  pudiera  quejarse,  se  sorteó  á  los 
dos  valientes  que  habían  de  acompañar  al  bravo  Carnevali.  Esto  ha- 
bla muy  alto  en  favor  de  aquellos  voluntarios  carlistas,  que  deseaban, 
llenos  de  entusiasmo,  ofrecerse  como  víctimas  en  defensa  de  la  Causa, 
pues  teniendo  que  atravesar  más  de  doscientos  metros  al  descubierto, 
era  casi  seguro  el  peligro  de  muerte  que  arrostraban,  si  eran  vistos- 
desdé  la  muralla. 


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—  280  — 

Avanzada,  pues,  la  noche  del  13  de  Mayo,  descendieron  los  dos 
animosos  artilleros,  cargados  con  el  peligroso  saco  de  cartuchos  de  di- 
namita y  precedidos  por  el  Teniente  Coronel  Carnevali,  quien  llevaba 
la  mecha  y  se  apoyaba  en  la  horquilla  de  la  cual  había  de  suspenderse 
el  saco  y  descansarlo  en  el  mismo  muro.  Sabedoras  l.as  fuerzas  carlis- 
tas de  cuanto  se  proyectaba  y  se  estaba  verificando  en  aquellos  mo- 
mentos, es  indecible  la  incertidumbre,  el  temor  y  la  esperanza,  á  la 
par,  con  que  latían  todos  los  pechos.  Transcurrió  media  hora,  trans- 
currió luego  otro  tanto  en  el  más  profundo  silencio,  y  poco  antes  de 
amanecer  oj-óse  un  formidable  estampido,  seguido  de  prolongadas  des- 


D.    MARIANO    TORRES 

cargas,  cuyo  ruido  hizo  prorrumpir  en  burras  á  las  tropas  sitiadoras. 
La  obscuridad  de  la  noche  impedía  conocer  la  entidad  del  daño  cau- 
sado, y  al  mismo  tiempo  se  desconocía  la  suerte  que  pudiera  haber 
cabido  al  heroico  Carnevali  y  á  sus  dignos  acompañantes. 

Por  fin  arribaron  los  tres,  sanos  y  salvos,  á  Gárate,  refiriendo  que 
su  tardanza  había  consistido  en  que  al  llegar  casi  á  tocar  la  puerta,  el 
centinela  colocado  sobre  ella  en  la  muralla  sintió  ruido  de  pasos  y  dio 
el  quién  vive;  por  cuya  razón,  y  para  desorientarle,  se  guarecieron  como 
pudieron  en  los  salientes  del  terreno,  y  así  estuvieron  más  de  media 
hora,  al  cabo  de  la  cual  el  mismo  Carnevali  colocó  el  saco  en  la  horqui- 
lla, prendió  fuego  á  la  mecha  y  volvió  sobre  sus  pasos  rápida  y  silen- 
ciosamente. 

La  primera  parte  del  programa  estaba  cumplida.  La  segunda  co- 


—  281  — 

menzó  en  el  momento  preciso  de  distinguirse  al  amanecer  los  objetos; 
descubierta  la  brecha  abierta  por  la  dinamita,  rompió  inmediatamente 
el  fuego  sobre  ella  el  Coronel  Rodríguez  Vera  con  los  cañones  de  su 
Batería,  mientras  lo  hacía  el  Teniente  Coronel  Torres  con  los  suyos  so- 
bre el  castillo,  y  con  sus  morteros  sobre  la  población. 

Ardía  el  entusiasmo  en  todos  los  corazones;  Don  Carlos,  situado  en 
posición  conveniente,  seguía  con  sus  anteojos  las  peripecias  del  fuego; 
el  castillo  se  defendía  tenazmente  con  sus  piezas,  y  la  Infantería  con 
sus  fusiles  coronaba  la  muralla  y  una  fuerte  barricada  que  con  inteli- 
gencia y  gran  exposición  habían  construido  los  Ingenieros  liberales 
para  cubrir  la  brecha.  Tronaban  sin  cesar  los  cañones,  á  cuyo  ruido, 
que  se  oía  distintamente  desde  San  Sebastián,  apareció  ante  las  posi- 
ciones carlistas  la  Escuadra  del  Cantábrico,  que  vino  á  aumentar  el 
fragor  del  combate  con  la  voz  de  su  Artillería  de  grueso  calibre.  En- 
tonces el  Teniente  Coronel  Torres  que  no  podía  contestar  bien  al  fuego 
de  los  barcos  de  guerra,  porque  no  daban  suficiente  campo  de  tiro  las 
cañoneras  de  su  Batería,  para  hacer  frente  á  un  mismo  tiempo  á  los 
fuegos  del  Castillo  y  á  los  de  los  buques,  mandó  sacar  dos  piezas  With- 
wort  de  la  Batería,  y  mientras  las  demás  continuaban  el  combate  con 
la  Artillería  del  Castillo,  el  bravo  Torres,  á  pecho  descubierto,  cruzó 
sus  fuegos  con  los  de  la  Escuadra,  sosteniendo  singular  combate  que 
elevó  á  un  alto  grado  el  concepto  de  su  serenidad  y  bizarría,  y  que  le 
valió  el  ascenso,  como  á  Carnevali  su  arrojo  de  aquella  noche. 

La  Escuadra  hubo  al  ñn  de  retirarse  con  los  heridos  y  con  bastan- 
tes averías,  á  su  fondeadero  ordinario  de  San  Sebastian,  á  eso  del  ano- 
checer. Por  la  noche  recibió  la  plaza  algunos  refuerzos:  pero  al  amane- 
cer del  15,  creyendo  los  carlistas  practicable  la  brecha,  lanzaron  dos 
batallones  á  la  carrera  sobre  ella,  con  el  mayor  ímpetu.  No  fué  menor 
la  obstinación  empleada  por  los  defensores,  hasta  que  se  retiraron  los 
asaltantes,  convencidos  de  que  la  brecha  no  estaba  en  tan  buen  estado 
como  suponían;  tales  fueron  los  trabajos  realizados  en  ella  por  los  sitia- 
dos, dirigidos  por  el  inteligente  Cuerpo  de  Ingenieros.  Al  día  siguiente 
volvió  á  repetirse  el  cañoneo,  así  como  el  17;  pero  el  18  fué  imposible 
ya  continuar,  y  se  desistió  de  otros  asaltos,  por  imposibilidad  material 
de  romper  la  nueva  manipostería  con  que  los  Ingenieros  liberales  ha- 
bían reemplazado  la  antigua. 

Tal  fué  la  embestida  contra  Guetaria,  sin  éxito^  más  que  por  nada 
por  el  escaso  calibre  de  los  cañones  carlistas  (de  siete  y  medio  centí- 
metros), no  consiguiéndose  por  ello  romper  del  todo  el  muro  de  a  villa 
á  pesar  de  lo  brillantemente  que  se  intentó  abrir  camino  para  la  Infan- 
tería. 


—  282  — 

Las  pérdidas  del  enemigo  faeron  de  nueve  muertos,  diez  y  nueve 
heridos  y  cuarenta  contusos;  ocho  casas  quemadas  y  casi  todas  inhabi- 
tables ya,  á  causa  de  cerca  de  dos  mil  proyectiles  que  se  arrojaron  so- 
bre Guetaria. 

Con  el  sitio  de  Guetaria  coincidió  el  levantamiento  de  la  línea  del 
Oria,  por  el  Ejército  liberal,  y  por  consiguiente,  ya  no  volvió  á  ensan- 
grentarse por  aquella  parte  el  suelo  de  Guipúzcoa,  por  más  de  que  la 
guarnición  de  Guetaria  viviera,  hasta  la  terminación  de  la  guerra, 
como  prisionera  dentro  de  sus  muros,  hostilizada  constantemente  por 
las  fuerzas  sedentarias  del  Ejército  carlista. 


D.    ELIGIÓ   BERRIZ 


Capítulo  XXIV 


De  la  guerra  en  Vizcaya  duninte  los  manidos,  en  dicha  provincia,  de 
los  genérate s  carlistas  Marqués  de  Valde  Espina  y  I).  Elido  Bé- 
rriz. — Combates  de  Arraiz,  Algorfa,  Monte-Abril,  Ramales  y  Arbo- 
lancha. — Asalto  del  Castillo  de  Ax2)e. 

No  negaremos  que  el  Ejército  liberal  había  ganado  mucho,  moral- 
mente  se  entiende,  con  el  levantamiento  del  sitio  de  Bilbao; 
pero  ni  esto  fué  á  expensas  de  la  pérdida  moral  experimentada  por  los 
carlistas,  ni  la  situación  de  la  villa  ni  de  sus  tropas  varió. muy  sensi- 
blemente. Tan  sólo  consiguieron  los  liberales  adelantar  su  linea  dentro 
do  la  carlista,  pues,  por  lo  demás,  cada  vez  que  la  guarnición  avan- 
zaba nunca  era  impunemente,  sino  á  costa  de  reñidos  combates,  te- 
niendo que  regresar  á  sus  acantonamientos  y  al  abrigo  de  sus  defen- 
sas. En  realidad  no  hubo  más  que  un  cambio  de  posiciones:  los  liberales 
estudiaron  bien  las  alturas  que  habían  ocupado  los  carlistas  durante 
el  sitio,  y  combinaron  una  línea  tal  de  fuertes  que  en  lo  sucesivo  no 


—  2.S4  — 

pudieran  los  carlistas  repetir  otro  bombardeo.  Esta  y  no  otra  fué  la 
ventaja  que  con  el  levantamiento  del  sitio  de  Bilbao  alcanzó  el  ejército 
liberal,  asi  como  la  ocupación  de  Algorta  y  Portugalete  les  abría  sus 
comunicaciones  con  el  resto  de  España. 

El  Cuerpo  de  Ingenieros  del  Ejército  liberal,  cuya  actividad  é  inte- 
ligencia hemos  elogiado  siempre,  eligió  las  alturas  de  Axpe,  Santo  Do- 
mingo y  Monte-Abril,  y  en  frente  la  de  Cobetas,  para  construir  verda- 
deras fortificaciones,  que  artillaron  convenientemente,  dominando  des- 
de el  valle  de  Arica  los  nuevos  atrincheramientos  carlistas. 

A  su  vez,  éstos  siguieron  dueños  del  monte  Ollárgan,  la  Peña, 
Alonsótegui  y  Arraiz,  que  coiííinuaban  dominando  los  antiguos  reduc- 
tos de  Miravilla  y  del  Morro,  así  como  el  alto  de  Santa  Marina,  situado 
á  medio  tiro  de  fusil  de  la  principal  de  las  fortificaciones  liberales,  ó 
sea  de  Monte  Abril. 

La  guarnición  de  Bilbao  quedó  constituida  por  entonces  con  los  re- 
gimientos de  Saboya  y  Gíilicia,  batallones  de  África  y  Albuera,  cara- 
bineros y  forales;  sus  fueizas  disponían  de  cañones  de  á  12  y  16  centí- 
metros^ y  estaban  al  mando  del  General  Morales  de  los  Ríos  y  de  los 
brigadieres  Zenarruza  y  Cassola. 

La  División  carlista  de  Vizcaya  había  quedado  reducida  á  seis  ba- 
tallones (por  la  salida  de  la  Brigada  Fontecha  para  Navarra)^  bajo  las 
órdenes  del  arrojado  General  Marqués  de  Valde-Espina,  que  no  se 
daba  un  punto  de  reposo  para  molestar  continuamente  con  sus  fuegos 
las  posiciones  liberales,  ya  que  no  le  era  dado  intentar  operaciones 
más  serias  por  razón  de  lo  mermado  de  sus  fuerzas.  Durante  su  man- 
do, ó  sea  hasta  Septiembre,  no  pudieron  llevarse  á  cabo  más  ataques 
que  los  del  26  de  Agosto  en  Arraiz  y  los  de  los  días  6  y  30  de  Septiem- 
bre, en  que  la  guarnición  hizo  una  salida  en  la  dirección  ya  citada  y 
otra  por  la  parte  de  Algorta. 

Divididas  tenía  sus  fuerzas  Valde-Espina,  pues  por  su  extrema  iz- 
quierda le  amenazaba  constantemente  una  División  liberal  al  mando 
del  General  Villegas,  llegando  por  los  valles  de  Mena  y  Losa  hasta  el 
mismo  Valmaseda;  así  es  que  el  general  carlista  hubo  de  limitarse  á 
una  forzosa  defensiva  en  ambos  puntos,  y  á  procurar,  consiguiéndolo 
en  efecto,  que  no  adelantaran  los  liberales  en  terreno  carlista  una  sola 
pulgada  desde  sus  nuevas  líneas. 

Importante  era  el  objetivo  que  se  propuso  el  General  enemigo  Mo- 
rales de  los  Ríos  en  Agosto  de  1874,  cual  era  la  ocupación  del  altó  de 
Arraiz,  dominante  sobre  Larrasquitu  y  la  línea  de  trincheras  levanta- 
das por  aquella  parte,  proponiéndose  á  toda  costa  hacerse  con  ella. 
Salió,  pues,  una  fuerte  columna  de  Bilbao,  apoyada  en  el  fuerte  de 


—  285  — 

Cobetas  por  una  parte,  y  al  mismo  tiempo  otra  columna,  no  tan  nume- 
rosa, se  dirigió  desde  Monte- Abril  hacia  Santa  Marina,  á  fin  de  que  los 
batallones  carlistas  de  uno  y  otro  lado  de  la  ría  no  pudiesen  auxiliarse 
mutuamente.  Firme  en  su  puesto  defendió  Arraiz  el  Batallón  de  Bilbao 
contra  fuerzas  muy  superiores,  pero  el  empuje  del  enemigo  en  el  pri- 
mer momento  consiguió  rechazarlo:  á  punto  estuvo,  pues,  el  General 
liberal  de  conseguir  su  intento,  y  á  punto  estuvo  también  de  ordenar 
el  avance  de  sus  reservas  que  custodiaban  en  la  carretera  la  Artillería 
gruesa  que  proyectaba  emplazar  en  Arraiz.  Pero  no  ocultándose  este 
objetivo  al  intrépido  jefe  Maidagán  (quien  había  sustituido  en  el  man- 
do del  Batallón  de  Bilbao  al  no  menos  bravo  Fontecha),  pudo  lograr, 
en  un  vigoroso  empuje  á  la  bayoneta,  rechazar  en  toda  la  línea  á  sus 
contrarios,  que  ya  se  creían  victoriosos,  consiguiendo  encerrar  á  gran 
parte  de  ellos  en  el  cercano  reducto  de  Cobetas,  y  á  la  reserva  con  la 
Artillería  en  Bilbao. 

Como  consecuencia  de  esta  acción  estableciéronse  definitivamente 
los  carlistas  en  Arraiz^  donde  construyeron  un  fuerte  reducto  capaz  de 
alojar  desahogadamente  dos  compañías,  bajo  la  inteligente  dirección 
de  los  Ingenieros  carlistas. 

El  lacónico  parte  oficial  decía  así:  «Deseando  el  enemigo  apoderar- 
»se  de  Arraiz,  salió  el  General  Cassola  y  lo  ocupó  en  el  primer  mo- 
»mento;  Arraiz  domina  Larrasquitu.  El  Batallón  de  Bilbao  defendía  la 
>; altura  y  casa  llamada  del  Caramelo,  y  el  enemigo  adelantaba  sus 
»masas  apoyándose  en  su  reducto  de  Cobetas,  amagando  al  mismo 
»tiempo  Santa  Marina.  DesiDués  de  dos  horas  y  media  de  fuego  se  lan- 
»zó  Bilbao  á  la  bayoneta  y  los  hizo  retirar.  Las  pérdidas  de  los  carlis- 
»tas  fueron  un  capitán  y  cinco  voluntarios  heridos.  Los  liberales  en 
»cambio  retiraron  á  Bilbao  once  heridos  (entre  ellos  dos  oficiales)  y 
»tres  soldados  muertos.—  Valde  Espina. y> 

Tenaz  el  enemigo  en  apoderarse  de  la  importante  posición  de 
Arraiz,  volvió  á  atacar  á  los  cariistas  en  el  mes  de  Septiembre.  Empe- 
zó, como  en  el  ataque  anterior,  apoderándose  de  la  casa  del  Caramelo; 
pero  fué  rechazado,  como  entonces,  por  las  dos  solas  compañías  que 
guarnecían  el  fuerte  carlista  en  construcción. 

Habiendo  cesado  en  su  mando  el  noble  Marqués,  por  haber  sido 
nombrado  Ayudante  de  Campo  de  Don  Carlos,  fué  sustituido  por  el 
Brigadier  Bérriz,  de  quien  daremos  aquí  algunos  apuntes  biográficos^ 
como  hicimos  con  Valde-Espina  al  encargarse  de  los  batallones  vizcaí- 
nos cuando  el  sitio  de  Bilbao. 

D.  Elicio  Bérriz  había  nacido  en  1827,  y  era  Teniente  Coronel  del 


—  286  — 

Cuerpo  de  Artillería  cuando  la  Revolución  de  1868,  habiendo  obtenido 
por  méritos  de  guerra  los  empleos  de  Capitán,  Comandante,  Teniente 
Coronel  y  Coronel  de  Ejército-,  había  peleado  en  defensa  del  poder 
constituido  en  1848  en  Madrid,  en  1854  en  Sevilla,  y  en  1856  y  1866 
en  Madrid;  había  servido  también  en  Filipinas,  Cuba  y  Puerto-Rico; 
se  había  distinguido  en  la  guerra  de  Santo  Domingo  y  en  la  subleva- 
ción ocurrida  en  Puerto-Rico  en  Abril  de  1855,  penetrando  sólo  por  en 
medio  de  los  fuegos  de  los  sublevados  en  el  Castillo  y  haciéndoles 
frente  á  balazos  hasta  la  llegada  de  las  tropas  leales;  finalmente,  cuan- 
do la  insurrección  de  Lares  (Puerto-Rico)  tuvo  la  suerte  de  sofocar  en 
pocos  días  con  las  fuerzas  á  sus  órdenes  aquel  movimiento  separatista, 
desempeñando  con  gran  tacto  y  energía  el  mando  político  y  militar 
del  distrito  de  Ponce.  En  el  campo  carlista  había  sido  el  primer  Co- 
mandante General  de  Artillería  y  se  había  ya  distinguido  en  las  bata- 
llas de  Monte-jurra,  Somorrostro  y  San  Pedro  Abanto. 

Las  operaciones  más  importantes  llevadas  á  cabo  durante  el  perío- 
do del  mando  de  Bérriz  en  Vizcaya,  fueron  las  de  Algorta,  Ramales, 
Arbolancha  y  el  asalto  del  castillo  de  Axpe. 

En  dos  brigadas  dividió  sus  batallones  el  nuevo  Comandante  Gene- 
neral  caHista:  una  al  mando  del  Brigadier  Ormaeche  próximo  á  Bil- 
bao, y  la  otra  con  el  Brigadier  Echévarri  en  la  línea  de  Valmaseda, 
amagada  y  en  constante  fuego  esta  última  con  el  infatigable  General 
liberal  Villegas,  quien  al  frente  casi  siempre  de  ocho  batallones  con  la 
correspondiente  Artillería  y  Caballería  hacía  frecuentes  excursiones 
desde  Medina  de  Pomar  por  los  valles  de  Losa  y  Mena,  corriéndose 
hasta  la  misma  capital  de  las  Encartaciones.  Establecido  Berriz  en  su 
Cuartel  General  de  Galdácano,  con  su  Jefe  de  Estado  Mayor  el  Briga- 
dier D.  José  S.  Fontecha,  con  su  compañía  de  guías  y  algunas  otras 
acudía  indistintamente  á  reforzar  el  punto  más  amenazado,  por  su  de- 
recha ó  por  su  izquierda,  debiendo  advertir  que  ya  disponía  por  esta 
época  el  caudillo  carlista  de  ocho  batallones  vizcaínos,  el  asturiano  y 
á  veces  también  de  algunos  castellanos. 

Apenas  hecho  cargo  del  mando  tuvo  un  reñido  encuentro  con  las 
tropas  que  de  Bilbao  salieron  en  dirección  de  Ortuella.  Tocó  hacer 
frente  á  los  liberales  al  Batallón  de  Bilbao^  que  logró  rechazar  al  ene- 
migo causándole  un  muerto  y  once  heridos. 

La  acción  de  Algorta,  ocurrida  el  26  de  Octubre,  fué  más  seria. 
Los  batallones  de  Guernica  y  Orduña,  al  mando  del  Brigadier  Ormae- 
che, defendían  las  trincheras  que  cubrían  la  línea  desde  Munguía  y 
Lejona  á  Zamundio  y  Larrabezúa. 

La  columna  liberal  se  componía  de  cuatro  batallones  al  mando  del 


—  287  — 

Brigadier  Cassola,  y  su  objetivo  principal  era  destruir  los  atrinchera- 
mientos carlistas  por  la  parte  de  Algorta,  ó  sea  los  construidos  princi- 
palmente frente  al  cerro  de  Axpe,  Lejona  y  montes  de  Berango.  Salió, 
pues,  el  Brigadier  liberal  de  Algorta,  acompañado  de  los  batallones  de 
Saboya  y  Galicia,  siguiéndole  á  poco  los  demás.  En  el  primer  momen- 
to, como  era  muy  extensa  la  línea  de  los  atrincheramientos  carlistas, 
y  en  su  defensa  sólo  había  pequeños  destacamentos  en  observación  del 
enemigo,  se  apoderó  Cassola  de  la  mayoría  de  aquellos,  distinguiéndo- 


D.    ANDRÉS   ORMAECHE 

se  en  el  avance  el  Batallón  de  Saboya  que  atacó  de  frente  la  posición 
dominante  de  Sopelana.  Al  oir  el  fuego  acudió  presuroso  el  jefe  carlis- 
ta con  los  batallones  de  Guernica,  Orduña  y  Bilbao  equilibrándose 
entonces  el  combate  que  había  comenzado,  como  hemos  dicho,  con  la 
retirada  de  algunas  compañías  carlistas.  Reforzado  á  su  vez  Cassola 
con  el  Batallón  de  Albuera  y  algunas  compañías  más,  volvió  á  atacar 
á  los  carlistas,  pero  éstos  lograron  ya  rechazarle  haciéndole  perder 
12  muertos,  3  oficiales  y  33  soldados  heridos  y  contusos  y  15  extravia- 
dos, según  la  Narración  militar  de  la  guerra  carlista,  redactada  por 
el  Cuerpo  de  Estado  Mayor  del  Ejército. 


—  288  — 

A  propósito  de  la  acción  de  Algorta,  el  Sr.  Pirala  en  su  Historia 
contemporánea  dice  textualmente:  «Peleóse  bizarramente  más  con  la 
«bayoneta  que  con  el  fuego,  distinguiéndose  sobre  todo  Saboya,  cuyos 
«soldados  impidieron  la  derrota  del  Ejército  liberal.» 

El  ataque  de  los  carlistas  á  Ramales  y  su  entrada  en  Guardamino 
tuvo  lugar  en  los  primeros  días  de  Febrero  de  1875.  Hallábase  el  jefe 
carlista  Gorordo  al  frente  de  dos  batallones  (uno  de  ellos  el  Asturiano 
.  con  su  intrépido  jefe  Hurtado  de  Mendoza),  ocupando  las  posiciones 
avanzadas  de  la  línea  de  Valmaseda,  y  creyéndose  superior  á  las  fuer- 
zas enemigas  que  ocupaban  Bortedo  y  el  monte  Celadilla,  rompieron 
la  marcha  y  el  fuego  á  la  vez  ^ntra  esta  última  posición. 

Sorprendidos  y  cercados  po.^^  todas  partes  los  liberales,  hubieron  de 
retirarse,  dejando  24  prisionero!  en  poder  de  los  carlistas  y  llevándo- 
se herido  al  jefe  que  los  mandaba.  El  General  Villegas  con  fuerzas 
considerables  por  una  parte  y  el  Comandante  General  carlista  por  otra 
con  4  batallones  (entre  ellos  el  3.*^  de  Castilla),  acudieron  en  formal 
empeño,  romi^iendo  los  carlistas  el  fuego  de  fusil  y  cañón  contra  el 
fuerte  de  Ramales.  Tan  bravo  fué  el  ataque  como  sostenida  la  defen- 
sa, por  lo  que  los  carlistas  tuvieron  que  contentarse  con  entrar  en 
Guardamino,  poniendo  la  noche  fin  á  la  pelea  y  volviendo  ambas  tro- 
pas beligerantes  á  sus  anteriores  posiciones  y  acantonamientos. 

Con  varia  fortuna  vemos  que  seguía  por  aquel  entonces  la  guerra 
en  Vizcaya,  defendiendo  unos  sus  fortísimas  posiciones  de  la  invicta 
villa,  y  los  otros  sosteniendo  sus  líneas  atrincheradas  que  los  liberales 
no  osaban  invadir,  sino  rara  vez  j  á  costa  de  inmensas  pérdidas;  así  es 
que  el  afán  de  los  generales  de  ambos  ejércitos  era  el  de  tener  cada 
cual  en  constante  alarma  á  su  contrario  y  foguear  sus  tropas,  pues  es- 
taban mutuamente  convencidos  de  lo  imposible  que  les  era  posesionar- 
se de  Bilbao  á  los  unos  y  separarse  de  sus  muros  á  los  otros,  ni  aún 
para  racionarse. 

Entre  las  posiciones  atrincheradas  de  Monte  Abril  y  Santa  Marina 
existían  unas  casas  llamadas  de  Arbolancha,  al  abrigo  de  las  cuales 
podían  acercarse  los  que  guarnecían  las  primeras  y  sorprender  á  los 
de  las  segundas.  Por  este  motivo,  y  por  los  cañoneos  que  los  liberales 
dirigían  sobre  los  indefensos  pueblos  del  valle  de  Asúa,  el  General  car- 
lista Berriz  se  propuso  destruirlas.  Con  este  fin  reunió  sigilosamente 
sus  batallones,  ordenó  al  bravo  Teniente  de  navio  D.  Fernando  Car- 
nevali  que  á  400  metros  situara  una  batería  compuesta  de  dos  piezas 
de  Montaña  y  dos  Vavasseur  de  O  centímetros,  y  se  dispuso'el  ataque, 
dirigido  personalmente  por  el  Comandante  General  carlista,  en  el  mo- 
mento en  que  los  preparativos   estuvieran  terminados.  Los   liberales 


—  28ti  — 

no  se  apercibieron  de  los  trabajos,  por  verificarse  éstos  de  noche,  y  el 
día  26  de  Febrero,  al  amanecer,  rompió  el  'fuego  Carnevali  sobre  las 
casas,  ocupando  ya  los  batallones  carlistas  escogidas  posiciones,  que- 
dando el  valiente  Coronel  López  en  Santa  Marina. 

El  General  enemigo  salió  entonces  de  Bilbao  tras  del  Brigadier  Me- 
deviela  que  le  precedía,  con  dos  nutridos  batallones  (entre  ellos  el  de 


D.  FERNANDO    CARNEVALI 


forales),  y  pasando  de  los  altos  de  Santo  Domingo  á  los  de  Monte 
Abril,  atacaron  con  denuedo  la  posición  de  la  Cantera  y  la  Ermita. 
Recibiéronles  á  pie  ñrme  los  batallones  5.'^  y  6."  de  Vizcaya,  y  los  libe- 
rales fueron  rechazados  hasta  los  mismos  fosos  del  reducto  de  Monte 
Abril:  el  parte  oficial  carlista  dice  así:  «En  este  immer  movimiento  fué 
«instantáneamente  rechazado  el  enemigo  y  forzado  á  refugiarse  en  sus 
»defensas,  distinguiéndose  por  su  notable  energía  en  tal  trance  cuatro 
«compañías  del  5.''  que  llegaron  casi  A  tocar  las  obras  del  fuerte  de 
» Abril,  sin  poder  contenerse  en  el  vigoroso  impulso  de  su  ataque.» 

Realizada  la  primera  parte  de  su  plan,  mandó  Bérriz  retirar  las 
piezas  gruesas  y  simular  una  retirada  para  atraer  al  enemigo  y  conti- 
nuar el  combate,  porque  los  liberales  en  número  de  tres  batallones  se 
lanzaron  en  brusco  ataque  contra  Santa  Marina.  Recibiólos  allí  digna- 
mente el  Coronel  López,  mientras  el  mismo  Bérriz  les  atacaba  por  el 

19 


—  l90  — 

centro  y  el  Brigadier  Echevarri  no  perdía  un  palmo  de  terreno  eñ  la 
extrema  izquierda,  de  modo  que  la  acción  se  generalizó  Los  batallo- 
nes carlistas  de  Orduña,  Guernica  y  Somorrostro  cayeron  como  un 
alud  sobre  los  arrojados  torales,  y  éstos  se  vieron  obligados  á  refugiar- 
se al  amparo  del  fuerte,  aunque  no  sin  disputar  á  los  carlistas  el  éxito 
con  un  valor  que  imparcialmente  reconocemos  y  consideramos  digno 
de  todo  elogio. 

La  Narración  militar  de  la  guerra  carlista,  escrita  por  ilustrados 
Oficiales  de  Estado  Mayor,  dice  á  propósito  de  este  hecho  lo  siguiente: 
«Terrible  fué  este  momento  y  se  luchó  con  furor  por  ambas  partes, 
«consiguiendo  los  forales  romper  el  círculo  en  que  les  había  estrechado 
»el  enemigo.  Hubo  grandes  rasgos  de  valor,  habiendo  tenido  en  aquel 
«momento  4  oficiales  y  11  soldados  muertos.» 

La  noche  también  puso  entonces  término  á  tan  sangrienta  jornada, 
perdiendo  los  liberales  3  oficiales  y  18  soldados  muertos,  y  8  oficiales 
y  120  individuos  de  tropa  heridos  y  contusos.  Las  pérdidas  carlistas 
fueron  también  numerosas,  y  según  el  parte  oficial  ascendieron  á  4  ofi- 
ciales y  o  voluntarios  muertos,  y  2  oficiales  y  29  voluntarios  heridos. 
El  General  liberal  añade  en  su  parte  oficial  lo  que  sigue:  «Los  carlistas- 
»se  batieron  bien  y  á  pecho  descubierto,  por  lo  que  calculo  que  susba- 
»jas  ascenderían  á  algunos  muertos  y  á  ICO  heridos.» 

Xo  entraba  seguramenta  en  los  planes  del  General  carlista  Bérriz 
el  apoderarse  de  un  modo  permanente  del  castillo  de  Axpe,  que  si  bien 
por  su  posición  dominaba  la  orilla  derecha  de  la  ría,  pudiendo  hasta 
estorbar  á  veces  las  comunicaciones  de  Bilbao  por  el  mar,  en  cambio 
era  sobremanera  evidente  que  el  enemigo  intentaría  los  imposibles  á 
fin  de  recuperarlo  (para  lo  cual  le  sobraban  fuerzas  y  recursos),  aun- 
que no  hubiese  sido  más  que  por  evitar  el  desastroso  efecto  moral  que 
habría  hecho  en  toda  la  í]spaña  liberal  la  posesión  por  parte  de  los 
carlistas  de  un  faerte  tan  cercano  á  la  villa  de  Bilbao.  Por  otra  parte 
los  carlistas  no  estaban  tan  sobrados  de  tropas  como  para  poder  dis- 
traer un  par  de  batallones  en  la  conservación  definitiva  del  castillo  de 
Axpe:  por  tanto,  el  asalto  y  toma  del  citado  fuerte  fué  mcis  que  nada 
como  un  mentís  dado  á  los  que  suponían  muerto  el  entusiasmo  carlista, 
á  principios  de  1875. 

Guarnecían  el  castillo  de  Axpe  un  jefe,,  4  oficiales  y  118  soldados  de 
Infantería  y  Artillería,  sirviendo  los  de  esta  iiltima  arma  dos  cañonea 
rayados,  uno  de  á  12  y  otro  de  A  16  centímetros. 

La  idea  del  asalto  partió  del  denodado  Jefe  del  Batallón  carlista  de 
Arratia,  el  Teniente  Coronel  don  Eulogio  Isasi,  y  previa  consulta  con 
el  Comandante  General  Berriz,  dispusieron:  aquél  el  número  de  volun* 


—  291  — 

tarios  que  le  habían  de  acompañar,  y  éste  los  batallones  que  habían  de 
sostener  y  ayudar  tan  arries^^ada  empresa. 

El  servicio  de  vigilancia  no  debería  hacerse  con  todo  rigor  en  el 
fuerte  liberal,  cuando  en  la  tempestuosa  noche  del  12  de  Abril  franqueó 
un  grupo  de  80  carlistas  el  glacis  y  el  foso,  y  dando  muerte  á  los  cen- 
tinelas, se  apoderó  como  por  ensalmo  de  toda  la  guarnición,  cuyos  sol- 
dados, presa  del  mayor  pánico,  se  arrojaban  de  los  parapetos  cuando  no 
caían  al  impulso  de  las  bayonetas  de  los  asaltantes.  Únicamente  el  Ofl- 
cial  de  Artillería  y  algunos  pocos  soldados  hicieron  frente  con  la  ma- 
yor decisión  á  los  carlistas,  no  aventurando  á  nuestro  juicio  nada  al 
hacer  esta  afirmación,  toda  vez  que  habiéndose  formado  sumaria  des- 
pués del  suceso,  solamente  resultó  absuelto  el  Oficial  de  Artillería. 

Al  amanecer  ondeaba  la  bandera  de  Don  Carlos  de  Borbón  en  el 
castillo  y  el  Comandante  General  liberal  de  Vizcaj^a  D.  Crispín  Xime- 
nez  de  Sandoval  acudía  apresuradamente  con  cuantas  fuerzas  y  caño- 
nes pudo  reunir  en  el  primer  momento  para  reconquistar  la  perdida 
fortaleza. 

A  la  falda  del  monte  colocó  sus  fuerzas  que  rompieron  seguidamen- 
te el  fuego  sobre  el  rebelde  castillo,  aunque  con  poco  éxito. 

Los  cañones  de  los  cercanos  fuertes  liberales  hicieron  lo  mismo;  pero 
si  el  intento  de  los  carlistas  hubiera  sido  conservar  Axpe,  es  seguro  que 
tiempo  y  gente  en  abundancia  habría  costado  á  los  liberales  recupe- 
rarlo. Mientras  tanto  los  carlistas,  decididos  á  abandonarlo,  se  lleva- 
ron consigo  el  cañón  de  á  12  centímetros,  trataron  de  inutilizar  el  de  á 
16,  cuyo  excesivo  peso  y  la  carencia  de  caminos  les  impidiera  transpor- 
tarlo, lleváronse  asimismo  80  prisioneros  y  gran  cantidad  de  municio- 
nes de  cañón  y  de  fusil,  y  dejaron,  en  fin,  dentro  del  fuerte,  como  tes- 
tigos de  su  arrojo,  15  cadáveres  enemigos. 

El  parte  oficial  carlista  dice  así:  «Como  resultado  del  plan  cjue  te- 
»nia  proyectado,  hoy,  á  las  cuatro  de  la  mañana,  ha  sido  tomado  por 
«asalto  el  castillo  de  Axpe  por  80  voluntarios  del  denodado  Batallón 
»de  Arratia,  al  mando  de  su  bizarro  y  arrojado  Teniente  Coronel 
»Ysasi.  Han  quedado  prisioneros  en  nuestro  poder  3  oficiales  y  80  sol- 
»dados,  habiéndoles  causado  15  muertos,  cogido  dos  piezas  rayadas, 
»una  de  1(^  y  otra  de  12  centímetros,  gran  cantidad  de  municiones  de 
»cañón  y  fusil,  y  bastantes  comestibles.  Nuestras  pérdidas  son  iin  Te- 
•  niente  y  cinco  voluntarios  muertos,  y  un  Capitán  y  tres  voluntarios 
«heridos. — Bérriz.y> 

Don  Carlos  de  Borbón  contestó  telegráficamente  lo  que  sigue:  «El 
»Rey  agradece  á  sus  queridos  vizcaínos  la  toma  del  castillo  de  Axpe  y 
«encarga  á  V.   E.  felicite  en  su  nombre  al  Coronel  Ysasi  y  á  todos 


—  292    — 

»]os  bravos  que  han  asistido  á  aquel  brillante  hecho  de  armas.» 
La  versión  de  la  Narración  militar  de  la  giierra  carlista  difiere 
bien  poco  del  parte  oficial  carlista,  y  hasta  detalla  más  las  pérdidas 
liberales,  pues  coincide  en  el  número  de  las  bajas  y  añade  que  los 
carlistas  se  apoderaron  de  122  granadas,  10  botes  de  metralla,  106  car- 
tuchos de  cañón  y  60,000  de  fusil,  y  que  destruyeron  parapetos  y  trin- 
cheras. 

A  mediados  de  Abril  cesó  en  el  mando  carlista  de  Vizcaya  D.  Eli- 
do Bérriz,  ascendido  poco  antes  á  Mariscal  de  Campo  y  nombrado 
Ayudante  de  Campo  de  Don  Carlos  de  Borbón,  quien  destinó  en  su  lu- 
gar al  veterano  General  D.  Fulgencio  Carasa:  pero  la  importancia  de 
los  hechos  realizados  por  este  último  Comandante  General  carlista  de 
Vizcaya  merece  capítulo  aparte,  y  otro  día  nos  ocuparemos.  Dios  me- 
diante, de  sus  operaciones  militares  en  aquella  azarosa  época  que  pre- 
cedió á  la  terminación  de  la  pasada  guerra  civil. 


D.    GENARO   QUESADA 


Capítulo  XXV 

Defección  de  Cabrera. — El  General  Quesada  al  frente  del  Ejército  del 
Norte. — Expediciones,  sorpresas  ij  cor  reinas. — Lamentable  suceso 
de  San  Martin  de  ünx. 


TIEMPO  hacía  que  se  venía  tramando  una  conspiración,  que  tal  vez 
hubiera  llegado  á  debilitar  algo  al  Carlismo  si  hubiese  figurado 
al  frente  de  ella  otra  personalidad  de  más  confianza  que  la  que  podía 
inspirar  el  héroe  de  la  primera  guerra  civil  D.  Ramón  Cabrera.  Y  sen- 
tamos esta  premisa,  porque  aún  antes  de  pensarse  por  algunos  en  que 
dicho  General  pudiera  sustituir  al  espejo  de  caballeros  D.  Joaquín 
Elío,  ya  teníamos  formado  nuestro  juicio  sobre  la  representación  de 
aquel  viejo  caudillo  en  nuestros  días. 

En  efecto:  no  era  un  secreto  para  nadie  que  los  años  transcurridos 
desde  1848,  por  un  lado,  el  casamiento  de  Cabrera  con  una  protestante 
por  otro,  y  más  que  nada,  quizás,  la  atmósfera  tan  liberal  de  Inglaterra, 


—  294  — 

habían  modificado  en  gran  manera  los  sentimientos  del  antigao  Gene- 
ral carlista  del  Maestrazgo. 

Cabrera,  sorprendido  por  la  Revolución  de  1868,  y  requerido  por 
Don  Carlos  de  Borbón,  quien  creyendo  poder  contar  con  él  le  ofreció 
el  primer  puesto  á  su  lado  para  ponerse  á  la  cabeza  del  Carlismo,  hizo 
con  sus  veladas  respuestas,  primero,  y  con  sus  crudezas  después,  que 
Don  Carlos  prescindiera  de  sus  servicios,  como  hubo  de  declararse  en  la 
célebre  Junta  de  Vevey.  La  intuición  de  Don  Carlos  vio  claro  en  un 
asunto  como  este  en  el  que  tantas  eminencias  se  engañaron;  sin  duda 
la  Providencia  velaba  por  la  causa  carlista,  pues  si  Cabrera  se  hubiera 
colocado  al  fin  al  frente  de  las  huestes  carlistas,  quizás  hubiera  resul- 
tado un  convenio  de  peores  consecuencias  para  éstas  que  el  pactado 
por  Maroto. 

Solicitado  Cabrera  por  entidades  de  todos  los  partidos,  desde  los 
republicanos  de  Pí  y  Margall  hasta  por  algunos  jefes  y  oficiales  de  Ar- 
tillería que  cuando  la  disolución  del  Cuerpo  llegaron  como  á  pensar,  si 
bien  sólo  por  un  instante,  en  el  antiguo  guerrillero,  para  obtener  paz  y 
tranquilidad,  no  supo  ó  no  quiso  soltar  prenda  el  caudillo  tortosino 
hasta  el  año  de  1875.  Todavía  por  entonces  había  muchos  carlistas  de 
buena  fé  que  creían  que  una  vez  hechas  las  paces  entre  el  señor  y  el 
subdito,  podía  llegar  un  momento  en  que  la  figura  de  Cabrera  debiese 
acudir  á  la  contienda  al  frente  del  Ejército  carlista. 

Sin  embargo,  esto  no  dejaba  de  ser  una  lamentable  equivocación: 
sus  antiguos  partidarios,  porque  le  conocían,  y  los  que  no  sabíamos  de 
él  más  que  el  relato  de  sus  hazañas  y  de  sus  faltas,  no  podíamos  ver 
con  gusto  que  nos  mandara,  y  que  sustituyera  al  leal  y  caballeroso 
General  Elío,  un  hombre  que,  como  Cabrera,  había  hecho  la  más  cruda 
guerra  á  sus  antiguos  compañeros  y  que  sabiendo  que  su  sola  presen- 
cia al  lado  de  Don  Carlos  de  Borbón  podía  influir  grandemente  en  la 
marcha  de  la  guerra,  dejaba  no  obstante  pasar  tanto  tiempo  sin  tomar 
parte  en  la  campaña.  Además,  empapados  en  la  lectura  de  la  primera 
guerra  civil,  no  encontrábamos  al  guerrillero  de  Tortosa  tan  puro  como 
algunos  querían  presentárnoslo.  No  recordamos  la  fecha;  pero  en  la 
plaza  de  San  Juan,  de  Estella,  hallábanse  reunidos  un  día  algunos  je- 
fes carlistas  comentando  precisamente  la  noticia  que  corría  por  muy 
válida,  en  aquella  época,  de  que  el  General  Cabrera  iría  pronto  á  en- 
cargarse del  mando  en  jefe  del  Norte  en  sustitución  del  General  Elío, 
que  se  hallaba  enfermo  y  achacoso;  pues  bien,  como  no  nos  duelen 
prendas,  recordaremos  aquí  que  el  que  esto  escribe,  al  oír  los  encon- 
trados pareceres  que  se  emitían  en  el  grupo  de  aquellos  compañeros, 
(casi  todos  los  cuales  viven  todavía),  dijo  estas  ó  parecidas  palabras 


—  295   — 

que  merecieron  el  asentimiento  de  los  demás:  «Yo  no  creo  en  el  actual 
«carlismo  de  D.  Ramón  Cabrera;  yo,  como  militar  y  carlista,  acataré 
»y  respetaré  cuanto  mande  Don  Carlos  de  Borbón;  pero  como  abrigo 
» la  íntima  convicción  de  que  sustituido  el  leal  y  consecuente  Elío  por 
»un  hombre  como  Cabrera  ¡remos  á  una  disolución  vergonzosa,  pediré 
«respetuosamente  mi  licencia  y  marcharé  á  Francia,  pues  no  quiero 
«contribuir  á  lo  que  considero  seria  muerte  deshonrosa  del  Ejército 
^carlista.  El  General  Eüo  tiene  una  brillante  historia,  es  un  digno  re- 
» presentante  del  noble  espíritu  que  alentaban  sus  compañeros  de  glo- 
»rias  y  fatigas  en  el  Ejército  del  inmortal  Zumalacárregui,  y  si  alguna 
»vez  se  ha  equivocado,  ha  dejado  siempre  puestos  á  gran  altura  su  ca- 
»ballerosidad,  su  valor,  su  afán  de  sacrificarse  por  la  Causa^  haciendo 
»por  el  triunfo  cuanto  ha  podido.  En  cambio  dudo  que  sea  muy  firme 
»el  carlismo  de  Cabrera,  y  dudo,  en  fin,  de  la  lealtad  de  un  General 
»como  éste  que,  conociendo  el  prestigio  que  aún  tiene  entre  muchos, 
»no  ha  arrojado  hace  ya  largo  tiempo  en  la  balanza  de  la  contienda  y 
»en  favor  de  nuestra  Causa,  lo  mucho  ó  poco  que  pueda  valer  la  nom- 
'»bradia  que,  bien  ó  mal,  logró  adquirir  en  las  guerras  pasadas.  ¡Es 
»tarde  ya  para  que  venga  á  mandarnos  Cabrera!» 

Pero  aún  prescindiendo  de  todo  esto,  tenía  Cabrera  en  su  historia 
algunos  lunares  que  deslustraban  los  laureles  que  alcanzara  en  los 
campos  de  batalla  y  como  entendido  y  afortunado  organizador  de  ca- 
talanes, aragoneses  y  valencianos.  Uno  de  los  hechos  que  obscurecen 
la  fama  de  Cabrera,  lo  fué,  en  nuestro  sentir,  el  gran  número  de  per- 
sonas que  sacrificó  en  desagravio  del  fusilamiento  de  su  inocente  ma- 
dre. Indudable  es  que  hay  que  tener  muy  en  cuenta  las  pasiones  hu- 
manas y  conceder,  como  desde  luego  concedemos,  que  en  el  primer 
momento,  dominado  y  enloquecido  por  su  sentimiento  dio  la  orden  de 
fusilar  á  todos  los  enemigos  que  se  encontraban  en  su  poder;  todo  esto 
podría  tener  una  explicación,  si  en  el  momento  de  verse  cara  á  cara  con 
el  que  suponía  matador  de  su  madre  hubiera  concluido  también  con  él,  ó 
por  lo  menos  hubiera  hecho  lo  posible  por  vengarse  en  él,  como  se  ha- 
bía vengado  en  tantos  infelices.  Pero  no  fué  así:  en  Londres  se  encon- 
traron emigrados,  después  de  los  acontecimientos  de  1843,  los  genera- 
les Cabrera  y  Nogueras,  y  no  sabemos  que  entre  los  dos  mediara  ningún 
altercado,  y  menos  que  se  desbordase  el  odio  con  que  el  primero  debió 
mirar  al  segundo,  dados  los  antecedentes  del  caso  y  habiéndose  visto 
privado  de  su  santa  madre  par  razones  exclusivamente  políticas. 

Pero  volvamos  á  1875.  El  General  Cabrera,  olvidándose  por  com- 
pleto de  su  historia,  pactó  con  el  Gobierno  de  Don  Alfonso  su  recono- 
cimiento absoluto;  mas  á  pesar  de  sus  deseos  y  los  trabajos  de  sus 


—  296  — 

partidarios,  no  pudo  lograr  más  que  una  media  docena  de  adhesiones, 
de  personas  bien  poco  importantes,  por  cierto,  siendo  tan  escaso  el 
fruto  de  su  cambio  político,  lo  mismo  en  el  Norte,  en  donde  no  era  co- 
nocido más  que  de  nombre,  que  en  el  teatro  de  sus  antiguas  hazañas, 
en  Cataluña,  Aragón,  Valencia  y  el  Í.Iaestrazgo. 

Un  distinguido  escritor  liberal  nada  sospechoso,  D.  Saturnino  Gi- 
ménez, en  su  obra  Secretos  é  intimidades  del  campo  carlista,  á  propó- 
sito de  las  gestiones  que  se  hicieron  constantemente  por  los  liberales 
para  que  los  jefes  procedentes  del  Ejército  de  D.^  Isabel  II  abandoná- 
semos las  filas  del  de  Don  Carlos  de  Borbón,  dice  lo  siguiente:  «Lo  qite 
»pasma  es  que  los  carlistas  no  sucumbieran  antes  con  el  cúmulo  de 
y>asechanzas  y  redes  ciue  les  tendíamos.  La  fé  ha  salvado  á  ese  partido. 
y>¡Ah,  si  ellos  hubieran  dispuesto  de  los  cuantiosos  é  infinitos  elementos 
y>de  soborno  que  nosotros  poníamos  en  juego!  Es  un  hecho  indudable, 
^indiscutible,  cque  muchas  proposiciones  emanadas  de  nosotros,  se  han 
»estrellado,para  mayor  ridiculez  nuestra,  ante  la  intransigencia  feroz 
y>del  enemigo.» 

Volviendo  á  tomar  el  hilo  de  nuestra  narración,  diremos  que  desde 
el  desastre  del  Ejército  liberal  en  Lacar,  limitáronse  los  alfqnsinos  á 
atrincherarse  fuertemente  en  Monte-Esquinza,  sin  intentar  la  más  pe- 
queña operación  ofensiva  en  Navarra  y  únicamente  dieron  señales  de 
vida  en  Guipúzcoa  y  Vizcaya,  de  cuyas  operaciones  ya  nos  hemos  ocu- 
pado en  anteriores  capítulos. 

Los  carlistas,  por  su  parte,  dedicáronse  á  realizar  algunas  algara- 
das en  terreno  liberal,  y  á  fortificarse  en  la  Población  y  Puertos  de 
Herrera  y  Azáceta,  en  Estella,  Monjardín,  Montejurra,  Artazu  y  Santa 
Bárbara  de  Mañeru,  dirigiendo  todos  estos  trabajos  el  ilustrado  Briga- 
dier de  Ingenieros  Villar  y  el  activo  Coronel  de  Infantería  D.  Joaquín 
Mendoza. 

A  mediados  de  Febrero  cesó  en  el  mando  en  jefe  del  Ejército  libe- 
ral el  Teniente  General  D.  Manuel  de  la  Serna,  reemplazándosele  con 
el  de  igual  categoría  D.  Genaro  de  Quesada,  á  cuyo  lado  se  puso  con 
el  cargo  de  Jefe  de  Estado  Mayor  General  al  Mariscal  de  Campo  don 
Emilio  Terrero. 

Era  D.  Genaro  de  Quesada  hijo  del  distinguido  General  Marqués 
del  Moncayo,  intrépido  oficial  cuya  sangre  regó  abundantemente  los 
laureles  de  nuestra  Independencia  y  á  quien  reservó  el  destino  la 
muerte  del  mártir,  inmolado  á  la  impía  saña  de  una  turba  liberticida 
en  el  motín  liberal  de  15  de  Agosto  de  1836.  El  nuevo  General  en  Jefe 
del  Ejército  liberal  del  Norte,  en  Febrero  de  1875,  habíase  distinguido 


—  297  — 

durante  la  primera  guerra  civil  sirviendo  en  la  Guardia  Real  de  In- 
fantería, desempeñando  el  destino  de  Ayudante  de  Campo  de  su  padre 
y  ganando  la  Cruz  de  San  Fernando;  Coronel  en  1843,  hizo  la  guerra 
contra  los  montemolinistas  de  Cataluña;  ascendió  á  Maris.íal  de  Campo 
en  1853,  y  mandando  la  2.*  División  del  S.er  Caerpo  del  Ejército  de 
África  ganó  el  segundo  entorchado.  Distinguióse  peleando  frente  á  la 
Revolución  en  la  famosa  jornada  del  22  de  Junio  de  1866,  y  después 


D.    EMILIO   TERRKRO 


de  la  revolución  de  1868,  permaneció  de  cuartel  y  alejado  de  la  polí- 
tica que  por  entonces  influía  en  los  destinos  del  país. 

El  General  Terrero  procedía  del  Cuerpo  de  Estado  Mayor  del  Ejér- 
cito: á  poco  de  salir  de  su  Academia  ganóse  la  más  preciada  de  las  re- 
compensas militares,  la  Cruz  laureada  de  San  Fernando,  peleando  en 
defensa  del  poder  constituido  en  las  calles  de  Barcelona;  siendo  ya  Ca- 
pitán asistió  y  tomó  parte  brillantísima  en  la  gloriosa  campaña  de 
África,  siendo  herido  en  la  batalla  de  los  Castillejos.  En  la  última  gue- 
rra civil  habíase  ya  distinguido  como  Jefe  de  Estado  Mayor  del  Gene- 
ral Moriones;  cuando  éste  dejó  el  mando  en  26  de  Febrero  de  1874, 
pasó  el  entonces  Brigadier  Terrero  á  desempeñar  el  cargo  de  Jefe  de 
Estado  Mayor  del  Cuerpo  de  Ejército  del  General  Primo  de  Rivera,  íi 


—  '2dS  — 

cuyo  lado  se  batió  y  fué  herido,  como  aquél,  en  los  campos  de  Somo- 
rrostro  al  acometer  las  trincheras  de  San  Pedro  Abanto. 

Al  encargai-se  el  General  Quesada  del  mando  en  jefe  del  Ejército 
liberal  del  Norte,  quedó  éste  organizado  en  tres  cuerpos  á  las  órdenes, 
respectivamente,  de  los  tenientes  generales  D.  Joaquín  Bassols,  D.  José 
Ignacio  Echevarría  y  D.  José  de  Loma;  cada  Cuerpo  de  Ejército  lo 
constituían  dos  divisiones,  siendo  mandadas  las  seis  por  los  mariscales 
de  Campo  Rodríguez  Espina,  Catalán,  La  Portilla,  Fajardo,  Villegas  y 
Blanco;  además  había  otra  división  llamada  de  la  Ribera,  á  cuyo  frente 
fiouraba  el  Brigadier  Jaquetot;  una  Brigada  en  Medina  de  Pomar,  á 
las  órdenes  del  Brigadier  Zenarruza;  una  División  en  Vizcaya,  man- 
dada por  el  Mariscal  de  Campo  Salamanca,  y  sumando  las  tropas  ya 
citadas  con  las  que  cubrían  guarniciones  y  otros  servicios  de  no  prime- 
ra importancia,  así  como  con  las  del  Distrito  militar  de  Burgos  que  tam- 
bién dependían  del  General  Quesada,  resultaba  tener  éste  á  sus  órdenes 
un  conjunto  de  96  batallones,  8  regimientOo  de  Caballería,  14  baterías 
montadas  y  6  de  Montaña,  con  la  correspondiente  dotación  de  compa- 
ñías de  Ingenieros  y  de  Guardia  civil,  y  un  total,  aproximado,  de 
ochenta  mil  hombres. 

La  situación  de  las  tropas  liberales  hasta  el  principio  de  las  opera- 
ciones en  Junio,  era  la  siguiente,  prescindiendo  de  las  empleadas  en 
guarniciones  y  otros  servicios  de  análoga  importancia:  el  primer  Cuer* 
po  de  Ejército  se  encontraba  en  Navarra,  por  la  sierra  del  Perdón, 
Tafalla,  Añorbe  y  Artajona;  el  segundo  Cuerpo  en  Monte-Ezquinza  y 
Oteiza;  una  División  del  tercer  Cuerpo  en  Medina  de  Pomar,  al  man- 
do del  General  Villegas,  ó  sean  ocho  batallones,  una  Batería  de  Mon- 
taña y  doscientos  caballos;  el  resto  del  tercer  Caerpo  (trece  batallones 
con  la  correspondiente  Artillería,  Caballería  é  Ingenieros)  se  hallaba 
en  Guipúzcoa,  á  las  inmediatas  órdenes  del  General  Loma,  desde  la 
frontera  al  Crio;  la  Divisí"ón  de  Vizcaya  cubi'ía  la  antigua  línea  de  Bil- 
bao y  sus  fuertes. 

El  Ejército  carlista  compuesto,  sobre  poco  más  ó  menos,  de  la  mis- 
ma fuerza  que  tenía  ya  desde  el  año  anterior,  operaba  generalmente 
en  la  siguiente  forma:  ocho  batallones  vizcaínos,  dos  castellanos,  el 
asturiano  y  algún  cántabro,  en  las  líneas  de  Bilbao  y  Valmaseda;  ocho 
batallones  guipuzcoanos,  en  la  línea  del  Oria,  San  Sebastián  y  Herna- 
ni;  dos  ó  tres  batallones  alaveses  por  las  inmediaciones  de  Miranda  de 
Ebro  y  Vitoria,  y  el  resto  de  los  batallones  de  Álava,  de  Castilla  y  de 
Cantabria,  con  los  doce  navarros,  en  Navarra. 

Mucho  se  ha  hablado  por  propios  y  extraños,  especialmente  por  és- 
tos, de  la  poca  ó  ninguna  iniciativa  desplegada  por  los  carlistas  en  la 


—  29'.»  — 

última  guerra.  Sin  negar  en  absoluto  la  creencia  de  los  liberales,  pro- 
curaremos poner  la  verdad  en  su  lugar. 

Por  de  pronto,  sentaremos  la  premisa,  sin  temor  de  que  se  nos  des- 
mienta, de  que  el  primer  fundamento  de  los  liberales  de  buena  fe,  an- 
tiguos isabelinos,  consistía  en  la  natural  impaciencia  por  ver  derrocar- 
se lo  más  pronto  posible  la  República  española,  con  sus  cantones,  sus 
asonadas,  y,  por  ende,  la  intranquilidad  que  en  la  atmósfera  reinaba 
desde  que  se  predicaba  la  disolución  del  Ejército  única  defensa  de  la 
sociedad,  por  los  más  caracterizados  jefes  de  aquel  sistema  de  go- 
bierno. Claro  es  que  entre  aquella  turba  de  voluntarios  de  la  libertad 
que  originaron  las  sangrientas  jornadas  de  Jerez,  Cádiz,  Sevilla,  Má- 
laga, Valls  y  Cartagena;  entre  los  matrimonios  de  Reus,  de  que  ha- 
blaban los  periódicos,  y  las  monsergas  y  demás  impiedades  y  pertur- 
baciones de  algunos  diputados  constituyentes,  entre  todo  ésto  y  los 
batallones  vascongados,  navarros  y  los  de  la  antigua  Corona  dé  Ara- 
gón que  proclamaban  á  Don  Carlos,  no  había  términos  hábiles  de  com- 
paración, así  es  que  creemos  firmemente  que  todas  las  personas  sensa- 
tas suspirasen  por  un  orden  de  cosas  que  les  trajese,  siquiera,  la 
material  tranquilidad  de  sus  espíritus. 

Recordamos  muy  bien  las  continuas  alarmas  en  que,  al  marcharnos 
A  Francia  y  después  al  campo  carlista,  vivían  los  honrados  vecinos  de 
Madrid,  procurándose  armas  para  defender  sus  familias  y  hogares, 
dado  el  probable  caso  de  la  desorganización  completa  de  la  colectivi- 
dad, cuya  temible  amenaza  se  cernía  sobre  ellos,  y  no  ya  Don  Carlos 
de  Borbón  (que,  por  lo  menos  era,  al  fin  y  al  cabo,  para  todos  un  vas- 
tago de  estirpe  regia  y  que  disponía  de  algunos  batallones  bien  orga- 
nizados), sino  que  hasta  el  Moro  Muza,  (expresión  que  por  entonces 
estaba  muy  en  boga  entre  multitud  de  liberales  de  abolengo),  era  pe- 
dido y  deseado  por  la  inmensa  mayoría  de  los  españoles. 

Su  buena  fe  y  su  deseo  les  engañaba  sin  embargo;  aparte  de  la  ex- 
pedición proyectada  por  el  inolvidable  General  carlista  D.  Nicolás 
Olio,  en  1873,  y  de  la  cual  hablaremos  á  continuación,  no  tenían  en 
cuenta  que  en  estos  tiempos  la  guerra  no  podía  hacerse  en  las  mismas 
condiciones  que  cuando  la  campaña  por  Don  Carlos  María  Isidro  de 
Borbón,  pues  las  armas  de  fuego  no  CDnsumían  entonces  el  prodigioso 
número  de  cartuchos  que  en  la  actualidad,  en  que  los  batallones  tie- 
nen que  marchar  por  ello  con  una  pesada,  pero  forzosa  impedimenta, 
y  aquellos  han  de  contarse  por  cientos  de  miles,  para  las  eventualida- 
des de  dos  ó  tres  combates;  además,  los  telégrafos  y  los  caminos  de 
hierro  evitan  ó  dificultan,  por  lo  menos,  las  sorpresas,  y  facilitan  la 
concentración  en  pocas  horas  de  multitud  de  enemigos,  mientras  que 


—  300  — 

en  1834  y  en  1840  necesitábanse  muchos  días  para  lograrlo;  y  final- 
mente, el  deseo  platónico  de  los  que  querían  que  se  presentara  Don 
Carlos  en  Madrid,  y  que  hubieran  sido  los  primeros  en  aplaudirle  si  el 
éxito  hubiese  coronado  sus  esfuerzos,  era  bien  conocido  por  los  carlis- 
tas; pere  pensaban  éstos  firmemente  que  su  apoyo  no  era  bastante,  y 
no  se  consideraban  garantidos  de  que  en  un  momento  dado  no  llega- 
sen á  transigir  y  á  hacer  causa  común  con  los  otros  liberales,  como 
andando  el  tiempo  aconteció.  La  idea  también  de  que  el  Ejército  car- 
lista sólo  era  fuerte  en  las  montañas  del  Norte,  de  Cataluña  y  del 
Maestrazgo,  se  había  heclio  camino  entre  los  españoles,  y  si  bien  no 
negamos  que,  los  carlistas  vascongados  preferían  batirs:  en  su  natural 
terreno,  en  cambio  los  de  las  otras  provincias  demostraron  en  la  pri- 
mera y  aún  en  la  última  guerra,  que  sabían  hacerlo  en  todas  partes 
con  la  misma  fé  y  el  mismo  entusiasmo. 

Las  célebres  expediciones  délos  generales  Conde  de  Negri,  Zaratie- 
gui,  Guergué,  García,  Cabrera,  Forcadell,  y  la  mucho  más  famosa  del  in- 
victoGeneral  D.  Miguel  Gómez,  no  nos  dejarán  mentir  respecto  á  la  pri- 
mera guerra  civil,  y  aunque  no  llegaron  á  formalizarse  tantas  y  tan  im- 
portantes expediciones  en  la  última  campaña,  recordaremos  las  corre- 
rías del  General  Férula  á  Burgos  y  Calahorra,  la  del  desgraciado 
Coronel  Lozano  y  las  que  con  más  elementos  se  proyectaron  en  el  Es- 
tado Mayor  General  carlista  y  que  debieron  haber  mandado  el  Gene- 
ral Olio,  primero,  y  después  el  general  Cavero,  el  General  Mogrovejo 
ó  el  General  Alvarez. 

El  esforzado  Caudillo  navarro  acarició  por  mucho  tiempo  la  idea 
de  un  golpe  de  mano  sobre  la  capital  de  España.  A  su  juicio,  no  era 
empresa  que  ofreciera  grandes  dificultades  en  1873,  porque  sin  fijar- 
nos en  más  sino  en  que  todo  el  Ejército  enemigo  disponible  se  hallaba 
repartido  entre  las  provincias  del  Norte,  Cataluña,  Aragón,  Valencia  y 
Cartagena,  dicho  se  está  que  ninguno  de  sus  cuerpos  hubiera  podido 
abandonar  fácilmente  su  misión  para  acudir  á  la  defensa  de  Madrid. 
En  cada  una  de  las  regiones  citadas^  harto  hacía  el  Ejército  republi- 
cano con  guarnecer  plazas  y  puntos  fortificados  y  tener  á  raya  á  los 
carlistas  armados  en  sus  respectivos  territorios.  Limitándonos  á  las 
Vascongadas  y  Navarra,  creemos  no  era  tan  descabellado  el  plan  que 
proponía  el  entonces  Brigadier  carlista  Olio.  Decía,  y  decía  bien,  que 
para  los  veinte  mil  hombres  que  á  lo  sumo  podía  por  aquella  época 
reunir  en  un  momento  dado  el  General  en  Jefe  republicano,  bastaban 
los  veinticinco  batallones  que  podían  quedarse  en  territorio  vasco- 
navarro,  en  esta  forma:  ocho  vizcaínos,  seis  guipuzcoanos,  cuatro  ala- 
veses, cuatro  navarros^  dos  cántabros  y  un  castellano;  los  restantes,  ó 


—  301  — 

sean  tres  batallones  castellanos  é  igual  número  de  navarros,  dos  es- 
cuadrones y  cuatro  piezas  de  Montaña,  eran  suficientes,  según  Olio, 
para  ponerse  en  algunas  horas  sobre  Miranda  de  Ebro,  detener  un  par 
de  trenes  y  caer  sobre  Madrid,  en  donde  no  se  hallaban,  por  entonces, 
más  soldados  que  los  restos  de  las  tropas  que  operaban  en  provincias, 
y  en  cuanto  al  éxito  algo  había  que  dejarse  á  la  Providencia. 

Aún  dado  caso  (seguimos  exponiendo  el  plan  de  Olio)  que  hubieran 
sido  rechazados  los  carlistas,  lo  cual  era  muy  aventurado  suponerlo, 
porque  las  clases  todas  conservadoras  hubieran  en  aquellas  circuns- 
tancias ahorrado  á  los  carlistas  la  mitad  del  camino,  cansadas  de  los 
desórdenes  federales,  aún  en  ese  caso  desgraciado  quedaba  el  recurso 
de  allegar  más  fuerzas  carlistas  de  Valencia  ó  de  Castilla,  y  en  último 
caso  batallones  navarros  ó  encartados. 

Más  visos  de  expedición  que  la  de  Olio,  tuvo  la  que  se  organizó 
después  y  que  debían  acaudillarlos  generales  Mogrovejo,  Al varez  ó 
Cavero  en  1874  y  1875.  Entonces,  la  dificultad  de  los  cartuchos  se  ha- 
bía subsanado  en  parte,  pues  á  más  de  la  mejor  dotación  de  que  dis- 
ponían por  aquella  época  los  batallones  carlistas,  aprovechando  una 
oportuna  combinación  con  el  Ejército  del  Centro,  podrían  haber  caído 
reunidas  sobre  Madrid  tropas  carlistas  del  Norte  y  del  Maestrazgo. 

¿Y  las  que  pudieron  salir  á  raíz  de  la  batalla  de  Abárzuza,  cuando 
más  pujante  que  nunca  la  moral  del  Ejército  carlista  veía  retroceder 
ante  sus  lineas  de  Monte-Muru  y  Murugarren  las  derrotadas  huestes 
republicanas,  y  muerto  en  el  combate  el  General  de  más  prestigio  para 
las  tropas  liberales  en  aquella  época?  Testigos  presencíales  de  la  reti- 
rada del  Ejército  del  Marqués  del  Duero,  nos  refirieron  que  en  Tafalla 
entraban  las  baterías  montadas  casi  dispersas  y  sin  protección  de  las 
otras  armas,  aunque  bien  decididos  los  jefes  y  oficiales  de  Artillería 
á  defenderse  A  todo  trance,  y  se  habrían  portado  con  heroísmo,  les 
hacemos  la  estricia  justicia  de  no  ponerlo  en  duda:  tenemos  la  plena 
convicciónde  que  aquellos  siempre  queridos  amigos  nuestros  se  habrían 
cubierto  de  gloria  muriendo  al  pie  de  sus  cañones;  pero  á  pesar  de  su 
noble  sacrificio,  creemos  también  que  no  hubieran  podido  rechazar  el 
empuje  poderoso  de  los  batallones  que  á  las  órdenes  de  los  generales 
carlistas  Dorregaray,  Alvarez,  Cavero  y  tantos  otros  se  hubieran  lan- 
zado sobre  ellos  como  una  avalancha. 

En  la  expedición  que  debieron  mandar  los  valientes  Cavero  ó  Al- 
varez, y  luego  el  entendido  Mogrovejo,  se  proyectó  unir  á  los  seis  ba- 
tallones castellanos,  las  seis  piezas  Withwort  que  dirigían  con  singu- 
lar acierto  el  Teniente  Coronel  Reyero  y  los  capitanes  Llorens  y 
Ortigosa,  así  como  el  Regimiento  de  Caballería  de  Castilla,  y  llamar 


—  302  — 

al  mismo  tiempo  la  atención  de  los  liberales  en  el  Maestrazgo  y  Cata- 
luña, para  que,  más  desembarazados  los  carlistas,  se  presentaran  ante 
Madrid  por  varios  puntos  á  la  vez  la  expedición  del  Norte  y  las  tropas 
del  Ejército  del  Centro. 

Otra  pequeña  expedición  salió  también  del  Norte  en  dirección  á  la 
frontera  aragonesa,  al  mando  del  General  Lizárraga,  y  luego  la  del 
Coronel  Barón  de  Sangarren  hacia  las  Cinco  Villas;  pero  ni  éstas  ni 
las  de  Férula  que  ya  hemos  indicado,  pasaron  de  simples  correrías. 

Ni  unas  ni  otras  lograron  llevarse  á  cabo,  con  harto  dolor  de  todos, 
y  por  causas  que  aún  permanecen  desconocidas;  pero  entre  todas  las 
expediciones  es  indudable  para  nosotros,  que  la  proyectada  por  el  ma- 
logrado General  carlista  Olio,  era  la  que  más  probabilidades  de  lisonje- 
ro éxito  pudo  reunir,  por  las  razones  que  ya  hemos  expuesto^  y  más 
que  nada  por  simbolizar  la  reacción  de  la  idea  monárquica  contra  los 
delirios  demagógicos.  Aprovechándose'entonces  los  carlistas  del  maras- 
mo de  los  liberales  de  todos  matices,  quizás  hubieran  clavado  la  rueda 
de  la  fortuna  entrando  victoriosos  en  la  capital  de  España.  ¿Qué  hu- 
biera sucedido  después?  ¿qué  hubieran  hecho  las  fuerzas  armadas? 
¿qué  hubiera  hecho  la  nación  ante  semejante  sorpresa?  ¡Sólo  Dios  lo 
sabe! 

Para  nosotros  está  fuera  de  toda  duda,  que  el  no  llevarse  á  efecto 
las  expediciones  dependió  principalmente  de  la  dificultad  de  municio- 
nar las  fuerzas.  En  efecto,  no  había  artículo  más  preciado  páralos  car- 
listas que  las  municiones,  á  causa  de  la  dificultad  que  había  para 
fabricarlas  ó  adquirirlas.  Y  eso^  que  abierta  la  frontera  para  ellos 
claro  es  que  podían  introducir,  como  así  lo  hacían,  numerosos  cajones 
de  cartuchos;  pero  en  cambio,  unos  resultaban  averiados  por  pro- 
ceder de  guerras  pasadas,  otros  estaban  mal  calibrados  y  otros  había 
que  recargarlos  de  nuevo,  por  carecer  en  absoluto  de  pólvora  ó  haber- 
se convertido  esta  en  polvorín.  Esto  consistía  en  que  no  eran  recono- 
cidos previamente,  como  hacía  el  Gobierno  liberal,  por  comisiones 
facultativas,  y  además  porque  hacían  tanta  falta,  que  en  la  mayor 
parte  de  los  casos  no  habría  habido  tiempo  para  verificar  un  detenido 
reconocimiento.  La  importancia,  pues,  que  el  Ejército  carlista  daba  á, 
las  municiones  era  inmensa,  y  el  mercado  francés  se  hacia  pagar  á 
subido  precio  la  mercancía,  que,  después  de  todo,  no  siempre  resulta- 
ba de  recibo. 

Los  generales  carlistas  daban  la  preferencia  á  los  cartuchos  metá- 
licos del  enemigo,  por  ser  de  primera  calidad:  no  había  destacamento 
ni  plaza  de  que  se  apoderasen  á  la  que  no  pusieran  como  ineludible 
condición  la  entrega  de  todas  las  armas  y  municiones.  Los  comandan- 


—  808  — 

tes  generales  de  las  provincias  (especialmente  los  de  Navarra  y  Gui- 
púzcoa) establecieroa  talleres  de  recarga  de  los  cartuchos  que  sembra- 
ba el  enemigo  en  los  campos  de  batalla.  Recordamos  que  al  día 
siguiente  de  la  acción  de  Velabieta,  el  primer  cuidado  de  Olio  fué  en- 
viar carretas  custodiadas  por  algunas  compañías  á  recorrer  los  montes 
donde  se  había  librado  la  batalla,  y  al  regresar  aquéllas  pudimos  ver 
con  gran  contentamiento  de  todos,  que  llegaron  á  Berástegui  cinco 
carros  cargados  de  cartuchos  vacíos  que  sin  detenerse  siguieron  á  Rie- 
zu,  donde  fueron  recargados  sobre  la  marcha  y  devueltos  después  á 
los  batallones  navarros. 

Dígase,  si  á  pesar  de  la  buena  voluntad  de  todos,  había  medio  de 
reemplazar  en  momentos  dados  los  cientos  de  miles  de  cartuchos  que 
consumían  en  pocas  horas  los  fusiles  á  cargar  por  la  recámara. 

En  apoyo  de  esto  mismo,  recordamos  aún  otro  caso:  en  la  primera 
acción  de  la  línea  de  Somorrostro,  ganada  á  los  liberales  por  el  Gene- 
ral en  Jefe  accidental  Olio,  era  tan  escasa  la  dotación  de  cartuchos 
metálicos  que  el  previsor  General  carlista  previno  que  sería  fusilado 
todo  voluntario  que  desperdiciase  sus  cartuchos  disparando  á  larga 
distancia,  autorizando  á  los  jefes  y  oficiales  para  que  bajo  su  más  es- 
trecha responsabilidad  hiciesen  cumplir  este  riguroso  precepto,  ante 
la  eventualidad  de  haber  de  cesar  el  fuego  á  la  media  hora  de  empe- 
zado, por  falta  de  municiones. 

Dígasenos  ahora,  repetimos,  si  con  semejante  falta  de  elementos, 
hubiera  podido  asegurarse  el  feliz  éxito  de  expediciones  en  que  á  la 
más  pequeña  contrariedad  ó  detención,  ante  cualquier  insignificante 
tiroteo,  se  habría  podido  malograr  todo.  Pues  qué,  ¿habría  sido  posi- 
ble acaso  llegar  á  Madrid  sin  disparar  un  sólo  tiro,  ó  entrar  en  cual- 
quier lugar  cerrado  sin  otro  auxilio  que  el  de  las  puntas  de  las  bayo- 
netas? 

Los  ojalateros,  los  eternos  peroradores  de  café,  los  periodistas  que 
en  su  afán  de  discutirlo  todo  hablan  tantas  veces  sin  entender  de 
nada,  y  otras  gentes  por  el  estilo,  veíanlo  todo  fácil  y  hacedero,  aún 
los  simpáticos  á  la  Causa  carlista,  y  criticaban  la  inercia  de  sus  tro- 
pas, recordando  la  marcha  victoriosa  del  insigne  General  carlista  don 
Miguel  Gómez  en  la  primera  guerra  civil,  sin  tener  en  cuenta  que  aún 
sin  rebajar  en  un  ápice  todo  lo  inmenso  é  indiscutible  del  mérito  que 
tuvo  aquella  magnífica  expedición,  débese  considerar  que  los  tiempos 
no  eran  los  mismos,  que  entonces  no  tenían  las  tropas  liberales  á  su 
disposición  líneas  férreas  para  concentrarse  en  breve  espacio,  y  sobre 
todo  que  en  la  primera  guerra  civil,  las  municiones  que  se  consumían 
por  el  día  se  reemplazaban  por  la  noche,  convirtlendo  en  parques  los 


—  304  — 

alojamientos  y  en  obreros  á  los  mismos  voluntarios,  haciéndose  cada 
uno  de  ellos  sus  cartuchos  con  la  misma  facilidad  con  que  se  los  cons- 
truyen los  menos  idóneos  cazadores. 

Además  de  cuanto  hemos  expuesto,  creemos  que  el  error  de  unos  y 
otros  combatientes  ha  consistido  siempre  en  buscar  analogías  y  seme- 
janzas entre  las  dos  guerras,  pues  desde  el  punto  de  vista  militar,  ni  la 
que  principió  en  1833  se  parecía  en  nada  á  la  iniciada  en  1872,  ni  las 
armas  y  demás  elementos  de  combate  de  entonces  eran  los  mismos  de 
ahora. 

Antes  de  concluir,  hablaremos  de  otra  expedición  de  la  cual  se 
trató  en  los  tiempos  en  que  el  General  Dorregaray  mandaba  el  Ejérci- 
to del  Centro.  Muchas  veces  había  dicho  el  citado  General  que  en  la 
imposibilidad  de  verificar  desembarcos  en  las  costas  de  Tarragona  y 
Valencia,  contaba  con  recursos  suficientes  para  pagar  los  fusiles  y 
cartuchos  que  se  le  proporcionaran  del  Norte.  Entretanto,  dióseel  tris- 
te caso  en  las  comarcas  de  su  mando,  de  tener  que  despedir  de  las 
filas  á  multitud  de  voluntarios  para  evitar  el  gasto  de  raciones  á  mu- 
chedumbres desarmadas,  que  por  encontrarse  asi,  en  vez  de  ayudar 
complicaban  las  operaciones,  siendo  á  la  vez  las  primeras  víctimas, 
como  había  ocurrido  en  la  jornada  de  Oroquieta.  Pues  bien,  en  vista 
de  ésto,  pensóse  seriamente  en  el  Norte  en  ayudar  al  Centro,  concen- 
trando todo  el  ganado  disponible,  aún  el  de  la  Artillería,  para  que 
custodiado  por  dos  ó  tres  batallones  pasara  el  Ebro  y  entrando  por 
Aragón  (en  previa  combinación  con  la  División  del  Brigadier  Gamun- 
di)  entregara  su  preciada  carga  á  los  aragoneses  y  valencianos,  lle- 
gándose hasta  á  designar  el  Jefe  que  debía  conducir  el  convoy,  para 
cuya  arrojada  empresa  fué  elegido  el  intrépido  General  Férula.  Los 
acontecimientos  que  por  aquellos  días  se  desarrollaban  en  el  Norte  im- 
pidieron, sin  duda  alguna,  que  el  Capitán  General  carlista  de  las  Pro- 
vincias Vascongadas  y  Navarra,  que  lo  era  entonces  el  General  Men- 
diry^  diese  las  órdenes  oportunas  para  la  realización  de  tan  excelente 
idea,  que  de  haberse  llevado  á  feliz  término,  habría  evitado,  probable- 
mente, la  disolución  del  Ejército  carlista  del  Centro. 

Hé  aquí  todos  los  proyectos  concebidos  por  los  carlistas,  y  las  razo- 
nes por  las  que  (á  nuestro  juicio)  no  pasaron  á  vías  de  hecho  estas  ex- 
pediciones, y  no  porque  la  inercia,  el  abandono  y  la  rutina  detuviesen 
aquellos  aguerridos  batallones  en  las  cuatro  provincias  del  Norte, 
cuando  en  la  mente  de  todos  estaba  proscrito  el  sistema  de  líneas  atrin- 
cheradas que  al  fin  y  al  cabo  debían  agotar  los  recursos  de  aquellas, 
rebajando  la  inacción  la  moral  del  soldado,  y  por  tanto  á  nadie  se  le 
escondía  que  si  había  de  sostenerse  la  guerra  en  condiciones  de  vitali- 


—  305  — 

dad,  el  Ejército  carlista  del  Norte  debía  romper  la  barrera  del  Ebro, 
y  buscar  partidarios  y  mantenimientos  fuera  del  ya  empobrecido  terri- 
torio vasco  -navarro. 

En  Marzo  de  1875  surgió  en  Navarra  un  lamentable  incidente,  pere- 
ciendo algunos  carlistas  en  San  Martín  de  Unx,  cuya  muerte  dio  lugar 
al  fusilamiento  de  varios  liberales  en  la  pieza  del  Conde,  en  Estella, 
siendo  á  la  sazón  Capitán  General  de  las  Provincias  Vascongadas  y 
Navarra,  por  Don  Carlos,  el  General  Mendiry. 

Realmente  hubo,  como  en  todas  las  guerras,  en  el  campo  carlista  y 
desde  el  principio  de  la  campaña,  algunos  partidarios  muy  dignos  de 
la  mayor  consideración,  tales  como  D.  Pablo  Portillo,  Mendizábal, 
Mugarza,  Azcárate,  Oses,  Mateo  y  otros  para  quienes  no  puede  haber 
más  que  elogios;  pero  también  hubo^  desgraciadamente,  algunos  otros 
partidarios  que  no  hacían  ningún  honor  á  la  Causa  que  pretendían  de- 
fender^ como  ocurrió  con  el  Cara  Santa  Cruz  y  con  Rosa  Samaniego; 
pero  sabido  es  que  Don  Carlos  de  Borbón  pregonó  la  cabeza  del  prime- 
ro y  prescindió  por  completo  del  segundo  en  la  organización  de  sus 
tropas.  En  cambio,  en  el  campo  liberal  en  el  que  desde  un  principio  se 
contó  con  un  Ejército  organizado  y  no  en  embrión  como  el  carlista 
(fijémonos  en  esto),  llegaron  á  quedar  impunes  algunos  hechos  que 
merecieron  censuras  por  parte  de  amigos  y  adversarios. 

Pero  circunscribiéndonos  al  caso  concreto  de  que  nos  ocupamos, 
bien  á  pesar  nuestro,  diremos  que  el  día  7  de  Abril  de  1875  fueron  fu- 
silados por  los  carlistas  un  sargento  y  siete  soldados  y  paisanos,  en 
represalias  de  los  carlistas  muertos  en  San  Martín  de  Unx  por  una 
contraguerrilla  liberal.  Unos  y  otros  hechos  son  harto  lamentables:  se- 
gún el  Estado  Mayor  carlista,  al  entrar  de  noche  en  el  pueblo  citado 
las  fuerzas  liberales,  hallábanse  el  Comandante  de  armas  carlista  y 
cinco  voluntarios  entregados  al  descanso,  el  cual  les  fué  interrumpido 
para  ser  fusilados:  según  la  Narración  militar  de  la  guerra  carlista, 
escrita  por  el  Cuerpo  de  Estado  Mayor  del  Ejército^  las  fuerzas  carlis- 
tas fueron  sorprendidas  y  batidas  por  los  contraguerrilleros  liberales 
causando  algunos  muertos  á  los  carlistas,  lo  cual  de  ser  así  no  creemos 
que  hubiera  dado  lugar  á  protesta  alguna,  como  no  se  protestó  jamás 
en  ocasiones  análogas  por  los  carlistas,  quienes  aseguraban  que  los 
muertos  lo  fueron  después  de  hechos  prisioneros,  y,  por  tanto,  de  la 
verdad  de  ambas  versiones  distintas  debe  partir  nuestro  razonamiento. 

Nosotros  creemos  más  verídica  la  carlista,  y  no  nos  [inclinamos 
á  ella  por  haber  militado  en  las  filas  de  su  Ejército  (líbrenos  Dios  de 
•ello),  sino  por  tres  razones.  Es  la  primera  que  los  fusilados  entonces 

20 


—  306  — 

por  el  General  carlista  D.  Torciiato  Mendiry,  fueron  sus  únicas  vícti- 
mas durante  los  varios  mandos  que  ejerció  en  la  guerra.  Segunda,  que 
no  se  trataba  de  una  autoridad  sanguinaria  ni  de  un  advenedizo,  sina 
de  un  distinguido  jefe  del  Ejército^  que  había  servido  lealmente  en  el 
de  D.''^  Isabel  II,  alcanzando  la  alta  categoriaía  de  Brigadier  por  sus 
acreditados  servicios^  y  mereciendo  siempre  excelente  concepto  como 
militar  pundonoroso  y  de  bien  ganada  reputación;  por  consiguiente 
dudamos,  mejor  dicho,  no  creemos  posible  que  el  General  carlista 
Mendiry,  dados  sus  dignos  antecedentes,  llegara  á  ensangrentarse  por 
capricho  ni  por  error,  ni  mucho  menos  porque  pudiera  su  carácter  so- 
meterse á  imposiciones  délos  pueblos  en  que  ejercía  el  mando  y  de 
cuyos  habitantes  era  paisano.  Y  tercera  razón,  porque  al  menos  en  el 
Norte  las  autoridades  carlistas  no  protestaron  jamás  de  las  víctimas 
causadas  en  cuantos  lances  de  la  guerra  tenían  lugar,  pues  éstas  y 
otras  desgracias  eran  consecuencias  ineludibles  de  la  campaña.  Y  eso 
que,  ya.  puestos  en  este  terreno,  habría  mucho  que  hablar;  solamente 
recordaremos  el  bombardeo  del  Hospital  de  Santurce  y  el  fusilamiento 
de  D.  Miguel  Lozano^  en  represalias  de  cuya  muerte  podían  los  carlis- 
tas haber  fusilado  al  General  Nouvilas^  al  Brigadier  Moya,  al  Coronel 
Sancho  y  á  otros  muchos  jefes  y  oficiales,  si  en  el  Estado  ^Mayor  Ge- 
neral carlista  hubiera  dominado  un  espíritu  tan  sanguinario.  Precisa- 
mente fueron  prisioneros  de  los  carlistas,  además  de  los  citados  jefes 
superiores,  los  brigadieres  La  Iglesia,  Arin  y  el  Gobernador  de  Seo 
de  Urgel,  los  coroneles  Rokiski  y  Navarro,  y  otros  que  no  recordamos 
ahora,  y  sabido  es  que  muchos  de  ellos  después  de  ser  puestos  en  li- 
bertad hicieron  constar  públicamente  su  gratitud  por  el  buen  trato 
recibido  durante  su  cautiverio,  haciendo  así  gala  de  esa  caballerosidad 
tan  propia  de  los  militares  españoles. 

El  negro  borrón^  pues,  que  segim  algunos  historiadores  liberales, 
cayera  por  este  hecho  sobre  el  General  carlista  Mendiry  podría,  en  úl- 
timo resultado,  parangonarse  con  la  falta  de  los  liberales  que  ordena- 
ron ó  consintieron,  por  lo  menos,  los  incendios  de  Abárzuza,  los  de 
los  caseríos  de  Guipúzcoa  y  tantísimos  otros  hechos  deplorables,  cuya 
lista  sería  interminable  si  al  escribir  estos  recuerdos  nos  moviese  la  pa- 
sión, pero  que  desde  luego  consideramos  como  calamidades  inherentes 
á  toda  guerra  civil,  y  que  por  lo  tanto  nos  guardaremos  muy  bien  de 
achacar,  no  ya  á  un  partido  político,  si  no  que  ni  tan  siquiera  á  una 
entidad  cualquiera  del  Ejército  liberal,  por  obscura  que  ésta  sea: 
pero  sobre  todo  ya  habrá  podido  observar  el  lector  que,  lejos  de  mo- 
vernos odio  alguno,  nos  inspiramos  siempre  en  el  buen  afecto  que 
sentimos  hacia  cuantos  han  vestido  ó  visten  el  honroso  uniforme  mili- 


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tar,  asi  que  únicamente  deseamos  indulgencia  para  todos  cuantos  han 
podido  faltar  tanto  en  el  campo  liberal  como  en  el  campo  carlista. 

Limitándonos  á  los  hechos  de  San  Martín  de  Unx  y  á  los  fusila- 
mientos á  que  dieron  lugar,  duélenos  únicamente  la  no  aceptación  de 
lo  que  propuso  el  General  en  Jefe  del  Ejército  liberal,  D.  Genaro  de 
Quesada,  cuyos  humanitarios  sentimientos  nos  complacemos  en  con- 
signar, y  que  quiso  se  declarase  neutral,  á  San  Martín  de  Unx, 
para  que  un  tribunal  mixto  de  carlistas  y  liberales  depurase  lo  que 
hubiera  de  verdad  en  hecho  tan  controvertido;  y  nos  duele  tanto  más, 
cuanto  que  si  se  hubiera  aceptado  lealmente  por  todos  el  medio  pro- 
puesto, tenemos  la  evidencia  absoluta  de  que  hubiera  resultado  cierta 
la  versión  carlista. 

Vamos  á  concluir.  Por  más  de  que  en  todas  las  guerras  civiles 
ocurran,  por  desgracia,  hechos  de  esta  índole,  no  nos  cansaremos  en 
reprobarlos  enérgicamente,  así  como  reprobamos  y  protestamos  de 
cañoneos  inútiles  que  no  se  diiijan  en  campo  abierto  entre  unas'y  otras 
fuerzas  que  combaten,  ó  contra  atrincheramientos  defendidos  por 
análogas  bocas  de  fuego;  pero  por  lo  que  respecta  á  los  tan  criticados 
cañoneos  de  los  carlistas  sobre  Bilbao,  San  Sebastián,  Hernani,  Irún 
y  Pamplona^  conviene  tener  presente,  que  fuerzas  suficientes  y  muros 
y  cañones  tenían  dichas  plazas,  y  en  tal  proporción  que,  aún  prescin- 
diendo del  mayor  calibre  de  la  Artillería  liberal,  estaban  sus  piezas 
con  las  carlistas  en  la  relación  de  diez  á  uno  en  los  más  de  los  casos 
que  citaremos  en  el  capítulo  siguiente. 


MEDALLA   DE   LA   DEFENSA   DE    LAS    COSTAS 


Capítulo  XXVI 

Defensa  de  las  costas  carlistas. — Cañoneos  recíprocos  entre  [liberales 

y  carlistas. 


NADA  menos  que  ochocientas  senté nta  y  cuatro  granadas  de  dife- 
rentes calibres,  pero  no  inferiores  á  las  de  12  centímetros  había 
arrojado  la  Escuadra  sobre  los  indefensos  puertos  carlistas  de  la  costa 
cantábrica  antes  de  1875.  Decíase  por  entonces  que  tan  inusitada  saña 
era  como  un  castigo  impuesto  por  el  Gobierno  de  Madrid  por  haberse 
desembarcado  en  ellos  multitud  de  fusiles,  cañones,  cartuchos  y  mon- 
tajes; otros  atribuíanla  al  deseo  de  rebajar  el  espíritu  carlista  de  los 
habitantes  de  aquellos  pueblos  al  verse  sin  defensa  en  sus  propiedades 
y  sus  familias,  y  otros,  por  último,  pensaban  que  era  un  desquita  de 
los  liberales  ante  el  bloqueo  y  cañoneo  de  algunas  de  sus  capitales. 
Sea  de  esto  lo  que  quiera,  el  Comandante  General  de  Artillería  carlis- 
ta ordenó  al  Coronel  Brea  y  al  Teniente  Coronel  Torres  que  constru- 
yeran baterías  á  lo  largo  de  la  costa  para  artillarlas  con  todas  las  bo- 
cas de  fuego  disponibles  del  Tren  de  sitio,  entre  las'cuales  se  contaban 
flos  Vavasseur  de  á  nueve  y  medio  centímetros,  ocho  Woolwich,  cua- 
tro Withwort  de  á  siete  y  medio  centímetros,  y  algunos  cañones  de 
bronce,  rayados,  largos,  de  A  doce. 


—  309  ~ 

Eligiéronse  en  su  consecuencia  las  mejores  posiciones  para  defen- 
der en  Guipúzcoa  los  puertos  de  Motrico,  Deva  y  Zarauz,  se  constru- 
yeron las  baterías  correspondientes,  se  artillaron  con  dos  ó  tres  caño- 
nes cada  una,  y  se  pusieron  ;l  las  órdenes  de  oficiales  de  Artillería  de 
Campaña,  procedentes  de  la  Academia  de  Azpeitia,  bajo  la  inspección 
y  dirección  del  ya  citado  Torres,  antiguo  Teniente  de  Navio  y  uno  de 
los  jefes  facultativos  del  Tren  de  sitio.  Desde  entonces  la  escuadra  no 
encontró  del  todo  indefensas  las  costas  de  Guipúzcoa,  pues  ya  tenia  si- 
quiera enemigos  que  hicieran  frente  á  sus  barcos  y  no  dejaran  impu- 
nes sus  bombardeos.  Y  eso  que  con  la  Artillería  de  mar  no  podía  com- 
pararse, ni  en  número  ni  en  calibre,  la  carlista,  pues  sabido  es  que  el 
mayor  de  los  de  ésta  era  inferior  al  menor  de  los  de  aquella. 

Nómbresenos  para  defender  la  costa  de  Vizcaya,  y  en  ella  elegimos 
posiciones  en  Bermeo.  Mundaca,  Elanchove  y  Lequeitio;  construimos 
con  los  artilleros  las  baterías,  aprovechando  los  accidentes  del  terreno: 
unas  comunes,  pero  del  espesor  suficiente  para  recibir  los  formidables 
disparos  de  la  Escuadra,  y  otras  enterradas.  La  de  Bermeo  se  constru- 
yó á  la  izquierda  del  pueblo,  así  como  la  de  Mundaca,  casi  rasantes, 
y  las  otras  á  la  derecha  y  algo  elevadas  sobre  el  nivel  del  mar.  Tuvi- 
mos también  cuidado  de  revestir  las  baterías  y  de  hacer  repuestos  de 
municiones,  dejándolas  prontas  para  romper  el  fuego  en  el  momento 
en  que  la  Escuadra  se  pusiera  á  tiro  de  los  cañones,  y  nos  situamos  en 
Guernica  para  desde  allí  acudir  á  donde  fuera  necesario. 

Como  sería  interminable  dar  cuenta  día  por  día  de  los  disparos  que 
se  cruzaron  entre  liberales  y  carlistas  hasta  la  terminación  de  la  gue- 
rra nos  limitaremos  á  citar  en  conjunto  los  que  recibieron  los  pueblos, 
por  más  de  que  fueran  muy  contados  los  que  arrojaron  los  buques  de 
madera  desde  el  momento  en  que  ya  no  podían  ofenderlos  á  mansalva; 
pues  creemos  poder  asegurar  (según  lo  que  recordamos),  que  el  día  en 
que  estrenamos  la  Batería  de  Mundaca,  fué  el  último  en  que  barcos  no 
blindados  se  acercaron  á  las  costas  carlistas. 

Sería  como  las  once  de  la  mañana  del  día  4  de  Julio  de  1875;  la 
Batería  de  Mundaca  estaba  construida  en  el  intervalo  que  media  entre 
este  pueblo  y  el  de  Bermeo^  en  un  saliente  de  la  costa,  ó  sea  en  la  pun- 
ta deLamiaran,  y  en  medio  por  consiguiente,  de  las  dos  ensenadas  en 
que  se  hallan  dichos  puertos.  El  día  era  claro  y  despejado,  y  la  Consuelo 
ó  el  Fernando  el  Católico  (que  no  recordamos  bien  cual  de  los  dos  fue- 
ra) venía  doblando  el  cabo  de  Ogoño,  pero  muy  á  larga  distancia,  re- 
celando sin  duda,  por  las  noticias  que  habían  anticipado  los  periódicos 
que  las  defensas  de  Vizcaya  pudieran  estar  ya  terminadas.  Pasó,  pues, 
pero  acortando  su  andar,  por  frente  de  Mundaca:  de  pronto  viró  á  su 


—  310  — 

izquierda,  y  rebasando  la  Batería,  vino  á  acoderarse,  moderando  su 
andar,  en  el  golfo  de  Bermeo,  con  intención  manifiesta  de  ofender  este 
pueblo.  Como  la  Batería  de  Bermeo  no  estaba  artillada  todavía,  tocóle 
á  la  de  Mundaca  demostrar  que  no  quedaría  impune  la  provocación.  El 
Alférez  Bonet,  que  mandaba  la  Batería;  compuesta  de  dos  cañones 
Withwort,  tenía  natural  impaciencia  por  romper  el  fuego,  pero  le  or- 
denamos que  permaneciese  con  las  piezas  cargadas  y  apuntadas,  no 
sólo  para  conocer  claramente  las  intenciones  del  enemigo,  sino  que 
también  para  aprovechar  los  disparos  á  más  corta  distancia.  Después 
de  un  intervalo  que  denotaba  en  el  buque  alguna  vacilación^  rompió 
el  fuego  disparando  un  cañonazo  á  Bermeo:  aún  no  se  acabó  de  extin- 
guir en  el  espacio  la  vibración  del  proyectil  liberal,  cuando  el  Alférez 
Bonet  había  ya  descargado  una  de  sus  piezas  sobre  el  barco  de  guerra. 
La  granada  fué  larga,  pero  rectificada  la  puntería,  pasó  el  segundo 
proyectil  carlista  tan  cerca  de  la  cubierta,  que  fuera  por  esto,  ó  quizás 
porque  el  barco  no  tuviera  más  intención  que  la  de  cerciorarse  del  es- 
tablecimiento de  las  baterías  carlistas  de  la  costa  de  Vizcaya,  es  el  caso 
que  inmediatamente  viró  de  bordo  y  se  alejó  de  una  manera  tan  rápi- 
da para  ponerse  fuera  de  alcance,  que  en  breve  espacio  de  tiempo  pudo 
conseguir  su  deseo,  aunque  no  sin  que  le  alcanzara  el  quinto  disparo 
en  una  de  sus  bordas^  pues  desde  tierra  vimos  perfectamente  la  aber- 
tura producida  por  la  granada.  Desde  entonces,  únicamente  el  Fer- 
nando el  Católico  osó  ponerse  enfrente  de  las  baterías  carlistas  un  día, 
el  22  de  Julio,  ante  Lequeitio,  porque  la  Vitoria  fragata  blindada  y  el 
primer  barco  de  la  nación,  fué  la  sola  que  se  aventuró  á  lanzar  sus 
proyectiles  contra  los  pueblos  carlistas,  amparada  en  su  corteza  de 
acero. 

El  24  de  Mayo  había  sido  un  día  de  luto  para  el  Ejército  liberal.  La 
Batería  de  Motrico  dirigió  sus  disparos  en  legítima  defensa  contra  el 
Ferrolano,  la  goleta  África  y  el  Colón,  en  cuyo  puente  se  hallaba  el 
Jefe  de  la  Escuadra,  Brigadier  Sánchez  Barcáistegui:  Con  decir  que 
una  granada  carlista  reventó  sobre  el  cuerpo  de  dicho  Oficial  General, 
destrozándole  é  hiriendo  á  los  jefes  y  oficiales  de  Marina  Alvargonzá- 
lez,  Garin  y  Yebra,  y  que  el  Ferrolano  recibió  una  avería  grave  bajo  su 
línea  de  flotación,  dicho  se  está  que  los  tres  barcos  regresaron  á  guare- 
cerse en  San  Sebastián,  encargándose  la  Vitoria  del  castigo  de  los  pue- 
blos carlistas  de  la  costa,  á  excepción  sólo  de  los  días  21  y  22  de  Junio, 
en  que  respectivamente  lanzaron  la  Consuelo  y  el  Ferrolano,  ochenta 
y  dos  y  cincuenta  proyectiles  sobre  Bermeo  y  Lequeitio. 

Desde  aquella  fecha  se  recrudeciéronlas  agresiones  de  los  liberales 
contra  las  costas,  arreciando  contra  Motrico  y  Ondárroa  con  una  saña 


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de  que  no  hay  ejemplo:  basta  decir  que,  por  lo  menos,  dispararon  so- 
bre dichas  villas  los  liberales^  cuatrocientas  noventa  y  cinco  granadas 
desdt  las  portas  de  la  fragata  blindada  Vitoria,  cuyos  disparos  sobre 
Bermeo,  Mundaca,  Elanchove,  Lequeitio,  Ondárroa,Motnco,  Zarauz  y 
Deva,  fueron  mil  doscientos  siete,  y  ciento  treinta  y  dos  los  de  la  Con- 
suelo y  el  Fernando  el  Católico  únicamente  sobre  Lequeitio  y  Bermeo, 
hasta  el  establecimiento  de  nuevas  baterías.  Habíase,  pues^  conseguido 
el  justo  deseo  de  los  pueblos  carlistas,  porque  una  vez  defendidas, 
aunque  imperfectamente,  sus  costas,  hiciéronse  respetar,  pues  á  pesar 
de  la  potencia  de  los  cañones  de  la  Vitoria,  ni  los  ataques  fueron  ya 
después  tan  continuos,  ni  el  resto  de  la  Escuadra  se  dedicaba  á  caño- 
nearlos como  anteriormente. 

Otro  día  tocóle  á  Lequeitio  imponer  respeto  á  la  misma  fragata  Vi- 
toria desde  las  cañoneras  de  su  Batería.  Era  ésta  una  de  las  mejo- 
res construidas  en  la  cosía:  su  forma  era  circular  y  hallábase  situada 
en  la  cúspide  del  cerro  de  Licoalarra,  á  la  derecha  de  la  población; 
disponía  de  dos  cañones  Woolvich,  y  la  mandaba  el  Teniente  Torres 
UbagO;,  procedente  de  la  Academia  de  Artillería  de  Azpeitia.  Era  el 
día  18  de  Agosto,  y  á  eso  de  las  cinco  de  la  tarde  apareció  la  Vitoria 
que  venía  de  San  Sebastián,  pasó  á  toda  máquina  por  delante  de  la  Ba- 
tería carlista,  y  amparándose  del  islote  San  Nicolás,  que  ocupa  casi  el 
centro  de  la  bahía,  desenfilado  de  los  fuegos  de  la  Batería  citada,  rom- 
pió el  suyo  sobre  la  iglesia  y  los  palacios  de  Aba  roa  y  otros,  como  de 
costumbre  ei»  días  anteriores.  E!  Teniente  carlista  afinó  bien  su  pun- 
tería, y  logró  á  los  pocos  disparos  introducir  una  granada  en  el  mismo 
momento  de  abrirse  una  de  las  portas  de  la  Vitoria;  porque  es  de  ad- 
vertir que^  desde  que  se  artillaron  las  baterías  carlistas,  hacían  los 
marinos  desaparecer  de  cubierta  todo  el  equipaje,  y  era  difícil  en  ex- 
tremo acertar  en  el  reducido  blanco  de  las  portas  al  abrirse  para  hacer 
fuego.  La  granada  carlista,  pues^  reventó  dentro  de  la  Batería  ene- 
miga, de  cuyas  resultas  quedaron  heridos  dos  oficiales  y  algunos  ma- 
rineros. Eq  aquel  momento  giró  rápidamente  la  Vitoria,  y  colocándose 
frente  á  nuestra  Batería  descargó  sobre  ella  toda  la  banda  de  babor  y 
salió  á  toda  máquina  para  San  Sebastián,  á  causa  de  las  averias  reci- 
bidas en  su  arboladura,  dejando  un  escobillón  y  algunos  juegos  de  ar- 
mas en  el  mar.  Dios,  sin  embargo,  se  había  puesto  la  boina,  según 
antigua  y  popular  exclamación  de  los  navarros^  porque  los  marinos 
liberales  no  lograron  introducir  dentro  de  la  Batería  carlista  más  que 
una  granada  enorme,  cuya  espoleta  no  dio  fuego^  pues  de  no  haber 
^ido  así  no  habría  quedado  un  solo  carlista  con  vida.  Tuvimos  ocasión 
de  verla  bien,  y  como  asimismo  presenciamos  con  entusiasmo  aquel 


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singular  combate,  felicitamos  calurosamente  al  Teniente  Torres 
Ubago,  ascendiéndole  allí  mismo  á  Capitán  en  nombre  de  Don  Carlos  de 
Borbón,  por  su  serenidad,  valor  y  excelente  puntería,  y  aún  recordamos 
como  si  fuese  ayer  la  ovación  indescriptible  que  el  pueblo  tributó  á  los 
artilleros  por  aquel  inolvidable  hecho  de  armas  que  fué  un  verdadero 
duelo  entre  una  Batería  de  dos  cañones  y  otra  de  más  de  sesenta. 

Otros  días  también,  el  31  de  Agosto  y  el  6  de  Septiembre,  en  que  se 
cruzaron  proyectiles  entre  los  carlistas  y  liberales,  las  baterías  de 
Bermeo  y  Ondárroa  hirieron  á  un  oficial  y  á  un  sargento,  destrozando 
un  camarote  de  la  Vitoria^  la  primera,  y  ocasionando  otros  desperfec- 
tos la  segunda,  sin  contar  conque  el  Fernando  el  Católico  fué  alcanza- 
do al  entrar  en  Pasajes,  por  la  Batería  carlista  de  San  Marcos,  ocasio- 
nándole dos  muertos  y  cuatro  heridos. 

Convenciéronse  al  fin  los  liberales  de  que  nada  conseguían  con 
arrojar  granadas  y  destruir  pueblos,  y  cesaron  en  una  tarea  tan  triste 
como  aquella  y  que  ninguna  ventaja  positiva  podía  proporcionarles. 

Muy  al  principio^  en  vida  del  heroico  Brigadier  de  Marina  don 
Victoriano  Sánchez  Barcáiztegui,  á  quien  no  por  enemigo  habíamos- 
le  de  negar  su  pericia  y  valentía,  le  hubo  de  hacer  presente  su  antiguo 
compañero  el  Brigadier  carlista  D.  Federico  Anrioh  la  inutilidad  de 
los  bombardeos:  su  elocuente  respuesta  demostraba  bien  á  las  claras 
cuan  á  su  pesar  veíase  obligado  á  obedecer  al  Gobierno  de  Madrid. 
Su  contestación  á  Anrich  terminaba  diciendo  que:  «Sus  deberes  mili- 
»tares  le  impedían  obedecer  sus  impulsos  humanitarios,  y  que  en  tanto 
•que  no  le  autorizase  el  Gobierno,  no  podía  cambiar  las  instrucciones 
»dadas  á  los  comandantes  de  los  buques.» 

¡Descanse  en  paz  el  ilustre  Barcáiztegui _¿1  heroico  marino  que  de 
tanta  gloria  se  había  cubierto  mandando  la  Almansa  en  el  memorable 
combate  del  Callao,  escribiendo  con  Méndez-Núñez,  Antequera,  Alvar- 
gonzález,  Pezuela,  Topete,  Patero,  Valcárcel  y  tantos  otros  dignos 
compañeros  suyos  una  de  las  más  honrosas  páginas  de  nuestra  his- 
toria. 

Don  Carlos  de  Borbón  concedió  la  medalla  de  distinción  que  figura 
al  frente  de  este  capítulo  á  los  defensores  de  la  costa  cantábrica. 

El  plan  que  en  1875  adoptara  el  Gobierno  de  Madrid  al  ordenar  á 
su  Escuadra  que  cañonease  los  indefensos  puertos  de  la  costa  del  Can- 
tábrico, y  á  su  Ejército  que  hiciera  lo  propio  con  las  abiertas  villas  de 
los  carlistas,  dio  lugar  á  que  éstos  emplearan  sus  cañones  en  hacer  lo 
mismo,  y  en  la  medida  de  sus  fuerzas,  contra  los  buques  de  que  ellos 
carecían  y  contra  las  plazas  que  albergaban  á  los  liberales,  mientras 
no  lo  impedían  operaciones  de  mayor  importancia. 


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Por  más  que  tomáramos  nosotros  una  activísima  parte  en  la  defen- 
sa de  las  costas  por  aquella  época,  en  cumplimiento  del  deber  militar, 
no  creemos  acertado  el  empleo  de  la  pólvora  y  proyectiles  de  uno  y 
otro  bando  en  semejantes  cañoneos:  podrá  ello  constituir  un  acto  todo 
lo  más  político  que  se  quiera^  pero  como  militares  condenábamoslo  en- 
tonces, y  seguimos  opinando  ahora  que  la  voz  de  los  cañones  no  debe 
emplearse  contra  las  casas  de  los  pacíficos  habitantes,  salvos  los  sitios 
en  regla  de  las  plazas  de  guerra  y  puntos  atrincherados.  El  más  digno 
y  noble  empleo  de  la  Artillería,  es  contra  las  masas  y  obstáculos  ene- 
migos; esto  se  nos  enseñó  en  el  Alcázar  de  Segovia,  y  esto  seguimos 
creyendo  en  la  actualidad.  Pero  al  narrar  y  recordar  los  diferentes 
hechos  de  la  guerra  última,  no  podemos  menos  de  dedicar  algunos 
renglones  á  los  cañoneos  recíprocos  de  ambos  ejércitos,  algunos  de 
los  cuales  dieron  lugar  y  fueron  causa  eficiente  de  operaciones,  y  aún 
de  resultados  importantes. 

Los  más  señalados  cañoneos  se  verificaron  en  1875,  después  de 
abandonada  la  línea  del  Carrascal  por  los  carlistas,  y  durante  la  época 
en  que  las  operaciones  del  Ejército  carlista  fueron  dirigidas,  primero 
por  el  General  Mendiry,  y  después  por  el  General  Per  ala.  Verdad  es 
que  éste  último  inauguró  su  mando  con  uno  de  los  combates  más  des- 
graciados para  las  tropas  carlistas,  la  batalla  de  Zumelzu,  llamada 
por  los  liberales,  de  Treviño.  Por  esta  razón,  sin  duda,  deseoso  Pérula 
de  recordar  sus  buenos  tiempos  del  Carrascal,  emprendió  una  serie  de 
operaciones  tales,  que  hicieran  olvidar  sus  comienzos  en  el  mando, 
lográndolo  al  fin,  á  nuestro  juicio,  con  las  reñidas  acciones  de  Do- 
meño y  Lumbier,  sobre  todo  si  se  tiene  en  cuenta  que  por  aquel  tiem- 
po contaba  ya  el  Ejército  liberal  del  Norte  con  setenta  y  ocho  mil  se- 
tecientos ochenta  y  dos  hombres,  dos  mil  seiscientos  cincuenta  y  un 
caballos  y  noventa  y  dos  piezas  de  Artillería  de  Campaña,  mientras  que 
el  Ejército  carlista  del  Norte  solamente  disponía  de  treinta  y  ocho 
mil  ciento  ochenta  y  cuatro  hombres,  de  mil  ciento  treinta  y  ocho 
caballos  y  sesenta  cañones  de  campaña  y  diez  y  nueve  de  sitio,  según 
estados  oficiales  y  datos  del  escritor  liberal  D.  Antonio  Pirala,  en  su 
Historia  Contemporánea. 

Desde  que  las  tropas  liberales  ocuparon  los  montes  de  Esquinza  y 
San  Cristóbal,  así  como  las  alturas  que  rodean  á  Puente-la-Reina,  el 
Cuerpo  de  Ingenieros  de  su  Ejército  habíase  ocupado  sin  levantar  mano 
en  erizar  de  fuertes  atrincheramientos  aquellas  alturas,  y  sabido  es  que 
los  cañones  situados  en  la  cima  de  los  primeros  dominaban  los  pueblos 
de  Cirauqui  y  Mañeru,  Muniaín  de  la  Solana,  Aberin  y  Villatuerta  y 
los  de  los  segundos,  Artazu,  Guirguillano  y  otros,  sufriendo  estos  des- 


—  314  — 

dichados  pueblos  líno  y  otro  día  el  rigor  de  los  proyectiles  liberales. 
Claro  es  que  los  carlistas  habían  de  protestar  de  semejante  vecindad  y 
por  lo  tanto,  opusieron  fuertes  á  faertes,  y  trincheras  á  trincheras,  que 
no  en  vano  tenían  entre  ellos  á  D.  Francisco  Alemany,  D.  José  Garin, 
D.  Alejandro  Arguelles  y  D.  Amador  Villar,  procedentes  del  Cuerpo  de 
Ingenieros  del  Ejército  de  Isabel  2.'''.  Así  es  que  se  fortificaron  y  artilla- 
ron convenientemente  los. altos  de  Guirguillano  y  Santa  Bárbara  de 


D.    AMADOE   VILLAR 


Mañeru  que  contrabatían  los  fuertes  de  Puente-la-Reina,  y  los  de  San 
Fernando,  cerca  de  Estella;  los  de  Monjardin,  Montejurra  y  Santa  Bár- 
bara de  Oteiza,  para  hacer  frente  á  los  de  Esquinza  y  San  Cristóbal, 
defendiendo  las  avenidas  de  la  Solana;  y  hasta  se  estudió  un  completo 
y  acertado  proyecto  de  campo  atrincherado  por  el  Brigadier  Villar, 
quien  ya  había  dirigido  anteriormente  las  obras  de  la  doble  línea  del 
Carrascal,  y  á  quien  se  debió  en  gran  parte  la  construcción  de  las  más 
importantes  defensas  de  Estella. 

En  contestación  de  las  repetidas  agresiones  de  los  alfonsinos,  el  día 
5  de  Abril  cañonearon  las  baterías  carlistas  de  Artazu  y  Santa  Bárba- 
ra de  Mañeru  las  posiciones  liberales  de  Puente-la-Reina  con  singular 
acierto,  pues  lograron  introducir  dos  granadas  dentro  de  una  de  las 
baterías  de  á  10  centímetros  con  que  defendían  los  liberales  la  citada 


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villa.  Algunos  periódicos  liberales  de  aquella  época  dijeron  entonces: 
«ique  como  á  fuerza  de  tirar  han  aprendido  los  artilleros  carlistas  á 
»apreciar  bien  las  distancias,  sus  disparos  son  bastante  certeros  en  la 
y>linea  de  Puente,  tanto  que  lograron  poner  dos  dentro  de  la  Batería  de 
»diez  centímetros.» 

¡Cómo  si  los  jefes  de  Artillería  alfonsinos  y  carlistas  no  hubiésemos 
recibido  igual  educación  científico -militar  en  el  inolvidable  Real  Alcá- 
zar de  Segovia,  por  aquellos  tiempos  en  que  tanto  los  sublevados  como 
los  jeales  de  Alcolea,  (y  hasta  muchos  de  los  jefes  carlistas  de  la  pri- 
mera guerra  civil),  todos  militábamos  en  aquel  Ejército  de  DJ'  Isabel  II, 
que  fué  á  Italia  á  defender  y  consolar  á  Su  Santidad  Pío  IX,  y  que  al- 
canzó inmarcesibles  laureles  peleando  por  el  honor  de  la  Patria  en  la 
gloriosa  guerra  de  África!  ¡Cuánto  nos  hacían  reir  las  ridiculas  ocu- 
rrencias de  los  periodistas  liberales! 

Con  menos  fortuna,  el  15  del  mismo  mes  rompióse  el  fuego  sobre  las 
posiciones  enemigas  del  monte  Esquinza,  por  los  fuertes  construidos 
para  defender  á  Esteila.  Los  cañones  de  Esquinza  contestaron  en  el 
acto  á  la  provocación,  y  en  tan  infausto  día  reventó  una  de  sus  grana- 
das dentro  del  fuerte  de  San  Fernando,  donde  se  hallaban  presencian- 
do los  disparos  los  Brigadieres  Calderón  y  Pérez  de  Guzmán  con  algu- 
nos oficiales.  El  proyectil  ocasionó  la  muerte  del  bravo  Comandante 
Cortázar,  del  Batallón  Guías  del  Rey,  y  el  Brigadier  Pérez  de  Guzman 
estuvo  á  punto  de  quedarse  ciego,  pues  tan  cerca  de  sus  ojos  estalló  la 
granada  que  tardó  en  curarse  más  de  un  mes  una  afección  á  la  vista. 

El  12  de  Mayo,  en  cambio,  daba  parte  el  General  carlista  Mendiry, 
•de  que  los  liberales  habían  cañoneado  por  espacio  de  muchas  horas  los 
pueblos  de  Mañeru,  Cirauqui  y  Villatuerta,  á  pesar  de  que  ni  un  sólo 
voluntario  carlista  se  albergaba  en  ellos.  Sin  duda  los  liberales  habían 
querido  vengarse  de  los  destrozos  causados  en  \a.  Plaza  fuerte  de  Pam- 
plona, en  7  del  mismo  mes^  por  el  Brigadier  Pérula,  quien  desde  el 
alto  de  San  Cristóbal  la  había  cañoneado  con  las  piezas  Krupp  de  la 
Batería  de  Fernandez  Negrete,  cuyos  proyectiles  llegaron  á  penetrar 
en  la  calle  de  la  Merced,  ocasionando  la  natural  perturbación  en  la  ca- 
pital de  Navarra,  á  la  que  volvió  á  cañonear  el  mismo  Brigadier  car- 
lista el  día  12,  como  en  venganza  del  cañoneo  de  los  liberales  á  que  se 
refería  el  General  Mendiry  en  el  parte  de  que  hablábamos  antes. 

El  28  de  Junio  volvieron  los  alfonsinos  á  repetir  sus  disparos  sobre 
Aberin  y  Villatuerta,  pero  ya  con  plan  más  vasto,  al  parecer.  Rompió- 
se el  fuego  al  amanecer,  durando  sin  intermisión  hasta  el  mediodía,  en 
cuyo  espacio  de  tiempo  adelantóse  desde  Lerin  una  columna  liberal 
que  llegó  hasta  los  vados  del  Arga;  pero  prevenidos  convenientemente 


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los  carlistas,  desplegaron  sus  fuerzas  en  los  pueblos  de  la  Solana,  ante 
cuya  actitud  retrocedieron  los  alfonsinos  á  sus  acantonamientos. 

El  total  de  cañonazos  disparados  por  los  liberales,  antes  de  ser  nom- 
brado el  General  Férula  Jefe  de  Estado  Mayor  General  carlista,  fué  de 
cuatrocientos  ochenta  y  seis,  y  las  bajas  entre  unos  y  otros  fueron  in- 
significantes, después  suspendiéronse  los  cañoneos  para  atender  á  rhás 
importantes  operaciones,  pero  perdida  por  los  carlistas  Ja  batalla  de 
Zumelzu,  volvióse  á  ellos,  si  bien  convirtiéndolos  en  acciones  formales 
que  les  fueron  favorables  algunas  veces. 

El  26  de  Julio  llegaron  el  General  carlista  Férula  y  el  Brigadier 
Pérez  de  Guzmán  á  Viana  dispuestos  á  tomar  represalias  de  los  porfia- 
dos ataques  de  los  liberales  á  las  costas  y  los  pueblos  carlistas.  Les  se- 
guían cuatro  batallones,  dos  escuadrones  y  nueve  piezas  de  Artillería 
mandadas  por  el  Coronel  Fernández  Prada,  el  Teniente  Coronel  Fer- 
nández Xegrete  y  los  Comandantes  Llorens  y  Saavedra.  Se  aproximó 
á  Logroño  y  lanzó  sobre  la  población  y  sus  defensas  doscientas  cin- 
cuenta y  cinco  granadas,  colocándose  á  gran  altura  aquel  día  la  Arti- 
llería carlista,  por  la  certeza  de  sus  disparos  y  por  la  serenidad  y  san- 
gre fría  con  que  á  pecho  descubierto  se  batió  con  la  gruesa  Artillería 
liberal,  no  menos  valiente  y  animosa.  En  cambio,  las  tropas  liberales 
no  se  consideraron  bastante  fuertes  para  salir  del  recinto  de  la  ciudad, 
temiendo,  seguramente  el  rudo  empuje  con  que  el  General  Férula  les 
habría  acometido  en  desquite  de  Zumelzu. 

El  día  .30  de  Julio  partió  la  provocación  de  los  liberales,  que  cre- 
yéndose en  mejores  condiciones  por  contar  con  el  refuerzo  de  la  Briga- 
da Córdova,  salieron  en  compactas  masas  de  Logroño  en  dirección  á 
Viana.  Hallábanse  en  este  punto  aquel  día  los  dos  batallones  carlis- 
tas S.*'  de  Navarra  y  1.'^  de  Guipüzcoa,  los  cuales,  en  vista  de  la  supe- 
rioridad numérica  de  sus  contrarios,  se  retiraron  á  las  alturas  y  luego 
á  Los  Arcos.  Los  liberales,  entonces,  no  teniendo  á  quien  combatir,  se 
entretuvieron  en  quemar  las  mieses  de  los  pueblos  de  Samsol,  Viana  y 
Oyen. 

Casi  un  mes  después,  el  bravo  Brigadier  carlista  Montoya,  con 
cuatro  batallones,  arrojó  de  Viana  á  los  liberales,  quienes  tuvieron  que 
ampararse  de  Logroño,  porque  comprendieron  que  Montoya  luchaba 
con  el  tenaz  empeño  de  echarles  de  su  ciudad  natal,  no  pudiendo  el 
citado  Jefe  carlista  hacer  mayor  su  victoria  por  haber  salido  la  Bri- 
gada Córdova  en  auxilio  de  los  de  Viana. 

El  27  de  Septiembre  volvió  á  repetirse  el  cañoneo  de  los  carlistas 
sobre  Pamplona,  desde  las  alturas  de  Ugarte  y  Villaba,  por  fuerzas  de 
la  Brigada  carlista  del  animoso  Junquera.  El  3  de  Octubre  hicieron^ 


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en  cambio,  una  salida  las  tropas  de  Pamplona,  para  castigará  los  car- 
listas, y  llegaron  hasta  el  puente  de  Miluce,  ocupando  Villaba  y  ligar- 
te. Entonces  el  citado  Brigadier  carlista  Junquera  les  hizo  frente  con 
los  batallones  de  su  mando,  que  apoyados  por  la  Batería  de  Fernández 
Negrete  y  un  Escuadrón,  lograron  que  los  liberales  retrocedieran  á 
Pamplona,  á  donde  ya  les  habían  precedido  algunas  granadas  que  por 
encima  de  ellos  había  lanzado  la  Artillería  carlista. 

La  última  y  más  seria  provocación  á  Pamplona  se  verificó  el  día  6  de 
Octubre  de  1875,  pues  Don  Carlos  de  Borbón  había  llegado  á  sus  inme- 
diaciones deseoso,  no  de  animar  el  espíritu  de  sus  tropas,  que  no  lo 
necesitaban,  sino  de  contemplar  de  cerca  una  vez  más  su  arrojo  de 
siempre.  En  efecto;  el  Jefe  de  Estado  [Mayor  General  Pérula,  que  le 
acompañaba  con  el  Brigadier  Pérez  de  Guzmán,  ordenó  al  Brigadier 
Junquera  comenzara  el  ataque  con  las  baterías  de  Fernández  Negrete 
y  de  Llorens,  valientemente  apoyadas  por  los  batallones  6.*^  de  Nava- 
rra y  4.*^  de  Álava  y  dos  escuadrones.  Tas  piezas  se  emplazaron dehtro 
del  tiro  útil  de  la  plaza  enemiga,  la  cual  contestó  débilmente  al  prin- 
cipio; pero  después  hizo  salir  una  Batería  de  á  10  centímetros,  cuyos 
disparos  se  cruzaron  con  tenacidad  y  empeño  con  los  de  los  carlistas, 
hasta  que  se  hizo  de  noche.  Pero  los  batallones  liberales,  á  excepción 
de  la  natural  escolta  y  apoyo  de  sus  cañones,  permanecieron  dentro  de 
los  muros,  sin  salir  á  combatir  con  los  carlistas. 

Los  cañoneos  cesaron  por  fin  el  día  3  de  Noviembre,  en  cuya  noche 
cayeron  dentro  de  Pamplona  más  de  trescientos  proyectiles,  dispara- 
dos por  las  baterías  carlistas  que  operaban  en  Navarra  á  las  órdenes 
del  Coronel  Fernández  Prada. 

Dígasenos  ahora,  con  verdad,  el  efecto  útil  alcanzado  par  unos  y 
otros  combatientes  de  resultas  de  tantos  cañoneos,  pues  lo  mismo  en 
uno  como  en  otro  Ejército,  las  bajas  en  gente  y  material  de  guerra 
fueron  insignificantes.  En  cambio,  poblaciones  como  Villatuerta,  Ar- 
tazu  y  Cirauqui  quedaron  casi  reducidas  á  escombros,  así  como  en  la 
costa  Elanchove,  Métrico,  Lequeitio  y  tantas  otras. 

¿Cómo  era  posible  que  en  desquite  i^que  repetimos  no  hemos  de 
aplaudir)  no  arrojaran  los  carlistas  sus  proyectiles  sobre  las  capitales 
enemigas  de  Bilbao,  San  Sebastián  y  Pamplona,  las  cuales  estaban  si- 
quiera bien  defendidas  por  fuertes  atrincheramientos  y  por  el  superior 
calibre  de  sus  más  numerosos  cañones? 


D.    GERÓNIMO   GARCÍA 


Capítulo  XXVII 

El  Genera]  Carasa  al  frente  de  los  carlistas  de  Vizcaya. —  Un  recuera 
do  de  la  campaña  de  1872, — Acciones  del  Berrán  y  de  Medianas  y 
Carrasquedo. — Jura  de  Don  Carlos  de  Borbón  en  Guernica  y  Villa- 
franca. —  Combate  de  Carranza. — Batalla  de  Villaverde  de  Tru- 
cios. — Operaciones  sobre  Vnlmaseda  y  Orduña. 

DESEANDO  Don  Carlos  de  Borbón  premiar  la  lealtad  y  altas  dotes 
militares  del  Mariscal  de  Campo  D.  Fulgencio  de  Carasa,  hubo 
de  nombrarle  Comandante  General  de  Vizcaya,  en  Abril  de  1875. 

Este  bravo  veterano  había  hecho  la  campaña  de  1820  á,  1823,  de 
subteniente  en  la  División  realista  de  Vizcaya;  militó  más  tarde  en 
las  filas  carlistas  durante  toda  la  primera  guerra  civil,  distinguiéndo- 
se de  Capitán  de  Guías  de  Zumalacárregui,  siendo  herido  en  la  acción 
de  Viana,  ascendiendo  á  Comandante  en  la  de  Arrigorria-ga,  ganando 
hasta  el  empleo  de  Coronel  por  méritos  de  guerra,  decidiendo  con  su 
Batallón  6.*^  de  Navarra  la  victoria  de  Lodosa,  conquistando  dos  cru- 
ces de  San  Fernando  y  obteniendo  la  categoría  de  Brigadier  poco 
antes  del  Convenio  de  Vergara,  después  del  cual  emigró  á  Francia. 

Al  volver  á  España  en  1847  fué  reconocido  en  su  empleo  de  Briga- 
dier por  el  Gobierno  del  General  Narvaez;  pero  siempre  permaneció 


—  320  — 

Carasa  alejado  de  la  vida  militar,  hasta  que  al  triunfar  la  Revolución 
de  1868,  encargóle  Don"  Carlos  la  Comandancia  General  de  Navarra  al 
frente  de  la  cual  conquistó  nuevos  lauros  en  la  breve  campaña  de  1872, 
la  cual  inició  el  21  de  Abril  en  Morentín,  pueblo  de  su  residencia,  á 
pesar  de  la  proximidad  de  Estella  en  donde  habia  entonces  numerosa 
guarnición  liberal. 

Tales  eran  los  prestigios  de  Carasa  y  el  entusiasmo  de  aquel  país, 
que  á  las  veinte  y  cuatro  horas  uniéronsele  más  de  cinco  mil  hombres, 
de  los  que  no  pudieron  armarse  más  que  ciento  ochenta  el  primer  día, 
y  ochocientos  al  siguiente,  y  por  supuesto,  con  fusiles  de  los  más  va- 
riados calibres  y  sistemas. 

La  campaña  que  se  vio  entonces  obligado  á  sostener  el  Brigadier 
Carasa^  brillantemente  auxiliado  en  el  mando  por  su  entendido  Jefe 
de  Estado  Mayor,  el  malogrado  Coronel  de  Caballería  D.  Gerónimo 
García,  fué  tan  corta  como  penosa.  Rodeado  siempre  de  columnas  li- 
berales en  crecido  número,  tuvo  que  desprenderse  de  la  multitud  des- 
armada, que  sólo  servia  para  entorpecer  sus  movimientos,  y  se  limitó 
á  operar  al  frente  de  1.500  voluntarios.  A  pesar  de  ésto  hizo  frente  al 
enemigo  en  ocasiones  que  consideraba  de  difícil,  pero  no  inútil  ó  de- 
sastroso combate,  como  sucedió  en  Arizala.  La  columna  liberal  al 
mando  del  Coronel  Pino  se  componía  de  Cazadores  de  las  Navas,  guar- 
dias civiles  y  voluntarios.  Creyéndose  entonces  fuerte  Carasa,  no  acep- 
tó, sino  que  provocó  la  acción,  logrando,  en  una  soberbia  carga  á  la 
bayoneta,  desordenar  al  enemigo,  encerrarlo  en  Pamplona,  y  cogerle 
fusiles,  municiones,  bagajes  y  once  prisioneros. 

Habiendo  llegado  á  noticia  de  Carasa,  el  día  3  de  Mayo  que  Don  Car- 
los había  entrado  en  España,  voló  á  su  encuentro  poniéndose  á  sus  órde- 
nes en  Urroz,  de  donde  salieron  para  Oroquieta.  Noticiosos  de  esto  los 
liberales,  fueron  acercándose  á  dicho  pueblo  las  columnas  de  Primo 
de  Rivera,  Catalán,  Letona  y  Moriones,  librándose  la  desastrosa  jor- 
nada de  Oroquieta  en  la  que  la  multitud  de  carlistas  que  habían  acu- 
dido sin  armas,  no  sirvió  más  que  de  estorbo  al  corto  número  de  vo- 
luntarios que  disponía  de  fusiles,  y  en  la  que  Don  Carlos  de  Borbón 
acudió  desde  el  primer  momento  á  las  guerrillas,  y  en  ellas  permane- 
ció con  Carasa,  á  pesar  de  los  reiterados  y  leales  consejos  de  dicho 
Brigadier,  quien  trató  de  evitar  las  fatales  consecuencias  que  habría 
podido  tener  para  la  Causa  Carlista  la  serenidad  y  el  arrojo  de  su 
augusto  Jefe;  y  en  fin,  cuando  se  hizo  ya  completamente  imposible  la 
lucha  y  hubo  de  darse  la  orden  de  retirada,  protegióla  bizarramente  el 
Brigadier  Carasa,  peleando  cuerpo  á  cuerpo  en  la  carretera  y  en  las 
eras  del  pueblo,  rodeado  de  algunos  otros  jefes  no  menos  valientes, 


—  321    — 

entre  ellos  nuestro  querido  y  malogrado  compañero  el  Comandante  de 
Artillería  D.  Félix  Díaz  Aguado,  que  se  batió  allí  con  aquella  misma 
bravura  que  le  admiramos  en  la  guerra  de  África,  y  á  cuya  amistad  y 
desgracia  no  podemos  menos  de  consagrar  un  recuerco,  sin  menosca- 
bar por  ello  en  lo  más  mínimo  lo  heroico  del  comportamiento  de  tantos 
otros  bravos  jefes,  y  tantos  y  tantos  bisónos  soldados  carlistas  que  sos- 
tuvieron el  honor  de  las  armas  hasta  quemar  el  último  cartucho  ó  sellar 
con  su  sangre  su  adhesión  al  Carlismo. 


D.    FRANCISCO   DE    ULIBAKRI 


Desde  1872  hasta  1875  permaneció  el  Brigadier  Carasa  retirado  en 
San  Juan  de  Luz,  ó  en  su  casa  de  Morentín,  por  ser  de  los  que  todavía 
confiaban  en  que  el  desdichado  Cabrera  decidiese  del  éxito  de  la  gue- 
rra; y  aunque  nosotros  no  fuimos  nunca  entusiastas  por  el  Conde  de 
Morella,  no  por  eso  podemos  dejar  de  reconocer  la  buena  fé  y  la  acri- 
solada lealtad  del  benemérito  Carasa,  quien  apenas  se  convenció  de  lo 
equivocado  que  estaba  al  confiar  en  aquel  General,  se  apresuró  á  pe- 
dir á  Don  Carlos  un  puesto  de  peligro  en  la  campaña,  y  por  la  batalla 
de  Lúcar  fué  ascendido  á  Mariscal  de  Campo  (1). 


(1)  Al  hablar  del  General  carlista  Carasa  no  podemos  pasar  por  alto  lo  si- 
guiente: En  1872,  los  periódicos  dieron  en  suponer  á  Carasa  tan  sumamente 
obeso  que  aseguraban  necesitaba  ser  poco  menos  que  izado  entre  muchos  jiara 
montar  á  caballo.  Y  esta  idea  se  hizo  tanto  camino,  que  llegamos  á  persuadir- 
nos de  ello,  así  que  nuestra  sorpresa  fué  grande  cuando  al  año  siguiente  tuvi- 
mos ocasión  de  conocer  y  tratar  al  célebre  Carasa.  Efectivamente,  éste  no  sólo 
era  delgado,  sino  que  hasta  era  muy  enjuto;  su  mirar  era  rápido  y  profundo,  su 
frase  breve  y  concisa,  sin  resultar  por  ello  desagradable,   y  su  físico  todo   era 


—  322  — 

Al  hablar  del  levantamiento  de  1872  no  podemos  menos  de  consa- 
grar un  recuerdo  á  lo  mucho  que  ayudó  al  Brigadier  Carasa  en  sus- 
operaciones  de  aquella  época,  el  valor  y  la  ilustración  de  su  Jefe  de 
Estado  Mayor  el  Coronel  D.  Gerónimo  García,  quien  murió  gloriosa- 
mente en  aquella  breve  campaña,  asi  como  el  Brigadier  D.  Francisco- 
Ulibarri  y  el  Coronel  D.  Prudencio  Ayastuy. 

Pero  volvamos  á  las  operaciones  de  Vizcaya  en  1875. 

El  mismo  día  que  Don  Carlos  nombró  al  General  Carasa  para  el 
mando  de  la  División  de  dicha  provincia,  libróse  un  empeñado  com- 
bate en  la  izquierda  de  la  línea  carlista,  sostenido  brillantemente  por 
los  brigadieres  Cavero  y  Fontecha,  contra  las  fuerzas  del  Briga- 
dier liberal  Prendergast,  quien  con  tres  batallones  y  dos  escuadrone» 
impedía  que  los  carlistas  ocupasen  la  Peña  del  Caballo  y  otros  puntos- 
dominantes  de  sus  posiciones. 

Asumido  por  el  Brigadier  carlista  Fontecha  (como  más  antiguo)  el 
mando  hasta  la  llegada  del  General  Carasa,  dispuso,  de  acuerdo  con  el 
Brigadier  Cavero,  que  éste  subiera  á  la  peña  Camplacera  para  obser- 
var y  cañonear  al  enemigo  llevando  á  sus  órdenes  dos  batallones  cas- 
tellanos, el  2.*^  y  el  de  Guías,  un  Escuadrón  del  Regimiento  de  Borbón 
y  dos  cañones  de  Montaña  de  la  Batería  de  Ortiz  de  Zarate:  Fontecha 
se  dirigió  á  Viergol.  El  Brigadier  Cavero  adelantó  á  Bel  loso  y  su& 
avanzadas  ocuparon  Quincoces,  siguiendo  á  Villasana,  desde  cuya 
boquete  ordenó  cá  su  Artillería  cañonear  todos  los  pueblos  del  valle  de 
Mena  en  donde  se  divisaran  fuerzas  enemigas. 

Los  disparos  fueron  tan  certeros  que,  provocados  los  liberales  de 
esta  suerte,  adelantaron  dos  compañías  y  cincuenta  caballos  á  Cas- 
tresana,  otras  dos  compañías  á  Villaverde,  y  unos  tres  batallones  y 
dos  escuadrones  á  Gristando,  de  cuyos  puntos  hubieron  de  retirarse  á 
Castrobasto,  no  sin  haber  intentado  antes  envolver  las  fuerzas  carlis- 
tas de  la  Complacera.  Tenemos  á  la  vista  el  parte  oficial  carlista  que 
copiado  á  la  letra  dice  así:  «Recibido  aviso  del  Brigadier  Cavero  de 
»que  el  enemigo  con  G.OOO  hombres,  300  caballos  y  6  piezas,  se  dirigía 
»hacia  la  Peña  del  Caballo,  y  considerando  que  si  los  liberales  se  apo- 


un  manojo  de  nervios,  como  se  dice  vulgarmente.  Tan  no  acertaron  en  esto  lo» 
liberales,  como  en  tantas  otras  afirmaciones  suj'as  más  ó  menos  ridiculas,  como 
por  ejemplo,  cuando  después  contaban  sus  periódicos,  como  si  los  hubieran  oído, 
los  sermones  que  suponían  predicaba  en  Estella  desde  los  balcones  de  su  aloja- 
miento el  Ilustro  Obispo  de  Urgcl.  f;Cómo  podía  darse  gran  crédito  á  la  prensa- 
que  estampaba  semejantes  patrañas  y  que  tan  de  manifiesto  ponía  su  completo- 
desconocimiento  délos  hombres  y  de  las  cosas? 


—  323  — 

aderaban  de  la  Peña,  quedaba  comprometida  la  izquierda  carlista, 
«dispuse  que  el  l.er  Batallón  de  Castilla,  el  2.^  de  Cantabria  y  el  de 
•Asturias  pasasen  á  Santa  Olaja.  La  línea  quedó  establecida  en  conse- 
»cuencia  de  la  manera  siguiente:  en  el  valle  de  Losa,  el  Batallón  Guias 
»de  Castilla,  defendiendo  el  boquete  de  Peña  Ángulo:  dos  compañías  y 
»la  Caballería  en  Quincoces:  el  2.^  de  Cantabria  en  la  Complacera:  As- 
»turias  en  vanguardia  y  avanzando  hacia  el  enemigo^  y  el  1."  de  Cas- 
»tilla  en  reserva:  yo  me  situé  en  Artieta.  El  enemigo  empezó  el  ataque 
»el  día  14,  á  la  vista  del  boquete  de  Santa  Olaja.  AI  ser  rechazado  por 
«nuestras  fuerzas,  el  arrojado  Brigadier  Cavero  quiso  cargarlos,  no  sin 
«sospechar  de  un  bosque  cercano,  donde  efectivamente  tenía  el  enemi- 
»go  4  batallones  en  masa,  que  fueron  después  dispersados  por  los  cer- 
»teros  disparos  del  Capitiln  de  Artillería  Ortíz  de  Zarate,  los  cuales 
«consiguieron  por  tres  veces  consecutivas  hacer  variar  de  posición  á 
»las  tropas  y  á  las  6  piezas  contrarias.  Mientras  tanto,  en  el  valle  de 
«Mena,  el  enemigo  con  3  batallones  y  algunas  piezas  intentó  avanzar 
»á  la  Campa  del  Caballo  y  á  Viergol,  donde  estaban  el  1."  de  Canta- 
«bria  y  el  5."  de  Castilla,  siendo  rechazado  hasta  Medianas  y  Monte- 
»mayor,  y  más  adelante  en  toda  la  línea.  Las  bajas  carlistas  fueron 
«dos  muertos,  13  heridos  y  2  contusos.  Por  la  parte  de  la  Complacera 
«tuvimos  8  muertos  y  27  heridos.— Las  bajas  del  enemigo  subieron 
«á  100  en  los  días  14  y  15  de  Mayo.» 

El  escritor  liberal  D.  Antonio 'Pira\íi  en  &u  Historia  Contemporánea ^ 
dice:  «Prendergast  conquistó  las  posiciones  de  la  Peña  Complacera, 
«después  de  rudos  combates,  en  que  jugó  la  Artillería  y  se  dieron  car- 
«gas  íi  la  bayoneta,  retirándose  los  carlistas  bien  y  valerosamente  di- 
«rigidos  por  Cavero:  abandonada  la  Complacera,  á  los  dos  días  la  vol- 
» vieron  á  ocupar  los  carlistas.» 

A  los  tres  días  de  tomar  posesión  del  mando  el  infatigable  General 
carlista  Carasa,  se  dirigió  con  sus  fuerzas  á  la  linea  de  Valmaseda  para 
provocar  la  salida  de  los  enemigos  de  sus  cuarteles:  avanzó  hasta  Vier- 
gol y  el  Berron,  y  desde  las  alturjis  de  Nava  de  Mena  hizo  que  jugaran 
sus  cañones  de  Montaña,  sin  lograr  que  los  liberales  aceptaran  el  com- 
bate á  que  les  invitaban  los  carlistas. 


La  acción  de  Medianas,  ocurrida  el  20  de  Junio  fué  de  mucha  más 
importancia  que  la  anterior  no  sólo  por  lo  vivo  y  sostenido  del  fuego 
por  ambas  partes,  sino  por  el  gran  número  de  prisioneros  que  se  hicie- 
ron, y  el  botín  de  guerra  que  dejaron  en  poder  de  los  carlistas  las  tro- 
pas liberales. 


—  324  — 

Habiendo  llegado  á  noticia  del  General  carlista  Carasa  que  el  Ge- 
neral liberal  Loma  había  salido  de  los  valles  de  Losa  y  Mena,  dispuso 
el  caudillo  carlista  atacar  á  las  tropas  del  Brigadier  Muriel  que  cubrían 
dichos  valles  en  número  de  cuatro  batallones:  uno  de  ellos  ocupaba 
Carrasquedo;  otro,  con  dos  cañones.  Medianas;  otro  Covides,  y  el  cuar- 
to, Mercadillo  y  el  Pendo.  Apenas  se  ausentó  del  valle  de  Mena  el  Ge- 
neral Loma,  atacaron  los  carlistas  mandados  por  el  Brigadier  Cavero, 
desde  la  parte  de  Viergol,  y  destrozaron  la  Brigada  Muriel  que  tuvo 
que  encerrarse  en  Mercadillo  por  haber  cargado  sobre  ella  los  carlistas 
con  denodado  valor,  aislando  de  los  demás  á  los  liberales  de  Garras- 
quedo  que  fueron  muertos  en  gran  número  ó  hechos  prisioneros.  Des- 
pués siguieron  los  carlistas  á  Medianas  con  irresistible  empuje,  y  se 
hubieran  hecho  dueños  de  la  Artillería  contraria,  sin  el  valor  heroico 
desplegado  por  los  artilleros  liberales  quienes  se  defendieron  hasta  con 
los  juegos  de  armas  de  sus  piezas,  perdiendo  al  fin  la  Brigada  Muriel 
doscientos  prisioneros  y  doscientos  treinta  y  cinco  fusiles,  salvándose 
las  fuerzas  restantes  gracias  al  fuerte  de  Mercadillo. 

Noticioso  de  esta  derrota  el  General  Loma,  acudió  con  sus  batallo- 
nes; pero  no  pudo  llegar  á  tiempo  de  impedir  la  victoria  de  los  carlis- 
tas, si  bien  en  combinación  con  el  General  Villegas  les  atacó,  retirán- 
dose las  fuerzas  de  Carasa  de  las  posiciones  conquistadas  el  día 
anterior,  las  cuales  no  tenían  empeño  en  defender  contra  tropas  tan 
superiores  y  que  les  hubieran  causado  innumerables  bajas. 

Hasta  aquí,  la  versión  liberal;  la  carlista  refiere  lo  mismo  en  suma, 
pero  con  mayor  lujo  de  detalles. 

El  activo  y  valiente  General  Carasa  recibió  aviso  del  Coronel  Olas- 
coaga,  de  que  los  liberales  se  habían  retirado  d3  su  línea  hacia  Merca- 
dillo, por  lo  cual  ordenó  al  Brigadier  Echévarri  que  la  ocupase  con  el 
Batallón  de  Guernica:  Carasa  marchó  al  Berron,  y  mandó  que  los  ba- 
tallones de  Asturias,  Guernica  y  Somorrostro  fueran  por  la  carretera 
de  Nava;  que  el  Batallón  de  Durango,  que  se  hallaba  en  Viergol,  se 
concentrara  y  ayudase  á  los  batallones  2.*^  y  5.*^  de  Castilla,  que  se 
hallaban  á  la  izquierda  de  la  línea  carlista  con  el  bizarro  Brigadier 
Cavero;  y  en  fin,  que  el  Jefe  del  Batallón  de  Asturias  reconociera  Ber- 
cedo  y  Víllasante,  y  se  le  uniera  con  algunas  compañías  de  Guías  de 
Vizcaya  y  el  Batallón  de  Guernica,  para  colocarse  á  retaguardia  de 
Mercadillo.  Observando  desde  allí  el  General  Carasa  que  alguna  fuerza 
liberal  ocupaba  el  monte  de  Entrambasaguas,  ordenó  que  se  la  atacara 
por  los  Guías  del  mando  del  Comandante  S'aliquet.  Eoto  el  fuego  desde 
lina  posición  atrincherada,  dominada  á  su  vez  por  otra,  mandó  Carasa 
envolver  la  segunda  y  tomar  á,  la  bayoneta  la  primera,  como  así  se 


—  32Ó  — 

hizo  por  el  Batallón  de  Somorrostro  y  los  Guías,  á  las  cinco  de  la  tarde, 
ayudadas  dichas  fuerzas  por  algunas  compañías  de  los  batallones  As- 
turiano y  de  Guernica  mandadas  respectivamente  por  Rivafiecha  y 
Ayerra.  Al  mismo  tiempo  y  para  darse  la  mano  con  el  Brigadier  Ca- 
vero,  quien  venía  sosteniendo  fuego  todo  el  día  con  el  enemigo  desde 
que  salió  de  Mercadillo,  bajó  el  General  Carasa  á  Villasana,  en  donde 
se  le  unió  la  fuerza  de  Villasante,  quedando  al  fin  en  las  posiciones 
conquistadas  con  los  batallones  de  Guernica,  de  Somorrostro  y  el  de 
Asturias.  Entonces  los  batallones  de  Durango  y  5."  de  Castilla  acaba- 
ron de  envolver  en  un  círculo  de  fuego  á  los  liberales,  secundados  ad- 
mirablemente por  las  piezas  de  la  Batería  de  Ortíz  de  Zarate,  conclu- 
yendo por  tener  que  encerrarse  los  alfonsinos  en  Mercadillo.  Los 
carlistas  tuvieron  un  jefe,  dos  oficiales  y  cinco  voluntarios  muertos, 
tres  oficiales  y  veinte  y  nueve  voluntarios  heridos  y  contusos. 

Fué,  pues,  una  brillante  victoria  de  los  carlistas  la  de  Medianas. 
Tan  lo  comprendió  así  el  General  Loma,  que  al  llegar  en  auxilio  de  la 
Brigada  Muriel  (la  cual  había  realmente  quedado  abandonada)  dice  el 
escritor  liberal  Pirala,  que  comprendió  que  las  tropas  habían  sufrido 
ya  un  desastre,  del  cual  culpó  ásperamente  Loma  á  Muriel,  atribuyén- 
dolo á  falta  de  pericia,  muriendo  el  citado  Brigadier  liberal^  víctima 
de  un  accidente  que  le  ocasionó  el  verse  ajado  en  su  pundonor  por  el 
expresado  General  Loma. 

Entretanto  que  tenían  lugar  estas  operaciones  militares,  los  ele- 
mentos civiles  del  carlismo  vizcaíno  reunidos  en  junta  de  merindades 
á  principios  de  Junio,  y  en  junta  general  á  fines  del  mismo  mes,  ha- 
bían acordado  proceder  oficialmente  y  con  toda  solemnidad  al  jura- 
mento de  Don  Carlos  como  Señor  de  Vizcaya,  majestuoso  acto  que  tuvo 
lugar  el  día  3  de  Julio  de  1875  en  Guernica  á  donde  acudió  Don  Car- 
los de  Borbón  acompañado  de  su  augusto  padre  Don  Juan,  de  S.  A.  el 
Conde  de  Bardi,  de  los  generales  Tristany,  Férula  é  Iparraguirre,  de 
los  brigadieres  Pérez  de  Guzmán  y  Parada  (veterano  de  la  primera 
guerra),  del  Gentil-hombre  Marichalar,  de  los  jefes  y  oficiales  á  sus 
órdenes  Coronel  Marqués  de  Bondad-Real,  tenientes  coroneles  Barrau- 
te  y  Respaldiza,  comandantes  Orbe  y  Ponce  de  León,  capitanes  Silva 
y  Suelves  y  el  aposentador  del  Cuartel  Real  D.  Salvador  Morales. 

El  Conde  del  Pinar,  Corregidor  del  Señorío^  los  diputados  genera- 
les Urquizu  (D.  Fausto)  y  Pinera,  los  síndicos  procuradores  generales 
Pértica  y  Liona,  los  consultores  letrados  Tollara  'y  Sarachu,  los  cape- 
llanes Ormaechegoitia  y  Cruz  de  Llanos  y  los  secretarios  del  Gobierno 
universal  del  Señorío,  Olascoaga  y  Artiñano,  en  unión  del  Padre  de 


—  326  — 
Provincia,  Urquizu  (D.  José  Niceto)  y  de  Zavala  y  Arrieta  Mascarúa, 
corregidor  que  había  sido  y  comisionado  en  Corte  por  Vizcaya,  con- 
gregados en  la  sala  consistorial  de  la  villa  de  Guernica,  salieron  todos 
reunidos  en  cuerpo  de  comunidad  hacia  la  morada  de  D.  Carlos,  pre- 
cedidos por  varias  músicas,  clarines  y  atabales  y  una  sección  del  Caer- 
po  de  Migueletes  del  Señorío  al  mando  de  su  primer  jefe,  Teniente 


D.    JUAK"   DE    PARADA 


Coronel  Urquiii,  llevando  el  síndico  procurador  general,  Pértica,  el 
Pendón  del  Señorío,  de  cuyos  pueblos  todos,  había  acudido  numeroso 
público  á  Guernica,  uniendo  sus  vítores  y  entusiastas  aclamaciones  á 
los  de  los  moradores  de  dicha  villa,  entre  las  salvas  de  la  Artillería, 
los  caprichosos  fuegos  de  los  cohetes  y  el  repique  de  campanas  de 
Iglesias  y  conventos,  que  prestaban  extraordinaria  animación  á  tan 
memorable  acto. 

Colocados  Don  Carlos  y  Don  Juan  de  Borbón  bajo  rico  dosel  de  da- 
masco en  el  Estrado  que  cae  sobre  las  gradas  y  só  el  árbol  de  Guernica, 
y  ocupando  los  representantes  de  Vizcaya  el  puesto  de  honor  que  les 
correspondía,  rodeados  de  inmenso  gentío,  ofició  el  Santo  Sacrificio  de 
la  Misa  el  M.  I.  Garlón,  Magistral  de  la  Catedral  de  Lugo,  jurando  Don 
Carlos  los  fueros,  libertades,  franquicias^  exenciones,  prerrogativas, 
buenos  usos  y  costumbres  del  Señorío,  arrodillado  ante  el  altar  en  el 
momento  de  ser  consagrada  la  Santa  Hostia,  y  terminada  la  Misa  tuvo 


—  327  — 

lugar  su  proclamación  solemne  como  Señor  de  Vizcaya  y  el  pleito  ho- 
menaje que  con  la  más  delirante  alegría,  el  más  profundo  respeto  y 
las  mayores  muestras  de  acendrada  adhesión  rindieron  á  Don  Carlos 
el  Regimiento  General,  los  Caballeros  apoderados  y  todo  el  pueblo, 
hincando  la  rodilla  en  tierra,,  ahogando  con  atronadoras  explosiones 
de  entusiasmo  la  poderosa  voz  de  la  Artillería  y  el  volteo  de  las  cam- 
panas que  celebraban  aquel  acto  que  resultó  verdaderamente  gran- 
dioso y  que  tuvo  digno  coronamiento  con  la  orden  que  dio  Don  Carlos 
de  Borbón  para  que  en  conmemoración  de  tan  celebrado  suceso,  y  para 
aumentar  el  júbilo  de  todos  enjugando  las  lágrimas  de  muchos,  se  pu- 
siese inmediatamente  en  libertad  á  cuantos  se  encontrasen  presos  ó 
detenidos  por  causas  políticas. 

Con  la  misma  imponente  majestad  é  igual  entusiasmo  tuvo  lugar 
el  día  7  de  Julio  del  mismo  año  de  1875  en  Villafranca  la  proclama- 
ción de  Don  Carlos  por  Guipúzcoa,  representada  dicha  provincia  en 
tan  solemne  ceremonia  por  el  Comandante  General  y  el  Corregidor 
carlistas,  por  el  antiguo  Diputado  á  Cortes  D.  Manuel  de  Unceta,  co- 
misionado por  la  Junta  para  levantar  pendón  por  Guipúzcoa  en  nom- 
bre de  Don  Carlos,  por  D.  José  Domingo  de  Oyarzabal,  D.  Ladislao  de 
Zavala,  D.  Vicente  de  Artazcoz,  D.  José  M.*  de  Verzosa,  D.  José  Joa- 
quín de  Egaña^  D.  Tirso  de  Olazabal,  D.  Ignacio  de  Lardizabal^,  don 
Antonio  de  Esterripa  y,  en  fin,  todos  aquellos  sufridos  y  valerosos 
montañeses,  viejos,  jóvenes,  mujeres  y  niños  que  tantas  vidas  y  sacri- 
ficios ofrecían  en  holocausto  por  el  triunfo  de  la  causa  carlista,  y  que 
también,  como  en  Vizcaya  quisieron  realizar  un  acto  como  éste  que 
les  parecía  unirles  más  estrechamente  con  el  rey  que  aclamaban  en 
los  campos  de  batalla,  quien  juró^  á  su  vez,  en  la  Iglesia  parroquial  y 
sobre  los  Santos  Evangelios,  guardar  y  cumplir  los  fueros,  privilegios, 
leyes,  ordenanzas,  buenos  usos  y  costumbres  de  Guipúzcoa. 


Volviendo  á  las  operaciones  militares,  dejando  para  otro  capitulo 
el  ocuparnos  de  los  hechos  de  guerra  ocurridos  en  Álava,  y  en  espe- 
cial de  la  batalla  de  Zumelzu,  réstanos  hablar  de  los  combates  de  Ca- 
rranza y  Villaverde  de  Trucios,  ocurridos  en  Julio  y  Agosto  de  1875. 

El  afán  de  guerrear  de  los  generales  liberales  de  Guipúzcoa  y  Viz- 
caya, Loma  y  Villegas,  igualaba  [al  que  sentían  del  mismo  modo  los 
generales  carlistas  Egaña  y  Carasa,  pues  unos  y  otros  no  desperdicia- 
ban ocasión  alguna  para  aprovechar  los  descuidos  ó  la  falta  de  fuerzas 
de  su  contrario,  cuando  se  disponía  de  algunas  de  ellas  fuera  de  di- 
chas provincias. 


—  328  — 

Encontrándose,  pues,  el  General  Villegas  con  suficientes  faerzas, 
el  día  27  de  Julio,  para  distraer  las  que  los  carlistas  reunían  en  Álava, 
A  fin  de  oponerse  á  los  intentos  del  General  en  Jefe  liberal  D.  Genaro 
de  Que'sada,  entraron  los  liberales  por  el  valle  de  Carranza^  con  un 
efectivo  de  diez  mil  hombres  á  las  órdenes  de  los  generales  Villegas  y 
Morales  de  los  Ríos  y  de  los  brigadieres  Ibarreta  y  Cuadros.  Al  saber 
el  General  carlista  Carasa  el  avance  del  Ejército  contrario,  avanzó  á. 
su  vez  desde  Valmaseda  con  los  batallones  vizcaínos  de  Guernica, 
Durango,  Guías  y  Somorrostro,  un  Batallón  Cántabro  y  el  de  Asturias, 


D.  MARCELINO  ORTIZ  DE  ZARATE 


la  Batería  de  Ortíz  de  Zarate,  el  Brigadier  Echévarri  y  el  Coronel  Ro- 
dríguez Maíllo,  ordenándoles  la  natural  defensa  de  su  línea  atrinche- 
rada, resultando  el  combate  rudo  y  sangriento.  Los  liberales  atacaron 
y  se  apoderaron  con  gran  denuedo  de  Orrantía,  Antuñano,  Bortedo  y 
Celadilla  en  el  primer  ímpetu,  á  pesar  de  la  gran  resistencia  que  le» 
opusieron  los  carlistas.  Unos  y  otros  combatientes  acamparon  en  sus 
respectivas  posiciones,  esperando  que  se  renovara  el  combate  al  día 
siguiente,  lo  cual  no  tuvo  lugar  por  haber  dispuesto  la  retirada  el  Ge- 
neral Villegas,  sin  duda  por  el  gran  número  de  bajas  que  experimen- 
taron sus  tropas,  y  que  los  carlistas  hicieron  ascender  á  veinte  y  cua- 
tro muertos  y  doscientos  heridos,  siendo  así  que  los  liberales  no 
confesaron  más  que  cinco  muertos  y  treinta  heridos,  primero,  y  veinte 
muertos  y  noventa  y  cinco  heridos  después. 


—  329  — 

A  los  pocos  días,  el  10  de  Agosto,  hubo  de  librarse  en  Vizcaya  otro 
reñido  combate,  en  el  cual  salió  victorioso  el  bizarro  é  infatigable  Ge- 
neral carlista  Carasa.  Nos  referimos  al  encuentro  de  Villaverde  de 
Trucios,  por  el  cual  concedió  Don  Carlos  de  Borbón  al  animoso  Gene- 
ral citado  el  título  de  Conde  de  Villaverde  de  Trucios. 

El  General  carlista  ocupaba  sus  habituales  posiciones,  con  cuatro 
mil  hombres  y  cuatro  piezas  de  Montaña,  cuya  fuerza  resistió  al  no 
menos  bravo  é  infatigable  General  Villegas,  quien  atacó  con  diez  mil 
hombres  y  diez  y  seis  cañones,  intentando  privar  de  recursos  al  Ejér- 
cito carlista,  para  lo  cual  invadió  el  territorio  dominado  por  éste,  en- 
trando por  los  valles  de  Losa  y  Carranza  el  día  10,  y  ocupando  posi- 
ciones importantes  que  habían  de  servirle  al  día  siguiente  para  apo- 
derarse de  Trucios  y  Villaverde. 

Carasa  se  opuso  valientemente  con  sus  escasas  fuerzas  al  intento 
de  su  contrario,  quien  no  pudo  lograr  su  objeto  por  completo,  á  pesar 
de  su  superioridad  numérica,  la  cual  no  fué  obstáculo  para  que  los 
exiguos,  pero  bravos  batallones  carlistas,  se  lanzaran  á  la  bayoneta 
impetuosamente^  hallándose  muy  próximos  á  alcanzar  sobre  los  libe- 
rales una  victoria  aún  .más  completa  y  de  mayor  impoitancia,  pues 
estuvieron  á  punto  de  quedarse  con  algunas  piezas  de  Artillería  y 
hasta  con  el  General  Villegas^  quien  se  vio  precisado  á  cargar  con  su 
escolta  para  verse  libre  del  círculo  de  carlistas  que  le  rodeaban  y  ata- 
caban con  la  mayor  intrepidez  y  encarnizamiento.  Dudamos  que  el 
General  Villegas  se  haya  visto  nunca  en  situación  tan  comprometida. 
Ambos  ejércitos  volvieron  á  sus  cantones  para  reponerse  de  las  dolo- 
rosas  pérdidas  que  experimentaron.  Las  bajas  de  los  liberales  se  acer- 
caron á  doscientas,  y  las  de  los  carlistas  pasaron  de  ochenta. 

Más  adelante  sostuvo  el  intrépido  General  Carasa  otros  reñidos  en- 
cuentros, pudiéndose  decirse  que  era  raro  el  día  que  no  había  algún 
combate,  más  ó  menos  formal,  en  la  línea  de  Valmaseda  entre  el  viejo 
General  carlista  y  su  habitual  contrario  el  General  Villegas,  á  quien 
acompañaba^  á  veces,  en  sus  operaciones  el  no  menos  batallador  Ge- 
neral Loma,  como  en  los  días  22  y  23  de  Septiembre  y  15  y  IG  de  Oc- 
tubre. 

En  Septiembre  atacó  el  General  Loma  la  línea  carlista  de  Valma- 
seda. La  Artillería  carlista  disparó  con  gran  acierto,  especialmente  á 
la  Peña  de  San  Miguel.  Desde  Arciniega  llegaron  dos  batallones  car- 
listas de  refuerzo,  por  orden  de  Don  Carlos  de  Borbón,  que  se  hallaba 
entonces  en  las  inmediaciones,  para  impedir  que  el  enemigo  envolviese 
la  linea  carlista,  acabando  por  retirarse  los  liberales  á  sus  valles  de 
Losa  y  Mena.  Las  fuerzas  carlistas  fueron  diez  batallones  y  las  seis 


—  330  — 

piezas  de  Ortíz  de  Zarate,  que  lucharon  contra  doble  número  de  pie- 
zas y  catorce  batallones  que  llevaban  los  liberales. 

Las  acciones  reñidas  en  Octubre  reconocieron  por  causa  el  intento 
de  los  liberales  de  apoderarse  de  los  almacenes  que  tenia  la  División 
carlista  de  Castilla  en  Orduña.  Pero  los  batallones  de  Somorrostro, 
Murguia  y  Guias  de  Vizcaya  se  situaron  sobre  Villaverde,  Medianas  y 
Viergol,  y  después  de  haberse  puesto  en  franquía  uniformes,  efectos  y 
raciones,  provocaron  á  las  tropas  liberales  que  ocupaban  los  fuertes, 
sin  lograrse  más  que  un  nutrido  tiroteo  que  por  ambas  partes  se  sostu- 
vo hasta  la  noche,  sufriendo  los  carlistas  cuatro  muertos  y  veinte  he- 
ridos, y  no  pudiéndose  precisar  las  bajas  dé  los  liberales  porque  no 
abandonaron  los  fuertes. 

Suspendemos  por  ahora  la  narración  de  los  hechos  de  armas  ocu- 
rridos en  Vizcaya,  para  no  volver  ya  á  ocuparnos  de  dicha  provincia 
hasta  las  operaciones  finales  de  la  campaña,  ó  sea  el  avance  del  Ejér- 
cito liberal  llamado  de  la  Izquierda  y  la  célebre  retirada  del  anciano 
y  valiente  General  carlista  Carasa,  ayudado  por  su  inteligente  y  bra- 
vo Jefe  de  Estado  Mayor  el  Coronel  González  Granda,  de  todo  lo  cual 
hablaremos  más  adelante,  asi  como  de  la  sangrienta  batalla  de  Elgue- 
ta,  sostenida  principalmente  y  casi  en  su  totalidad  por  la  División 
Vizcaína. 


D.    JOSÉ    RUIZ    DE   LARRAMENT)! 


Capitulo  XXVIII 


Hesumen  de  las  operaciones  en  Álava  durante  el  mando  de  los  coman- 
dantes generales  carlistas  Larramendi,  Alvarez  y  Fortun. — Ba- 
talla de  Zumelzu. 


SEGURAMENTE  habrá  llamado  la  atención  de  todo  aquel  que  haya 
seguido  paso  á  paso  nuestra  narración,  el  que  no  hayamos  dedi- 
cado siquiera  un  capítulo  á  la  digna  Provincia  de  Álava  y  á  sus  no 
menos  dignos  batallones.  La  razón,  sin  embargo,  es  muy  sencilla: 
lejos  de  nosotros  preterición  ú  olvido;  desde  los  comienzos  de  la  gue- 
rra, los  liberales  sólo  se  ocuparon  de  la  capital,  y  hasta  mediados  de 
1873  conservaron  únicamente  guarniciones  en  Vitoria,  Lagaardia,  San 
Vicente  y  Salvatierra,  retirando  las  últimas  después;  Laguardia  fué 
unas  veces  guarnecida  por  liberales  y  otras  por  carlistas,  y  por  tanto 
las  únicas  operaciones  llevadas  á  cabo  en  la  provincia,  además  de  las 
ya  descritas  al  seguir  la  marcha  general  de  la  campaña,  fueron  las 
que  expresaremos  á  continuación,  así  como  el  empeño  de  guerra  más 
notable  fué  el  ocurrido  en  Julio  de  1875,  el  cual  relataremos  seguida- 
mente. 


—  332  — 

Poca  fortuna  tuvieron  al  principio  de  la  guerra  los  valientes  y  su- 
fridos alaveses:  su  primer  Comandante  General  el  Coronel  D.  Manuel 
Lecea  experimentó  un  duro  revés  cuando  aún  estaban  los  batallones 
alaveses  en  el  período  de  organización  bajo  los  jefes  de  la  provincia 
entre  los  que  descollaban  los  veteranos  de  la  primera  guerra  civil  don 
Celedonio  Iturralde  y  D.  José  Montoya.  El  23  de  Abril  de  1873,  cuan- 
do apenas  habían  empezado  á  armarse  los  batallones  y  hallándose  en 
Apellaniz  á  las  órdenes  del  dicho  Coronel  Lecea,  fueron  sorprendido» 
de  noche  por  las  tropas  ó,  mejor  diremos,  por  las  contra-guerrillas  de 
la  provincia  que  haciendo  una  marcha  rápida  desde  Vitoria,  cayeron 
sobre  los  voluntarios  carlistas  en  organización,  quienes  descansaban 
descuidados  y  sin  las  precauciones  debidas  en  campaña.  Algunos  he- 
ridos y  prisioneros  fueron  el  botín  del  vencedor,  y  éste  fué  el  motivo 
de  retrasarse  algun  tanto  la  definitiva  organización  de  los  batallones 
de  Álava.  Mandóse  formar  sumaria  actuando  de  fiscal  el  Brigadier 
Iturmendi,  no  volviéndosele  á  conferir  mando  alguno  á  Lecea,  y  rele- 
vándole con  el  entendido  Mariscal  de  Campo  D.  José  Ruiz  de  Larra- 
mendi,  que  acababa  de  llegar  de  Cataluña  en  donde  había  desempe- 
ñado dignamente  el  cargo  de  Jefe  de  Estado  Mayor  de  Don  Alfonso 
de  Borbón,  General  en  Jefe  del  Ejército  carlista  del  Principado. 

En  uno  de  los  primeros  capítulos  hemos  ya  dado  alguna  idea  de  los 
brillantes  antecedentes  militares  del  General  carlista  Larramendi,  así 
que  ahora  únicamente  diremos  que  con  sus  acertadas  disposiciones 
logró  en  breve  reanimar  el  espíritu  militar  de  los  batallones  alaveses, 
organizando  seis  que  fueron  un  modelo  de  sufrimiento  y  de  valor, 
como  ya  hemos  tenido  ocasión  de  hacer  constar  al  citar  su  bravura  en 
los  hechos  de  armas  que  ya  hemos  referido  en  esta  obra,  especialmente 
al  describir  los  combates  de  Montejurra,  Somorrostro  y  Abárzuza. 
También  hemos  hablado  de  la  empeñada  conquista  de  Laguardia,  en 
la  que  tanto  se  distinguieron  los  batallones  alaveses  á  las  órdenes  del 
tantas  veces  citado  y  valiente  General  Alvarez.  Nada  diremos,  pues, 
tampoco  del  arrojo  de  los  alaveses  en  la  línea  lel  Carrascal,  pues  tanto 
su  Comandante  General  Fortun,  con  dos  batallones,  como  el  Brigadier 
Valluerca  con  otros  dos,  el  primero  en  Esquinza  y  el  segundo  en  Lácar,, 
dejaron  bien  puesto  el  pabellón  alavés. 

Al  General  Larramendi  sucedieron  en  el  mando  de  Álava  los  gene- 
rales Alvarez  y  Fortun,  de  cuya  vida  militar  ya  hemos  dado  algunos 
datos  en  otro  capítulo,  así  que  prescindiendo  del  breve  mando  del 
primero  de  éstos,  cuyo  hecho  más  notable  fué  la  toma  de  Laguardia, 
ya  descrita  en  el  capítulo  XVIII,  pasaremos  desde  luego  á  ocuparnos 
de  los  sucesos  de  más  importancia  ocurridos  en  el  tiempo  en  que  des- 


—  333  — 

«mpeñó  la  Comandancia  General  carlista  de  Álava  D.   León  Martínez 
l^ortun,  nombrado  en  Septiembre  de  1874. 

No  bien  se  posesionó  este  General  del  mando,  empezó  por  no  dejar 
tranquilos  A  los  liberales,  llevando  á  cabo  la  sorpresa  de  Cenicero,  con 
ochenta  hombres  del  Batallón  de  la  Rioja  que  hicieron  cinco  prisione- 
ros y  se  apoderaron  de  trece  fusiles  y  otros  efectos.  Al  mismo  tiempo, 
treinta  voluntarios  del  Batallón  3.^  de  Álava  atravesaron  el  Ebro 
cerca  de  la  Puebla  de  Arganzón,  levantaron  rails  y  postes  telegráficos 
con  el  fin  de  dificultarlas  comunicaciones  del  enemigo. 

A  los  pocos  días  se  verificó  por  los  alaveses  otra  sorpresa  de  mucha 
mayor  importancia,  cual  fué  la  de  un  tren  de  Miranda  de  Ebro.  El 
Brigadier  Valluerca  dispuso  que  la  partida  de  Vítores,  fuerte  de  ochen- 
ta hombres,  atravesara  el  Ebro  con  aquel  objeto,  á  la  vez  que  otra 
pequeña  fuerza  de  Caballería,  doce  caballos,  atravesando  el  vado  más 
cercano,  se  encargaba  de  distraer  á  los  liberales  que  ocupaban  Santa 
'Gadea,  para  evitar  que  acudiesen  en  auxilio  del  tren;  cogiéronse  cua- 
tro prisioneros  de  Caballería  y  nueve  de  Infantería,  montaron  los  car- 
listas en  el  tren  obligando  al  maquinista  á  que  los  condujera,  y  bajá- 
ronse en  el  puente  de  Pangua,  por  haber  salido  contra  ellos  los  liberales 
■de  Pancorbo  á  quienes  causaron  tres  muertos  y  cinco  heridos. 

Después  del  combate  de  Lácar,  tantas  veces  citado,  la  acción  más 
Importante  que  se  dio  en  Álava  fué  la  de  Subijana-Morillas.  Un  sólo 
Batallón,  el  6.*^  de  Álava,  al  mando  de  su  Teniente  Coronel  Muñezcan, 
se  encargó  de  la  operación.  Como  el  objetivo  de  las  tropas  alavesas 
era,  por  el  momento,  cortar  las  comunicaciones  entre  Miranda  y  Vito- 
ría  y  aislar  en  lo  posible  á  la  guarnición  de  esta  capital,  el  menciona- 
do Jefe  que  tenia  avanzada  una  Compañía  de  su  Batallón  entre  Ar- 
miñán  y  Miranda,  acudió  con  el  resto  de  aquél  para  obligar  al  enemigo 
á  combatir.  Pero  como  los  liberales  por  allí  no  salían  generalmente  de 
sus  defensas,  y  el  castillo  de  Quintanilla  estaba  cerca,  de  él  se  ampa- 
raron los  alfonsinos,  habiendo  sufrido,  sin  embargo,  ocho  bajas  que 
dejaron  en  el  campo.  No  contentos  v.on  esto  los  carlistas,  revolvié- 
ronse sobre  Miranda  de  Ebro,  no  saliendo  los  liberales  de  sus  castillos, 
A  pesar  de  haber  dentro  del  recinto  cerca  de  tres  mil  hombres. 

Uno  de  los  objetos  que  con  más  insistencia  persiguió  el  General 
carlista  Fortun  fué  asegurar  de  una  sorpresa  á  sus  batallones  cuando 
se  corrieran  á  la  llanada  de  Vitoria,  construyendo  con  dicho  fin,  el 
fuerte  de  San  León  con  el  que  se  cerraba  el  puerto  de  Herrera  al  ene- 
migo, dotándosele  de  dos  cañones  para  hacer  tributario  á  San  Vi- 
cente é  interceptar  los  caminos  que  conducían  á  la  Barranca^  Bernedo 
y  Peñacerrada,  así  como  la  carretera  de  Logroño  á  Vitoria. 


—  334  — 

Llegamos  á  Zumelzu.  Y  bien  sabe  Dios  que  lo  hacemos  lleno  el  co- 
razón de  amargura  como  el  día  en  que  se  libró  dicha  jornada  á  la  que^ 
afortunadamente,  no  asistimos  por  encontrarnos  en  aquella  época  ocu- 
pados en  el  establecimiento  délas  baterías  de  la  costa  para  hacer  fren- 
te á  los  fuegos  de  la  Escuadra.  Cumplimos^  sin  embargo,  nuestro  deber 
de  narradores,  pero  con  pena  por  haber  constituido  la  batalla  de  Zu- 
melzu la  única  verdadera  derrota  de  los  carlistas,  no  ya  por  la  mate- 
rialidad de  haberse  perdido  la  acción,  si  no  por  las  consecuencias  que 


D.    LEÓN   MARTÍNEZ   FORTUN 


ésta  tuvo,  puesto  que  los  vencimientos  de  Velabieta,  Bilbao  é  Irun 
hicieron,  como  el  Fénix,  renacer  de  sus  cenizas  más  pujante  al  Ejér- 
cito carlista.  Describamos  lo  ocurrido  y  después  sacaremos  las  conse- 
cuencias y  con  sereno  juicio  veremos  quién  ó  quiénes  fueron  los  cau- 
santes del  desastre- 

Casi  desde  el  momento  en  que  el  General  liberal  Quesada  se  hizo 
cargo  del  mando  en  Jefe  del  Ejército  del  Norte,  echó  de  ver  que  nin- 
guna de  las  capitales  de  las  cuatro  provincias  vivía  desembarazada- 
mente. Antes  al  contrario,  Bilbao,  Pamplona  y  San  Sebastián  eran  á 
menudo  víctimas  de  los  cañones  carlistas.  Nada  digamos  de  Vitoria, 
cuyo  aprovisionamiento  costaba  un  rudo  combate  cada  vez  que  se 
llevaba  á  cabo,  hallándose  por  lo  regular  incomunicados  siempre  sus 
moradores  con  el  resto  de  la  Península.  Su  situación  como  base  de 
operaciones  ofensivas  no  tenía  precio,  y  sin  embargo,  las  tropas  que 
la  guarnecían  apenas  podían  salir  algo  del  recinto  sin  experimentar 
bajas,  siendo  por  tanto  intolerable  la  situación  de  la  capital  de  Álava. 
En  vista  de  ello  el  General  Quesada,  que  era  un  animoso  soldado,  llamó 
fuerzas  suficientes  para  levantar  el  bloqueo  de  Vitoria  y  restablecer 
comunicación  segura  con  Miranda  de  Ebro,  empezando  por  hacer  que 


—  ^35  — 

fuesen  á  la  llanada  de  Álava  las  fuerzas  del  General  Loma  que  se  ha- 
llaban en  Vizcaya  y  algunas  de  Navarra,  en  la  forma  siguiente: 

El  General  Loma,  con  ocho  batallones,  una  Batería  de  JIontaña  y 
dos  escuadrones,  ocupó  Manzanos  y  los  pueblos  inmediatos;  las  briga- 
das Pino  y  Alarcón,  con  ocho  batallones,  tres  escuadrones  y  dos  bate- 
rías de  ]\Iontaña,  se  situaron  en  Armiñán  y  Estadillo;  el  General  Tello, 
con  cinco  batallones,  dos  escuadrones,  una  Batería  de  Batalla  y  media 
de  Montaña,  se  acantonó  en  la  Puebla  de  Arganzón  y  las  Conchas;  y, 
por  último,  había  tres  batallones  de  la  Brigada  Arnaiz  agregados  al 
Cuartel  General,  y  otros  tres  batallones  hallábanse  destinados  á  pro- 
teger convoyes  y  guarnecer  puntos  importantes,  reuniendo  el  General 
Quesada  para  levantar  el  bloqueo  de  Vitoria  un  total  de  veinte  y  siete 
batallones,  diez  piezas  de  Artillería  de  Batalla,  veinte  de  Montaña, 
siete  escuadrones  y  algunas  compañías  de  Ingenieros  y  voluntarios. 

La  línea  defendida  por  los  carlistas  en  la  batalla  de  Zumelzu  apo- 
yaba su  izquierda  en  el  Condado  de  Treviño,  descendiendo  por  los 
montes  de  Vitoria  á  Zumelzu  y  Nanclares,  que  era  su  centro^  y  se  ex- 
tendía por  su  derecha  hasta  Subijana,  cubriendo  estas  posiciones  los 
•batallones  de  la  División  de  Álava,  el  o.",  el  o. "  y  el  6."  de  Navarra, 
el  1."  de  Guipúzcoa,  el  de  Aragón^  los  cinco  primeros  batallones  de 
Castilla,  la  Compañía  de  Guías  de  Álava,  las  baterías  de  Montaña  de 
Reyero  é  Ibarra,  la  sección  de  cañones  Plasencia,  de  Saavedra,  el  Re- 
gimiento de  Caballería  de  Castilla,  un  Escuadrón  del  de  Navarra  y 
otro  del  de  Borbón:  en  junto,  diez  y  seis  batallones,  quince  piezas  de 
Artillería  de  Montaña  y  seis  escuadrones,  figurando  al  frente  de  estas 
fuerzas  el  General  Pérula  y  los  brigadieres  Pérez  de  Guzmán,  Monto- 
ya  (D.  Simón),  Valluerca  y  Calderón. 

Vemos,  pues,  que  ambos  ejércitos  estaban  equilibrados  en  Caballe- 
ría^ siendo  muy  inferior  el  carlista  en  Infantería  y  Artillería.  Pero  la 
mayor  desventaja  de  las  tropas  carlistas  consistió,  á  nuestro  juicio,  en 
que  habiendo  sustituido  por  aquellos  días  el  General  Pérula  en  el  man- 
do en  Jefe  al  General  Mendiry,  ocurrió  que  si  éste  tenía  formado, 
(bueno  ó  malo),  algún  plan  de  campaña,  le  era  totalmente  desconoci- 
do á  su  sucesor  Pérula  quien  cuando  llegó  á  la  línea  de  Álava,  con  su 
Jefe  de  Estado  Mayor  el  entendido  Brigadier  Pérez  de  Guzmán,  se  en- 
contró con  que  ya  había  dejado  el  mando  y  retirádose  el  General  Men- 
diry, Además,  sabido  es  que  el  nuevo  Jefe  de  Estado  Mayor  General 
carlista  no  era  más  que  un  guerrillero  de  audacia  y  de  fortuna,  cuyo 
principal  mérito  estribaba  en  haber  ganado  sus  empleos  gracias  á  su 
proverbial  bravura;  pero  no  era,  al  fln  y  al  cabo,  un  militar  de  carre- 
ra, sino  un  jefe  improvisado,  falto  de  toda  la  instrucción  y  prolongada 


—  3o6  — 

práctica  del  arte  déla  guerra,  que  son,  hoy  más  que  nunca,  indispen- 
sables para  dirigir  con  éxito  las  tropas,  así  que  era  difícil  hiciera 
grandes  milagros  al  encontrarse  con  que  había  de  conducir  al  comba- 
te, sin  pérdida  de  tiempo  y  sin  espacio  para  madurar  un  plan  de  ope- 
raciones, á  unas  tropas  que  ocupaban  ya  determinadas  posiciones  ele- 
gidas según  el  criterio  y  los  planes  de  su  antecesor  el  General  Mendiry, 
quien  no  llegó  á  hacerle  entrega  directa  y  detallada  del  mando,  por- 
que ofendido,  sin  duda,  al  verse  reemplazado  en  su  elevado  puesto  por 
un  General  como  Férula^  con  quien  no  le  unían  lazos  de  simpatía  ni 
mucho  menos,  se  alejó  del  teatro  de  operaciones  poco  antes  de  la  ba- 
talla, librándose  ésta  enseguida,,  cuando  ni  el  General  Férula  ni  su 
Jefe  de  Estado  Mayor  el  Brigadier  Férez  de  Guzmán  habían  tenido 
aún  tiempo  de  preparar  convenientemente  todos  los  detalles  del  com- 
bate, pues  al  llegar  á  la  línea  de  Álava,  la  misma  víspera  de  la  jorna- 
da de  Zumelzu,  tuvieron  dichos  generales  hasta  que  informarse  por  sí 
mismos  de  la  situación  de  las  fuerzas,  recurriendo  para  ello  á  pregun- 
tarlo á  los  jefes  de  las  brigadas  y  batallones. 

Entre  tanto,  puso  el  General  Quesada  la  víspera  de  la  batalla  en 
autos  de  su  plan  á  los  generales  y  brigadieres  que  á  sus  inmediatas 
órdenes  habían  de  llevarlo  á  cabo.  Frevino  al  Brigadier  Pino  se  diri- 
giera desde  San  Formerio  sobre  Treviño,  á  cuyo  punto  habían  de  con- 
currir también,  por  diferentes  caminos,  los  batallones  de  los  generales 
Tello  y  Loma  con  el  fin  de  romper  la  línea  carlista  y  por  Doroño  caer 
sobre  Vitoria. 

Tanto  la  Brigada  Fino  como  la  División  que  tenía  á  sus  inmediatas 
órdenes  el  General  Loma,  emprendieron  sus  respectivos  movimientos, 
y  no  encontrando  á  su  frente  ni  á  sus  flancos  fuerza  bastante  que  los 
contuviera  (pues  la  que  pudo  oponérseles  en  la  carretera  de  Feñace- 
rrada  á  Vitoria  se  reducía  á  poco  más  de  un  Batallón  y  medio)  entra- 
ron en  Treviño,  mientras  los  carlistas  se  unían  al  centro  de  su  línea 
para  defenderse  mejor  de  la  División  del  General  Tello  que  desde  las 
Conchas  estaba  sosteniendo  rudo  combate  con  sus  enemigos.  Gracias  á 
esta  concentración  de  los  carlistas,  los  batallones  del  General  Tello 
hubieron  de  luchar  en  desventajosas  condiciones,  viéndose  obligado 
este  General  á  pedir  auxilio  á  las  fuerzas  del  General  Loma,  que  eran 
las  que  tenia  más  próximas.  El  General  Férula,  que  había  estado  en 
la  extrema  derecha,  y  el  Brigadier  Montoya  unieron  sus  batallones  en 
los  montes  de  Vitoria,  ocupando  Zumelzu  y  otras  posiciones  sobre  el 
Condado  de  Treviño,  quedando  el  Brigadier  Valluerca  y  Coronel  Cha- 
cón  á  la  derecha  del  Zadorra,  con  cinco  batallones,  tres  piezas  de 
JVIontaña  y  dos  escuadrones.  El  choque  entre  aquellas  fuerzas  carlistas 


—  337  — 

y  las  del  General  Tello  fué  á  la  desesperada  por  parte  de  todos,  vién- 
dose obligados  los  liberales  á  retroceder  ante  el  potente  ataque  de  los 
carlistas  que  cargaron  furiosamente  sobre  los  alfonsinos,  quienes  se 
batieron  también  con  el  mayor  denuedo.  El  General  Tello  entonces 
encomendó  la  salvación  de  sus  tropas  á  la  Caballería,  ordenando  al 
Coronel  del  Regimiento  del  Rey,  D.  Juan  Contreras,  que  cargase  con 
su  gente;  al  extraordinario  empuje  con  que  cargaron  los  valientes  lan- 
ceros liberales  debióse,  sin  duda  alguna,  que  se  restableciera  el  com- 
bate, que  por  aquel  lado  podía  considerarse  perdido  por  los  liberales, 
cuando  el  tercer  Batallón  carlista  de  Navarra  cedió  ante  el  arrojo  de 
la  Caballería  enemiga,  á  pesar  del  heroísmo  del  Teniente  Coronel  Or- 
landi  (primer  jefe  del  citado  Batallón  carlista),  quien  aún  después  de 
recibir  tres  heridas  seguía  sin  rendirse  y  que  debió  su  salvación  á  la 
hidalguía  del  mismo  Coronel  liberal  Contreras,  quien  uniendo  á  su 
bravura  la  generosidad  más  digna  de  aplauso,  libró  al  citado  jefe  car- 
lista de  una  muerte  segura,  pues  ya  iban  á  rematarle  unos  soldados 
cuando  el  digno  Coronel  de  los  lanceros  alfonsinos  le  puso  en  salvo. 

Hoy  el  General  Contreras,  postrado  por  cruel  enfermedad,  está 
convertido  en  un  inválido  y  ve  aumentados  sus  dolores  con  el  de  no 
poder  pelear  por  el  honor  de  España  en  Cuba  ó  Filipinas:  reciba  el 
pobre  veterano  el  testimonio  de  la  consideración  y  gratitud  que  mere- 
ce lo  bien  que  supo  hermanar  los  duros  deberes  de  soldado  y  los  nobles 
impulsos  de  su  caballerosidad,  solamente  comparable  á  la  expresión 
de  profunda  gratitud  y  entusiasta  afecto  con  que  el  valiente  Orlandi 
nos  contó  el  noble  rasgo  de  Contreras,  cuando  curado  de  sus  heridas 
volvió  á  pelear  á  nuestro  lado  hasta  el  final  de  la  campaña. 

Rehechos  al  poco  tiempo  los  carlistas,  á  quienes  tampoco  es  posible 
negar  bravura  y  tenacidad,  volvieron  á  cargar  una  y  otra  vez  sobre 
los  liberales;  pero  todo  fué  ya  inútil  porque,  avisado  oportunamente, 
el  General  Loma  llegó  con  sus  fuerzas  de  refresco,  que  unidas  á  las 
del  General  Tello,  decidieron  el  éxito  de  la  batalla,  pronunciándose  al 
fin  los  carlistas  en  una  retirada  que  no  fué  lo  ordenada  que  pudo  y 
debió  ser,  toda  vez  que  si  en  el  centro  y  en  la  izquierda  habían  sido 
batidos  por  los  liberales  todavía  quedaban  por  la  derecha  algunos  ba- 
tallones carlistas  que  no  habían  entrado  en  fuego  á  causa  de  la  consi- 
derable extensión  de  la  línea  de  batalla. 

Rota,  pues,  la  línea  carlista,  el  Ejército  liberal  entró  en  Vitoria, 
consiguiendo  así  su  General  en  Jefe  Quesada  su  objetivo  principal, 
aunque  sufriendo  la  pérdida  de  'un  jefe^  dos  oficiales  y  treinta  y  seis 
soldados  muertos,  y  treinta  oficiales  y  doscientos  noventa  y  cuatro 
soldados  heridos. 

22 


—  338  — 

He  aquí  algunos  detalles  tomados  del  parte  oficial  del  Jefe  de  Es- 
tado Mayor  General  carlista,  cuyo  parte  no  copiamos  literalmente  por 
ser  demasiado  extenso,  y  por  convenir  en  el  fondo  con  cuanto  hemo» 
manifestado  hasta  aquí  de  acuerdo  con  los  autores  liberales  que  siem- 
pre consultamos. 

Comprendiendo  el  citado  General  carlista  al  llegar  á  la  línea  de 
Álava  que  el  propósito  del  General  Quesada,  ea  combinación  con  el  Ge- 
neral Loma^  era  el  de  pasar  á  Vitoria,  y  viendo  que  el  primero  había 
ocupado  la  Puebla  de  Arganzón  y  Tuyo,  y  el  segundo  Manzanos,  ex- 
tendiéndose hasta  Treviño,  ambos  con  gran  número  de  fuerzas,  dis- 
puso Férula  que  el  día  7  marchasen  los  batallones  3."  y  6.°  de  Nava- 
rra, 1.°,  2.'^  y  4.*^  de  Castilla,  la  Batería  de  Montaña  de  Reyero,  la 
Sección  de  cañones  Plasencia,  de  Saavedra,  y  tres  escuadrones  del 
Regimiento  de  Castilla  en  apoyo  de  las  fuerzas  que  había  ya  en  el  Con- 
dado de  Tre^-iño,  que  eran  los  batallones  de  Clavijo  y  de  Aragón,  el  5.*^ 
de  Navarra,  el  3.^  de  Castilla  y  el  4.°  de  Álava,  una  Sección  de  la  Ba- 
tería de  Montaña  de  Ibarra  y  un  Escuadrón  del  Regimiento  del  Rey. 

Trasladóse  el  General  Férula  con  su  Jefe  de  Estado  Mayor,  el  Bri- 
gadier Férez  de  Guzmán,  en  la  madrugada  del  día  7  cá  Villodas,  reco- 
rrió las  posiciones  de  la  derecha  del  Zadorra,  defendidas  por  los  bata- 
llones 1  °,  2."^,  3.°,  5.*^  y  6.^  de  Álava,  el  1.''  de  Guipúzcoa,  la  Compañía 
de  Guías  de  Álava,  una  Sección  de  la  Batería  de  Montaña  de  Ibarra, 
un  Escuadrón  del  Regimiento  de  Castilla  y  otro  del  de  Borbón,  y  or- 
denó á  dichas  tropas  que  se  concentrasen  en  Vi! larrea  1  y  Arlaban,  en 
el  caso  de  que  los  liberales  entrasen  al  fin  en  Vitoria. 

Entretanto  el  Ejército  alfonsino  había  avanzado  á  las  siete  de  la 
mañana  desde  la  Fuebla  de  Arganzón  y  su  fuerte,  para  ganar  el  pue- 
blo y  el  puerto  de  Zume)zu,  á  donde  acudieron  en  seguida  Férula  y 
Guzmán,  viendo  á  su  llegada  allá,  que  dos  compañías  de  aragoneses 
se  retiraban  abrumadas  por  el  considerable  número  de  batallones  del 
General  Tello.  Entonces  ordenó  Férula  á  los  batallones  3."^  y  6."  de 
Navarra  que  se  lanzasen  á  la  bayoneta,  como  lo  hicieron  cargando  á 
fondo  con  sus  bravos  jefes  Orlandi  y  Junquera  á  la  cabeza,  logrando  así 
hacer  retirar  á  los  liberales  hasta  cerca  de  la  Fuebla  de  Arganzón,  se- 
cundados bizarramente  los  navarros  por  los  aragoneses,  cuyo  Tenien- 
te Coronel  D.  Cristóbal  de  Vicente  encontró  en  aquel  rudo  choque  una 
muerte  gloriosa.  Rehaciéronse,  sin  embargo,  los  liberales  y  volvieron 
á  avanzar,  pero  habiendo  sido  reforzados  de  nuevo  los  carlistas  con 
los  batallones  4."  de  Castilla  y  3."  de  Álava,  ordenó  el  General  Férula 
una  carga  general  que  no  pudieron  resistir  los  liberales,  quienes  deja- 
ron en  poder  de  los  carlistas  diez  y  ocho  prisioneros  y  dos  caballos- 


—  339  — 

Entonces  fué  cuando  el  General  Tello  encomendó  la  salvación  de  sus 
batallones  á  la  caballería  del  Coronel  Contreras,  ante  la  cual  cedió  el 
Batallón  3°  de  Navarra,  y  aunque  los  carlistas,  rehechos  pronto,  vol- 
vieron á  cargar  bravamente  una  y  otra  vez^  fué  ya  inútil  su  empeño, 
porque  el  General  Loma  llegó  en  socorro  de  Tello,  y  con  sus  tropas  de 
refresco  logró  decidir  el  éxito  de  la  batalla  á  favor  de  sus  armas. 
Mientras  tanto  el  General  Quesada  en  unión  del  General  Loma  ha- 


D.  MARCELINO  MARTÍNEZ  DE  JUKQUERA 


bía  conseguido  arrollar  la  izquierda  carlista,  tenazmente  defendida 
por  tres  compañías  del  Batallón  de  Clavijo,  hacia  Ozana,  y  cuatro  del 
5.''  de  Navarra,  en  Busto  y  Cucho,  apoyadas  por  una  Sección  de  la  Ba- 
tería de  Montaña  de  Ibarra,  cuyas  escasas  fuerzas  no  tuvieron  al  fin 
más  remedio  que  replegarse  ante  las  numerosas  tropas  de  Infantería, 
Caballería  y  Artillería  con  que,  tanto  en  unos  como  en  otros  puntos  de 
los  ya  mencionados,  les  atacó  el  General  en  Jefe  liberal  Quesada^ 
quien  entró  en  Treviño  rebasando  el  flanco  izquierdo  de  los  carlistas, 
separando  las  fuerzas  de  éstos  en  dos  partes,  y  obligándoles,  en  fin,  á 


—  340  — 

replegarse  los  unos  al  amparo  de  los  montes  de  Vitoria  y  los  otros  ha- 
cia la  parte  de  Peñacerrada. 

A  la  una  de  la  tarde  recibieron  el  Coronel  Junquera  y  el  Teniente 
Coronel  Medina  la  orden  de  sostenerse  á  todo  trance  con  sus  respecti- 
vos batallones.  6.*^  de  Navarra  y  4  "^  de  Castilla,  hasta  que  escalonados 
los  demás  batallones  carlistas  se  fuesen  replegando  hacia  los  montes 
de  Vitoria.  Tan  admirablemente  cumplieron  el  Coronel  Junquera  y  el 
Teniente  Coronel  Medina  las  órdenes  recibidas,  y  con  tanta  enérgica 
resolución  cargaron  los  dos  batallones  de  su  digno  mando  sobre  los  li- 
berales, que  muy  lentamente  pudieron  recogerse  los  heridos  y  las  ar- 
mas abandonadas  por  los  alfonsinos  al  ceder  ante  la  acometida  de 
aquellos  dos  cuerpos  carlistas  encargados  de  proteger  la  retirada  de 
los  demils,  en  cuya  arriesgada  operación  viéronse  apoyados  Junquera 
y  Medina  por  el  Brigadier  Montoya,  hacia  el  puerto  alto  de  Vitoria,  y 
el  Brigadier  Calderón,  hacia  el  alto  del  Cuervo. 

El  Jefe  de  Estado  Mayor  General  carlista  Férula  en  su  parte  oficial 
se  expresa  así:  «Xo  puedo  menos  de  hacer  constar  lo  admirable  que 
»fué  ver  al  4.'^'  Batallón  de  Castilla,  con  su  Teniente  Coronel  D.  Rodri- 
»go  de  Medina,  y  el  Coronel  del  6."  de  Navarra,  Junquera,  al  frente 
»de  los  voluntarios,  marchar  al  enemigo  en  columna  de  combate,  arma 
»sobre  el  hombro,  y  al  llegar  á  la  línea  enemiga  cargar  á  la  bayoneta 
»con  la  mayor  energía  y  decisión  »  El  último  Batallón  carlista  que  se 
retiró  fué  el  citado  4.°  de  Castilla  (el  mismo  que  el  año  anterior  se  ha- 
bía cubierto  de  tanta  gloria  en  la  sangrienta  jornada  de  Galdames)  y 
fuerzas  castellanas  fueron  también  las  que  protegieron  á  la  Artillería 
carlista  en  su  marcha  con  dirección  á  Ulibarri  de  los  Olleros,  á  donde 
retiraron  los  cañones  por  orden  del  General  Férula,  cerrando  la  reta- 
guardia dos  compañías  del  Batallón  6."  de  Navarra  y  dos  escua- 
drones. 

En  cuanto  al  comportamiento  de  las  compañías  carlistas  que  cu- 
brían la  parte  de  Uzana,  Busto  y  Cucho,  al  principio  del  combate, 
nada  mejor  que  copiar  aquí  algo  de  lo  que  decía  sobre  el  particular  el 
Coronel  Ferrón  en  el  parte  oficial,  en  el  que  se  lee  lo  siguiente:  «Los 
«momentos  de  ansiedad  eran  terribles:  el  enemigo,  reforzado  á  cada 
«momento,  empezaba  á  subir  la  montaña,  y  yo  no  tenía  ni  un  soldado 
»de  reserva  de  que  disponer  para  auxiliar  aquellas  compañías  que  tan 
«bizarramente  se  batían,  ni  podía  cambiar  fuerza  alguna  de  las  posi- 
»ciones  que  ocupaban  sin  ser  inmediatamente  envuelto.  Pasó  una  hora 
»en  tan  angustiosa  situación,  y  al  llegar  el  enemigo  á  la  mitad  de  la 
«distancia  par;i,  tomar  los  parapetos  de  Ozana,  comprendí  que  no  podía 
«esperar  ni  un  minuto  más  sin  ser  completamente  envuelto  y  perder  las 


—  341  — 

«piezas,  y  di  orden  al  Teniente  Coronel  del  Batallón  de  Clavijo,  don 
»José  Rovira  Ladrón  de  Guevara,  que  mandaba  las  compañías  de 
»Ozana,  que  resistiera  hasta  morir  para  salvar  el  resto  de  la  fuerza;  al 
«Coronel  Marqués  de  las  Hormazas,  que  de  las  cuatro  compañías  de  su 
«Batallón  5."  de  Navarra,  que  había  en  Araico,  una  quedase  en  la  al- 
»tura  que  hay  á  la  izquierda  de  Treviño  para  contener  á  la  Caballería, 
«mientras  se  salvaban  las  piezas,  y  las  otras  tres  se  diiigiesen  de  mon- 
«taña  en  montaña  á  la  parte  de  Moraza,  y  las  cuatro  de  Busto  y  Cucho 
«tomaran  hacia]  la  parte  de  los  puertos;  al  Comandante  segundo  jefe 
vdel  Batallón  de  Clavijo  que  defendiese  la  sierra  de  Tovera,  y  yo  hice 
»á  las  piezas  que  me  procedieran  y  bajé  ix  Treviño,  y  seguí  con  ellas 
«hasta  dejarlas  á  salvo  en  las  ventas  de  Armentia.  Rovira  y  sus  tres 
«compañías  de  castellanos  cumplieron  como  buenos  soldados  la  orden 
«dada,  pues  estaban  ya  á  mucha  distancia  y  aún  se  batían  y  contenían 
«al  enemigo.  No  sabría  cómo  expresar  el  bravo  comportamiento  de  este 
«jefe  y  su  gente  que  ha  resistido  por  más  de  dos  horas  todo  el  empuje 
«del  enemigo,  ayudado  solamente  por  dos  compañías  del  Batallón 
«5.°  de  Navarra,  colocadas  á  su  derecha,  y  defendidos  los  parapetos 
«hasta  cuerpo  á  cuerpo,  perdiendo  un  tercio  de  su  gente  y  abriéndose 
«paso,  por  último,  al  arma  blanca.» 

En  las  repetidas  cargas  de  Zumelzu  hubo  hechos  heroicos  y  tuvie- 
ron los  carlistas  pérdidas  sensibles,  entre  ellas  la  del  Teniente  Coronel 
Vicente,  que,  como  ya  dijimos,  murió  al  principio  de  la  batalla;  el  Te- 
niente Coronel  Orlandi,  de  quien  ya  sabemos  que  resultó  herido  y  pri- 
sionero; el  Comandante  Resa  (del  3.°  de  Navarra)  y  el  Oficial  San 
Julián,  Ayudante  de  Campo  del  General  Férula,  que  fueron  heridos, 
contándose  entre  todas  las  bajas  carlistas  un  jefe,  nueve  oficiales  y 
cincuenta  y  dos  voluntarios  muertos,  y  tres  jefes,  diez  y  ocho  oficiales 
y  doscientos  cuarenta  y  cinco  individuos  de  tropa  entre  heridos  y  con- 
tusos. 

Por  los  relevantes  méritos  contraídos  en  esta  batalla  ciñó  muy  jus- 
tamente la  faja  de  Brigadier  el  bravo  Coronel  carlista  D.  Marcelino 
Martínez  Junquera,  y  fué  ascendido  á  Coronel  el  no  menos  bizarra 
jefe  del  4.^  Batallón  de  Castilla,  D.  Rodrigo  de  Medina. 


Tal  fué  el  célebre  combate  de  Zumelzu,  ganado  por  el  General 
Quesada,  y  desde  cuya  batalla  no  volvieron  los  carlistas  á  verse  victo- 
riosos en  acciones  de  tanta  importancia,  por  la  parte  de  Álava  y  Na- 
varra, hasta  que  tuvo  lugar  en  Octubre  la  memorable  jornada  de 
Lumbier. 


—  342  — 

Indicado  habernos  que  el  cambio  de  generales  carlistas  fué,  en 
nuestro  sentir,  una  de  las  causas  que  más  influyeron  para  que  obtu- 
viesen la  victoria  los  liberales,  pues  á  causa  de  antiguas  rencillas 
entre  los  generales  Mendiry  y  Férula,  no  llegaron  éstos  á  avistarse, 
resultando  de  ello  que  el  segundo  no  pudiera  ponerse  bien  al  corriente 
ni  siquiera  de  la  situación  de  las  fuerzas  que  había  de  mandar^  toda 
vez  que  no  mediaron  más  que  veinticuatro  horas  escasas  desde  que 
el  General  Férula  se  puso  al  frente  de  sus  tropas  hasta  que  se  vio  ya 
atacado  por  el  General  en  Jefe  liberal  Quesada.  La  mitad  de  la  res- 
ponsabilidad del  desastre  cae,  por  tanto,  á  nuestro  entender,  sobre  su 
antecesor  el  General  Mendiry,  pues  los  bravos  voluntarios  carlistas  no 
pudieron  portarse  con  mayor  denuedo  y  bizarría,  ni  tampoco  sus  jefes, 
de  los  cuales  distinguiéronse  muy  especialmente  (además  de  los  que 
ya  hemos  citado  al  describir  distintos  episodios  de  la  jornada),  el  Bri- 
gadier, Jefe  de  Estado  Maj'or,  Férez  de  Guzmán^,  el  Coronel  Castell  y 
el  Teniente  Coronel  Sacanell,  quienes  auxiliaron  y  secundaron  admi- 
rablemente en  el  mando  al  General  Férula,  En  cuanto  á  éste, — dice 
el  escritor  liberal  D.  Antonio  Firala,  en  su  Historia  Contemporánea, 
que  obró  activo )  pero  que  los  sucesos  se  precipitaron-» ^  nosotros,  por 
nuestra  parte,  creemos  de  justicia  añadir  que  harto  hizo  el  General 
carlista  Férula  con  evitar  que  la  derrota  fuese  mayor,  gracias  á  sus 
arranques  y  á  su  no  desmentida  valentía,  bien  acreditada  siempre,  lo 
mismo  antes  que  después  de  su  vencimiento  en  la  sangrienta  jornada 
de  Zumel  zu. 


D.    JOSÉ   PERULA 


Capítulo  XXIX 

La  linea  carlista  de  Guipúzcoa. — Combates  de  Montevideo,  Urcabe  y 
Choritoquieta.  —  Toma  del  fuerte  de  Astigarraga  por  los  carlistas. 
— Acciones  de  Villarreal,  Viana  y  Bestia. — Apodéranse  los  libera- 
les del  fuerte  de  San  León. —Encuentros  de  Labastida  y  de  Berne- 
do. — Canjes  de  prisioneros. 


EL  abandono  de  la  línea  del  Oria  por  las  tropas  liberales,  debióse 
A  lo  costoso  que  les  era  su  sostenimiento  por  tener  que  amorti- 
zar, digámoslo  así,  muchos  batallones  para  custodiarla.  Los  carlistas 
habían  ido  entretanto  estrechando  el  cerco  de  San  Sebastián^  Hernani 
y  demás  puntos  ocupados  por  sus  enemigos,  á  los  que  cañoneaban 
constantemente.  Y,  sin  embargo,  los  periódicos  liberales  negaban  el 
crecimiento  que  había  tenido  nuestra  Artillería,  lo  cual  no  obstaba 
para  que  el  Comandante  General  de  Guipúzcoa  D.  Ramón  Blanco  dije- 
ra de  oficio  al  Gobierno  de  Madrid  lo  siguiente:  «El  ataque  y  la  con- 
»quista  de  San  Marcos  que  no  hubiera  sido  difícil  intentar  y  llevar  á 


—  344  — 

»cabo  por  sorpresa  cuando  ocupíibamos  la  línea  avanzada  del  Oria  y  se= 
»hallaba  el  grueso  del  enemigo  á  nuestro  frente,  cubriendo  sus  má& 
«importantes  carreteras,  lo  considero  hoy  de  bastante  gravedad,  pues- 
»el  enemigo  ha  acumulado  para  la  defensa  de  aquella  posición,  ya 
«formidable  de  suyo,  grandes  fuerzas  y  todos  sus  recursos  defensivos, 
¡restableciendo  una  serie  de  reductos  y  atrincheramientos  que,  liganda 
»la  defensa  de  unos  montes  con  otros  y  flanqueando  mutuamente  sus- 
»obras,  hacen  difícil  su  conquista,  tanto  más  cuanto  que  hoy  posee 
»tamb¡én  en  esta  provincia  una  Artillería  numerosa  y  de  alcance  supe- 
»rior  á  la  nuestra.» 

Tenía  razón  el  General  Blanco:  los  ingenieros  y  artilleros  carlistas 
habían  convertido  sus  posiciones  avanzadas  en  una  fortisima  línea 
atrincherada  y  artillada  en  términos  tales  que  no  solamente  podían 
defenderla  con  pocas  fuerzas,  sino  que  también  podían  ofender  á  San, 
Sebastíiln,  Hernani,  Pasages  y  demás  puntos  guarnecidos  por  los  al- 
fonsinos.  La  conducción  de  cualquier  convoy  á  Hernani  era  siempre 
objeto  de  acciones  más  ó  menos  reñidas  contra  los  carlistas,  y  los  ca- 
ñoneos de  éstos  sobre  Pasages,  principal  puerto  de  refugio  en  la  costa, 
de  Guipúzcoa  y  Vizcaya,  hacía  peligrosa  la  permanencia  en  él  de  los 
barcos,  siempre  expuestos  á  verse  hostilizados  por  las  baterías  de  San 
Marcos.  Pero  éste  era  un  mal  con  el  cual  tenían  que  conformarse  los 
liberales,  puesto  que  la  situación  del  citado  monte  y  las  obras  de  forti- 
ficación que  en  él  habían  hecho  los  carlistas,  iniposibilitaban  de  todo 
punto  su  conquista,  á  menos  de  contarse  con  fuerza  superior  á  la  de 
los  nueve  batallones  de  que  podía  disponer  para  dicha  operación  el 
General  Blanco. 

Todo  el  mes  de  Julio  de  1875,  pues,  y  hasta  mediados  de  Agosto, 
continuaron  los  cañoneos  de  los  carlistas  sobre  Irún,  Hernani  y  San  Se- 
bastián, pues  el  Coronel  de  Artillería  carlista  D.  Luís  Pagés,  secunda- 
do admirablemente  por  el  Teniente  Coronel  D.  Mariano  Torres,  no 
pasaba  día  sin  idear  el  emplazamiento  de  nuevas  baterías  con  las  que 
batir  y  hacer  insostenible  la  situación  de  las  fuerzas  liberales,  en  con- 
testación á  los  incesantes  cañoneos  de  la  Escuadra  sobre  los  pueblos 
carlistas  de  la  costa  cantábrica,  tanto  en  la  provincia  de  Vizcaya  como 
en  la  de  Guipúzcoa,  de  cuyos  hechos  lamentables  nos  hemos  ocupado 
ya  en  otro  capítulo. 

El  día  20  de  Agosto  ocurrió  un  serio  encuentro  entre  las  fuerzas  li- 
berales y  carlistas  sin  más  objetivo,  por  parte  de  aquellas,  que  apode- 
rarse del  alto  de  Montevideo  que  impedía  de  todo  punto  la  fácil  comu- 
nicación entre  San  Sebastián  y  Hernani.  Coronaron  los  liberales  la 
altura  de  Montevideo;  pero  no  sin  costarles  su  posesión  numerosas  ba- 


—  345  — 

jas  á  causa  de  estar  dominada  dicha  altura  por  los  fuegos  de  las  trin  - 
cheras  y  baterías  carlistas  de  Santiagomendi,  que  sia  cesar  les  hosti- 
lizaban. 

Al  ser  sustituido,  á  fines  de  Agosto,  el  General  Blanco  por  el 
General  Trillo,  hizo  presente  este  último  al  Gobierno  las  deficiencias 
que  encontraba  en  la  línea  liberal  de  Guipúzcoa,  pues  si  bien  los  fuer- 
tes con  que  contaban  los  liberales  estaban  en  perfecto  estado  de  servi- 
cio, no  estaban  tampoco  mal  los  de  los  carlistas,  y  la  vida  en  Hernani 
era  imposible  teniendo  á  su  frente  la  magnífica  posición  de  Santiago - 
mendi  que  dominaba  por  completo  la  citada  villa,  así  como  Gárate  y 
Zarauz  il  Guetaria,  San  Marcos  á  Pasages  y  Rentería,  y  Urcabe  á  Oyar- 
zun  y  la  zona  de  sus  alrededores.  No  siéndole  posible  al  General  Trillo 
dominar  las  posiciones  carlistas  de  Santiagomendi,  ideó  apoderarse 
de  las  de  Urcabe  las  cuales  dificultaban  el  paso  por  la  carretera  de 
Hernani  á  Oyarzun,  Irún  y  Francia.  El  pkan  del  General  Trillo  era 
amagar  un  extremo  de  la  línea  carlista  para  debilitarla  y,  cuando  se 
desmembrasen  las  fuerzas  que  defendían  Urcabe,  echarse  sobre  dicho 
punto  y  tomarlo.  El  día  13  de  Septiembre  se  preparó,  pues,  el  ataque 
á  Urcabe  desembarcando  algunas  compañías  en  Guetaria,  lo  cual  oca- 
sionó la  natural  alarma  de  los  carlistas  quienes,  en  su  consecuencia, 
destacaron  dos  batallones  de  la  línea  principal  para  oponerse  al  des- 
embarco de  mayores  fuerzas  que  se  dijo  embarcarían  en  Pasages  con  el 
mismo  rumbo  el  día  14;  y  aun  se  desprendieron  de  más  fuerzas  los 
carlistas  al  tener  conocimiento  de  que  se  anunciaban  nuevos  desem- 
barcos. 

Debilitada  quedó  así  la  línea  de  los  carlistas,  gracias  al  bien  com- 
binado plan  del  General  liberal  cuya  derecha  tomó  posesión  de  las  altu- 
ras que  dominan  la  carretera  de  Andoain,  aunque  no  sin  verse  hostili- 
zada vivamente  por  las  fuerzas  carlistas  situadas  en  Urnieta:  mientras 
tanto,  la  extrema  izquierda  y  el  centro  liberales  se  apoderaban  por 
so'rpvesa  de  la  peña  de  Urcabe,  que  había  quedado  casi  desguarnecida 
por  haber  concentrado  los  carlistas  su  defensa  principal  en  Gárate, 
Santiagomendi  y  San  Marcos,  engañados  por  el  General  Trillo  que  les 
hizo  creer  que  su  objetivo  era  la  conquista  de  estas  dos  últimas  posi- 
ciones. 

Algo  compensó  á  los  carlistas  de  la  pérdida  de  esta  acción  el  haber 
lanzado  su  Batería  de  Santiagomendi  á  la  casa  de  Ayuntamiento  de 
Hernani  una  granada  con  tal  acierto  y  precisión  que  produjo  la  vola- 
dura del  Parque  de  municiones  allí  establecido,  causando  á  los  libera- 
les veinte  y  siete  muertos  y  diez  y  siete  heridos.  También  sirvió  á  los 
carlistas  de  compensación  de  la  pérdida  de  Urcabe^  el  apoderarse  del 


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faerte  de  Artigarraga  dejando  en  él  los  liberales  un  cañón,  unos  cin- 
cuenta mil  cartuchos  y  gran  núaiero  de  raciones;  por  cierto  que  no 
encontrando  el  Gobierno  de  Madrid  muy  correcta  la  conducta  de  los 
defensores  de  Artigarraga,  par-ece  ser  que  castigó  á  las  faerzas  libera- 
les que  guarnecían  el  faerte  enviándolas  á  Caba. 

Concluiremos  por  ahora  con  lo  que  á  Guipúzcoa  se  refiere,  relatan- 
do el  infructuoso  ataque  de  los  alfonsinos  á  Choritoquieta,  cuya  jorna- 
da fué  la  mayor  compensación  del  fracaso  de  Oyarzun.  El  parte  de 
dicha  acción  está  firmado  por  D.  Eusebio  Rodrígaez  Romano  que  había 
sustituido  á  D.  Domingo  Egaña  ea]la  Comandancia  General  de  Guipúz- 
coa poco  después  de  la  acción  de  Urcabe;  el  citado  Brigadier  carlista 
dice  así:  «Prevenido  por  la  orden  general  del  enemigo,  de  27  del  co- 
»rriente,  aguardaba  su  ataque.  El  27  recibí  aviso  de  que  los  liberales 
»se  dirigían  hacia  Lastaola  y  Arratsain,  por  lo  que  me  trasladé  á 
»Astigarraga.  En  el  primer  avance  el  enemigo  ocupó  Lastaola,  y  la 
«escasa  fuerza  carlista  que  allí  había  se  retiró  á  Endarlaza;  el  enemi- 
»go  sería  fuerte  de  3,000  hombres.  El  Coronel  del  8.°,  Vicuña,  recupe- 
»ró  estas  posiciones  al  anochecer  y  el  enemigo  se  retiró:  nosotros  tuvi- 
»mos  en  el  encuentro  tres  muertos  y  cuatro  heridos.  Creyendo  que  el 
»objetívo  del  enemigo  no  era  Vera  (como  había  dicho)  sino  Santiago- 
»mendi  y  San  Marcos,  seguí  en  Astigarraga  y  mis  fuerzas  en  sus  anti- 
»guas  posiciones.  A  las  tres  y  media  de  la  madrugada  del  28,  el 
«enemigo,  en  grandes  masas  se  dirigió  á  Choritoquieta  y  Ergobia,  y 
»poco  después  de  amanecer  se  dirigieron  otras  masas  á  San  Marcos, 
«generalizándose  el  fuego  por  toda  la  linea.  Las  posiciones  de  Gayo- 
»rregui  y  Munuandi  fueron  ocupadas  momentáneamente  por  el  ene- 
amigo  á  causa  de  ser  larga  la  línea  y  no  poder  concentrar  los  batallo- 
»nes  á  tiempo;  pero  dada  la  señal  de  acometer  á  seis  compañías, 
«rechazaron  á  bayonetazos  al  enemigo  de  Munuandi  llevándole  de 
«carrera  hasta  las  mismas  puertas  de  Oyarzun  y  barrios  de  Rentería 
«y  San  Sebastián.  Se  cree  que  el  enemigo  tuvo  500  bajas:  las  de  ios 
«carlistas  fueron  7  muertos  y  16  heridos.» 

El  General  liberal  Trillo  confiesa  sinceramente  en  su  parte  que  tuvo 
que  pasar  por  la  amargura  de  retirarse  al  frente  del  enemigo,  y  la 
Historia  Contemporánea  de  Pirala  añade  que  los  liberales  dejaron  ca- 
torce soldados  prisioneros  de  los  carlistas,  quienes  por  la  noche  del 
mismo  día  de  la  acción  de  Choritoquieta  cañoneart>n  á  San  Sebastián 
por  disposición  del  Brigadier  de  Artillería  Pagés. 

Desde  fines  de  Septiembre  de  1875  hasta  Febrero  de  1876  conti- 
nuaron incesantemente  los  cañoneos  de  los  carlistas  sobre  toda  la  lí- 
nea liberal,  y  particularmente  sobre  San  Sebastián,  desde  que  el  Bri- 


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gadier  de  Artillería  Brea  (nombrado  Comandante  de  la  División  de 
Artillería  de  Guipúzcoa  y  Vizcaya  en  Noviembre)  construyó  la  Bate- 
ría acasamatada  de  Venta-Ziquín,  artillándola  con  dos  cañones  largos 
de  á  siete  y  medio  centímetros,  sistema  Witlnvort;  Batería  que  tan  bri- 
llante papel  jugó  más  tarde  en  la  victoria  de  Mendizorrotz,  y  cuyo 
mando  confió  Brea  al  bizarro  y  entendido  Teniente  Coronel  Torres,  re- 
sultando su  situación  desenfilada  del  fuego  de  once  fuertes  liberales, 
tan  escelente  que  no  llegó  á  sufrir  ni  una  sola  baja  en  su  dotación  de 
oficiales  y  artilleros,  y  ni  aún  sufrieron  daño  los  materiales  de  su 
construcción. 

Pasemos  á  recordar  ahora  las  operaciones  que  tuvieron  lugar  en 
Álava  y  la  Rioja  después  de  la  batalla  de  Zumelzu. 

Firme  el  General  en  Jefe  liberal  Quezada  en  sus  proyectos  dehacer 
de  Vitoria  su  base  de  operaciones,  y  creyendo  que  el  P^jército  carlista 
se  hallaría  quebrantado  por  la  pérdida  de  la  batalla  descrita  ya  en  el 
capítulo  anterior,  en  lo  cual  se  equivocaba  grandemente  (como  se 
equivocaron  también  sus  antecesores  al  creer  lo  mismo  después  de  los 
sitios  de  Bilbao  é  Irún),  puso  en  práctica  nuevos  proyectos  para  atraer 
á  la  provincia  de  Álava  las  fuerzas  carlistas. 

El  día  10  de  Julio  se  dirigió  á  Salvatierra,  el  16  á  Peñacerrada  y  el 
27  y  30  á  Villarreal  y  á  Viana;  los  dos  primeros  encuentros  revistieron 
poca  importancia,  porque  los  carlistas  no  creyeron  deber  combatir  con 
sus  enemigos,  máxime  cuando  éstos  les  eran  niuy  superiores  en  nú- 
mero y  se  limitaron  á  quemar  las  mieses,  sacar  contribuciones  en  Sal- 
vatierra y  retirarse  de  Peñacerrada  al  saber  que  una  columna  carlista 
había  salido  á  protejer  el  fuerte  de  San  León;  pero  las  acciones  de  Via- 
na y  Villareal  fueron  más  notables  por  las  numerosas  fuerza  que  to- 
maron parte  en  ellas. 

La  primera  fué  una  provocación  del  General  carlista  Pérula^  lla- 
mando la  atención  del  General  Quesada  para  hacerle  salir  de  Álava, 
en  donde  no  convenía  operar  á  los  carlistas  por  prestarse  la  llanada 
de  Vitoria  á  la  acción  de  la  Caballería,  arma  de  que  tan  escaso  hallá- 
base el  Ejército  de  Don  Carlos.  Dió_,  por  tanto  Pérula,  orden  á  la  Bri- 
gada de  Montoya  para  que  cañonease  á  Logroño,  llegando  el  26  sus 
avanzadas  hasta  el  mismo  puente  sobre  el  Ebro,  y  siendo  cañoneado 
Logroño  por  la  Artillería  carlista  que  al  mando  del  Coronel  Fernández 
Prada  y  del  Teniente  Coronel  Fernández  Negrete  se  componía  de  la 
Batería  de  Montaña  de  Llore ns  y  la  Sección  de  cañones  Plasencia,  de 
Saavedra,  cuyos  faegos  fueron  débilmente  contestados  por  las  baterías 
liberales^  regresando  los  carlistas  á  pernoctar  en  Viana.  El  día  28 
llegó  á  repetirse  la  provocación,  y  llegado  ésto  á  noticia  del  Brigadier 


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jefe  de  la  columna  liberal  de  la  Ribera,  D,  Juan  de  Dios  Córdova, 
acudió  á  Logroño,  siguió  á  Viana,  y  cargando  con  faerzas  superiores 
sobre  los  carlistas  consiguió  hacerles  más  de  cien  prisioneros  en  una 
carga  de  Caballería.  Al  saberlo  el  Jefe  de  Estado  Mayor  General  car- 
lista Férula,  acudió  á  Agiiilar  con  el  Brigadier  Pérez  de  Guzman  y  al- 
gunos refaerzos;  pero  se  vio  precisado  á  retirarlos  para  acudir  á  la. 
llanada  de  Álava  en  la  que  el  General  en  Jefe  liberal  atacaba  briosa- 
mente á  Villarreal,  al  frente  de  las  brigadas  Arnaiz,  González  Goye- 
neche  y  Prendergast,  formando  un  total  de  quince  batallones,  nueve 
escuadrones  y  cuatro  baterías  montadas. 

También  por  aquella  parte  hallábanse  los  carlistas  muy  inferiores 
en  número  á  los  liberales,  como  en  Viana,  pues  no  se  encontraban  en 
los  alrededores  de  Villarreal  más  que  S.  A.  R.  el  Conde  de  Caserta 
(quien  se  había  encargado  de  la  Comandancia  General  carlista  de 
Álava  á  raíz  de  la  derrota  de  Zamelzu)  con  dos  batallones  y  la  Bate- 
ría Montada  del  Teniente  Coronel  Velez,  y  aunque  acudió  el  Briga- 
dier Calderón  en  apoyo  de  S.  A.  con  otros  dos  batallones,  no  pudo 
este  refuerzo  llegar  á  tiempo  de  evitar  la  entrada  de  los  liberales  en 
Villarreal.  Pero  entonces  ocuparon  los  carlistas  las  posiciones  que  do- 
minan la  población,  haciéndose  fuertes  en  ellas,  y  ante  esta  actitud 
evacuaron  á  su  vez  el  pueblo  los  liberales,  aunque  no  sin  antes  incen- 
diar algunas  casas. 

Don  Carlos  de  Borbón,  que  después  de  las  juras  de  Guernica  y  Vi- 
llafranca  había  ya  recorrido  con  el  Conde  de  Caserta  los  acantona- 
mientos de  sus  tropas  de  Álava,  volvió  á  dicha  provincia  al  saber  el 
empeño  de  Villarreal,  revistó  con  S.  A.  el  Conde  de  Caserta  y  con  los 
generales  Tristany,  Diez  de  Mogrovejo  y  Pérula,  y  los  brigadieres 
Iparraguirre  y  Pérez  de  Guzmán,  la  línea  de  Arlaban,  examinó  el  te- 
rreno en  que  tuvo  lugar  el  combate  de  Villarreal,  visitó  los  heridos  y 
las  ruinas  de  las  casas  incendiadas  por  los  soldados  liberales,  y  prodi- 
gando consuelos  y  alentando  esperanzas  pasó  á  Estella,  en  donde  le 
pidieron  armas  muchos  de  los  carlistas  pacíficos  hasta  entonces  y  á 
quienes  había  sacado  de  sus  hogares  y  desterrado  á  nuestro  campo  el 
Gobierno  de  Madrid. 

Continuando  liberales  y  carlistas  firmes  en  su  propósito  de  dominar 
completamente  los  primeros  la  provincia  de  Álava,  y  de  perfeccionar 
los  segundos  sus  defensas  para  hallarse  si'smpre  en  disposición  de  opo- 
nerse ventajosamente  á  los  intentos  de  los  liberales,  ocurrió  el  día  14 
de  Agosto  un  reñido  encuentro  motivado  por  las  fortificaciones  de 
Restia,  en  la  línea  de  Arlaban.  Las  posiciones  carlistas  se  hallaban 
defendidas  por  cuatro  batallones  alaveses,  dos  de  Castilla,   dos  escua- 


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drones,  seis  piezas  Vavasseur  y  otras  seis  Withwort,  á  las  órdenes,  to- 
das estas  fuerzas,  de  S.  A.  el  Conde  deCaserta,  como  Comandante  Ge- 
neral, y  de  Fontecha  é  Iturralde,  como  comandantes  de  Brigada.  Las 
tropas  liberales  se  componían  de  la  División  del  Mariscal  de  Campo 
Maldonado,  con  los  brigadieres  Arnaiz,  Alarcon  y  González  Goyeneche, 
al  frente  de  trece  batallones,  cuatro  escuadrones,  dos  baterías  de  Mon- 
taña y  otra  Montada.  A  pesar  déla  notable  desproporción  entre  las  fuer- 
zas de  Caserta  y  de  Maldonado,  los  alfonsinos  no  pudieron  hacerse  due- 
ños más  que  de  la  primera  línea  de  trincheras  y  de  parte  de  un  reducto 
en  construcción.  La  Artillería  carlista,  al  mando  de  los  tenientes  corone- 
les Velez  y  D.  Luis  Ibarra,  contribuyó  eficazmente,  con  sus  bien  diri- 
gidos fuegos  de  flanco  y  de  frente^  á  que  retrocedieran  al  fin  los  ene- 
migos, perseguidos  hasta  las  mismas  puertas  de  Vitoria  por  tres  bata- 
llones carlistas,  y  sufriendo  la  pérdida  de  siete  muertos  y  cuarenta  y 
un  heridos,  según  confesión  de  los  propios  alfonsinos. 

Muchos  otros  combates  se  libraron  durante  el  verano  de  1875  en 
Álava  y  en  la  Ribera  del  Ebro;  pero  no  tuvieron  más  importancia  que 
la  que  les  dieron  los  perjuicios  ocasionados  por  los  liberales  en  los 
pueblos,  recogiendo  y  destruyendo  cosechas,  incendiando  mieses  y 
hasta  casas  en  algunos  puntos:  actos  criticados  por  los  mismos  escrito- 
res liberales,  sí  bien  hay  que  reconocer  que  se  llevaron  á  cabo  contra 
el  parecer  y  sentimientos  de  los  mismos  jefes  alfonsinos^  á  propósito 
de  lo  cual  dice  D.  Antonio  Pirala  en  su  Historia  Contemporánea 
(tomo  6."  página  3H0),  lo  siguiente:  «Qaesada  había  obrado  cumplien- 
»do  terminantes  y  reiteradas  órdenes  del  Gobierno,  y  tanto  le  contra- 
»riaban,  que  expuso  reparos  no  atendidos-,  y  en  cuanto  supo  la  varia- 
»ción  que  aquel  experimentó  en  Septiembre,  pidió  órdenes  en  contra- 
»rio.  y  manifestó  la  forma  en  que  se  hacía  el  bloqueo,  la  inutilidad  de 
»los  destierros,  que  la  destrucción  y  quema  de  las  cosechas,  después  de 
«escandalizar  al  país  y  á  la  Europa,  daba  escasos  resultados  positivos, 
»y  no  eran  el  medio  más  adecuado  para  afirmar  una  monarquía  legí- 
»tima  y  constitucional  adoptar  procedimientos  propios  de  los  partidos 
»más  avanzados.  Tratando  de  la  destrucción  é  incendio,  como  General 
»en  Jefe,  consignaba  la  imposibilidad  de  contener  al  soldado,  que  Ue- 
»vaba  la  tea  incendiaria,  dentro  de  los  límites  de  la  disciplina,  con- 
»virtiéndole  en  destructor  de  los  pueblos  y  del  país,  del  que  debía  ser 
»siempre  protector  y  opoyo.» 

Dejaremos  de  ocuparnos  por  ahora  de  las  operaciones  de  Álava 
dando  cuenta  de  las  últimas  acciones  que  en  dicha  provincia  se  libra- 
ron antes  de  la  formación  de  los  dos  grandes  ejércitos  liberales  del 
Norte. 


—  350  — 

El  30  de  Octubre  se  apoderaron  los  alfonsinos  del  fuerte  de  San  León^ 
defendido  por  D.  Julián  Ruiz  Escalera  con  cinco  oficiales  y  sesenta  vo- 
luntarios, empleando  para  ello  los  liberales  el  mayor  sigilo  con  objeta 
de  sorprender  á  la  guarnición  carlista  y  á  las  pocas  fuerzas  que  pudie- 
ran acudir  en  su  auxilio,  y  desplegando  en  ésta  y  otras  pequeñas  ope- 
raciones sobre  la  sierra  de  Toloño,  dos  divisiones  y  numerosa  Artillería. 
Por  esta  época  distinguióse  en  las  acciones  de  Álava  por  su  inteligen- 
cia, actividad  y  bizarría  el  entonces  Coronel  D.  Camilo  Polavieja,  quien 
faé  el  que  atacó  las  posiciones  carlistas  de  Echagüen  en  la  acción  de 
Villarreal,  el  que  se  apoderó  por  sorpresa  del  fuerte  que  construían  lo& 
carlistas  sobre  Payueta,  haciéndoles  catorce  prisioneros,  y  el  que  más 
tarde  ocupó  con  gran  fortuna  el  alto  de  San  Antonio  de  Urquiola,  ga- 
nando la  faja  de  l'rigadier  en  las  últimas  operaciones  de  la  guerra:  Ge- 
neral, en  fin,  que  por  su  tacto  en  Cuba  por  sus  piadosos  sentimientos  y 
excelentes  condiciones  personales  así  como  por  la  gloria  que  ha  con- 
quistado últimamente  en  Filipinas  en  unión  de  nuestro  antiguo  com- 
pañero el  bravo,  entendido  y  caballeroso  General  Lachambre^  ha  me- 
recido los  aplausos  y  entusiastas  simpatías  de  todos  los  españoles. 

También  ocurrieron  por  aquellos  días  dos  encuentros  de  importan- 
cia en  Álava,  el  de  Labastida  y  el  de  Bernedo. 

Deseando  los  liberales  imponer  contribuciones  y  recoger  cosechas 
en  Labastida,  enviaron  allá  mil  trescientos  hombres,  dos  piezas  de  Ar- 
tillería y  dos  escuadrones  cubriendo  desde  la  Nava  hasta  la  altura  de 
San  Miguel:  Labastida  no  estaba  defendida  más  que  por  tres  compañías 
de  alaveses  y  otras  dos  de  asturianos  que  acudieron  al  fuego;  habiendo 
sido  rechazada  la  columna  liberal,  salieron  del  pueblo  y  de  los  atrin- 
cheramientos los  carlistas  causándola  catorce  bajas  y  persiguiéndola  á 
la  bayoneta  hasta  San  Vicente. 

En  la  acción  de  Bernedo  se  componían  las  fuerzas  liberales  de  las 
brigadas  ArnaiZ;,  Pino  y  Alarcón  á  las  órdenes  de  los  generales  Quesa- 
da  y  Maldonado;  los  carlistas  ocupaban  el  puente  de  Villar,  en  la  sie- 
rra de  Toloño,  y  disponían  de  tres  batallones  alaveses,  el  2.^  de  Nava- 
rra y  el  de  Aragón,  á  las  órdenes  del  GeneralPérula  y  de  los  Brigadieres 
Pérez  de  Guzman  y  Fontecha.  A  propósito  de  este  combate,  la  Narra- 
ción militar  de  ¡a  guerra  carlista,  escrita  por  el  Cuerpo  de  Estado  Ma- 
yor del  Ejército,  dice  en  la  página  278  del  tomo  séptimo  lo  siguiente: 
«El  enemigo  (los  carlistas)  sostuvo  desde  sus  posiciones  un  fuego  nutri- 
»do  y  vigoroso,  batiéndose  con  decisión.  Se  logró  tomar  el  pueblo,  sin 
»que  por  ésto  declinara  la  lucha  que  sostenían  las  fuerzas  contrarias- 
»con  gran  tesón,  pues  si  cedían  lentamente,  de  nuevo  avanzaban,  im- 
»pulsados  por  sus  jefes  y  oficiales.» 


—  352  — 

Las  pérdidas  de  los  liberales  fueron  un  oficial  y  nueve  soldados 
muertos  y  dos  oficiales  y  sesenta  soldados  heridos.  Las  bajas  de  los  car- 
listas consistieron  en  tres  oficiales  y  treinta  y  siete  voluntarios  entre 
muertos  y  heridos,  y  tres  oficiales  y  cuarenta  y  cuatro  voluntarios  pri- 
sioneros, por  libertar  á  los  cuales  sostuvieron  algunas  compañías  ala- 
vesas una  heroica  y  sangj'ienta  lucha  cuerpo  á  cuerpo  con  las  tropas 
alfonsinas. 

Poco  podemos  decir  de  la  cuestión  de  los  canjes  en  el  Norte,  pues 
no  llegaron  á  verificarse  allí  más  que  dos,  que  fuesen  autorizados  ofi- 
cialmente por  los  gobiernos  liberal  y  carlista.  Desde  1874  quisieron  ya 
las  tropas  de  uno  y  otro  campo  que  se  verificasen  periódicamente  can- 
jes, y  así  llegó  á  pactarse  en  Cataluña  entre  el  General  carlista  Savalls 
y  el  General  liberal  Martínez  Campos.  Acogida  con  entusiasmo  por  unos 
y  por  otros  tan  laudable  idea,  nombráronse  comisionados  para  enten- 
derse con  el  Gobierno  de  Don  Carlos  y  con  el  de  Madrid.  El  comisiona- 
do carlista  lo  fué  D.  Luis  de  Trelles^  ilustrado  abogado  y  escritor  que 
se  había  distinguido  ya  en  las  Cortes  de  185.3,  y  que  en  las  de  D.  Ama- 
deo de  Saboya  había  figurado  como  Dij^utado  de  ia  minoría  carlista  que 
tan  admirablemente  dirigía  en  el  Congreso  el  ilustre  político  D.  Cán- 
dido Nocedal.  Puestos  de  acuerdo  Trelles  y  D.  José  Goicoechea,  comi- 
sionado al  efecto  por  los  liberales,  redactáronse  por  ambos  las  bases 
que  habían  de  regir  para  el  caso^  las  cuales  no  copia?nos  por  ser  muy 
extensas,  pero  que,  en  resumen,  satisfacían  por  igual  á  los  dos  ejérci- 
tos combatientes,  no  olvidándose  el  carlista  de  los  cientos  de  prisione- 
ros que  se  hallaban  en  Cuba  y  que  procedían  de  la  jornada  de  Oroquieta 
siendo  aprobadas  las  bases  por  el  General  carlista  Mendiry  y  por  el  Ge- 
neral liberal  Azcárraga,  como  Subsecretario  del  Mini.sterio  de  la  guerra. 

A  punto  estuvieron  de  romperse  las  negociaciones  al  ocurrir  el  fa- 
silamiento  del  valiente  cuanto  desgraciado  Coronel  carlista  Lozano, 
realizado  precisamente  cuando  los  carlistas  acababan  de  dejar  marchar 
generosamente  á  sus  casas  al  Brigadier  liberal  D.  José  de  la  Iglesia  y 
á  otros  dos  jefes  más  de  los  muchos  que  por  aquella  época  estaban  en 
poder  de  los  carlistas,  pues  entre  los  prisioneros  liberales  en  quienes 
podían  haber  tomado  represalias  los  carlistas  figuraban  el  Mariscal  de 
Campo  Xouvilas,  el  Brigadier  Antón  Moya,  el  Brigadier  Gobernador 
de  Seo  de  Urgel  y  gran  número  de  jefes  y  oficiales,  además  de  algunos 
cientos  de  soldados.  Los  carlistas  propusieron  el  canje  del  Coronel  Lo- 
zano por  aquellos  jefes  de  cuya  vida  podían  disponer,  pero  los  libera- 
les no  accedieron  á  la  propuesta,  y  sin  embargo,  el  magnánimo  Don 
Carlos  de  Borbón,  lejos  de  recurrir  á  las  represalias,  procuró  humani- 


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zar  todo  lo  posible  la  guerra,  haciendo  que  siguieran  adelante  las  ne- 
gociaciones emprendidas,  y  que  de  tan  inmenso  consuelo  habían  de 
servir  á  tantos  desgraciados,  verificándose  canjes  parciales  en  Cata- 
luña, primeramente,  y  después  en  el  Centro;  pero  en  el  Norte  no  empe- 
zaron hasta  Junio  de  1875. 

He  aquí  cómo  describe  un  ilustrado  escritor  carlista  el  acto  del 
canje  celebrado  en  Viana,  en  el  sitio  denominado  la  Alberguería, 
ameno  prado  que  se  extiende  á  los  pies  de  aquella  histórica  ciudad 
navarra:  «Ya  desde  la  víspera  estaba  lleno  de  gente,  y  en  toda  la  ma- 
»ñana  del  día  16  de  Junio  no  cesaron  de  anuir  caballerías  y  carruajes 
»de  Logroño  y  de  Estella,  amén  de  las  muchas  personas  que  iban  á 
»pié  desde  los  pueblos  circunvecinos. — Se  calcula  en  diez  mil  el  núme- 
»ro  de  curiosos  que  presenciaron  el  canje  general  de  prisioneros  entre 
»los  dos  ejércitos  del  Norte.  Acudieron  de  cada  parte  el  comisionado 
»de  canjes  y  un  Coronel  con  un  Oficial  secretario,  cuatro  compañías, 
«música,  una  sección  de  Caballería  y  los  prisioneros. — De  nuestra  pár- 
ate, el  Sr.  D.  Luis  Trelles  de  Noguerol  y  el  Coronel  Martínez  Junque- 
»ra.  Jefe  del  6,°  Batallón  de  Navarra,  con  dos  compañías  de  éste  y 
»dos  del  I.*',  la  música  del  6."  y  una  sección  de  lanceros  del  tercer  Es- 
»cuadrón  del  Regimiento  del  Rey;  de  parte  de  los  alfonsinos,  el  señor 
»Goicoechea  y  el  Coronel  Comandante  de  Estado  Mayor  D.  Isidoro 
»Llull,  con  dos  compañías  de  la  reserva  n.°  16  y  dos  de  la  n."  22,  la 
»charancha  de  un  Batallón  de  Cazadores  y  una  Sección  de  Húsares  de 
»Pavía. — A  las  once  en  punto  entraron  en  el  prado  por  distintos  cami- 
»nos,  con  el  arma  terciada  y  batiendo  marcha,  las  fuerzas  de  ambos 
«ejércitos,  mandadas  por  los  dos  indicados  coroneles,  colocándose, 
«mediante  una  hábil  maniobra,  unas  frente  á  otras,  paralelamente,  y 
»áunos  doscientos  pasos  de  distancia. — Para  nuestro  ejército,  esta 
«maniobra  fué  más  complicada,  pues  que  para  apoyar  la  cabeza  en  la 
«derecha,  tenía  que  hacerlo  precisamente  en  el  sitio  por  donde  acaba- 
»ba  de  entrar;  dando  esto  ocasión  á  que  el  Jefe,  los  oficiales  y  los  vo- 
»luntarios  luciesen  admirablemente  su  pericia  é  instrucción,  que  de- 
«bieron  admirar  sus  enemigos. — Entre  ambas  líneas,  y  próximamente 
»á  igual  distancia,  había  una  mesa  cuadrilonga  cubierta  con  un  tape- 
ste encarnado,  con  sillas  alrededor  y  recado  de  escribir  encima. — Los 
»dos  coroneles,  con  sus  respectivos  oficiales  secretarios,  se  adelantaron 
«á  caballo,  y  después  de  mediar  los  saludos  de  rúbrica,  retrocedieron 
»unos  pasos  para  apearse,  y  se  acercaron  á  la  mesa. — Aquí  hubo  un 
«ligero  altercado  sobre  preferencia  de  asientos.— El  Coronel  liberal 
«quiso  colocarse  por  el  lado  de  su  línea,  en  el  centro  de  la  mesa,  po- 
«niendo  á  su  derecha  al  comisionado  de  canjes,   y  á  su  izquierda  al 

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>oficial  secretario,  alegando  que  él  por  su  gobierno  era  el  Jefe  del 

»canje,  sin  que  reconociese  allí  superior:  y  como  quiera  que  el  sitio 

»de  preferencia  por  el  lado  de  la  línea  carlista  lo  había  de  ocupar  el 

»Sr.  Trelles^  por  ser  nuestro  comisionado  general,  el  Coronel  Junque- 

»ra  se  negó  con  mucha  razón  á  colocarse  en  un  sitio  secundario,  si  no 

»hacía  lo  mismo  el   Coronel  alfonsino.  —Después  de  unos  momentos  de 

«disputa  comedida  y  casi  galante,  los  dos  coroneles,  que  sin  duda  re- 

»cordaron  para  sí  el  cuento  de  Cervantes,  cedieron  los  sitios  preferen- 

»tes  á  los  comisionados  civiles,  y  se  colocaron  á  su  derecha  respectiva, 

«dejando  á  la  izquierda  los  secretarios. — Empezó  el  reconocimiento  y 

»ajuste  de  las  listas,  que  duró  hasta  las  dos.  Entonces  comenzaron  á  11a- 

»mar  por  lista  á  los  prisioneros,  que  formando  compañías  como  de  á  cien 

«hombres,  pasaban  al  lado  donde  debían  quedar;  llamáronseenseguida 

«otros  tantos  del  campo  contrario  y  repitiendo  alternativamente  esta 

«operación,  hasta  que  pasaron  á  su  respectivo  campo  todos  los  prisio- 

«neros^  que  eran  680  militares,  equivalentes  á  7l*6  unidades,  los  que 

«presentó  el  comisionado  carlista,  y  634,  que  equivalían  á  707  unida- 

«des^  los  que  presentó  el  liberal. — Quedaron,  pues,  los  alfonsinos  de- 

»biendo  al  Ejército  carlista,  19  unidades. — Duró  esta  operación  hasta